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lunes, 30 de septiembre de 2013

Confesiones de un chico Almodóvar


-La verdad es que mirando este laberinto de pasiones que es la vida, enclaustrado, como todos, en la piel que habito no puedo dejar de preguntarme ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y por mucho que hable con ella, que no es una de esas mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pepi, Lucy, Boom y otras chicas del montón, al fin y al cabo todos los amantes acaban siendo pasajeros, sigo entre tinieblas, sometido a la ley del deseo, rodeado de abrazos rotos y callando la flor de mi secreto que no es otro que poder decir “átame”. Seguro que esto me viene de la mala educación que recibí y de saber todo sobre mi madre, algo que siempre resulta matador para la psique de uno. Sea lo que sea echo de menos hacer volver a Kika y sus tacones lejanos.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Pañuelos planchados

La planchadora de Pablo Picasso 1904

Extiende la camisa cuidadosamente la tabla de planchar, blanca con rayitas rosa, le gusta dejarla perfecta para que él se la ponga por la mañana recién planchada. Si por ella fuera lo haría mientras el se arregla y desayuna para que se la pusiera aun caliente, como una caricia, pero a él no le gusta que madrugue tanto sin necesidad. Otra cosa era cuando trabajaba, antes, cuando el chico aun estaba en casa, esas primeras horas todo eran prisas y ajetreo. No estaba ella para filigranas y más de una vez tuvo que planchárselas él. ¿Cuándo cambió todo? Afanándose en las mangas intenta localizar en qué momento las cosas dejaron de ser como antes.
Quizás cuando el chico se independizó, lo que llaman el síndrome del nido vacío, pero no. Ni hablar. Eso fue hace apenas dos años y para entonces era ya asunto viejo, en cualquier caso, no había sido para ella ningún drama que su hijo fuera uno de los privilegiados que se pudiera emancipar a los veintidós años, aunque fuera en otra ciudad. No. Al fin y al cabo, a esa edad se casaron ellos.
Procura planchar a última hora de la noche, viendo las películas del trasnoche. Le gusta planchar y hacerlo se convierte en una labor primorosa en sus manos, se recrea dedicándole mucho tiempo, más que a cualquier otra tarea. Podría decirse que lo lleva en la sangre, que su bisabuela había sido planchadora y que era leyenda familiar que planchaba las camisas a Alfonso XIII, algo que nunca se ha creído, aunque le sería cómodo como argumento. Lo malo es que nunca ha sabido engañarse. Ojalá.
Se pregunta si sería cuando perdió el trabajo, ni mucho menos. Para ella a sus treinta y siete años y con una indemnización-tapabocas, gracias a una buena cartera de clientes, fue un verdadero alivio librarse de la oficina y de los pelmazos incompetentes que la habitaban. Lo único que lamentó fue que no hubiera sido antes, cuando hubiera podido disfrutar más de su hijo. Sin embargo, recuerda que entonces todavía no cambió nada y disfrutaron juntos de, quizás, la mejor época de su vida en común. Ni siquiera intentó buscar trabajo, ni lo necesitaban, ni fue nunca para ella algo más que una forma de ganar dinero, nada que la hiciera “sentirse realizada” como dicen sus amigas; otra cosa hubiera sido que no fuera económicamente independiente, pero lo era. Los buenos clientes y la garantía de silencio ponen muchos ceros.
Cuelga la percha con la camisa aun caliente del tirador de la alcoba del chico donde su marido se viste en silencio cada mañana para no despertarla. Con mimo, ha escogido la corbata esta tarde, da una leve pasada con la plancha y la coloca en torno al cuello de la camisa, acariciándolo.
¿Cuándo fue, Dios mío? Extiende sobre la tabla la camiseta gris con la que su marido corre, No es necesario plancharla pero le gusta hacerlo. Pasa tantas horas ante el ordenador en Cruz Roja como en el trabajo pasaba, a veces incluso más. Él, iba a buscarla al centro y la esperaba, como de adolescentes, y volvían juntos cogidos de la mano, riéndose cuando les sorprendía un chaparrón inesperado o metiéndose en cualquier bar a cenar unas tapas y unas cañas, para acabar fundidos en el mutuo deseo. No les importó renunciar a su sueño de la casa en la playa y a él se le ve orgulloso de su nuevo trabajo.
Enrolla los calcetines blancos deportivos tras pasarles la plancha, dobla y repasa los calzoncillos; se toma su tiempo con las camisetas interiores, ya empieza a hacer fresco y debería ponérselas, por muy fuerte que sea. Las tres y media de la mañana; él se levanta a las siete. Se ha dormido con la luz de la mesilla encendida, esperándola, aun sabiendo que no va a ir.
