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domingo, 28 de junio de 2015

La Insigne (relato casi negrro) 4



La del escudo de armas, vieja conocida de la casa –creída, presuntuosa, teatrera y grandilocuente “de toda la vida”- siempre se las había dado de amante de la poesía. A ver, entendámonos: Campoamor, Bécquer, Gabriel y Galán y punto; por no llegar no llegaba al verde que te quiero verde. Una noche, con su mucho más que abundoso culo rebosando y semicolgando de la butaca plegable decidió recitarnos “La carta” de “El tren expreso”, ya se sabe: “mi carta que es feliz pues va a buscaros”,  etc. que dejó ahí, casi como un guante, desafiando. Otra de las huespedas, la viuda que tan desasosegada andaba por la virginidad o no de La Insigne, insistió, con cierta dosis de venenillo travieso y no siempre inocente que la caracterizaba, en que ésta recitase algo. Consciente del lamentable espectáculo que éramos, María sentada, como cada noche, en el escalón –no sé si queriendo demostrar que era la única que podía hacerlo sin necesitar servicios públicos para levantarse, aguijonazo más sutil, si se quiere pero no menos venenoso que el de la viuda-, se resistió bastante pero, ¡oh vanidad de vanidades!, acabó cediendo. Se puso en pie y se colocó justo en el centro del vano de la puerta en contraluz con la luz del salón encendida. Algo cambió en su postura sin cambiarla y recitó a Rafael de León, “Romance de la viuda enamorada” que tiene un final potente, muy potente donde se notaba que la voz de la actriz no llegaba, pero eso no impidió que quien más quien menos nos emocionáramos y ella acabara a lágrima viva. Ahí había habido teatro, no sé si bueno o malo, pero desde luego Teatro.
-Esto quien lo bordaba era mi hermana –dijo cuando pudo.
            Hablaba mucho de su hermana “una mujer bellísima”, también actriz y que había muerto muy joven. Maruja, supersticiosa como dice la tradición son los faranduleros, achacaba la sucesión de desgracias que fueron precipitándose a la figura de un gato negro que le habían regalado precisamente a su hermana y a la que tenía tanto miedo que ni a tocarla para tirarla se atrevía. No es que hablara directamente de mal de ojo –demasiado plebeyo para ella- pero, queriendo o sin querer le ponía apellidos, los de su representante que no recuerdo qué tenía que ver con el gato. Aquí, al hablar de su hermana y de su muerte, era uno de los puntos que me hacía menos crédulo. Según ella, al saberlo fue cuando perdió completamente la voz, pero la escena que contaba era clavada a la de Judy Garland en “Ha nacido una estrella” cuando le arrancan el velo de viuda al salir del funeral de James Mason, tan clavada que era imposible de tragar. A veces ocurría eso con ella, que parecía haber seleccionado unas cuantas películas y se había montado una especie de autobiopic que se había llegado a creer. Entonces te sorprendía con un dato exacto, un detalle, un nombre, una opinión, que te hacía volver a dudar y de nuevo entrabas en su historia sin saber a qué atenerte.
            La supuesta biografía de María continuaba con unos años en los que poco a poco recupero una nueva voz que, sin ser la suya, valía, e incluso, tenía un espacio en escena, pequeño, pero con sueldo ¿Cómo sobrevivió esos años de silencio? Pues mal, recogida por una u otra compañera que tenían en ella criada gratis y que al final terminaban como el rosario de la aurora. Salvo con una, por cierto muy conocida por entonces aunque su mejor momento ya estaba terminando, a pesar de su juventud. Cuando ya pudo hablar volvió a trabajar, papeles pequeños, cine