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martes, 27 de mayo de 2014

La respuesta (un cuento del noventa y uno)


Encontraron esta nota entre sus papeles cuando buscaban los del seguro, un papel amarillento, viejo, y, de algún modo esos hijos se sintieron ellos mismos viejos y ajenos a quien había escrito esa nota con las mismas manos que les había cambiado los pañales. ¿Cómo van poder mirarla cuando salga del hospital? ¿Qué tiene que ver esa mujer que escribió esta nota con la que se ha roto la cadera y a quien dan el alta en un par de días?
            "No parece real el tiempo huido, apenas un par de horas bastan para encapsular toda una vida, la vida de una mujer corriente, mi vida. Tengo casi sesenta años y hoy, precisamente hoy, ocho de Noviembre de mil novecientos noventa, he tenido, de golpe, la sensación del tiempo huido y también de eso que mis hijos llaman "punto sin retorno". Lo que no saben mis hijos es que no hay "punto con retorno". Tampoco entienden, o no quieren entender, que no aspiro a nada separándome de su padre, o quizás sí; quizás estoy batallando a brazo partido con las últimas fuerzas que me quedan para conseguir algo pero, de eso estoy segura, ellos no saben qué. Posiblemente yo tampoco.
    Pedro, el que hasta hoy ha sido mi marido durante treintaiocho años, seis meses y tres días, siempre ha sido, y sigue siéndolo, un buen hombre. Buen padre, trabajador, listo; de mi boca hoy, precisamente hoy, no puede salir un reproche ni una queja que yo crea justa contra él. Es más, creo que le quiero como no le he querido nunca, mucho más que de jóvenes, de otra forma naturalmente, pero más, y yo le quise mucho. Él lo sabe, por eso tardó tanto en tomarse en serio lo del divorcio; como también sabe, a pesar de no haber sido capaz de explicárselo, que mi decisión apenas tiene nada que ver con él.
    Esta tarde, cuando volvía a casa después de firmar los últimos papeles, se me ocurrió preguntarme cuando empezó todo a dejar de ser como siempre había sido; he tardado mucho en encontrar el momento por qué no fue nada especial, ni una discusión, ni una fecha, ni un acontecimiento, nada salvo algo tan trivial como peinarme una tarde delante del espejo para ir a tomar café con mi marido a la terraza del barrio. Ni siquiera recuerdo si estaba ya casada la más pequeña o si estaba alguno de los chicos en casa todavía, sé que me había descuidado con el tinte del pelo y en la frente se destacaba demasiado el nacimiento, casi blanco, del resto que, desde no sé cuánto tiempo atrás, me teñía con el color algo rojizo que fue el mío de jovencita, para ser sincera: con el color algo rojizo que me hubiera gustado fuera el mío de jovencita. Concretamente recuerdo que pensé, "me tengo que teñir el pelo mañana mismo", y que casi al mismo tiempo me pregunté por qué. Detesto pasarme horas en la peluquería pero eso es lo de menos; lo importante fue que no pude contestar esa pregunta.
   Podrá parecer una tontería pero desde entonces, casi sin darme cuenta, empecé a mirar todo de otra manera. Por supuesto no volví a teñirme y también, poco a poco, abandoné la feroz lucha para disimular las arrugas, y no es que descuidara mi aspecto, por el contrario era entonces muy importante para mí, sino por qué esas arrugas y esas canas son también yo. Me gusta el pelo gris y me gusta comprobar de vez en cuando que tengo una arruguita más por qué he descubierto, aunque he tardado casi sesenta años, que el tiempo mientras pasa, igual que quita mucho, da también y muy a menudo cosas mucho más valiosas que las que se lleva.
