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lunes, 29 de marzo de 2010

Domingo de Ramos

Después de un invierno infernal la ciudad ha amanecido hoy con un sol apacible velado por lo que llaman nubes altas con un cielo blanquecino. La Semana Santa en Madrid suele ser un remanso en las prisas, menos gente, menos tráfico y un aire de calma general sin que se sepa muy bien por que. Esa es una de las causas por las que nunca salgo de la ciudad en estas fechas, hay bastantes más pero aunque no las hubiera no saldría, me gusta ese insospechado ritmo de mi ciudad. Vivo cerca del más histórico de los Madriles y allí el ritmo lo marcan las procesiones, Domingo de Ramos en San Miguel, Jueves Santo en San Pedro el Viejo, Viernes Santo en Medinaceli, por ejemplo. Las mañanas se rigen por las vallas preparadas para cortar el tráfico para las procesiones y por la gente que, más relajada que el resto del año pasee y recorra esas calles tan peculiares que a veces parecen sucias de puro viejas y a veces parecen viejas de puro sucias, a la sombra de esos tejados que incluso recién remozados parecen al borde de la ruina, entre los sorprendentes árboles florecidos en las aceras. Es ese Madrid que siempre late bajo el otro, el de los trajines y las prisas aunque bien es cierto que el autóctono no sabe hacer nada despacio, siempre vamos pasados de revoluciones, es el Madrid del paseo, de la contemplación de un rincón, de una farola o de una línea de tejados recortada en el cielo. Es la ciudad que sobrevive a pesar de alcaldadas y falsos progresos, a pesar de bombardeos y obras, es la ciudad que saboreaba Don Plácido Estupiñá a través de las páginas de Fortunata y Jacinta, es la ciudad que empieza a ser goyesca aunque no lo será del todo hasta mayo, es la ciudad que hace que sea posible vivir aquí.
Esta mañana me he puesto de tiros largos para pasearla, como si acudiera a una cita con una amante anual, es Domingo de Ramos y a quien no estrena en Domingo de Ramos se le caen las manos así que he ido como un pincel, que uno es un madurito interesante aunque rebozado en una capa de grasita que espero apetitosa. Sólo iba a disfrutar del placer de pasear, el purísimo placer de pasear, a falta de otros menos puros. Tomé mi dosis de cafeína en la Plaza Mayor, donde Madrid tiene un aire a medio camino de todo pero que se podría decir a medio camino entre feria de mercado y auto de fe para luego subir a la Puerta del Sol, tan destartalada como siempre a pesar de todas las obras que se han hecho allí (siempre es un paisaje de Baroja en La Busca) y bajé por Arenal.

Según uno baja esta calle el s. XVII va quedando detrás, sobre todo cuando pasas el callejón de San Ginés con su puesto de libros absolutamente decimonónico, y la Iglesia de San Ginés con su aire de rinconada propicia a emboscadas, realmente una iglesia peculiar que contiene no sólo un Greco sino también un cocodrilo y tiene un aspecto que no desentonaría con los esperpentos de Valle Inclán, sobre todo en días como hoy con sus mendigas ante la escalera y sus familias enlutadas de pies a cabeza vendiendo los ramos, para ser un esperpento total sólo faltaba la lluvia cuya ausencia se agradece en grado sumo. Claro que teniendo en cuenta que se sitúa en la calle en que vive el Ratoncito Pérez, la cosa va cobrando una nueva dimensión.

