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jueves, 26 de junio de 2014

De Coronaciones, Proclamaciones, Republicanismo y Ciudadanía, o sea, yo.

He de reconocer que hace demasiados dias que no apararezco por aquí pero todo tiene su porque. O no. Todavía no lo sé. Quizás sea todo cuestión genética. Por empezar por algún punto de mi carga genética hablemos de la Noticia Madre: la Coronación o Proclamación.
En mi interior anida un pájaro de dos cabezas, por un lado la testa coronada de mi abuelo amante de dinastías, títulos, grandezas de España y demás, apasionado de todo ello y de por que el duque de tal es además marqués de nosecuantos desde que caso el s. IX con alguien. Me pierdo. No puedo meterme en páginas de la red que traten estos temas por que no haría otra cosa ni puedo empezar a leer por que no leería otra cosa y además no se me olvida con lo que almacenar libros que no necesito volver a leer es absurdo. Por eso dígo que soy monárquico por tradición, cosa genética más que racional. Donde esté una buena Princesa de las antiguas que se quiten todas las Carlas Bruni o Jackelines Kennedy-Onassis.
El conflicto viene de que el pájaro tiene dos cabezas y la otra lleva gorro frigio, es la de mi abuela. Una más de los millones de derrotados, humillados y burlados de la guerra. Así que cuando gana el gorro frigio, y cuando no, comprendo y comparto las bases del republicanismo. El cargo por sangre y no por méritos realmente un argumento de mucho peso pero sólo de lejos. Si se pertenece a determinadas familias que no son necesariamente los borbones (poned las que conozcais) se tiene garantizado el cargo, la beca, y hasta la puta si fuere menester. Quizás fuera conveniente empezar antes por eliminar los caciquismos y oligarquías seculares de este país antes de cambiar el sistema político.
Pero, vamos, que lo importante es que las niñas estuvieron monísimas, que se portaron muy bien, que Letizia fue sobria y que Felipe Juan Froilán de todos los Santos se pasó el día haciendo fotos. Ah, y que esto vale para dar tema a los tertulianos descerebrados que pueblan nuestro país en un sentido o en otro durante muchos meses y más ahora que la Selección, La Roja (curioso que la llamen así cuando representa a un país "gobernado" por quien lo está), ha sucumbido ante las hordas bárbaras. 
Pan y toros, a nuestro nuevo monarca, Felipe VI, no le gustan los toros como tampoco es espectáculo de la que llamaré Reina Madre, Doña Sofía. Algo se va ganando. Sé, sabemos, que no gobierna, pero a lo mejor en la medida de lo posible comienza a centrarse en el otro platillo de la balanza, el pan. Si se lo toma en serio, difícil lo tiene, pues enfrente tiene al neoliberalismo de la tatcher (ya sabéis que no escribo ese nombre en mayúsculas) en todo su poderío. Casi tan omnipotente como Luis XVI antes del Juramento del Juego de Pelota. Si decide, ir sobreviviendo sin hacer ver que conoce el problema por lo menos, difícil lo tiene pues la plebe, la canalla, no va a mejorar la opinión que viene creciendo desde aquello de los elefantes. ¿Por que será que a todos los poderosos les gusta matar una cosa u otra? No le envidio la corona. No, gracias.
Patéticos en cambio resultan los republicanos con actuaciones, manifestaciones y proclamas que siendo sensatas y respetables se hacen a destiempo, fuera de lugar y con las peores palabras posibles. Ver Jorge Verstrynge que nació políticamente en neofascismo francés y que ha pasado por todos y digo todos los partidos del arco democrático español detenido con su camiseta republicana y haciendo declaraciones sin que nadie de los republicanos serios le desmarque de la política coherente del republicanismo sería un chiste si no fuera una tragedia nacional por lo que demuestra. Me van a perdonar una afirmación que parecen haber olvidado todos: la Republica es una forma de gobierno, no necesariamente progresista o de izquierdas. Hitler llegó al poder en una republica, y Lutero King nació en otra. No veo yo mucha diferencia, la verdad.
También me van a perdonar, si quieren y si no que les den, los dirigentes de la izquierda que les recuerde que lo que queda es la forma. No digo yo que haya que ir de Armani pero una americana y una corbata aunque sea floja nunca han matado a nadie y hace buen efecto en las viejas del país que son quienes deciden con su inmensa mayoría de votos. La forma, las formas y las actitudes, pueden en sí mismas envolver un mensaje vacío de contenido o colocar al oyente-contribuyente contra un mensaje magnífico. La historia está llena de ejemplos. Democráticamente sólo han ganado en las urnas viejos, chulos, o guapos. Lease Churchill, Berlusconi, Kennedy. Ah, y también aquellos que han sido votados por un país donde se han quedado sin políticos ni viejos, ni chulos, ni guapos, lease ... el que queráis leer.
De momento el estandarte de Felipe VI ha pasado de tener fondo azul a tenerlo carmesí, proceso inverso a los autobuses de Madrid. Algo es algo.

