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viernes, 30 de diciembre de 2011

Antes de que se nos vaya diciembre.

Encontré esta imagen por ahí, en la red, y me pareció hermosísima. De crío tuve un jilguero muchos años hasta que un gorrión entró en la jaula y lo mató de una paliza. Era demasiado viejo para haber aguantado mucho más. Quizás por eso tengo cierta debilidad por los jilgueros, aunque no me entusiasman demasiado las aves en general, excepto buhos y halcones, por supuesto odio a las gaviotas y últimamente mucho más.
En cualquier caso parece una bella imagen para cerrar el año y desearos una buena Salida y mejor Entrada en este 2012.
FELIZ AÑO NUEVO.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Evocación navideña


 El primer recuerdo navideño de Joquín es un adorno hecho de bombillas que cruzaba la embocadura de la calle Arenal con Sol, aún no tenía tres años pero ese recuerdo está ahí, clavado. Las bombillas de los primeros sesenta eran grandes y resplandecían mucho más que las actuales que serán más ecológicas y económicas pero dan a la ciudad un aspecto más bien de melancólica tristeza que de exaltación navideña, sin embargo, él lo recuerda de día, apagado pues, recortado contra un cielo gris plomizo. Representaba los tres Reyes Magos. Aquel día de Reyes, en el alfeizar de la cocina de la casa ajena donde vivía encontró un camioncito y algo más pero sólo recuerda que el papel con que venía envuelto era blanco con un dibujo muy parecido a aquel diseño del luminoso en negro y rosa con un estilo muy psicodélico, por llamarlo de alguna manera. Era la época.
Madrid, como hoy, quizás como siempre, era una ruina sólo que cubierta de afeites pseudomodernos propios del mal llamado e incipiente desarrollismo. Era aun más gris que ahora y eso que Madrid es y será siempre una ciudad de grises. Que ningún pintor intente hacer un paisaje urbano de esta ciudad sin hacer antes un gris, sobre él podrá hacer lo que quiera, pero sin él será un buen cuadro, será un edificio conocido o un rincón típico, pero no será Madrid. De aquella casa ajena donde se ubican sus primeras referencias navideñas –el papel de envolver y los regalos, pues en esa casa eran ateos y sólo se ponían las imágenes religiosas donde se pudieran ver desde fuera- recuerda una portentosa gama de grises, a cual más oscuro, a cual más sucio, a cual más sórdido. El entresuelo entre dos patios de tierra, hundido en un pasillo de cemento gris con escaleras de cemento gris, con las paredes interiores de aquel edificio falansterio grises casi negras de pura mugre. Recuerda el gris, el frío, la radio “blanca y radiante va la novia”, “Esperanza, por Díos, Esperanza, sólo sabes bailar chachachá”, “Los niños del Pireo” y las bofetadas recibidas como descargas eléctricas. También había dolor, mucho dolor, dolor físico, dolor de alma, rencor. Recuerda también otra canción que aun hoy cuando se pone con las tareas domésticas se le viene a la boca y que por entonces la cantaba su madre: “eres mi vida y mi muerte, te lo juro compañero, no debía de quererte, no debía de quererte y, sin embargo, te quiero”. Recuerda con nitidez, aunque otro día gris, un glorioso día gris, tibio, de esos septiembres preotoñales de esta ciudad, en que aquel lugar y aquellas gentes en cuyas bocas solo había insultos y blasfemias quedaron atrás, las gentes no del todo, aun hicieron mucho daño, mucho, pero al lugar sólo volvió ocasionalmente.