Bajando Arenal me he ido cruzando con abuelos y papás llevando las palmas y ramos a misa de doce para sus nietos, algunos iban con ellos, muchos en cochecitos de bebé –imagino que cuando crezcan no los meten en la iglesia ni a pescozones-. Entramos poco a poco en el caos de la Plaza de Isabel II que muchos madrileños –el nacido en Madrid de generaciones no conoce el nombre de las calles sino el de las estaciones de Metro- sólo conocen como Ópera, para que no falte el elemento central de esta ciudad Isabel II La Reina Gorda no está por que están de obras, unas obras que como tantas parecen no avanzar. Pasamos por alto el desastre cotidiano y continuamos caminando con cuidado para no precipitarnos por el abismo de la calle Escalinata y llegamos a Felipe V, el teatro Real a la derecha donde un pintor callejero vende paisajes preciosos –unos chopos otoñales me detienen un buen rato ante ellos, me faltan paredes para colgar cosas y tengo que renunciar a estos caprichos.
Un coro se oye lejos, aun inidentificable, rodeo la Plaza de Oriente –curiosamente sita en el extremo occidental de la almendra central de la ciudad- y alcanzo la barandilla que se asoma a los jardines de Sabatini. El coro resuena por toda la plaza con un sistema de megafonía preparado, supongo, para la procesión del Cristo de los Alabarderos del Viernes.

Estalla entonces un instante, un regalo que nace de una peculiar conjunción de elementos: al fondo, la sierra de Guadarrama trayéndonos a Velázquez con sus azules grisaceos, únicos, arriba el cielo se ha hecho un Tiépolo de tenues cendales sobre la fachada norte de Palacio, vuelves la vista y aparece la placa conmemorativa a los héroes del Dos de Mayo en el punto en que se inició la revuelta con lo que Goya aparece potente y arrollador como siempre. El coro suena con una belleza excepcional, viene del XVII, del monasterio de la Encarnación. Sólo por un instante se diluye uno entre tanta belleza y evocación. Literalmente flotas en ellos y te das cuenta hasta qué punto todo está aquí todavía y hasta que punto esta ciudad está inoculada en tus venas, hasta qué punto lates con ella y hasta que punto se esconde en el cascarón de la ciudad enloquecida del resto del año. Dura poco, el coro -¿serían las monjas del monasterio?- calla y comienza a cantar –es un decir- el coro de fieles, la voz cantante no canta, bala como una oveja y hace que sientas el impulso de alejarte de la megafonía lo más deprisa posible. Huyes y te topas de manos a boca con la cola para entrar en misa de doce en la Almudena, maceros, uniformes llenos de entorchados, poca palma y mucho olivo, lo que significa poca familia y mucha persona mayor cuyos nietos ya han pasado la etapa de las palmas: vejez, soledad y tristeza, curioso que sea precisamente en la Almudena, con el Sr. Obispo, ¿querrá decir algo?

viernes, 19 de marzo de 2010

Parentesis actualizador

Ayer, cerca del mediodía, Tamayo entraba por la puerta de la Real Casa de Correos, la sede del Gobierno regional, con la intención de llegar al despacho de Aguirre. Se lo impidieron los vigilantes y el personal de protocolo porque no figuraba ninguna cita con él en la agenda de la presidenta madrileña. A esa hora, se encontraba reunida con el Consejo de Gobierno. Luego negó haber hablado nunca con Tamayo.” El País a 19 de marzo de 2010
Cuando yo era pequeño nos enseñaban la historia de Viriato que hizo frente a Roma y como era más listo que los generales de turno manejando la guerrilla, Roma tuvo que comprar la traición de dos de sus hombres de confianza que le mataron. Cuando fueron a cobrar les dijeron una frase que fue la que se me vino a la cabeza al escuchar esta noticia: "Roma no paga a traidores".
El cardenal Antonio Cañizares opina que las noticias en torno a los abusos sexuales a menores protagonizados por religiosos de la Iglesia católica en Alemania, son "ataques" que pretenden que "no se hable de Dios, sino de otras cosas". La proliferación de estas denuncias, dijo, "no preocupa excesivamente" a la Iglesia” El País a 19 de marzo de 2010
Mira tú que ya me venía imaginando yo que la gente no preocupaba excesivamente a la Iglesia desde hace un tiempo. Sorpresas se lleva uno.

jueves, 18 de marzo de 2010

Un ratito con La Concha I


Uno es débil, y sensible al "culo veo, culo quiero" así que después de la entrada de Thiago en su blog haciendo un homenaje a Miguel Delibes y sus "Cinco horas con Mario" pues he aquí que me he metido a hacer algo sobre el tema. Como siempre: poca literatura y mucho sentido documental. Espero que Thiago no me acuse a la SGAE por plagio o algo así.

