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domingo, 26 de junio de 2016

De segundas 7



Resultaba que cuando se fue a la ciudad era cierto que entró a servir de interna en una casa pero no le gustaba ni la idea de quitar mierda ajena ni la pandilla de nuevos ricos meapilas que era aquella gente y no tardó en salir de allí a servir también de interna con “gente más normal” que acabaron tratándola “como si fuera de la familia”, o sea pagando poco y mal. Ahí conoció a un oficialote cincuentón que visitaba a la familia, Don José, pero aquello de “ser como de la familia” no resultaba conveniente para su economía y decidió probar suerte alquilando un pisito con una compañera y trabajando de asistenta por horas en varias casas. Aunque ya era moza vieja que decían en el pueblo todavía estaba de muy buen ver como para, harta de seguir quitando mierda ajena, encontrar trabajo en una cafetería del centro, donde hizo buenas amigas y por fin se sintió cómoda en la ciudad librándose, por otra parte,  de la maldición de limpiar mierdas ajenas. Una de esas amigas se encontró con un problema y un novio desaparecido. “Ya me entiendes” –ha lo creo que la entendía-. Ni dudó en solucionarle el problema con los métodos de sus antepasadas. Así fue como encontró una segunda y lucrativa fuente de ingresos. En aquellos años las jovencitas se habían aprendido demasiado bien lo del amor libre y lo de quemar sujetadores en la calle pero no tanto lo de evitar las consecuencias, sobre todo cuando aquella sociedad todavía se revolvía en el nacionalcatolicismo. Si lo sabría ella, con la de señoras que había visto llevar a su casa a sus niñas con problemas y salir de ella sin él problema, sin una cierta cantidad, y agradeciéndoselo mil y una vez. A nadie la gustaba, pero quien no podía permitirse viajar a Londres pasaba por uno u otro de esos pisitos discretos, a veces a tiempo, a veces no. Lo que ella sabía era suficiente como para no necesitar ni siquiera instrumental. Viejos cocimientos y poco más, si aun se podía, si no, pues que buscaran otra solución, pero que no contaran con ella. Jamás tuvo un problema con ninguna de las niñas lo que le aumentaban clientela e ingresos; pese a lo cual no dejaba el trabajo de la cafetería, le gustaba el ambiente, animado de los cafés de los oficinistas, los churros de las amas de casa a dieta al ir y venir de compras y hasta el olor del tabaco concentrado. Crecía su cuenta corriente, pero también pasaban los años e incluso empezaba a pesarle la soltería, que no la mocedad, que mocita hacia tiempo había dejado de serlo aunque no con quien hubiera querido. Sería la casualidad i el conjuro de amor que hizo a base de velas, canela y sal gorda, el caso es que una mañana entró en la cafetería un viejo conocido: Don José que en poco tiempo fue pasando a José, Jose, Pepe y “mi Pepe”. El eterno solterón con sus cincuenta bien pasados acabó casándose discretamente con nuestra treintañera de buen ver y absolutamente presentable en la sociedad de esa familia de uniformes y hábitos. Convertida ya en toda una señora de un oficial ya no resultaba adecuado seguir con su trabajo en la cafetería y menos aun con el otro, por otra parte cada vez menos rentable pues las chicas por fin habían aprendido a tomar medidas previas. Sin embargo, no era Antonia mujer hecha para estar mano sobre mano pues “mi Pepe” llevaba años con una asistenta que mantuvieron, pero sobre todo no era mujer de estar pidiendo dinero para comprarse cualquier cosa, además “su Pepe” era un tanto chapado a la antigua y no concebía que no fuera el marido quien administrara la economía familiar y Antonia siempre había gestionado la suya. Demasiado inteligentes ambos para un enfrentamiento directo, él dejó hacer sin intervenir y a ella le vino la solución como caída del cielo al abrir la ventana de una habitación que se usaba casi como trastero. La vista era una estupenda panorámica sobre los tres antiguos cementerios y sus perfiles de cipreses.
-¿Tres cementerios? En mi barrio de ahora también hay tres cementerios muy viejos.
- A ver si va a resultar que somos vecinos
-Yo vivo en la calle San ….
-No me lo puedo creer, yo en San …