El nuevo barrio era también gris, las fachadas eran, y son, de un gris deslucido aunque nuevas, por la mala calidad de los materiales –se iniciaban los pelotazos urbanísticos- y hasta los colores de las vistas del barrio eran grises. Entonces no podía saber que esos eran los grises de San Francisco el Grande, Palacio, etc. Un barrio entonces nuevo –Plan de Colonización del Manzanares, creo que se llamó- que estaba en el fin del mundo pero rodeado de verdes parques, solares también mugrientos y con las heridas de haber sido frente no demasiados años antes. El río apestaba y llenaba el aire de mosquitos pero sonaba en la compuerta como una cascada. El día en que llegaron no había sol, unas nubes casi blancas cubrían por completo el cielo. La casa estaba vacía, no había con que llenarla, una cama, tres sillas, una máquina de coser Singer, una mesa y muy poco más. El recuerdo de aquellas paredes vacías aún hoy escuece. Marilyn hacía mes y algo que había muerto, a Kennedy le quedaba poco y el mundo comenzaba a desperezarse, pero a aquellas paredes no llegaba el mundo. Sólo el frío, el frío de esos interminables inviernos madrileños que no se sabe nunca cuando empiezan y menos aun cuando acaban, normalmente se suele temer que no acaben nunca. Había algunas cosas más, que van dibujándose en sus recuerdos, un hule a cuadros en la mesa de la cocina, único refugio junto al fogón de carbón del frío, sobre el hule la radio y sobre la radio un tapetito de ganchillo cuadrado. Su madre un día trajo del mercado unos cuantos cuadros de fotos con casas cubiertas de nieve que aumentaban el frío y eran demasiado pequeños para las paredes. Debieron ser muy baratos. Otro día llegaron los primeros visillos blancos y transparentes con rosas rojas muy separadas. En la cocina ella cogía puntos a las medias bajo la luz de un flexo sobre la mesa que con cuatro tablas había hecho su padre, oyendo los seriales de la radio. Le gustaban “Los tres hombres buenos”, “El coche número trece”, “El criminal nunca gana”, “Matilde, Perico y Periquín”. Por las mañanas, “La Gran Vía” presentado por Juan de Toro donde había una sección, “Los nuevos vecinos”, un concurso de cantantes noveles que todos los días cantaban sin falta “El toro enamorao de la luna” y “María de la O”. Siempre en la SER que por entonces era Radio Madrid y de vez en cuando “SOCIEDAD ESPAÑOLA DE RADIODIFUSIÓN PRESENTA” con voz solemne. Trajo también algunas apilistras en macetas de barro grandes y en los azulejos blancos y ya rotos pegó calcamonías de muñecos pequeños.
Aquel primer invierno fue muy duro, quizás fuera el último en que el río se heló. Casi no se salía de la cocina pero más allá de las paredes blancas de ella había algo parecido a la vida. Al fondo de la casa había una habitación alargada donde se habían colocado los dos baúles que habían llevado todo cuanto se tenía por medio país, a lo largo, uno a cada lado. Una cretona con flores grandes había servido para hacer unas fundas-faldas, unos cojines y unas cortinas. Era una habitación fría, mucho más fría que el resto de la casa