Con sus ochenta años el Sr. Julio una vez al mes coge su escalera doméstica y la carga en el coche, atraviesa la ciudad y llega al cementerio. Es un camposanto nuevo, como los que siempre odió su mujer, impersonal, frío, lleno de mármoles y granitos ostentosos, de flores de plástico, de lápidas casi idénticas, con casi idénticos epitafios, con casi idénticas imágenes religiosas: dos modelos de crucificado pequeño, tres modelos de crucificado mediano y cuatro de crucificado grande. Vírgenes: la del Carmen (tres cuartos y entera en dos modelos), la Milagrosa (modelo único), Inmaculada, copia de Murillo [aquí uno se ríe sarcásticamente] en tres tamaños. Santos: San Antonio y el Santo Ángel de la Guardia, que queda muy mono para cadáveres infantiles o para gente que se llame Ángel. Tan mono queda que el Sr. Julio decidió que, a pesar de que su santa y difunta esposa se llamara Concha y de que fuera una devota, relativa, de San Antonio, fuera en Ángel guiando a un niño con cara de rollo de mantequilla rellena de bacon quien presidiera la escuálida tapa del nicho. Tercer piso. Ella quería tierra y había tierra pero era más cara y a él no le tomaba el pelo ningún politicastro de mierda del ayuntamiento y compró nicho. Alto, donde no llega si no es con su escalera. Escalera de mano y ochenta años, una combinación perfecta, sobre todo en esas mañanas invernales mesetarias con hielo en el suelo y viento serrano azotando sobre crisantemos de tela y rosas de papel. Las flores, otro tema, a él nadie le va a robar cobrándole flores que se estropean, las trae de la tienda de los chinos que son baratas y de plásticucho, duraderas, que sean feas hasta decir basta no le importa. Lo que sí le importa es que se las roben por lo que ha mandado hacer una puerta de cristal con rejas y cerradura. Llega, trepa a la escalera, abre la puerta –quiso poner dos cerraduras pero no cabían-, quita las flores viejas, pone las nuevas –normalmente más estropeadas y ajadas que las anteriores- y cierra la puerta, la abre para comprobar si la ha cerrado bien, limpia el cristal –en los trozos que dejan libres los barrotes- y se sienta en el peldaño más bajo de la escalera. Allí saca su bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio, su botella de agua, no lleva las pastillas por que a él ningún médico de pacotilla le va a decir lo que tiene que hacer. Él sabe lo que le conviene por que se leyó aquel libro de medicina naturalista en el 35, ese era un médico que sabía lo que se hacía y no estos mamarrachos modernos. Menos mal que nunca les hizo caso con la medicación de Concha que si por ellos hubiera sido la habían matado muchos años antes. Claro, como no saben lo que hacen cuando murió empezaron a decir que si no estaba claro que había pasado. Naturalmente que estaba claro, él había cometido el único error de llevarla al hospital y dejarla en sus manos, se querían cubrir las espaldas por que la habían asesinado con su estupidez. Ay, si la hubiera dejado en casa con las ocho pastillas en lugar de las tres que le mandaban, con dos comidas al día en lugar de hacerla comer cuatro veces al día. Sólo aguantó la primera noche, se la cargaron con una velocidad, seguro que es una consigna para ahorrarse pensiones, cargarse a los viejos. Vaya usted a saber qué comisión habrá cobrado el medicastro de mierda que la asesinó. Ahora él está solo y pasa un día al mes sentado en el peldaño más bajo de su escalera junto a la pared donde, arriba, está el Ángel de la Guardia con su niño gordo, entre rejas y sofocado por esas flores que sólo él tiene el talento de colocar en lugar tan angosto. Detrás de rejas, cristal, flores, Ángel y niño, y lápida de mármol está Concha. Como siempre estuvo: atrapada.
El Sr. Julio es hombre de palabra torrencial que en su oído cobra una melodía tan deliciosa que le cuesta dejar de oír, tanto que procura no dejar de hacerlo y desde luego no ensuciar sus oídos con palabras ajenas. Por eso durante el día junto a la pared soleada del cementerio habla con La Concha, siempre la han llamado así, salvo él que, estando viva solía decir “esta”, habla hasta que el sol se va poniendo y el frío sepulcral de la soledad de la tarde invernal cobra un nuevo sentido. Siempre habla con La Concha durante esas horas, le gusta demasiado oírse como para dejar de hacerlo.

