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viernes, 28 de septiembre de 2012

Llueve

Hoy en mi ciudad llueve.


Lenta pero densamente, llueve.

Desde abril no llovía así y es agua bienvenida, como en todas partes.

En pocos días hemos pasado del esplendor del verano al sonido arómatico de la lluvia.

Odio la lluvia.

Siempre la he odiado.

El otoño es la estación más deliciosa que quepa imaginar.

Los colores estallan en la naturaleza y, en estos días grises, se matizan hasta el infinito.

Los días avanzan hacia la noche acelerando el paso.

Hay cierto descanso, cierta serenidad en esta agonía de la naturaleza.

Las hojas caen y se empapan en las aceras, resbalan.

Los paraguas florecen discordantes.

La humedad cala la ropa, los huesos.

Se busca el refugio de un punto de calor suave y no sólo físico.

Es el tiempo de añorar el mito de la chimenea, la pipa, un buen libro y, como no, un cuenco de té bien caliente.

Es el tiempo de los primeros catarros.

En cierto sentido es como sentir que la vida se te escapa, metáfora natural de tu existencia. “No dirás que no te lo advertí”, parece decir el Universo.

Te acercas al cristal, frío, de la ventana y ves estrellarse en él las gotas, las hojas del árbol de enfrente temblar con su fuerza.

No hay chimenea, aun es pronto para la calefacción.

No hay pipa, la medicina preventiva nos ha convertido a todos en enfermos crónicos.

Cada vez es más difícil encontrar un buen libro que no se haya leído ya.

El cuenco del té es una baratija de mercadillo con pretensiones y el té es de sobrecito.

Los días grises del otoño son como si el año se desangrara apaciblemente.

Los días grises del otoño dejan un regusto de amargura indefinible pero real, que te oprime el alma, perdida a su vez entre tanta belleza melancólica.

Los días grises del otoño son como si el año se desangrara apaciblemente y tú con él.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Algo más que una crisis

Norman Rockwell (18941978)

El veinte de diciembre de 1941, trece días después del ataque japonés a Pearl Harbor, el semanario donde trabajó siempre Norman Rockwell, The Saturday Evening Post, salió a la calle con esta portada. La luz frente a las tinieblas envolventes, un “Feliz Navidad” casi tímido, un “comprar bonos de defensa” casi igualmente tímido, las repeticiones en el quiosco de la propia portada eran, debieron ser, el reflejo exacto de la sensación de un colectivo abocado a una guerra contra las tinieblas, como único faro, como única esperanza en medio de la noche gélida. Luz, calor de hogar y el personaje de la anciana que hace ganchillo dando un sentido de permanencia, de “guardar el fuerte”, mensaje que con estas palabras más o menos se daría a las tropas, la certeza de lo invariable de lo que dejan atrás. Eso en medio de una nevada en la oscuridad.

Carabanchel 25 de septiembre de 2012

Ayer, 25 de Septiembre del año de gracia de 2012, en Carabanchel, aparecía esta otra imagen. Han pasado 71 años y, a pesar de la deslumbrante luz del sol estepario, no hay ni esperanza, ni permanencia, ni continuidad. Atrás no queda nada, por delante, tampoco. Si la obra de Rockwell, a quien habremos de volver, era un acicate para la lucha, las imágenes como la de ayer, repetidas un infinito número de veces por las calles y plazas de pueblos y ciudades de esta piel de toro no deja espacio en el alma ni para eso. Ni siquiera existe la posibilidad de lucha, del intento de levantar la cabeza del cenagal en que nos han metido. Lo peor, sin embargo, es que nevará y se hará de noche.


viernes, 21 de septiembre de 2012

Otoño

"Otoño" del "Poema de la Tierra"(1934-38), ciclo inconcluso del inmenso Nestor
Cayó un verano más, llevándose con él todas las expectativas, vanas, que se pusieron en sus días y sus noches. Como siempre. Quienes tenemos mente de estudiante seguimos viendo el verano como la libertad y sus infinitas posibilidades. La horas de luz deberían abrir puertas y ventanas a la vida pero demasiado a menudo las cierran. El otoño, quizás la más bella de las estaciones, llega con la perspectiva de un nuevo curso pero también con la melancolía de lo que sentimos que se nos ha escapado irremediablemente.
Hablemos, sin embargo, de esta pintura. A la muerte del quizás mejor pintor simbolista que ha dado España, y por eso quizás el menos conocido, quedó incompleto un ciclo llamado Poema de la Tierra compuesto por ocho cuadros: los cuatro momentos del dia (mañana, mediodía, tarde y noche) y las cuatro estaciones. Cada una de estas obras está centrada en una pareja desnuda entrelazada más o menos voluptuosamente, son cuerpos poderosos, ambiguos, muy en la línea de Miguel Angel, lo que produce a la vez un regocijo estético y una especie de desasosiego inquietante y fascinante. Es evidente que el Otoño que vemos arriba está incompleto pero precisamente por eso representa mejor esta estación de indefinición en el avance lento, casi insensible hacia el brutal invierno. Incluso la pareja tiene una actitud un poco más indefinida que en otras escenas. Incluso el color, que es apenas una distribución de luces y volúmenes, sugiere esa hoja que aprisiona nuestra mirada y la arrastra tras sí con un soplo de viento.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Sbiendo la cuesta 2 (Balcones 2)