domingo, 15 de junio de 2014

Luxaciones 2

Coincidimos con ella muchos años en el típico pueblo levantino de vacaciones. El sol y el agua, decían, eran buenos para huesos y dolores varios, era evidente que aunque su operación había sido un éxito siempre quedan flecos que, decían, se aliviaban con baños de mar y demás.  Era Nina pues mujer de desplazamientos cortos y con poca carga, creo que nunca llegó a conocer el tan inevitable como insoportable paseo marítimo. Vivíamos a unos cinco minutos de la playa y raro el día que era ella quien cargaba con su silleta y su bolsa de paja con el bronceador de zanahoria, una pequeña toalla y, si acaso, una revista. Unas gafas de sol grandes y un sombrero de turista inglés borracho era todo su equipaje; poca cosa realmente y estudiada para su capacidad de, pues aun así nunca le faltaba quien le llevara tan leve carga. Nina en el mes anual que pasaba allí y en el espacio de apenas un par de manzanas de casas de un par de pisos como mucho logró establecer una sociedad bien trabada compuesta tanto por veraneantes de los del “quiero y no puedo” como por autóctonos de los de “tengo poco pero que se vea” que poco o nada tenía que envidiar a la de cualquier pequeña ciudad en la que era el perejil de todas las salsas así que ni siquiera tenía que pedir el favor de que le echasen una mano –innecesaria como demostraba cuando se presentaba la ocasión-, siempre alguien al pasar por la puerta de la casa donde alquilaba una habitación se paraba “¿Está Nina?, ¿Te vienes? Daba igual que fuera un par de solteronas decrépitas, una proba madre de familia o un adolescente enviado por ésta.
            El caso es que cuando Nina se volvía a su casa, durante unos días esa diminuta sociedad quedaba descabezada, sin referencias; menos mal que no tardaba en aparecer a primeros de agosto Antonia que, en otro estilo, ocupaba ese espacio.
            Pero volvamos a nuestra Nina que apenas se sentaba en casa, la playa o a tomar el fresco por la tarde sacaba un minineceser y procedía a un repulido con pinzas, rimmel y poca cosa más ya que podía durar horas si estaba sola, pero si estaba charlando era otra. Sonora que no escandalosa, salvo su carcajada un tanto cazallera, gesticulante, se podría decir de ella que hablaba con la palabra justa y contundente del castellano viejísimo como sus manos que no solo se deslizaban ampliamente en el aire sino que tocaban. Sí, tocaban, en general se tocaba un pecho, acariciaba un antebrazo, te tocaba un hombro, una mano, volvía a uno de sus muslos o a tu cogote, todo con una carnalidad carente de sexualidad pero que denotaba su cualidad casi esencial, la de mujer volcánica en el sexo y apasionada en lo demás hasta extremos difíciles de imaginar. A veces mientras desarrollaba un ardiente discurso comunista con una mano alzada remarcando tan altos ideales, con la otra se acariciaba un pecho, lo sopesaba o resaltaba marcándolo bajo la ropa, recreándose táctilmente con su firmeza. Era complicado para algunos hombres seguir la arenga, otros en cambio nos quedábamos bastante indiferentes pues no lo entendíamos como una provocación sino más bien como acto reflejo de carne insatisfecha, o no tanto. Veamos y maticemos. La virginidad predicada –“Yo soy Señorita, no como otras”- no queda puesta en duda por alto tan público y, sobre todo, notorio, de las masturbaciones de Nina. No es que fuera parloteándolo –cosa que seguramente hoy sí haría- sino por qué de vez en cuando un grito aterrador cruzaba la noche atravesando patios y zaguanes. Ella decía que era a causa de las pesadillas con su operación pero las casadas mal pensadas y los experimentados que gustaban de sentirse objeto de deseo, reconocían las agonías del orgasmo, sin más comentario que una sonrisa cómplice e indulgente pues, “pobre Nina, con lo que vale y soltera”.
Hay que reconocer que la soltería de Nina ha sido y es una de las peor llevadas de la historia. Ciertísimo es que no había motivo algo para que a sus treinta y pocos –edad provecta para estos menesteres en los primeros setenta- no hubiera encontrado al menos un novio aunque hubiera salido mal, más no era el caso. Su único fallo era la cojera pero ni era tan excesiva ni la inhabilitaba para nada, es más, cuando se lo proponía casi desaparecía. Sensual, buena conversadora, bastante más culta que la media del maestro, con unas habilidades sociales que muchos quisieran para sí y en absoluto mal parecida; casa propia con perspectiva de herencia de tierras, independencia económica, en fin, que reunía bastantes más atractivos que defectos. En cuanto a su proverbial mala leche que la tenía y mucha, se quedaba tamañita junto a la de su Santa Madre que añadía una refinada crueldad con más de bestia de carga que de humano, o la de su hermana con cuyas voces temblaban las tejas y tenía brazo para desnucar a un gañán de medio revés. Vamos, que no había un porque para esa soltería que tenía tan poco de Doña Rosita como de cualquier otra de las “delicadas” heroínas de nuestra literatura, incluidas las hijas de Bernarda Alba. Por decirlo de un modo suavizado, muy suavizado, no hubo soltería peor llevada que la de Nina, en su descargo hay que decir que no se tomaba la molestia de disimularlo, era una rabia tan pregonada como su “señoritez” y con tal naturalidad que acababa haciendo reír a ella la primera. A veces, sólo a veces, se dejaba ver una cierta hiel de soledad más profunda ante la que la audiencia callaba o cambiaba de tema e incluso algunos extrajimos enseñanzas vitales. Recuerdo, ya en lo personal, dos comentarios que nunca he perdido de vista en mi gobernanza íntima. El primero se deslizó, como quien no quiere la cosa, en una conversación banal de tertulia de vecindones tomando el fresco sobre celebraciones y regalos. Sostenía Nina que ella nunca regalaba nada “por cumplir” y, en cuanto a lo de asistir a las ceremonias:
-No voy a bodas por que no he ido a la mía y a los bautizos y comuniones por que si no he ido a los de mis hijos ¿A santo de qué voy a ir a los de los demás?
