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martes, 30 de abril de 2013

La verdadera riqueza.

Hay un antiguo cuento zen que se titula "La  verdadera riqueza". Cuenta que un comerciante muy rico estaba preocupadísimo por conseguir no ya más riqueza sino la suficiente para quedar tranquilo sobre la posición de su familia para siempre. Asi que acudió a un famoso monje zen a que le ayudara a encontrar el modo o la clave para conseguirlo. El monje, después de pensárselo mucho, escribió cuidadosamente este poema:
Muere el padre
Muere el hijo
Muere el nieto.
El comerciante, naturalmente se indignó y le echó en cara al monje que en lugar de ayudarle le quería desmoralizar y muchas más cosas. Finalmente dejó al monje hablar.
-Escucha. Lo que he escrito es la única y verdadera riqueza. Imagina que muere el nieto antes que el abuelo, ningún bien podrá hacer feliz a la familia.
Más o menos es lo que quiero decir con las dos imágenes que encabezan esta entrada. La única riqueza real la posee el hombre de la primera imagen y no hay mayor miseria en el mundo que la aplasta a los muchachos de la segunda imagen. Enfermos de poliomielitis. Es curioso que nadie hable ni el inmenso caudal de riqueza de quienes se asemejan al primero (aunque no sean tan perfectos) ni menos aun se acuerde de la cloaca de miseria que arrastra a quienes se asemejan a los segundos, nada hay, ningún bien material, ninguna cantidad de dinero, nada, nada hay que les arranque de esa miseria física. Radical, absoluta, brutal, ignorada y olvidada.
"Afirmar que la polio es quizá la primera enfermedad, perpetuada por los intereses del capitalismo salvaje, es la mejor forma de resumir la bazofia que la rodea: En su prevención, tratamientos, el abandono médico de sus victimas, la siembra de mentiras, confusión, el silencio, la complicidad de los poderosos. Comprenderla íntegramente es más complicado que el tema de las preferentes. Definitivamente ciudadanos indefensos, ante los intereses de los poderosos. Erradicarla imposible con la vacuna oral y la forma en que la utilizan".
Este comentario ha sido publicado sobre un artículo del diario EL PAÍS, Hilary Koprowski, creador de la primera vacuna de la polio.
(Recojo estos dos últimos párrafos de http://poliospain.blogspot.com.es/)
Por eso es necesario resaltar noticias como esta:
Por que no se puede arrancar la miseria de los cuerpos torturados por esa enfermedad ni en los paises subdesarrollados ni en la arrogante civilización capitalista del primer mundo, pero si se puede -y se debe- evitar que ponga sus malditas garras sobre nadie más. Quizás así tengamos todos, sin excepción, un poco más de esa verdadera riqueza.

viernes, 26 de abril de 2013

Solita o el aterrador desarraigo anunciado

Si algo hay que no se te perdonará nunca es que tengas buena memoria. Cuanto más rigurosa y menos idealizada, cuanto más se ajuste a la realidad objetiva y cuanto más tiempo pase, peor. Sin embargo, es algo que no puedes evitar, la tienes o no la tienes, y si la tienes y no sabes como hacer para fingir que has olvidado tu vida puede ser muy triste y no sólo por que la gente tratará de evitarte sino por que tendrás que convivir con una realidad sin edulcorar, verás que polvos trajeron estos lodos y, por encima de todo, verás todos y cada uno de tus errores, tus meteduras de pata y todo lo que debiste hacer y no hiciste y lo que no debiste hacer pero hiciste. Leí el otro día que se ha demostrado que la gente puede olvidar a voluntad, dichosos ellos, yo a lo más que llegó es a hacerme el tonto o a callarme para que la gente esté más tranquila.

