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domingo, 30 de marzo de 2014

Dos emes en realce (octava entrega)



Si ella vivía todo aquel trajín con aceptación serena, él, por el contrario, vivía en un estado de continua agitación interna que no se manifestaba nunca salvo en algún exabrupto desmedido con algún “inferior”. La educación en el pazo arruinado le había dejado bien claras las escalas sociales y, si fuera sincero y dejara de escudarse en su cristianismo de sacristía, sería capaz de establecer de una mirada a cada uno en su lugar sin plantearse dudas. Para empezar esas relaciones que buscaba entre los del escalón inmediatamente superior le obligaban a cosas que no le gustaban como ir a salas de fiesta, bailar o incluso ir a algún cine. Lo de leerse el mismo periódico que el jefe lo consideraba parte de su trabajo, la mayoría de las veces era el “Ya”, pero otras era “El Alcázar” o, excepcionalmente entre sus superiores más cultos, el ABC. Era obligación tan asumida que ni siquiera se daba cuenta de en qué momento cambiaba de diario. Como un trabajo se lo tomaba pues no le gustaba leer, ni bailar, ni… bueno, ya hemos dejado dicho que no se le conoce nada que le guste. No es cierto, de lo único que hay certeza que le gusta es “La flor de la canela” que él, no sin esfuerzo, ampliaba a la música sudamericana. Por supuesto no tenía ni tiene equipo predilecto, faltaría más, y en la cruel tesitura de elegir tendría la sabiduría para decantarse por el del jefe o, llegando un paso más lejos, por el del próximo jefe. Sin embargo, dos o tres noches por semana se veía obligado a salir más o menos de buen grado, hoy una cena, mañana una sala de fiestas, pasado un coctail, al otro la presentación de un libro del hijo del gobernador civil, al de más allá una puesta de largo o una boda o un bautizo e incluso algún funeral que otro.
Tras la primera enfermedad de casados y el primer ingreso de Mariola hubo un tiempo en que pareció que aquel podía ser el destino definitivo de la pareja, incluso Manuel comenzó a moverse en ese sentido. Sin embargo, y ahora lo vemos desde los ojos del abnegado marido, como siempre cuando tenía la sensación de encontrarse cómodo en el lugar, de ir hallando amistades algo más profundas que las del más superficial trato social, de ir encontrando los resortes, los rincones, los encantos de cada lugar, comenzaba a sentirse incómodo. Algunos antiguos lo definirían como “culo de mal asiento”, pero no era eso. Manuel deseaba, o eso creía, establecerse definitivamente, pero esa desazón que le acometía repentina, furibunda y silenciosa, tanto que ni sus confesores tenían noticia de ella, le hacía casi inconscientemente buscar que le trasladaran, casi siempre ganando en el cambio pero tan poco era el beneficio que ni compensaba los gastos de mudanza. Por supuesto, Mariola ni se enteraba hasta que comenzaba a verle aun más respetuoso en la cama, con la mirada perdida y como distraído; llegó un momento en que al notar los síntomas, incluso antes de que él hiciera nada ya comenzaba a empaquetar pequeñas cosas para ir adelantando. Eso sí, en cada traslado confiaba la muchacha en que se acercarían a su familia y, siempre, se equivocaba.