yJoaquinito, casi permanentemente enfermo, apenas iba allí. Las tardes eran tristes en invierno, a veces venían algunos vecinos que al niño no le gustaban, otras eran otros que sí. No tenía amigos y tampoco iba todavía al colegio aunque ya sabía leer y llenaba la casa de risas con Rompetechos o Mortadelo o la trece rue del Percebe, Pumby o Topo Gigio releídos al calor del fogón de carbón. Para él el resto de la casa era hostil, fría, oscura. Sin embargo, cierta tarde su madre le cogió en brazos, le abrigó bien, y le llevó a la habitación del fondo. Sobre la funda de cretona de flores grandes había colocado un par de macetas pequeñas enmarcando un Nacimiento recortado del número Extraordinario de la revista Ama. No había más, ni casas ni nieve ni serrín, sólo esos muñecos colocados sobre la cretona. Ni siquiera podía estar mucho rato viéndolo pues hacía demasiado frío y sus anginas le pasaban cuenta enseguida. Aquel fue su primer Nacimiento o Belén, o como queramos llamarlo. Nunca lo ha olvidado y hoy, a lo tonto, la red se lo ha devuelto, incompleto, mutilado, pero es el mismo que nunca más volvió a ver. Un par de lágrimas sí se han escapado y un escozor del pasado, de los que se han ido quedando, de la alegría que su madre perdió, casi de un día para otro antes de irse definitivamente, de todos aquellos que no estaban en la casa nunca pero cuya presencia era constante a través de evocaciones, llamadas desde el bar –único teléfono del barrio- y ocasionales visitas: abuelo, tíos, tías, que también se fueron yendo sin darnos cuenta, a los que quizás no soportara –el último recuerdo de su abuelo es que olía mal, pero antes le recuerda yendo a su casa con unas bambas de nata algunos domingos- pero que han dejado un vacío dolorido.
Nunca más vio aquellos recortes. Al año siguiente un primo suyo cambió algunas piezas de su Nacimiento, eran de barro y estaban bastante cascadas pero su madre hizo ya un Nacimiento tridimensional que fue creciendo poco. Seguro que guardó aquellos muñecos pero él nunca los volvió a ver hasta esta mañana. La vida fue viniendo como el caballo de Atila, destruyendo y arrasando. Todo cambió, se hizo un hombre, luego casi un viejales. Ahora construye portales de Belén, compra figuras, hace molinos, idea formas de fingir ríos y de encontrar espacios para ellos. Tres días tarda en montar su árbol de Navidad, pone cinco Nacimientos elaborados y ya ha perdido la cuenta de cuantos más en una pieza. Concretamente esta mañana, está intentando imaginar una forma original de hacer un pozo con ganas de llorar, con ganas de recuperar, aunque sea por unos pocos segundos aquella tarde fría de diciembre del 62 en que su madre le llevó a la habitación del fondo donde unos muñecos de papel sobre unos baúles forrados de cretonas le abrieron las puertas de un mundo diferente; pero por encima de todo, volver a sentir, no a su madre, sino la alegría que ella llevaba dentro, esa alegría que la hacía luminosa y que dejó que se fuera perdiendo hasta convertirse en exactamente lo contrario, hasta el punto de no poder añorarla. Un instante de aquella alegría, nada más. Entretanto piensa qué podría usar de molde para el pozo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Queda inaugurada esta Navidad.