            Cuantas veces he desoído tan sabio consejo y he acudido endomingadito y formando parte del pequeño rebaño multicolor de invitados he tenido motivos más que sobrados de arrepentirme y de recordar las palabras de Nina.
            El otro comentario era y es incluso hoy de una dureza brutal por ser de un no menos bestial realismo.
-Verás –decía-, ahora todos dicen cosas como “pobre Nina, con lo maja que es y que lo le salga novio”, “no sé por qué pues no puede ser más salada. Imagina que, por un milagro, me sale un novio de esos en condiciones ¿Sabes que dirían? “¡Coño con la coja, que maña se ha da pa trincarlo!”
            El caso es que un verano Nina llegó florecida. El milagro había ocurrido y tenía un novio desde hacía unos pocos meses. No había podido ir con ella todo el mes pero iría a verla el puente de la Virgen, lo que dio pábulo a sonrisitas e incredulidades soterradas. Era un inspector del ministerio que se había fijado en ella durante una de las visitas al colegio, y ella se había enamorado. Nunca se la vio más preocupada por su aspecto, ni más ocupada en su arreglo ni había manera de que dejara de hablar del noviazgo. Incluso de cosas que para la inmensa mayoría resultarían como mínimo inapropiadas, yo era caso aparte: veinteañero, universitario, progre, gordo, granujiento y extremadamente difícil de escandalizar, si algún don tuve a esa edad era el de verlo y oírlo todo con un grado de normalidad que desgraciadamente los años me quitaron. Quiero decir con esto que Nina me soltaba cosas, literalmente:
-Mira, metérmela, no me la mete pero nos echamos juntos en la cama, desnudos y charlamos pero es más bien cafetero pues no le interesan demasiado mis tetas, ya te digo, nada tetero –si el comentario era de gusto algo más que dudoso no dejaba de tener gracia en aquel contexto de felicidad que en realidad no era tanta como podía esperarse de un primer amor y, desde luego, como ella hubiera esperado.
Dudo mucho que Nina soñara con Príncipes azules e historias tipo la Sissí cinematográfica pero, desde luego lo que nunca esperó es que junto a ese “enamoramiento” –quizás con algo de última tabla de un naufragio, pero enamoramiento al fin y al cabo- se le despertarían, a ella, mujer fuerte y segura, curtida y acostumbrada a lidiar con la zona menos fácil de la vida todas las inseguridades, los miedos, la conciencia de sus deficiencia que, de repente se le había agigantado desmesuradamente. Nuestra arrolladora reina de sociedad –de esa sociedad estival de cuatro manzanas- se había deshecho en una trémula doncella temblorosa cual vulnerable y hasta cursi con los preparativos de una boda que daba por hecha y que, todavía, nadie le había pedido.
Por entonces en cuestión de comunicaciones sólo teníamos el hoy casi olvidado teléfono fijo de baquelita y no todo el mundo. La casa donde se alojaba Nina sí lo tenía, en el salón, en una esquina en un estante que era un cuarto de círculo encajado un poco por encima de los ojos para que cupiera con holgura la mecedora bajo ella. Cierto que era espacio más indicado para colocar una Virgen del Carmen, de tanta devoción en el lugar que para un teléfono pero no lo es menos que ocupaba el centro geográfico de la casa y, por tanto, el más cercano a todos los huéspedes. Por lo visto, como inspector que ni siquiera tenía su base en el lugar de regio apellido, tenía que viajar mucho y ni siquiera podían verse todas las semanas. Estaban pues acostumbrados a que él llamara desde donde estuviera, una especie de cita que acababa con un “te llamo el martes a tal hora”. Así que sus relaciones no iban a alterarse demasiado. Eso sí, ver a Nina el día que tocaba llamada era todo un espectáculo que comenzaba en horario de matineé. Esa maña no iba a la playa, se lavaba y teñía el pelo –no lo tenía tan largo como para ponerse rulos-, elegía el modelo que ponerse, se pulía y pintaba las uñas aun más meticulosamente, cambiaba de idea sobre el modelito, o incluso se acercaba a la mercería a comprar otro al que tenía que meter el bajo y repasar la sisa a toda prisa, labores para las que siempre aparecía alguna amiga dispuesta. Eran vestidos alegres, floreados –frente a los “sufridos” de antes del novio- que combinaba con los pendientes cambiándolos una y otra vez, con algún que otro viajecito al estanco donde, por supuesto, no sólo vendían pendientes y demás bisutería sino chales, sencillos vestiditos y, cómo no, huevos frescos. Si se acordaba de comer, en la sobremesa en el patio y con un pequeño espejo de mano comenzaba su proceso de maquillado –estucado lo llamábamos ella y yo en broma- con gamas y matices de colores en su cara que, como mucho, necesitaba agua fresca y un toque de carmín, creo que menos pestañas postizas y añadidos en el pelo no podía hacerse más. A las cuatro en punto Nina recogía todo su arsenal y se asentaba ya en la mecedora y ponía el teléfono en su regazo a esperar una llamada que nunca era antes de las siete, como él le había dicho. Sonriente, nerviosa, como una quinceañera de las de antes a quien todo el mundo miraba con una alegre ternura, un “por fin, la chica lo vale” y hasta nos quedábamos un rato haciéndole compañía aunque ella tuviera la cabeza en otro sitio. Había un poco de aire festivo en torno a ella esas horas de espera, casi todo el mundo que era alguien en esas cuatro manzanas pasaba un par de minutos a saludarla pues esa tarde ella no salía. Era, salvando no muchas distancias, como una novia que esperara que vinieran a buscarla para llevarla al altar. Claro que las tardes de verano son muy, muy largas y las siete de la tarde rara vez son las siete de la tarde. Si había suerte las siete se convertían para la llamada en y cuarto o y media; no solía haberla. A veces eran las ocho y media, otras, las diez o, sencillamente, no sonaba el teléfono en toda la tarde. La cosa solía acabar con lágrimas tras pasar por impaciencia, preocupación, ira rabiosa hasta llegar a eso de la medianoche a la autocompasión comprensiva que de haberse podido formular con palabras se articularía en algo como: ¿Cómo un hombre como él se va a interesar por mí, coja, poca cosa y moza vieja”. En Nina se leía casi todo con una sola mirada y a esas horas el rostro enrojecido, bañado en incontrolable llanto, hipando y casi sin poder articular palabra era algo más que un libro abierto.