Por eso recuerdo, y callo, cuando y como nació Solita, hace ya más de cuarenta años. Lo malo es que de aquellos polvos…. El caso es que la niña llegó tarde y llegó mal. Tarde por que sus hermanos eran ya casi adolescentes y mal por que no fue deseada. Su Santa Madre no quería por nada del mundo tener más hijos. Le recuerdo berreando desaforada por la ventana llamando a sus hijos para que subieran a casa, nunca entendí como no le reventaba, no una vena, el cráneo entero entre la potencia y la violencia rabiosa de ese alarido. No hace mucho que murió, pero eso no quita que fuera una verdadera arpía. Aquí he de abrir un paréntesis, a mí, por aquel entonces, me caía muy bien. Yo era el típico niño gordo de película de terror, con los ojos (y los oídos) abiertos que siempre estaba donde no debía estar y escuchaba lo que no debía escuchar, si a eso añadimos la ya mencionada memoria, hubiera resultado aun más aterrador, pero no era así por que me limitaba a almacenar y a comportarme, sibilinamente, como se supone que se comportan los niños. Y si la Santa Madre de Solita era una arpía, no era la única. Si la una era habladora y escandalosa la otra Arpía, sí, con mayúsculas, era menos escandalosa pero a su lado era el equivalente a un corredor de maratón frente a un principiante de los cien metros lisos. La Arpía, respetaré su nombre, era un caudal de palabras de un castellano purísimo –o sea, que soltaba unas barbaridades que temblaba el firmamento-, que fluían sin fin ni principio, palabras de peso, como el Tajo, amplio caudal denso y sabroso (he de decir que los cotilleos siempre me han seducido muchísimo, por eso estudié historia), en el cual lo primero que se aprendía era castellano y lo segundo una cuasi infinita cantidad de santos, Vírgenes y advocaciones variadas de la hagiografía católica. En Semana Santa era un verdadero lujo oírla durante horas contar las procesiones de casi todo el país, con sus pasos, en qué orden y a qué hora entreverando tan ameno monólogo con un surtido variado de historias insultantes de cuñadas, hijos, vecinas, rojos. Te podías pasar la tarde de Viernes Santo con un par de torrijas y escuchándola. La verdad es que a veces la echo de menos, por lo menos sabía usar el idioma. El caso es que la Arpía, a quien me temo habré de dedicar más espacio en otro momento, era la vecina de debajo de la Santa Madre de Solita y lo más suave que decía de ella era “¿Esa?… Más mala que la carne cabra”; por ella y desde mi rincón de observador atento supe de las palizas que la arpía sacudía a su marido, hombre enclenque y bastante… bueno, dejémoslo en que cuando crecí a mí también me daban ganas de sacudirle, que “no me quiero ensañar con los muertos”. Bueno, miradme no como a un cotilla sino como a un historiador objetivo, más o menos. El caso es que fue muchos años después y por la incontinente y frondosa lengua de la Arpía, cuando supe de los feroces intentos por parte de la arpía para que ese bebé tan a trasmano y a destiempo no naciera: recuerdo concretamente que contaba que saltaba desde la mesa de no sé cuantos meses con alevosas intenciones hacia lo que venía. El caso es que lo que vino, vino, y no sé si sería el vino, producto altamente consumido por ambos progenitores, o los saltos de trampolín sin piscina de la madre, el caso es que Solita vino con algo que es y no es, no es pero tampoco deja de ser. Es una especie de, pero sin llegar a ser. No sé si me entienden, no sé si me explico.

Dejando la literatura: la niña nació con una especie de desorden neurológico, no es retrasada, pero tampoco tuvo nunca una capacidad intelectual dentro de los parámetros que han dado en llamarse “normales”. Contaba la Arpía como en más de una ocasión habían tenido que salir corriendo de noche de este barrio, por entonces un fin del mundo rodeado de barro y… nada, con la niña en brazos camino de un médico y de cómo la arpía se la encasquetaba en la mantilla “para que se me muriera a mí”, decía la Arpía. Afortunadamente la niña, Solita, salió adelante, de aquella manera, pero salió adelante. Aprendió de su madre a fumar y el mal carácter, el armar mucho ruido, el hablar a voces y poco más. De su padre, que yo sepa y gracias a Dios, no aprendió nada. Nunca pudo desarrollar un trabajo merced, parece ser, que a esas alturas la Arpía ya no estaba y por tanto no tengo fuente de información bien informada, a unos ataques que le dan ocasionalmente, si pudo, en cambio, desarrollar un gusto por la ropa de colorines, los escotes muy profundos y bien lucidos y los pantalones muy bien ceñidos. Por aquel tiempo se hicieron célebres en el barrio los cinco paquetes de tabaco que consumía su Santa Madre y las gloriosas eses que trazaba su padre por la calle, ah, y las gloriosas heces que dejaba en el portal una noche sí y otra también. El mayor de los hermanos se buscó un trabajo lo más lejos posible de su familia y rompió radicalmente con ellos. El pequeño, en cambio, se quedó cerca y mantuvo la relación. Así Solita dejó de ser una jovencita para ser una joven, luego una mujer y más tarde una mujer que empieza a ser madura. Murió el padre, no recuerdo de qué, y a la madre dejó de vérsela por la calle, no por luto, no. Es que estaba sometida a una tienda de oxígeno de la que solo asomaba la cabeza para fumarse sus cinco paquetes y darle al whisky. Así se fue deteriorando hasta que pasó lo que tenía que pasar. Solita se quedó sola en la casa con el apoyo de su hermano que ya tenía familia propia. Bueno, sola, sola, no me atrevería a asegurarlo pues, dado que damos al mismo patio y las cuerdas de tender son muy delatoras, comenzaron a verse en ellas prendas íntimas de un alto nivel erótico-bordado y unos pantalones más largos que ella, que es más bien menuda. Sobre la lencería de Solita no hay más que decir (de hecho, sí habría mucho más que decir pero más bien en un manual de erotismo y sensualidad, no aquí) pero sí sobre los propietarios de esos pantalones. Ella es una mujer apetitosa carnalmente, pero sobre todo alguien fácil de engañar para meterse en su casa, vivir sin pagar una temporada y largarse sin más. A falta de la Arpía que me tendría al tanto, creo sinceramente que esto es lo que ha ocurrido y no una sola vez. Por otro lado, dado el funcionamiento de su cabeza y que la sexualidad no la rige la cabeza sé a ciencia cierta por quienes vivieron esas situaciones cerca de ella que la sexualidad explosiva de los veintitantos no estaba en absoluto controlada sino que se desparramaba a la menor ocasión creando problemas a quienes iban con ella y se sentían en la obligación de protegerla. En fin, no hace falta explicar más. He comentado que Solita había aprendido de su madre el mal carácter. Cierto. Muy cierto. Demasiado cierto. Tanto que no tardó demasiado en romper las relaciones con el segundo hermano, un buen hombre que se preocupaba de ella y hacía lo que buenamente podía pues tenía familia propia y quizás le impidiera hacer tanto como hubiera querido, nadie es siervo de dos amos. Una cosa trajo a la otra y hoy son las administraciones públicas quienes administran su vida y hacienda. Es un personaje entrañable, desagradable y escandaloso por las cuatro calles que conforman el barrio; todos la queremos pues hemos visto desde su nacimiento hasta ahora pero nadie la quiere cerca, a menudo hostil aunque su hostilidad se reduce a pegar cuatro voces, a menudo pegajosa y empalagosa empeñada en contarte cosas que no le interesan ni a ella y siempre, siempre ruidosa en extremo.