Lo cierto y verdad es que nos guste o no la Navidad está aquí y que las repiqueteantes voces de los niños de San Ildefonso, santo tan manchego por otra parte, nos traen la decepción de que TAMPOCO este año nos toca nada y el anuncio de que ya han empezado las fiestas.
He querido compartir aquí una vieja felicitación, de esas que me van apareciendo por los rincones de los armarios, es de los años noventa y de un anciano fraile que respondía siempre a mi felicitación; cierto que no sé por que le felicitaba pues, ahora si lo miro bien, en su úlcera de estómago tenía una excusa perfecta para un notable mal carácter y una manera de tratar a los demás con la misma delicadeza de un rinoceronte en celo. Ya no está entre los vivos, murió con cerca de cien años, no sé si ésta fue su última tarjeta, pero poco debió faltarle. En cualquier caso la conservo y la uso para decorar mi casa. Algo debió dejar el hermano en mí para que no la haya hecho desaparecer después de escanearla.
En fin, que os deseo a todos una muy Feliz Navidad.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Nacida en un baúl

Judy Garland cantaba en “Ha nacido una estrella”, versión 1952, una hermosa canción que, supongo, tendrá un inmenso valor emotivo para las gentes del teatro y, desde luego, también para mí: Nacida en un baúl, en Pocatello, Idaho. En ella, para quien no la recuerde, la portentosa Judy relata cómo llegó al éxito desde la compañía de teatro ambulante de sus padres, nacida en un baúl, en Pocatello, Idaho, no tenía más destino que las tablas, la canción y cantar “Niña melancólica”. En cierto sentido, a quien más quien menos, le ocurre algo semejante. Cada uno nace en su baúl, unos es un baúl de ingenieros, o de vividores, o de chachas (en el más respetuoso y cariñoso sentido del término) o de actores. El caso es que Judy quería cantar Niña melancólica o hubiera podido quedarse en cualquiera de las estaciones de su camino, buscarse otro trabajo o fundar una familia, aunque hubiera nacido en un baúl en Pocatello, Idaho.
Digamos, por seguir con el tema, que el suyo era un camino de baldosas amarillas en medio del campo, vamos que con dar un pasito con sus escarpines de rubíes ya estaba fuera de él y podía trotar campo a través. Nada la “obliga” literalmente a seguir ese camino salvo su propia voluntad y el sueño de llegar más allá del arco iris. La Madre Superiora del Monasterio de María, la que sería María von Trapp y que a la sazón era Julie Andrews, le canta, en la versión  sin censurar –en la que se proyectó en España en tiempos de Franco las únicas monjas que cantaban eran Lola Flores, Rocío Dúrcal y Carmen Sevilla- que tenía que perseguir su sueño y que para eso iba a necesitar toda la capacidad de amar que pudiera reunir –acabado en un sobreagudo espectacular-. María hizo lo mismo que Dorita: seguir su camino de baldosas amarillas y atrapar al Capitán de la Marina Austriaca. En  otras palabras: eligieron si seguir o no el destino marcado por haber nacido en un baúl en Pocatello, Idaho.
Tal y como yo lo veo más o menos es así. La inmensa mayoría de nosotros los humanos nacemos en uno u otro tipo de baúl, unos en Pocatello, Idaho, otros en Villarobledo, Ciudad Real, o en Navalmoral de la Fuente Rota, en yo que sé donde. Ese baúl y su camino de baldosas amarillas son la opción más lógica, no digo fácil, digo lógica. Pocos escritores veremos nacidos en baúles de ingenieros que no leen, o pocos ingenieros en baúles de abogados, etc. Salir de ese camino de baldosas amarillas es tomar una decisión tan libre como la de seguir por él pero, diferente. Quizás se pierda algo de seguridad, algo de protección, algo de apoyo pero es una decisión propia; en el fondo es rebuscar bajo la tierra y las malas hierbas otro camino de baldosas amarillas pero que habrá que ir descubriendo y hasta trabajando cada baldosa. En el fondo, que es a lo que iba, una opción, no una obligación. Nacer en un baúl en Pocatello, Idaho, y seguir el camino de baldosas amarillas no son más que eso, opciones más obvias que las demás, no determinantes. No obligatorias.
Mi buen amigo, con su permiso, Uno, habla, con mucha coherencia, del sentido de celebración obligatoria de estas fiestas y eso me ha hecho pensar. Gracias Uno. Pensar en las actitudes que vivo y veo con respecto a estos días y he llegado a ciertas explicaciones, no sé si válidas ni siquiera sé si son coherentes pero mi cerebrito no da para mucho más.
Para quienes nacen en un baúl, no importa donde, el concepto obligación es algo, hasta cierto punto, relativo. Para muchos no sólo relativo sino detestable per se y huyen de él como de la peste bubónica. Para otros es una excusa, comodísima, para no tomar decisiones, nada hay más placentero que delegar responsabilidades y, encima, sentirse víctima de la obligación. Deliciosa arma de chantaje emocional que es manejada demasiado a menudo y esa si que puede ser calificada como de destrucción masiva por la cantidad de cadáveres que va dejando a su paso.
El asunto, la clave del asunto, es que hay quienes creen haber nacido en un baúl y disponer de un camino de baldosas amarillas que seguir o no, cuando lo cierto es que han nacido en un toril. Hemos nacido en un toril. En esa estructura diabólica el animal no tiene más opciones que seguir las rutas que están marcadas con paredes altas y blancas, infranqueables, y por más que se revuelva y salte y embista y berree nada le va a sacar de allí.