Durante uno o dos días después Nina languidecía, triste, pero sin dramas. A quienes consideraba sus amigas “de peso”, es decir las pocas que poseían un cierto grado de sensatez confesaba durante esos días que no podía entender, ni en sus mejores momentos, como un hombre como él podía estar con ella, con su minusvalía y sin ser una belleza. Todas las inseguridades y dudas de una adolescente enamoradiza aparecían ahí, potenciadas por los años y el temperamento. En fin, que cuando la llamada no llegaba entrábamos –por que a todos arrastrana, algo que suele pasar cuando se quiere a alguien, o pasaba, que ahora ya lo pongo en duda- en una montaña desbarajuste anímico con tintes trágicos. Lo bueno era que todo cambiaba de golpe cuando, tres o cuatro días después se recibía la llamada y ya teníamos de nuevo a nuestra Nina en su plenitud de doncella ennoviada.
A  fuer de ser sincero a más de uno de sus amigos estivales aquel novio fantasma no dejaba de parecernos más fantasma que novio, más nos hubimos de comer nuestras aviesas sospechas con patatas asadas con aliloli pues llegado el Puente de la Virgen apareció como había prometido. Eso sí, había ciertos matices que, digamos, no terminaban de encajar. Cuando su novia decía “un hombre como él” parecía poner la E en mayúsculas ya que los ojos en blanco sí que los ponía en pleno éxtasis y expresiones semejantes lo que queriendo o sin querer quien más quien menos se había forjado la idea de un cuarentón de esos que las mujeres definen como “interesante” . “Un  hombre como él”, dicho así, al borde de la levitación, tiene la obligación de ser más bien alto, pelo entrecano, quizás con un par de kilos de más bien distribuidos, sonrisa luminosa y buena conversación. Vamos, en “un hombre como él” es lo mínimo para que alguien como ella hable así de “un hombre como él”. Nada más lejos, galán en cuestión sí que era cuarentón pero por arriba, casi calvo peinaba el escaso pelo que le quedaba con cortinilla para disimular, gordo sin paliativos aunque sin excesos, vamos que en lugar de dos kilos de más bien distribuidos tenía veinticinco concentrados en la tripa, más bajito que Nina –y que casi todo el mundo- y, para rematar, se esforzaba en ser simpático sin lograr otra cosa que resultar torpe y patoso. En suma que “un hombre como él” sólo podía ser distinguido de los cincuentones vulgaris por los enamorados ojos de cordera de Nina. En fin, pensamos los amigos, “si les va bien, por lo menos no estará sola”: Algunos torcían la nariz, otros ponían cara de póker y alguna de las amigas maduras de Nina dijeron sentenciosas “este no se casa”; contradiciendo así los planes de boda de nuestra amiga que tenía ya pensado entelar las paredes del dormitorio de seda rosa con frisos y espejos dorados,  como decía ella, “de un lujo asiático”.
Así acabó aquel verano y antes de darnos cuenta llegó el siguiente. Encuentros, tópicos, “un año más ¿eh?”, “¿Os quedáis todo el mes?”, “Mira que nieta más guapa tengo, se llama Lucrecia”, “Mi Sergio Manuel ha aprobado una asignatura de la carrera” En fin, todas esas cosas que conocemos quienes pasamos las vacaciones en el mismo sitio durante demasiados años. La escueta y directa patrona de la casa donde Nina alquilaba su habitación nos puso al tanto de cuando llegaba y todos estábamos pendientes pues, a decir verdad, aquel minúsculo reino estival de cuatro manzanas donde las niñas ensayaban “Para Elisa” a las cuatro de la tarde, no se hallaba sin ella, por mucho que durante el resto del año no mantuviéramos el contacto.
Apenas llegó repartiendo besos y saludos puso su característico bolso de paja sobe la mesa del salón y soltó en es castellano brutal que le era tan propio.
-Salió maricón, así que de casorio y folleteo, ná de ná.
            Fueraparte de que entonces lo de lo políticamente correcto no existía y el cojo era cojo, era cojo, el ciego, ciego y demás; no creo que Nina tenga hoy día manera más “correcta” que expresar tal concepto de la que usó entonces.