Al subir la cuesta pasa por delante de una casa nueva. Entre los viejos edificios de enrejados balcones, macetas y bombonas de butano acomodadas en ellos, levantaron hace años, no tan pocos como cabría esperar, un edificio marrón, con ladrillos sueltos de un gris oscuro, estrecho y triste. No tiene balcones sino ventanas que llegan al suelo y una reja, lisa y recta, ante ellas, casi una burla de los rameados forjados de las casas colindantes. Sería ofensivo de puro feo sino fuera tan triste, tanto que los ojos pasan por él deprisa, para no deprimirse. Con las ventanas cerradas se refleja en ellas el jardín ascendente y algo se alegra el panorama, como si hubieran pegado posters sobre una pared sucia y ennegrecida. Un día, un sábado cree recordar, vio a una joven sentada en el suelo, la ventana abierta, apoyada en la reja hablando por el móvil. La piel casi blanca de sus piernas en pantalón corto resaltaba sobre lo oscuro de las paredes.
La cuesta a esa altura es dura y él ya no tiene veinte años, así que sube despacio, sin prisas, siempre va con tiempo, sea donde sea. El tiempo es aquello que todo el mundo cree que le falta cuando, en realidad, le sobra; el sube despacio pues va con tiempo disfrutando del paseo, tanto que le da tiempo a ver que el mundo pasa o lo que pasa en el mundo en lugar de convertirse en algo que pasa por el mundo. Aquella mañana vio pasar un hombre joven, camiseta blanca y boxers azules sobre la oscuridad de la pared. Intimidad sorprendida involuntariamente.
Poco a poco vio aparecer muebles. Una lámpara que a las horas que pasa siempre estaba apagada, pero cuya pantalla blanca llamaba la atención, un macetero con algo que parecía un helecho y un sillón rojo, junto a la ventana. La muchacha de los pantalones cortos siempre estaba sentada hablando por el móvil mirando a los jardines de enfrente, riendo casi siempre. A veces, el joven estaba cerca, mirándola, ignorado.
En todo ello pasaron meses, no todos los días se fija en todos los detalles, pero a menudo pequeñas cosas le recuerdan un efecto de luz, un tiesto florido que vio en tal o cual rincón e inconscientemente busca ese lugar, pero a veces pasa mucho sin posar la mirada en tal o cual rincón. Rodó cuesta abajo todo un invierno hasta que una mañana todavía gélida, aun rozando la noche, una luz inesperada llevó su mirada a aquella ventana. La luz estaba encendida, pero ya no había ni lámpara, ni maceteros, ni muchacha pegada al móvil. Un cartel negro con letras fosoforito diciendo que se vendía. La luz se apagó y poco después una mujer canosa de traje sastre salía del portal cargando varias carpetas y hablando con alguien que se entretenía dentro. Siguió subiendo la cuesta, como siempre.

martes, 18 de septiembre de 2012

Aguirre dimite 2

Creo que ha quedado claro a lo largo de este blog que la recién dimitida presidenta no es en absoluto santa de mi devoción, mucho más bien al contrario. Sin embargo, hoy me asalta un mal agüero terrible, una aprensión inconcreta o no tanto.
Existe un viejo refrán que dice algo así como "otro vendrá que bueno me hará". Refrán que en esta ciudad/autonomía se está cumpliendo con un rigor que más parece maldición bíblica que dicho popular. Tuvimos a Leguina y cambiamos, si malo fue el uno -que no lo tengo claro, por entonces yo estaba ocupado con cosas serias-, se fue y nos cayó Gallardón, sin comentarios. Al marcharse éste y ya sabemos como, llegó la lideresa que nos hizo añorar la superioridad interplanetaria con que el anterior presidente se comportó en el cargo.
Si vamos al Ayuntamiento, tres cuartos de lo mismo. Barranco, un desastre que hizo bueno el omnipresente Álvarez del Manzano (hasta cinco veces le vi inaugurar un cruce de mi barrio), que fue canonizado por el Faraón Albertofis I y así llegamos a una alcaldesa NO ELEGIDA de la que nos tememos lo peor. Cosas como ésta, por ejemplo:

Imagen tomada en julio, y que aun sigue.
Así que, cual egipcio ante la cuarta plaga mosaica, percibo un creciente pavor ante la que se nos puede venir encima con las dos máximas autoridades políticas del territorio NO ELEGIDAS. Claro que a la recién dimitida tampoco la elegimos la primera vez y ahí estaba.
Como dejó Berlanga en el último plano de su última película: tengo miedo.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Aguirre dimite

Aguirre dimite


Por fin.

Letanía de Madrid: homenaje a Ramón (3)


Madrid es: no saber los nombres de las calles.