con un par de frases, radio como ya he mencionado. La tentación de poner aquí los títulos es casi irresistible pero sería una traición a quien siempre he apreciado. A pesar de todo María adornaba esta parte de su carrera de maneras sutiles que engañaban a otros pero no a mí, eran ya años demasiado cercanos como para escapárseme. Así en cierta obra de inmenso impacto y éxito, en la que trabajó, sostenía que había interpretado a la Madre Superiora del grupo de monjas del tercer acto, cuando yo sabía quién lo había hecho y que ella como mucho sería una de las monjas con un par de frases.
            Llegado el momento de la jubilación Maruja se encontró con su representante no había cotizado por ella –esa era su versión, yo no sé si esa es labor de los representantes, de manera que, de nuevo, se quedó en la calle con una mínima, muy mínima, pensión que no sé exactamente de donde salía pero que con la protección de la actriz que ya hemos mencionado y a la que llamaremos A. le permitían vivir realquilada en un par de habitaciones y esos veraneos de terapéuticos midiendo el céntimo. A esas alturas ya nadie se creía nada de lo que contaba la Insigne, casi ni yo, pero a mí me podía mi gusto por el glamour, los mitos y los cuentos, por muy chinos que resultaran. Ah, y un cierto cariño-complicidad, ese sentimiento de compartir algo hermético para los otros y el otro, el que sólo surge hacia quien nos ha enseñado algo y yo había aprendido mucho de la Insigne, por más que el motecito envenenado fuera en parte cosa mía.  Lo más curioso es que cuando yo todavía no me había ni acercado en serio a la cultura japonesa la Insigne me regaló un libro editado allá por el cuarenta y dos, viejo y un poco desvencijado pero bien cuidado para tener tantos años y lecturas como decía  Maruja haber hecho de él, ese libro era “El Japón” de Pierre Loti. He de decir, sin embargo, que me limité a almacenarlo sin prestarle demasiada atención hasta unos años después buscando bibliografía para un trabajo de facultad. Una extraña relación entre ese pequeño volumen y yo que no viene a qué ahora, pero que en algún momento contaré, a pesar de que nadie lo creerá.
            Inevitablemente se fue produciendo la diáspora de aquel grupito. La Fernández y su marido después de poco menos que prostituirse para mantener a su hijo dentro de la Facultad de Medicina –así lograron que ande por ahí un traumatólogo suelto- dejaron de mezclarse con quienes no teníamos escudo de armas y les perdimos de vista; la señora del pescador primero pilló un reumatismo de tanto invierno fluvial y, luego, fue perdiendo la cabeza, algo de lo que nos enteramos años después; la viuda a quien tanto preocupaba la virginidad de la actriz dejó de ir a esa casa y fue rodando de una en otra durante años, incluso después de que nosotros dejáramos de ir. La Insigne, por el contrario, se mantuvo fiel hasta la muerte de la patrona y comenzó un peregrinaje semejante al de la viuda. Finalmente perdimos de vista a todos, parece ser que es ley de vida, salvo, precisamente a la viuda, felicitaciones de Navidad, alguna llamada; así supimos que A. estaba pagando una residencia a Maruja, perdón, no “una residencia” sino la Residencia de aquel pueblo de nombre olvidable, que por entonces estaba considerada la mejor del país. Ahí se acabaron las noticias de la Insigne. No volvimos a saber nada de ella, quedándome siempre la duda de si había estado aprendiendo historia o tragándome una serie continuada de trolas varias.