  Pedro al principio fingió no darse cuenta, pero cuando no pudo hacerse el loco por más tiempo me dijo que yo siempre he sido preciosa y que sigo siéndolo. Vale mucho Pedro y me duele hacerle daño, hoy en el despacho del abogado parecía demolido pero no sé si por el divorcio o por llevar dos horas oyendo las condolencias de las dos loros de mis hijitas. No le he pedido nada pero él dijo desde el primer momento que uno de los dos pisos es mío y que no me preocupe por el dinero. No es un hombre corriente. Ahora lo sé pero hubo un tiempo en que le odiaba profundamente. Teníamos cuarentaipocos años y sé que él también me aborrecía, me lo dijo hace muy poco, ya con los trámites en marcha, me dijo que tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos cada tarde para volver a casa, naturalmente no le dije que cuando le oía abrir la puerta se me revolvía el estómago. Tampoco le dije que si cualquier hombre, cualquiera, me hubiera dicho "por ahí te pudras"  me habría ido con él sin dudarlo, claro que nadie me dijo siquiera "¿qué te pasa?". No tuve donde ir, como tanta gente que soporta lo que detesta por no tener qué amar. Fueron años malos, los niños pequeños, Pedrín con sus diarreas y Pili con su asma. Llegué a preferir las noches en vela junto a ellos a compartir la cama con él. Otras mujeres dicen, e incluso lo creen, como los hombres, que no se liaron la manta a la cabeza por los hijos. Mentira. No se fueron por que no tenían a donde. Ni a quien.
   Supongo que no es cierto lo que acabo de decir, pero si lo fue para mí. No creo que ni Pedro ni yo tuviéramos la culpa de nada, aunque nos la echaramos constantemente de todo.
    Aquello pasó, siempre pasa todo sin que nunca cambie nada, todo volvió a su ser muy despacio, en parte por agotamiento de ambas partes, en parte por falta de motivos, en parte por resignación, en parte por indiferencia. Siempre he estado convencida de que entonces tuvo un lío con otra pero no me importó lo más mínimo, y, si más tarde me molestó, no me creí con derecho a reprochárselo cuando yo no lo hice por falta de ocasión. Palabras. Yo sé, como él, que no me habría acostado con otro nunca, pero no por fidelidad.
  Leo las estadísticas y me entero de que no sé cuanto tanto por ciento de las mujeres de mi edad no han sentido nunca un orgasmo. ¿Era un orgasmo el placer suave pero profundo que Pedro me daba y que yo no he querido buscar en otro?, ¿Tiene que ser ese "éxtasis de los sentidos que describen las novelas? No lo sé, ni creo que ese tanto por ciento de mujeres que confiesan semejante cosa lo sepa. Lo malo, seguramente, no es no haberlo sentido, sino ni siquiera saberlo.
   Después de esa época todo fue bien en casa, es decir, nos soportábamos y estábamos decididos a empezar de nuevo. No sé si lo conseguimos pero lo que si hemos hecho ha sido sobrevivir más o menos hasta la tarde que me miré al espejo.
    Aquella tarde me pregunté porqué y ahora, casi dos años después, sentada enfrente a la máquina de escribir con la que me gano la vida, por primera vez sin depender de nadie, me lo vuelvo a preguntar mientras bebo un té humeante y oigo caer la lluvia. También me pregunto si llegar a esto ha valido la pena; si estos días tranquilos y estas horas mías y silenciosas valen lo que han costado, dolor a Pedro, a mis hijos y el esfuerzo de una voluntad acostumbrada a que otras voluntades la guiasen. No lo sé, verdaderamente no sé casi nada, aunque empiezo a entrever que quizás no estoy batallando con las últimas fuerzas que me quedan sino para conseguir morir sola, con la única compañía de las respuestas a cuantos porqués sobre mis actos se me puedan ocurrir, aunque sean tan simples como reconocer que hice lo que hice sólo por qué quise".

