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miércoles, 22 de mayo de 2013

El hombre que anda

Les vemos por la calle, a todas horas. Caminan deprisa o se recrean en los pasos pausados, llenan los parques, las avenidas en las que se van parando aquí y allá para mirar un escaparate, los centros comerciales, hasta las calles más solitarias son escenario de su deambular ocasional y sin rumbo. Bueno, rumbo sí que tienen pues, casi insensiblemente, acaban estableciendo una rutina que, como un acto reflejo, repiten sin pensar. Son los paseantes. El paseante. Se diferencia de quienes caminan para hacer ejercicio o para quitarse michelines por la indumentaria y por la calma con que se mueve. Se diferencia de quienes acuden a algún lugar por la inexpresividad de su cara y por la indiferencia por la ruta. Se diferencia de quienes salen “a dar una vuelta” por que va solo y rara vez habla con alguien, algún “buenos días” ocasional y nada más.

Al paseante no le limita el clima, pasea bajo la lluvia con la misma ecuanimidad que bajo la más tórrida solanera, rodeado de su silencio, poco a poco acaba volviéndose invisible, tampoco él parece ver nada, mirar nada. Pasea por su recorrido insensiblemente inalterable e igualmente establecido sin notar los cambios, sin notar si han florecido los cerezos del parque, si los lirios ya se han marchitado o si las ventanas están llenas de sábanas blancas.

El paseante nunca llega, en un punto indeterminado se da la vuelta e inicia el regreso. A veces el paseante, a la ida o a la vuelta, entra en un bar o se sienta en una terraza y toma un café, la mirada perdida o escondida en un periódico.

El paseante nunca acaba su paseo con el regreso a casa, para salir mañana igual que hoy, que ayer.

Si no va a ninguna parte ni lo hace por el placer de fundirse con el entorno cabría preguntarse por que pasea el paseante. Una pregunta que nadie quiere hacerse por que nadie quiere oír la respuesta. Nadie quiere oír por que él tampoco se fija en si los lirios han florecido o si en las ventanas no aparecen las sábanas blancas; nadie quiere saber por que el silencio crece a su alrededor y cada vez más se sorprende con la mirada perdida o escondiéndose tras un periódico, un partido de fútbol o un reality.

Por eso el paseante, sin saberlo, está condenado de por vida a pasear, por que, fuera de su guarida, no tiene donde ir.

4 comentarios:

  1. Me ha resultado muy inquietante. Soy muy de dar paseos y espero no convertirme en uno de tus paseantes.

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    1. Me temo que todos lo somos. Gracias.
      Un abrazo

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  2. Pues yo adoro pasear, tomarme la vida con relax, dejar de correr y disfrutar del entorno, por eso elijo por dónde quiero pasear.
    Felices paseos !!!.

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  3. Hay un punto de soledad y aburrimiento extraordinario en ese paseante. Nos puede pasar a cualquiera.

    Saludos Joaquín.

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