Hubieran podido pasar así su vida entera pero eran los sesenta y hubo cosas y hechos que se fueron imponiendo, a pesar de Manolo. Además eran armas de doble filo, y más en sus manos. La primera fue la televisión generalizada, cosa grave pues no sólo tenía que hacerse con una, a plazos, para demostrar un cierto poder adquisitivo que pretendía dar por hecho ante sus amistades sin tenerlo pero por otro lado su presencia en el minisalón de la casa le inquietaba, no se consideraba un mojigato pero tanta violencia y tantas imágenes perturbadoras no le gustaban, es más le revolvían y procuraba evitarlas por todos los medios. El segundo hecho que le vino todavía más impuesto cuando de buenas a primeras se encontró siendo el único de toda la oficina que no tenía coche. Casi aprisa y corriendo se compró el primero que le ofrecieron, un R8 crema. También era arma de doble filo pues si bien como efecto negativo tenía poder viajar más a casa de la familia de Mariola y, por tanto, aceptar más compromisos del tipo: “hazme una batita de verano” y demás, por otro lado le permitía organizar constantes salidas “de compromiso” con las que evitaba que sus familias les visitaran demasiado a menudo. Además, al sentirse el Amo y Señor de tan poderosa máquina consideró que ya podía volver a casa sin tener que bajar la cabeza como le había dicho su abuelo. Cuando llegó se encontró con que todos los supervivientes tenían mejores coches que él aunque, eso tiene que reconocérselo todo el mundo, no conducen mejor que él. De hecho aun hoy sigue atravesando el país y manejándose con el coche con verdadera habilidad, y no solo conduciendo sino quitándose de en medio cuando alguien les anuncia que va a ir a cerca de donde viven, “casualmente” ese día estarán de viaje, y no miente, siempre tiene pendientes varios viajes para estas ocasiones. No es, contra lo que pueda parecer, que no aprecie a quienes llegan, no, ni mucho menos, esta actitud se debe a la misma causa por la que buscó desde siempre pisos pequeños: para que nadie pueda quedarse con ellos ni una sola noche. No es que le moleste su presencia, no, ni mucho menos, es más se siente halagado y extraordinariamente satisfecho de poder agasajar a amigos y parientes tanto fuera como dentro de su casa pero cuando él considera oportuno y nada logra forzar su voluntad en ese tema, ni siquiera sus compromisos sociales más intensos. En aquellos años eran muchos y adecuados para las pequeñas mejoras que siempre buscaba a través de aquellas “amistades” oportunas. Sin embargo, alguien que no se dejara enredar por el constante juego de comidas, cenas, salas de fiestas, bodas, bautizos, comuniones y funerales hubiera podido observar que mientras Mariola se acomodaba lenta pero confortablemente en el nuevo lugar, Manuel se integraba de inmediato forjando relaciones deprisa pero que cuando esas relaciones u otras que fueran apareciendo se iban asentando y adquiriendo mayor intimidad, él se iba encontrando más y más incómodo, iba rehuyendo precisamente a las personas con la que la pareja se encontraba más a gusto, a aquellas con las que le resultaba fácil sincerarse, casi como si le diera miedo de algún tipo de contagio. Entonces surgía la posibilidad de traslado.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Adolfo Suarez: reflexiones sin reflexionar.