Su ancestral mente de maga o bruja, según se mire, pensó que ese lugar era sin duda ideal para contactar con los difuntos o, por lo menos, para que la gente se lo creyera y pagara por ello. Sí, claro que el problema podía ser que a “su Pepe” no le iba a parecer bien que montara ese tipo de quiosco  pero era cuestión de tiempo y un poco de esfuerzo, mucho menor de lo que esperaba. Tanto su marido como su familia eran muy, pero que muy devotos y, según el razonamiento de la abuela de Antonia, “de rezar a Dios a rezar al Diablo sólo hay un paso”. Así que comenzó a acompañarle a su misa diaria con su cuñada Regina, señora absolutamente preconciliar –aunque no queda claro de qué concilio, podría ser el Trento-, con su velo de encaje, breviario, y rosario de azabache y plata, ojos en blanco al rezar, novena a diario y rosario a las siete. Ah, y pieles con joyerío a misa de doce los Domingos y fiestas de guardar. Mucha prosopopeya y puesta en escena pero poco más, conocía el tipo. En el fondo eran como los del pueblo pero con mejor guardarropa o como diría también su abuela “piojos puestos en limpio”.
Regina vivía en el mismo en otro portal del mismo bloque y no era precisamente un derroche de salud así que cuando ya Antonia se había apropiado de los usos religiosos como lo del velo y la letanía en latín la gripe que su cuñada agarró el primer invierno fue un regalo para la recién casada que, siguiendo la prescripción facultativa que no se expusiera la convaleciente a los fríos pero que le convenía dar pequeños paseos durante la convalecencia, propuso que viniera a su casa, más silenciosa y recogida, a rezar el rosario. Como a “su Pepe” le gustaba ver los documentales en salón, preparó el cuartito con dos butacas, una mesita y, al principio, una gran fotografía del rostro de Jesús de Medinaceli, nada más. Rosario, té con pastitas inglesas, claro, y tertulia hasta la cena. Ahí fue donde la Antonia comenzó a dejar caer, como quien no quiere la cosa los remedios caseros de su abuela –callando que también de su madre, la lejanía en el tiempo da prestigio a según qué cosas-, las imágenes milagrosas del pueblo y sus contornos, algunas reales, otras digamos que un tanto adornadas. Aquel invierno fue especialmente largo y duro; así que el párroco vio, no sin cierto alivio, como las amigas de Regina iban desapareciendo del rosario para acudir cada tarde al acogedor cuartito donde Antonia iba desplegando sus historias, sus remedios y sus rezos a medio camino entre el paganismo y el cristianismo mas cerril. La oración al aceite, por ejemplo, infalible para usarla contra enfermedades varias, o la larguísima oración de protección a Santa Catalina que decía, con general aprobación de tan caritativas damas, cosas como “que a quien me persiga se le caigan las piernas” y otras lindezas. Así entraron las dos pequeñas imágenes de Santa Catalina (la de Siena y la de Alejandría). Al poco las paredes estaban llenas de de diminutos altares, estampas de devoción y alguna que otra benditera. Su marido estaba tan contento de verse liberado de acompañar a su hermana mayor a sus devociones pasando a ser lo que se dice “creyente no practicante”. Sin embargo el objetivo de su mujer aun parecía estar lejos.
La oportunidad le llegó que ni puesta a propósito por el destino con las primeras tardes apacibles de primavera. Sobre los cementerios las urracas volaban y eso le recordó otra de las “cosas de su abuela”.
-Mi abuela decía que cuando volaban así es que alguien  iba a recibir noticias de un ser querido del que no sabía nada hacía mucho tiempo –dejó caer entre dos remilgados sorbos de té.
Sofía, una de las amigas de su cuñada palideció. “Ya está” pensó Antonia y tuvo razón.
-¿Buenas o malas? –preguntó con un hilo de voz.
-Para eso mi abuela usaba las cartas.
-¿Sabes leerlas?
-Uy ya se me habrá olvidado –y así se hizo de rogar un buen rato hasta ceder entre protestas.
Tras una elaborada interpretación auguró que las noticias serían prontas y buenas. Si fue por tener poderes o por pura casualidad nunca lo tuvo muy claro (y eso que le ocurría a menudo) pero el caso es que a las cuarenta y ocho horas un hijo de Sofía con el que había perdido el contacto quince años atrás llamó pidiendo perdón y diciéndole que acaba de nacerle una nietecita que se llamaría como ella. Acierto pleno aunque, eso sí, a Sofía le dio tal soponcio que casi la manda al otro barrio.
-Aquel otoño ya tenía el negocio montado.
-No jodas –respondió Rogelio acabando de cargar el coche.
-Pues sí, y con eso completo la pensión de mi Pepe que no es precisamente para tirar cohetes.
Algo iba a contestar Rogelio cuando unos estampidos rompieron la noche. Ramón el del Molino estaba matando sus animales. Así acababa el pueblo. Un punto final propio, casi un adelanto de su propia extinción y todo pareció confabularse para que aquella mañana que siguió pareciera el Apocalipsis. Llovió a mares durante el entierro y el viento levantaba tejas y volvía paraguas. Se organizaron los coches para el regreso y nadie volvió la mirada. Pronto ya no reconocerían las ruinas ni tendrían donde volver. Antonia se ofreció a llevarle y Rogelio aceptó encantado pero el hombre que se subió al coche ya no era el mismo que le ayudó a cargarlo.

