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martes, 30 de noviembre de 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

Pasion por Renoir

 Hoy he ido a ver la exposición que tiene lugar en el Museo del Prado sobre el gran Renoir. No voy a hacer una reseña ni de su vida ni de su obra simplemente por que no tengo ganas, además, otros habrá que lo harán mejor (Pe-jota, por ejemplo) pero si charlar un rato sobre lo que he visto. Para empezar, mucha gente, mucho grupo de gente mayor. Y es que los impresionistas tienen un prestigio que para mí lo quisiera yo, y desgraciadamente no siempre merecido. En  realidad luego se vio bien, tampoco dejaban que se entrara en masa. Id temprano los que queráis ir u os podéis encontrar colas.
 Autorretrato de joven
La exposición decepciona y no debería, decepciona por que no está ninguna de sus grandes obras, ni el Almuerzo de los remeros (la de Amelié) ni El Moulin de la Gallete ni nada. No debería sorprendernos pues bien claro se nos dice que es una colección privada y esas grandes obras están en los grandes museos. Cuadros de formato pequeño en los que vamos viendo sus fases, más o menos y según el tema. Lo cierto es que  no hay pintores impresionistas, sino pintores que durante un tiempo más bien breve coinciden con unos presupuestos estéticos que han dado en llamarse impresionismo a falta de mejor nombre. Sólo el pesadito de Monet permanece incólume en esos presupuestos.
Muchacha con abanico
 Se le da en la exposición una gran importancia a las imágenes femeninas a las que dedico muchas de sus obras no siempre con éxito, todo hay que decirlo. Heredero del rococó carece de su gracia, heredero de Rubens carece de su alegría, heredero de Delacroix carece de su energía. Quizás sean esas carencias lo que haya hecho que "las chicas Renoir" tengan una personalidad propia que las hace inconfundibles y que les da a veces una línea (algo torpe) y en la mayoría una mantecosidad que uno no sabe si admirarlas o untarlas en una tostada. A menudo los ojos nos dicen más de la dama en cuestión que el resto de la obra, incluso contando con lo poco literario que es el moviemiento impresionista. La muchacha del abanico es un ejemplo de la dulzura y suavidad que da a sus mujeres de las que, no cabe duda, acabas un pelín enamorado.
 Bañista
No es el caso de esta bañista de lineas forzadas contrarias a él, contrarias a su manera suelta y casi sin dibujo que le es propia como a otros muchos impresionistas. Realmente impresionistas que fueran grandes dibujantes. Aquí se le ve forzado y mucho, naturalmente las bañistas le vienen de la tradición rococó pero le falta carnalidad y resultan duras.
Cebollas
Evidentemente es una exposición que hay que ver por que no suele verse obra de ninguno de estos grandes maestros especialmente de Renoir asi que si teneis interés en él no dejéis de aprovechar estos dias que le tenemos aquí.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La venganza de la iguana

Hace dos entradas hablé del único encuentro que tuve con uno de esos cuerpos perfectos. Como diría Asterix ¿El unico? No exactamente. A la semana siguiente llegué a dar otra conferencia sobre el romanticismo, el nacionalismo y Napoleón, tojunto. Mientras hacía tiempo para entrar me acerqué a una cristalera. Desde allí se veía a los bailarines ensayar, una verdadera delicia como siempre lo es el ballet aunque fueran un grupo de alumnos, y se oía la voz del divo dando órdenes. No le veía así que realmente fue la unica vez que le vi. Bueno, tenía que ir a clase y antes suelo vaciar la vejiga por que no suele ser correcto que a mitad de contar las matanzas napoleónicas el conferenciante empiece a dar saltitos. El caso es que al ir al baño pasé ante otro, curiosamente de discapacitados, que tenía el rótulo recién clavado "Vestuario exclusivo de XXX" estaba abierto y lo único que se veía en medio de aquel espacio destinado a sillas de ruedas y que se les había arrebatado para mayor exclusividad del divo era un par de zapatos. Nunca he visto zapatos mas deformados, y he visto pies deformes, muchos. Digamos que lo más parecido a lo que vi es la imagen que inicia la entrada. Sé que cada deformación, lo sé, de un cuerpo, es siempre a base de dolor, de mucho dolor. Además ¿hay dolor mayor que asistir como tu cuerpo perfecto, ese pie modelo de libros de anatomía se va deteriorando entre dolores sin que puedas hacer nada? Aquel día, la iguana habló de Napoleón con una aparentemente injustificada sonrisa en sus estrechos y crueles labios.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Uno más

