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martes, 28 de junio de 2011

Orgullo y orgullos

Cada mañana al despertar lo primero que veo es la imagen de la foto que encabeza esta entrada. Enciendo la luz y ahí está Don Paco y mi graffiti privado. Segundos más tarde enciendo la radio. Hoy he escuchado, por el oído malo con lo que no puedo asegurar que sea dato exacto, que hoy es el día del Orgullo Gay. Luego, ya despierto del todo y con el oído bueno también, los locuaces locutores lanzaban la pregunta a los oyentes internautasradiofónicos ¿de qué os sentís orgullosos? Como dirían por la tierra de mis ancestros “¡Ay carallo!”. La cosa da que pensar. Sé que el tema del Orgullo o no Orgullo Gay conlleva cierta polémica sobre que si se quiere la normalización a santo de qué viene el circo que se monta (sería fácil decir que más normalizado que el catolicismo no hay nada y también monta sus exhibiciones a menudo, demasiado fácil para decirlo pero demasiado cierto para no dejarlo caer, así, como quien no quiere la cosa). Mi opinión personal es que el Orgullo Gay no es patrimonio de la comunidad de seres humanos que deciden acostarse con otros de su mismo sexo, ni mucho menos. El Orgullo Gay es patrimonio de las sociedades en las que eso no conlleva la pena de muerte, castración o cualquier otra barbaridad –que las sigue habiendo-. Es por tanto, o debería ser, el Orgullo de todos y cada uno de nosotros. Mío también, por supuesto, como lo es que en el Levante Ibérico se celebren fiestas de Moros y Cristianos en ciudades donde la presencia actual árabe es apreciable y que cuando alguien protestó fuera esa propia comunidad quien saliera en defensa de esas fiestas (conste que personalmente no soporto ninguna fiesta cohetera, me pueden los petardos). ¿Demasiado políticamente correcto? Bueno, váyase por lo radicalmente incorrecto de casi todo cuanto pienso.
Ese sería uno de mis orgullos personales.
Estoy orgulloso de seguir vivo después de taitantos años luchando contra mi propio cuerpo.
Estoy orgulloso de conocer algunas personas, pocas, de inmensa valía personal que, como comprenderéis, no voy a nombrar salvo a quien ya lo hice en su momento: el ya desaparecido Don José Manuel Pita Andrade.
Estoy orgulloso de que no me hayan doblegado la gentecilla y la gentuza, los ataques y las indiferencias y de tener la capacidad de levantar la cabeza una y otra vez.
Estoy orgulloso de no perder de vista lo que es y no decir “este burro es bueno” sino, como mucho “este burro es un asco pero si tengo que tragarlo, trago”.
Estoy orgulloso de no haber cedido ni un ápice de mí mismo para ser falsamente aceptado por grupo alguno.
Estoy orgulloso de saberme débil, quebradizo y de tener el coraje de buscar ayuda.
Estoy orgulloso de tener la sensibilidad para reírme o llorar ante una obra de arte incluso en mis peores momentos, mejor dicho: de trascenderme para apreciarla.
Estoy orgulloso de reírme con y de casi todo.
Estoy orgulloso de no olvidar y de ser incapaz de fingir el olvido. No hablo de rencor.
Estoy extraordinariamente orgulloso de no parecerme a mis abuelos, por ejemplo.
De pocas cosas más pero creo no está mal, para ser yo. Otra cosa será el capítulo de las vergüenzas. Pero eso es otra laaarga historia.

domingo, 26 de junio de 2011

Verano, de nuevo

Verano de Boucher, con él completamos las cuatro estaciones de este pintor muy rococó.

sábado, 25 de junio de 2011

Respuestas 2

Seguimos con el mismo problema así que a la misma solución recurro.
Rober: bueno, es un halago las obras y los autores con las que me comparas, aunque no deja de preocuparme un pelín quedarme antiguo. Claro que para leer ciertas cosas contemporáneas ¡Viva el XIX! Hay historias y no una sino miles detrás de cada puerta de campo, de pueblo o de ciudad, lo terrible es que nadie quiere reconocerlas y lo difícil es mirarlas. En cuanto al vocabulario tengo unas ideas particulares: si tenemos un idioma rico ¿para qué narices usar otro? Claro, me quedo antiguo.
Uno: Machado hablaba de “aquella España que pasó y no ha sido” pero yo creo que no existe aquella España, es esta que permanece agazapada y disimulando para en cuanto tenga ocasión mostrar de nuevo sus colmillos, sus cilicios y demás (como plasmaste magníficamente con tus erotizantes manolas) No pasó, sólo espera. Lo de Señora Ama, supongo que te refieres al drama rural de Benavente o hay otra obra del mismo título, no sé yo si me gusta tanto, Don Jacinto era demasiado suyo. Muy bueno lo de los Cristos hinchables. En cuanto al reparto, no conozco a Mara Laso, de las otras no hay objeción. En plan actual: Pilar Bardem como la tía, Silvia Abascal (vuelve pronto, hermosa) como María lo bordaría o Leonor Watkling, entre ambas las dos hermanas estarían cubiertas. Pero sobre todo hace falta el coro de cotillas que, puestos a elegir, encabezaría con Rosa María Sardá, Mariví Bilbao, Chus Lampreave, y el prodigioso coro de secundarias del cine español siguiendo el rollo de esas cuatro ¿Imaginas lo que podría soltar la Sardá? Por Dios, que alguien lo ruede.
Carlobito: gracias por meterte tanto en el relato, sin embargo, no sé yo si María perdió la razón, ahí tengo mis dudas. Desde luego que existen esos problemas hoy pero no le pondría escenarios concretos, los abusos infantiles son fuente inagotable de actitudes semejantes.
Pe-jota: tremendismo y esperpento en España son sinónimos de realidad. Lamentablemente, o no. Lo que no sé si estoy tan de acuerdo es en lo de la condena a la mujer. Supongo que sería cierto, pero lo que yo he vivido criándome entre mujeres, es otra cosa que sería largo para este marco. Digamos que de esta España todos somos víctimas menos ya sabemos quienes.