Leí hace unos poco años un libro de cuyo título y autor no logro acordarme pero que, como referencia, es el que sirvió de muy lejana inspiración al Merlín el Encantador de Disney. Como todo recordamos de la película Arturo, el futuro rey Arturo, va siendo convertido en sucesivos animalitos para su formación pero en la versión Disney no aparece cuando se convierte en hormiga. Cuando lo hace a la entrada del hormiguero encuentra un cartel: Lo que no está prohibido es obligatorio. Esa es la vida de quienes nacemos en un toril. Cuanto esfuerzo hagamos será inútil, cuanto más luchemos por salir a buscar el camino de baldosas amarillas o el pasto verde, más nos dolerán los huesos al rompérnoslos contra las paredes, cuanto más vacía sea nuestra vida menos hostil nos resultará el toril. Por fin, un día, no hace falta que sea un día especial en el que pase nada en concreto, simplemente un día, renuncias al camino y a la hierba, aceptas que el pienso es lo que hay y que nunca saldrás del Laberinto miserable que es tu abyecto toril, aceptas que, arriba, afuera, te ven, te juzgan, te calibran, y te desprecian. Aceptas todo eso y piensas: “bueno, hagámoslo lo menos intolerable que podamos”. Así inventas recursos para que lo que es obligatorio pueda ser también agradable, para poder encontrar, no sin esfuerzo, un cierto placer en ello. El problema es la soledad. Claro, quienes han nacido en un baúl, no coinciden en tus obligaciones salvo en momentos concretos, uno de ellos, Navidad. En el toril montamos un circo contando con que esa obligación-placer va a ser compartida, pero resulta que para los demás es sólo una obligación de la que huyen o aceptan de mala gana dejándolo bien claro. Los lazos, las cintas, las felicitaciones pierden así todo sentido fuera del toril, dentro no. Dentro quieres vivir como te han educado, con la convicción profunda de que hay cosas importantes aunque no te apetezcan en principio, dentro recuerdas cuantas veces has hecho esas cosas y, finalmente, las has disfrutado, y también cuantas veces te han obligado las paredes blancas y desconchadas del toril. Dentro esperas como puta por rastrojos que alguien quiera compartir tu esfuerzo por hacer un tiempo menos insoportable la existencia.
Error, un gran error, por que, al hacerlo, dejas de ser un toro o un Minotauro encarcelado en el toril, que lo eres y lo estás, pierdes toda tu dignidad y te conviertes en un perro tirado en la calle, perdido, vacío y suplicante que nadie quiere ver.
Creo que esa es la clave de las actitudes tan enfrentadas ante las fiestas navideñas.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Reflexión navideña.

Ilustración de "La fosforerita" o "La pequeña vendedora de fósforos" que con ambos títulos aparece en los libros.
Durante estos días me siento a menudo como un estúpido. Sí, ya sé que habitualmente me lo tomo a broma con eso del Espíritu de la Navidad Presente y demás, pero algo va mal. Me gustaría ser capaz de expresarme con claridad, sin liarme en exceso y sin que lo que voy a decir suene a lamento de viejo o queja de neurótico. No es fácil, por que ya tengo algo de ambos. Me gusta la Navidad. Ya sé que eso está empezando a ser políticamente incorrecto; como bien me dices, Uno, el espíritu de la Navidad lo tiene cada vez más complicado.

Si se me permite una reflexión autobiográfica, que no será la última, me temo. Nunca he tenido una Navidad que pueda considerar “feliz”, momentos aislados, sí, pero relacionados siempre con el regalo del día de Reyes y, en realidad, más con la avaricia infantil que con un momento “feliz”. Sin embargo, soy un fanático de estas fechas. Por ejemplo: es en el único tema en que soy ordenado: tengo las listas con las direcciones de las felicitaciones, los días en que tienen que salir, los regalos que he de hacer y los que hice, para no repetirme, los precios, los gastos año a año, hasta empiezo a comprarlos allá por el mes de Mayo. Meticuloso sólo a la hora de proteger los adornos y de colocarlos en su sitio, los regalos cuidadosamente envueltos con sus lazos y tarjetas hechas por mí, etc. Sin embargo, algo va mal.