No sabe cuanto tiempo lleva ahí, tirado en un sillón. Era de día, ahora es noche cerrada pero ¿de ese día o de otro tres o cuatro dígitos del calendario posterior? Ni lo sabe ni, en este preciso instante, le importa lo más mínimo. Tampoco tiene sensaciones físicas, apenas una vaga consciencia de sí mismo como algo diferenciado de la butaca o de la oscuridad que le rodea. La luz del teléfono avisándole de las llamadas recibidas no parpadea. Silencio óptico. Puede llevar ahí cuatro, seis días, pero el punto rojo de luz no ha aparecido. La boca seca, los pantalones mojados y malolientes, la certeza inexplicable de un vaso cerca de su mano, el ajeno sonido del ascensor que sube y baja son levísimas percepciones que ensucian la oscuridad que le difumina. Un átomo de energía que se extingue le hace preguntarse si tiene los ojos abiertos. La interrogante queda suspendida en el aire, sin respuesta posible. Fuera, está seguro de que hay una ventana cerca, hay, quizás un lejano sonsonete de ciudad. No siente necesidad alguna de comer, beber, lavarse o moverse, no debería ser así, claro que nunca es nada como debería ser, ni siquiera el dolor o la oscuridad que le envuelve.

Meses después le encontraron los bomberos y en el teléfono la luz roja no parpadeaba, si no hubiera sido por los gatos del vecino..

domingo, 14 de noviembre de 2010

Noviembre gris en Madrid


Hay días en el otoño madrileño, hay tardes por mejor decir, en que la luz es gris, hasta hacer desaparecer las sombras, pero no llega a ser la luz preñada de lluvia. Hay tardes en el otoño madrileño en que el frío aún no ha llegado pero ya la buena temperatura es un recuerdo. Tardes grises, agradables, para un largo y despacioso paseo, en las que el tiempo parece detenerse y sólo te das cuenta de que no es así cuando notas el primer frío de la noche. Es el momento de un té o un chocolate muy calentito junto a un amigo, una compañera de vida, un o una amante o simplemente un conocido viendo morir la tarde, quizás la última en que el viento serrano no parezca querer arrancarte la carne. El gris de la luz tiñe todos los colores hasta que dejan de serlo y pasan a ser un estado de ánimo. Sin luz, sin sombras, sin frío, sin calor, sin pasión y sin tristeza. Gris, puro gris, como era, y quizás siga siendo aunque rondará los noventa, Don Enrique.

Esas tardes otoñales Don Enrique que casi se difuminaba en el gris tras salir del colegio privado que apenas le pagaba, al fin y al cabo de eso vive la enseñanza privada, subía mi calle. Por la acera de los impares. Siempre. Tenía el cabello casi blanco a pesar de tener aun lejos los cincuenta. La palabra perfecta, los modales perfectos, la dicción perfecta, la cortesía más exquisita. Un caballero de los de antes de la guerra que se decía entonces. Todos sabemos cual fue la guerra que acabó con aquellos caballeros. Lo era, y era, además, el maestro perfecto, que acababa por hacerte amar aquello que te enseñaba, aunque he de reconocer que con él y a pesar de sus encomiables esfuerzos no logró que sintiera entonces y ahora por el Latín sino el odio más profundo que imaginar quepa. “Galia es divisa in partis tres” poz mire que bien Sr. César, D. Julio. A pesar de lo cual sacó examinándome por libre en uno de los temibles institutos de la época dos notables Notables e incluso en la tan inútil como bella carrera un tercero. Sí, Don Enrique fue su maestro de primero a C.O.U. En otras palabras: fue su obra. O debío serlo.

Don Enrique era soltero y vivía con su hermana, su cuñado y su sobrina. La sobrina era una niña gorda, marisabidilla y empollona. El cuñado era camionero y sensible tan sólo a los posters habituales de cabinas de camiones y talleres mecánicos. La hermana, abundante delantera, peinado tipo chichonera y con el don divino de estar siempre en posesión de la verdad incontestable y el otro don más humano de no encontrar en su vida quien la hiciera frente. Seguramente por instinto de conservación. Leía el Hola, el Lecturas, el Pronto, el Garbo, el Ama. Don Enrique leía a Chejov, Maupassant, Poe, Galdós, Clarín, Shakespeare, Mann apiñados en la breve estantería de su alcoba de donde tenían que ir saliendo para dejar paso a otros por falta de espacio. Quizás hubiera podido encajar un mueble más grande o hablar con su hermana para que los de mejor pinta ocuparan un rinconcito en el mueble del comedor pero Don Enrique tenía miedo.