Muchas gracias por leerme y por vuestros elogios. Un abrazo

lunes, 20 de junio de 2011

El extraño caso de la coja ahorcada ( y II)

Durante años María La Calvaria se negó a formar parte de la Junta de La Hermandad y Cofradía del Divino Salvador y Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad, pero llegó un día en que, a pesar suyo, fue nombrada Hermana Honoraria y como tal con derecho a albergar al Divino Salvador y a cumplir durante el año que le correspondiera las labores de Camarera Mayor de Él. A pesar de su resistencia no pudo evitar una punzada de orgullo. Preparó su casa durante tres años para recibirle y se ocupó de obtener dispensa eclesiástica de su promesa pues como Camarera Mayor tendría que verle, cuando menos al vestirle, en los días que había prometido negarse el hacerlo.
Tenía cuando supo del nombramiento treinta y siete años, ni una cana, las carnes lozanas, menos en las piernas casi hueso puro, ojos inmensos que parecían mirarlo todo con la misma curiosidad de una niña, una risa sana, un ingenio rápido y simpático. Pasaba las tardes oyendo los últimos tiempos de la Señora Francis en la radio, en su casa nunca entró la televisión, las últimas radionovelas y unas noticias que la movían a compasión pero ni a miedo ni a ira. Esas cosas que pasaban no le afectaban, quedaban fuera de su mundo, ese mundo que había reducido violentándose cuando supo –tenía trece años- que nunca la querría un hombre, que querrían su dinero, sus tierras, o, como mucho, un sexo cómodo y barato. Que serían prostitutos que fingirían un deseo. Prostitutos, sí, pero más lo sería ella, más puta incluso que su hermana, si lo aceptara. Por eso su tía se marchó del pueblo. No fue capaz de hacerle entrar en razón cuando comenzaron a llegar los moscones, ni de hacerle entender que mejor es un marido comprado que una cama fría, que sus caudales le permitían elegir y hasta pagarse la nulidad si quería, que la soledad es muy mala y que los años no traen sino penas, desgracias y que un hombre es necesario en una casa, que los hijos son la alegría del mundo y que ya quisieran muchas mujeres tener esa cara, esas carnes y esos posibles. Ni siquiera cuando el médico le dijo que, ciertamente, no podría parir por sus medios pero que para eso se había inventado la cesárea. “María, no voy a quedarme a ver como se te va la poca o mucha vida que Dios te dé. Los tiempos cambian, las cosas están cambiando deprisa y más que cambiarán, pero la soledad no va a cambiar nunca. Te arrepentirás cuando ya no basten tus tierras ni tus caudales. Serás vieja, y eso todavía es peor en soledad e impedida”. Y se fue, sin más palabras, luego una carta al mes, una más para el quince de agosto y, un día de marzo, otra de un notario. Nunca pensó María equivocarse, a pesar de su desbocada mente bajo los embozos de su cama bajo la mirada de la Virgen del Carmen. Si ellos eran capaces de prostituirse, ella demostraría estar muy por encima de ellos. Sólo si viera en uno un cariño, ni siquiera un amor, sólo un cariño que no pensara en olivos y trigales, como el que veía en los mozos que le pedían que rezara por sus cosas, que se acercara a ella sencillamente por gustar de su compañía, podría ella cambiar de idea, esa puerta nunca la cerró. Por eso rezaba continuamente al Divino Salvador, para que en ella apareciera alguien, más profundamente cuando más sentía la cercanía de la vejez, de la inutilidad, de la soledad que la cercaba entre las paredes de su casa cuando las amigas se iban y apagaba la radio después de cenar, o cuando cerraba la puerta en verano, después de sentarse a charlar al fresco, y todavía escuchaba por un rato a las vecinas hablar con sus maridos, reñir a sus hijos mientras que el silencio de su casa se la iba comiendo. Cada año daba las gracias con su promesa por no haberse engañado y seguir lúcida en su soledad.
El año que la tocaba albergar la imagen del Divino Salvador encaló no sólo las paredes de su casa y de su patio sino las de toda la calle corriendo con los gastos de quien no podía y animando a quienes sí a adelantarlo aun sin necesidad. Vació lo que era el comedor de la casa, según se entraba al zaguán a mano izquierda, y lo engalanó como mejor supo, con cuadros de láminas de Rafael y Murillo, pilistras y cintas en macetas que ella misma pintó con colores alegres, pues “Nuestro Señor trajo la alegría al mundo”, decía; preparó su reclinatorio en un rincón y compró tres docenas de floreros de Talavera para que nadie se encontrara sin tener donde dejar una flor si quería llevarla, y una mesa llena de cuencos de barro siempre lista con agua, aceite y las cajas marrones de las mariposas. Encargó al tío Leña, el carpintero de los aperos, un rústico pero funcional mueble que permitía poner velas y palmatorias de modo que no se estorbaran y mandó hacer en la capital otro mueble sólo para las pocas túnicas de Nuestro Divino Salvador y para sus potencias que, a modo de peinetas, había que quitar y poner al cambiarle de ropajes. Cuando le vio llegar aquella madrugada de Viernes Santo y entrar en su casa no pudo sentir la tan cacareada humildad cristiana que todos le presumían sino un orgullo desmedido, nadie había recibido como ella a Nuestro Divino Salvador, nadie en todo el pueblo, nadie desde que se tenía memoria y algo dentro le gritó que esa noche se acababa el recuerdo de Soledad la Calvaria, la puta, la robahombres, la perdida, que a partir de entonces, María La Calvaria no tendría que agachar la cabeza ante nadie a pesar su belleza, a pesar de su dinero, a pesar de su sangre, a pesar de su deformidad. Los Calvarios serían recordados por la gloria con que esa noche entró el Divino salvador en la calle de los Carros y en la casa de los Calvarios. Aquel orgullo le reventó en un llanto convulso que nadie entendió creyéndolo fruto de la devoción a Nuestro Señor.