De un tiempo a esta parte cada vez que me he ido encontrando con ella tenía hoy un brazo en cabestrillo, se había caído del sofá, otro día una muñeca rota, se había caído en la calle por un coche, llevando muletas pues se había descuajaringado una pierna. Parecía un rosario de lesiones que a algunos, mal pensados con retranca, nos llevó a pensar si no seguiría la tradición familiar de darle al vino como le da al tabaco que ella sola podría mantener Tabacalera. Repito: somos muy mal pensados, es más somos muy mal intencionados y, en suma, un poco cabrones quienes esto pensábamos. Confío en que fuéramos minoría. Digo tal cosa por que hará un mes o mes y algo me encuentro a la ambulancia del SAMUR en la puerta de casa y a sus vecinos de al lado esperando en la calle. Lógicamente pregunté que qué pasaba, más que nada para dejar libre el ascensor, pues soy de quienes piensan que en casos como éste si no puedes ayudar lo mejor es no estorbar. Habían oído ruidos extraños y habían llamado al 112 o eso me pareció entender. Ahí quedó la historia. Pensamos que habría sido una de sus caídas, la pobre lleva ya tantísimas que no extrañaba en absoluto. Sin embargo, hoy he preguntado a un vecino más cercano a ella que los demás. Está ingresada en una residencia. Como consecuencia de su problema neurológico o intelectual o lo que sea la muchacha sufre unos mareos terribles que acaban en caídas y huesos rotos o desvencijados. Las administraciones públicas han decidido internarla, pues a todos los efectos Solita está sola y no la consideran capacitada ahora mismo para cuidar de sí misma. Así que, llorando, tuvo que irse de su casa, de su entorno, de la gente que la apreciamos aunque no hayamos sabido ver el modo de ayudarla y de cuanto conoce. De momento es provisional hasta ver si estabilizan el problema pero ¿nos podemos imaginar el horror si no lo es? Las residencias son un poco jaulas de oro, o de plomo, pero jaulas. Beneficiosas, quizás, deseables, nunca. Solita está viviendo un ritmo que no es el suyo, en un entorno hostil que no conoce, que no sé hasta que punto tiene capacidad para acabar haciendo suyo, sin visitas de caras amigas, de familia, tirada bajo el anónimo, aunque aceptemos que bienintencionado, gobierno de las instituciones públicas. Ajena y, en realidad, traicionada por todo cuanto pudiera haber considerado amigo, amable, querido. Sola en medio de un sistema que, como todos, es ciego y sordo, sin lo que llaman “habilidades sociales” algo que aquí, en su habitat natural, todos teníamos asumido, pero que fuera no le va favorecer el entablar aun las más superficiales relaciones. Tendrá unos cuarenta y pocos años, aun lozana y con muchos años por delante. Si su cabeza se da cuenta de todo esto, no quiero ni pensarlo….

viernes, 19 de abril de 2013

Costumbres irritantes

 El amo del ínclito y nunca bien ponderado gato Gardfield afirma que es como una perla, producido por constante irritación. Pues algo así me ocurre a mí con muchas de los usos más aparentemente cotidianos y, si queremos, tontos. Logran sacarme de quicio hasta el punto de que más de una vez he estado a punto de ocasionar serios conflictos. Claro que como no tengo media bofetá y soy consciente me he mordido la lengua y los he evitado.

-Costumbre irritante nº 1: esas personas, en general mujeres, no por serlo sino por que el uso les permite llevar bolso, que vacían constantemente el bolso mientras te hablan, vuelven a llenarlo y vuelta a empezar.

