Páginas vistas en total

martes, 27 de septiembre de 2011

La taberna de mi barrio. Primera parte.

La taberna de mi barrio no se llama Casa Paco ni Casa Maxi pero, salvo eso, es como tantas otras de este país que parece tejido de ellas, urdimbre y trama a la vez. No puedo ninguna decisión, de la Constitución a la peor estafa que no se haya gestado acodados delante de unas cañas o unos vinos con unos pinchos de tortilla o boquerones en vinagre en una taberna más o menos fina-pija –entonces se llama “cafetería”-. La de mi barrio es más modesta, de gente media con más pensiones, también medias, que sueldos fijos –alguno alto hay, pero esa es otra historia-, con un porcentaje un poco más alto que otros de bastones, muletas y sillas de ruedas por las obvias razones de la edad de mis vecinos y de que la taberna de mi barrio no tiene sino un mínimo escaloncito.
En la taberna de mi barrio no falta la fotografía de un torero autografiada, José Tomás, y el calendario de la pescadería contigua, siempre una hermosa manceba de pechos enormes que acompaña mucho, ni, en temporada, el cartel de la Feria, ni otro calendario taurino con una mala pintura, un reloj de Coca-cola y una fotografía del dueño –de uno de ellos- junto a un antiguo famoso que hoy nadie recuerda. Tampoco falta la televisión de nosecuantas pulgadas, unas cuantas fotografías del Madrid viejo –ese que se ve desde mi barrio pero al que no pertenecemos- y, curiosamente, cuando es tiempo un ramo de flores frescas. Sin llegar a ser grande, es amplia, sin excesos, y tiene una terraza cuadrada y, esa sí, grande, que en invierno ofrece un panorama desolador de cemento y el andamiaje del toldo veraniego oxidado y ya un tanto ruinoso.
La taberna de mi barrio tiene sus borrachos fijos, con sus horarios fijos, -al cuarentón que siempre tiene accidentes se le puede ver a partir de las dos, al jubilado del bigote blanco le encontramos desde las diez de la mañana-. También tiene sus grupos fijos: las escandalosas maestras del Colegio-Instituto; las señoras mayores que bajan a desayunarse sus porras un poco más tarde; los oficinistas, pocos, pues es barrio de poco centro de trabajo y, ya al final de la mañana, los tenderos de la calle para el aperitivo. Por la tarde hay un rato de relativa calma con unos jubilados lozanos que se echan sus partidas a las que se une el jefe, quizás en el único rato de descanso del día. Luego vuelven de las oficinas que, camino a casa, se toman el tiempo de una caña, llegan las parejas aburridas más o menos maduras, los que escapan de sus casas con la esperanza de volver a ellas lo bastante bebidos como para no enterarse, los solterones y divorciados, desorientados, las divorciadas y madres solteras, los unos y las otras con miradas de náufragos que acaban disolviéndose en cerveza, cubalibres y el partido del día. En verano hay otro universo paralelo a éste que queda recluido siempre bajo la luz brillante del interior. Fuera, en la terraza y en torno a mesas casi vacías se posicionan las parejas hastiadas, al borde de la vejez, silenciosas, que parecen esperar no se sabe bien qué, si el soplo de aire fresco, que pase alguien conocido con quien romper el silencio u otra solución más definitiva. También, junto a esos agujeros negros de la vida, sentadas alrededor de mesas abarrotadas de vasos y platos grupos de padres jóvenes rodeados de carritos de bebé intentando prolongar un tiempo que ya no es el suyo pero aun no lo saben. Una o dos parejas, algún solitario maduro, silencioso, sombrío, que también espera y tampoco sabe qué tiempo es ya el suyo.
La taberna de mi barrio tiene lo que podríamos llamar algo así como “labor social”, en plan ONG local, muy local, prácticamente insignificante pero, a menudo, esencial para algunas vidas y no hablo de los obreros casi deshidratados que sacan de allí las botellas de agua helada para subsistir a pleno sol hasta el final de la jornada. Me refiero a esos señores a quienes sus mujeres o la dulce inmigrante visten como mejor pueden, les sientan en su silla de ruedas y la empujan trabajosamente hasta el bar, les piden un descafeinado y les dejan allí, de medio tertulia, recibiendo los saludos de los parroquianos habituales, vigilados y acompañados mientras ellas en un par de horas se lanzan apresuradas a hacer la compra y alguna tarea doméstica. Eran dos, compañeros y amigos de siempre, ambos con la mirada perdida y silenciosos, el uno, a veces, exigía a voces un whisky, el otro ni eso hablaba; el uno vestido por tan desastrado como toda su vida, el otro, impecable de traje y corbata, unas corbatas de los setenta, variadas y siempre impoluto y oliendo a Lucky a unos doscientos metros. En año y medio se fueron, hace ya tres pero todavía muchos de los que entramos a media mañana por nuestro café de supervivencia volvemos la vista al rincón donde les colocaban y, a veces, iniciamos un saludo. Otras veces alguien les nombra y tras unas palabras de recuerdo o alguna anécdota se hace un silencio, todos perdemos la mirada unos segundos en nuestro cortado, cerveza, o sol y sombra, pensando, sin duda quien o quienes será, seremos, los siguientes en ocupar su puesto.
La sabiduría popular dio un nombre a cierto tipo de personas que hoy es políticamente incorrecto pero que define a la perfección –como todos los que brotan sin ser sembrados- a esos personajes, por otra parte tópicos: el tonto del pueblo. Como urbanita que ahora teme por su pescuezo y como mente pseudo científica me veo obligado a traducir y definir el término brutal pero expresivo: aquellos cuya inteligencia no les permite una vida “normal” pero que se valen por sus medios, si se mantienen en un entorno cómodo. Todas las tabernas son una referencia para ellos, a veces un refugio y a veces toda una forma de vida. La taberna de mi barrio tiene, o tenía, por mejor decir, tres de estos muchachos ya cercanos a la cuarentena, Jose, Paco y Eliseo. Jose aparece poco o nada por allí desde hace algún tiempo, concretamente desde que alguien tuviera la idea de encomendarle el cuidado de unos pequeños jardines en los que logra arrancar unas gloriosas rosas blancas y unas extrañas flores rojas. A Paco se le sitúa en torno a la taberna más que dentro, pero siempre, mirando de un lado a otro, yendo de una esquina a otra, como si estuviera esperando a alguien que nunca llega, siempre por las tardes y siempre solo; a Jose se le ve siempre sonriendo y, a menudo, integrado en pandillas de quinceañeros que, al crecer, le dejan atrás; a Paco nunca le vemos sonreír y siempre está solo, con los ojos negros y angustiados, buscando. Eliseo es el más niño, ya peina canas, bueno, se las peina su madre con esos repeinados repulidos propios de ello, se le ve merodear por la terraza las tardes de buen tiempo buscando que alguien le haga caso y también ayudando a su padre con las bolsas de la compra. Otras veces paseando con su chándal azul y rojo por las seis calles de mi barrio, sin rumbo, sonriente como un crío. El año pasado Eliseo se cayó junto a la verja de un jardín y cuando acudieron a levantarle estaba muerto. Hoy, cada mañana al salir de mi portal, veo una corona renovada en su aniversario de flores de plástico, rojas, blancas, amarillas, con una foto suya plastificada dentro y un papel también plastificado en el que alguien con rotulador rojo, letras torpes y desiguales ha escrito “No te olvidamos”.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Otoño