Contra mi costumbre escribo directamente, sin borrador, así que algún falló habrá, disculpadmelos.
La muerte de Suarez ha despertado cosas, creo que en todo el mundo, especialmente entre quienes vivimos aquellos años en el paso adolescencia juventud, cuando aún no acabábamos de comprender el "funcionamieto" del "régimen anterior" y no teníamos ni idea de hacia donde íbamos.
Creo que él ha sido siempre el único político a quien no he puesto de vuelta y media en algún momento aunque desde luego la camisa azul de sus orígenes no le ponía en mi bando.
Era un gran hombre para momentos críticos. Me pregunto si hubiera destacado tanto en un periodo de normalidad. Afortunadamente le tuvimos ahí justo en el tiempo y el lugar adecuado.
Dejó cosas por hacer. Evidentemente, evidentemente, pero echando cuentas desde verano del 76 a invierno del 81 no llega a cinco años. No, no es a él a quien hay que echar en cara que los represaliados del franquismo sigan en las cunetas o que aun queden aspectos a desarrollar de la Constitución o que todavía estén vigentes leyes franquistas.
No creo que si hubiera logrado algo más después de su defenestración, algún cargo quiero decir, hubiera podido mantener el ritmo, no sólo él, el país tampoco. Tras esos años del 75 al 82 convulsos, sangrientos y apasionantes, el país necesitaba remansarse, que lo hiciéramos bien o mal es otro cantar.
Gratitud. Si, desde luego, pero por algo más que nadie ha mencionado estos días de lenguaraces a sueldo. Gracias por hacer que mi juventud, y la de varias generaciones, sintiense que avanzabamos hacia algo mejor, que podía hacerse, que la historia avanzaba. Fue una ilusión, desde luego, pero esa sensación de un futuro mejor posible y accesible, por el que se podia trabajar y no sólo laboralmente, es algo que las actuales generaciones de menos de treinta y pocos años no pueden ni imaginar. Fueron años de efervescencia absoluta en todos los campos. Para bien y para mal.
Historia. Sin duda es un hito en la lamentable y apasionante historia de España. No tuvo quizás la profundidad de un Jovellanos, no parece que le interesara mucho la teoría política, pero tampoco la radicalidad de los hombres de la República, era un hombre, por lo menos su obra así lo indica, que se enfrentaba a problemas concretos para llegar a un punto y aportaba soluciones concretas para avanzar, pasando de servidumbres a ideologías presas por letra impresa. Se le ha comparado con Cánovas, hasta cierto punto, sí, pero sólo hasta cierto punto. Cánovas trajo un monarca, Alfonso XII el Pacificador y una cierta estabilidad, pero él no tuvo que enfrentarse a un país infectado por el miedo de cuarenta años de represión. Un miedo profundo y una élite oligarquica de cuño autoritario que vivía y se arraigaba precisamente en ese miedo y en esa ignorancia. No, Cánovas sin duda lo tuvo más fácil.
Reacciones. No creo que nadie esperara la reacción que ha habido teniendo en cuenta que hace mucho tiempo que abandonó el primer plano de la vida pública y algunos años en que sabíamos de su enfermedad. Si se me permiten los terminos: esa reacción ha debido ser un zapateado en la entrepierna de toda la clase política por la inherente comparación con la panda trepas caciques y herederos de caciques que han tomado los diversos poderes y no me refiero a los de un único color, llevando al país a una situación más parecida a la España de Primo de Rivera y anterior que a cualquier otra. De nuevo gracias, don Adolfo.

