Páginas vistas en total

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ya estan aquiiiiiiii

Me refiero a las navidades. Sé que para muchos son una realidad poco agradable, para mí mismo suponen pocas cosas buenas pero... soy un navideño nato. Cierto que cada año nos las adelantan más y que cada año parece que encuentran la forma de hacérnoslas un poquito más desagradables e incómodas, cuando menos en este Madrid feudal y faraónico en que se celebran al albur de no se sabe que caprichos de diseño o de Dios sabe qué, mejor no pensarlo; cierto igualmente que cada año parece que nos falta más entusiasmo por ellas y por casi todo, y que Nochebuena es la noche del año en que la policía ha de hacer más salidas por peleas familiares (cuñado borracho, suegro insoportable, hermanas resentidas, en fin esas cosas que hacen que la familia es... lo que es y que lleva tantas veces a la cuchillada real o metafórica por la espalda o al golpe con el adoquín real o metafórico en la base del cráneo, eso que hace que en la mente de muchos se fragüe lentamente esta frase: esta me la pagan y treinta y cinco años después cuando los abuelos están en la residencia y las hermanas viudas aprovechan para vengarse de unos langostinos menospreciados no invitándoles a la cena navideña, que en el caso de algunos abuelos sería una forma piadosa de eutanasia. Como dijo no sé que rey cuando le estaban matando por cuestiones sucesorias "Ah, la familia") Todo eso es cierto, tanto como que personalmente no guardo ningún buen recuerdo de ninguna Navidad pero a pesar de todo disfruto estas fiestas a mi manera, eso sí.
Sin embargo, de momento no voy a seguir hablando de Navidad ni de fiestas-asesinas sino de uno de los más grandes productos que ha dado esta celebración. Me refiero al Cuento de Navidad de Charles Dickens

En algunas ocasiones viene traducida como Canción de Navidad, me da igual lo que me da lo mismo. Este año está un poco más de moda por la versión en 3D y ataque de histeria que se acaba de estrenar. Pero antes de hablar de la película permitidme que hable del cuento o más bien novela corta que nos dejó el gran Don Carlos. Todos conocemos la historia: el viejo digno de ser asesinado Mr Scrogge odia la Navidad, recibe los tres espíritus etc. Sí, pero ¿cuantos la hemos leído? Me temo que no demasiados. Por eso he querido dedicarle esta entrada a algo tan peculiar como universal. Hemos visto decenas de películas, tebeos, dibujos animados, incluso adaptaciones a capítulos de series de televisión, hemos visto a Pedro Picapiedra y al Tio Gilito bordando a Mr Scrogge, incluso a la cerdita Peggy dándole la réplica, la hemos visto ambientada en el mundo del rock, en el lejano oeste, en una empresa de televisión, en unos grandes almacenes, y siempre, siempre la historia funciona como un reloj, y lo hace por que es el reflejo de una carencia esencial al hombre: la de no saber vivir el presente desaprovechando lo que tiene en la mano expresada a través de una fecha, una celebración, que siempre es especial. Cada Navidad tiene algo propio: la que vimos Ben-Hur, la primera de Carlitos, la última de la Tía Crescencia, la que se cayó el árbol, la que no trajeron nada los Reyes Magos. Siempre hay una peculiaridad, algo que las hace únicas. Eso es lo que hace que la historia, el esqueleto de la historia funcione siempre, pero, ay, otra cosa son las carnes. Ninguna adaptación alcanza la rabia, la denuncia social, la amargura del pasado que pudo haber sido y no fue, la presencia de la miseria, la enfermedad, la inminencia de la muerte y la soledad, que dejó escrita Don Carlos en pocas páginas. Dejadme que os recomiende la lectura de este clásico a quienes no lo hayáis leído, estoy seguro de que os sorprenderá. Hay una magnífica y barata edición en Austral.