"Alegoría del Otoño" de Alphonse Mucha (1860-1939)
Acabamos de entrar en otoño, en Madrid es la única estación habitable, al frío le cuesta llegar, al calor le cuesta despedirse y el otoño se desliza por nuestras grises calles suavemente, dorando ramas, alfombrando parques, dando pinceladas rojas aquí y allá, acercándonos despacito al invierno, al final del año, al calor de una conversación en torno a una taza de café refugiándonos de frío.
Mucha quería pasar a la historia como el artista que plasmara la gran epopeya del pueblo eslavo, en cambio, lo hizo con estas creaciones para él menores, alegorías, carteles, publicidad, biombos, que hoy en el exceso de las reproducciones sobre toda base (cajas, latas, posters, imanes para la nevera, puzzles, y que sé yo) puede hacer que las contemplemos como un objeto kitch, mal gusto en pedante, pero deberíamos limpiarnos las legañas del exceso y ver en su pureza la belleza de estas imágenes, ciertamente decadentes, ciertamente forzadas, ciertamente de vidriera de casa modernista, ciertamente de boudoir de dama de moral distraída pero, quizás por todo eso, reflejo de un mundo y de un forma de entender la belleza que se nos fue, casi de golpe. Mucha vivió para ver el principio de ese estallido, la Guerra civil española pero no para ver la Segunda Guerra mundial, murió el 14 del 39, y mucho menos la Gran Explosión Atómica con las que las viejas y amadas formas de belleza quedaron olvidadas. De vez en cuando resurge lo Vintage, lo Relic, lo Camp, se decía antes, y sus damas de cabelleras tentaculares reaparecen y vuelven a fascinar. Lo que nunca se recuerda es su Epopeya del Pueblo Eslavo.