Las felicitaciones no son contestadas, los regalos apenas son apreciados, unos ni siquiera los puedo dar en persona, otros los entrego allá por junio por la simple falta de interés en quedar conmigo de esas personas a las que aprecio, muchos no son correspondidos, eso no tendría mayor importancia si no fuera algo peor, que ni siquiera se hace acuse de recibo de ellos con un “gracias” o “me ha gustado mucho”, hasta un “Mira, que digo que si lo puedo cambiar”, sería más de agradecer que el silencio indiferente. Cuando hacen el regalo se nota la falta de interés, el comprarlo aprisa y corriendo por compromiso y por salir del paso. Entendedme: me da igual qué regalo sea, siempre y cuando sienta que se ha pensado para mí y se ha comprado con la ilusión de era para mí, una simple postal me bastaría si supiera que ha sido así, no es el valor del regalo. Ya os he dicho que tengo algo de neurótico o de loco de atar, como queráis. Los adornos son más que nada objeto de burla. Las llamadas contestadas arrastras, interrumpidas por el ya conocido “te dejo que me entra otra llamada” y nunca devueltas, la idea de tomar un café conmigo se vuelve ciencia ficción pues siempre, SIEMPRE, hay algo más importante que hacer, y si no fuera así –o sea si se ven acorralados por el “compromiso”- percibes la tensión de lo que no se quiere hacer, incluso en las comidas navideñas se nota la sensación de obligación. Si sugieres algo así como “oye que si no te viene bien…” ya se agarran como a un clavo ardiendo y ólvidate. Ya ni comento como se me ocurra decir: cuando os venga bien.

Algunas personas incluso se me han ofendido cuando les deseas “Feliz Navidad” por que: “¿como quieres que sea feliz si tengo artrosis o se me ha muerto el marido hace 29 años?” (os juro que esto me ha ocurrido más de una vez). El Elfo Doméstico de quien ya hemos hablado, compite para que su felicitación llegue antes que la mía pero si la mía no llega se pone tan furioso como si llega antes que la de él, y ya ni os cuento las que me monta como no llegue, pero los amigos comunes te dejan claro que no les llames “ya te llamamos nosotros” –en plan casting- y lo hacen pero cuando les resulta menos molesto, menos “comprometido”.

No sé si seré yo, que simplemente no soy una compañía deseable, pero me temo, por lo voy oyendo aquí y allá que no. Al ir tomando nota de lo que se escucha y se ve, atando cabos y puliendo verdades llenas de adherencias que las enmascaran, vemos, veo otra cosa que no sé que es ni quiero entrar ahora en ello. No quiero por que hoy estoy tratando, o esa era mi intención, de mí. De cómo me hace sentir estúpido nadar contracorriente, ser objeto de burla por mis floripondios navideños, de indiferencia por mis regalos y el escamoteo constante de mi compañía –que repito creo que es un problema no exclusivamente individual-. Estúpido, infantil, despreciado y solo.

El año pasado sostenía que el mejor cuento de Navidad es “Canción de Navidad” del bueno de D. Charles Dickens, hoy me planteo si no será “La fosforerita” de D. Hans Christian Andersen, conocido por su cuasi-odio a los niños, como muestran sus cuentos destinados a aterrorizarles para toda la vida. La niña que vende fósforos y que acaba congelada la noche de Navidad mientras mira, al fugaz calor de las cerillas que va encendiendo para calentarse, la celebración de una familia tras un cristal. Quizás sea ese el único cuento de Navidad posible y realista en este 2011.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Pintada para una crisis

Simple pero estimulante ¿no os parece?

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Crisis navideña.