Pasaron los ritos de los primeros días, el paño negro, cubriéndole la cara, los rosarios continuados del Sábado de Gloria, los cohetes del mediodía del Domingo de Resurrección y, por fin, la puerta de la casa de María se cerró con Nuestro Divino Salvador bajo su techo. Echó bien las persianas pues era el momento de cambiar la túnica de Viernes Santo por otra más sencilla. Simple terciopelo violeta con realces de pasamanería negra en los hombros para tapar presillas y corchetes pues había que desarmarla por completo. No era especialmente difícil, sobre todo para ella que había cosido unas cuantas de esas túnicas con sus manos, teniendo en cuenta que la talla era de tamaño natural. Los dedos hábiles de María no tendrían problemas en desarmar y armar la túnica o, lo que venía a ser lo mismo, en desnudar y volver a vestir al Salvador a ciegas. Recogió las piezas y las cepilló, las dobló primorosamente y las guardó en el cajón sin olvidar meter también unos membrillos y unas ramas de romero a la sazón en flor. Se volvió para quitarle las potencias con baño de oro de las grandes solemnidades y entonces le vio. Por primera vez en su vida vio la Imagen de Nuestro Divino Salvador.
Un experto diría que era obra del siglo XVIII, de vestir, escuela castellana, madera policromada, ojos de cristal en la iconografía de Varón de Dolores o, quizás Cristo a La Columna por la posición de los brazos y las muñecas casi cruzadas, que posiblemente la columna se perdiera en la Guerra de la Independencia cuando los franceses saquearon las iglesias de la región, que procesionaría con un paño de pureza de batista, seguramente. El uso posterior había impuesto el hábito de Nazareno, más acorde con la tradición local.
Eso es lo que hubiera dicho un experto pero ella no era historiadora ni sabía nada de escultura y lo que vio al volver la vista con la guardia baja fue a un hombre desnudo, por primera vez en su vida. Un hombre perfecto, que con sus ojos de cristal color miel, fijos en ella, envolvía su cuerpo de ternura, un hombre que no evitaba mirar sus piernas esqueléticas, ni tragaba saliva al ver la muleta pensando en las arcas. Algo se sublevó dentro, recordó todas y cada una de las infamias que decían había cometido su hermana y comprendió el porque de aquellos actos, dejó caer su vestido negro y el resto de su ropa. Luego, muy despacio, palpando cada parte de aquel cuerpo de madera policromada se fue pegando a él hasta encajarse entre sus brazos, se colgó de su cuello y lloró sobre aquel pecho terso, duro y frío, un llanto dulce y eterno. Sobrevino como un terremoto, que estremeció hasta su última fibra sensible, que la hizo agitarse violentamente, las horquillas no soportaron la tensión de su pelo y su cabellera se desparramó. La poca fuerza de sus piernas cedió y, aferrándose a esa carne esculpida, fue descendiendo hasta quedar con la cara sobre sus pies y la melena envolviéndolo todo.
Cada día, María la Calvaria abría las puertas de su casa a quien fuera a rezar, encender una vela o poner unas flores a Nuestro divino salvador, cada tarde, en la habitación de enfrente, cosía o bordaba escuchando la radio, a los niños jugar y charlaba un rato con las amigas en torno al café y las pastas. Cada mañana, Maria la Calvaria tensaba su melena con despóticos tirones para someterla al recogido, cerraba hasta el último botón de su vestido negro de mangas hasta los puños, con un recato que no era sino una tentación para los hombres, que poco a poco se iba convirtiendo en la provocación insolente del fruto prohibido. Cada noche, a las once cerraba la puerta, bajaba las persianas y cerraba las contraventanas del cuarto de Nuestro Divino Salvador y se entregaba a esa escultura desnuda, con desesperado deseo que se veía siempre satisfecho con largos espasmos, repetidos, insaciables. Cuando se arrodillaba ante Él a rezar el rosario intentaba arrepentirse y prometer renunciar a ese cuerpo de madera, que su razón decía que tenían que ser pecaminosas pero que no conseguía ver por qué. No podía arrepentirse, no podía ver nada malo en aquellas horas unida a Él, ni en su mirada dulce, ni en sus labios que jamás esquivaban el beso de su boca, ni sus manos rozándole apenas como si ella fuera una joya, ni en sus brazos fuertes que la sujetaban cuando ya no podía más. Pensando en ello le daban dulces vahídos que sus amigas creían propios de sus diversas enfermedades y todo se volvía atenciones hacia ella. Sin embargo, su salud y su aspecto eran día a día más lozanos, casi adolescentes y tan sólo violentándose el gesto cruelmente podía parecerse a quien era antes de aquella primera noche. Floreció tardía y espectacularmente pero nada más que para su espejo y para una figura de madera tallada doscientos años atrás.
Corría el viento gélido del mes de enero por las calles del pueblo trayendo algún copo cuando se comenzó a hablar del traslado y María comprendió. Si nadie vio su esplendor físico, todos pudieron ver sus ojeras de insomnio, como adelgazaba a marchas forzadas, sus ataques de melancolía repentinos, sus desmayos inesperados, clavar las uñas en el tapizado del reclinatorio. Comenzó a lanzar gritos desgarrados en mitad de la noche que explicaba por los dolores de las rodillas sin que calmante alguno funcionara pero que otra cosa bien distinta era, como sólo Él sabía. En pocas semanas necesitó dos muletas y tuvo que renunciar a ir a la Iglesia, perdió por completo el apetito y sus inmensos ojos negros ocultaban a medias un brillo desesperado: el de la esposa del condenado a muerte. No era eso. En el hueco de la noche, aferrada a los tobillos de madera, sólo podía pensar “me va a dejar, me va a abandonar a mi suerte”. Era el la desesperación de la hembra despechada, repudiada. Se consumía a ojos vista y quizás por eso a nadie extrañó que la encontraran el lunes Santo colgada de una viga en el cuarto donde hasta unas horas antes había estado Nuestro Divino Salvador al que había vestido con la túnica blanca y triunfal del Domingo de Ramos, a quien había perfumado con romero y esencia de violetas, a quien había coronado con las tres potencias y a quien había visto alejarse calle abajo. Tal fue la consternación por encontrarla ahorcada que durante mucho tiempo nadie se dio cuenta de las huellas de las tijeras clavadas en el sexo de la talla del s. XVIII escuela castellana de la iconografía varón de dolores, tanto tiempo que nadie pensó en María la Calvaria acuchillando la madera aquella víspera del domingo de Ramos a pesar de que se seguía musitando sobre la muleta tirada en el suelo debajo de la viga de la que se ahorcó en las matanzas, en las romerías o en los velatorios.

