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viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz Año Nuevo.

Pues eso: Feliz Año Nuevo.
Cuidado con las orgías y los desenfrenos, que luego viene aquello del "Ay que yo llevaba el rolex y ahora tengo el Viceroy" o peor aún "Ay, que yo era virgen anoche y me parece que..." En fin esas cosas que a todos nos han pasado alguna vez.

jueves, 23 de diciembre de 2010

¿Cuento de Navidad?

El otro día protestaba de la genialidad de Dickens que se había cargado cualquier posibilidad de hacer un cuento medio digno de Navidad, tiré la toalla en lugar de arrojar el guante y prometí una entrada sobre cenas-comidas familiares. Pero soy capricornio y nosotros nunca renunciamos, fracasaremos y lo haremos mal pero no renunciamos así que al final salió algo que puede ser un cuento navideño. Vosotros diréis.

Ella aún duerme desnuda entre los edredones, apenas distingue sus cabellos con alguna cana. El mira por la ventana. Nieva. Nieva con violencia y lleva haciéndolo así toda la noche. Los pinares se ven apenas como un rastro verde entre los copos. Parece que no ha sido tan buena idea pasar el fin de semana en el hotelito rural “en un paisaje idílico”. Tendrá que conducir a través de la nevada para llegar a la cena de Nochebuena. Ha sido un fracaso, íntimo, solitario, pero no por ello menos frustrante. Venía a intentar recuperarla. Sólo queda el divorcio. Esperará a que pasen las fiestas, para ella, que tanto la gustan, está seguro, será un alivio. Acaba de salir de la ducha y de verse en el espejo. No se ha reconocido en ese hombre ligeramente tripudo, en esas bolsas bajo los párpados, con entradas, canas y arrugando los ojos para verse sin gafas. ¿Dónde está él? Desde luego no allí. No es a él a quien ve ella, sino a este otro. Veinte años juntos. Sí, ella tiene los pechos algo caídos pero preciosos, y un poco de culo de más que le sienta muy bien, las patas de gallo resaltan su sonrisa y las canas le dan un aire distinguido. ¿Cuánto hace que ella le pidió hacerlo a oscuras? Al principio gozaban de sus cuerpos a plena luz, pero cuando propuso apagar la luz, él se sintió aliviado, la había visto demasiadas veces fingir un placer que no sentía, que fue un consuelo. Jamás se le negó ni dejó de coquetear con él pero fingía, a pesar de todos sus esfuerzos por mejorar como amante. Ese fue el principio, luego se sintió aliviado por que así ella no podía ver el deterioro de su cuerpo, que empezó a escamotearla. No deja de nevar. Anoche apenas durmieron en una continua orgía en la que todo valía, pero sin verse, él quiso encontrar entre sus brazos, bajo sus labios y sus dedos sinceridad y… ella siguió fingiendo un orgasmo tras otro. Ya apenas hablaban, apenas pasaban horas juntos, ella parecía inventarse tareas para no estar a solas con él. Veinte años dan para conocer a fondo a una persona; ahora no está a gusto con él. Le evita, aunque de vez en cuando le sorprenda con un beso inesperado, o cogiéndole la mano a escondidas. Lo intenta, pero no es como él que necesita tenerla cerca, aunque no le de ese beso ni busque su mano bajo el mantel. Lo intenta con ganas y buena fe, cuando él propuso una escapada navideña, ella sólo puso la condición de cenar con su familia en Nochebuena y comer el día de Navidad con ellos, pero aceptó encantada y hasta eligió el sitio con verdadero entusiasmo. Nada que reprocharle, su abuela pronto cumplirá los cien, a sus sobrinos, ya zánganos, apenas los ve y es el único momento que tiene para disfrutarlos. Además para ella esos días son importantes, siempre lo han sido, y a él le gusta que así sea. Lo intenta tanto como él, pero hay un desapego, un colocarle detrás, del trabajo, de la familia, de los amigos, de todo en suma, que la delata. Se esfuerza incluso en la cama, como demostró anoche. Anoche. Tanto tiempo sintiendo la falsedad de su placer que no hubiera sabido reconocer el verdadero, tanto tiempo sintiendo su piel pegada a él que no hubiera distinguido si era real el deseo o no. Parece que la nevada arrecia. Deberían ponerse en marcha lo antes posible no sea que empeore. En silencio y con todo cuidado recoge las cosas, huele el pañuelo que ayer llevó al cuello, conserva el olor a su perfume, un perfume que él no le regaló. No hay más solución que desaparecer de su vida, quizás así sea menos infeliz, tendrá algo menos de qué preocuparse, podrá velar a la abuela cuando enferma sin tener que llamarle, darle cuentas. El podrá sentarse y contemplar como la promesa que fue se ha ido quedando en mediocridad, fracaso y soledad.
-Cariño. Es hora de que nos vayamos yendo. Hay que llegar a cenar –le susurra cuando ya está vestido y el equipaje hecho.
-Baja y pide el desayuno, enseguida voy –responde demasiado despejada como para no llevar un buen rato despierta. Se hacía la dormida para no verse obligada a hablarle. No la culpa. Nunca ha sido un buen conversador.
Baja las escaleras deprisa y se dirige a recepción para decir que vayan preparando la cuenta y demás, que se van apenas desayunen.
-No lo creo, señor, la nevada nos ha aislado y ya nos han avisado que por lo menos cinco días vamos a estar aislados. Casi siempre ocurre por estas fechas.
Intenta por todos los medios encontrar una manera de que ella llegue a estar con su familia, pero la nevada está siendo implacable y es imposible, a menos que venga un helicóptero etc. pero esas soluciones sólo son válidas para casos de vida o muerte, no para que una mujer madura pase Nochebuena con papá y mamá. Será el disgusto de su vida. La ve bajar la escalera, parsimoniosa y sonriente. Como si lo de anoche… no hubiera sido una farsa. ¿Y si… ?
-Cariño tengo que decirte que
-Que nos vamos a tener que quedar aquí por lo menos una semanita ¿no? A ver, ¿Por qué crees que elegí este sitio? Recuerda que soy meteoróloga, amor mío.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Cuento de Navidad