-Costumbre irritante nº 2: interrumpir constantemente la conversación con un “¿me han llamado”, Es que XXXXX dijo que me llamaría”. Eso unas quince o veinte veces en menos de diez minutos, si antes era irritante imaginad ahora con los putos móviles.

-Costumbre irritante nº 3: la muletilla que emplean algunos/as para rematar sus frases “¿no me comprendes?” o lo que viene a ser lo mismo “¿eres gilipollas?”

-Costumbre irritante nº 4: mirarte sin mirarte. A ver si me explico: estás hablando con alguien y ese alguien parece mirarte y prestarte atención pero, en realidad, está mirando detrás o a través de ti y te sueles dar cuenta cuando si es chica dice: “¡que mono el jersey que lleva esa chica”; si es chico: “joder que peazo motaca” o cosa parecida.

-Costumbre irritante nº 5: pararse justo en los umbrales de las puertas. En general no tendría importancia pero si eso se hace en lugares públicos y transitados resulta que no te dejan pasar y, a poco que te descuides, se monta un tapón. Ni que decir tiene si llevas prisa, entonces te encontrarás todos los umbrales taponados pues la gente tiene la costumbre de pararse justo en cuanto pone un pie en el paso.

-Costumbre irritante nº 6: es una variante de la anterior pero agravada. En el caso anterior la persona simplemente se para. Punto. En esta sexta costumbre irritante no sólo se para una persona sino dos, tres o cuatro e inician una amena tertulia al mismo tiempo que amagan con apartarse, entonces una/o dice: “no, si me voy que …. (rellenar con lo que sea)” pero ni se van ni se apartan. Recientemente he tenido ocasión de ver a tres matrimonios “maduros” (ejem, ejem) trabar una tertulia poniendo de vuelta y media a todos los vecinos del pueblo y contándose pormenorizadamente las obras que estaban haciendo en su casa del pueblo (donde compraron los azulejos, como son, quien se los ha puesto). Lo malo no era eso, ni siquiera de que hablaban como si estuvieran en las eras (eso sí, una era estaba en Logroño y la otra en Huelva, por la voces que daban), ni tampoco lo soez de los insultos que proferían con respecto a los vecinos ausentes sino que estábamos en un hospital y se habían situado exactamente en el cruce de las salidas de tres consultas y la entrada a otro pasillo muy transitado. Más de una hora estuvieron sin mover un pie y teniendo los demás que pasar de lado por los escasos huecos que dejaban. De hecho una camilla tuvo que sortearlos girando en torno suyo. Lo increíble era la cara de desprecio con que nos miraban cuando intentábamos pasar. Lo malo de la educación es que no te permite pegarles cuatro gritos y un par de… bueno, ya sabéis lo que quiero decir.

-Costumbre irritante nº 7. Los geográficos: atención que esta es quizás de las que tienen más capacidad de destrucción y bloqueo en una reunión. Bien, el escenario es el que sigue: varias personas de distinta procedencia, pero hay dos o tres paisanos, nacidos y criados en el mismo pueblo, ciudad o barrio. Alguien menciona una calle de ese lugar. En ese momento lo mejor que se puede hacer si no quieres caer es directamente huir despavorido como alma que lleva el diablo por que jamás, jamás, van a ponerse de acuerdo en que calle es o cuantas entradas tiene la Plaza o donde narices están los jardines de Nosequé. Ni lo van a conseguir ni están dispuestos a dar su brazo a torcer y se pueden pasar horas y horas, tardes enteras discutiéndolo sin atender a nada más ni al hecho de que a quienes no son de allí no les importa lo más mínimo. Nada habrá capaz de hacer descarrilar este tren y ya no habrá más conversación. Curiosamente nunca se les ocurre mirar un plano o consultar en la red, eso les estropearía la juerga.

-Costumbre irritante nº 8: los televisivos. Cuando estás con alguien, estás con alguien pero quienes practican esta subespecie de costumbre nunca apagan el televisor y aunque estén en el grupo más querido no dejará de mirarla aunque mantenga algo parecido a una conversación. En realidad es una variante de la Costumbre irritante nº 4 pero con agravantes pues lo que les distrae es ¡televisión! Y lo peor es que te dicen en cualquier momento “espera,pera,pera” para oír que a MaripuriPerezGomez se le rompió un tacón o gilipollez semejante.

-Costumbre irritante nº 9. Escenario: supermercado. Dramatis personae: señora (preferiblemente gorda, bueno, como estamos todos), carrito de la compra, alguien (yo) que quiere pasar por un pasillo y finalmente los efectos especiales consistentes en un brazo extensible. Escena: la señora va mirando las estanterías de la derecha y, repentinamente, le interesa algo de las de la izquierda. Con un giro raudo la señora se planta a la izquierda manteniendo el carro a la derecha sujeto con el brazo que si estuviéramos en la realidad creeríamos efecto merecedor de Oscars varios. El caso es que así con garbo de pisar-morena, corta el paso. Una vez no importaría pero el caso es que en una mañana de compras te puedes encontrar seis o siete ejemplares de este tipo y, personalmente, acabo subiéndome por las paredes.