Como ya sabéis mi personalidad actual es una tapadera para que en cuanto se acerca diciembre, cual Superman o Spiderman o cualquier otro superalgo, se revele mi verdadera identidad de Espíritu de la Navidad Presente. Pero, claro, por muy espíritu que uno sea hay cosas que a uno le provocan crisis de identidad incluso en la Navidad Presente y acaba uno pensando ¿Quién soy? ¿De donde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por qué no empiezo a incendiar cosas? ¿Quién es el loco de atar, ellos o yo? Y sobre todo ¿Por qué, oh, porqué?
Supongo que os sorprenderá sabiendo lo navideño que soy que estas cuestiones afloren precisamente en mí, con mi corona de pámpanos y mi saborizante navideño, con mi “Pasa y conóceme mejor” tan proverbial y, aunque sea vanidad, tan hermoso. Pues no debería sorprender a nadie. Veréis.
Primer motivo de mi crisis existencial (y ya van unas cuantas): la “Navidad por lo civil”. Sí, ya sabemos que desde hace algún tiempo se viene celebrando algo parecido a una primera comunión por lo civil en la que hay de todo menos comunión propiamente dicha, en algunos ayuntamientos se hace, o por lo menos se empezó a hacer, un bautizo por lo civil, basado en el mismo principio: todo menos el bautizo. Pues desde hace unos pocos años pero cada vez con más fuerza vemos como el tiempo de Navidad no es que se comercialice, eso casi es lo de menos, es que está siendo despojado de su principio. Veamos: en los grandes almacenes y/o decoraciones públicas se hacen estructuras con castillos, vidrieras, renos, nieve, conejitos con corona, paquetes de regalo, circos, en fin algo que más parece obra de Lewis Carrol el primer día que probara el LSD o cosa parecida. Vamos que Alicia y el Conejito con Prisas son seres casi sensatos y eso ya, per se, es mucho decir. Pero en ningún rincón de ese laberinto veremos un sólo símbolo que recuerde qué se celebra, ni siquiera el “pagano” arbolito navideño. Sé que se me podrá argumentar que existe en este país un abanico de culturas no cristianas y que la decoración opta por no definirse quiero pensar que no con el criterio de “no ofender” por que eso ya sería la pera y la repera. Argumento que es fácil de rebatir si pensamos que en Yanquilandia tienen un mucho mayor abanico cultural y no han optado por esta majadería. Pero bueno, estamos en un país en el que te pueden llamar terrorista por no votar a alguien y no te puedes ofender pero te puedes ofender por la representación del Nacimiento en Belén de un Maestro que, curiosamente, ninguna de las religiones “sensibles” niega, aunque, en fin dejémoslo ahí. Admitamos “gilipollas” pues como animal de compañía y sigamos adelante.
Si admitimos la estupidez institucional que opta por esta actitud miremos pues a la actitud individual. La libertad de credo es incuestionable –de momento, ya veremos dentro de unos meses jejejeje- por tanto no seré yo quien censure a quienes no creyentes deciden no decorar su casa con motivos navideños, ni a quienes no creyentes deciden hacerlo por pura tradición familiar, ni siquiera a los creyentes que deciden no hacerlo por cualquier causa o simplemente por que no les apetece. Sin embargo, no puedo dejar de reseñar algo que hace que mi mandíbula cuelgue estupefacta y ojiplática, anonada y pasmadita: el Nacimiento por lo Civil que mandan… perdón.
Me explico. Desde hace unos muy pocos años las gentes no creyentes pero que por alguna razón que no logro desentrañar deciden decorar su casa con una escena navideña, con figuritas, casitas, puentecitos etc. El caso es que esta escena es, no la pretendidamente bíblica del Nacimiento de Jesús en el pesebre, no, es sencillamente una escena del Londres invernal y decimonónico en la que pueden aparecer bien Jane Eyre, Oliver Twist, o un sindicalista del primer movimiento obrero de la revolución industrial, incluso no me extrañaría que haya por ahí figuritas con Dorian Gray cargando con el retrato o de Jack el Destripador con unas cuantas vísceras colgando de la levita. Sí, también puede aparecer el Pequeño Timmy pero no creo que con semejantes heladas el chaval pueda salir de casa patinando con la muleta.

martes, 6 de diciembre de 2011

Respuesta 15 sobre No podemos.