jueves, 20 de marzo de 2014

Dos emes en realce (séptima entrega)



Aunque, obviamente, a Mariola no le hizo la menor gracia separarse de su familia y amigas, entendió con deportividad, por llamarlo de algún modo, la situación. Al fin y al cabo era una mujer joven y algo de espíritu de aventura tenía, además estaba cómoda en su matrimonio, sobre todo al no tener que soportar el acoso carnal contra el que le habían prevenido sus amigas y parientas que, real o fingidamente, hablaban de ello como de algo repulsivo y agobiante por parte de los acuciantes deseos de sus maridos. Así la joven vistió sus galas nupciales con cierta suspicacia y no poco miedo físico pues era consciente de su mala salud, confiada, sin embargo, en las pruebas que le había dado su novio de respeto. Ni una sola vez había ido más allá de lo correcto y ni siquiera había demostrado la menor prisa en lo correcto, el primer beso llegó incluso un poco tarde y la primera caricia por debajo de la falda fue en su noche de bodas. No quedó la novia defraudada en ese aspecto, siempre reinó el mayor respeto. Nada que ver con los acosos que, por lo visto, eran norma entre sus amigas. Valoraba en mucho esta actitud de su marido y, dentro de sí aunque nunca lo hubiera planteado con palabras ni siquiera en su mente, entendía que en el contrato él estaba cumpliendo más que correctamente y a ella le correspondía estar siempre a su lado como parte del mismo. Todavía no sé si alguno de los dos se ha dado cuenta a día de hoy del juego que, consciente o inconscientemente, había iniciado Manuel, con notable éxito.
Tras ese primer traslado vino al año y poco, otro, y más tarde otro y otro y otro. Mariola era un poco retraída en los primeros contactos con la gente de manera que tarda mucho en hacer amigas, por el contrario Manuel sabe hacer amistades rápidas y serias con quienes están un escalón por encima de él, espacio en el que Mariola, por cierto, encaja sin esfuerzo de ningún tipo, también hace amistades rápidas y útiles con quienes están uno o dos escalones por debajo de él, si fuera capaz –que no lo es- de describir estas relaciones sería algo así como que nunca se sabe a quien vas a necesitar y, sobre todo, a quien vas a tener que demostrar tu superioridad. Ahí Mariola encaja menos, le cuesta ver al portero como alguien creado por la naturaleza con la única misión de abrirle la puerta pero se deja llevar. Sobre todo se dejaba llevar por entonces puesto que, en realidad, estaba sumergida en ámbito de relaciones y amistades de su marido entre las que siempre, indefectiblemente, se incluían a sus jefes directos, alguno por encima de éstos, alguien cercano al gobernador civil, algún y aun algunos altos cargos militares, y, por encima de todo un par de cargos catedralicios. Consciente de sus límites nunca se relacionaba sino desde la presentación casual presidida por el servilismo mejor disfrazado socialmente con gobernadores, obispos y demás altísimas jerarquías de la ciudad y la provincia, nunca con el alcalde pero sí con el teniente de alcalde y con el amigo del alcalde que le había prestado para comprar la casa. Arte sutil que Mariola tardó en comprender pero que lo hizo de la peor de las formas posibles: enfermando. Ah, curiosamente la insultante salud de Manolo no le había llevado a trabar relaciones sanitarias. Apenas Mariola ingresó a toda prisa su marido recurrió digamos que a donde siempre había recurrido: a la capilla. Lease: a su director espiritual que le acompañó a ver a la superiora de la orden que trabajaba en ese sanatorio. He de recordar que la presencia de las siniestras tocas monjiles en los hospitales españoles fueron una constante presencia hasta bien entrados los ochenta, así que ni que decir de aquellos años sesenta de salas colectivas y rosarios al amanecer rezados a voz en cuello por las sores. En pocas horas Mariola pasó de la sala de veinte camas a una habitación individual y de la visita del médico cada dos días con su aire de vedette o prima donna, rodeado de su habitual corifeo de aprendices y lameculos, a la visita diaria, mañana y tarde a veces, junto a la monja enfermera jefe y sentándose durante no menos de media hora a charlar con la paciente. Ahí se dio cuenta el inexperto Manuel que se le había escapado un cabo suelto: la medicina. Campo que se dedicó a cultivar intensamente a partir de entonces.
Decir que toda esta actitud de nuestro hombre era para lograr ascensos no sería cierto pues dada su formación y demás no eran factibles, ni siquiera lo hacía por mejorar de destinos, no, era otra cosa. Lo que sí fue siendo cierto es que a fuerza de una vida morigerada aunque sin privarse de lo necesario para asistir a las invitaciones de sus amistades y para corresponder en la medida de sus posibles, labor para la que el gusto y la buena disposición de Mariola resultaban de un valor inestimable, lograron ir asentando su posición económica. También es cierto que a cada traslado alquilaban un piso más pequeño, y más aún cuanto más cerca estaban de la familia de Mariola. Era algo sutil, casi inapreciable como se elegía, elegía Manuel, por supuesto, el piso de dos habitaciones en el que sólo cabía una cama turca a duras penas en el segundo dormitorio por apenas unos centímetros, casi tan sutil como el hecho incontestable de que Mariola vivía sumergida en la red de amistades y relaciones que creaba su marido exclusivamente, a ella no le daba tiempo pues cuando empezaba a relacionarse por su cuenta tenían que trasladarse de nuevo, en lo que se podría calificar de vida de funcionario normal para la época, sin duda su época dorada.

sábado, 15 de marzo de 2014

Dos emes en realce (sexta entrega)