            Así quedó el enigma hasta hace poco cuando una divísima del reino murió de repente y los medios –léase televisiones- se volcaron en emitir sus películas, una en particular fue pasando por todas las cadenas, tanto que uno acaba por percibir detalles que en una primera lectura de la peli no ve, concretamente un personaje secundario me llamó la atención. ¿Dónde demonios había visto yo esas caderas altas y angulosas y esos gestos amplios? Tardé en  darme cuenta de eran los de la Insigne pero no era ella. Me compré el DVD y estudié con lupa el reparto y, para mi sorpresa, apareció el nombre de la hasta entonces fantasmal hermana de Maruja. Al fin una pieza del puzle –además de dos películas con tres frases- de la Insigne que unía la fantasiosa biografía con la realidad “histórica”. Dándole vueltas al tema recordé una madrugada insomne en que escuché una entrevista en la radio con A. dejándome la impresión de ser persona capaz de hacer lo que había llegado a mis oídos y que, además, compartía con la Insigne ciertas creencias como la telepatía y cosas semejantes. Segunda pieza, más dudosa, sí, pero iba encajando.
            Estos hallazgos me animaron a retomar la búsqueda en la red y, mira por donde, había bastante más información. Por ejemplo, el asunto de la pérdida de su voz ¡era cierto!, eso sí, sin tanto glamour como ella lo contaba, pero cierto, y lo de sus giras por Sudamérica también. No lo eran, o por lo menos no he encontrado información sobre las nosecuantas películas en Italia, ni sobre ciertos gloriosos éxitos de alta comedia que ella contaba, más bien sus éxitos eran en un genero más lacrimoso, e incluso de fama más perdurable. ¿Quién recuerda hoy “La noche del sábado” de Benavente? donde Maruja haber hecho su entrada triunfal bajando una escalera con un ceñidísimo vestido de lamé dorado. Nadie, prácticamente. Pero ¿a quien no le suena  aunque sea de oídas, “La hija del penal”, “Lucecita” o incluso “Ama Rosa”? Claro que ¿Quién ha dicho que la red no cometa errores garrafales?
            Quedaba un aspecto que me inquietaba y llegué a convertirlo en la piedra de toque que me permitiera discernir entre la fantástica pseudobiografía que contaba la Insigne y la Biografía histórica. El tema del Borbón fusilado. En mi absoluta ignorancia imaginaba que con la proclamación de la Republica habían salido todos al exilio y que ahí siguieron durante el conflicto. Qué atrevida es la ignorancia. A poco que rasqué me encontré con doce Borbones caídos en guerra, seis de ellos fusilados y de ellos cuatro ante las tapias de un cementerio como contaba ella sin dar más datos. Hablaba, eso sí, de planes de boda que se troncharon  como tantos en aquellos años, pero podía decir lo que quisiera, nadie le iba a desmentir,  estaban todos muertos al fin y al cabo; curiosamente nunca supimos donde pasó ella la guerra ¿zona roja, zona nacional, en la gira americana o rodando aquellas películas italianas?
            Al final, después de más de treinta años de darle vueltas y de intentar recomponer el personaje sigo igual, con más datos pero con las mismas –o más- dudas. Cualquiera podría saber a quien se había fusilado y donde, sobre cuando ese era un lugar habitual para las matanzas de la época. Así que lo que iba a ser piedra de toque se quedó en un dato más. Eso sí, tengo que agradecer haber aprendido mucho: a apreciar los cambios que puede lograr el más nimio detalle, o un  simple, imperceptible, cambio de actitud, cotilleos varios y mil cosas más. Entre ellas a no olvidar, a no tomar a risa grandezas pasadas –ciertas o no- y, como poco, a dudar. Sí, por su culpa a veces peco de ingenuo y me dejo llevar por esa vertiente mágica del ¿y por qué no?