Madrid es: que no haya carteles con los nombres de las calles.
Madrid es: casa Yustas, casa Pontes, La Camerana, De Diego.
Madrid es: casa Rua, casa Labra, Lhardy, El Abuelo.
Madrid es: una fachada abombada.
Madrid es: una puta en Montera.
Madrid es: Tío Pepe (in memoriam).
Madrid es: que a un árbol se le llame “El Pino Pepe”
Madrid es: que a un perro sin amo se le llama “El Perro Paco” y se le llore en Las Ventas.
Madrid es: que salgan trece toros en una de abono.
Madrid es: un socavón.
Madrid es: penitentes con bolsas de “El Corte Ingles”.
Madrid es: hielo en las melenas de los leones de la Cibeles.
Madrid es: que a la diosa Cibeles se le llame LA Cibeles.
Madrid es: que a Neptuno se le llame Netupno y se vea natural.
Madrid es: que suene raro decir sentado, soldado, pegado.
Madrid es: una tienda con expositores de ojos de cristal.
Madrid es: una alpargatería donde se calza Hollywood.
Madrid es: una tienda de culto cristiano que vende el candelabro de siete brazos.
Madrid es: un número inimaginable de filatelias.
Madrid es: una caja de plata.
Madrid es: una pared gris y una puerta roja.
Madrid es: llorar viendo “La ermita de San Isidro” en El Prado.
Madrid es: una puta en Ballesta.
Madrid es: una rosa en Aluche.
Madrid es: que no se vea el Observatorio.
Madrid es: que una calle de Lavapies quede en silencio y de un balcón salga la voz de Serrat cantando La Saeta.
Madrid es: un soldadito de plomo en Preciados.
Madrid es: una chica sola bailando una jota en medio de la Plaza Mayor y que nadie le haga caso.
Madrid es: comprar lotería en La Pajarita, La Hermana de Doña Manolita y El Gato Negro y no mirar los décimos.
Madrid es: miles de ancianos pegándose por un plátano verde gratis.
Madrid es: correr tijera en mano a coger un trozo de la alfombra de la Boda Real.
Madrid es: que poner el artículo delante del nombre sea un título.
Madrid es: caos.
Madrid es: almacenes San Mateo, Fuencarral esquina San Mateo; Fajas Ruiz, Estilográficas Sacristán, Saldos Arias, Sederias Carretas.
Madrid es: que ni a los más descreídos les extrañe que haya fantasmas en el Reina Sofía.
Madrid es: que al cantar Los Nardos las vedettes tiren claveles.
Madrid es: no saber si en una esquina te van a asaltar las violeteras, las chicas de la cruz roja, los hare krisnha, el frente atlético, los adventistas del séptimo día o el violador de turno.
Madrid es: una puta en Benavente.
Madrid es: que los organillos toquen, mal, jotas aragonesas.
Madrid es: un viejo vestido de requeté y otro rezando a voz en cuello en la calle de El Carmen.
Madrid es: que Bravo Murillo esté siempre llena de paseantes.
Madrid es: que nadie sepa quien fue Bravo Murillo.
Madrid es: un ramo de lilas en el Paseo del Prado.
Madrid es: pasar la luna de miel en el Ritz, mirando al Museo sin salir en cuatro días.
Madrid es: banderas arco iris en Chueca y con el yugo y las flechas en Salamanca.
Madrid es: Goya en San Antonio, Goya en Goya, Goya en el Prado, Goya en la Pradera.
Madrid es: no tomarse en serio a Satán.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Copla y 4: El estado de la cuestíón.