viernes, 23 de mayo de 2014

Solidaridad con los alcaldes

Alfonso XIII de nefasto recuerdo tuvo también quince años y a los quince años se suelen ver las cosas con cierta pureza en la mirada, existe un documento de puño y letra del joven monarca, según tengo entendido, que lo mismo me han engañado las fuentes, en el que se queja del poder absoluto que ejercen al margen de toda ley y, por supuesto, del Gobierno del país que manejan Gobernadores Civiles y Alcaldes, ahora habría que añadir presidentes de autonomía. Si esto fue bastante antes de la Dictadura de Primo de Rivera ya podemos ir calculando fechas. 
Últimamente con esta memoria de pez que caracteriza este reino, país o como queramos llamarlo, nos estamos encontrando con perlas inefables de alcaldes y alcaldables. Ahora se ponen farrucos por que no quieren que nadie vaya a sus "sacrosantos" cortijos, digo, municipios a robar. Y tienen razón, que narices, que a nadie le gusta que le vengan a hacer la competencia desde fuera y para robar ya está la municipalidad que desde esos aparentemente inofensivos puestos de concejales se van educando para el buen gobierno de la Nación o como queramos llamarlo y acaban siendo próceres de la patria con buenas cuentas ... en Suiza, pongo por caso. Esos pequeños cachorros aprendices de ladrones y de gobernantes llamados concejales son demasiado inexpertos para enfrentartse a la competencia, de ahí que sus maestros, los alcaldes, quieran ahora protegerles de tener que competir, por que robar dando la cara y sin la protección del cargo, el partido, el apellido, el cacique, como diría María Luján (alias Sara Montiel) es cosa de hombres y...

domingo, 18 de mayo de 2014

Dos emes en realce (undécima y última entrega, por fin)