lunes, 22 de junio de 2015

La insigne (relato casi negro) 3



Ya he comentado que tenía un profesor de Literatura sumamente amante del teatro y María hablaba de unos éxitos en escena tan sonoros que no me encajaba que no hubieran surgido en algún momento con él, de películas taquilleras –según ella- que a nadie sonaban lo más mínimo. Así que me dediqué a analizar las conversaciones con ella y a aumentar mi interés. Quizás no debería haber sido tan escéptico pero es que según hablaba y según la observaba, más artificiosa parecía ella y su realidad.
            Por ejemplo: verla en la playa. Iba sola y ligera de equipaje, una toalla y una bolsa de ganchillo que había hecho ella misma. Era una mujer alta, de hombros anchos y caderas que no diría amplias pero sí alta y angulosas, peculiares, la cintura muy marcada. En realidad tenía muy buen tipo para su edad y ella, por supuesto, lo sabía y, aunque no era especialmente presumida normalmente en la playa resultaba inevitable hacer referencias cinematográficas, sinceramente creo que las buscaba, o, como queda más correcto, “hacía un homenaje” para iniciados a Esther Williams. Usaba el mismo tipo de bañador y, lo que todavía resultaba más obvio, el mismo tipo de gorrito de baño con barboquejo abrochado bajo la oreja y hasta sus movimientos al entrar en el agua semejaba casi el mismo cuerpo sólo que traicionado por su toque de mujer grandota de ancestros campesinos. Viéndola entrar en el agua con gestos un tanto forzados o incluso cuando se lucía siendo la única setentona que nadaba, y magníficamente, a uno le daba la sensación de que iban a aparecer un montón de jovencitas con gorritos igualmente absurdos y ponerse a hacer uno de aquellos numeritos con surtidores y todo. Verla salir, por el contrario, era un más que sentido homenaje a Úrsula Andress y las chicas Bond que llevan unos cincuenta años saliendo de las aguas, como Afroditas de una nauseabunda vulgaridad. Era todo tan artificial, tan forzado, tan estudiado, que, al menos a mí, incipiente cinéfilo, hacía perder toda credibilidad en sus historias, o casi.
            He de confesar –sin arrepentimiento alguno- que siempre he sido un verdadero cotilla o chafardero, o como decía alguien de mi familia “un poco portera”. No es que me importen las vidas ajenas, sólo me interesan, y si algo me apasiona es lo que llamo para mis adentros “el cotilleo histórico” y Maruja me buenas dosis de éste, incluso con todas las salvedades que yo quisiera ponerle. Por si todo esto fuera poco yo también tenía algo de fantasioso y, a sabiendas de la posible trola, me dejaba llevar a ese mundo de viajes a América donde había conocido a la Xirgú que por entonces estaba coqueteando con cierta jovencita que llegó a gran dama del teatro y enredada con un atlético joven que también alcanzó la gloria y que en aquellos setenta estaba en la cumbre de su carrera teatral como galán maduro. Un mundo de anécdotas como las del Tenorio. “El el Tenorio, decía, siempre pasa algo”, de líos de faldas y de pantalones, de estrenos gloriosos de obras que yo no conocía. Me enseñó que interpretar no es copiar servilmente la realidad y como un casi imperceptible gesto produce un cambio radical en lo que emite la persona, o el personaje, o como tampoco es igual ponerse un humilde broche de plástico en un sitio u otro para sacarle el mejor partido para la función.
            Lo cierto es que me tenía un tanto subyugado y mientras las lenguas de doble filo que convivían se preguntaban si Maruja sería virgen o no, yo intentaba no dejarme llevar por mi propia fantasía ¡era tan fácil dejarse arrastrar por las evocaciones de glamour de un tiempo lejano pero que conocía más que el mío, que siempre me rechazó! Pero las propias historias que contaba iban poniendo la soga al cuello de su credibilidad cada vez con más fuerza.
            Un caso claro era su viaje a América sazonado de protagonistas triunfales, conociendo a los grandes del momento. “Demasiado viaje, demasiada gente” pensaba yo. Si surgía el tema de los noviazgos y solterías, Maruja fingía un medio secretismo por que “teniendo el apellido que tenía” pero a poco, a muy poco que se insistiera, aun lateralmente, acababa susurrando “Borbón” y te contaba que le habían fusilado en guerra contra las tapias de un cementerio. A uno, demasiado joven e ignorante, eso de un Borbón fusilado no me encajaba para nada y no me lo creía… del todo. Eran tales las historias que contaba que hacía imposible acabar creyéndose ninguna.
            Ya he comentado que de uno de los rasgos de Maruja era una voz cascada, rota, desde luego impensable para una primera dama de la escena, pero a todas luces, inconfundible. Recuerdo que un invierno la reconocí en la adaptación radiofónica de un novelón decimonónico –antes se hacían estas cosas- en la que tenía dos o tres frases interpretando a una cocinera indignada. Sin embargo, cuando se lo comenté al verano siguiente su respuesta fue:
-Yo jamás he hecho de criada, sólo de señora –cosa que me dejó poco menos que de estuco, poniéndonos teatrales, pues el verano anterior me estuvo contando que en no sé qué obra tenía un mutis que siempre provocaba la ovación… haciendo de doncella.
            Parecía un extraño juego del despiste con el que pretendiera inventarse un pasado que la pusiera por encima de todos nosotros, incluida la Fernández del escudo de armas. Fue por entonces cuando entre mi círculo familiar, por demás castizo y escéptico, se le puso el sobrenombre de La Insigne. Lo cierto es que entre la preocupación por la virginidad o no de Maruja y que nadie,  excepto yo y cada vez con más reservas, se creía una palabra de sus cosas la situación rozaba el ridículo.