Aquí hemos de hacer un ejercicio serio de separar la paja del trigo. Hoy la Copla ofrece una imagen tristísima de decrepitud, cutrerío, aromas de corrupción, exclusivas en revistas del corazón y programas del higadillo. Casquería, en suma. Alcaldes, toreros, guardias civiles, presentadores incalificables, niños pijos, trepas, descuideros/as, paparazzi, ricachones e impresentables en general han clavado las garras en lo relacionado con la Copla con el beneplácito de los/las sucesores/as de quienes fueron grandes al amparo de medios de incomunicación, caciquismo y pijerío. Este devastador panorama de la copla se enmarca, además, con otro panorama musical hecho de triunfitos y de jovencitos y jovencitas cuyos méritos musicales están más bien en sus caderámenes que en su talento y que se parecen asombrosamente unos a otros, panorama no menos devastador. A estos elementos hay que añadir el toque político que ya mencioné al identificarse con el franquismo antes y hoy con un cierto tufo a caciquismo del tipo gilesco-marbellí, así como un no menos cierto snobismo pseudoprogre que no hace sino impedir escuchar de veras la Copla. A todo esto, ya de por sí apocalíptico para el género, añadimos algunos detalles más:
-la excesiva valoración y éxito de la copla durante muchos años dieron lugar a subproductos carentes de valor alguno y, lo que todavía es peor, a películas nefastas en que se mezclaban piezas de calidad con otras infames en caldos de cultivo incalificables como obras cinematográficas.
-la mezcla entre géneros y subgéneros: rumba, pop, incluso flamenco puro. Esta mezcla, en ocasiones, especialmente en los sesenta-setenta, como intento de “actualizar la copla” y en otras ocasiones llevándola a un terreno que, el flamenco o “Jondo”, por grande y glorioso que sea, no es el suyo.
-la indefinición sobre las fronteras entre cuplé, copla, canción aflamencada, número de revista y otros hace que se desdibuje tanto que resulte realmente duro entresacar la Copla de todo ese marasmo. A ello han contribuido de un modo lamentable pseudocopleras que, al no encontrar su sitio en el género, han cantado cualquier cosa de cualquier manera. Recuerdo una lamentabilísima versión de "La hija de D. Juan Alba" de los sesenta-setenta cuya intérprete voy a tener la caballerosidad de callar que explica por sí misma lo que estoy diciendo.
-los y las niñas prodigio del cine español: empezando, naturalmente por Marisol y seguida de cerca por Joselito y Rocío Dúrcal: todos ellos creaciones que interpretan en sus películas infantiles algo que, siendo parecido a la Copla o simplemente con resonancias copleras si se le echa mucha imaginación, resulta un espectáculo lamentable. Afortunadamente en muchos casos de adultos siguieron otros caminos artísticos con verdadero talento.
Está claro que apenas doy nombres, cualquiera puede ponerlos sin errar.
Ahora bien, no toda la decadencia de la imagen de la Copla hay que ponerla en el plato de la balanza de la farándula del coplerío. Voy a destacar dos aspectos fundamentales y complementarios que son los polvos que trajeron estos lodos.
El medio natural de la Copla era la radio, que nace en España casi simultáneamente a ella, y que la difunde. En un país que apenas tenía para comer, si había suerte, en un país en que el pensamiento oficial pasaba por el “niña Isabel ten cuidado, donde hay pasión hay pecado”, en un país triste, con las familias divididas en cuatro: republicanos, franquistas, exilados y muertos, en un país sin hombres y con ciudades y tierras devastadas la radio saliendo de una ventana, llenando el patio con los boleros y las Coplas, era como un analgésico, según palabras de Pedro Grijol, (Catálogo de la exposición: “La Copla”, Biblioteca Nacional, Febrero-Abril 2009), sí, por supuesto, como las radionovelas de Guillermo Sautier Casaseca, pero, y este pero es importantísimo, también la única forma de cantar y contar la mayoría de las tragedias que se desarrollaban detrás de cada ventana abierta a ese patio: soltería, soledad, pobreza, abandono, hambre, adulterio, homosexualidad. Eso era la radio. Hoy es difícil de imaginar incluso para quienes vivimos el fin de aquel tiempo, pero en los primeros sesenta había una televisión como mucho en cada portal, eso cuando la había; en los hogares todavía estaba la única radio en lugar preferencial, casi siempre en la cocina, donde se podía vivir entonces, cabíamos y estaba el calor de las cocinas de carbón. Cuando había corrida de toros o algo importante, los vecinos se reunían en casa del propietario de la tele pero el diario, el sonido que llenaba las mañanas antes de ir al cole, las tardes, a la vuelta, todo el día para los más pequeños o cuando estábamos malos era la radio. Además en AM, la FM todavía no la teníamos todos. La radio fue pues la gran difusora de la Copla, en ella se aprendían las letras y luego se cantaban por que sí: antes la gente cantaba. Sé que parece como si estuviera hasta las trancas de estupefacientes pero no es así, la gente cantaba. No a todas horas, no en cualquier parte pero sí, cantaba. Las labores domésticas eran un momento perfecto para ello y así salían de las ventanas, las mismas por las que habían entrado, voces menos educadas echando al viento mientras aireaban las camas que ella era la otra o que iba buscando de mostrador en mostrador. Pero fue también la radio un elemento que contribuyó en no poca medida al deterioro de la imagen de la Copla primero por sobresaturación, "El toro enamorado de la luna" era casi obsesivo, y luego por tardar demasiado tiempo en dejar espacio a las nuevas formas musicales, especialmente las anglosajonas. Así dio tiempo a que músicas no especialmente subversivas se convirtieran en encarnación de progresismo y rebelión.
Por otro lado hay en este país, ya Larra lo denunció brutalmente con su “En este país”, un papanatismo ajeno a cualquier forma de objetividad y que va desde el absurdo chauvinismo del “como en España no se vive en ninguna parte” y el “soy español, español, español” al desprecio sistemático de todo lo que tiene aquí su origen. Papanatismo ibérico pata negra. Me voy a permitir contar una experiencia personal: corría el año 1978-79 y estaba yo en la facultad y en la televisión “Cantares”, presentado por Lauren Postigo, presentador en cuyo trabajo no voy a entrar por que sería el cuento de nunca acabar. Aquella noche iba a actuar Lola Flores, nunca fue una de mis debilidades, he de reconocerlo, pero yo no me perdía un programa nunca así que comenté con los compañeros que iba a verlo. Me llamaron de todo, todos se iban a ir no sé donde o a dormir antes que ver semejante “cosa”. Eso en una facultad de Geografía e Historia, sección Arte, donde todo aspecto de la actividad humana debe interesar. Papanatismo puro en la sede de la intelectualidad, genial. Como a mí lo que digan las vecindonas me ha traído siempre completamente sin cuidado y aun sabiendo el choteo generalizado a mi costa que me supuso mi afirmación, hice caso omiso y aquella noche me senté a escuchar y ver a Lola. Convencido, eso sí, de que realmente no estaba yo a la altura de aquella gente tan lista y tan “modelna”, incluso con una pizquita de culpa, que es saborizante sabroso en cualquier guiso. Cual no sería mi pasmo, asombro y anonadamiento cuando al día siguiente todos mis compañeros snob, y digo todos, se habían bebido a Lola Flores y empezaban a buscar disculpas de cualquier tipo para autojustificarse. Ya. Este papanatismo ibérico pata negra hace que cualquier bazofia anglo parlante se ponga por delante del mejor fruto hispano. No voy de patriota, creo, como Larra, que la única forma de mejorar la patria es con la más feroz crítica, en lo que haya que criticar. Así, cuando la falsa progresía comenzó a ser activa, la Copla cayó, mucho antes que los monumentos representativos del régimen, que, por cierto, aun perduran.
La televisión creó sus propios mitos, las grandes copleras se retiraron, las otras intentaron subirse al carro de la modernidad con “cosas” infumables de las que me va a servir de ejemplo “Casa Flora”, película de los primeros setenta, pero que no es sino uno de tantos. Sólo unas pocas, lograron bandearse entre una cosa y otra con cierta dignidad hasta los noventa cuando se produjo una reivindicación de la copla precisamente entre la intelectualidad que en sus años universitarios se había burlado de ella.
Ante este, lamentabilísimo, horizonte actual se ha de tomar partido entre tres opciones: primera, considerar que es algo del peor pasado, pasar página y aquí paz y después gloria. Dejándola para nostálgicos y horteras variados, como el abajo firmante.
Segunda opción: hacer el esfuerzo de mirar y analizar hasta dar con un corpus de piezas básicas, corpus muy amplio desde luego, que configuran la Copla y considerarlo un género cerrado, como la Ópera o el teatro Nô. Sí, se hacen óperas nuevas y también algún intento de Nô, pero el corpus central está cerrado. Ninguna actual alcanza lo que fue el género, ni creo que nadie aspire a alcanzar “La Traviata”. Igualmente se puede considerar que las “coplas” que se hacen y harán ahora y en un futuro ni pueden aspirar a lo que fueron las grandes.
La tercera y última opción supone un aun mayor trabajo. Se trataría de destilar lo esencial de la Copla y ver hasta que punto permanece en la evolución musical española. Veamos un ejemplo: si observamos la estructura dramática de las piezas-copla y reducimos a ella la esencia coplera nos encontraremos con autores como Serrat, Sabina o Serrano, que continúan esa tradición dramática, en ocasiones hasta con temas similares: “La niña de la estación” y “Penélope”, por ejemplo. Alaska (¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?), Mecano y algunos más mantienen esa estructura de planteamiento desarrollo y desenlace de temas del día, “Cruz de navajas” sería un ejemplo perfecto de lo que digo. Pasión Vega o Martirio añadirían a esta estructura otro rasgo de copla, la música más hispana o, en ambos casos, andaluza, pero no podemos olvidar ejemplos como los del Víctor Manuel de hace algunos años, con aires asturianos y es seguro que se me escapan entre los dedos muchísimos más ejemplos. Desde luego hay que hilar fino pues desde hace muchos años las influencias de la gran música iberoamericana se suma al acervo de los autores e intérpretes pero, desde esta tercera opción la Copla sigue ahí, mezclada y perdida en la avalancha musical, al cambiar la piel de sus temas (la madre soltera o la malcasada hoy día carecen de la carga de entonces) y de sus aires musicales parece desaparecer pero ¿es realmente así?.
Creo que es cuestión no ya personal sino tema a debatir o por lo menos a meditar por quienes nos interesa el bagaje cultural de un país, éste que nos ha tocado, y de un tiempo, los últimos ciento y pico años.
Es evidente que el tema no se agota aquí y que he de volver a él, pero consideremos estas cuatro entradas como prolégomeno de otras que no voy a afrontar sino más adelante pues no quiero hacerme monográfico.