martes, 16 de marzo de 2010

Un comentario personal y mis disculpas


Bueno, quienes me hacéis el honor de leerme os habréis dado cuenta de que llevo unos días un poco callado y dado que seguís visitándome quiero deciros pour quoi: me ha atizado un lindo cólico renal y vivo sin vivir en mí. Parece que voy saliendo pero es que a mí los cálculos matemáticos y renales siempre me han sentado muy mal y me han salido peor.

sábado, 13 de marzo de 2010

Largo invierno

Repito que adoro estas viñetas.

martes, 9 de marzo de 2010

Ya tengo certificado


Gracias Thiago por tus palabras y también a todos los demás compañeros que han dicho cosas tan agradables sobre mí. Un abrazo a todos.

Toy de lo más orgulloso de poner esta imagen

sábado, 6 de marzo de 2010

Patrimonio cultural 2

Por otro lado las grandes empresas suelen llenar las tardes con torerillos baratos, jóvenes aun sin cuajar, para no pagar puesto que la entrada rara vez es baja –especialmente Las Ventas del Espíritu Santo, con el peso que tienen-. Además de que los miembros de este mundo cada vez son más carne de Karmele que de Moncholi. Que esa es otra: los críticos y comentaristas que deberían mimar el arte-fiesta-espectáculo ofrecen otro espectáculo bochornoso con diálogos como este:
-Pensamos de que el torero está fuera de cacho –a lo que le contesta el otro del duo
-Recuerdo cuando XXXX en 1954 en la plaza de Navalportillo le hizo una faena a un blanco de Miura, ha llegado un telegrama de D. Pepito Pepete recordándolo, un saludo don Pepito, gran aficionado
-Pensamos de que hay mucho amarillo en la plaza
-Es que hasta el rabo todo es toro.
-Así no, estamos hartos decirles a los toreros que así no.
La cosa dura tanto como la corrida. A lo que podemos sumar que los animales ya no son lo que debían ser, vamos que rara vez embisten, que lo que tenía que ser una estocada es una carnicería, y lo que tenía que ser respeto por lo que ocurre abajo se traduce arriba en alcohol, mozas y negocios.
Nada más hermoso que el lenguaje taurino, nada más emocionante que una gran faena, nada más espectacular que todo el aparejo de una buena corrida pero como con las paellas ¿a quien le sale una buena paella? A casi nadie, y eso que es a una sola mano así que si intervienen tantos elementos es casi imposible que, como dijo Manuel Vicent, una corrida no sea más hortera que un ataúd con pegatinas. Si añadimos el coto que se ha ido cerrando al aficionado medio y la franca hostilidad que se destila entre grupos dentro de la fiesta creo que no hace falta tomar medidas, ya se extinguirá sola.
Ahora hay que convertirla o en signo de identidad nacional o separatista, Madrid o Barcelona, otra vez. Toca maniobra de distracción, como aquello del boicot al cava catalán –pena que me siente tan mal, me hubiera bebido medio San Sadurní de Noya, sólo por contrariar a la tontería-, pues nada sigámosles el juego.
A mí personalmente me ha servido para aclarar mi dilema ético, amarrar y amordazar al bárbaro y posicionarme de ahora en adelante en contra de los toros. Radicalmente. Al igual que a tirar la cabra del campanario, a burrear a los novillos para que se tiren al puerto, por supuesto a los encierros de todo tipo, a las peleas de perros y de gallos. Claro que la Autonomía de las Siete Estrellas, gestora de la mayor feria del mundo, no creo que tenga en cuenta los aspectos éticos de la fiesta, ni tampoco lo que ha dado en llamar (que de donde viene suena a burla) patrimonio cultural.
Por cierto, dos palabras sobre la cultura taurina, que existe y es magnífica: de Goya, al Toro de Osborne, indudable icono de primer orden del s. XX, de Picasso a Garcia Lorca y sobre todo ese lenguaje propio que se ha ido metiendo en el coloquial aunque ahora, como toda forma de lenguaje que no pase por una tecla, amenaza perderse. Vale, nada en este mundo ha dado más arte y cultura que el desnudo y los martirios y, sin embargo, no se considera patrimonio cultural ni andar desnudo ni ir cargándose gente de maneras rebuscadas. Hablar de Patrimonio Cultural en Madrid con lo que se ha destruido, cuando no hace tantos años un concejal clausuró o lo intentó la carpa donde se representaba “El sueño de una noche de verano”, donde uno dijo que en el Español no se ponían cosas de maricones no hará más de diez años, es eso: una burla.