sábado, 25 de junio de 2016

A enemigo que huye puente de plata

Por fin la pérfida Albión ha dado la cara del Caballo de Troya que siempre fue. Harto estoy de que los rótulos estén en el Levante en inglés sólo para que su racismo colonialista imperial no tenga que hacer el esfuerso de aprender español. Harto estoy de que se les trate en Europa como si fueran de otra pasta. De su racismo, de sui mirar por encima del hombro, de su despreciabla trato al extranjero, aunque tenga más dinero que ellos, de su ocasional condescendencia. En suma, estoy harto de ellos y su Imperio ficticio, que a base de ridículo llega a ser hasta entrañable, de negar la sanidad a los demás y que sus supervivientes de la guerra de Crimea vivan aquí por que de otro modo no podrian sufragarse su medicación. ASí que por mi parte zape, que cuanto menos bulto más claridad. .

miércoles, 22 de junio de 2016

De segundas 6



Una mañana la Rosa amaneció muerta en su cama bajo la Virgen del Carmen, con el rosario y la dentadura postiza en la mesilla. Como de costumbre en estos caso las líneas de comunicación se activaron y todo el pueblo se puso en marcha. Quiso el hado, el destino o el taxista que fuera Rogelio el primero en llegar. Ramón el del Molino, el otro habitante del pueblo, se había extrañado al no verla abriendo las ventanas al alba como siempre. Cuando él llegó estaban la Guardia Civil, el médico y el padre Alejandro, el joven párroco de cinco pueblos que ya no se separó de la difunta hasta que la enterró ocupándose de todo, desde el papeleo a la cocina.
Al llegar, sobre las diez, el pueblo estaba vacío, salvo los coches delante de la casa de la Rosa, de la que nunca había salido para vivir en otra. Había nevado unos días atrás y sobre la nieve y las piedras de las calles una capa de hielo se extendía dando al paisaje un aspecto aun más siniestro contra el cielo casi negro. La Rosa había muerto y parecía que con ella los últimos signos de vida del lugar
El ojo entrenado podía ver que quienes solían ir en verano, hacía por lo menos dos años que no lo hacían, incluso quienes no volverían. Buscó el único foco de calor y vida que era la cocina de la Rosa. Ni el médico ni los civiles tardaron mucho en marcharse, por lo visto era un acontecimiento esperado, aunque nadie de la familia tenía la menor idea. Poco después los vecinos comenzaron a llegar pero algunos estaban ya demasiado enfermos o viejos para viajar y eran sus hijos a quienes ya no se les reconocía quienes iban en representación de la familia recordando cuando trotaban por aquellas calles aquellos veranos. Otros demasiado ocupados con su nueva vida o cuidando a sus nietos que ni siquiera conocían el pueblo. Aun así fueron llegando y subiendo a verla. La muerte había borrado el gesto amargo y volvía a ser guapa, una anciana guapa y casi dulce; salvo por las arrugas, parecía la misma joven que le había vuelto loco y a quien había pretendido tantos años atrás.
Se ocupó de encender todas las fuentes de calor del comedor que tenía la misma decoración que cvuando vivía doña Petra. Las mujeres se acomodarían en la cocina combinando cocido y rosarios y los hombres allí, como se hacía siempre.
En el aparador seguía la virgen en su campana de cristal, los ramos de flores secas en las suyas, el paño de encaje ya amarillento por los años. Sobre todo ello, en la pared, la fotografía de los abuelos con bandas negras cruzadas en las esquinas. Todo limpio y reluciente. La Rosa lo mantuvo así toda su vida, como cuando él venía a cortejarla. Lo único que había cambiadoera que, aquí y allí, salpicando el espacio, brillaban marcos nuevos o no tanto, pero si en relación al aparador y a los recuerdos- con las fotos de la familia a lo largo de los años: bodas, nacimientos, comuniones, vacaciones, retratos. Le llamó la atención un marco casi escondido con una fotografía