Le gusta planchar pañuelos, que estén tan perfectos como recién comprados, además le permiten prolongar su trabajo sobre ellos, por eso cada día le cambia el pañuelo y se lo lava a mano. Él no los usa, prefiere los funcionales de papel. Ella, en cambio, dedica a cada pañuelo no menos de veinte minutos. Cuando da por terminado cada uno pulveriza un soplo de la colonia que ha usado siempre. Luego escoge uno y los demás los apila cuidadosamente. Mete el elegido en el bolsillo de la americana y cepilla las solapas –otra vez- con el cepillo mojado en té hirviente. No ha cambiado de talla desde que se casaron, ella tampoco, y no será la primera vez que sorprende a alguna del grupo de parejas con quien salen ocasionalmente comentando que “se le podía hacer un favor” y la indefectible respuesta: “y dos, también”. Se ha enfriado el té y va a calentarlo a fuego lento, estos calentados de microondas no la convencen nada, ni siquiera sabe de donde sacó lo del té para cepillar los trajes, ella no nota diferencia alguna, pero hacerlo le permite perderse contemplando el agua borbotear un rato.
Todavía dura en el salón el ramo de rosas que le regaló sin motivo hace unos días. Sus bienintencionadas amigas le dirían que eso es que tiene algo que ocultar. No, no tiene nada que ocultar. Recoge la plancha despaciosamente. Empieza a ser inevitable irse a la cama pero antes las cremas, de noche, en las manos, en los pies. Recuerda aliviada que no ha lustrado los zapatos y se pone a ello a pesar de saber que él detesta que lo haga. Empieza a sospechar que hoy va a ser una de esas noches.
Sí, una de esas noches en que el asco va a resultar invencible.
No logra, por mucho que se esfuerza, localizar cuando o, al menos, como, empezó el asco. Ni siquiera si fue poco a poco o de un día para otro. Ha sido y es el mejor compañero de viaje posible; incluso físicamente sigue siendo atractivo. Por otra parte no le cabe ninguna duda de que él también la quiere como desde siempre. Sin embargo, cuanto entra en la alcoba y le ve dormir, ve su hombro desnudo sabiendo que todo su cuerpo está igualmente desnudo bajo las sábanas, idea que antes excitaba sus ganas de despertarle a besos y caricias, el estómago se le revuelve. Por eso entretiene las noches cuidando sus cosas, para compartir la cama el menor tiempo posible, cuando lo hace se arrincona en el borde opuesto y entra en un duermevela hasta que le oye levantarse, cada día un poco antes, ducharse, afeitarse, hacerse el café, vestirse y cerrar la puerta. Se levanta, muda apresurada las sábanas para quitar el olor de su marido, el olor a limpio del cuerpo de su marido. Sólo entonces se acurruca y duerme unas cuantas horas. Otras noches, como la de hoy, ni siquiera puede asomarse al dormitorio y, cuando ya no encuentra excusa para no acostarse apaga las luces y se sienta ante el televisor sin sonido hasta adormilarse.
A veces, cuando él entra en una habitación, ella tiene la imperiosa necesidad de salir de allí; por eso procura hacer reuniones de conocidos con mucha gente, así el trasiego es más fácil y su presencia, más diluida, un poco menos repulsiva.
Le repugna y él lo sabe. Como también sabe que le quiere y que haría cualquier cosa por él, incluso entregarle su cuerpo cuando él no puede más y se acerca despacio, como a una diosa, temiéndola y venerándola. Ella se deja hacer venciendo la nausea, sin mirarle, casi sin tocar esa carne de la que antes no se saciaba. Hace años que no le toca sino en estas situaciones en las que él avanza y ella cede sin resistencia, deseando y esperando que esa vez sea diferente, que sea como antes o, al menos, que aparezca algo que le ayude a entender, una enfermedad, un insulto imperdonable, lo que sea. Nunca aparece. Él lo sabe y agradece sus esfuerzos cuanto intenta vencerse a sí misma y se sienta a su lado mientras lee o no sale despavorida a vomitar cuando él entra. Se ha creado una rutina doméstica en la que está disponible, cercano, pero no presente, está leyendo en el estudio o en el ordenador navegando, en el parque de enfrente corriendo sin perder de vista sus ventanas, en sus largas duchas con la puerta entreabierta. Cuando la cierra suele ella escuchar gemidos entre los chorros. Ni le culpa ni la ofende esa autosatisfacción frustrante para ambos.
Ella le agradece esa actitud y últimamente más pues ya lo único que le pide es ese fugaz compartir la cama y el dormitorio. Sería fácil encontrar una excusa para trasladarse al del chico pero quiere estar cerca de ella, la necesita y ella lo sabe, pero ya hace meses que no se acerca despacio, venerándola, y no sabe como agradecerle que se haya buscado una amante para la que le cuida, le viste, le perfuma. No sabe como agradecerle que la deje en paz amándola, precisamente por amarla. Pero ¿Cuándo cambió todo, Dios mío, cuando?