No, no tenía miedo de una maruja de los setenta, no, Don Enrique tenía miedo. Vivía de su propio miedo, se alimentaba de él y lo alimentaba con mimo, con delectación diría yo. Recuerda sus clases, como si las estuviera oyendo. Sus clases de ciencias especialmente las guarda en su memoria, explicara lo que explicara siempre acababa hablando de una enfermedad terrible: disentería amebiana, beri-beri, quistes hidatídicos, siempre mortales, tisis, tenias. Aprendío ciencias, desde luego, pero no veáis la de enfermedades que conocía como si fueran de la familia, además de las suyas por las que no iba al colegio y le daba él las clases. Ah, enfermedades. Las necesitaba Don Enrique, le obligaban a hacer y a no hacer cosas, comer o no comer otras cosas.

Don Enrique era culto, era sabio, era bueno pero, o precisamente por, había aprendido algo que pocos hombres logran. Cierto que nadie sabe cuantos años le costó ni si tuvo muchos o pocos suspensos, tampoco tuvo nunca diploma que lo acreditara, por lo menos de papel. Por que el gran aprendizaje de Don Enrique era haber aprendido a no amar.

Tuvo que aprender a no amar por que Don Enrique vivía de su propio miedo, por eso cada clase de ciencias era la explicación de una enfermedad y cada clase de historia el recuerdo de un desastre que no pronunciaba. El miedo le enseñó a no establecer vínculos, a no permitirse deseos, a diluirse en el gris de las tardes de noviembre sin alegría, sin más que el miedo a ser sorprendido por una tenia o por tener que tomar una decisión. Elegir era vivir y vivir podía ser aspirar a algo, soñar con algo, querer a alguien, a algo. Por eso sus ídolos eran hombres como Franco, Hassan II o Idi Amin Dada, gentes que decidían por ellos mismos y por los demás. Acababan con el miedo a equivocarse de una vez por todas. Por eso nunca cruzó la calle tras seis años formando a un jovencito, por eso nunca marcó su número de teléfono para saber de él ni se puso al teléfono cuando le llamaba o respondió a una felicitación navideña. Lo peor es que hubiera sido su orgullo, su obra. Hizo la carrera que él no se atrevió a hacer, escribió y opinó lo que él nunca se hubiera atrevido a escribir y opinar; Licenciatura, Tesina, Tesis, aplausos, conferencias, pequeños premios literarios. Nada importante, tan sólo fugaces orgullos personales que hubieran sido suyos pues fue siempre muy consciente de que sin él no estaría haciendo nada de eso, ni nada de cuanto ha publicado. Pero no hubo ningún de Gaulle que decidiera por él y prefirió difuminarse con su chaqueta ajada y gris, con su cartera cuarteada, con su pelo blanco en las tardes grises de cualquier noviembre subiendo mi calle, pasando frente a su puerta, evitándole cuando desde la esquina le veía al volver de la facultad.

sábado, 13 de noviembre de 2010

De pasos de cebra e iguanas.

 Esta mañana paseaba mi infarto junto al río, es decir esquivando obras, y de repente me encontré con algo, mejor dicho con alguien. Un hombre alto, de treinta y pocos o veintimuchos. Elegante, demasiado elegante, con su impecable abrigo negro largo, su corbata sobre la camisa blanca, pelo negro brillante y abundante con un corte convencional pero perfecto, piel morena que dejaba ver una barba recién afeitada pero cerrada, cejas espesas y ojos profundos de un color que incluso a distancia resaltaban por lo claros aunque no dejaban ver si eran verdes o azules. Paso digno, bien calzado, manos grandes de dedos largos y nudosos que agarraban el asa de un maletín de cuero. Sólo le faltaba para ser el arquetipo del gentleman unos guantes con tres costuras en el dorso y botón con ojal en la muñeca. Cruzaba la calle en sentido contrario al mío. Ya dije que soy bajito y rellenito, aunque me callé la mayor parte de mis “desperfectos” físicos. Él miraba de frente lo que venía a ser medio metro por encima de mi cabeza y no me vio. Al cabo de un rato volvimos a cruzar en sentidos opuestos en el mismo sitio y tampoco lo hizo. Tenía expresión preocupada, casi angustiada, como de quien esta en una encrucijada y no tiene referencias que le ayuden a decidir. Me estoy alargando. Este muchacho, que no tiene culpa de nada, salvo quizás de llevar ese abrigo, me trajo a la cabeza una pregunta que a menudo aparece: los hombres con esos cuerpos, atletas, gimnastas, simplemente gente que nace con ellos ¿pertenecen a la misma especie que yo?, ¿en qué momento se produjo la invasión alienígena y desembarcaron en este planeta?, ¿fueron la causa de la extinción de los dinosaurios?