-Costumbre irritante nº 10: también característicamente femenina. Escenario: una calle cualesquiera. Dramatis personae: la señora, un escaparate de ropa o zapatos y alguien (yo) que camina tranquilamente. Escena: la señora se detiene, mira el escaparate, arranca como para irse, se para, vuelve a la posición original, se aleja (sin mirar) del escaparate marcha atrás, se acerca, arranca como para irse, se vuelve a parar, se acerca más intentando ver si hay piojos en costura, vuelve a dar marcha atrás, recula, vira en diagonal para lograr otro punto de vista del vestido o zapato lo que fuere. A todo esto en ningún momento ha apartado la vista de su oscuro objeto de interés, es decir que si algo o alguien ha estado en su radio de movimientos aleatorios es fácil haya sido atropellado por ella. Más de una de este tipo ha estado a punto de hacerme caer, por eso cuando me las encuentro procuro pasar a una distancia no menor de dos metros.

-Costumbre irritante nº 11: para que no me acusen de machista, esta es propia de machos alfa, o sea de quienes se creen machos alfa. Es esa costumbre de decir “ya sé” a cualquier cosa que dices, poner cara de poker como diciendo “yo estoy en el meollo pero no puedo hablar”, sea el tema que sea desde el cambio de un delantero en el equipo de fútbol del colegio de los niños a los planes nucleares del gobierno de Gilipollistán.

-Costumbre irritante nº 12: el chistoso y/o cantarín y/o poetastro y/o fotógrafo aficionado. Dícese de aquel que en cualquier circunstancia u ocasión aprovecha que los allí reunidos bajan la guardia e inicia la batería de chistes, canciones, poemas o, lo que viene a ser peor, saca las fotos más o menos digitalizadas. Suelen ser gente extremadamente fértil pues nunca bajan de unas 3000 imágenes, chistes, canciones o poemas. Solución para esta costumbre sólo se me ocurre el asesinato o el suicidio.

-Costumbre irritante nº 13: es de las peores y me confieso virtuoso de ella para mi vergüenza aunque según loqueros varios, por lo visto, es sanísima. Consiste este uso, verdadera arma de destrucción masiva de relaciones, en, se hable de lo que se hable y se encuentre en la situación que se encuentre, violentar la conversación hasta llegar al punto que le obsesiona, léase enfermedad, cuñada, muerte del bisabuelo segundo de la concuñada o, en mi caso, el puto infarto.

-Costumbre irritante nº 14: el “tu no sabes lo que es”. A esa muletilla puede seguir desde haber perdido el autobús por tres segundos o un parto de quintillizos en mitad del Everest. Curiosamente esta costumbre irritante da pie a la nº 15

-Costumbre irritante nº 15: la competición de duelos, doloras, quebrantos y penas varias. A menudo surge un tema, el que sea, pongamos uno de los más abundantes en esta sociedad de salud tan precaria: una enfermedad. Entonces otro de los asistentes saca a relucir la suya, que duele más, y luego el tercero que también duele más. Se suele empezar por un uñero y se va ascendiendo hasta partos múltiples, pasando por dentistas, fracturas y otras lindezas en las que se recrean los contendientes. Lo más curioso es que quienes caen en estas conversaciones no suelen ser los más enfermos. Excepción hecha de los incluidos en la costumbre irritante nº 13.

-Costumbre irritante nº 16: los fútboleros. Monotemáticos que no conciben nada a lo que no se le pueda pegar de patadas, que parece les importa más la alineación del equipo de sus entresijos que la salud de sus hijos, generalmente concebidos tras una victoria del susodicho equipo y que suelen combinarse a menudo con los practicantes de la costumbre irritante nº 8 los televisivos.

-Costumbre irritante nº 17: los de “yo la tengo más larga”. Léase: tienen mejor coche, mejor casa, conocen mejores restaurantes, saben más de vinos (aunque haga tres días que han dejado de beber “Vinos Casa” o “Don Simón”) y no reconocen que no saben algo del tema que sea. Es ese tipo de machos, por lo general, que es capaz de llegar a las manos sosteniendo que la capital de Francia es Lyon, pongo por caso. Como solución propongo la silla eléctrica de baja intensidad, a cada fantasmada, descarga.