            Tras tan contundente y sorpresiva expresión con la que la sabiduría innata de nuestra maestra neutralizó comentarios, susurros, murmuraciones y cuchicheos quizás burlescos a sus espaldas de un modo magistral, retomó sus rutinas vacacionales habituales. Obviamente, después de tal planteamiento, nadie sacaba el tema a relucir pero como ella tampoco lo rehuía, poco a poco se fue desarrollando un boceto aproximado o más bien unas respuestas a algunos porqués que venían a ser piezas sueltas de un rompecabezas. El pollo era, ya se dijo, inspector del Ministerio y se retorcía cual comadreja buscando un ya más que tardío y menos que merecido ascenso y para lograrlo era más que conveniente aparecer dentro de los parámetros de la “normalidad” aquí o allá. Lo que venía a querer decir que le casi imprescindible aparecer en mayor o menor medida en los pequeños actos con la santa esposa o, en su defecto, una novia formal, que supiera estar, que no hiciera el ridículo y que no anduviera lejos de ese mundillo sórdido y funcionarial de los bajos niveles. Requisitos que de sobra cubría Nina, con el añadido o ventaja de que la discapacidad le servía perfectamente para justificar sus ausencias cuando fuera conveniente sin que ella siquiera se enterase. Una situación perfecta, sobre todo si lograba prolongar el noviazgo indefinidamente. Nunca llegué a enterarme como lo supo Nina, ni tampoco parecía haberla perturbado mucho el asunto, aparentemente, claro. Si uno se fijaba mucho, pero mucho, había momentos en que perdía la mirada unos segundos para volver enseguida a la conversación, y si contáramos los días que bajaba a la playa fueron bastantes menos. Esas mañanas las pasaba en el fresco rincón de la mecedora. Algunas voces decían “parece que cojea un poco más ¿no?” No, en realidad no, es que tenía menos ganas de caminar. Nadie pudo decir que se la viera triste o cosa parecida. No. Más bien convaleciente de una nueva luxación. Al año siguiente sólo vino quince días pues se había ido una semana a un hotel en Mallorca, creo recordar, donde le habían tratado “como a una princesa, oiga, como a una princesa”, contenta por ello pero igual de convaleciente. Al verano siguiente no vino, nos dijeron varias versiones de diversos porqués pero eran fuentes poco fiables.  Al otro nos contaron que la habían visto con una muleta tramitando algo en el ministerio, conociéndola esa muleta no demostraba que estuviera peor a sus cuarenta escasos de su cadera, sino que hay luxaciones que no se pueden operar.

jueves, 12 de junio de 2014

Luxaciones 1

Luxación: dislocación de un hueso”
Dislocación: Desplazamiento anormal de una articulación o un hueso
Nina nació en un pueblo profundo de la Castilla profunda en un tiempo profundo con luxación congénita de cadera que no se trató hasta que fue tarde y, ya adulta, la operaron con resultados más que aceptables, dadas las circunstancias. Al caminar se balanceaba, si no se concentraba en evitarlo, con un amable movimiento de barquita fondeada en puerto apacible.
            Nina no se llamaba Nina, ni Angelina, ni Cristina, ni Argentína, no. Su origen era demasiado profundo como para tales sofisticaciones. Se llamaba como su madrina de bautismo: Saturnina. Como en su pueblo, con nombre de pedrusco –en serio- , no dejaba de haber un punto de cursilería cuando se trataba de las hijas de los fuerzas vivas como el tendero, lo que entre jornaleros hubiera pasado casi desapercibido entre Sandalios, Venancias y Eufrasios o que en los madriles de corrala hubiera sido algo así como “La Satur” no era asunto menor entre las hijas del boticario, del Sargento o del médico, del alcalde no diremos nada por aquello del tipo de alcaldes de aquellos tiempos. Asía que nuestra jovencita optó por hacerse llamar Nina y ¡ay de quien usara su nombre completo! Pues era ya desde niña mujer digna del temperamento tópico de las mujeres de su tierra, o sea ni siquiera de armas tomar sino más bien de armas rendir directamente por pura supervivencia.
Hízose Nina moza de carnes apretás y preciosas manos que ocupaba en rezos y oraciones varias y diversas con la decisión de entrar en el convento de Carmelitas del pueblo. Hubiera sido un error como ya se verá en algún momento, según propia confesión, se dio cuenta, y al contarlo ponía expresión beatífica y grequiana , de que no “tenía vocación, sino ilusión”. De lo que sí tenía vocación y aptitudes era de maestra y maestra se hizo.