martes, 20 de septiembre de 2011

Mi Pumby o La entrada más difícil

Portada de un Almanaque navideño de Pumby con muchos de sus personajes al fondo.
Para mi asombro esta es la entrada que más me está costando escribir desde que empecé en el bloguerío; y no deja de ser sorprendente pues es la que me lleva más lejos en mi infancia, quizás ese sea precisamente el problema. Mi infancia no son recuerdos de ningún patio de Sevilla sino un tiempo oscuro de dolor y frío, un tiempo en el que se me veía como igual a subnormal profundo, literalmente, en el que la diferencia, lo pondré en plural, diferencias eran demasiadas para ser toleradas. En realidad así ha sido siempre, pero entonces eso apaga las luces que iluminan las infancias recordadas por casi todos. Y luego estaba el dolor. En aquel panorama oscuro, casi mísero, deslavazado y sin sentido para mí, había puntos oscuros, concretados en días y en escenarios, pero también había puntos de luz que eran faro de la semana, por ejemplo: la visita semanal al quiosco. Eso supone que al tratar algún tema que tenga que ver con aquellos años se me levanten fantasmas, recuerdos y cicatrices. Por eso me está costando tanto esta entrada, en la que quisiera poner más cariño que en otras.

Los Almanaques de Navidad, Primavera o Verano eran entonces acontecimientos de primera índole para cualquier chaval.
Es curioso como alguien de quien no hemos visto jamás la cara, de quien sabemos apenas un nombre, puede marcar nuestra vida, sin quererlo, sin saberlo, sin pretenderlo. El día dos del pasado agosto moría José Sanchís a los 79 años y con él se va el creador que me hizo pasar algunos de los mejores ratos de mi primera infancia y cuyo rostro vi por primera vez ese día, cuando salió en la prensa con su necrológica. Pumby, su creación más importante, era un gato “de profesión: sus ratones”, vestía un pantalón rojo y un algo al cuello que parecía un cuello de camisa muy almidonado con un gran cascabel; tenía un amigo científico, el Profesor Chivete que era una especie de cabra, y una medio novia, Blanquita, que lucía los peinados a la moda, cardados. Pero, además, Pumby era un tebeo semanal.

Payasete y Fu-Chinin, inolvidables.
Al abrirlo a la izquierda estaban Payasete y Fu-chinin, a la derecha la aventura de Pumby. Esa era la visita obligada del domingo al quiosco a la que me refería,  mi padre por el Ya y yo por mi Pumby. En el interior había otros personajes como Plumita, Trompy, La alegre tripulación del barquito Cascarón, algunas historietas sueltas, y al final, en la tapa trasera Caperucita Encarnada, no creo que dejaran decir “roja” en una publicación infantil.