Observareis que hablo de hombres y el motivo no es otro que no hay mujer fea, o por lo menos, no la hay que, si quiere, no tenga un encanto tan arrebatador como la más perfecta de las bellezas físicas.

Pero ese tampoco era el tema que quería abordar: era el encuentro. Pocas son las ocasiones en que los barriletes bajitos y la gente normal que no es arquetipo de belleza masculina, cosa con la que se nace, aunque lo vendan los gimnasios como quien vende pipas, nos encontramos. En general nos movemos en esferas distintas, ellos en las salas Vips de discotecas donde a los demás ni nos dejan entrar, por ejemplo, y nosotros donde nos dejan entrar o en la tasca de la esquina. Sólo en contadas ocasiones, muy contadas, un alguien como yo, taponcete, gordito y lo que me callo, entra tangencialmente en una de sus esferas, o al revés, uno de ellos entra en una de las nuestras –la diferencia es que ellos huyen despavoridos y nosotros quedamos atrapados como Frodo ante los elfos, o sea, como gilipollas-. Una única vez se produjo en mi vida esta conjunción cósmica y no fue con alguien anónimo, no. Fue con un bailarín de renombre cuyo cuerpo perfecto y su talento nadie ha puesto ni pondrá en duda, yo he sido siempre uno de sus admiradores. Yo iba a dar una clase sobre la maldad femenina en las artes plásticas en la segunda mitad del XIX. No sé a qué iba él, el caso es que el jefazo de la institución donde ocurrió tal encuentro, hombre de mente casi sana –sana no la tenemos nadie- nos presentó. “Aquí Joaquinitopez, nuestro conferenciante de esta noche, aquí XXXXXX con quien esperamos colaborar”. El hombre de cuerpo perfecto, maduro pero aun exquisitamente proporcionado, el hombre sensible a las artes, el hombre que por su talento y su experiencia debe, sí, debe elevarse por encima de las pequeñeces como una barriguita cervecera, dejó de serlo. Sus ojos miraron de otro modo y se convirtió en Divo. En un Dios-juez que dejó caer sobre mi persona la mirada más despectiva del universo. Como la que nosotros hubiéramos echado al ver una iguana destripada. El Divo ofreció su mano con asco que se veía en la comisura de sus labios y en la textura de sus palabras, la tendió con aire sacerdotal, más para ser besada que apretada. Y en el fondo de aquellos ojos, muy en el fondo, no había sino desprecio, un desprecio que se podría formular con palabras “has sido incapaz de tener mi cuerpo, eres culpable de estar gordo, seguro que comes como un cerdo, has sido incapaz de trabajar para dar los saltos que yo doy, para mantener las formas de mis músculos, no sé como te atreves a mirarme”. La mano tenía prisa por retirarse y yo fingí tenerla para llegar a la clase. El Divo se sintió aliviado al evitar mi visión y yo me sentí, eso, como una iguana destripada.


sábado, 6 de noviembre de 2010

Novedades

Acabo de abrir mi segundo blog, como diría Thiago: un blog visivo que he llamado Mis Recortes. Tiene como misión recoger los enigmáticos recortes e imágenes que van brotando como las setas de mis armarios, y demás.
Os espero por ahí.

jueves, 4 de noviembre de 2010

¡Que cosas se ven Don Pero!, ¡Que cosas se ven Don Nuño!

Siguiendo con los armarios

Como ya sabeis ando hace tiempo dando un revolcón poco erótico por demás a los armarios y lo que es peor a cajas, cajones y carpetas, vamos si mis venas no estuvieran de mirame y no me toques era para abrírselas. Hoy voy algunos de los lugares de mis vacaciones. De algunos me acuerdo, de otros no, era yo muy crío pero para conservar el misterio del Joaquinitopez madurito interesante muy viajado no voy a poner de donde son las imágenes, como dice la jota: que ella lo diga si quiere.











lunes, 1 de noviembre de 2010

Tranquilizando a Uno.