Seamos sinceros: yo me he propuesto escribir un cuento de Navidad dado lo siniestro de mis últimos relatos, y de los que vendrán me temo, pero, claro, un cuento de Navidad no se escribe solo. Ahí llega el problema. ¿Por donde se le entra a un cuento de Navidad sin caer en lo manido, ñoño o trágico? Es, empero, género agradecido que como sólo se lee en estas fechas en las que uno está algo tontorrón y sensiblero pues quizás se vuelva menos exigente, se ha escrito mucho y sin duda bueno pero desde Dickens y su “Canción de Navidad”, ya hay poco que hacer al respecto. Ah, se me olvidaba el más atroz, sádico, cruel y perverso texto jamás escrito como cuento navideño: “La fosforerita”, de Hans Christian Andersen, cabe pensar que en este relato destiló todo el odio hacia la infancia que fuera capaz de sentir condenándola a leer o a escuchar la más espeluznante historia de una niña que muere congelada en Nochebuena viendo a través de las ventanas como las demás familias están gozando la Navidad. No concibo la crueldad que hace falta para hacer ver que eso es un cuento para niños. A mi me lo leían de pequeñito y, claro, así salí. Como contrapeso, un relato que descubrí el año pasado: “Como el Niño llegó a sonreír” de Kart Heinrich Waggere, deliciosa visión del pesebre, y la complicidad del recién nacido con una pulga. (No, no se me olvida Wilde, pero “El gigante egoísta” no se ambienta en Navidad)

En cuanto al cine, se ha producido, de hecho, poco cine navideño, nada extraño dado que la industria en los momentos del Gran Cine era de otra creencia, y cabría decir que se han hecho mil o dos mil veces más telefilms navideños –la mayoría tan indigestos como la castiza lombarda- que películas propiamente dichas. De éstas, si descontamos las nosecuantas versiones de “Canción de Navidad” –la última del año pasado y mejor hacer la obra de caridad de no recordarla-, nos encontramos con poquísimas y encima vino Capra y dejó hecha “!Qué bello es vivir!” después de lo cual tampoco queda mucho que decir salvo que ninguna de las citadas trata realmente tema religioso lo que me lleva a pensar que una cosa viene a ser la Navidad y otra la religión, pero esa es otra historia.