Cuando uno escribe el término “maestro/a”, que nunca será lo mismo que “profesor” pues se es profesor de algo, matemáticas, latín o cocina polinesia. Sin embargo, cuando se es maestro no hay que especificar más, como mucho “maestro de escuela” –a la castiza “maestroescuela” término que solía ir precedido por la locución “pasa más hambre que un”-, o también aquella otra matización me temo que ya casi olvidada “Maestro de primeras letras”, es decir: aquel que nos abrió por primera vez las puertas a todos los mundos posibles e imposibles. Sin embargo, ser maestro precisa tanta o más vocación que entrar en clausura y no todos quienes ejercen de tal la tienen. Los unos por que es carrera corta, otros por sacar plaza funcionarial, sueño dorado del íbero medio desde el fabricante de peinetas de la Dama de Elche y otros por qué no saben qué hacer con una carrera acabada y de trabajosa salida, la mayoría de quienes osan ejercer de maestros carecen de vocación, ganas y capacidad. En suma, que no son sino gente que da clases a los que hay que llamar de algún modo y por no usar términos feos, como los que se usan cuando un cardiólogo opera sin título, se les ha dado en llamar maestros. No era el caso de Nina, maestra nata y neta incluso con ese regusto a puchero demasiado recocido que aparece en cuanto se topan dos de su especie, incluso con ese punto de superioridad ejemplificante de fuerza viva en los que no ejercen en las grandes ciudades. Nina era toda una maestra que sacó brillantemente la oposición y fue destinada a otro pueblo de la Otra Castilla Profunda, pero éste con nombre de hortaliza –en serio- donde se acopló bien y estuvo el tiempo suficiente para lograr el traslado a cierta pequeña ciudad de apellido regio donde asentó sus reales con vocación de permanencia.
            Ya dijimos que, de moza, era de carnes apretás y manos bellísimas. Lo que no dijimos, empero, es que, según la mocedad fue avanzando Nina fue, a pesar de su evidente defecto físico, convirtiéndose en toda una mujer y alrededor de los treinta era una suma de elementos que daban un resultado algo más que peculiar. A sus manos hermosísimas de dedos largos y finos había añadido unas uñas pintadas de rojo sangre a las que dedicaba sus mejores esfuerzos y una movilidad expresiva en la que jugaba con articulaciones que no recordamos tener; a sus carnes que calificamos de apretás como mejor forma de definirlas y gracias a los esfuerzos de compensación de su cuerpo aun se habían apretado más, pero no pongamos méritos a los esfuerzos y olvidemos los dones que la genética o la naturaleza le concedieron. Por empezar por lo más evidente hablemos de pechos (o como diría ella “de tetas”), no es que fueran grandes sino perfectos, firmes, retadores y simétricamente semiesféricos, ella lo sabía y, dado que esa tersura se prolongaba hacia arriba dibujando un espléndidamente amplio escote –pues era de hombro necesariamente ancho como quien ha llevado bastones muchos años- que ella mostraba algo más que generosamente. Sí, Nina conocía sus encantos y sabía sacarles partido. Cuello robusto, sin torneados ni delicadezas vestigio sin duda de los orígenes labriegos de sus genes. Ojos negros, pequeños, inquietos, avispados, pícaros, observadores y, sobre todo, expresivos, incluso demasiado expresivos. Resumiendo: una mujer de buen ver que no pasaba desapercibida, es más, era imposible no verla pues, sobre esos cambios físicos había habido otros menos visibles pero mucho más evidentes. Alrededor de los treinta Nina era atea militante, comunista, anticlerical y feminista, todo ello con un explosivo grado de virulenta beligerancia; eso sí, sólo en los ámbitos al margen de aquellos otros en que formaba parte de las fuerzas vivas del lugar. Nadie como ella sabía dejarse ver en la misa justa con más público o lograr el mejor y más visible sitio para ver la procesión. Al fin y al cabo corrían los años de la Transición y no era tan infrecuente como podría resultar para una mente lógica encontrar en una misma cartera el carnet del Partido y el de Guerrillero de Cristo Rey, así que Nina y su actitud no resultaba tan fuera de lugar, sobre todo en alguien como ella con una intensísima vida social pues no había tarde en que no estuviera invitada a un café, un cumpleaños o cosa parecida, incluso a escuchar los progresos de la niña de turno al piano con el “Para Elisa”.
            Resumiendo, su vida, estudios, traumática y dolorosísima operación, larga rehabilitación y acoplamiento a los pequeños  mundos donde su trabajo, le habían dado un innegable estoicismo capaz incluso de oír el “Para Elisa” sin subirse por las paredes.  A eso y los dolores pertinentes, que siempre se obvian en los relatos o hasta en la propia historia, se había reducido su vida, lo que, quisiera o no, era un problema para un temperamento expansivo, pasional, explosivo y sonoro como el suyo. En suma y resumiendo de nuevo de un modo un tanto brutal: Nina era una soltera a los treinta cuando a los veinticinco toda su quinta estaba casada y requetécasadas, pero eso es casi asunto secundario si se le añade un matiz que era la naturaleza volcánica de su sexualidad. Nunca mejor empleado el término. Nina rezumaba sexualidad por cada poro a chorros, pero no sólo sexualidad explicita –su castellano purísimo colaboraba bastante en hacerla evidente-, sino también una sensualidad que, por poner una analogía, era como un vendaval que llegaba con ella allá donde estuviera pero no sólo en su persona sino que te envolvía irremediablemente.
            Entraba precedida por su perfume, no es que se lo administrara en grandes dosis sino que elegía aromas muy potentes, opacos, dulces umbrosos, perfumes de harem que se mezclaban con el de los polvos de maquillase que le daban una casi imperceptible blancura en su cutis desmentida por el color antiguo y sano de campesina. Las uñas largas y cuidadísimas adornaban aun más esas manos preciosas, grandes y fuertes, los años de muletas las habían fortalecido y, quizás, ensanchado pero en absoluto deformado. Pequeños toques en los ojos y los cuidados colores del carmín para resaltar los no muy carnosos labios completaban su imagen, como vemos, muy cuidada pero en el punto exacto en el que sólo se percibía que no se descuidaba, nada era excesivo, quizás, el conjunto que, de por sí expresivo terminaba por resultar explosivo o, para ser más exactos, expansivo pues ella lo llenaba todo, cualidad valiosísima en su trabajo y, desde luego, nada despreciable en las relaciones, al menos en las sociales, y mucho menos cuando se ha sido de jovencita la menos visible del pueblo.