Ahora dejo de hacer de maestroescuela y paso a la película. En fin, el ataque de histeria perpetuo de Jim Carrey se disimula levemente por la técnica de pseudoanimación empleada. Ese es el gran error de la película, además del propio Jim, que se regodea en exceso en sus tecnicas novedosas quitando metraje necesario para la trama y sacrificándolo a unos viajecitos de pájaros por todo Londres, lamentable que a ese "mira lo que hago" se supedite todo y digo todo, ni siquiera el pequeño Tim da pena de tan poco desarrollado como está. Hay cosas que impresionan, de acuerdo pero una vez vista la Catedral de San Pablo a vista de pájaro ¿no podríamos centrarnos en el meollo?

Especialmente estúpida, deleznable, larga y mutiladora es una secuencia que alguien se sacó de la manga confundiendo a Mr. Scroogge con Alicia cambiando de tamaño como una posesa, una persecución a vista de rata cuando aparece el espíritu de las Navidades futuras. No logro imaginar que se habia metido quien parió esa secuencia, algo muy fuerte desde luego. Por otra parte creo sinceramente que los guionistas no se habían leido la novela sino que tomaron como base para su guión las diversas versiones televisivas que se han hecho por que hay escenas que se añaden que vienen de la televisión y que no aparecen en la novela.
Disney nunca ha hecho nada destacable como tema navideño y esta era la gran oportunidad de lograr un clásico a la altura de "Que bello es vivir" pero, de nuevo ha sido desagradablemente desaprovechada. Por cierto: el peor cartel es el español ¿será por la obsesión por las obras que hasta el Big-ben aparece aquí en obras?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Maltrato y maltratos o una visión políticamente incorrecta


Pero tampoco voy a actuar como si fuera más que yo por el hecho de ser mujer.