sábado, 21 de septiembre de 2013

El pueblo.

“Vimes se había pasado la vida entera en las calles y había conocido a hombres honrados y a estúpidos y a gente capaz de robarle una penique a un mendigo ciego y a gente que todos los días llevaba a cabo silenciosos milagros o crímenes desesperados detrás de las ventanas mugrientas de sus casuchas, pero nunca había conocido al Pueblo.

En cualquier caso, la gente que estaba en el bando del Pueblo siempre terminaba decepcionada. Descubrían que el Pueblo no solía ser atento, ni agradecido, ni abierto de miras, ni obediente. El pueblo solía ser estrecho de miras y conservador y no muy listo y hasta desconfiaba de la inteligencia. Y así era como a los hijos de la Revolución se les planteaba el eterno problema: no es que tuvieran el gobierno equivocado, lo que era obvio, sino que tenían la gente equivocada”.

Terry Pratchett: “Ronda de noche

sábado, 14 de septiembre de 2013

El columpio

Imagen de un ritual público y religioso tahilandés basado en el columpio.

Hace tiempo que vengo al taller y no sé a qué vengo… No, eso es zarzuela, quería decir que hace tiempo que ando como vaca sin cencerro y no existe ni la más pequeña posibilidad de arreglar lo mío… No, que eso es de Pedroooooo Almodóvar. A ver. Centrándome, que con tanta agresión mediática y le euforia de habernos librado de los Juegos ando no ya como vaca sin cencerro, sino como cencerro sin vaca.


El caso es que hace tiempo que tengo preparadas unas imágenes para poner aquí. Ya en alguna ocasión he recogido como se ha un mismo tema a lo largo de la historia en las artes, algo que siempre me ha resultado fascinante. Incluso el tema más universal: la academia masculina, o sea el desnudo masculino formal posando y a lápiz sin más aderezo nos da claves para colocarlo al menos en un siglo. Así que cualquier otro tema que tenga más soportes visuales nos da suficientes pistas para llegar a extremos insospechados.



Krishna y Radha un tema que se sigue representando en la cultura popular india.