He aquí una muestra del respeto al patrimonio cultural que se demuestra en Madrid: el teatro Albéniz, que estaba protegido se desprotegió sin más. Eso también es patrimonio cultural. La imagen está tomada de El País el 4 de enero del año pasado 2009

Patrimonio cultural

Uno se considera un aprendiz de ilustrado, como tal se estremece ante la barbarie de un animal torturado hasta la muerte por otro animal de dos patas disfrazado y ante miles de personas. Tortura, muerte, sangre, riesgo, con música de fondo y la gente jaleando. Oh, cielos, como la Roma de la decadencia grita el ilustrado haciendo melindres; por otra parte hay en mi una veta brava que disfruta sobremanera con las diversas suertes, esas largas cambiadas, esas banderillas que estremecen de puro pasmo, el arte de situar al animal, el combate con el caballo, el hombre frente a la fuerza bruta y el momento cumbre del encuentro final. Ah, puro placer estético. Con dos cojones, grita el bárbaro que llevo dentro babeando en éxtasis. Así me debato entre la estricta ética del respeto a la vida y la pura estética de un Arte con mayúsculas.

Debate aún más duro pues siempre he pensado que el ser humano carga con demasiado dolor y sufrimiento moral y físico como para buscarlo sin necesidad. Un hombre exponiéndose innecesariamente al dolor, a la mutilación (Julio Robles fue un trágico ejemplo) y a la muerte es absurdo se mire por donde se mire y convertirlo en espectáculo es ya un paso hacia lo demencial. La actitud ante el animal es cruel, salvaje, la actitud ante ese hombre –que cobrará mucho, el maestro que no los demás, pero sigue exponiéndose a lo mismo- es estúpida que es lo peor que se puede ser. Ahora, por que a alguien que no tenía nada mejor que hacer o como hábil maniobra de distracción, se ha puesto de moda el debate toros sí, toros no. Y como en todo somos dos Españas (La Pantoja o La Jurado, Gallito o Belmonte, Real Madrid o Barça, etc o etc) ya la volvemos a tener liada. El caso es que es un debate inútil pues la mal llamada fiesta brava se está autodestruyendo y además no resistiría la más mínima investigación ética (no puedo decir criminal por que sería excesivo pero no han sido infrecuentes los casos de gentes relacionadas con este mundo metidas en asuntos directamente ilegales, uno hace bien pocos días, un grano no hace granero ni para muestra vale un botón): casos de evidente explotación infantil, de explotación laboral no precisamente a las grandes figuras sino, como siempre, al de abajo, corridas que no se cobran sólo para cotizar en la seguridad social –a pesar de lo cual la cornada se la pueden llevar- y demás. Junto a ello ocurren cosas como que el público va a las plazas sólo cuando hay fiestas locales, nunca si el festejo se pone fuera de ellas, como que en las gradas se ven varios tipos perfectamente establecidos: el extranjero que viene por la agencia incluye la corrida, el extranjero al que la empresa española que quiere venderle la burra que sea le invita, los del mundillo, los críticos –curiosamente la mayor parte de ellos cuando son entrevistados en las retrasmisiones televisivas, aparecían con un vaso de ginebra en la mano y con una peculiar cuando menos forma de hablar- los famosos y famosuelos si hay cámaras, claro, las peñas –por definición cargaditas de alcohol y de merendolas a las que prestan más atención que a lo que ocurre en el ruedo (donde unos hombres se están jugando la vida por malo que sea er bisho)-.
Algún aficionado irá, claro, pero la mayoría no pueden permitirse ese dispendio y hay que buscarlos arriba, muy arriba, en la plaza. Los esfuerzos de Belmonte, creo, con la idea de las Monumentales para que estuviera el espectáculo al alcance de mayor número de personas han fracasado. Las corridas sólo las ven quienes deciden las empresas con sus invitados, la empresa de la plaza con el número de entradas que saca a la venta y lo que podía ser el medio de difusión por excelencia para este tipo de cosas, le televisión, las ha acotado a las privadas de pago o pago doble. Para colmo, el más grande torero vivo, José Tomás Román Martín, se niega a que se retransmitan sus actuaciones. Que es muy libre, nadie lo duda, pero que en nada favorece a la fiesta.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Mis vecinas 2