Por su parte Mariola se ha ido relacionando con otro tipo de mujeres más en profundidad de lo que venía haciendo hasta esta su edad madura, entre ellas, por ejemplo, un grupo de maestras que no es que sean precisamente espejo de docentes, ni siquiera de decentes, si hemos de ser francos, perdón, sinceros, incluso sin darse cuenta comenzó a sentir ciertas inquietudes más que loables en una chica como ella, niña bien de los sesenta, o como decía una parienta mía que no viene a cuento (pero vendrá) “niña bien de casa mal” o sea un pelín por encima de sus posibilidades pero a la que nunca le ha faltado nada. Digamos que descubrió que existía un mundo más allá de la aguja, e incluso que podía, dentro de un orden, actuar al margen de Manolo que, si bien no podía decir que le hubiera decepcionado ni siquiera podría argumentar quejas más allá de un roce por llegar más o menos tarde, digamos que dejaba algo hueco en ella. No, no era sexo, que parecería lo más obvio, ni ella necesitaba más ni el dejaba de atender esas necesidades adecuadamente. Quizás para otras parejas esa actividad que pasaba clínicamente por las farmacias para las cremas lubricantes y otras pequeñeces hubiera sido frustrante o insuficiente. Ellos afrontaron los pequeños problemas materiales desde el primer momento con discreción y sin dramatismos. Quizás no fuera una pareja fogosa, pero no necesitaban más y si lo hubieran necesitado no tenían más que acudir a su pareja para tenerlo. Es evidente que la edad va imponiendo sus ritmos pero no les afectaron en este tema. El caso es que Mariola, contra la voluntad de Manolo que veía en ello una traba para la libertad de sus viajes y huidas repentinas, se empecinó en sacarse el graduado escolar, aunque asegurándose de aprobar al hacerlo en un centro de monjitas a quienes dieron un generoso donativo, y luego en aprender a pintar, tallar cristal y otra serie de manualidades. Todo dentro de una sociedad medio burguesa de querer y no poder, de haber sido y no ser, de maestros prejubilados, yernos de exalcaldes, bancarios también prejubilados, algún antiguo concejal. Está era la sociedad elegida, de derechas de toda la vida, sin que tuvieran muy claro que es ser de derechas, misa de doce, procesión los Viernes Santo y Santos Oficios los Jueves Santos, confesión en Pascua Florida aun sin tener muy clara la idea de pecado; horchata de abril a octubre, helado de julio a septiembre, pecaminoso chocolate a la española de octubre a abril, a las seis en una u otra terraza, en uno u otro local. Se habla de tensión arterial, cánceres ajenos, dolores varios, hijos que no saben qué hacer con su vida, nietos que vienen o que no vienen a este mundo, medicaciones, y hasta de política culpando de que la gestión municipal va como va –como toda gestión municipal, mal y robando- está como está por culpa, y esto no lo discute nadie de los ecologistas, el hecho de que no haya partido ecologista en el consistorio no les coarta lo más mínimo.
Pero hay otra sociedad no elegida, al menos en principio. Es la sociedad que se crea, se quiera o no, con el vecindoneo, que si los buenos días en el ascensor, que si hoy parece que va a llover incluso a pesar de los esfuerzos de Manolo para no cruzarse con ellos al hacer la compra pues se inventó mil y un ingenios para ir a comprar a los centros comerciales de tres pueblos más allá, cosas como “me gusta más la fruta”, “lo traigo todo de una vez” o “trae la ternera de Galicia”, tuvo que acabar estableciendo una mínima relación con los vecinos a quienes, por definición consideraba una especie de seres pegajosos y ligeramente inferiores y mucho menos que una especie inferior a aquello que no vivían allí más que las vacaciones. El caso es que entre los vecinos de la calle, justo enfrente vivía una pareja un tanto “peculiar”, si queremos ser delicados por que si dejamos de serlo podemos convertirnos en Valle Inclan o Zola por unos segundos. El caso es que la pareja en cuestión la formaba un tal Manolo ¿original, verdad? Más conocido por el universo mundo como Elcalvorota, hombre más cerca de los ochenta que de los setenta, sanote, regordete y, evidentemente con poco pelo, con un tal Alfredo, más cerca de los treinta que de los cuarenta, que conservaba una lejana huella de haber creído ser un hermoso efebo, eso, una lejana huella, no más, ah, y el resto de juventud que a los treintaypocos no es tan escaso resto. Quizás fuera por solidaridad con su pareja, quizás por comodidad, quizás por llamar la atención el caso es que se afeitaba la cabeza y dado que no podía trabajar por no sé que enfermedad y vivía de una pensión se pasaba el día portaleando, es decir, charlando con el primero o primera que se encontrara por la calle, eso sí, sin gastar un duro. Seamos sinceros, le salió bien la jugada que estaba más allá que calculada, convivió en un ni contigo ni sin ti con Elcalvorota sin poner nada, ahorrando, y en cuanto tuvo ahorrado para un piso, ahí te quedas mundo amargo y yo a usted no le conozco de ná. Por eso necesitaba portalear para justificar no gastar. Poco a poco allá donde estuvieran Mariola y Manolo aparecía invitado por Manolo el bueno de Alfredo con su inveterada costumbre de ponerse un bañador en mayo y no quitárselo hasta octubre como única prenda y con su menos inveterada costumbre de parlotear sin el menor sentido –si no era un cotilleo, en eso es un maestro- y desde que se compró el piso describir con todo lujo de detalles sus actividades en él, que se reducían a limpiar como una maruja poseída por el espíritu  de Lady Macbeth y a seguir todos y cada uno de los culebrones que se emiten en televisión grabando aquellos que se solapan. También se vanagloria de su cuerpo, sutil –o no tanto pues se recrea en comentar como se despatarra desnudo para ver los susodichos culebrones o como se depila los…-,  pero constantemente y, por supuesto, del único don que tiene compartido: el de la infalibilidad que, por aquello de no sé qué concilio, tiene que compartir con el Obispo de Roma. Infalibilidad que, mira por donde, se le fue a hacer puñetas cuando Elcalvorota encontró otra pareja y vio como se le esfumaban las posibilidades de trincar la herencia de su ex.
Manolo apenas habla con él, si acaso portalea un rato, pero siempre tiene las puertas abiertas para él, le tolera impertinencias que en cualquier otro supondrían la ruptura inmediata y hasta pasa por alto no sólo su evidente falta de saber estar sino incluso un plumerío que no deja de criticar con saña en el movimiento gay. Quizás le haya adoptado como hijo, supliendo el que no pudieron tener, no así Mariola, que con sus modos suaves ha ido poniendo al tal más derecho que una vela, incluso ha conseguido que se cambie el bañador. Es caso es que desde que Alfredo apareció en la vida de la pareja nada parece haber cambiado pero de vez en cuando a Manolo se le escapa ante las dos emes en realce con una rabia mal contenida: “y que le vaya a quedar la pensión a ésta, total por plancharme las camisas”.