Julio Romero de Torres, que flaco favor hizo a lo "español" a pesar de su talento, pintó, además de la mujer morena, esta "Consagración de la Copla", obra en la que están presentes casi todos los elementos perniciosos para el género.

martes, 11 de septiembre de 2012

La Copla 3: El relicario


Es evidente que me dejo atrás cupletistas, cuplés, autores como Alvaro Retana que es pieza fundamental de la España de la preguerra y que hizo de todo, pero evidentemente no pretendo ser exhaustivo (ya quisiera yo, ya) sino acercarme al porque de la Copla, desde un punto de vista estrictamente personal.
Existian, decíamos, cuplés dramáticos, incluso con estructura dramatizada más o menos melifluos que siguieron componiéndose a pesar de la inevitable decadencia del género. Sin embargo, y como opinión absolutamente personal, creo que hay uno que supone el giro, la articulación entre el cuplé, que ha recogido toda la tradición previa como vimos, y la Copla. Me estoy refiriendo a “El relicario”, naturalmente.
Es un pasodoble, música que también procede de la Tonadilla escénica, compuesto por el maestro Padilla (1899-60), en 1914 y estrenado en Teatro Eldorado de Barcelona en septiembre de 1914 interpretado por Mary Focela, pasando desapercibido a pesar de estar bastante tiempo en escena.

Raquel Meller interpretando "El relicario" por Carlos Vázquez

Entra entonces en nuestra historia un personaje que supone palabras mayores en la música de la primera mitad del XX: Raquel Meller (1888-1962). Mujer inteligentísima, personaje idolatrado que llegó a ser retratada nada menos que por el mismísimo Joaquín Sorolla. Fue una de esas españolas ante las que París cayó de rodillas y hasta el mismo Chaplin pretendió que rodara Luces de la ciudad, en vano, pero se apropió de La violetera, otro de sus éxitos, que quedó como tema central de la película. Sin embargo, su gloria fue de la mano del cuplé y con él entró en decadencia muriendo prácticamente olvidada, a nivel espectáculo pues la gente, el pueblo nunca dejó de hablar de Raquel Meller. Añadir que era bellísima resulta innecesario, pero destacar el recuerdo que han dejado sus ojos, verdes en cuyo recuerdo se recrea Neville, en el imaginario colectivo.

Al reestrenar (la fecha en que lo hizo varía segun autores) el cuplé Raquel Meller se dio cuenta sin duda de la potencialidad dramática del mismo. Hasta entonces el cuplé se representaba con vistosas vestimentas y ademanes sandungueros pues no hemos mencionado que todas las formas escénicas que venimos mencionando incluían una parte de danza más o menos refinada o elaborada. El especial dramatismo de esta pieza radica en una música cascabelera o casi pero contrapunteada por una historia trágica protagonizada por la dama y el torero. Decidió la cupletista introducir un cambio radical en el concepto de puesta en escena. En primer lugar cambió el vestuario, nada de lentejuelas y jolgorios: luto riguroso, con mantilla, muy española, muy sobria, muy, si se me permite, en la línea del retrato de la Duquesa de Alba de Goya, pero sin la faja roja, obviamente. En España cuando se lleva luto, se lleva de verdad y a ninguna le interesa… pero esa es otra historia. Hizo que tan sólo un foco la iluminara y lo interpretó, por lo que sé, con muy poco movimiento o ninguno: el éxito fue arrollador. El cuplé había subido un escalón.

Jardines del Maestro Padilla en Madrid, modestos pero coquetones.

Un día de San Eugenio
yendo hacia El Pardo le conocí
era el torero de más tronío
y el más castizo de to Madrid.

Iba en calesa
pidiendo guerra
y yo al mirarlo
me estremecí.

Y el al notarlo
bajo del coche
y muy garboso
se vino a mí.

Tiro la capa
con gesto altivo
y descubriéndose
me dijo así:

Pisa morena
pisa con garbo
que un relicario
que un relicario me voy hacer
con el trocito de mi capote
que haya pasado
que haya pisado tan lindo pie.

Un lunes abrileño el toreaba
y a verlo fui
nunca lo hiciera que aquella tarde
de sentimiento creí morir.

Al dar un lance
cayo en la arena
se sintió herido
miró hacia mí.

Y un relicario
saco del pecho
que yo enseguida
reconocí.

Cuando el torero
caía inerte
en su delirio
decia así:

Pisa morena
pisa con garbo
que un relicario
que un relicario me voy hacer
con el trocito de mi capote
que haya pasado
que haya pisado tan lindo pie.

Soberbio retrato de Raquel Meller salido de los pinceles de Sorolla.