He aquí algunos célebres columpios pero cuando un tema se repite a lo largo de la historia en culturas tan variadas yo no puedo dejar de preguntarme por que. Así, indagando por aquí y por allá me he enterado que básicamente el columpio es un rito de fertilidad tanto en Oriente como en Occidente donde se han encontrado figuras rituales de cerámica hechas para ser colgadas y mecidas. Tan arraigado era el rito que en algunos lugares de India se prohibía el juego fuera del rito y, tradicionalmente, el juego del columpio solía practicarse –eso lo recuerdo yo de mi infancia- a fecha fija, concretamente la primavera, más o menos cuando los chicos más hábiles lanzaban sus peonzas. En realidad el columpio, a grandes rasgos y sin entrar en detalles, representa simbólicamente el ritmo del universo que trae la lluvia, la cosecha en movimientos sucesivos.


 Nicholas Lancret 1690-1743, un amante de los columpios a lo que se ve, y también se ve lo propicias que eran las "fetês galants" rococós.
Sin duda el más célebre de los columpios rococós, el de Fragonard, el más frívolo sin duda y sin duda también el más encantador.

Dos columpios de los cartones para tapices de nuestro Goya.
La parejita columpiándose en primavera de el decimonónico Cot, lo confieso tengo una debilidad por este hombre.
El prodigioso Renoir nos dejá una obra maestra de coquetería y deseo, ah, y también de pintura.
El casi desconocido Federico Godoy Castro nos deja una muestra del aspecto más costumbrista de juego en una tarde campestre.

Finalmente George Barbier, encantador ilustrador francés de la Belle Epoque nos deja esta interpretación del columpio de Fragonard. Adorable.
 
El hecho de que el tema haya perdurado y muy especialmente en épocas un tanto “libertinas” como el XVIII o el mundo de Le Moulin de la Gallette nos indica que todavía conservamos el aspecto más básico del rito, el más directo que es el de la sexualidad más o menos pícara. Sexualidad-fertilidad que, a otro nivel, se expresa con la mujer con las faldas al aire recibe la fertilidad de la tierra al “abrirse” a ella. Disfrutemos de las bellezas de los columpios desde al “ángulo” que prefiramos.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Casablanca y Moraleja de Enmedio

Acabo de ver por no sé cuantos cientos de veces "Casablanca" pero por primera vez he llorado. No soy nada llorón, ni siquiera por cosas serias. No tengo la lágrima fácil y no consiento que quien esté a mi lado la deje salir así por que sí. Me parece que llorar no arregla nada nunca. Sé que soy injusto pero mi instinto es este. Sin embargo, hoy he llorado a moco y baba. Victor Laszlo ordena que la orquesta toque la Marsellesa, Rick asiente. El himno nazi va quedando aplastado por ella. La imagen que se me vino fue la de Cabaret, cuando el jovencito mono y totalmente ario, por supuesto, canta aquello de El mañana nos pertenece y la expresión de un anciano vencido al ver como se le suman voces.


Lo peor no ha sido eso sino que junto con tan gloriosa película se me ha venido igualmente las noticias que estos días están viniendo en los periodicos así, como quien no quiere la cosa. En Moraleja de Enmedio ondeó la bandera franquista y el responsable dice que "no se dio cuenta" y sonó el himno de falange a todo trapo. ¿Imaginamos como debieron sentirse quienes vivieron guerra y posguerra en el lado de los vencedores y creyeron superada esa etapa al verlos resucitar cada día con más virulencia y con la misma y total impunidad? Algo así como el anciano de Cabaret. Imagino a la gente bajando los ojos y aguantando en la plaza por que llevan, llevamos aunque no lo hayamos vivido, el miedo grabado a fuego en el alma y la mente. Han pasado su vida viendo el nombre de los asesinos de sus familias en las calles, sabiendo en qué cuneta está el abuelo sin poder llevarle flores, o peor sin saberlo, resistieron y sobrevivieron dictadura, transición, transigiendo con esas heridas, soportaron olvidos voluntarios o no tanto en aras de mantener la fiesta en paz, todo eso para ver ahora a estas alturas de su vida y de la historia resucitar aquellos malditos símbolos sin que ni siquiera se levante una voz estupidizados como estamos con la prima de riesgo o con el Madrid 2020. Por eso hoy no he podido dejar de llorar ante las gloriosas imágenes de Casablanca, por cierto, haceros con una copia con la versión íntegra, por que a este paso no tardarán en cortar esa escena. En fin, como ya dije más de una vez: siempre nos quedará París.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Del final del verano y de Terenci Moix