martes, 24 de noviembre de 2009

Que veinte años no es nada, Inma

Dentro de un mes será el aniversario pero dentro de un mes, como entonces, estaremos todos enredados en nuestra catástrofe personal que es la Navidad de cada uno. Dentro de un mes hará veinte años. “Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada te busca y te nombra”, decía Don Carlos Gardel. Uno dice, que bonito, que bien rima pero veinte años son una barbaridad de tiempo hasta que un día, al dar la vuelta a una mañana descubres que no, que veinte años no es nada y que en ellos, en ese tiempo que parece arrasar con todo, no se ha llevado sino lo superficial, lo banal, lo insignificante dejando cuanto quisieras haber perdido para siempre como el dolor. No pretendo contar una novela aunque pueda parecerlo, no tiene nada de literario lo que voy a escribir, es todo rigurosamente real, casi documental aunque comprendo que parece el argumento de una peli o de un novelón. Hace veinte años, hará veinte años el 21 de Diciembre que ella se mató. Me refiero a Inma de Santis, se mató en un accidente en unas vacaciones y lo supimos, al menos yo, el día 23. Día de enredos familiares, de cosas que hacer y de falta de tiempo para darse cuenta de hasta que punto un puntal de tu vida se había derrumbado. Luego, cuando tienes tiempo, no quieres asumirlo y dejas ahí el hecho, el comentario, el recorte quizás. Más tarde, al dar la vuelta a una mañana navegas a lo tonto por la red y recuerdas su nombre, lo escribes, le das al Google y aparece ella. Y descubres, atónito, que han pasado veinte años y que es cierto que no son nada y que la mirada la busca todavía en las viejas películas, ansioso de ver una aparición fugaz, una escena, un fotograma. Descubres que hace años que no la mencionas por no levantar la venda de la herida y que, quizás, sólo quizás, haya sido la única mujer que realmente has amado. Debería hablar en primera persona. Ella y yo nacimos el mismo año, se rumoreaba que vivía cerca, a menos de veinte minutos caminando, (la almendra central de Madrid es pequeña y laberíntica, un pueblo retorcido, nada esta lejos pero nada está “ahí mismo”) a pesar de lo cual jamás la vi. La conocí en el 69, quizás en el setenta, en una pantalla de cine. Uno de esos viejos cines de barrio que los jóvenes no habéis conocido y en los que los no tan jóvenes echamos los dientes. Recuerdo la película: “La vida sigue igual” del almibaradísimo Julio Iglesias que tuvo el buen gusto de no hacer más películas, que yo sepa. Aquella cosa tenía como únicos alicientes una espléndida Charo López (demasiado mayor para que yo a mis diez años pudiera apreciarla) y una canción (creo que era “Chiquilla” pero no me hagáis caso) que el ¿cantante? Cantaba a una niña, esa deliciosa criatura era Inma de Santis, es la imagen con que encabezo esta entrada. Desde entonces y en la medida de mis posibilidades, más bien escasas, fui siguiendo la trayectoria de aquella niña, muchachita, joven desde el arrobamiento más puro. Recuerdo que me tragué el peñazo de Ana Karenina, los autores rusos nunca han sido de mi predilección, en aquellas célebres Novelas de la sobremesa de cuando había un solo canal tan solo por que ella tenía un papelito. Recuerdo su Infanta en Las Meninas de Buero y un montón más de pequeños papeles de actriz que empieza.
Guardaba recortes de ella, como todos los chicos de sus bellezas predilectas, y cuando estuve enfermo y hospitalizado una muy larga temporada en el cajón de mi mesilla había un par de fotos suyas recortadas de una revista. Es fácil que hagáis chistes pero os equivocaríais de medio a medio. De aquella enfermedad salí adulto, o sea, desengañado, y con el convencimiento de que jamás la conocería.
Curiosamente quise hacer periodismo, entonces Ciencias de la Información pero me mal aconsejaron y estudié otra cosa. Me obligué a hacerme mayor y dejarme de tonterías adolescentes, me deshice de muchas cosas de cuanto me recordaba a mi adolescencia enfermiza, a esa época de niño sin madurar o joven sin crecer que es la feroz transición a la edad adulta. Entre las mil cosas, ideas, actitudes, relaciones que abandoné y tiré estuvo la carpeta donde guardaba los recortes de Inma. Eso era cosa de críos. Su carrera siguió con las vicisitudes de quien no cede a la corriente que se imponía entonces, destapes y demás. Ella sí estudió Ciencias de la Información, en la facultad junto a la mía, en los mismos años, con la misma edad. Una vez más estuve cerca de ella aunque a esas alturas había dejado de seguir su trayectoria y de agenciarme las entrevistas que daba, tan banales como cabía esperar –eran años de una enorme libertad y al mismo tiempo de una enorme estupidez, supongo que en lo relativo a la prensa del corazón será ahora igual, claro que los protagonistas de entonces eran algo más (actrices, cantantes, etc.) que simple carne de papel couché-. Casi, casi la olvidé perdido en mis historias personales.
Aquella época pasó y dejó un vacío aun más profundo en mi vida, uno más. No sé cuando, sé que habían pasado años, ella ganó un premio dirigiendo un corto “Eulalia”, no sé cuando ella comenzó a presentar programas de televisión pero su belleza se me hacía insoportable. No seguí aquellos programas, no podía con el dolor de verla aunque disimulaba con los argumentos de que eran malos programas, de que no tenía tiempo para verlos, de que esas cosas eran tonterías. La verdad es que su belleza me dolía. Habían pasado otros amores, otras mujeres, otras historias pero ella seguía allí, como a los diez años al salir del cine de ver La vida sigue igual. Un día, justo antes de Navidad lo supe y seguí adelante, había perdido ya por entonces casi todo cuanto me importaba, todo mi mundo se había desmoronado un par de años antes, mi vida era un páramo y empezaba a ver la luz. No podía permitirme dejar fluir la devastación interior. Tuve que hacer una presa y contenerla, ignorarla, permitiéndome tan solo conservar el recorte de la reseña de su fallecimiento. Pero un día llegó la red. La gente de mi edad es casi analfabeta, salvo excepciones claro, en estas lides navegatorias. Probando, probando, escribí su nombre, y apareció un blog dedicado exclusivamente a ella. Entonces descubrí que sí, que veinte años no es nada y que aquella niña, aquella jovencita, aquella mujer en plenitud, la mujer madura que hubiera tenido que ser siempre estuvo, ha estado, está y estará en mí. Supe que, de alguna forma amé a Inma de Santis, quizás de la forma más pura que he amado, quizás como tantos españoles de aquella época de grandes bellezas y bastante más mediáticas (Victoria Vera, Bárbara Rey, Agata Lys, Pilar Velázquez) con unos pocos años más, sí, pero deslumbrantes todas –incluso hoy alguna hay que retiene lo que tuvo-. Ella era alguien aparte, en mi corazón y en el de otros muchos, no me cabe duda. Aquella tarde cuando oí la noticia en la televisión, ni siquiera en mi casa sino rodeado de gente que ni siquiera había oído hablar de ella, sin saberlo una gran parte de mi juventud se cerró para siempre. Dentro de un mes estaremos de nuevo perdidos en el laberinto de nuestra vida, de nuestra supervivencia navideña y no tendremos ni tiempo ni ánimos para sentarnos a escribir y a pensar sobre ella: una criatura de belleza excepcional, con la cara más perfecta y pura que yo haya visto, y con un talento truncado por un tiempo y por un malhadado accidente. Por cierto que eso de poner links no sé si sabré hacerlo pero el blog al que me he referido y del que he tomado todas las imágenes es (htp://inmadesantis.blogspot.com/). Llevado por octopusmagnificens a quien espero no haber molestado tomando estas imágenes.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Para reflexionar.