martes, 16 de junio de 2015

La insigne (relato casi negro) 2



Aproximadamente la mitad del grupo, ella y yo incluidos, acudíamos allí, lugar carente de todo encanto o atractivo, para aliviar los problemas de huesos, con ciertos resultados, desiguales pero de algún modo efectivos; con esa premisa cabe imaginar que la vida de la casa era sencilla y monótona. Tempranito escuchábamos arrancar al más que añejo seiscientos morado en que Don Florentino se iba a pescar con su caña y su esposa, Doña Aurea, que se dedicaba entretanto a hacer no sé qué labor sentada en una silla plegable a su lado y ya no volvían hasta la hora de comer . Luego, a una u otra hora nos íbamos yendo a la playa que estaba como a cinco minutos de la casa. Luego, vuelta a casa, comida cada uno en su mesa, habitual sobresalto de Don Florentino que tenía serios problemas de deglución -por eso ocupaban la mesa más cercana al cuarto de baño- y de sueño, sesteo más o  menos largo, paseo y aprovisionamiento, cena y charla a la puerta, al fresco, cuando lo había, hasta que a Don Florentino le hacía efecto la pastilla, bajada general de tono y poco a poco cada uno a su cama para repetir al día siguiente exactamente la misma jornada con ligeras variaciones.
            Llevo ya no sé cuanto escrito mareando la perdiz para no decir lo que nos hacía “especiales” o al menos “distintos” por no decir claramente superiores o lo que nos hacía sentir así: sabíamos de qué hablábamos en un noventa por ciento de los casos. Yo era un adolescente creído y granujiento pero a quien un muy peculiar profesor le había hablado mucho de teatro y hasta le había enseñado a leerlo con lo que digamos tenía una cierta cultura escénica  -sin haber pisado un teatro- muy, pero que muy superior a la media entre la gente de mi edad. Por decirlo de algún modo: era el único que cuando María mencionaba a la Xirgú o a Casona yo era el único que sabía de qué estaba hablando, así que había tardes que nos pasábamos un par de horas platicando, como decía la patrona de la casa. Aprendí mucho esas tardes, claro que, por otra parte, Marí era actriz de la que nadie había oído hablar –ni siquiera mi veterano profesor- no visto actuar en ninguna parte mientras que ella contaba unos gloriosos éxitos en cine, televisión pero sobre todo en teatro. Sintiéndolo mucho, no podía dejar de ser bastante escéptico, sobre todo por ciertas actitudes al margen de las conversaciones.
            Acostumbrado a vivir entre la clase media-baja o, lo que viene a ser lo mismo, que decir entre “el quiero y no puedo” (claro que con esto no aporto nada, prácticamente la mitad de la literatura española trata de este tema, lo que ya se ha mencionado menos es la costumbre de al menos la mitad de esa clase, especialmente entre el funcionariado de medio pelo y más aún entre lo que podríamos llamar el “elemento femenino” de inventarse un pasado adinerado que cubría desde el simplemente acomodado