[Se ha vuelto a jeringar el tema de poder comentar yo en mi blog, responderé a vuestros comentarios en la próxima entrada]

jueves, 16 de junio de 2011

El extraño caso de la coja ahorcada (I)

Algunos quisieron pensar que había sido el viento que “enloquece a las mujeres sin hombre”, susurraban en las tabernas, otros optaron por deducir que, como desde niña había sido enfermiza y débil le habían encontrado algo malo, vamos peor de lo que ya tenía encima. Quien más quien menos se dijo para sí que lo raro es que hubiera tardado tanto. Algunos la lloraron unos días, otros, pocos, unos meses, y la mayoría al día siguiente ni la recordó. Sin embargo, todavía hoy cuando se juntan a bordar, en las matanzas, en las romerías, o simplemente a charlar a la fresca acaba saliendo a relucir María La Calvaria. No falta quien dice que su muleta todavía se ve apoyada en la silla por las rendijas de la puerta, pero nadie ha querido ir a comprobarlo. La casa se cerró después de aquello, no había familia o, si la había, ni siquiera eso les llevó a ir y ahora está abandonada, nido de ratas y de malas hierbas. El director de la sucursal del banco sabe, y se lo calla, que apareció un sobrino para “hacerse cargo” del monetario y las tierras que María tenía en la lejana provincia de donde su madre era nacida y que ninguno del pueblo conocía, pero ni pisó la casa. Algunos, algunas más bien, recordaban a su hermana, mucho mayor que ella, Soledad La Calvaria, lo hacían con envidia y algo de rencor quizás.
Era de joven una real moza que sabía caminar como nadie con los tacones altos subiendo la cuesta empedrada de la iglesia del Divino Salvador, de bien joven, que ya con los trece años, cuando le nació la hermana, era famoso su paso camino de misa de doce, luciendo los posibles de la familia, que los había. Los mozos bebían los vientos por verla pasar, por cruzar dos palabras en la plaza o bailar un pasodoble por la fiesta del Jesús. Esas ancas poderosas, esos pechos retadores, esa mirada altiva, esa cabellera que suelta era un insulto y recogida en recatado moño no era sino una alimaña enjaulada revolviéndose, ese saber llevar la mantilla –aquella mantilla que valía más que lo ganaba medio pueblo en diez años-, aquel calibrar a los hombres como al ganado y, sobre todo, aquella risa potente echando atrás la cabeza para hacer resonar a la vez las joyas de su poderío que cargaba a la menor ocasión; además de otras cuentas que se echaban los mozos de cuanto de trigo, cuanto de olivo y cuanto de vino calzaba la Soledad, hacían de ella objeto de deseo masculino y de inquina femenina. Mucho se habló entonces de noviazgos rotos, de mozos a medio vestir escapar corriendo por la ventana del corral, de hábitos colgados por su comportamiento, de mano en exceso blanda de sus padres, más aún cuando les nació la desgracia, dejando a Soledad La Calvaria demasiado suelta. A ella le resbalaban rumores y murmuraciones y cuanto más en entredicho estaba, más profundo era su escote, más oro había en él, desde más lejos se oía su risa y peores actos se le adjudicaban. Decían, y era cierto, que iba al río, al Remanso del Molino Viejo, a ver bañarse desnudos a los muchachos y que los mozos acudían a él aunque ya no fueran tan muchachos a exhibirse como sementales en feria. Decían, y eso no hay forma de saberlo, que se veía en la sacristía con D. Manuel, tanto lo decían que tuvo que marcharse del pueblo mientras ella se reía con las zafiedades de uno u otro gañán al subir a oír la misa de doce que cantaba el nuevo párroco. La desgracia cayó en la casa cuando Soledad La Calvaria tenía trece años y desde entonces anduvo como cabra monte arriba, sin control y sin rienda. Malparió la madre que murió en el trance de alumbrar una niña deforme; una tía solterona vino a hacerse cargo de casa y niñas no pudo hacerse con ninguna de las dos.
Soledad La Calvaria un buen día desapareció llevándose las joyas sin olvidar los buenos duros que su padre había cobrado esa mañana por la cosecha y un par de mantones que casi compraban una viña. No se volvió a saber nada de ella, quien dijo haberla visto como una señorona en Madrid, gastando coche y pieles, quien dijo haberla visto en el Barrio Chino de Barcelona haciendo la carrera. Poco a poco Soledad la Calvaria hubiera acabado convertida en leyenda onanista para los mozos y maldita para las mujeres, como muchas de las viejas consejas que antaño se contaran al amor de la lumbre en largas tardes del invierno ventoso de aquellas tierras si no hubiera existido María La Calvaria.
Entre silencios expresivos sobre Soledad, enfermedades y recuerdos ajenos, María fue creciendo. Murió El Calvario y la casa se cerró en lutos durante un tiempo. Sólo se oían sus pasos con el opaco compás de la goma de la muleta hacia la iglesia del Salvador camino de la primera misa. Acabó el luto, llegó el alivio y María la Calvaria se quitó el velo que ella había convertido en máscara al ir con la cabeza gacha, no por modestia como creían unos, o por vergüenza de su hermana, como pensaban otras sin decirlo, sino por la imperiosa necesidad de saber donde ponía la muleta para no abrirse la crisma. Sólo cuando el negro pasó a ser gris, malva y algo de blanco, el pueblo se dio cuenta de que ya no era una niña. Reconocieron en ella la rebeldía del cabello sometido, la altivez de la frente y las formas opulentas de su hermana a pesar de sus enfermedades, de su alza en el pie derecho, de su hombro caído y de su espalda levemente torcida. Era ya moza, guapetona y con capital. Las hembras del pueblo la presintieron como una amenaza, los mozos como un morboso y siniestro objeto de deseo. Parecía irse a revivir la guerra soterrada pero letal entre las Calvarias y las demás o, peor aún, la más antigua de los mozos por Elena la Viñosa, moza rica del tiempo de las abuelas, que acabó con dos hombres muertos, otros dos en presidio y ella suicidándose en un convento de clausura. Los tres pies de María, ahora sin las trabas del luto, recorrían las calles del lugar con resonancias casi amenazadoras. Sin respirar las mujeres, mozas sobre todo, esperaban con espanto el momento en que el alivio cumpliera. Esperaban ver abrirse esos escotes, liberarse la cabellera, ver suelta la sonrisa, pues eran conscientes de que María la Calvaria, coja y deforme, era más mujer que todas ellas, rica y sin nadie a quien rendir cuentas. El malva pasó a azul y finalmente el alivio acabó. Sin embargo, los escotes apenas se abrieron para lucir la medalla del Salvador, el cabello no se liberó nunca y la sonrisa no era esa sonrisa procaz e infame de su hermana sino otra que sólo se abría a ancianos y a niños manteniendo a los mozos a distancia, a pesar de que acudían al olor del capital, del vino o del aceite.