Refrán español de origen creo que asturiano pero aplicable a todo el país.

"Al hombre por lo que gana y a la mujer por guapa y sana"

Se me ocurren tantas reflexiones sobre la frase que me las callo pero no es banal ni mucho menos.

sábado, 14 de noviembre de 2009

La victoria de Federico


A Federico, a nuestro Federico, le mataron en el treinta y seis, en la primera tanda de matanzas que duró muchos años. En su muerte, injusta y brutal, en su tumba, muchos años abandonada y clandestina, en sus huesos dispersos y mezclados con los de otros asesinados –si asesinados-, en su familia que no quiere encontrarle ni saber nada de él, en que hayan pasado setenta y tres años tirado en medio del campo, en esas familias de quienes mezclan con sus huesos en las que todavía domina un miedo profundo, un miedo más allá de cualquier límite –en parte sin duda por la serenidad con que esa cuerda sigue actuando en este país como tuvimos ocasión de ver hace poco con el asesinato de Carlos Javier Palomino-; en todo ello Federico, nuestro Federico, se ha erigido a pesar suyo en el símbolo de un país derrotado, acobardado y machacado, un país que aceptó su humillación más allá de la muerte del dictador, un país donde todavía se oye “no hay que remover el pasado” a quienes leen cada día en el nombre de la calle donde viven el nombre de los asesinos de sus padres, de sus abuelos, un país en que todavía se oye “a ese le mataron por maricón” justificándolo o poco menos, un país en el que se teme saber la verdad, se eleva a delincuentes a la categoría de semidioses y se jalea la perpetua impunidad como una gracia más. Sin embargo, en ese país hoy, setenta y tres años después de su asesinato, todavía sin sepultura, todavía tirado en el Barranco de Viznar, Federico ha vencido.