            Vamos así acercándonos un tanto peligrosamente al asunto que caracterizaba mayormente a nuestra Nina y que es tan fácil  y contradictorio que se puede definir con tres palabras, como el bolero: evidente solterona incandesdecente. Evidente por que nohcias el menor esfuerzo por ocultar ni su desesperación por encontrar marido, novio o amante, ni dejaba de pregonar a voz en cuello, supongo que por estar acostumbrada a tratar con la chiquillería de sus clases, que ella era “Señorita y no como otras”, o sea: virgen. Eufemismo extraño en ella que usaba el castellano casi íntegro con todas sus barbaridades correspondientes. Solterona y no soltera por el empecinamiento , que rozaba lo salvaje, en sostener que no necesitaba un hombre para nada, así no tenía que preocuparse de si se había lavado o no. ¿Qué era contradictorio con su piar continuo por un novio? Pues sí, pero no creo que nadie haya buscado coherencia en el animal humano y menos aún en estado de celo y, por si fuera poco, celo insatisfecho. Si a “evidente” y “solterona” añadimos sus ya mencionadas sensualidad y sexualidad enjauladas lo de “incandescente” no parece requerir más explicación.

viernes, 6 de junio de 2014

Junio o la Abdicación 2

"Abdicación", película de los setenta trataba sobre una de las abdicaciones más misteriosas y sorprendentes de la historia, tanto aque aún hoy no está nada clara su causa. Estoy hablando de la de Cristina de Suecia, que ni se parecía a Greta Garbo, desgraciadamente, Liv Ulmann solventa aquí un papel complejo en una película que, a mi gusto, no acaba de cuajar. Eso sí, ella como siempre, magnífica.
Siguiendo con la abdicación que nos ocupa me voy a permitir alguna que otra divagación.
¿Es este el momento más adecuado? Pues no, con todo respeto, no. El Rey ha tenido al menos tres o cuatro ocasiones en que la abdicación hubiera fortalecido la monarquía sin ponerla en tela de juicio como resultado de las últimas elecciones. La primera de esas ocasiones hubiera sido bien la boda del Príncipe con la monarquía en la cresta de la popularidad o bien con el nacimiento de la Infanta Doña Leonor que aseguraba la continuidad dinastica, segunda ocasión: los setenta años, una buena edad de jubilación y muy redonda. Tercera ocasión: mal momento pero mejor que el actual, el vergonzoso asunto del elefante, aunque en cierto sentido hubiera parecido una huida. Cuarta: cualquiera de las operaciones y rehabilitaciones que ha sufrido, por experiencia sé que son procesos dolorosos y lentos. Excusa perfecta. 
¿No da la sensación de que se está haciendo todo esto demasiado precipitadamente? Ni siquiera van a venir a la proclamación los jefes de estado de la UE, pues no ha dado tiempo a reorganizar las agendas en 17 días.
Sobre la inmunidad o aforamiento o como queramos llamarlo. ¿De verdad pensamos que se juzgaría al Rey si estuviera implicado en algún delito? O nos toman por tontos o es que esta mugrienta sociedad es infinitamente más hipócrita y falsa de lo que uno creía, cosa que parece imposible. Ojo, no estoy diciendo que el Rey esté implicado en nada, no tengo la menor idea. 
Sobre los Príncipes de Asturias, sinceramente creo que nunca habrá habido monarcas más preparados pero eso no garantiza nada. También los gobernantes de la República eran intelectuales de alto nivel, tan alto que se olvidaron de que gobernaban un país analfabeto que no sería capaz de digerir tanto nivel y fue un desastre, lo hubiera sido incluso sin la rebelión del 36. 
Personalmente me caen bien, pero he de reconocer que, contra la mayoría, parece ser, prefiero a La Princesa de Asturias, siempre me ocurre, en las parejas e incluso cuando me pongo machista, siempre me parece que vale más la dama que el caballero, vamos que no significa nada. 
Los medios de comunicación con la habitual ineptitud que les caracteriza y ya forma parte de su esencia, y no digo nada de la red donde se suelta cualquier barbarie sin tasa ni mesura, pues esos medios están afirmando que la Infanta Doña Leonor Borbón Ortiz será la primera princesa de Asturias por derecho: mienten como concejales. 
La primera Princesa de Asturias que yo sepa si no hubo otras antes fue Isabel de Borbón y Borbón y Borbón y Borbón (así hasta 16 veces, creo) más conocida como La Chata. Primogénita de Isabel II lo fue hasta el nacimiento de quien sería Alfonso XII, el de la peli, y, caso excepcional, volvió a serlo desde que Alfonso se convirtió en rey hasta el nacimiento de la hija de éste con Doña Maria Cristina de Habsburgo, más conocida como Doña Virtudes, Maria de las Mercedes. Por otro lado en España no existe más título de princesa que el de Asturias por tanto todo aquello que leamos como Calle de la Princesa, sin más, se refiere a Isabel de Borbón. Caso aparte es Doña Sofía que da nombre a diversas instituciones como Princesa Sofía pero bajo el título de Princesa de España (consorte) que otorgó el dictador a D. Juan Carlos, creo recordar que en el 69. Por naciemiento desde luego Doña Leonor no será la primera Princesa de Asturias, honor que recae en Isabel de Borbón, La Chata y al que hizo honor con una vida dignísima, con sus errores como la de todo el mundo. En cualquier caso el precedente no puede ser mejor ni más querido, por lo menos por estos madriles que la veneraban.