Quizás estaba harta de ellos o quizás quiso cortar de cuajo las murmuraciones dejó caer en casa de la tía Genara, delante de las viejas parteras, tras el rosario del velatorio del difunto que ella no podría parir a causa de su cojera y que, por tanto, no pensaba casarse. Como por ensalmo los machos se alejaron y buscaron en las otras mozas lo que en ella era imposible. Así María La Calvaria dejó de ser una amenaza y el sonido de su muleta fue reconocido por las calles y cuestas con cierta alegría pues donde ella iba, iba la decencia. Los Calvarios habían sido toda la vida más bien descreídos que por eso mataron en guerra, apenas hacía treinta y… años, a Juan El Calvario, dos tiros, el primero entre lo huevos, presumía aún el tío Sandalio, y el segundo entre las cejas; pero María era casi, casi una beata. No era de misa diaria pero sí que se la veía cada día recorrer el pueblo para rezar ante la Santa Imagen del Salvador por muy lejos que estuviera la casa del hermano o hermana que le tuviese a cargo ese año. Era costumbre de la Cofradía del Salvador que cada uno de sus hermanos mayores por turno riguroso albergara en su casa al Divino Salvador de Domingo de Resurrección a Domingo de Ramos. María se hizo hermana tan pronto pudo disponer de los medios libremente que fue, poco más o menos, cuando su tía se volvió a sus tierras. Con todo respeto y delicadeza cada día, a una hora prudente pero temprana, llegaba a la casa y se arrodillaba ante Nuestro Divino Padre durante al menos una hora y luego se volvía a casa despacio con la cadencia familiar de pie, muleta, pie. Por las tardes María se sentaba junto a la ventana a bordar o a hacer encaje, saludaba a quienes pasaban, charlaba y siempre tenía a punto una sonrisa. Luego, a eso de las seis llegaban algunas amigas, o iba ella a casa de ellas, tomaban un café espeso y unas pastas contundentes y tras rezar un rosario charlaban de lo divino y de lo humano. No tardaron en darse cuenta de que si en aquellas charlas María se enteraba de alguna penuria ajena se esforzaba en ponerle remedio si era posible o, al menos, hacerla más llevadera, eso sí, sin que lo supiera nadie más que el Padre Cipriano pero, claro, las gentes ataban cabos, aunque no faltaba quien decía que ya se ocupaba ella de que lo hicieran, que hay maledicientes en todos los rincones. Así fueron pasando los años, aunque la belleza de María La Calvaria parecía crecer pese a su encierro de rejas y discreción. No tardó mucho en establecerse la costumbre de llevar su reclinatorio a la casa donde la Imagen iba a ser albergada al mismo tiempo que la propia imagen, poco menos que formando parte de la solemne procesión que ella seguía con mantilla y luto riguroso, acompañada del golpeteo rítmico de su muleta y de una amiga que la guiaba pues tenía promesa hecha de renunciar a ver al Divino Salvador en su esplendor procesional y seguía el paso con una venda sobre los ojos. Pasaba los días de preparación y procesión recluida en su casa amasando y friendo dulces de sartén que ofrecía más tarde a sus vecinos para celebrar la Resurrección del Divino Salvador, pero también interesándose por los preparativos para que nada faltara a ese paso, sufragaba cuanta carencia pecuniaria hubiera sin límites ni peros. Había posibles, claro, pero también una profunda devoción que no dejaba de admirar a las gentes, ni de escocer, tampoco.
La Hermandad y Cofradía del Divino Salvador y Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad de aquel pueblo seco, blanco, tirado medio del llano en torno a un peñasco escarpado donde estaban los restos del castillo y la Iglesia, era humilde, sin pretensiones pero la generosidad de María puso plata donde antes había metal y rosas donde había claveles, caoba donde antes había pino e hilo de oro donde antes había bordados en hilo de seda. Nunca había lucido más aquel Jesús, aquel Nazareno, que con sus tres potencias bañadas en oro, con las orlas de sus mantos bordados igualmente en oro, sus candeleros en plata maciza, sus Golgota de rosas blancas salpicadas de algún ramillete de rosas rojas, como su Santa Sangre. Le decían que cuando salía en procesión el Domingo de Ramos camino de la iglesia iba glorioso, sí, ese era el término que usaban para describirle, glorioso, con el manto blanco que ella misma cortó y cosió, llevándolo a bordar a un convento de la comarca célebre por sus exquisitos bordados, no sintiendo los suyos dignos, que relumbraba al sol de primavera, como un lirio blanco y que incluso parecía sonreír cuando al cruzar la Calle Estrecha le daba un rayo de sol en la cara, rodeado de las palmas de los niños. Le decían que en la medianoche del Viernes Santo estremecía verle en ese manto granate, con las luces apagándose a su paso, que, parecía llorar y susurrar el “Perdónales, Padre, por que no saben lo que hacen”. Ella podía oír las exclamaciones a su paso pero no verle en aquellos momentos cumbres. Sólo le veía con el hábito nazareno, tosco, simple, casi viejo que vestía de diario, o con el otro también nazareno pero con un ligero bordado en la orla que quienes le albergaban le ponían los domingos y fiestas de guardar, con las potencias de latón y con las velas en las palmatorias de cerámica o a la luz de las mariposas que le ponían quienes como ella iban a rezarle. Nadie salvo ella acudía todos los días del año a postrarse ante Él, a pesar de sus rodillas enfermas, por eso, cuando en cierta ocasión tuvo que pedir ayuda para levantarse, suplicó que le permitieran llevar un reclinatorio que mandó hacer especial para quedar semiarrodillada. De ahí lo que llamaban en broma y llenos de cariño “el tercer paso del Viernes Santo”, los mozos llevaban el reclinatorio con un respeto profundo pero también con alegría aquel trasto que pesaba como un demonio pues era armazón reforzado e incluso con agarraderas para que levantarse no fuera para María un esfuerzo que acabara impidiéndole hacer sus oraciones ante el Divino Salvador. Quizás fueran un poco pasados de vino, ella no lo cuestionaba, estaban en la edad, pero el favor, como tal lo entendía, se lo hacían del mismo modo. Algunos, y no pocos, se le acercaban después del tercer paso, cuando ya estaba el reclinatorio ante Él y ella volvía a su casa ya sin venda, con las piernas y la espalda gritando de dolores, para pedirle que rezara por ellos, por la salud de su madre, por algún amor contrariado o por que les fuera bien en la ciudad donde se tenían que ir quizás para no volver a ver al Divino Salvador.