Las cosas discurrieron como suelen en estos casos, alquiler de casa, viaje de novios para conocer a la familia del novio y suave aquietamiento aposentándose en la nueva realidad de la pareja. Desde el primer momento encajaron. Ambos eran metódicos, ordenados, educados, sociables, religiosos, creyentes además y sin falsas expectativas. Es más, Mariola estaba gratamente sorprendida por lo en extremo respetuoso que había sido Manuel durante el, ciertamente corto, noviazgo, nada de esos forcejeos, que comentaban las amigas, para que las manos no subieran o bajaran demasiado, nada de poner el codo a la altura del hígado para evitar acercamientos pecaminosos en los bailes, nada de besos robados o de peticiones precipitadas, ni siquiera una insinuación más o menos pícara bien o mal intencionada. No sabría decir si era su marido hombre apasionado o no, no tenía referencias y, sobre que tampoco le interesaba tenerlas, considera una completa falta de todo comentar esas intimidades con nadie, pero estaba contenta con la delicadeza y la asiduidad de sus atenciones amatorias. La convivencia era por ese lado perfecta como en todos los demás aspectos. Luego venían los matices. Era, pensaba ella, un tanto autoritario, no tanto con ella como en general salvo con ciertas personas y en ciertas situaciones. Era, pensaba él, un poco pánfila y demasiado dúctil, parecía no tener personalidad ante sus amistades, no la podía lucir como a él le hubiera gustado, ¿le molestaba? Pues sí, sobre todo por qué no era cierto, sino tan sólo el producto de su carácter y su afán de no molestar.
Obviamente estos pensamientos se los callaba incluso ante el confesor a quien acudía varias veces por semana, si alguien hubiera tenido acceso al conjunto de su vida habría relacionado casi al instante el número de veces que recibía la absolución con  el de veces que yacía carnalmente con su esposa ante Dios y los hombres. Se callaba esos pensamientos y otros pues entendía que no eran sino parte del proceso de adaptación del uno al otro, además Mariola era bastante más joven que él y, sobre todo, que sus amistades. Había otros pensamientos que no sólo no confesaba sino que ni siquiera reconocía ante sí mismo, como esas fugaces ideas sobre el físico de Mariola que no “daba la talla” en según qué eventos sociales. Si nada de esto pasaba por el oído del confesor cabría preguntarse qué demonios confesaba tan frecuentemente nuestro hombre. Cabría, cabría, claro que cabría legítimamente preguntárselo; lo que no cabría es contestarlo pues como dijo cierto autor decimonónico: ahí no entra el autor. Ese problema no se le plantea a quien escribe Mariola, sus visitas a su director espiritual eran mucho más distanciadas, como mucho una vez al mes, y más habitualmente en torno a fechas como Pascua Florida, Navidad o si había alguna ceremonia familiar o especialmente vistosa en la que su velo de encaje de blonda antigua podía lucir especialmente. En fin, una vida religiosa mucho más acorde con su entorno, para no desentonar con ese medio Manuel se confesaba muy temprano, antes de entrar a trabajar, cuando casi nadie le veía y nunca comentaba con su esposa que lo había hecho. Aparentemente el recién casado acudía al confesionario tan sólo acompañando a su mujercita en el discurrir de aquellos primeros meses de matrimonio.
Sin embargo, ocurrió algo inesperado. Mariola había encontrado la vida exacta que esperaba, lo que incluía coser algún vestido a las amigas, ayudar si era necesario en casa o acompañar a su hermana a elegir modelitos. Nada anormal, sin embargo, algo empezó a no encajar, Manolo sonreía más de lo habitual cuando encontraba a su mujercita pespunteando un vestido para su hermana, o cuando tenían que ir a casa de los suegros a echar una mano. Desde luego no era nada que alterase la balsa de aceite que fue la casa de la pareja desde el primer momento, todo era apacible y hasta el futuro se presentaba feliz pues, dado lo apreciado que era Manuel en su trabajo, le habían ofrecido un destino prácticamente fijo con desplazamientos ocasionales a la provincia; aquella noticia cayó en pleno noviazgo y fue una alegría para todos. Ni unos querían alejarse –demasiado- de su hija, ni otras querían perder la aguja más fina de este lado de Misisipi, gratis,  y, por supuesto, el novio no quería alejarse del “único hogar que había conocido”. Cabe pensar el disgusto generalizado que supuso la noticia de que le destinaban, por dos años, exactamente a la otra punta del país. Por entonces, los primeros sesenta, moverse por el país era harto complejo y más con una mujercita frágil como era Mariola.
Frágil, que no tonta –a pesar de sus esfuerzos-, y, por no serlo, no se le pasó por alto el porqué de la insistencia de su marido en no intentar comprar casa y su insistencia en instalarse de alquiler. Que coincidiera cuando la boda de su hermana se planteaba cada vez más cercana con lo que eso implicaba de trajín para la familia, sin embargo, no lo relacionó con el súbito cambio de destino. Error de principianta, diría años más tarde si Mariola no estuviera dotada de la más elevada de las formas de la elegancia: la de no quejarse ni lamentarse nunca. Es uno de esos dones que hay que buscar a fondo en ella pues, como todos los que no son visibles, está bien guardado bajo apariencias anodinas. El caso es que diez meses antes del bodorrio por todo lo alto de Andrea con el joyero, ya renunciadas las esperanzas de verle abogado, la pareja empaquetó sus cosas, facturó sus bultos y partieron de la estación decimonónica y sucia, hoy monumento nacional.