 No pensemos que en España no tenemos nuestros cuentos de Navidad, La Nochebuena del Diablo de Clarín, o del propio autor otro en el que describe como se aprovecha la misa del gallo para meterse mano y otras cosas apretaditos por el frío, digo yo, son algunos ejemplos. Pemán dejó escritos que, ejem, mejor olvidar –al menos los que he leído yo-. En castellano, quede claro que no soy un experto, ya quisiera yo ser experto en algo, se me viene a la mente un tango, que, a su manera, es un cuento de Navidad: “Noche de reyes” en el cual el papá del niño apuñala a mamá por un asunto de cuernos aunque a mí de chiquitín me cantaban otra versión en que el padre dejaba sobre los zapatos del niño la navaja sin usar regalándole la vida de la madre. Si es que a nosotros donde no haya desgarro y duquita mortale es que no nos vemos. El cuento navideño por excelencia español es una película de Berlanga: “Plácido”. Ahí tenemos todos los elementos necesarios para serlo, esperpento, frío, indiferencia, crueldad, más frío, burla del necesitado, del enfermo, fanatismo religioso (curiosamente todo lo esencial en El Quijote, enciclopedia de la crueldad que dijo Nabokov) y ese hermoso villancico con que me acunaban de crío:

Madre en la puerta hay un niño,
más hermoso que el sol bello,
para mí que trae frío,
pues el pobre viene en cueros.
Pues dile que entre, se calentará,
porque en esta tierra
ya no hay caridad,
ni nunca la hubo
ni nunca la habrá.
Que convierte ese esperpento cruel en otra cosa. Por cierto que empiezo a preocuparme con las cosas que me leían y cantaban de pequeño. Pero eso daría para otra entrada.

Sin embargo, no pensemos que la iconografía navideña cinematográfica navideña nacional se queda ahí, un país tan “religioso” como nosotros además de poner a Carmen Sevilla como una más que dudosa Magdalena en una de las versiones de “Rey de Reyes” y espantos semejantes, ha dejado una referencia imborrable para tres o cuatro generaciones y para las que vayan viniendo aficionadas al cine, y no precisamente en una película de tema navideño, sino más bien en un cántico panfletario y burdo, tan vacuo y grandilocuente como el régimen que lo mantenía, a la familia numerosa o a la paternidad irresponsable, curiosamente contraria a la doctrina del Vaticano II ya en marcha. Me refiero a “La gran familia” (1962) con un Alberto Closas en una de sus interpretaciones más sobreactuadas y falsas –hay papeles que nadie puede sacar adelante con dignidad por mucho que lo intente-. Inolvidables las secuencias en mi amada Plaza Mayor entre los puestos navideños, los de verdad, no esa imitación a la aldea de Hansel y Gretel en que los han convertido ahora, con José Isbert y su recua de nietos buscando a Chencho, el pequeño, que todavía no sabe hablar: “Chencho, Chencho” (a veces por estas fechas cuando voy me dan ganas de ponerme a gritarlo yo). Un drama que nos puso a todos el corazón en un puño y que, a la que te descuidas, aun lo hace a pesar de su torpeza y vulgaridad pero que salva ese actor que con su voz tan característica te estremecía y estremece.
Volviendo un tanto al esperpento pero esta vez pasado de rosca hemos de mencionar “Noche de Reyes” 2001, por lo que sé bastante más desquiciado y cercano a “El día de la bestia” que a cualquier relato navideño y, ojo, que “El día de la bestia” también es de tema navideño.
No quiero pasar por alto lo único que en nuestro cine puede semejar a un cuento de Navidad que no sea un esperpento o un canto a la crueldad humana o una majadería. “Un millón en la basura” de José María Forqué, 1967. Un reparto de los clásicos españoles: López Vázquez, Julia Gutiérrez Caba, Aurora Redondo, Juanjo Menéndez, nos cuenta como un barrendero ahogado de deudas se encuentra un millón en la basura y el debate moral entre devolverlo a una empresa, no a un nombre, o no, la decisión de devolverlo, el trabajo que le cuesta que se lo admitan y un final moderadamente optimista. Sí, tendrá todos los defectos del cine español de aquellos años pero por lo menos no destila ese veneno ibérico de los títulos anteriores. Bueno, sólo un poco, al enfrentarse con la burocracia empresarial.
Total que a pesar de mi pretensión de no ser tachado de costumbrista he decidido que en lugar de Cuento de Navidad voy a optar por tratar algo mucho más entrañable: las cenas familiares. Pero será otra entrada que esta ya peca de exceso.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Continuación aclaratoria