Mi vecina del portal de enfrente se levanta todos los días a las tres de la madrugada a fregar el alfeizar y ya no deja de limpiar durante todo el día, no sale a la calle por que está limpiando y cada dos días viene una asistenta a limpiar. Mi vecina del portal de enfrente despierta al marido a las tres de la madrugada para que la ayude a limpiar durante todo el día. Mi vecina del portal de enfrente se retuerce de dolores de huesos que su mente somatiza, de una mente perdida en la obsesión por la ropa buena que durante años no se pudo pagar, por la perla buena que su novio le regaló allá por el cincuenta y cuatro, por las vecinas de su pueblo que dejaron de hablarla por que no iba tan bien vestida como ellas, por unos padres que decidieron que la criarían mejor unos tíos y unos tíos que creían y decían hacer una obra de caridad para ganarse el cielo, por el hijo superdotado que se hizo hippie, por el hijo ingeniero que se casó con una china y luego ella le dejó tirado. Mi vecina del portal de enfrente cuando está mejor sale a la calle envuelta en tules, cargada de oros, peinada de peluquería y sólo va a comprar mejor ropa. Es para lo único que deja de limpiar. Mi vecina del portal de enfrente se deslizaba por la vida sin una sonrisa, sin una frase alegre, sin un respiro a su drama inexistente que poco a poco se fue transformando en limpieza, incansable, inacabable, como el suplicio de Sísifo. Ahora se desliza por la vida como se movía Lilí Monster, entre tules y gasas, sobre suelos encerados, muebles repulidos y paredes inmaculadas. Tras ella, gamuza y limpiazulejos en mano, arrastra a su marido.
Mi vecina del cuarto exterior no paraba de refunfuñar todo el santo día, empecinada en que sus órganos se habían cambiado de sitio de izquierda a derecha por su cuenta y ensimismada en encontrar culpas para su marido que le vomitaba encima cada noche a voz en grito. Mi vecina del cuarto exterior no comía con la familia, cuando todos estaban sentados a la mesa ella empezaba a dar vueltas a la misma reprochando el precio de cada cosa, el trabajo que le había costado hacer tal o cual guiso, amenazando con no volver a cocinar jamás, amenazando con irse y “a ver como os las apañáis sin mí”, vuelta tras vuelta sacaba a relucir las malas notas, los accidentes, los bombardeos, la poca ayuda que recibía, como su madre en guerra se mató al caer por un terraplén, como la niña, moza ya, había perdido una pulsera de oro macizo por la que se habían empeñado; no dejaba de decir