al directamente aristocrático), también lo estaba a entrecomillar que unas y otras me contaban, excepto aquellas que hablaban de de hambre y de contar los céntimos para ir tirando, vamos, la historia del noventa y mucho por ciento de un país que aun no hacía cuarenta años que había salido de una guerra civil; por cierto entre los huéspedes de los dos meses sólo tres personas no la habíamos vivido. Acostumbrado, decía, a las historias más o menos fantásticas de la gente tenía por norma creerme sobre un diez por ciento de sus pasados gloriosos, pero el “caso” de María era especial, no por menos fantasiosa –teníamos una Fernández que aseguraba que era solo de su Fernández el escudo de armas, lo que dice mucho del nivel de lo que me refiero- sino aun no sé qué matiz. Estar acostumbrado a tales fantasmadas no significaba que estuviera inmunizado ante la desfachatez con que la gente soltaba trolas de semejante calibre y solía quedarme de una pieza asistiendo a como todos los demás les seguían, seguíamos el juego. Lo cierto es que eran cosas inofensivas que, salvo lo de tomarte por tonto, no hacían daño a nadie y quizás hicieran felices a quienes las inventaba. Sin embargo, hubo una ocasión en la que tardé bastante más en salir de mi estupefacción habitual, y no debí ser el único pues si no, no me explico que nadie respondiera. El caso es que estábamos todos en una de esas conversaciones al fresco sobre esto y aquello y no sé a santo de qué, en pie, apoyada en la jamba María soltó:
-Que, al fin y al cabo, estén ustedes aquí, que nunca han sido nadie, realquilados en una habitación de un pueblo cualquiera, pero con lo que yo he sido verme aquí –hizo un gesto casi litúrgico de cómo quien dice “rodeada de gentuza”, pareció ir a llorar e inició un lento mutis.
            Después de pensarlo  mucho he llegado recientemente a la conclusión de que las pavas reales con o sin escudos de armas no se levantaron en cacareos con filacterias ante el evidente insulto (incluso los que no sabíamos que, mira por donde, sí teníamos escudo nobiliario no que en otros tiempos nuestros antepasados podían haberlas asado a fuego lento en cualquier plaza pública) no fue ni por prudencia ni por educación sino por qué se hubiera montado un gallinero de mucho cuidado llamando la atención sobre el ”negocio” de alquiler, completamente ilegal y conocido pero del que todos salíamos beneficiados. Así que calladitas todas como putas y aquí, allí, no ha pasado nada, Es la única explicación medio válida que he logrado encontrar.
            Claro que cada uno tiene su orgullo y uno, o sea, yo, además de orgullo tiene una cierta curiosidad que, sobre el indignado “¿Pero quien se ha creído ésta qué es? Añadía el “¿Pero quien cree haber sido ésta mujer?” Y hasta hoy sigo preguntándome donde estaba, está la sutil línea fronteriza entre la fantasía vanidosa –y pelín ególatra, todo hay que decirlo- y la biografía objetiva.