jueves, 15 de mayo de 2014

Reflexiones irreflexivas sobre San Isidro, patrón de Madrid


Uno siempre espera que se le haya echado de menos cuando lleva más dias sin subir nada pero no sé hasta que punto esa esperanza tiene sentido. Cierto que tras la última entrada quise darme un periodo de reflexión y replantearme un poco que era esto del blog y qué quería hacer yo con él. Como sigo sin saberlo pues tiro para adelante y si sale con barbas San Antón y si no la Purísima Concepción, perdonadme si hoy se me escapa algún casticismo que otro pero es que hoy es San Isidro Labrador, Santo Patrón de la Ciudad, perdón, Villa, que no tenemos rango de ciudad, de Madrid. 
Dice la tradición que milagrosamente brotó una fuente en lo alto de una colina junto al Manzanares, nuestro modesto río (que lleva sin ser colegio vacaciones en verano y solo curso en invierno) y que esa fuente resultó ser curativa por demás, constrúyose una modesta capilla, rozando lo miserable, a decir verdad, y se convirtió en centro de peregrinación y romería. Finalmente se rodeó de tres cementerios, San Isidro, San Justo y Santa Maria, y hace no tanto un tanatorio todo lujo y tronío en medio de lo que de siempre se ha llamado la Pradera de San Isidro, hoy Parque de San Isidro. Ahí, se celebra la romería madrileña por excelencia. Yo vivo abajo, al final del despeñadero que lleva a la ermita. 
Acabo de llegar de mi visita anual a la romería y vengo con una especie de batiburrillo mental no alcohólico que me invita a estas reflexiones irreflexivas.
Según avanzaba a las diez de la mañana poco a poco se iba perfilando la ermita entre la humareda de las frituras de gallinejas, entresijos, chorizos en no sé cuantas variedades, churros, morcillas, porras, calamares, creo y otra gama casi infinita de cosas que seguramente ni siquiera sé que se puedan freir. Claro, lloro, y es que no lo puedo evitar, cuando veo esa silueta me sube un no sé qué que sé yo que me abre el grifo, en el Prado ante el cuadrito que encabeza esta entrada es que soy un torrente en cuanto esté más de dos minutos. 
Cuando era niño lo clásico era un amplio surtido de puestos de cerámica, cacharrería más bien, de ahí el otro tapiz de Goya, hoy hay uno casi escondido. Ah, bueno, también había puestos de juguetitos, barquillos, manzanas de caramelo -lo cual era una trampa pues creías que era un caramelo gordo y de repente, zás, una fruta-, abundaban los pequeños puestos que vendían sombreros, aparte de la típica parpusa (gorrilla a lo chulesco) que por cierto no está concebida para cabezas un poco hermosas pues no he logrado nunca una de mi talla, se vendían sombreros cordobeses, militares y demás, hechos de cartón. No había San Isidro que no volviera yo con mi sombrerito de legionario y Don Nicanor Tocando el Tambor.
Este es Don Nicanor Tocando el Tambor, para quienes no lo recuerden o no lo hayan conocido nunca, un artefacto diabólico por el se sopla y tirando de un cordoncito tamborilea, hay artistas que hasta interpretan El pequeño tamborilero pero en manos infantiles es un arma con alto poder destructivo. A veces era peor pues me combran un cornetín de plástico que ni menciono como sonaba. No sé por que enseguida se perdía el pito y tenía que tocar en silencio. 
Hoy Don Nicanor ni aparece y los únicos sombreros que hay son las parpusas y unos convencionales de los que hay en cualquier tienda, en cambio hay miles de fundas para móviles, ipad y cosas raras de esas. 
Supongo que habría puestos de cervezas y comidas, pero como por entonces carecía de hambre y cuando lo tuve me pusieron a régimen, el asunto no me incumbía. Lo clásico era llevar la tortilla a que se llenara de hormigas y comersela sentados en la Pradera, con las consiguientes broncas sobre el la elección de lugar y tal. 
Hoy cabría decir que la Romeria de San Isidro se ha convertido en un foro gastronómico cutre de todas las comidas explosivas de esto que antes se podía llamar país sin ser políticamente incorrecto ni con uno mismo. Empachado vengo de sólo mirar tanta empanada, bollo preñao, pan de peregrino, tartas de Santiago y de no sé donde más, quesos de León y demás alimentos ibéricos de los que pondrían a prueba cualquier estómago no acostumbrado.