Vamos a ver si puntualizamos algunos aspectos: me voy a citar: "con la entrada que hiciste sobre el otro puente que te jorobaron, el de todos los Santos, me descentré un tanto, no por lo que tu dijeras, por cierto, con bastante humor –negro- dadas las circunstancias, sino por comentarios que leí de algunos compañeros". En ningún momento cuestioné tu opinión sino las actitudes más virulentas de quienes comentaron en aquella entrada. De hecho me pareció que la expresaste con ese respeto lleno de ironía humor y cierta retranca que hay que saber entender. Vamos que no fue tu opinión sino los modos menos elegantes con que se respaldó la misma. En ciertos aspectos, como lo de la horterada y la ceniza en el ojo incluso estoy de acuerdo contigo. Naturalemente que capto y leo tus escritos teniendo muy presente tu "galleguidad" (sólo un galleguiño puede tener una abuela fantasma que se va de farra)
Sobre los enfermos una pregunta ¿a donde has visto que vaya un grupo de gente de esta tierra que no acabe tomando unas cañitas? Hay hasta un refrán "Quien va a un entierro y no bebe vino, el suyo tiene en camino". Garcia Lorca en Doña Rosita le hace decir a la criada hablando de cuando enterró a sus hijos que sentía alegria "Alegría no, golpetazos por no ser yo la muerta" o algo muy parecido, cito de memoria, que viene  a ser lo que tu parece ser que querías decir. Por otro lado tanto forma parte de la realidad lo uno como lo otro y no es excluyente, sobre todo por que, en los casos que yo he vivido se suele pasar bastante rato charlando sobre como se ha visto al doliente o como va evolucionando la enfermedad. Lo malo, lo peor es que se trate de evitar esa realidad y de hecho ya se trata de ir dejando atrás a esos enfermos y, lo que es peor, a los ancianos de quienes están llenos los hospitales.
Con respecto al tema generacional: es evidente lo que dices de pe a pa. Mi generación no ha sabido hacerlo mejor -ahora me pondrán verde mis coetáneos-. Ni hubo movimientos solidarios cuando nos correspondía, la transición nos bastó como posicionamiento político y, siendo tan modernos, han tenido que venir las generaciones siguientes para que se fuera corrigiendo la discriminación a discapacitados, se iniciara la lucha contra el maltrato y tantas otras cosas. Y no me vale que lo pasamos muy mal: mi generación no es la de la posguerra, no se pasó hambre -generalizo, casos habría-, y en general es la de la España del Seiscientos. La sobreprotección de nuestros hijos es lo que está causando esa deshumanización -que tampoco es tal pues por reacción se meten en ONG que más o menos funcionan, luchan por desenterrar a sus bisabuelos, y demás- y ese aislamiento individual del joven que se ha contagiado a los menos jóvenes para parecerlo quizás, que es de lo que estamos hablando en realidad.
Lamento que en algún momento sonara a bronca, nada más lejos, aparte de que me temo que estoy algo sensible al tema, mea culpa, y tampoco te considero lider ni representante de nada ni nadie, pero sí un futuro formador de opinión. In illo tempore, en la primera promoción de Ciencias de la Información a punto estuve de serlo, pero las malas compañías me alejaron de ello. Por eso me preocupaba el planteamiento que hacías en lugar de algo más crítico, no supe ver la ironía. Y por cierto, creo que las generaciones anteriores también salian bien despachadas en mi entrada. La vena gallego-valleinclanesca-iconoclasta que tanto te admiro se quedó aquí corta si me permites la crítica literaria. En cualquier caso nunca fue con ánimo de abroncarte, ni de decir "estos jóvenes" aunque creo que sí lo dije (perdón) sino, esta gente. Era más bien con la intención de resaltar como ciertas actitudes van dejando al hombre cada vez más solo. Tu frase fue el detonante de algo más serio y profundo.
Dos cosas más: pon para poder copiarlo el Nacimiento de Afrodito que encabezó un día tu blog
Tu madre es la mejor profesora de periodismo, esa frase encierra casi todo. Entre ella y tu abuela fantasma tienes media carrera hecha y un libro por escribir.
Un abrazo.