Toda su vida se preocupó por la extensión de la cultura y toda su vida, siendo un altísimo intelectual, bebió de la sangre del pueblo sus cantares, sus sentimientos, sus ritmos, su pasión, incluso su falsa y pagana religiosidad. Bebió en su poesía, bebió en sus músicas y bebió en la creación de sus personajes dramáticos. Por que Federico hacía drama, teatro, contaba una historia incluso en los poemas menos narrativos y oscuros. Pero es en sus tragedias, en sus tres grandes tragedias donde el alma de la gente llana escapa del teatro, de la cuarta pared y se desborda hasta envolver la nuestra. “Yerma”, la hembra estéril y rebelde a su destino, la romería para fornicar y engendrar de otro hombre, su negativa, el amor que ha pasado, la certeza. “Bodas de sangre”, la Madre inútil con todos sus hijos muertos y la pasión arrastrándolo todo. Y “La casa de Bernarda Alba”. “Bernarda, cara de leoparda”, dice la anciana y enloquecida Josefa, madre de la autócrata. Bernarda, la madre omnipotente y castradora, asesina de mentes y almas, bestia sedienta de poder que ejerce hasta la aniquilación. Bernarda Alba nacida como documental de los pueblos de España es, hoy, la victoria de Federico.
¿Por qué decir esta majadería a estas alturas? Muy simple, estos días se está preparando la única representación de La casa de Bernarda Alba que podrá apresar la dureza emocional de esas mujeres enclaustradas, la crueldad de la madre dominadora, la ancestral brutalidad de una cultura que machaca al individuo –no voy a caer en la fácil trampa de identificar Bernarda Alba con machismo, eso se lo dejo a las plumas fáciles y complacientes que tanto abundan-; la única representación que va de abajo, del sentimiento vivido y no expresado al acto sublime de levantarlo en un escenario. Un grupo de mujeres gitanas, analfabetas en su mayoría, con sus chiquillos en las chabolas, con sus pucheros en el fuego, con su dificultoso castellano, van a tener el valor y las agallas para poner en escena La casa de Bernarda Alba. Sólo mujeres como ellas, acostumbradas a luchar por cada pequeña cosa, a sobrevivir en una sociedad que las oprime por todas partes, a plantarle cara a la vida con todas sus fuerzas pueden darle a Bernarda y a sus hijas la profundidad ética, la ferocidad de la lucha por la supervivencia, la energía en suma que requiere ese juego de papeles. Sólo ellas pueden reunir todo lo que las mujeres de Lorca sienten en esta tragedia, sólo ellas pueden ser creíbles y sólo ellas pueden llegar a comprender el horror de lo que cuentan y trasmitirlo.
Grandes actrices han representado a Bernarda, las más grandes quizás, pero desde mi admiración profunda, ninguna ha llegado a estremecer con el personaje, a unas las fallaba el físico, a otras que entendían la obra como alarde literario y dramático, a otras que su formación personal las alejaba demasiado del mundo en que esas mujeres se retuercen enjauladas, lloran y mueren. Ellas, estas nuevas actrices tienen todo eso demasiado cerca –sus madres, sus abuelas, su proximidad con la realidad más inevitable y material- como para sentir extraños esos personajes.
Esa es la victoria de Federico, a pesar de todo el pueblo, incluso el que no tiene acceso a la lectura o al teatro siente lo que el expresó hace setenta y tres años. No conseguiste eliminar el analfabetismo, Federico, ni extender un mínimo de cultura; no conseguiste ni siquiera que te dejaran en paz, pero conseguiste establecer un vínculo con tu gente, con tu gente de verdad, no con los pseudointelectualoides que limitan la literatura a la sexualidad, la política o directamente el soborno de una buena venta o de un buen patrocinador, un vínculo que, por fin, dará a tu Bernarda la carne y la sangre que necesita.
Ojalá vivieras para verlo, pero segaron tu vida como la de tantos otros, y siguieron segando vidas incluso cuando dejaron de matar con el tiro en la nuca, siempre han tenido otros medios para que, en lo más profundo todos sigamos siendo las cinco hijas de Bernarda, enclaustradas, sometidas y conducidas al redil como ellas o al suicidio como Adela. Hoy todas ellas se levantarán en un escenario desde la tierra que las crió y esa es tu victoria.