-Costumbre irritante nº 18: los de la lista de bajas. Hay dos categorías en esta siniestra costumbre: la de aquellos que empiezan la conversación con “¿sabes quien se ha muerto?”, si caes y dices “no”, te puedes encontrar (a Dios pongo por testigo que me ocurrió: me llamaron con la jodida pregunta y caí, claro, piensas que es alguien cercano, resultó ser la compañera de hospital de una tía mía que estuvo compartiendo habitación quince días veinte años atrás) con respuestas como esta pero también con “el cabrón aquel del jefe que tuvimos en el 53” o “la tía Reperiana, sí, hombre la del Monte Pelao, la hija del Jibao, que se casó con el hijo del Preñao”, naturalmente no conoces ni a Reperiana, ni el Monte Pelao ni, por supuesto al Preñao (que sería interesante, por cierto)

La segunda categoría son “los censos familiares hasta en quinto grado”. Suelen ser personas mayores que aprovechan cualquier reunión festiva familiar, bodas, bautizos, comuniones, supongo que entierros de tías ricas y solteronas, para recordarte cuantos años hace que se murió cada uno de tus parientes hasta que entroncas con la dinastía Manchú. Muy alegre que en la comunión de tu niña, hecha una princesita, cuando se te está cayendo la baba y hasta has olvidado el pico que te dejas en todo el jolgorio, te recuerden que hace diez años, once meses y catorce días que se murió tu madre y que qué feliz hubiera sido hoy.

En fin que o uno acaba siendo una perla producida por constante irritación o un asesino en serie.

sábado, 13 de abril de 2013

Callejero madrileño

 Cuando decidí cerrar el apartado de “Despedidas” lo hice a conciencia. Dispuesto a que fuera definitivo y así va a ser pero hoy tengo que hablar de lo que se ha convertido por un lado en una avalancha de grandes que se nos han ido de golpe (Mariví Bilbao, Bigas Luna, Sara Montiel, José Luis Sanpedro, la tatcher –no es un error, con minúscula-). A veces parece una broma de la historia que en tan pocos días se nos vayan tantos personajes en un tiempo tan concentrado pero es que la historia tiene un peculiar sentido del humor como que Rajoy llegara al poder un 20 N, sin ir más lejos.

Sin embargo, y a pesar de mis intenciones de no deprimirme más de lo imprescindible por las lamentabilísimas pérdidas, hoy tengo que hablar de difuntos por que las cosas se mezclan hasta levantar el estómago a cualquiera y por que, a decir verdad, me siento un poco culpable.

Sara, Sarita, Saritísima, Doña Sara de la Mancha, La Montiel, Maria Antonia Abad, ella en suma, nunca ha sido santa de mi devoción. Desde crío me pareció excesiva, vulgar y en general mala actriz y peor cantante. Curiosamente en mi despavorida huida de los telediarios desde hace algún tiempo a la hora de comer me he ido encontrando con los grandes éxitos de esta mujer y he tenido que rectificar en gran parte mi opinión sobre ella. Lo siento, Doña Sara, estaba en gran medida equivocado con usted. De ahí mi sensación de culpa que quiero expiar aquí.

Sarita Montiel ha sido más icono y mito que artista propiamente dicha. Ahora bien, me he preguntado si es esta afirmación real, supongo que no le importará a nadie mi pregunta pero la he hecho. Es real en grado sumo, si pero no gratuitamente. El mito-icono de La Montiel viene muy determinado por la circunstancia histórica, la mala gestión de la industria cinematográfica y nuestra maldita culturilla del querer y no poder. Veamos.

Sara Montiel era una mujer muy bella, no más que, por ejemplo, Carmen Sevilla, pero sobre todo era una mujer “amplia”, en La Mancha (su tierra y en parte la mía) se calificaría como “hermosa” en todos los sentidos. Incluso deliciosamente rolliza, no hay que decir que las escualideces no son mi debilidad, unos kilos de más llevados con gracia y tronío son infinitamente más seductores que cualquier talla-barbie. La industria se encontró con esa belleza, decidida y que fotografiaba bien, más que bien. Una mujer de pies a cabeza en un tiempo de hambre generalizada. El mensaje subliminal de Sara estaba tan cerca de la sensualidad, evidente, como de la gastronomía, era la lozanía de quien ha comido caliente a menudo. Si me permitís seguir con el mancheguismo profundo que me honro en profesar aunque a veces intente domarlo. Sara era la más perfecta Aldonza Lorenzo que jamás diera el cine ibérico, pata negra. Ah, señores, Aldonza. Y el caso es claro: España no puede, o no ha podido hasta hace poco, producir Dulcineas, de hecho, ni el propio Cervantes pudo crearla, se limitó a mencionar un cúmulo de virtudes femeninas en la boca de un chiflado llamado D. Alonso. No es lo nuestro andar con finuras y menos aun si nos lo proponemos. Rozamos lo sublime, lo excelso incluso, en Inmaculadas con cierta pelusilla en las mejillas, en niños despiojándose, en Majas desnudas bajitas, con los pechos separados y más bien retacos, en los huevos friéndose, en los ángeles cocinando o en las uñas sucias de los santos de Ribera o Zurbarán. El XIX y sus descripciones populares igual que el esperpento de Quevedo o la refinada crueldad del Quijote están siempre a ras de suelo. Incluso Unamuno tan peculiar él, cuando trata, por ejemplo, a Tula en uno de los más aterradores relatos de la literatura (La tía Tula) está pegado, pegadísimo, a la más material de las realidades. Si algo hacemos bien es lo cotidiano, lo vulgar, lo cutre. Se me podrá objetar que ahí están los místicos, de acuerdo pero recordemos a Santa Teresa “entre los pucheros anda Dios”. Ni siquiera entre las porcelanas o el vidrio, no, pucheros.