miércoles, 10 de junio de 2015

Junio

Junio ha sido siempre mi mes favorito del año, ya es verano pero no hace todavía calor agobiante, la gente aun no ha iniciado sus éxodos desesperados buscando Dios sabe qué y la vida toma un tono algo más amable que el resto del año. Sin embargo, este junio, como todo el curso, viene raro, calores intespestivos, ahora está a punto de llover, nos hacen vivir en la duda si caerá o no por fin la Colera de Dios sobre los pobres madrileñitos de pie. Duda que yo vivo con angustia existencial, empavorecido ante esa posibilidad y esperanzado de que no nos caiga esa plaga bíblica otra vez encima. Además de la otra posibilidad me preocupa el aspecto utópico, de las utopias hay que ir apeándose para construirlas peldaño a peldaño, no como una urbanización del Pocero, y se oyen cosas que uno dice "¿irá en serio el Svengali este?". Básicamente para que una utopia llegue a ser realidad, hay que darle buenos cimientos y no empezar por el tejado, como desgraciadamente le ocurrió a la República que gobernó para casi intelectuales, sin tener en cuenta que, a pesar de sus esfuerzos, el país era todavía una masa analfabeta guiada por caciques y sotanas.
Ahora, precisamente ahora, cuando parecía recuperado se nos va Pedro Zerolo, excepción a mi visceral odio a los municipes -él y Jose Isbert-, cuando más falta nos hace una cara amiga en esa caterva de buitres que vienen siendo los políticos y uno se pregunta por que estas cosas siempre caen de un lado de la balanza. Para mí ha sido un golpe. Supongo que ahora alguien y aun alguienes se estarán frotando las manos.
Esta mañana leo que parece estar preparándose un segundo tamayazo para robar el Ayuntamiento de Madrid. ¿Por que aquí siempre acaban pasando? Así que uno camina entre la esperanza y el abismo. Este mes de junio, creo y si no el que viene, me van a romper un cálculo renal de lo más raro, "el increible cálculo menguante", sí, ya sé que no es nada con las técnicas habituales y que ayer mismo me dijeron que tengo unos análisis y una situación cardiaca perfectos, de acuerdo pero ¿a quien le gustan estas cosas? Pues eso.
Sin embargo, lo peor de este junio extraño llegó ayer. Como vengo lamentando hace algunas entradas hemos hecho obras en casa. Sí, muy mono todo, mi alcoba gana como dos metros pero a costa de perder espacio para guardar cosas. He tenido que tirar algo así como el sesenta por ciento de mi ropa, o sea cuatro camisas y tres jerseys que ya no me cabían. Cuadros salidos de mis manos en los contenedores, puzzles hechos y sin hacer, la colección de soldaditos de plomo del Señor de los Anillos, incompleta; pero ayer fue lo peor. Ya he comentado algina vez que suelo escribir siempre a mano los textos y luego al pasarlos al ordenador ya me vale de primera corrección. No puedo pasarme escribiendo en el ordenador por mi querida escoliosis así que he de ir de a poquitos y como m pare la cosa va mal. Ayer no sé cuantos cuadernos que hubieran conformado una novela, todavía inacabada, cuatro años de trabajo, de vaciarme en cada personaje se fueron al contenedor. No hay sitio para ellos ni tiempo para copiarlos, ni nadie a quien acudir para que me ayude a hacerlo. Los personajes que tanto me esforcé en dibujar, desaparecidos para siempre, ya nunca serán nada; y Enrique, el protagonista de la trilogía, a quien dejé en la primera entrega cayéndose por un balcón, morirá por que no habrá una segunda parte en la que sepamos qué pasó, con él. No conoceremos a los cinco hermanos César, Rafa, Carlos, Jaime y Mauricio, fotógrafos. Ya nada es. Amores, odios, dolores, éxitos, amistades. todo en un contenedor. Ya nada es. Puse lo mejor de mí en ese texto, esos textos que aun había que armar y acabó así. Eso es lo que yo llamaría un FRACASO por culpa de unas vértebras, y de una visión incompetente del autor. Por que, encima, aquellas ideas buenas, al escribirlas dejaban de serlo. Recuerdo aquellas tardes escribiendo mientras oía a Serrat o a Sabina, dejándome la piel, corrigiendo sobre la marcha, cuatro años, dia tras dia.
Es este un mes de junio triste, en el que uno ha descubierto que tampoco aquel trabajo tan minucioso y elaborado valía nada y que, auque hubiera valido, ya no se puede corregir. A estas horas debe estar en el vertedero. y con él muchas más cosas de las que quiero reconocer.
No es la primera vez que me planteo dejar de escribir pero he de reconocer de que es para mi una necesidad, si fuera una opción seguro que no la escogería.
La verdad es que a veces uno....

lunes, 1 de junio de 2015

La Insigne (relato casi negro) 1

Lo que hay de realidad y de ficción en este relato no lo sé ni yo mismo, quizás por eso sea uno de los que más tiempo me ha costado sacar adelante.