Soprendentemente hoy he visto mucha más chulapona que otros años, iba en declive pero este año ha vuelto a resurgir, en todo su esplendor, es decir en su infinita modestia pues debe ser el traje "regional" más barato de todo el reino. Mantones aparte, claro, que ahí ya.... ca uno lo que puede. Para compensar, sólo música en inglés o sudamericana de esa que parece pensada para calentar antes de... Nada que pudiera sonar a madrileño o simplemente sonar a algo. Lo mismo pasa con los menús, que junto a los tradicionales entresijos leemos cosas que ni sé que son pero por la hermosa sonoridad de sus nombres parecen importaciones de hispanoamérica, una riqueza añadida que preferiría ver aumentar a cambio de que descendiera la musical, porfa. 
Otro clásico de mi infancia extinto era el bastón de caramelo, sí como los que se ponen en los árboles de Navidad pero más grande. Incluso los había de metro y medio. Blancos con lineas de colores que se enredaban en espiral a lo largo del bastón. Me gustaba verlos pero jamás los comía. Lo que si me gustaba es que había en los puestos de cerámica cacharritos pequeños, como de juguete y siempre me hacía con alguno.
No se puede cerrar el capítulo de ventas sin mencionar las rosquillas del Santo que debe ser uno de los dulces también más modestos que imaginarse pueda. Las clásicas son de viento, tontas, listas, de la Tía Javiera -que no sé ni como son- y a estas bases se han añadido de limón -las que parece que arraigan más-, de fresa y lo que se nos ocurra. Básicamente si se quiere comer una buena rosquilla del Santo, mejor no correr el riesgo de comprarla en la Pradera, a menos que se sea aficionado a la ruleta rusa. 
Hubo un tiempo que por circunstancias no subía en San Isidro a la Pradera, mi vecina, entonces como subia con toda su familia siempre tenía el detalle de bajarme una bolsita con un par de cada una de ellas. Cuando mis gorduras rebosaron y me pusieron a régimen aun más estricto y sabiendo que no podía comer esas delicias no había año que esa pobre mujer no bajara con un detalle, un botijito, un delfín de escayola, un lo que fuera que ese año estuviera a la venta fuera de lo comestible. Desde que perdió la cabeza y poco después murió y un poco por homenaje a ella soy yo quien se compra algo de San Isidro sin olvidar nunca la atención que ella prestaba a no volver nunca de La Pradera con las manos vacías sin un regalito para mí.
A veces cuando miras a un lado te parece estar las obras del Goya de los tapices sólo que con el traje cambiado, pero otras lo que se te viene es más bien lo contrario que, curiosamente, también lo pintó Goya.
Y es que hoy por ejemplo me he cruzado con el presidente de la autonmía y el año pasado con la Botella y hasta en cierta ocasión estuve en la pradera al mismo tiempo que la Aguirre y eso desborda con mucho las pinturas negras. 
Hubo un tiempo en que tenía cada año que comprarme un par de jarrones del cacharrerío barato. Era absolutamente necesario pues tenía un gato, mi gato, que acostumbraba a echar la siesta encima de la mesa y su inevitable tapetito de encaje o lo que fuera aquello, como siempre había alguien que le echaba, al saltar enganchaba el tapete, el florero rodaba y si no andabas muy vivo o tenías mucha suerte, acababa hecho pedazos, por eso había que comprar un par de ellos, uno al menos seguro que caía. El último que compré fue en San Isidro del 96 y no le dio tiempo a rompérmelo, ahí está, azul, con peces que parece la decoración de una piscina de los cincuenta, casi esperando que alguien lo rompa. Por cierto, el otro que compré aquel San Isidro anda rodando sin valer para nada. 
A veces cuando salgo con la cabeza un pelín menos entontecida de lo habitual y paseo por mi barrio, tan lleno de una historia casi marginal a la oficial, entre la Quinta del Sordo, San Isidro, Las Sacramentales, la Ermita de la Virgen del Puerto, el Puente Segovia, y un poco más allá San Antonio de la Florida, por un momento, sólo por un momento me parece sentirme parte de algo y no ser tan sólo un eslabón sin cadena.