vuelta tras vuelta que ni tiempo tenía de ir a la peluquería y así estaba ella, “con estos pelos”, las enfermedades viejas, nuevas, suyas, de sus hijos, de sus abuelos, de sus suegros, eran descritas con todo lujo de detalles en cada comida sin dejar de echar en cara, como una bofetada, el precio de cada bocado a cada uno de los comensales. Mi vecina del cuarto exterior no dejaba de contar como sacó adelante a sus hermanos, incluso a esa medio retrasada que guisaba, lavaba, limpiaba, ponía y quitaba la mesa, hacía las camas mientras ella continuaba describiendo el infinito trabajo que esa familia le daba. Tampoco dejaba de contar lo difícil que fue salir adelante con tres niños en guerra siendo ella poco más que una niña pero ni por casualidad, jamás, mencionaba a su marido salvo para echarle en cara como un insulto el poco dinero que ganaba. Su hermano, ese sí que había salido adelante, con lo que ella había sufrido por él. Era el principio de un crescendo que alcanzaba la apoteosis cuando su marido llegaba a casa por la noche, un gran fin de fiesta que el hombre capeaba con una sonrisa. Un día preguntó a su tercera hermana: “¿Te causaría mucho trastorno si me matara?”. La mujer, incapaz de darse cuenta le dijo algo así como que no dijera tonterías. Mi vecina del cuarto exterior subió a la azotea y se tiró de un séptimo piso. Su tercera hermana cayó fulminada meses más tarde.
Mi vecina del tercero E, un día hizo obras en casa, tabiques fuera, armarios, suelos, baño, en fin, una reforma en toda regla. Lo malo de mi vecina del tercero E fue que tuvo que pagar la obra y al hacerlo comenzó a darle vueltas hasta el punto que del disgusto de ver la cartilla de ahorros vacía perdió la voz y no la volvió a recuperar nunca.
Mi vecina del primero deambula sonriente y apacible, te responde cuando saludas, se deja llevar, pero mi vecina del primero era, el año pasado, una mujer pizpireta, alegre y chispeante, hoy no puede construir una respuesta cuando le preguntas ¿Qué tal?, Mi vecina del primero sonríe, siempre ha sonreído, y todavía le queda algo de vida en sus ojos, un resto del destello divertido que tenía, residuo que, sabemos, se irá apagando. Los brazos ya han caído a lo largo del cuerpo pero aún no ha descuidado su aspecto, alguien lo hará por ella, imagino, pasea con las vecinas, va a por el pan, recorre el barrio sonriente y apacible mientras la vemos irse de él, irse de todo, irse de sí misma.
Lo malo de esta entrada es que parece literaria y... no lo es.