martes, 14 de diciembre de 2010

Reflexiones sobre miradas ajenas al mundo de todos.


Querido y plateadísimo Thiago: no has metido la pata como preguntas en tu comentario pero me preocupas tú y algo que estoy viendo en muchos de los compañeros que dejan sus comentarios en tu blog, que sabes que sigo asiduamente. Cítote textualmente: “Es curioso como vamos los sanos a ver a los enfermos, como entramos con aprensión y como salimos de allí con alivio”. Quédeme desconcertado al leer esto. Llevo leyéndote hace tiempo como bien sabes y ya con la entrada que hiciste sobre el otro puente que te jorobaron, el de todos los Santos, me descentré un tanto, no por lo que tu dijeras, por cierto, con bastante humor –negro- dadas las circunstancias, sino por comentarios que leí de algunos compañeros. Que cada quien es libre de pensar como quiera es obvio y no seré yo quien lo cuestione, no va por ahí la cosa, no lo confundáis, que es fácil hacerlo. Incluyo el anuncio televisivo de “¿estas navidades vienen todos? Si, ¿Qué tal si nos vamos al caribe?”, como ejemplo y muestra de que nada hay de personal.
Esas opiniones libérrimas, me han hecho reflexionar sobre qué visión del mundo parece estar imponiéndose. La visión del mundo es la forma de estar en él y no sé si somos conscientes de la forma de hacerlo que creamos desde esa perspectiva. Será que me estoy haciendo muy viejo y muy de golpe, será que soy la reencarnación del abuelo Cebolleta, pero: “vamos a ver a los enfermos” (normalmente yo cuando lo estoy no suelo decirlo para evitar esa situación, conste) visto así, ya han dejado de ser amigos, parientes y han pasado a ser “enfermos”. Poco más o menos es lo que se venía a decir en los comentarios de todos los Santos, ya son muertos, casi ni recuerdos de personas amadas. “Con aprensión”, conozco gente que se desinfecta hasta las gafas después de ir a un cementerio con lo que tu frase vale para ambas situaciones. ¿Aprensión de qué? Hombre, no estamos hablando de un enfermo infecto-contagioso, sino de un enfermo, de un accidentado, de un anciano, pues, queridos amigos, de esa no nos escapamos nadie: vamos a enfermar y, con mucha suerte, envejeceremos. Aprensión ¿de qué? ¿de que se peguen los años? ¿de que no nos dejen salir?. “Y salimos con alivio” ¿de haber visto mejor al paciente o de no tener que asistir al espectáculo de la enfermedad, la vejez y el sufrimiento y poder actuar como si no existieran?
Los del cementerio afirman barbaridades de quienes sí van –vamos- simplemente, generalizo por lo que me equivoco en parte, para darse argumentos para no ir ellos. En realidad o no tienen a nadie –dichosos ellos- o nunca han sentido nada por quienes allí están, exagero por lo que me equivoco en parte. Es una justificación como cualquier otra pero que permite eludir la responsabilidad de decir “No voy por que no quiero, no me gusta o no me sale de ahí mismo”. Básicamente es como si yo me dedicara a insultar a los que van a misa de doce por que yo no voy a misa y descalificándoles explico mi conducta.