sábado, 3 de mayo de 2014

Día de la Madre

Yo soy muy de "dias de" y muy regalón; me encanta el acto de regalar y toda su ceremonia, ah, y también el acto de celebrar, no los grandes eventos, pero sí sentarse unos amigos a tomar un café con un pastel o incluso diciendo "lástima que no se nos ocurriera comprar unos pasteles". Celebrar un santo, un cumpleaños, un "día de" es poner un punto de color en el gris fugaz, cáduco, e irremediable de los días que son nuestro tiempo. Creo que ya he hablado alguna vez de este tema y de como hoy tendemos y hasta buscamos deliberadamente que nuestros días sean de un gris más oscuro, unitario y fugaz; pero hoy quiero hablar del único "día de" que no soporto: "El día de la madre".
Obviemos el asunto de la comercialización corteinglesera de tan aberrante celebración e igualmente pasemos por alto los lamentos que, por lo visto, conlleva la condición maternal, vamos incluso a... perdón, creo que no era exactamente esto lo que quería escribir. Retomo. Esta mañana en la radio -ya sabéis que soy muy radiofónico aunque suela desconectarme de lo que dice demasiado a menudo- pedían a los oyentes frases o dichos de sus madres. Resultó divertido y hasta tierno pero de esas cosas que le hacen a uno pensar. 
Mi madre murió a los cincuenta y cuatro  del infarto familiar ya tan comentado, o sea que ya soy mayor que ella al morir y se supone que debería haber depurado los recuerdos y haber eliminado lo desagradable, sin embargo, esta mañana cuando quise recordar me vinieron dos frases que repetía a menudo y a las que me acostumbré desde niño, desde muy niño, como se acostumbra uno a todo, sin medir su alcance real. La primera era casi poesía: "Anoche hacía una noche tan bonita que me dieron ganas de tirarme por el balcón". La otra era de uso diario y se introdujo tanto su uso que hasta que me dio el infarto creo que no había día que no la repitiese. Una frase que nunca debería pronunciarse y que nunca, bajo ningún concepto, debería oír un niño: "Menos mal que se muere uno". Ambas son como dos heridas hechas de compasiñon, dolor y culpa. Indelebles como el miedo infantil a que una noche de verano fuera demasiado bonita. En fin, cosas del Dïa de la Madre.

Información a quien pueda interesar.

Por una serie de asuntos técnicos tenía el nombre de mi otro blog (Japón en las venas) mal hecho y era difícil de encontrar en la búsqueda de google. Ahora un amigo me dice que aparece como clausurado. Supongo que la cosa vendrá del apaño. El actual nombre es:
http://lci20159-japonenlasvenas.blogspot.com.es/
Es un blog apasionante y maravilloso, obviamente. jejejeje