martes, 2 de marzo de 2010

MIs vecinas 1

Cuando yo era pequeño, entonces los niños no empezábamos a ir al cole hasta los cuatro o cinco años, mi madre iba con una vecina del portal contiguo al mercado y me llevaba con ellas. No estaba lejos, un edificio de ladrillo de finales del XIX, atravesábamos un pinar y un par de calles. Era, en realidad, un paseo agradable. Cuando hacía bueno nuestra vecina y amiga se traía a su tía, una anciana que llevaba siempre zapatillas de casa, chaqueta de lana verde y los brazos caídos a lo largo de su cuerpo, en realidad se parecía a Maruchi Fresno, pero creo que salvo los muy cinéfilos o los muy mayores pocos recordarán a esta gran actriz. Tenia el pelo blanco, de un blanco grisáceo, y mi vecina se lo peinaba medio recogido. Se lo peinaba por que esta señora, de quien si me matan no recordaría el nombre, tenía la cabeza ida y vivía en casa de su sobrina en una habitación con cerrojo por fuera, dos por dos y un cerrojo. Una vez se olvidaron de echar el cerrojo y la dama empezó a caminar sin rumbo, sin detenerse, con ese paso en que los pies nunca se separaban del suelo, con sus zapatillas de casa. La encontraron caminando por medio de los campos en la provincia de Toledo, silenciosa. Era mujer, no sé si en otro tiempo fue de otra manera pero cuando yo la conocí era así, de pocas palabras en un dulce y apagado acento gallego, quizás añorara sus campos y sus corredoiras pero nunca decía nada, ni se quejaba, ni protestaba, ni comentaba nada. Sólo cuando me veía, se me quedaba mirando muy fijamente, y me decía: “Yo una vez tuve un hijo y me nació muerto”. Echaba a andar y, al rato, cuando me volvía a ver repetía “Yo una vez tuve un hijo y me nació muerto”, con una media sonrisa que nunca llegaba a serlo y que jamás se borraba de su cara. Una vez tuvo un hijo… y le nació muerto.
La madre de mi vecina del segundo derecha un día se sentó en una silla, la espalda pegada al respaldo, las rodillas rectas, las manos en las rodillas, la cabeza alta y la mirada fija en el suelo y no se levantó. Cuando la levantaban y la llevaban a la cama o al sillón, ella volvía a su posición faraónica una y otra vez. A diferencia de los faraones no era un efecto del viento entre las piedras el eterno susurro que se oía si se ponía mucha atención al pasar a su lado. Sin entonación, sin pausas, sin subir o bajar jamás la voz, susurro que sólo dejó de oírse cuando llegó su final. La madre de mi vecina del segundo derecha, repartió sus cosas al enviudar y se fue a vivir con su hija, la madre de mi vecina del segundo derecha había llevado muchos años una pistola en el delantal para matar rojos si se le acercaban demasiado, la madre de mi vecina del segundo derecha consumió sus últimos años, sus últimas energías y su último suspiro en un susurro apenas inteligible: “decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza”
La suegra de mi vecina del ático exterior solía escaparse a pedir limosna, en una esquina, en un parque, en una iglesia. Con su pelo lila, con su ropa buena, con sus buenos tacones, con su bolso de cuero, con su abrigo de pieles. Solía escaparse de noche y asaltar a los noctámbulos con su lastimera retahíla de mendiga. No pedía para ella, no, pedía para misas, pedía para la mayor gloria de alguien, para la exaltación a los altares de sus ídolos: “para misas por la canonización de Isabel la Católica”, “para la pronta beatificación del Caudillo”, “para la canonización de José Antonio”. Entre tanto, su hijo tiraba huevos a las terrazas de sus vecinos y su nuera perseguía a los nietos con herramientas de cocina calentadas al rojo. Con su pelo lila, su abrigo de pieles y sus labios pintados extendía la mano “para misas por la canonización de Fernando VII”.
Mi vecina del quinto izquierda del portal contiguo tenía la cabeza muy en su sitio cuando levantaba en vilo a su hijo adolescente agarrándole del pelo, era grande, gorda, poderosa, extremadamente cerrada de acento y hablaba siempre a gritos, por eso sé que las conversaciones más inteligentes del tipo “te voy a arrancar el pescuezo” las mantenía con un pato llamado Patum, obvia derivación del gran éxito de aquellos años Platoon.