Hay un aspecto que necesita subtítulos por así decirlo: un día de San Eugenio yendo hacia El Pardo. No es tradición muy conocida ni en Madrid así que imagino que quienes no sean de aquí y me lean (gracias, chicos/as) no situarán el contexto. El Pardo tiene aun unos hermosos encinares de gran valor ecológico, existe la leyenda de que el Rey Felipe IV encontró a un hombre recogiendo bellotas en esos montes que eran patrimonio real, el hombre le dijo que era lo único con que podía alimentar a su familia. El Rey le dejó ir con unas monedas y desde entonces un día, el de San Eugenio, dejó entrada libre a sus montes para recoger bellotas, episodio que vale de inicio de “El barberillo de Lavapiés”. Con el tiempo derivó en una fiesta-romería, la única que no se hace en torno a una ermita o santuario y así se mantuvo hasta que el Anterior jefe del Estado (como fino, he quedado finísimo) se instaló en el Palacio de El Pardo y prohibió la celebración que se retomó en el año 1993. Por cierto: la fecha es en noviembre lo que, en el cuplé, viene a marcar un aspecto –hoy perdido al oirlo, pero entonces seguro que muy vigente- el hecho de que nace una relación más o menos estable (del tipo que sea), de noviembre a abril, lo que lo aleja aún más de la frivolidad cupletera.

En “El relicario” se aúnan todas las características que veníamos viendo desde el principio, sumando, además, el tema taurino como representación de la “españolidad”, quizás aquí sí, un poco panderetística. Sólo falta para convertirse en Copla un toque regional, no necesariamente andaluz, en la música. Si escuchamos la versión de Raquel Meller y la comparamos con la que hizo Rocío Jurado en 1992 veremos como casi no hay ni un paso para ser copla, siendo cuplé.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Por ser la Virgen de la Paloma.

Aunque hace ya unas semanas de esta hermosa tarde estival y madrileña es hoy cuando he volcado la tarjeta de la cámara. La Procesión de la Virgen de la Paloma 2012 ¿Hace falta algún comentario?

martes, 4 de septiembre de 2012

Copla 2

La vaselina interpretada por la Bella Dorita (1901-2001)

En conjunto la Tonadilla abarca el S. XVIII y el XIX y es ya a finales del XIX (1893, siguiendo a Santa Wiki).
Sin embargo, antes de dejar nuestra Tonadilla escénica he de resaltar algún aspecto que me parece fundamental. En el propio s. XVIII aparecen claramente músicas populares y folclóricas, bien tomadas directamente sin elaborar de lo que se canta en la calle por que, por decirlo de alguna manera, “estaban de moda”, o bien elaboradas en composiciones nuevas. Se formalizan así, en un afán propiamente ilustrado de sistematizar y depurar formas específicas de música popular como seguidillas, en sus infinitas variedades, boleros, tiranas, jotas etc. Carlos III tuvo un claro empeño en extender la cultura y el esparcimiento (recordemos de nuevo a D. Gaspar Melchor de Jovellanos con su “Informe sobre espectáculos y diversiones públicas”) y, dado que el pueblo llano y las bajas clases medias se resisten ferozmente a las influencias musicales extranjeras (siguiendo la línea que venían manteniendo en otros temas, recordemos el Motín de Esquilache, por ejemplo) se produjo una generalizada reivindicación de lo popular. A. Martín Moreno nos deja esta larga cita que voy reproducir: “Pero en realidad lo popular, el majismo, el interés por lo propio estaba plenamente consolidado durante toda la segunda mitad del siglo. Había sido, a fin de cuentas, uno de los objetivos principales, sino el objetivo principal, de la política de Carlos III .
De hecho, de esta segunda mitad del siglo van a surgir los ideales del nacionalismo musical español, cuyos antecedentes se encuentran en el padre Feijoo y cuya formulación es del gaditano marqués de Ureña y de Don Preciso, el folclorista vasco, cuyo nombre es Antonio de Iza Zamacola” (A. Martín Moreno: “Historia de la música española vol. 4. Siglo XVIII”, Ed Alianza, Madrid 1985.) Es decir: el folclore en nuestra música aparece antes de que los viajeros proyecten esa imagen panderetística y falseada del país, a pesar de lo que el Sr. Serafín Fanjul nos decía en su “Buscando a Carmen”.
La “copla”, como forma, aparece en la Tonadilla escénica en cuartetas con rima alternada consonante asonante, con dos funciones, por un lado la casi soez, ramplona y vulgar, que se solía dedicar a criticar o a meterse con la actualidad. El ejemplo que voy a poner (no por que sea de la Tonadilla escénica sino por que encaja perfectamente) es de 1947 de la revista “La blanca doble”, del maestro Guerrero : el celebérrimo “Ay que tío”

A un carro de la basura
Me he subido el otro día
Pues por lo lento y lo sucio
Me creí que era el tranvía.