Uno, en respuesta a un comentario mío sobre una de sus magníficas entradas me dijo “no me digas que te ponen las doncellas que van a misa los domingos por que entonces empiezo a preocuparme”. Bueno, ante todo mucha calma: ya no hay doncellas y menos que vayan los domingos a misa de doce (vivo enfrente de una iglesia y la doncellez más reciente se perdió en 1915). Pero vamos a mirarlo desde otro punto de vista. La jovencita media de los cincuenta, que todavía no se ha incorporado al mercado laboral, que trabaja toda la semana en casa y el sábado tradicionalmente limpieza general, que sólo sale los domingos por la mañana a misa y por la tarde a dar una vuelta o al cine.

Una jovencita que sabe que no tiene más salida que casarse además del natural instinto bárbaramente represaliado por el nacionalcatolicismo. Esa jovencita, el domingo por la mañana se arregla para ir a misa.

Prescindamos de la ropa interior que era alta de bragas y muy reforzada de sostén (entonces todo el mundo decía sostén, un sujetador puede ser cualquier cosa que sujeta cualquier cosa, un sostén no) Según poderío llevaría más o menos encajitos y tal. Insisto prescindamos de esto. El liguero, también más o menos emperifollado, ceñía aquellas cinturas, a la fuerza finas, recordemos como se lavaba la ropa entonces y que la fregona no se había inventado. Luego las medias de cristal, ¡Cuánto esfuerzo y ahorro, cuanta lágrima para conseguirlas! y ¡Cuanta alegría al volver de la mercería con su cajita aplastada y extenderlas entre los dedos!, ¡que disgustos tan atroces con las carreras inesperadas! Esa media se extendía envolvente y muy despacio por que arreglarlas costaba un ojo de la cara, por la pierna hasta enganchar con el liguero o la liga que apretaba un muslo más o menos rollizo pero sin duda de forma harto molesta. Ni que decir que si esa media era con costura que debía quedar perfectamente recta siguiendo la línea de la pierna, imaginad las posiciones de nuestra joven virgen ante el espejo para asegurarse de ello. El cancan que ampliaba las caderas y, además, convertía esa cintura ya estrecha en cinturita de avispa y que venía a ser como una flor cabeza abajo. No sé si la combinación iba encima o debajo del cancan pero era una prenda que más que vestir desnudaba a la mujer y que a menudo era más vestido que el que se ponían después. Iba a misa, luego vestidito recatado, azul oscuro, por ejemplo, cuello camisero con el primer botón suelto y la posibilidad de soltarse el segundo al salir de misa e ir con papá y mamá a tomarse una cerveza (en Madrid, por muy virginal que se fuera se bebía una caña de cerveza, virgen sí, tonta del todo, no), manga a medio antebrazo que permitiera los guantes de encaje si el tiempo lo permitía, cerrados con un botón redondo.

Entonces llegamos a la cumbre de todo este arreglo: los zapatos. Ah, los zapatos. Tacón alto, más bien fino, tipo salón, que enguantaban el pie y añadían a nuestra más bien retaco virgen unos buenos ocho o diez centímetros. La doncella seguía sin haber catado varón pero ese empeine decía muchas cosas, demasiadas quizás. Quedan detalles, el velo para cubrir su pelo cortado según la moda de la última película (la década anterior era el peinado Arriba España), el libro de oraciones, acaso el rosario y a la calle.

Imaginémosla camino de la iglesia, paso ligero que llega tarde, el taconeo rítmico de los tacones bien sonados, el vaivén inevitable de la falta y el cancan, la costura recta subiendo la pantorrilla, más no, faltaban diez años para pasar de ahí. Y ahora, una pregunta: ¿en que está pensando nuestra doncellita mientras realiza todas esas complicadas operaciones que alcanzan el culmen en ese taconeo de aquí estoy yo pero no quiero que se me vea demasiado pero tampoco que no se me vea? ¿En que piensa esa jovencita cuya sexualidad está siendo machacada y culpabilizada al tiempo que se le ofrece como única salida vital el matrimonio que, curiosamente, se basa en el sexo?

Pocas cosas hay más eróticas que eso junto con las cinturas de avispa, los tacones bien llevados y las costuras rectas. Pocas cosas encontrarás que contengan más sexo en menos elementos y menos evidente.

La imagen que ilustra el texto es de un autor americano cuyo nombre no recuerdo pero que fue el maestro del sexo de la guerra fría y que dejó imágenes tan memorables como esta.