Veo que compartimos la idea. Será duro, sí, claro que sí, pero miremoslo de otra manera, si me lo permitís.
La confianza, nuestra confianza, nuestra guardia bajada, es su mejor arma. Ahora, en esta especie de estado de excepción en que nos vamos encontrando nos vemos obligados a no descuidarnos, en cierto sentido estamos comenzando a desarmarles. Yo tampoco creo en milagros pero sí en que el bicho humano es demasiado correoso y resistente como para aplastarle del todo, siempre sale de debajo de la bota de quien le pisa el cuello, que se lo pregunten a Luis XVI, Ceaucescu  o Gadafi, por ejemplo. Sé que me podéis matizar mil cosas a esta afirmación pero, al final, las cosas van cambiando demasiado lentamente, cierto, pero cambiando.
Por otra parte No Estoy Dispuesto A Que Cierta Gentuza ME Amargue La Vida, que bastante tiene cada uno con lo suyo. Igual que siempre he sostenido que la mejor arma del ciudadano contra el terrorismo y las catástrofes es luchar por mantener la normalidad sin aspavientos ni grandes gestos, creo firmemente que "defender la alegría" que decía el poeta y cantó Serrat, nuestra alegría menuda y cotidiana, es el primer paso para iniciar la resistencia.
Uno, Pe-Jota, gracias por dejar vuestros comentarios y por el honor que me hacéis leyéndome. Un abrazo

sábado, 3 de diciembre de 2011

No podemos

"Las mujeres dan valor" de Los desastres de la guerra, de Goya, por supuesto

Sé que mantener la moral alta ahora, en medio del naufragio, es casi imposible pero tras lamentarnos un poquito, tras lamernos un poquito las heridas, tras comprobar entre quienes vivimos y hacer una inspección de daños resulta que: no podemos.
No podemos, no nos lo podemos permitir, renunciar. No podemos dejarles el campo franco. Vale. Esta no ha sido nuestra victoria, de acuerdo, pero tampoco vamos a permitirles que sea la suya, la definitiva.
No podemos por aquellos que cayeron defendiéndonos.
No podemos por aquellos que aun no han nacido.
No podemos por que si nos rendimos ahora nunca más podremos levantar la cabeza ante ellos.
No podemos por que la historia nos juzgará como cobardes, como ahora juzgamos a otros que vieron, se encogieron de hombros y callaron.
No podemos por que quienes no conocieron tiempos peores no saben la que puede caerles encima y, por tanto, no saben defenderse.
No podemos por que si dejamos que nos destruyan ¿Quién recordará las cunetas, las tapias de los cementerios o el millón de muertos?
No podemos por que si nos dejamos vencer sin resistencia ¿Cómo podremos mirarnos al espejo cada mañana?
No podemos por que si nos dejamos machacar en nuestra moral ¿Quién echará aceite a la lámpara para que siga iluminando aunque sea débilmente?
No podemos por que si no levantamos ahora, ya, la frente, aunque sea descalabrada, ya no lo haremos nunca
No podemos por que si no erguimos nuestra espalda ahora, ya, aunque el lumbago nos la doble, no sabemos qué o quien seremos.
No podemos por que somos lo que somos a pesar suyo y a pesar de lo cómodo que sería renunciar a serlo y ser como ellos. Para ser como ellos sólo hay que dejar de pensar y de cuestionar, eso lo hace cualquiera.
No podemos por que tarde o temprano tendremos que pasar la antorcha y hemos de mantener la llama.
No podemos por que la marcha de la Historia o corre a nuestro favor o a la aniquilación y ellos pierden más.
No podemos por que somos humanos y nos vencerán pero no nos uncirán a la yunta otra vez. No sin resistencia, no sin consciencia, no sin hacerles saber que aquellos tiempos pasaron.
No podemos por que si lo hacemos perderíamos nuestro sentido de la vida y eso nos convertiría en algo, no en alguien, justo lo que ellos buscan.
Pero sobre todo no podemos por respeto hacia nosotros mismos a quienes somos, a quienes nos formaron, a quienes debemos lo que nos quieren quitar, a quienes construyeron lo que hay y que quieren destruir.
Puede que ganen, de momento, puede, pero no sin que alguien, nosotros, ofrezca una resistencia sorda, cada uno en sus posibilidades, no dejándoles que impongan eso que tanto aman, el olvido y lo que viene siendo lo mismo, la impunidad.


"Y son fieras" de Los desastres de la guerra, una segunda parte de la frase. De Goya, por supuesto.