 Al final de cada verano, no sé si le pasa a todo el mundo o sólo a mí –al fin y al cabo siempre he sido un bicho raro-, me invade una doble sensación, por un lado la de respirar tranquilo con la vuelta a la “normalidad relativa” de la vida cotidiana, en la que puedes encontrar a las personas que quieres y salir a la calle confiando en que se han acordado de ponerla, y la indefinible melancolía que me deja la sensación de oportunidad perdida.

No sé sí le pasa a todo el mundo o sólo a mí pero cuando los días comienzan a alargarse seriamente, cuando busco las camisetas de manga corta, cuando el verano empieza, en suma, me invade la sensación de que algo puede cambiar. Que sé yo, descubrir algo, hacer algo que valga la pena, conocer a alguien, dejar que las estrellas acaricien mi piel o que la brisa me envuelva calida y anhelada.

No sé si le pasa a todo el mundo o sólo a mí pero nunca pasa nada, a mejor quiero decir, los grandes desastres de mi vida han ocurrido en verano –excepto uno-; a pesar de lo cual acojo la estación lleno de expectativas.

No sé si le pasa a todo el mundo o sólo a mí, pero –y me temo que es a todo el mundo- las expectativas indefinidas y esperanzadas nunca se cumplen y llega septiembre, el otoño, las gotas frías, sin que haya aparecido el destello que esperaba, que espero siempre. Así, lentamente, la dulce melancolía del otoño se va inoculando en mis venas.

Siempre ha sido así pero hace ya unos cuantos años acabo el verano con la sensación de haber olvidado hacer algo. Busco y rebusco en mi cabeza hasta que doy con ello: leer la última novela de Terenci Moix. No me hago a la idea de que hace ya diez años que Terenci nos dejó.

Para mí era un ceremonial acercarme a Berkana en la Feria del Libro y comprar la última de Terenci. Atesoraba su lectura para mis veraneos insoportables de playa y señoras gordas paladeando cada página. Ha habido veces –no pocas- que me sacaba de quicio y se quedaba a medio leer: “Mundo Macho”, “El amargo don de la belleza”, por ejemplo, pero a pesar de eso, indefectiblemente, en la Feria del Libro iba a Berkana y compraba la última de Terenci.

Le conocí –su obra quiero decir- allá por el 80 u 81 con “El día que murió Marilyn” que compre junto a “Nuestro virgen de los mártires” y, creo, con “Amami, Alfredo”. Todo un hallazgo que cambio mi vida, al menos la literaria. Tanto que me pasé años sin darme cuenta basando mis cuentos en el cine, como él, que me aficioné falsamente a la ópera como él –me gusta la ópera pero no tanto, caramba-, y hasta hice de sus obras un poco modelo de lo que yo quería escribir. Error evidente, muy error y muy evidente. Un día me di cuenta, a tiempo, espero, y agradecí haber elegido para equivocarme a alguien que, al contrario que yo, desprendía alegría y humor, incluso en los episodios más tristes de su narrativa. Corregir el fallo fue fácil: leerse autores de posguerra, “El Jarama”, “La sombra del Ciprés es alargada”, “Tiempo de silencio”, etc. Soberbias lecturas pero, reconozcámoslo, capaces de deprimir al más pintado. No sé si he encontrado mi propia voz a la hora de escribir pero, por lo menos, no es la de Terenci. He dicho que fue fácil, no es cierto, me costó desprenderme de su manera de enfocar el mundo, de su humor cruel pero no amargo, a diferencia del mío, pura hiel, y elegir mis propios temas. Espero que algo de lo soberbio que había en sus escritos haya quedado en mí, aunque no sea capaz de plasmarlo en papel, pero lo cierto es que todavía es hoy, diez años después y con el pobre consuelo de que su temprana muerte le ahorró ver lo que se nos venía encima, todavía siento que se me olvida leer la última de Terenci.