jueves, 9 de junio de 2011

Recuperando viejos textos: La colchoneta inflable.

Ante todo Uno: muchas gracias por tu aportación para solucionar el problema, el caso es que lo he intentado tres veces y no hay manera. Hasta que hagan algo o surja algo nuevo seguiré respondiendo vuestros comentarios en entradas independientes. Todo antes de renunciar a ellos.

El caso es que hace poco hablando con una amiga me recordó este viejo cuento del año 91 y decidí compartirlo aquí, dado que mi lado literario anda no bloqueado pero si revueltillo últimamente, más bien como vaca sin cencerro.
LA COLCHONETA INFLABLE
Pepe siempre lo ha dicho: "las vacaciones con la familia en el mes de Agosto son el mejor medio para apreciar la belleza de ocho horas en la oficina". Siempre lo ha dicho pero desde que nació Mari Pili (cumplió once años en Mayo) el bueno de Pepe pasa el mes de Agosto en un pueblo playero-turístico con su mujer, Lola, sus tres hijos, (Mari Pili, Juanito y Pepito), su suegra, doña Lola, su suegro, don Juan, y su cuñado veinteañero, Juan, que no está haciendo la mili por las doce dioptrías que Dios le dio. Todos en una casa alquilada. Justo enfrente hay un hotel donde se hospedan este año las dos hermanas de Lola, Pilar y Maria, sus maridos, Pedro y Javier, y sus cinco hijos que Pepe ya no sabe relacionar con sus progenitores. Ivan, Vanessa, Lorena, Pelayo e Iñigo forman con sus tres vástagos una pequeña horda de menos de diez años, a excepción de Mari Pili (y bien sabe Dios que tanto Lola como él preferirían que tuviera seis años menos); horda incontrolable y potencialmente peligrosa para nuestro Pepe pues, por alguna misteriosa razón más allá de las capacidades del humano cerebro, es el único adulto ante el cual la bestia de ocho cabezas parece presentar una mínima respuesta.
Lo primero que oye Pepe en la mañanita veraniega, después de dormir unas tres horas por obra y gracia de las motos con escape libre, son las arcadas convulsivas de Maria que, se me había olvidado mencionarlo, está de cinco meses aunque por el volumen de su vientre (para ella "bombo") y los casi veinte kilos de más haga pensar que está por lo menos de doce. La pobre se levanta muy tempranito por que el calor no la deja dormir, se da un paseito por la playa y se va a casa de mamá para pasar la mañana más fresca. Allí la sorprenden los vómitos mañaneros que hacen que su cuñado sea incapaz de desayunar durante un buen rato. Habitualmente cuando se le va sentando el estómago a Pepe suelen llegar Javier y sus dos chicos que, con la larvada rebelión del intruso que se dispone a traer al mundo su madre, están especialmente histéricos aunque, eso si, frescos como lechugas.
-Tío Pepe, tío Pepe, tío Pepe, ¿vamos a ir a pescar cangrejos?, ¿vamos a ir a pescar cangrejos?, ¿vamos a ir a pescar cangrejos?, ¿vamosairapescarcangr..
-Tío Pepe, tío Pepe, tío Pepe ¿nos vas a llevar al cine? Ponen "Viscosidad verde" y "Locademia de camioneros XVIII".
-No, no, no. Mi papá- interviene Mari Pili con su voz tres notas más aguda de lo soportable por el oído humano- nos va a llevar a ver "Masacre espacial" y "Holocausto salvaje" que se ven las tripas de la chica saliéndosele por aquí.
-Pues en "Salvaje y biónico" al prota le sacan los ojos.
Lógicamente las tostadas que se disponía a comer Pepe son abandonadas en el plato, no por mucho tiempo. "Pepe ¿no te comes las tostadas?, es que he vomitado el desayuno y…". Si Pepe se quedase vería a María desayunar de cuatro a cinco veces y supone que por eso Javier se va a pescar con don Juan. Antes de que nuestro hombre acabe de enfundarse la camiseta verde fosforito que le compró Lola y el bañador que también le compró su mujer, aunque no consigue imaginar de qué demonios se quería vengar al comprárselo, ya han llegado Pedro y Pilar con sus descendientes que se suman a la polémica cinematográfica proponiendo nuevos títulos del mismo tipo; Pedro zanja el debate mientras Lola termina de preparar a Pepito que sólo tiene diez meses: "Vuestro tío os llevará esta noche a la feria". Cuando Pepe asoma la cabeza para defenderse y proponer a su cuñado que los lleve él para variar, Pedro ya se ha ido."Tenía que ir al banco. Pepe llévate a los niños pronto por favor, mamá tiene jaqueca y con ellos en casa no hay quien haga nada. Anda chico que Dios te lo pagará con una buena mujer" interviene Lola.
-Ya la tengo, eh Pilar, ¿verdad que me llevé lo mejor de la casa? Por cierto, cuando veas a tu marido le dices que los bancos suelen dar más de cinco mil pelas diarias.
-No sé por que dices eso, por....
-Papá, papá, papá, papá, Vanessa ha desinflado la colchoneta.
-No es cierto, mentirosa, ha sido Lorena.
Tras un crescendo de pitos, perdón, voces de las niñas acaban las tres llorando y Pepito, que se entretiene tirando a su padre del vello del pecho, empieza a hacer pucheros. "Está bien, está bien, no importa" ataja Pepe antes de que el Benjamín demuestre su ya comprobada y muy considerable potencia pulmonar. "La inflaremos en la playa. Ivan búscame el inflador".
-Se lo ha llevado Javier para el cojín de papá, ya sabes que fuma tanto que no tiene fuelle.
"Lo que no tiene es vergüenza" está a punto de disparar Pepe, bastante harto de subir al tal Javier al hotel borracho perdido una noche si y otra también, pero se calla por que respeta mucho a las mujeres embarazadas y por que no quiere que doña Lola le diga que encizaña los matrimonios. Pepito le saca del aprieto con un contundente tirón que le despoja del último mechón (es una exageración) de pelo que le quedaba en el pecho."Cagón tu padre". Por alguna misteriosa razón Pepito se monda de risa y, claro, su padre también.
-Pero chico, no hagas eso que ya es bastante lo calvo que se está quedando tu padre.
-Papá, papá, papá, papá ¿llevo la pelota gande o la ota?.