Nuestro sainete es la base de nuestro primer cine, el buen cine quiero decir. Las grandes obras cinematográficas españolas son A, colectivas, y B, corrientes. “Plácido”, “Atraco a las tres”, “El pisito”, “El verdugo”, incluso los cantos al régimen de superpoblación, “La gran familia”, no han pasado a la historia por la relamida historia de un matrimonio incontinente sexualmente sino por las escenas, míticas, de la Plaza Mayor, la miseria de aquellos puestos y la desolación que destilan esas imágenes.

Esta industria se encontró con una Sara-Aldonza y quisieron convertirla en una Sarita-Dulcinea, para lo cual comenzaron por embutirla en unas fajas que hacen que al verla hoy en aquellas películas lo primero que se nos venga a la cabeza sea Mars Attack, cuando un montón de marcianillos cabrones se disfrazan de mujer para entrar en la Casa Blanca. Tan fajada iba la pobre Sara que, a menudo, vemos que se movía igual a esa criatura en sus películas. Además eso repercutía en las dificultades para respirar, evidentemente, y, por tanto para cantar. De ahí ese erotismo sonoro que a mi ver no era sino falta de aire acompañado, eso de cosecha propia, por unos seductores movimientos de boca, excesivos, como toda ella, y, a la sazón en extremo sugerentes. He ahí por que se convirtió en un mito erótico para los hombres, junto con el filete de 100 grs.

Ningún mito erótico masculino ha gustado jamás a las mujeres, excepto Sarita-Dulcinea. La causa está en sus vidas opacas, su falta de perspectivas vitales, su tristeza de posguerra, sus personajes les decían que la mujer podía triunfar, hacer su santa voluntad, llegar lejos pero comportándose tan decentemente como ellas mismas o acababan fatal como en El último Cuplé, mientras que un acto heroico que la deja ciega (o sea es castigada por su ligereza de cascos) en Mi último tango, la redime y la lleva a los brazos del amado. Por cierto, casi nunca tuvo galanes españoles, por que si España no produce Dulcineas tampoco produce Lanzarotes, y menos si se toman en serio. Lo más parecido que se puede producir aquí en ese sentido es un Sancho con músculos bien distribuidos. Bueno, hasta hace poco, ahora no podría afirmar eso. Pero, sobre todo, a aquellas mujeres de posguerra que acudían en masa a ver La violetera vestidas con sus mejores trapitos que eran eso, trapitos rescatados de las sábanas de la bisabuela, o el abrigo vuelto con la costura de las medias pintadas en la pantorrilla lo que les subyugaba era el inmenso vestuario, deslumbrante, atrevido, colorista, en cinemascope (es un decir, no sé si se rodaron sus películas con esa técnica) inacabable (he perdido la cuenta de los modelitos en El último cuplé) y que jugaba con las transparencias, las joyas, la carne que se mostraba en sus generosos escotes y la que se apretaba visiblemente dentro de aquellos vestidos. Si a esto añadimos que en sus películas se retomaban canciones que todavía había gente que recordaba pero que ya no se escuchaban por que eran más bien picantes, cierto que eran versiones descafeinadas pero suponían un cierto retorno de viejas melodías ya tenemos el combinado con sombrillita y todo que lanzó a Sara, Sarita, Saritísima, Doña Sara de la Mancha a su condición de mito. Quizás lo único reprochable sea que no supo retirarse bien, pudiendo ser toda una dama de la escena asumiendo el paso de los años no lo hizo y en los últimos años ni su actitud, ni sus trabajos ni nada eran dignos de su persona que se dejaba entrever en las entrevistas como una mujer vital, alegre y cargada de experiencias y sabidurías varias.

Ahora el “Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid” ha declarado que va a poner su nombre a una calle. Me encantaría que dada su magnitud fuera uno de los tramos del Madrid Río: salón Sara Montiel. Sin embargo, como este consistorio no hace sino ofender a cada paso, con cada gesto, con cada aparición (y llevamos así desde Alvárez del Manzano, que ya son años) han anunciado también que van a poner el nombre de una calle a margaret tatcher (sí, con minúscula). He dedicado un buen rato a hablar y a disculparme sobre Doña Sara. De la otra sólo diré que el Anticristo ya tuvo su precursora en su persona.

sábado, 6 de abril de 2013

Gracias, Grecia.