La reflexión me lleva a pensar que si el bicho humano actual, quiere evitar y evita la visión del dolor, la asunción de la extinción, y –en el caso del anuncio- la relación con otros bichos humanos quizás esté dando un paso hacia la involución. Se considera que el ser humano comenzó a serlo cuando se ocupó de ayudar a otro a sobrevivir, (hace poco se encontraron restos de varios centenares de miles de años de un antepasado a quien alguien había masticado la comida para alimentarle) y cuando la tribu, nómada aún, se detiene y entierra de una u otra manera a quien ha caído. El humano es humano sólo en tanto su relación con otro animal humano, solo no deja de ser un gusano débil ante el depredador. Un simple lince, poco más grande que un lindo gatito, si atacara a la cara de ese animal desnudo que es el humano acabaría con él, ya ni digo algo así como un singulares porcus, lease jabalí en latín, según Asterix.
Se exalta la huida del grupo, casi se fomenta el alejamiento del enfermo y de la realidad de la muerte. Por que, lamento decirlo, pero la gente se muere, miréis o no miréis, y los hospitales son templos de dolor, sagrados, por que el dolor es lo único que tenemos en común los humanos. Todos.
Reflexiono y me pregunto que clase de hombre o mujer, que tanto monta monta tanto Isabel sobre Fernando, es el que estamos creando con estas actitudes tan modernas y tecnológicas. Soy viejo, debo serlo, para tener esta visión en medio de esta vorágine que, tristemente, se ha extendido a mi generación y se dedican a proteger a los hijos y nietos: que no vea a la abuela que se esta muriendo, que no vaya al entierro que es muy joven, que no se haga amigo de ese chico/a que es discapacitado, que no se relacione con aquel otro que tuvo un cáncer el año pasado. Y esos seres a proteger van cumpliendo años y llegan casi a los treinta, y mi generación, cuando se va a operar, por ejemplo, y no sabe si es bueno o malo lo que hay ahí debajo lo ocultan celosamente a sus hijos, y hasta la fecha de la operación para evitarles sufrimientos. Debo ser muy viejo por que yo creía que nuestra misión como especie era crear y criar adultos capaces de enfrentar la realidad y vivirla en su plenitud, no adolescentes eternos educados para no ver nada más que el lado menos desagradable. Y me pregunto: ¿no existía un proceso biológico por el cual el polluelo salta del nido e inicia su vida entera, sin volver la cara al halcón que viene por el? (Sí, la enfermedad, la vejez, el dolor, la decrepitud y la muerte vienen por ti, muchacho, muchacha, por ti y no sólo por el otro, por el de al lado, por el viejo, por ti, y es sólo cuestión de tiempo que te alcance) Cuando llegue ¿estás entrenado para hacerle frente con dignidad o vas a buscar otra generación como la mía (léase, secta, estado controlador, Gran Hermano o cualquier cosa semejante que te mantenga engañado ante tu propio dolor, enfermedad y muerte , que tome tus decisiones y te haga incapaz de controlar tu propia existencia)?
Todo esto sé que no soy el primero que lo dice pero es que estoy sorprendido por que personas que me están demostrando todos los días su inteligencia y valía personal no reaccionen, no quieran hacerse adultos o lo que es lo mismo: no quieran ser libres para tomar sus propias decisiones personales íntimas y asumir las responsabilidades que eso lleva. ¿Miedo a la libertad? ¿Miedo a la vida? ¿Hedonismo suicida? (no veo yo a la gente suicidándose por los rincones la verdad, al contrario)
Thiago, me preocupas por que eres o vas a ser periodista: reflejo de una sociedad, de una generación, quien la debe mirar y contar. Como ya dije una vez me temo que soy un ilustrado y pienso que todos tenemos la misión de mejorar la sociedad especialmente quienes más voz tienen.
No sé si es políticamente correcto, no sé si he ofendido a alguien, no era esa mi intención pero no voy a disculparme si lo he hecho. Buscaba una compartir y provocar una reflexión.