sábado, 7 de noviembre de 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

Se nos siguen yendo



Se nos siguen yendo nuestros cómicos, en el sentido más amplio del término, aquellos que nos han hecho reir, llorar, sufrir, a quienes hemos criticando y alabado, quienes, en suma nos han acompañado a lo largo de este laberinto sin sentido que es la vida haciéndonoslo un poco más tolerable, más humano. José Luis Lopez Vázquez se nos ha ido hoy.
Como tantos otros actores españoles se vio limitado y diríamos anulado por un cine ramplón, vulgar y adocenado en el que sólo cabía su personaje, siempre el mismo. Sin embargo, como tantos otros también, apenas le dieron ocasión de demostrar su talento lo hizo sobradamente. Tïtulos como todos los de Berlanga, El pisito, y tantos otros en cine y televisión han dejado una muestra del gran actor que fue y el vacío de lo que hubiera podido llegar a ser con otro tipo de industria cinematográfica, en otro tiempo, en otros aires. Se va a hablar mucho de él estos días, se van a recordar mil cosas pero hoy, desde aquí, desde la modestia de ser sólo un espectador más, que ha llegado a apreciarle después de muchos años denostando sus películas hasta comprender que eran ellas no él quienes fallaban. Desde esa modestia y la pesadumbre de no haber aprendido a apreciar sus interpretaciones en su justa medida hasta hace poco tiempo quiero recordar en las imágenes las que para mí fueron dos de sus cumbres. La primera es Mi querida señorita, que no se suele mencionar pero que con las posibilidades de la época y los límites del entorno y presupuesto supone, para mí, un prodigio de delicadeza y sensibilidad, sutileza, poco frecuente en nuestro cine, seamos sinceros. La otra imagen fue de las que aterrorizó mi adolescencia y la vida de medio país en La cabina. Jamás tanto miedo ante algo tan cotidiano. Un toque de humor, años después rodó unos anuncios contándole a una hipotética esposa llamada Matilde que había comprado acciones de Telefónica: "Matilde, Matilde que ya tenemos telefónicas". Anuncio de tan notable éxito que las acciones fueron conocidas como Las Matildes durante muchos años. El caso es que en el anuncio luchaba desesperadamente para asegurarse que la puerta de la cabina no se cerraba.
El último papel que le vi fue en "Luna de Avellaneda" y de nuevo tuvo ocasión de bordar un papel corto, evocador y lleno de humanidad, la escena de su muerte es memorable.
Como a todos ellos, a nuestros queridos cómicos, compañeros de viaje, dedico un recuerdo desde un camino cada vez más desolado y solitario sin ellos.

Una cuestión personal 2



Creo recordar haber prometido que os iría contando mis "progresos" con la dieta y el peso. Ya sé que os interesará más bien menos que más pero, joder, cuando se lleva luchando con los putos kilos desde hace.... un montón de años ayuda contarlo aunque sólo sea para evocar los tiempos en que uno comía. No hay chistes con el peso protagonizados por hombres, antes de que se me suba alguien a la parra, pero es que es tan exacta esta viñeta antigua tomada de "El jueves" hará un mínimo de quince años de las relaciones que tiene uno con la báscula.

Por cierto, uno no aprecia los olores de una calle, lo apetitoso de los escaparates de los bares, incluso el número de restaurantes, tascas, tabernas, cafeterías y... pastelerías que hay por la ciudad tentando a los jugos gástricos y a las glándulas salivares de los pobres pretendientes a delgados.

La lucha contra el sobrepeso, los kilos, los michelines y demás llega incluso a alterar la mente y como ejemplo lo que me ocurrió el otro día paseando por la Plaza Mayor, un chaval de unos doce años se estaba comiendo un bocata calamares tradicional del lugar y cuyo olor es tan propio de la plaza como los soportales, pues bien, casi me tiro en plancha a robarle el bocadillo y sólo un supremo esfuerzo de la voluntad y la razón que me gritaron: "Por Dios, que eres un adulto". Como puños se me cayeron las lágrimas y durante el resto del día apenas se me podía hablar sin que contestara con un gruñido amenazante.

En fin este es el número fatídico que me encontré el otro día en la báscula.