martes, 11 de marzo de 2014

11-M diez años.

Diez años. Soy de los muchos o pocos que no tuvo o tiene a nadie afectado conocido más o menos lejanamente, pero aún así no he sido capaz de pasar la página. El mundo, mi mundo, mi ciudad jamás ha vuelto a ser la misma a mis ojos. Lo único que permanece son los buitres.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Marzo, cuatro episodios o un mal principio de primavera

 De nuevo Gaspar Camps y su calendario, esta vez por partida doble, en la primera imagen los colores son más vivos y apreciamos mejor el fondo: Entrada de Jesús en Jerusalem el domingo de Ramos, parece olvidar el autor el dicho aquel de que "Semana Santa Marzal, año fatal", pero, cuando veamos abril, entenderemos sus motivos.

Por motivos que explicaré en otra entrada he tenido la cabeza en otros sitios estas últimas semanas, ahora parece que vuelvo a poder centrarme un poco más en este blog y, la verdad, hoy quizás no sea el mejor día para contar esto. Con este título nadie espera que hable de lo que voy a hablar. Ni siquiera sé si debo con las espadas de Damocles de las muy diversas Leyes Mordaza que se nos avecinan, no, no sé si debo pero ¿sabéis qué? Pues que de algo hay que morir, que ....nes. Básicamente lo que voy a contar son varios episodios que se han sumado hasta que hoy, día de resacón personal -no etílico, malpensados, sino cliníco después de pasarme dos días encerrado en urgencias y consultas, con buen resultado, parece, pero paliza al fin y al cabo. Decía que el episodio de hoy ha rebosado el límite de mi paciencia y no me queda más que dar gracias a Quien Corresponda por que no está en mi mano organizar una degollina, esta mañana lo hubiera hecho de muy buena gana y sin el menor remordimiento. Pero la cosa viene de hace unos cuantos meses, quizás más de un año. 
Primer episodio: Un "humorista", que nunca me ha hecho gracia por que para el humor soy un exquisito y tengo la absurda idea de que para hacer reír no basta con estar gordo, puso en un bar una grabación anunciando que se volvía al servicio militar obligatorio, cosa que a mí siempre me ha dado lo mismo, ojalá yo hubiera tenido un cuerpo capaz de hacerlo, por poco que me hubiera gustado. Hora de emisión de la grabación: media mañana; público, el normal a esas horas en el centro de Madrid, viejas marujas inflándose a porras y desollando vivo a todo el que cae, algún trabajador con su café y poco más, gancho aparte. En cuanto el gancho consiguió que las viejas salieran del círculo de lo que abarcan sus faldas empezaron sañudamente con frases del tipo, "así se hacían hombres", para acabar dando vivas a Franco y demás lindezas. Supongo que les encantaría ver a sus nietos rumbo a la guerra de Cuba, pongo por caso. Amor de abuela.
Segundo episodio: en mi barrio, junto al quiosco de prensa hay una pared blanca, sé que mi barrio es pelin especial pues desde mi ventana se ve una pintada que dice "Satán es mi pasión" junto a una cruz invertida, al lado del flamear de una bandera del Vaticano presidiendo la entrada al colegio, vamos que no sé si debería haberme herido como lo hizo el ver sobre el blanco de la pared "Fans de Hitler". 
Tercer episodio: 23F. Entraba yo a tomarme mi dosis de cafeína de supervivencia en mi taberna de siempre y me perdía, como siempre en la muda y anhelante contemplación de aperitivos varios que no valen sino para hacerme salivar como al perro de Pavlov pues nunca me los como, cuando oigo a un jubilata, no precisamente un anciano, que entra y le dice a otro: "Venga que te invito por ser el aniversario del golpe que perdimos", casi a gritos. Bajé la vista al café y lo apuré de golpe. Me sentó mal, por supuesto.