Esta imagen está sacada de la red pero venía con el nombre de su autora en una pagina de fotografía, copie el nombre y los datos para ponerlos aquí, pero no los encuentro. Mis disculpas y con tan solo decirme que la quite se soluciona. Es una de las mejores fotos que pueden ilustrar el tema del que se trata. Seguiré buscando por que no puede estar muy lejos. Lo prometido es deuda: la foto se titula "Soledad" la autora es María Alicia Aranda Zamundio y se hizo el 17 de Diciembre en México, habría que darle las gracias por decir tanto con tan pocos elementos.

domingo, 5 de diciembre de 2010

De cunetas y timbres

Sentado a la mesa del rincón, ante un periódico que hace mucho dejó de interesarle, pierde la vista en la tarde que cae temprana. Pronto no verá más que las luces anaranjadas de la ciudad, abajo. Del pasillo llega una luz brillante y un cierto bullicio, las limpiadoras, las enfermeras, un médico apresurado, un paciente que pasea su oxígeno y su sonda apoyado en su mujer, una señora desgreñada que se cruza con él envuelta en una raída bata de abrigo. Van llegando las visitas, un matrimonio maduro llega a la habitación de enfrente ocupada por una señora muy mayor, un hombre llega con ojos asustados llevando a tres niños a la habitación de su esposa que carga un cacharro de esos de estar midiendo constantes todo el tiempo, parecen muy jóvenes; un señor mayor apoyado en un bastón que blande violentamente pidiendo explicaciones se dirige a la tercera habitación de la izquierda, un grupo de jóvenes entran en la quinta a la derecha gritando “hola abuela”. Casi no hay luz en la habitación ya. Escucha las conversaciones cercanas, “el cateterismo salió bien pero con esos años…”, “Sí, nos han dicho que mañana nos vamos”, “No quiere beber”, “El médico dice que claro que podrá ir al bautizo de la bisnieta”, “Nosotros no podemos hacernos cargo, hay que hablar entre los hermanos por que así ya no podemos seguir”, “Llamó tía Engracia, con esa edad ¿Cómo va a venir? Noventa y siete cumple el mes que viene”. “Está mal, muy mal”, dice alguien a un teléfono móvil a punto de llorar, “Hoy no ha comido mal. Sí, ochenta y tres”, “La 1245 es por el otro pasillo”. “Sí, mamá cumplirá ciento tres en febrero”. El pijama azul no abriga demasiado y le da algo de frío, no espera a nadie, no hay nadie a quien esperar. En horas de oficina anteayer delegaron en Anita para que se enterase de si había sobrevivido al infarto y de cuanto tiempo va a estar ingresado. Demasiado joven a sus cuarenta y tres años, dicen los médicos, debe ser cierto escuchando las cifras que escucha en ese pasillo, pero parece que su miocardio no lo debe saber.Las tardes de hospital son largas y en el otoño tardío más. Tampoco esperó a nadie ayer, ni lo hará mañana. Conoce las excusas, las disculpas, el trabajo, los horarios, los niños, pero también la realidad. No es nada para nadie, salvo un jefe, un compañero, un subordinado, un amigo de cervezas, nada que le incluya en la vida de nadie al cerrar la puerta de su casa. Nada que le incluya en una cena de Nochebuena, por ejemplo. Seguramente se lo ha ganado, siempre ha estado dedicado al trabajo, era un buen refugio, cómodo, excusa perfecta para no compartir tiempo, campar por sus respetos sin contar con nadie, evitar a esa chica que no le gustaba o que le gustaba demasiado. En realidad, nunca le ha importado un comino su trabajo ni ha dejado de sí en él más de lo imprescindible y él lo sabe. Esa labor rutinaria y remunerada ha sido tan sólo una más de las cosas de las que no ha formado parte. Como no forma parte de la corriente de visitas y enfermeros que vienen y van por el pasillo, nunca ha sido parte de nada, caminando por una cuneta de la vida pero asistiendo a ella como espectador a menudo desinteresado. No sabe en qué momento se salió de la corriente pero sí que no supo reincorporarse a ella. “La vida sigue”, dice alguien en el pasillo cuando ve llegar a una pariente joven luciendo un hermoso vientre embarazado. Sí, la vida sigue, para todos y también para él en su cuneta. No, no espera nadie esta tarde, ni mañana. Quizás si el domingo siguiera ingresado y su primo lo supiera se pasara un momento antes del vermouth. Pero para eso tendría que decírselo, y para hacerlo tendría que saber que le importa. Ni una cosa ni otra son realidades, tampoco ficciones, sencillamente la cuneta nunca se cruza con la calzada ¿Cuándo dejó de intentarlo? “Si todo sigue así, en un par de días a casa”, dijo un galeno. Sí. Y con suerte en un par de meses al trabajo, a lo que le permitan hacer, a las putas los sábados de madrugada ¿Cuándo dejó de pretender ligar?, ¿Cuándo renunció a buscar una mujer?, ¿antes de salirse de la carretera o fue después? No lo recuerda. En la habitación sólo entra la luz del pasillo y los ruidos del pasillo, las voces. Desde su silla les ve, a pocos metros pero lejos, muy lejos. Un pinchazo le paraliza el brazo izquierdo, reconoce el síntoma y se levanta hacia el timbre junto a la cama, el pecho se aplasta violentamente, es como la otra vez, quizá peor, coge el timbre y se ve envejeciendo en la cuneta, de puta en puta, de oficina en oficina, sin esperar hoy ni mañana a nadie y decide no apretar, dejar que las cosas sigan su curso en la oscuridad de su habitación, sólo y al lado del ir y venir de la vida. Le descubrirán en un par de horas, cuando traigan la cena.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Invierno