Ese debía ser el tono de lo llamado copla en la Tonadilla escénica excepto en la parte central de la misma pues es precisamente bajo esa forma en la que se desarrolla la trama básica de la pieza.
Ahora hemos de volver atrás para tomar otro de los hilos del origen de la copla como género, tal y como yo lo entiendo. La zarzuela nace en el XVII con autores nada menos que como el propio Lope de Vega, no vamos nada más que a mencionarla para centrarnos en uno de sus hijos más queridos por el público: el “género chico”. Nacido tras la gloriosa (1868) como consecuencia del alto precio de las entradas de la zarzuela “grande”, a Juan José Luján, Antonio Riquelme y José Vallés se les ocurre partir la sesión en cuatro obras de una hora más o menos y cobrar menos. A pesar de la aceptación no se lograron grandes éxitos hasta 1879 con la hoy olvidada “La salsa de Aniceta”. En los temas de estas piezas hay una notable carga de picardía y gracejo. El espaldarazo final se lo dará “La Gran Vía” en 1886 de Chueca y Valverde. Si vemos la estructura de la obra nos daremos cuenta de que en gran parte es una sucesión de cantables sueltos con el nexo común de representar puntos y calles que se verán afectados por el entonces proyecto de la Gran Vía.
Aquí hay una cierta confusión pues, aunque de origen francés, como la propia Revista de la que se independiza, el couplet, era cada una de las estrofas de canciones populares, poco a poco cobra fuerza, y hasta un cierto punto se españoliza especialmente en el cuplé madrileño. Género en el que encajan perfectamente piezas como el Tango de la Menegilda o el Baile del Eliseo, al igual que un cierto número de piezas extremadamente populares que no encuentran cabida claramente en otro género.
Así el cantable suelto, se emancipa y cobra una autonomía propia que está en el origen de lo que dio en llamarse el “Género Ínfimo” más conocido como el “Cuplé de toa la vía”. Ah, el Cuplé, arte que duró poco, que murió asesinado y que resucito de mala manera con las películas de Sara Montiel, otro personaje que, como la Caramba, merecería entrada aparte, para que luego la gran Olga Ramos le pusiera en su sitio, que no es de candente actualidad pero tampoco el olvido, tras ella, vive en un sin vivir, en un sí es no es.
Ni soy experto ni este es el tema pero sí que hay que hacer alguna referencia a como evoluciona el género ínfimo a muy vuela pluma, eso hay que tenerlo muy presente pues nada más lejos de mí que sentar cátedra. El cuplé nace en un medio un tanto poco recomendable, para hombres, casi el equivalente a un streptease actual pero con gracia y menos chicha, aunque sí mucha más de lo habitual en los espectáculos de la época. Es posible que incluso se llegara a ver un tobillo, por que la gracia no eran los centímetros de piel que luciera la mozuela sino la letra del cuplé y, sobre todo, como lo interpretara. La Bella Dorita, que se vio obligada a actuar bajo la férrea censura del último espadón ibérico, decía que los censores no veían más manera de controlarla que taparla la cara y sujetarla las manos. Evidentemente no lo hicieron. Claro que una casta joven de buen ver (y mejor palpar que diría Cela) con su camisón largo, su gorro de dormir y su palmatoria disponiéndose a irse a la cama era un espectáculo de lo más casto pero… si se buscaba la pulga la cosa empezaba a variar. Como la jovencita que tenía un jardín en su casa y no tenía quien se lo regase y lo tenía muy sequito. En fin, nos hacemos cargo ¿verdad? Parece ser que la transición de la tonadilla al cuplé vino de la mano de los franceses, a finales del XIX, siendo el primero precisamente La pulga, que fue estrenado por Aurora Bergés en 1893 y que viene a decir (existen numerosas variaciones según el grado de puritanismo del momento):

Hay una pulga maligna
que ya me esta molestando
por que me pica y se esconde
y no la puedo echar mano.

Salta que salta va por mi traje
haciendo burla de mi pudor
su impertinencia me da coraje
y como logre cogerla viva
para esta infame que estoy buscando
para esta infame
no hay salvación
no hay salvación
no hay salvación
no.

Yo descansaba leyendo
una novela preciosa
cuando esa pulga insolente
vino a ponerme nerviosa.

Ya cuatro veces se me ha escapado
cuando he creido cazarla yo
y por lo mucho que me ha picado
para esta pulga tan indiscreta
como la pille
entre mis manos
como la pille
no habrá perdón
no habrá perdón
no habra perdón.

Aunque perdí mi sosiego
por una pulga imprudente
voy a quedarme tranquila
pues conseguí darla muerte.

Ya más no corre
ya más no pica
entre mis manos
por fin murió.

A su reposo
vuelve esta chica
y por lo tanto, señores mios,
ha terminado
completamente
ha terminado
esta canción
esta canción
esta canción.


La Goya

En 1911 entra en escena La Goya, que “suavizó” la intensidad de las letras y, es de suponer, que las puestas en escena. El caso es que con ella el “género ínfimo” pasó a llamarse “varietés”, nombre tomado de un teatro parisino de historia apasionante y que, por dar un dato, fue declarado monumento nacional en 1975. El caso es que Aurora Purificación Mañanós Jauffret (1891–1950) más conocida como La Goya inauguró por así decirlo, el tipo de cuplé decente con piezas como “La sandunga” o “Cruz de mayo”.

Con este cambio se logra ampliar el público pues las señoras podían acudir a un espectáculo, pícaro sí, pero dentro de un orden. Pensemos que en enero de 1910 se estrena la zarzuela “La corte del Faraón” de Palacios y Perrín con música de Lleó. Escuchando momentos como La virgen de Tebas, El casto José o el Trío de las Viudas vemos que el nivel de picardía aceptable no era precisamente bajo, al menos entre las clases populares.


Corita Viamonte interpreta La regadera

sábado, 1 de septiembre de 2012

Copla 1

De niño, mi madre no sabía nanas así que para intentar dormirme o cuando estaba enfermo me cantaba coplas. Claro que intentar dormir o calmar a un niño con “un cuchillo le clavó en los pliegues de su capa” o “mis ojos tienen que verte por tres puñales atravesao” resulta, cuando menos, chocante. Así, desde mi más tierna infancia se me inoculó un virus mortal de necesidad: el de la pasión. No, desde luego, una pasión en plan Romeo y Julieta, no, por favor, eso ni es pasión ni es ná. Es una pasión que hace que cuando uno lee “Sentido y sensibilidad” o “Las desventuras del joven Werther” se quede diciendo: ¿Y?
Sí, desde entonces tengo una sed de pasión, de una de esas pasiones arrebatás, violentas y destructivas como aquella que dice “No sé lo que hasé, no sé lo que hasé, que me duele la cal de lo hueso de tanto queré
La cal de los huesos, Santa Madonna, o puestos ya en línea ¡Virgen de la Macarena! Ni siquiera se queda en los huesos, es la propia cal de los huesos lo que duele. Vamos: el calcio. Reconoceréis conmigo que al lado de eso Julieta era una frivolona.
Basilio Martín Patino en 1971, aunque creo que se estrenó bastantes años después, nos mostró otra forma de entender la copla con esta maravillosa y demoledora película.