de Jesús. Recordaba aquella excursión, habían ido todos los hombres de la familia al río mientras ellas preparaban la comida, tendría su chico unos dieciséis o diecisiete años, como cabía esperar acabaron nadando y jugando todos desnudos, él el primero. Al salir Elías les hacía una foto cubriéndose con una mano y con el bañador en la otra, todos muertos de risa. La que tenía Rosa era un primer plano de su sobrino sonriente. Al coger el portarretratos casi se le desarma dejando ver otra foto detrás, era casi idéntica a las de los bañadores pero con la diferencia de que Jesús no se cubría y tampoco apretaba el bañador en la mano izquierda, más bien parecía exhibirse deliberadamente ante la cámara. Ante Elías. Sin duda era el mismo día pero no parecía el mismo chico travieso jugando sino un hombre que ya no jugaba, al menos al mismo juego. Guardó la foto en su cartera casi temiendo ser sorprendido, aunque al fin y al cabo tenía todo el derecho de llevarse las fotos de su chico.
Al mediodía ya había llegado toda la familia menos Jesús, claro, la Isa explicó que no iba a poder ir por algo a lo que Rogelio ni prestó atención. Los demás vecinos fueron llegando como un goteo a lo largo de la tarde. Las cuatro serían cuando llegaron los sobrinos de Ramón el del Molino –demasiado aficionado a las ovejas para tener hijos- con la firme decisión de llevárselo con ellos y poco después unas señora espigada de pelo lila, de pantalones, sí, pero de gala. Le costó reconocerla bajo aquella apariencia de dama aristocrática  con sus perlas y todo.
-Hola, Rogelio, te acompaño en el sentimiento.
Era la Antonia aunque se había refinado tanto que hab que mirarla varias veces para reconocerla. Siempre había sido muy señorita pero no para tanto, caramba. Decir se había dicho mucho desde que se fue del pueblo, pero saberse en serio, poco o nada. Tampoco creía que la gente tuviera mucho interés en mantener el contacto. Entre su madre y ella sabían los trapos más sucios de todo el mundo; quizás por eso apenas enterró a su madre se fue como alma que lleva el diablo. La noche se había echado encima con el hielo flotando en el aire. Alguien dio el pistoletazo de salida de los rosarios colectivos y las letanías en latín que el párroco extendió al duelo de los hombres. Rogelio ni creía ni dejaba de hacerlo, pero no le importaba tanto la difunta como para tragarse todo aquello, así que se escabulló a fumar a la calle. Sacó las gafas de cerca y la fotografía, nunca se había dado cuenta de lo mucho que se le parece su hijo, quizás no tanto en la cara como en las formas de su cuerpo, exactamente así es como se recordaba cuando se miraba en el armario de luna aproximadamente a esa edad ¿Por eso guardaba Rosa esa fotografía?, ¿Por qué le recordaba a él cuando se la estuvo cepillando? Sonrió imaginando a su cuñada con esa foto en las manos, evocándole y quizás…
-Veo que tampoco tú soportas más de lo imprescindible tanta beatería –Antonia, arrebujada en sus pieles se le acercaba despacio, encendiendo un cigarrillo y dándole tiempo deliberadamente a guardarse la foto sin que pareciera apresurarse.
-No, la verdad. Las cosas de la iglesia no me gustan nada.
-Yo ya tengo más que suficiente con el trabajo y eso que si hubo alguna vez ocasión adecuada para un velatorio y oraciones fúnebres es esta. Es el pueblo que se muere con Rosa. Ramón se va con sus sobrinos y luego ya… nadie. Bueno,, me voy a recoger las últimas cajas de mi casa que no creo que yo tampoco vuelva por aquí.
-Te acompaño, todavía puedo con una caja.
-Te lo agradezco mucho, esta noche la muerte pesa demasiado en estas calles ¿no no notas, no lo oyes?
-No. Sólo el silencio y el viento encajonado.
-Eso es el sonido de la vida yéndose del pueblo y el de los recuerdos comenzando a diluirse.
-Se me olvidaba que siempre dices cosas raras
-Bueno, vivo de eso.