Por cierto, también ha llegado el maldito invierno, aunque reconozcamos que en la obra que pongo de Boucher parece hasta acogedor, claro que con él todo da la sensación de que está a punto de empezar a hacer el amor como enloquecido ¿o será que se me va la olla, también?

Han vueltoooooooo

Ayer me llegó la primera felicitación (publicitaria, eso sí) así que considero abierta la veda para felicitar, abrazar, dar achuchones y demás desde ya a todo bicho viviente. Así que quedáis advertidos, ojo conmigo.
Recuerdo que el año pasado escribí aquí un alegato muy pronavideño. Me encantan estas fiestas a pesar de que no han sido nunca especialmente felices para mí. Pocos, muy pocos buenos recuerdos guardo de ellas y todos de los juguetes que aparecían el día de Reyes. A pesar de lo cual me encantan. Sin embargo, este año me veo menos entusiasta, quizás estoy viejo, quizás estoy asustado, quizás estoy cansado. Otros años estaba con ciertas expectativas de esto o aquello, este año lo único que quiero es llegar al día 11 de enero sin que me den patatuses raros. A tanto se puede rebajar las aspiraciones de un hombre que se limiten a quedarse en casa. Sin pedir más. Digamos que la felicidad que espero de estas navidades es pasarlas delante del televisor y su ventilador de mierda habitual.
Eso sí:  os deseo todo lo mejor para estos días y que cada uno encuentre un motivo para celebrarlos dentro de sí.
Feliz Navidad