Afortunadamente al coche no le da el sol todavía y mientras piensa que ¿que es eso de que se está quedando calvo que ha dicho Lola?, carga el utilitario con: tres sombrillas, siete flotadores ya inflados (gracias a Dios), tres butacas plegables, un número indeterminado de esterillas de paja, la bolsa con el equipaje personal de Pepito (pañales, biberón, cosméticos protectores, sonajero, chupete normal y el Mickey Mouse de goma cuya oreja ejerce de chupete extraoficial), otro número indeterminado de cubos, palas y moldes de plástico, la colchoneta desinflada y, finalmente, los ocho críos cargados con tres bolsas rellenas de potingues y varias docenas de toallas. Las niñas equipadas con unos bolsos que tuvo que comprarles la tarde anterior, los niños armados con varios tipos de pistolas de agua y Juanito con las dos pelotas ya que su padre no se ha decidido a decirle cual debe llevarse. Pepito es sujeto por Mari Pili y por la Ley de Impenetrabilidad de los cuerpos y Pepe, de alguna manera, consigue sentarse ante el volante.
La playa está cerca pero aun así prefiere llevarles en el coche a tener que organizarles como porteadores de un safari y controlarles como a una recua por las aceras. "Ivan, a ver si puedes dejar el parabrisas libre que no veo, eso es, aparta un poco más la silla. Vale. El retrovisor ya le ofrece una amplia panorámica de la calle. Arranca. Lo malo es que también le ofrece una vista de su amplia frente. "Oye, pues si parece que tengo entradas, me habré peinado mal, no, no me estoy quedando calvo, diga Lola lo que diga".
-Papaaaaaaaaaaaa, la motoooooo.
No es nada pero el frenazo supone la rebelión a bordo. "Casi le aplastamos ¿verdad tío? "Y se hubieran llevado al tío a la cárcel". "Si como en "Acorralado"”. El día que crezca Ivan, o se hace crítico de cine, o le van a partir los morros más de una vez si sigue haciendo estas referencias cinematográficas. "No impota, le llevadiamos una lima". Juanito por lo menos aporta soluciones aunque ya va siendo hora de que aprenda a pronunciar la erre. "Ay, no que si se escapa le pegan un tiro por la espalda". Vanessa, rica. "Es cierto, es cierto, es cierto, que lo vi en una película. No le llevaríamos la lima, por que nos llevarían a un internado y mamá se moriría de vieja a la puerta de la cárcel". ¿Cómo puede ser tan bruja la propia hija de uno?; por cierto habrá que llevarla a un otorrino, ese pito tiene que ser patológico.
Consigue, no sin bastante esfuerzo, encontrar aparcamiento e incluso colocar aceptablemente el coche en él. Ahora si que hay que convertir a los chicos en porteadores. Ivan, las sombrillas; Pelayo, la colchoneta y dos flotadores; las niñas, las bolsas y sus flotadores respectivos y Juanito sus dos pelotas y su flotador en forma de pato con el cuello pinchado. Ivan y Mari Pili vuelven a coger una silla cada uno y Pepe cierra el coche manteniendo un difícil equilibrio con Pepito, su equipaje personal y la otra silla.
-No os metáis en el agua todavía, nena, no te quites la camiseta hasta que te dé el protector que si no mi cuñada, o sea, tu madre, me escabecha con tomate. !Juanito¡, ten cuidado no le des un pelotazo a ese señor. Iñigo, ojo con la butaca no te vayas a pillar los dedos. Lorenaaaa, te he dicho que no te metas en el agua, ya te has mojado la camiseta.
-Es que, es que, esque, me gusta bañarme.
-Lo que tú tienes es complejo de trucha.
-Las truchas son de río.
-No seas repollo, Pelayo, y extiende algo para dejar al enano mientras pongo las sombrillas.
Montar el tingladillo de sombras y bolsas lleva su buen rato entre intentos de fuga de Pepito, chapuzones huidizos de Lorena - que con la historia de "voy a por agua para sujetar las sombrillas" está mojada hasta las trenzas - y las doctas observaciones de Pelayo. Ahora, los protectores solares, primero Pepito que es tan blanquito que si no se le dan un par de capas se achicharra, Mari Pili y Lorena, una vez seca, el de olor a coco repugnante pero Vanessa tiene que ser el de color rosa porque es alérgica y además hay que volver a hacer su lazo pues Ivan se lo ha deshecho. Con los chicos no es tan fácil, casi hay que pegarse con ellos para que se dejen embadurnar. Luchar contra la pasión acuática de Lorena es casi tan inútil como decir a Mari Pili que deje de peinarse como si le llegase el pelo a los tobillos o intentar que Juanito deje de correr detrás de la pelota. Una vez asumida la realidad, Pepe se sienta en una de las butacas, que sólo podrá disfrutar hasta que lleguen las mujeres, y se dispone a leer ese libro de doscientas páginas de las que en dieciocho días ha conseguido leer veintidós y media, sin embargo hoy tampoco llegará a la veintitrés pues Iñigo le recuerda:
-¿No nos inflas la colchoneta tío?
La colchoneta es azul y roja, doble "por si hace falta para dormir alguien", inmensa. Pepe está a punto de proponer que se esperen a que vengan el abuelo y Javier pero las ocho cabezas han vuelto los ojos hacia él entre inquisitoriales y lastimeras, finalmente, se acuclilla y empieza a soplar lleno de resignación. En el fondo, es casi mejor, pues mientras echa el alma por la boca, los niños parecen estar poseídos por un respeto casi religioso que les hace organizarse y dar menos la lata: las niñas deciden ir a dar un paseo por la orilla, Pelayo, Iñigo y Juanito juegan e Ivan entretiene a Pepito haciéndole figuras en la arena que el pequeño quiere imitar.
-Tío. ¿Verdad que nuestros padres tienen un morro que se lo pisan? - pregunta Ivan cuando media colchoneta está inflada, Pepe hace señas preguntándole porqué sin dejar de soplar - Te dejan solo con nosotros y eso.
Por un momento va a asentir sin dejar de soplar, pero no le parece bien, aunque Ivan no tenga la culpa, Javier es su padre. Pepe deja de soplar, presiona fuertemente con los dedos la boquilla y, después de tomar aire, pronuncia una frase que le sorprende, más que nada por que no es del todo mentira.
-No, hombre, lo que pasa es que a mi me gusta mucho estar con vosotros.
O algo parecido, pero Pepito no le deja terminar el "vosotros", una palada de tierra certeramente dirigida se ha estrellado en las gafas de su padre, que, sorprendido, pierde el equilibrio y suelta la boquilla mientras oye la risa del pequeño y el silbido del aire escapándose, irremediablemente.

