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jueves, 20 de septiembre de 2012

Sbiendo la cuesta 2 (Balcones 2)

Al subir la cuesta pasa por delante de una casa nueva. Entre los viejos edificios de enrejados balcones, macetas y bombonas de butano acomodadas en ellos, levantaron hace años, no tan pocos como cabría esperar, un edificio marrón, con ladrillos sueltos de un gris oscuro, estrecho y triste. No tiene balcones sino ventanas que llegan al suelo y una reja, lisa y recta, ante ellas, casi una burla de los rameados forjados de las casas colindantes. Sería ofensivo de puro feo sino fuera tan triste, tanto que los ojos pasan por él deprisa, para no deprimirse. Con las ventanas cerradas se refleja en ellas el jardín ascendente y algo se alegra el panorama, como si hubieran pegado posters sobre una pared sucia y ennegrecida. Un día, un sábado cree recordar, vio a una joven sentada en el suelo, la ventana abierta, apoyada en la reja hablando por el móvil. La piel casi blanca de sus piernas en pantalón corto resaltaba sobre lo oscuro de las paredes.
La cuesta a esa altura es dura y él ya no tiene veinte años, así que sube despacio, sin prisas, siempre va con tiempo, sea donde sea. El tiempo es aquello que todo el mundo cree que le falta cuando, en realidad, le sobra; el sube despacio pues va con tiempo disfrutando del paseo, tanto que le da tiempo a ver que el mundo pasa o lo que pasa en el mundo en lugar de convertirse en algo que pasa por el mundo. Aquella mañana vio pasar un hombre joven, camiseta blanca y boxers azules sobre la oscuridad de la pared. Intimidad sorprendida involuntariamente.
Poco a poco vio aparecer muebles. Una lámpara que a las horas que pasa siempre estaba apagada, pero cuya pantalla blanca llamaba la atención, un macetero con algo que parecía un helecho y un sillón rojo, junto a la ventana. La muchacha de los pantalones cortos siempre estaba sentada hablando por el móvil mirando a los jardines de enfrente, riendo casi siempre. A veces, el joven estaba cerca, mirándola, ignorado.
En todo ello pasaron meses, no todos los días se fija en todos los detalles, pero a menudo pequeñas cosas le recuerdan un efecto de luz, un tiesto florido que vio en tal o cual rincón e inconscientemente busca ese lugar, pero a veces pasa mucho sin posar la mirada en tal o cual rincón. Rodó cuesta abajo todo un invierno hasta que una mañana todavía gélida, aun rozando la noche, una luz inesperada llevó su mirada a aquella ventana. La luz estaba encendida, pero ya no había ni lámpara, ni maceteros, ni muchacha pegada al móvil. Un cartel negro con letras fosoforito diciendo que se vendía. La luz se apagó y poco después una mujer canosa de traje sastre salía del portal cargando varias carpetas y hablando con alguien que se entretenía dentro. Siguió subiendo la cuesta, como siempre.

5 comentarios:

  1. Algo hay en tu texto que me recuerda a la Aura de Carlos Fuentes, no sé, un toque de nostalgía, fantasmagorico, me imagine al hombre subiendo esas escaleras, hasta le puse cara.

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  2. Hola Alvaro: muy alta es la comparación, así que gracias. No se me había ocurrido el aspecto fantasmagórico del relatito, me gusta que pueda encontrarse pues es algo muy propio de mi forma de ver el mundo.
    Gracias por leerme.

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  3. Como ventanero que soy, te digo que este balcón de la cuesta te ha quedado inspiradísimo. Un abrazo

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  4. Ha quedado muy bien reflejado ese aire de cotidianidad, de intrascendentes gestos que nos van desvelando el paso del tiempo y la sucesión de los cambios.

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  5. Uno: gracias, en esta ciudad, además hay que saber mirar ventanas, balcones y cornisas, nunca hay que olvidar las cornisas.
    Javier: alguien diría que se llama vida, que ya sabemos que imita al arte.
    Un abrazo

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