Plumita, un niño indio muy en la moda del western de la época pero en infantil
He de decir que a Pumby le debo lo que soy en un sentido estricto. A una historieta en concreto. En ella el gatito Pumby visitaba un museo y la Venus de Milo le pedía que fuera al monte Olimpo a buscar sus brazos, allí se iba encontrando con diversos personajes mitológicos entre los que recuerdo a Pandora, una gatita de melena como la de Conchita Bautista, cancan y tacones de aguja que con un silbido llamaba a Pegaso, se subían en él al ritmo de “Mi jaca, galopa y corta el viento”. Jamás había oído hablar del Monte Olimpo, la Venus de Milo o Pandora pero gracias a aquel tebeo me empezó a interesar la mitología, de la mitología pasé a la historia y, de ahí, al arte que es lo mío.

Caperucita Encarnada con su conejo, ni que decir tiene que el lobo siempre perdía.
Pero hay más. Mi infancia entera está repleta de referencias iconográficas a la labor de este hombre. De su obra en el “tebeo” llamado “Jaimito” quedan dos personajes para mí y para otros muchos de mi generación sin duda también inolvidables: el Capitán Mostachete y el Soldadito Pepe.
En "Jaimito" triunfaron el Capitán Mostachete y el Soldadito Pepe, ingenuos quizás pero parte de la formación estética y emocional de muchos de nosotros.
Lo cierto es que mi niñez no fue en absoluto idílica, más bien fue una larga pesadilla, y que no añoro nada de aquellos años infernales, es más, creo que en nuestro fuero interno todos vivimos la infancia como un caos de cosas, normas y órdenes que no acabamos de comprender y por tanto vamos a ciegas de castigo en regañina, de bofetada en silencio, y de caída en arañazo, lo que ocurre es que, desde lejos, lo vemos como el tiempo en que las decisiones las tomaban otros a quienes hoy podemos culpar de nuestros errores y fallos. No nos consideramos responsables de aquellos años, de ahí su idealización cómoda y acomodaticia.


Pumby cortejando a la manera clásica a Blanquita, cuyos peinados eran reflejo de la moda de la época.
Los grandes de Bruguera eran para niños un poco mayores, aún hoy esos niños que ya son abuelos siguen -seguimos- partiéndose de risa con Mortadelo y demás, pero para los pequeñines de entonces eran Jaimito y, sobre todo, Pumby. Mi Pumby. Llegaron otros tebeos, otras revistas, luego los libros, y más libros, y más aun. Hubo que hacer sitio y mi colección de Pumby tuvo que seguir el camino de la basura, yo ya era muy mayor para conservar esos tebeos que tanto espacio ocupaban, ya era un adulto. Hoy, me doy cuenta de que nunca se es adulto para de esas sonrisas arrancadas a una infancia triste. Hoy lamento más que nunca no haber intentado conservar mis Pumby, mi Pumby. Gracias por esas risas y estos recuerdos, sr. Sanchís.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

De aniversarios, llantos, tangos y boleros.