Y es que, vamos a ver, ¿Cuántas veces nos hemos parado a escuchar lo que realmente dicen esas coplas que, en mi juventud, eran despreciadas? Claro que, quizás haya que echar un ojo al medio en que nacieron y se criaron las tales. Ay, pero como dijo un coplero de pro: “se llama copla y cabe dentro la vida”. Quiero decir que la realidad de la copla es más compleja de lo que puede parecer y en su alquímica composición entran combinados sabiamente demasiados elementos como para poder hacer un juicio a la ligera. La Copla, entendida como tal, alcanza su momento de mayor esplendor entre los años treinta y sesenta del s. XX. Mala burra, como dice una amiga mía cuando algo va mal. Quiero decir con esto que, al coincidir cronológicamente con un régimen concreto que se la apropia con intereses perfectamente claros pero no tan legítimos, ocurre lo que una copla dice de la protagonista que “ya para siempre va su nombre manchao de cieno”. Hay una tendencia a identificar copla y franquismo que no es cierta al menos si nos lo tomamos en serio. De hecho, a finales de los veinte y durante los treinta se produjeron obras maestras del género pero, además, y lo que es más importante, a menudo a través de la copla se expresaba el malestar social, la condición de determinados colectivos y, lo que resulta mejor, se burlaba la censura colando historias “indecentes” (madres solteras, prostitución, incluso homosexualidad). Hagamos pues el esfuerzo de separar la Copla del Franquismo y veámosla como lo que es: el fruto de una evolución cultural. Sí, sé de sobra que el Príncipe Gitano y su “Amor legionario” es algo que no entra de ninguna manera en tal categoría. Sin embargo, uno de los más grandes hombres que he tenido el privilegio de conocer, D. José Manuel Pita Andrade, decía en sus clases que alguien debería hacer la historia de la mala pintura; un mal cuadro, un mal pintor, no expulsa a la disciplina del Parnaso, al contrario, me atrevería a decir.
La UNESCO en 1982 habla de “identidad cultural”. Por poco claro que sea la el concepto creo que es desde ahí desde donde hay que mirar este fenómeno llamado Copla.
Pecando de pedante creo que hemos de remontarnos bastante a la hora de encontrar los orígenes y pecando de arrogante creo que los finales no los entrevemos en el futuro –si aplicamos un concepto muy laxo al término sin dejar de ajustarnos a las claves que la definen-. En fin. Vayamos pues a los orígenes que se nos van nada menos que a las Jácaras, romances más o menos dramatizados que tenían como peculiaridades su manera de hablar de las clases bajas y, entre otras más, un ritmo o tonillo especial de sus canciones. Se representaban en los entreactos de nuestro s. XVII. De ahí la cosa fue evolucionando hacia la tonadilla, término éste que ha pasado indebidamente a denominar a las cantantes del género coplero para hacerlo parecer más “fino” pero que no tiene nada que ver ni con el género ni con las cantantes. La tonadilla se perfiló como una obra teatral breve, con canciones, evidentemente, y, si bien el lenguaje y los protagonistas seguían viniendo de los bajos fondos, tiene además un rasgo distintivo que es su “españolidad” frente a otro tipo de representaciones y músicas de la época; no olvidemos que estamos en el maravilloso s. XVIII, justo cuando con la nueva dinastía francesa y con sus reinas italianas y portuguesas están llegando influencias extranjeras en mucha mayor medida que en el agónico s. XVII. Aunque se representaban igualmente en los entreactos de las comedias muy pronto adquirió personalidad y fuerza propias siendo el propio, señores, palabras mayores, D. Melchor Gaspar de Jovellanos quien en 1791 y como reglas de un concurso estableció sus normas, entre ellas que no debiera pasar de veinte minutos. Se han recogido hasta 2000 tonadillas destacando entre sus autores Tomás de Iriarte y Ramón de la Cruz. Casi ná.
Como largo plumeo y, como diría otra copla, “esto ya pica en historia”, no quiero cerrar esta entrada sin hablar de uno de los primeros mitos de nuestra escena: Maria Antonia Fernández (1750-1785) más conocida como La Caramba, por el estribillo de esta canción que no sólo dio nombre a su interprete sino también a los lazos excesivos que solía llevar como tocado:

Un señorito muy petimetre
Se entró en mi casa cierta mañana
Y así me dijo al primer envite:
“Oiga usted: ¿quiere ser mi pareja?”

Yo le respondí con mi sonete,
Con ni canto, ni baile y soflama:
¡Que chusco es usted, señorito!
Usted quiere… ¡Caramba! ¡Caramba!

¡Que si quieres, quieres, ea!
Vaya, vaya, vaya!
Me volvió a decir muy tierno y fino:
Maria Antonia, no seas tirana
Mira niña, que te amo y te adoro,
Y tendrás las pesetas a manta.

Yo, le respondí con mi sonete,
Con mi canto, mi baile y soflama:
¡Que porfiado es usted, señorito!
Usted quiere…¡Caramba! ¡Caramba!

Como vemos hay un aire de picardía propio que, imagino, en escena debía ser espectacular. Vida peculiar la de esta mujer de un siglo tan especial y tan olvidado, como fue nuestro XVIII.
Muchos años después Dª Concha Piquer grabó esta copla sobre, precisamente, La caramba.