lunes, 6 de junio de 2011

Entrada de respuestas a los comentarios

Dado que sigo sin poder contestar por el procedimiento de comentarios a los vuestros he optado por hacer entradas especiales mientras esto dura.
Thiago: mi abuelo estaba tan contento con el régimen. O sea que por ahí no iban los tiros, además era del Real Madrid cuando ganaba copas de nosedonde con Gento al frente y vivía a dos pasos del Bernabeu, en la parte chunga, eso sí. Y era de los fanáticos del tema ¿eh? Que ni sus hijos se atrevían a ir con él al fútbol por las que montaba. No, a mi abuelo el régimen le traía al pairo. Cuando hablo de cómo se destrozaba su entorno no me refiero a la sociedad o a las alcaldadas, me refiero a su familia. Sinceramente creo que el problema era otro: nunca le importó nadie. Por eso nunca le entendí hasta ahora que me tengo que obligar a que muchas cosas y/o personas dejen de importarme.
Pe-jota: no quisiera levantar barreras pero es mera supervivencia, sobre todo teniendo en cuenta que a quienes debería importarles, que tienen hijos, nietos, que dejan a alguien detrás no les importan. No serán mis hijos quienes sean esclavos ni quienes canten otra vez ciertos himnos, quieran o no. Vamos que si a sus padres y abuelos no les importan ¿Por qué narices me van a importar a mí? Pura supervivencia, que no estoy para sofocones, como lo de la Academia de la Historia.
Yo siempre he pensado que en la Puerta del Sol falta una guillotina, por aquello de que es rápida y limpia, y además no hay posibilidades de nadie salga una vez pase por allí. Incluso he pensado en que podría ser doble y de vaiven de modo que corte al bajar y también al subir. Para abreviar. Además entre verdugos, informadores y limpiadores (por que la sangre lo pone todo perdidito) eliminábamos el paro. Ah, y los enterradores, que no se nos olvide. Jejejejejejejeje. En serio que a veces dan ganas.
Uno: la rubia de bote es de Somosaguas. Admiro tu valor pero es que lo de los historiadores me ha dado en la línea de flotación. Por eso, para cuidarme y no acabar en Ciempozuelos (que locura) intento aislarme, pero dudo que lo logre.
Rober: vaya con los abuelos que nos han tocado en suerte, el mío de joven y el tuyo de carrozón, nos han dejado más bien en la puta ruina. Con respecto a las novelitas, he de reconocer que ni las pelis/tebeos/novelas del oeste, bélicas o cosa parecida me gustaron nunca. Prefería los cuentos de hadas llenos de bellas princesas a quien liberar, dragones a quien degollar y madrastras a quien chulear, eso sí, al final el reino y la mozuela pa mí. Eso sí, también te doy la razón, conviene tener una buena vía de fuga de las torres de marfil.
Gracias por leerme y un fuerte abrazo

jueves, 2 de junio de 2011

De abuelos, vaqueros, torres y damas

Mi abuelo tenía un nombre de castellano viejo, del XVII, casi de Caballero de la mano al pecho, aunque era manchego, como su suegro, sólo que éste era un obrero del ajo y aquel, o sea mi abuelo, último vástago de una panda caciques arruinados, ruina a la que contribuyó el benjamín de la familia en no poca medida.
Mi abuelo era experto en genealogías y había que oírle cuando las esquelas del ABC, su lectura predilecta, las esquelas, no el ABC, se saltaban algún título o cargo del finado.
Mi abuelo era un inútil, que le vamos a hacer, a alguien tenía que salir yo.
Cuando consumió hasta su último céntimo familiar en teatros, cabaretes y demás alegres francachelas vivió lo que podría haber sido una bonita historia de amor que algún día puede que escriba novelándola por que la real no fue bonita y dudo mucho que fuera de amor.
Encontró trabajo adecuado a sus cualidades: malo, mal pagado y que no requiriera esfuerzo físico pues he de decir que mi abuelo no tenía media torta, véase que no me duelen prendas al tratar de mi amada familia, (Ah, la familia que dijo alguien justo antes de que un primo le estrangulase).
Dado el impulso vital que poseía mi abuelo huelga decir que no se tomó la molestia de buscarse otro y ahí se quedó viviendo república, guerra y parte de la posguerra a costa de su santa esposa que cosiendo sacó la familia adelante.
Viudo ya se limitó a vegetar viendo como el mundo pasaba destrozando su entorno hasta llegar a la jubilación.
Entonces, corría el anno Domini de 1963, mi abuelo con la prosopopeya de su nombre y apellido con cinco veces probada limpieza de sangre y conociéndose al dedillo los parentescos, vínculos y títulos de toda la aristocracia española y europea decidió sentarse en una butaca junto a un raquítico balcón, en una calle gélida y sombría, y dedicar todas sus energías a leer. Noble proyecto, podría decirse, pero no puede hacerse por que no he dicho qué leía con ansia ciega, o como diría un bolero con “ansiedad, angustia, desesperación”.
Tiembla, oh pluma, niégate a decirlo, no manches el nombre de tus ancestros. Ejem. Perdón, a veces a mí también me sale el caballero decimonónico que llevo dentro, un peligro, pues es un viejo gruñón, machista, y hortera de mucho cuidado.
Decía que, lo diré de un tirón para que duela menos: mi abuelo leía a Marcial Lafuente Estefanía. Novelitas del oeste que se editaban creo que semanalmente. Las bebía. Su nuera iba a cambiarlas a un puesto del mercado, entonces se hacían esas cosas, pues monetario no tenía nadie y el intercambio de novelas y tebeos era un negociete que sacaba adelante a la gente, por los pelos como todo en la época pero la sacaban. Así murió mi abuelo: leyendo a Marcial Lafuente Estefanía tan apoltronado en su butaca junto al raquítico balcón de la calle gélida y triste que ni siquiera iba él al mercado a cinco minutos de su casa para cambiarlas. Podría decirse que mi abuelo murió de marcial lafuente estefaniaitis aguda.
Hoy yo, el único nieto que tiene la desgracia de parecérsele, soy historiador. Como tal me siento avergonzado de la Academia de la Historia, una vergüenza profunda, íntima, devastadora.
Leo que se ha publicado que comienzan sus sesiones rezando en latín. Además.
Ahora comprendo a mi abuelo. He comenzado a construir una torre de marfil donde refugiarme del desastre moral y ético que nos rodea. De un mundo que expulsa la decencia y la dignidad, la honradez y el respeto, que consagra corrupción, intolerancia, sordidez, prevaricación y desvergüenza. Un mundo en que vemos lo que vemos y no sólo no reaccionamos sino que les votamos y les aplaudimos, nos hace gracia el insulto, el robo y la burla que se nos hace por parte de gente a la que estamos manteniendo. Mi torre de marfil no incluye de momento a Marcial Lafuente Estefanía pero incluye otros equipajes no mejores, no más elevados, simplemente diferentes. Poco a poco levanto los muros, cierro los accesos, pongo rejas más y más densas en las ventanas y voy dejando lejos ese mundo. Me puede y, lo que es peor, me ha convencido de que no vale la pena tomarse molestia alguna. Que recen en latín, que digan lo que quieran, que los delincuentes de guante blanco ocupen los cargos públicos, que los jueces hagan lo que vienen haciendo de toda la vida, que reinen Belén Esteban y Hoomer Simpson. Quien pueda que escape, quien tenga esperanzas y fuerzas que siga peleando, que cada cual intente sobrevivir entre el lodazal. Yo he optado por mi torre de marfil por mera supervivencia. He hablado aquí de mis infartos, (estoy bien, gracias) pero no del trastorno psicológico que me han traído: ansioso depresivo, dicen. Hastío, hartazgo y un aburrimiento trascendente que rematan esos cuarentamil ladrones aplaudidos, digo yo. Opto por vivir, por la vida aunque sea como la Dama de Shalott, encerrado en una torre, no por el continuo sinvivir de la afrenta permanente. No gracias. Opto por la vida.