Cuarto episodio: hoy, 11'30 de la mañana. Inicio un apacible paseo curaresacón por la acera soleada y templada después de estos días ve vientos gélidos que cortaban el alma y la respiración, esos días tan "madrileños" de luz veraniega y viento ártico. Ante mi cortado al que, en una orgía de recuperación, he acompañado con un churro, veo y oigo entrar a un hombre de unos cuarenta y tantos años, español, por aspecto y por acento con un discreto bolso del que saca un par de billeteras con la intención de vendérselas al jefe del bar, ojo, no a los clientes. Bueno, cada uno sobrevive como puede y más ahora, menos los concejales, que esos siempre han sobrevivido igual. Acabo mi cortado acompañao y me detengo a relajarme cual, como dirían por las tierras del sur, "niño chico" mirando unos acuarios de una tienda recién puesta (tengo que convencerme de no comprarme uno). El pájaro de la cartera sale del bar y se acerca al local siguiente, una panaderia, el panadero apoyado en la puerta toma un poco el sol mientras se fuma un cigarrillo esperando la clientela de la salida de los niños y de las abuelas que suele llegar a más o menos la misma hora.
-¿Eres el dueño?
-Sí. 
-Es que como te he visto blanco y español pues creí que el dueño sería uno de esos que vienen de fuera a quitarnos los derechos -tras una retahila en el mismo tono, inicia su oferta, que el panadero, hombre de bien rechaza. 
El local siguiente es una peluquería que llevan dos chicas sudamericanas encantadoras que atienden a las abuelas con más problemas con un cariño del que no son capaces ni sus nietas cuando sueltan el móvil. Las muchachas también rechazan las carteras y el pájaro sale diciendo lo bastante alto como para que quien quisiera oírlo -ellas las primeras- no tuviera que hacer mucho esfuerzo: "tres tiros en la nuca habría que daros".
El local siguiente es el de los acuarios. Prefiero no decir lo que salió de su bocacloaca. Sólo que acabó diciendo en mitad de la calle "si tuviera una recortada iba a dejar todo esto blanco".
Tuve que irme, buscar un banco y refugiarme en la apacible lectura de "La taberna" de Zola. Sin embargo, estoy no sólo indignado y con ganas de buscarme yo la recortada, sino algo mucho más grave: estoy sobrecogido pues nadie, ninguna de las personas decentes que viven en mi alrededor, en el de todos, hizo otra cosa que sonreír y dejarle hablar. Supongo que si llega con la recortada para matar primero a los no blancos y luego a los enfermos para seguir con quien quiera que ocupe el siguiente nicho de seres inferiores se limitarán a apartarse. Pero no es sólo esa la causa de mi sobrecogimiento sino algo mucho más serio: el odio profundo y sin límites que me llenó por completo, terminé mi paseo procurand evitar cruzarme en su camino y deseando hacerlo para, si me fuera posible, tirarme a su cuello. Un odio visceral que viene de lo más profundo de mí, quizás ni siquiera de mí sino mucho más allá, algo que viene de al menos dos generaciones atrás. 
Hace unos pocos días leí una frase que me alarmó y aclaró este odio ancestral: "Si te arrebatan la libertad, acabas forzosamente odiando a alguien", (Haruki Murakami: "Los años de peregrinación del chico sin color") Tres generaciones al menos de vivir bajo la bota de esa/esta gentuza explica mi reacción, o eso o soy un psicópata.