La pintura que inicia esta entrada representa a "Polites contemplando los movimientos de los griegos" de Hyppolite Flandrin, famoso como creador de uno de los actuales iconos gay, aun no sé por que, "Hombre joven". Polites es uno de los muchos hijos de Príamo y Hecuba, reyes de Troya. Vemos a un hombre demasiado joven para entrar en combate sabiéndose condenado ante la inminencia del desastre. El aire trágico es, para mí, evidente.
De muy jovencito, mientras los chicos de mi edad se rompían las espinillas con el fútbol y demás, yo me perdia leyendo sobre mitologia y sobre la antigua Grecia. Así que para mí Héctor, Dafne, Zeus, Aquiles y demás son como de la familia, sus nombres, sus hazañas eran parte de la familia o casi y, desde luego, a menudo más cercanos que la familia real. Sin embargo, era demasiado joven o demasiado tonto para enfrentarme a la lectura de Homero, aunque lo intenté repetidamente desde los trece años, fracasando estrepitosamente una y otra vez (lo mismo me ha pasado con Proust). La trayectoria personal a la que cada uno está codenado con el pathos griego tan propio de la tragedia y tan inevitable que hace buena, una vez más, la cultura que lo creó, me llevó por otros derroteros profesionales. Nada hay más lejano a la Antigua Grecia que el Japón tradicional (¿o no tanto?) y como me perdí en él durante muchos años mi viejo hogar mental a la sombra del Olimpo quedó abandonado llenándose de telarañas y empezando a desdibujarse.
Existe la depresión postparto y quien me dirigió la tesis me advirtió que existe la depresión  post-tesis, vamos que después de años volcándote en un sólo tema, día y noche, cuando acabas estás "como vaca sin cencerro". No me lo creí pero es rigurosamente cierto, o lo era. Ahora ya no sé si con las nuevas maneras de entender y aplicar la educación y la cultura todo eso importa a alguien. El caso es naufragaba en ella cuando, haciendo limpieza de mi biblioteca, abrí un viejo libro ilustrado y me encontré con mis viejos amigos, discobolos, doríforos, kouros y demás. Fue como el retorno de Ulises a Itaca. Como encontrar un abrigo de humanidad, de calor, cuando se ha atravesado una estepa en medio de la ventisca. Una experiencia difícil de contar y no sé si de entender pero muy intensa.
Hete aquí que ahora, por causas que no vienen a cuento, he de volver a sistematizar mis conocimientos sobre la Antigua Grecia y, echándole valor, he retomado mi batalla con Homero, con La Ilíada precisamente.
Estoy sobrecogido, esa es la palabra. Hay en esa obra como diría el zorrillesco D. Juan, un "no sé qué de grande que me espanta". Echando cuentas nos encontramos ante un texto de hace unos tres mil doscientos años y, sin embargo, en medio de las formas arcaicas, duras de leer, ajenas, Homero da un salto de tres mil años y se nos pone delante, en medio, y no puedes evitar tropezarte con él. Aquel hombre supo extraer de la humanidad que conocía, de la naturaleza que conocía lo que en ella había de permanente, lo que aun hoy tenemos todos dentro y lo reconocemos en sus palabras. Cuando en medio de una batalla farragosa, larga, cruel en sus descripciones, nos encontramos con esa realidad es como un calambrazo en el alma. Tres mil doscientos años después quien que haya cumplido cierta edad no se reconocería en esta frase "Así era yo, si es que entonces yo era". Tres mil doscientos años después todavía la hombría de bien de Héctor permanece, el dolor de Príamo, la arrogancia trágica de Aquiles, la chulería de Agamenon, la zozobra de Helena, y hasta las argucias domésticas de Hera para engañar a Zeus y las broncas de ambos, permanecen. ¿Que va a quedar de nuestra cultura dentro de tres mil doscientos años? Seguramente nada pero, si la humanidad logra sobrevivirse a sí misma, seguramente seguirán los héroes de Homero perturbando a quienes a ellos se acerquen.
Nada que ver aquello con la Grecia actual, piensa uno, convencido. Han sido demasiadas tragedias y catástrofes, demasiadas guerras y saqueos para que algo tan grandioso quede indemne. Hoy, piensa uno, Grecia no es sino un país arruinado más, un país mal gestionado más. Y uno se equivoca.
En cierta isla en la que, como en tantos puntos de la Europa secuestrada por Walkirias y demás, se está pasando hambre, isla griega, por supuesto, se presentó Aurora Dorada, el partido ultra, repartiendo alimentos pero "sólo para helenos" (pureza racial ¡en Grecia que ha sido invadida miles de veces!) y las gentes de la isla, en medio de su necesidad, levantaron la cabeza y dijeron "No, gracias". No he recogido la noticia y bien que lo siento pero fue publicada en EL PAIS hace un par de días.
Gracias, Grecia, por Homero, por Héctor y por que en medio de tu catástrofe, en medio de quienes manipulan y hunden, en medio de quienes caen convencidos por la necesidad del mendrugo de pan todavía nos demostráis que la sangre de Héctor sigue viva y con ella, a pesar de los esfuerzos de la mayoría, la única esperanza de dignidad de la especie. Gracias, Grecia.