LO habitual es que en la novela negra durante el primer capítulo aparezca una rubia con la melena tapándole el ojo, escote profundo y sobre los hombros un abrigo de piel que cubre una un vestido largo con la apertura lateral que deja ver una pierna interminable rematada en un zapato de tacón alto lánguidamente ladeado que empieza a soltar trolas al duro detective medio borracho.
            Salvo en lo de la pierna interminable el personaje no tenía nada que ver, lo que no deja de ser una pena, pero hasta el abandonado tobillo el mismo. Sin embargo, no se llamaba Ilsa, ni Margaret, ni siquiera Lauren la mujer de las piernas interminables.
            Se llamaba María, dado el carácter confidencial de este texto me permitirán que calle los apellidos, pero era más conocida como Maruja en todos los ámbitos en que decía haberse movido; sí, digo que “decía” por que todo en ella sonaba a algo de lo que no te podías fiar del todo. Igual que lo que decían las clientes de los detectives de cine negro. En realidad esta historia, que no cuento ni relato, podía titularse perfectamente “El caso de la actriz difuminada” pues María, Maruja, era actriz. Claro que eso pude afirmarlo sólo yo y algunos días después de de que llegara a la “pensión”, y aun así con ciertas reservas, por que cuando entró en mi vida fue en la casa de un pueblo levantino en la que se alquilaban durante el verano tres habitaciones y una despensa habilitada –yo siempre temí que algún armario también-, decir esto ya dice que tipo de huéspedes éramos: gente sencilla y sin un duro que pasábamos el verano como buenamente podíamos.
            Llegó una noche de las que cabría llamar de transición, el equivalente a esos días finales de julio y primeros de agosto. Los de julio ya se habían marchado y los de agosto todavía no habían llegado; llegó cargada con una maleta y una bolsa no demasiado grandes a esa hora tan particular en verano en que aun el cielo es levemente azul sin ser de noche la tarde ya quedó atrás. ¡Oh! En realidad tampoco fue una aparición de la nada, sino más bien una reentrée. Conocíamos a Maruja del verano anterior que había venido a la sombra, nunca supimos si como invitada, amiga, dama de compañía o simple gorrona, de una tal Doña Justa y su pobre marido. Era la tal corredora discreta (casi siempre) de alhajas, mantones y demás. Yo alucinaba, creía que tales oficios eran propios del mundo galdosiano y que con él habían desaparecido, pero lo cierto es que esta señora se dedicaba a sacar de apuros –o a meterlas en ellos- a antiguas divas reservadamente (casi siempre), trapicheando con joyas y otras pequeñeces restos de las grandezas que los años treinta y cuarenta habían dejado a ciertas estrellas. No era precisamente Doña Justa ejemplo de discreción (casi nunca) y daba nombres con una soltura de la que yo carezco para ponerlos aquí, aunque puedo decir que las supervivientes del estrellato de los treinta se relacionaban frecuentemente con ella. Era Doña Justa lo que coloquialmente podría denominarse un mal bicho: pequeña, gorda, vociferante y con moñete esférico en la coronilla de edad desconocida tanto el uno como la otra. Se deleitaba explotando la ruina de las divas creo que tanto como debió sufrir viéndolas en su esplendor. Trataba a Maruja como a una criada para todo, así que si ésta gorroneaba o sisaba un poco o un mucho resultaba casi loable. El mayor placer de Doña Justa era leer “El Caso” hasta la última coma, escandalizarse por todo y pasarse la semana comentando los episodios más truculentos con cualquiera que se le pusiera a tiro, avergonzando al caballero que era su marido. En ese paisaje Maruja era poco más que una sombra que sabía –arte supremo- no estar estando. Por eso digo que cuando entró en nuestra vida como estaba contando pues apareció sola y no recuerdo que nadie preguntara por Doña Justa.
            Recuerdo que cuando llegó a un acuerdo con la patrona quiso irse a hacer la compra para cenar a pesar de que le iba a resultar difícil encontrar algo abierto a esas horas. Evidentemente los presentes le ofrecimos compartir la cena y ella aceptó pero sólo dos manzanas y un vaso de leche. Así supimos que era asturiana.
-Como dicen en mi Asturias “que bien me ha prestado la cena”- dijo con una voz cascada, literalmente rota e inconfundible.
            Con los días de esa convivencia peculiar Maruja se fue convirtiendo en un verdadero misterio y no precisamente por que mantuviera ninguna actitud enigmática o algún silencio sospechoso sino por todo lo contrario: por lo que decía. Bien es cierto que sólo para mí por algunas razones no demasiado obvias. La primera era la disonancia entre la recién llegada con aquel entorno para un observador mínimamente atento, la segunda era mi propia disonancia en aquel extraño y, a menudo, entrañable grupo. Sí, sé perfectamente que, desde fuera, yo sí encajaba en él pero era una falsa impresión. Hay personas que nunca encuentran su lugar en el puzle.
            A veces me sentía como el visitante de un zoo con diversas jaulas, o, para ser más exactos, del pequeño ecosistema que formábamos en aquella casa y, un poco, las cercanas. Si bien lo pienso casi siempre me he visto así como un observador ajeno, aunque no lo haya sido siempre.