Podría seguir reflexionando sobre esta situación planteada por una aparentemente precipitada abdicación pero voy a dejarlo aquí que tiempo habrá de volver a ella.

martes, 3 de junio de 2014

Junio o la Abdicación

Gaspar Camps sigue acompañándonos este año con su calendario. El tema elegido para el mes de junio es el Corpus Christi con una gallarda manceba a lo Mucha pero más garrida levantando una custodia o algo parecido que a su vez se hace modernista recordando una cola de pavo real. Está claro que no se puede ser sublime sin interrupción los doce meses del año. 
Junio es de toda la vida mi mes favorito, el calor no es agobiante, los éxodos no han empezado y la vida se vuelve algo más cómoda. Pensaba yo ponerme lírico e introspectivo reflexionando sobre ciertas inútilidades personales, ciertos fracasos, ciertas bofetadas que te da la vida y las gastroenteritis primaverales que empiezan a ser tradición en mis tripas cuando de repente, zas, LA ABDICACIÓN.
Y yo con estos pelos. En mi vida he visto cosa de la manera. Es que es como todo. Parece que hace buen tiempo. En fin todas esas frases habituales que se dicen cuando no se sabe qué decir. Iba yo a comprar las manzanas y los limones anticagalera -poco épico lo reconozco- cuando mi frutero de toda la vida me dice "Que ya tenemos rey nuevo", como lo habitual es que cuente chistes espantosos e incluso peores no me lo creí, pero, fíjate, era cierto. 
Eso me pasa por fiarme de la palabra de un político, lease el Rey, que en el tan propenso a generar chistes discurso de Nochebuena afirmó tajantemente que de ires naranjas de la China. Ante la confirmación de la nueva dada por el frutero uno se para, aparca esa mente de vecindona cotilla que todos llevamos dentro más o menos -en mi caso más bien menos- oculta, extiende de nuevo las piezas del puzzle de esto que estamos viviendo e intenta pensar correctamente. 
Bien, he reconocido aquí que soy monárquico por tradición y no hace falta decir hacia donde escora mi pensamiento político. Sin embargo, el día del elefante di por perdida esta monarquía, desde entonces sólo se han echado tierra encima y, sin embargo....
Permitidme unas cuantas reflexiones sueltas que no tengo yo el colon transverso para elaborar textos muy discursivos. 
Ante todo y por simple coherencia de historiador: el reinado que acaba ha sido uno de los más complejos y bien templados de la monarquía española haciéndose realmente parlamentaria y constitucional, lo que equivale a renunciar a todo poder real. Ha durado casi treinta y nueve años y ha sido razonablemente intachable, nadie es perfecto, hasta hace seis. Si a los setenta años el rey hubiera hecho lo que hizo ayer, la institución habría sufrido muchísimo menos desgaste y el futuro Felipe VI hubiera tenido mayor margen de maniobra del que va a tener ahora. No sería justo juzgar un largo reinado por los errores del último periodo. 
No soy de quienes ensalzan y entonan loas al Monarca. Lo hizo bien, muy bien, supo escoger gente de talla a su alrededor y aquellos que no dependian de su elección también lo fueron, entre todos y sin duda con él como primer motor que arrancó aquello lograron lo impensable. Que luego ha resultado ser bastante menos perfecto de lo que pensábamos pero ahí ya él no pudo intervenir. El hecho de que las cunetas sigan llenas de cadáveres de asesinados y de que no se haya juzgado a nadie como en otros paises que también han salido de dictaduras es asunto de los gobernantes, en una decadencia que parece imparable, no de la la corona. Y es sólo un ejemplo. 
Repito, lo hizo bien, muy bien y punto. Todo tiene su parte siniestra o poco clara -incluso los níveos cisnes tan decorativos tienen una mala leche que no veas- así que no se le puede exigir a un grupo, sólo a uno entre miles de colectivos, que sea perfecto. Sobre todo viéndose lo que se ve. 
Se cuestiona la legitimidad de la institución por haber sido nombrado por quien fue. De acuerdo, pero ¿son las televisiones con sus mamachicho mejores legitimadores como en Italia? En los orígenes de cualquier forma de gobierno siempre hay una imposición por la violencia o por la fuerza, como queramos llamarlo. Violencia real o figurada pues suele legitimar el dinero, cuando no la espada y ese dinero, burgués es el mismo que legitima hoy a Obama y ayer a Hitler. El olor a mierda atrae a las moscas negociantas. De algún modo la propia gestión de las primeras fases de la transición legitiman la actual situación legal de la monarquía. Sobre la herencia, es verdad, se hereda el poder, ahora ya prácticamente simbólico, no como una inmensa cantidad de apellidos caciquiles que sí heredan poderes reales de facto, Fabra, por ejemplo y sin ir más lejos. Si jugamos a eso juguemos con las mismas reglas para todos pero ¿a que no quieren quienes tanto protestan? Llevamos tantos años siendo un cruce entre Lázaro de Tormes y bandolero que nos conocemos el corte y el recorte. O deberíamos al menos. 
Cada verano tiene su "de" y este va a ser el verano de la Abdicación