jueves, 1 de mayo de 2014

Mayo

Un no muy imaginativo en este caso Gaspar Camps nos deja a la mozuela de turno encarnando a Mayo con florecitas, rosas quizás, y unos pajaritos que lo mismo pueden ser cigüeñas que grullas que flamencos descoloridos. No es sin duda el mejor més de su calendario, aunque probablemente el que más nos recuerde a su indiscutible referencia, Alfonse Mucha, eso sí con la cara de la mozuela en cuestión de eso, de mozuela, algo vulgar y más de moza de cántaro que de alegoría elevada.
Un mayo peculiar en que la feria de Abril cae en Mayo, las elecciones europeas al día siguiente de la final de no sé qué copa que juegan (Dios nos asista) el Real y el Atletic -y lo peor es que uno tiene que ganar-, que ya tenemos la feria del Dos de Mayo en las Ventas y que dentro de ná tendremos la de San Isidro con la esa del asunto de los agentes de movilidad enloquecida de patriotismo vacuno. Hablando de patriotismo, ya sé que a quienes no son de Madrid no les importa esta ciudad un comino aunque vivan en ella toda su vida -ya sé que hay excepciones- pero mañana se celebra, poco, la verdad, el día en que se inició la sublevación contra la invasión napoleónico gabacha. Que ojalá no se hubiera iniciado y que a estas alturas cantáramos todos la Marsellesa, no seré yo quien diga que no, pero a mí en cuanto llegan estas fechas me entra un patrioterismo bastante tonto, la verdad. Suelo ser francofilo en todo pero jamás bonapartista (por cierto ¿os habéis enterado que Napoleón III no comparte los genes con el Emperador, ergo uno de los dos no era hijo legítimo, el artículo daba pábulo a que fuera éste quien no compartiera papá con el montón de hermanos que tuvo? pero esto es un cotilleo que.... bueno, que esa es otra historia y di que a mí no me gusta hablar.) Siempre me ha parecido sublime que alguien en este país de ratas lameculeras hubiera alguien que sacara la navaja de siete muelles y ¡hala! a matar invasores, eso sí: sin la colaboración del ejército, salvo la guarnición de Monteleon, demasiado ocupado en ese oficio de ratas lameculeras dedicando sus trabajos al ínclito y nunca mal ponderado Murat. Casi tan sublime como infame e indigna de cualquiier ejército la represión bestial que se llevó a cabo fuera de toda norma de un ejército civilizado. Entonces uno empieza a sentirse patriota, rebusca la navaja de siete muelles de su alma y se dispone a defender su país al ritmo de "Americamos os recibimos con alegría", pegando cañonazos a diestro y siniestro, en plan Agustinico,  unido al resto de quienes compartimos terruño por una vez. Más poco dura la alegría en casa del pensante sobre todo si tiene la perniciosa costumbre de leer. 
Siento tener que recomendar encarecidísimamente la lectura de un libro que pone las cosas en su sitio que, obviamente, no es donde las puso Aurora Bautista: García Cárcel, Ricardo: “El sueño de la nación indomable”, Ed. Temas de Hoy, Madrid 2008 
Luego llega ese mayo goyesco que vive y perdura, a menudo sorprendiéndonos en un rincón. En la propia Pradera, sí, la que está al lado del tanatorio, entorno a San Isidro, vense escenas dignas del unos tapices goyescos con vaqueros y panes de pueblo, con cacharreros y seductores del tres al cuarto -si se tiene mala suerte como yo los últimos años te puedes encontrar con la alcaldesa, pero son riesgos que tiene uno que correr-. Claro que ese mismo Goya que dejó los tapices y ese sobrecogedor e inmortal alegato contra todas las guerras de "Los Desastres", dejó mucho que desear en su comportamiento durante los seis años de guerra, eso sí tuvo que salir de naja cuando llegó el rey español, lo que demuestra una vez más, que quienes más españoles han matado legalmente incluso en guerra han sido... los españoles. Aun así, los mayos madrileños tienen un no sé qué que qué sé yo. Serán las evocaciones de las ensoñaciones, será el pasado soñado, será una rosa, será un clavel, el mes de mayo te lo diré. 
Entretanto yo he descubierto mi peculiar forma de hacer mi guerra tardía a Bonaparte en... el tunel Bonaparte. Está en Madrid Río y podéis ver qué es en santa Wiki pero lo más interesante es que la puerta está siempre cerrada creando uno de esos espacios naturales que la ecología de la ciudad crea de vez en cuando para facilitart la micción de sus habitantes: recoleto, sombrio, discreto y, eso sí, muy frecuentado. Aquí os lo dejo.