Habréis observado que no he respondido, contra mi costumbre, a vuestros comentarios a mi entrada-aniversario-cumpleaños post-infarto, no ha sido casualidad como ya podéis imaginar. Quería hacerlo de un modo especial y eso no es fácil sobre todo cuando lo buscas. Lo más especial es lo que sale por que sí. ¿Por qué ahora, entonces? Preguntaréis. Pues es simple: por las ganas de llorar. Sé que como dice Uno he mejorado en muchos aspectos, incluso en el físico –se me ha puesto el pelo casi blanco y he de reconocer que estoy más atractivo que nunca en mi vida (que eso no signifique mucho es otra historia)- y que como dice Rober la ciencia ha avanzado mucho y que es perfectamente superable, y que como dice Pe-jota, iré olvidando el episodio poco a poco. Y os agradezco la amistad, las felicitaciones y el esfuerzo de leerme, la ternura de Carlobito, siempre presente en tus textos y tan ausente a menudo en los míos, os lo agradezco como no os hacéis idea. En cierto sentido sólo puedo expresar algunas cosas ante vosotros y eso es más de lo que he tenido nunca.
A raíz del segundo soponcio –lease reinfarto- me comenzaron a asaltar pensamientos siniestros que sin pasar a mayores me perjudicaban tanto a la víscera como a mi vida en general. Así que uno de los cardios me mandó al loquero. Ahí estoy, en terapia, pues lo primero que me dijo es que de los cuatro pilares para ser mínimamente feliz tengo destruidos…. cuatro. Tenía que decidir si seguir viviendo condenado o afrontar un esfuerzo gigantesco, creedme, para lograr “reconstruir” esos pilares, que no serán los de la Tierra (afortunadamente, joder que castaña) pero sí que fueron demolidos a conciencia. Por eso, a menudo, me asaltan ganas de llorar y me sale el alma de tanguista, o bolerista, o cantautorista e incluso coplero. Por eso, ahora, cada acto es un descubrimiento del mundo, de un mundo que intento sea nuevo para mí. He de romper con muchas cosas, hábitos, resabios, aprendizajes que, como dirían los Electroduendes, hay que desaprender. Es duro pero cada mínimo paso es un triunfo digno de los césares.
Sé que, como dijo el ínclito y divino Oscar, con palabras contundentes: “No hay nada más aburrido que las tragedias ajenas”. Sin embargo, estoy sacando en conclusión que la mejor manera de tener una buena salud mental se basa en principios elementales como:
-aplicar el “que les den” el mayor número de veces posible.
-hacer lo que te salga de los mismísimos y aplicar el anterior en caso de conflicto.
-sacar lo que estorba y volver a aplicar el primero de los principios.
-colocar las cosas en su justo lugar y, de nuevo, aplicar el primero.
-preguntarte ¿si no confío, me abro y doy algo de mí a mis amigos-compañeros de viaje, a quien voy a hacerlo?
Estos principios, como los mandamientos, se resumen en dos: saber quien eres y ser –o intentarlo al menos- fiel a ti mismo.
Así que aplicando estos principios he querido compartir esta parcela un poco más íntima, un poco más profunda de mi vida con vosotros por que ¿con quien mejor? Prometo solemnemente no aburríos más con tragedias ajenas… hasta la próxima, claro.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

¡Que ganas de llorar!

Que ganas de llorar en esta tarde gris, decía un tango, sí, que ganas de llorar sin motivo, de transformar en lágrimas lo que no podemos transformar de otra manera. Qué ganas de llorar sin fin, sin pudor, sin ruido, llorar hasta convertirnos en estatua de sal o de piedra como Niobe. Llorar, sin pausa, sin límites, sin consuelo y sin sollozos. Niobe llora por sus hijos muertos bajo las flechas de Febo y Artemisa, nosotros lloramos por las palabras. Palabras que dijimos y no debimos decir, las que no dijimos y deberíamos haber dicho, las que ahora callamos, las que soltamos sin pensar, las que no sabemos hoy decir. También por las que serán errores, serán ausencias, serán silencios, serán ofensas. Lloramos, deberíamos llorar, por las palabras que se quedan a mitad del camino, las que se borran o se tachan por que son demasiado exactas, demasiado dolorosas, por las que no son ciertas del todo y por las que lo son en exceso. Que ganas de llorar en esta tarde gris. Llorar por las palabras, por el peso de las palabras hechas piedras, sobre la espalda, al cuello arrastrando todo al torrente. Llorar por las palabras que no supe escribir, que no quise escribir, palabras hechas cartas sin franqueo, sin sobre, cartas que se quedaron a medias, que sólo se pensaron y que alguien esperó en vano; y por aquellas erradas que nadie esperó y llegaron cargadas de ilusión y esperanzas, que se leyeron someramente y se arrojaron a la papelera, palabras, cartas desperdiciadas como las ilusiones y las esperanzas de quienes no recibieron las que no escribí. Aquellas que se quedaron con el sello puesto sobre la mesa demasiado tiempo. Que ganas de llorar en esta tarde gris llena de palabras, palabras de amor a un amor que quizás no llegó nunca por que las palabras fueron equivocadas, envenenadas, se perdieron por el camino o no llegaron a sus oídos. Ahora son otras palabras las que acuden a acompañar las lágrimas de esta tarde gris anegada en llanto, un bolero, uno de tantos boleros que clavan sus garras en el alma y la desangran sin manchar nada por que la verdad no mancha, sólo empapa de lágrimas cuando dice “desde mi triste soledad veré pasar las hojas muertas de mi juventud”.