sábado, 4 de junio de 2016

Junio

Me gusta junio, siempre me ha gustado junio. Es un mes más o menos apacible sin el calor del verano pero ya presintiéndolo. La vida aun no ha comenzado su parálisis veraniega pero y casi es verano. Debería ser junio todo el año. Claro, menos en Navidad. 
Este junio me temo que va a ser movidito. ¡¡¡Tenemos elecciones!!! No es que me preocupe especialmente, bueno, sí, ¿para qué engañar a nadie? Me jode muy especialmente que tengo todos los carnets caducados y no me dan fecha hasta julio para renovarlos así que no puedo votar para hacer pupa al PP que, básicamente es para lo que voto.
A ver si puedo hablar en serio un ratito del choteo generalizado en se ha convertido la política española. Digamos que intento hacer un "panorama desde el puente", procurando no acabar tirándome de él. 
Por un lado está el Invicto Caudillo Rajoy con su mantra económico que a nadie le importa, digo a nadie de la calle por que la situación del ciudadano no ha mejorado y cuando oímos que personas con trabajo tienen que ir a comer a comedores sociales o que en verano los niños se quedan sin la única comida completa del día es algo que está claro. Como cuando escuchamos a universitarios de primero dar por hecho que se tendrán que ir del país al acabar la carrera. El Invicto, cual conejito de Alicia, lleva tanta prisa que ni mira a su alrededor, y ahí sigue en su país de las Maravillas y leyendo el Marca. ¿Si yo cuando estudiaba mi carrera no tenía tiempo de leer el periódico, como lo tiene él con el cargo que tiene? Misterios galaicos, será cousiña de meigas. Ni vale la pena mencionar a la pandilla de buitres carroñeros que le rodean empezando por la gorila que no está en peligro de extinción, Rita Barberá, y siguiendo por la víbora agazapada para el ataque mortal, La Espe. Soraya es un elemento importante... menos en campaña electoral, se pone insoportable. Me gusta la Cifuentes, pero tengo mis reservas hay lovos que se camuflan muy bien. 
Pasemos al yerno ideal de todas las suegras, Rivera. pues lo veo como una derecha casi civilizada, lo que ya es mucho, pero demasiado ambiguo, tan cerca de la casi izquierda moderada del PSOE como del neoliberalismo del PP, vamos que no se puede contar con él como baza segura para nadie, aunque sería el perfecto partido bisagra de la oposición. 
Pedro Sanchez pertenece a la "generación de guapos" que apareció hace un par de años, sobre todo en el PP y no puedo dejar de pensar que le han engañado sus compañeros. Como no se aclaran ellos ponen una víctima propiciatoria para que las garras y los caninos se ensañen con él y ver por donde muerde cada uno y así aclararse para elegir al verdadero candidato que llegue al poder. Hicieron lo mismo entre Gonzalez y Zapatero. Ideológicamente el PSOE es la izquierda moderada, tan moderada que no tiene defensa ante las crisis exteriores. De manera que a las derechas les parecen casi herederos de Lenin y a las izquierdas, de Fraga. Compleja situación que necesita alguien con mucho pulso para llevar el ten con ten ncesario sin perder de vista sus orígenes. No sé si Pedro Sanchez lo tiene, no me dejan verlo los ataques de su propia jauría.
Garzón/Igesias me gustaría si el orden fuera así, una mayoría de izquierda unida y un apoyo de Podemos. Como es al revés, he de decir que conozco las élites universitarias lo suficientes como para tentarme el bolsillo cuando las tengo cerca y como para saber que nada hay más lejos del pueblo que dicen defender que ellos, por ese pueblo no existe, es que definieron Marx etc, los grandes pensadores, pero del ... XIX. Si a eso añadimos que básicamente sus líderes son unos impresentables sin ni siquiera la talla como para hacer un discurso sin insultar o montar numeritos. Yo tenía un pariente que ahora tendría ciento diez años, y hablaba y decía exactamente lo mismo que el Iglesias, por cierto, acabó con la cabeza ida, y no digo ná.