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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Malas noticias o el inicio del final, el Apocalipsis en suma.

Quienes vean la imagen con que inicio la entrada se imaginarán que nada bueno voy a decir.
Mariola y Manolo tendrán que esperar turno, lo de hoy es tan triste, tan triste que no deja espacio para relatos.
Antes que nada ayer al entrar en el escritorio de blogguer me llevé el gran disgusto. L'armari obert, http://leopoldest.blogspot.com.es/2013/11/larmari-obert-punto-y-final.html , un blog con una talla excepcional que aportaba tanto conocimiento, tanta historia y tanto dato sobre la historia de las minorías sexuales. Ese armario lleno de rigor se cierra. Una pérdida irreparable pues pocos podrán alcanzarle en su tema. Lo peor no es su pérdida que ya sería suficiente para hablar de él, lo peor, y se me abren las carnes al decirlo, son los argumentos que emplea: autocensura, bronca, censura. Asi se cierran las puertas, primero, luego las ventanas y, finalmente, se apagan las luces. Poco a poco lo van consiguiendo. ¡Cuanto costó abrir armarios y con cuanta facilidad los van cerrando! si se me permite el juego de palabras con el título del blog. No he dejado nada en los comentarios pues es demasiado lo que habría que decir para decirlo ni siquiera dedicándole en exclusiva la entrada al tema.
Las luces han empezado a apagarse. Signo inequívoco del fin de los tiempos, por lo menos de los tiempos en que un ser humano cabal pueda considerar dignos de ser vividos. Y se apagan deprisa, muy deprisa. El sábado pasado me fui de compras a la Puerta del Sol. La librería de El Corte Inglés que, querámoslo o no, es una institución de referencia en esta ciudad tenía un escaparate exclusivamente dedicado a un libro. El que da a Sol, precisamente, vamos el que más se ve, el que más llama. Me sorprendió que en estas fechas en que el libro es regalo y cuanta más variedad se ofrezca más posibilidades de enganchar al viandante así que me acerqué a ver qué obra maestra era la que ocupaba el lugar de privilegio. ¿Acaso un premio Nobel, acaso un premio Cervantes, acaso un escritor de fuste, un Felix Grande por ejemplo? Pues no. Es un libro de, o firmado por, una moza de muelle fácil que alcanzó notoriedad por otro tipo de facilidad y que la mantiene a base de alardear de ... me callo por que todos sabemos a qué se dedica esta buena mujer. Para mayor escarnio el prólogo es de Boris Izaguirre, de cuya talla también sabemos todos. Me acordé de Jovellanos encerrado, de los ilustrados exilados o fusilados, de los intelectuales represaliados, de cuantos lucharon por una educación para el país, de cuantos se dejaron la vida intentando que sus niños, en el sentido de alumnos, tuvieran la capacidad de pensar y discernir, de cuantos trabajaron hasta dejarse la vida en el afán de mejorar el país. Las danaides fueron condenadas en el averno griego a estar eternamente acarreando agua para llenar un cántaro sin fondo. Como ellas fueron todos aquellos mártires con Jovellanos al frente, por poner a alguien, que pretendieron educar al cántaro sin fondo de los españoles, la consecuencia es que este país es el Averno, pues sí, parece que sí. El libro se está vendiendo como churros calientes, o eso dicen, y supongo que como yo somos muchos los que lamentamos haber dedicado nuestra vida a la cultura y su divulgación, mal pagados -cuando lo estamos- y peor considerados cuando podíamos habernos hecho famosuelo enseñando el culo, abogados de estafadores, o concejales de urbanismo si se conoce al estafador adecuado. También funciona el ser novio de famosa/o  y el tradicional empleo de gigoló, cuando no lo de hacerse descuidero de guante blanco, pongo por caso. Juventudes perdidas entre libros cuando podíamos haber estado de juerga intentando que nos metiera mano alguien de renombre para correr a vender la exclusiva. Cierto que la mayoría son glorias de un día pero en ese día han ganado más dinero -y el dinero es supervivencia, no otra cosa- que lo que ganamos uno de nosotros en una vida. A ellos se les admira, se corre a comprar sus libros a ver sus programas televisivos forrando a las cadenas con audiencias inauditas y hasta a que les firmen los libros. A nosotros no deja de recordársenos que no ganamos dinero.
Permitidme un comentario añadido. Hace poco, donde voy a aprender a pintar, o a intentarlo al menos, pensé que podría interesarles unas charlas sobre la exposición de Velázquez que tiene lugar en Museo del Prado. Acerté de pleno, todo el mundo se mostró de lo más interesado en ello, hasta que se dieron cuenta de que había que pagar. Todo interés desapareció por 25€ seis horas en tres jornadas. Seguro que están corriendo a comprar el libro de la dama de muelle fácil. No me sorprendió, estoy acostumbrado, sólo lamento primero no haber sabido antes en país vivo y su actitud ante la cultura (hubiera estudiado Rita la Cantaora), y que su victoria sea tan absoluta como para acabar cosas como L'armari obert. 
En realidad, no merecen más que lo que tienen (y tenemos los demás, gracias a ellos, claro) corrupción, despotismo, chulería, desprecio y que el dinero acabe en las cuentas en Suiza de las familias que controlan el caciquismo desde el XVIII. 

Danaides de Waterhouse 1906, para que haya algo bello en esta entrada. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Dos emes en realce, (segunda entrega)


Las dos emes entrelazadas bordadas en realce en el almohadón no dejan de hacerle sonreír, tantos años después. Manuel y Mariola. Verlas cuando su novia mostraba el ajuar había sido un logro. Si pudiera ser sincero consigo mismo –algo que nunca le ha sido posible- tendría que reconocer que había sido algo más, mucho más, que “un logro” y en más de un sentido.
Mariola fue un hallazgo valiosísimo con quien se tropezó con poco menos de treinta año, comenzaba a temer acabar deslizándose por la pendiente de perdición y condenación que le auguraba su confesor. ¿Es Manuel creyente? Cuestión peliaguda, su respuesta inmediata sería un “sí” rotundo y convencido, pero ya hemos comentado que le nunca ha sabido ser sincero ante sí mismo. Por cierto, a Manuel, nadie jamás le llamó Manuel. Incluso si hubiera de pasar a la historia lo haría como Manolo –a pesar de tener una cara de Pepe que tira de espaldas-. Pero no estábamos hablando de nombres sino de creencias. Frente a la fe superficial y social, cómoda pero sencilla, inocente y hasta un tanto desconfiada de Mariola que hubiera podido afirmar aquello de Doña Inés “Aquí está Dios. Aquí le adoro” y muy poco más, la fe de Manolo es torturada, tortuosa y mortificante pero carente tanto de la simplicidad feliz del ignorante como de quien se apoya en la mente para luchar por esa fe. Ya sé que a estas alturas del siglo y de la historia hablar de estas cosas queda decimonónico, se diría que nadie da importancia hoy a la religión, lo que viene a ser como mirar hacia otro lado cuando nos encontramos con un animal destripado o un suicida en el Viaducto, pero, para bien o para mal, quienes rigen sus vidas –y al final gran parte de las de los demás- por su manera de vivir su religión son legión. Es el caso de nuestro hombre.
Nacido en feraces tierras en una familia y una casa que había conocido tiempos mejores de los que nadie se acordaría sino fuera por el pazo medio ruinoso que no había manera de vender y donde nunca se sintió en casa por más que no conoció otra hasta bastante después de casarse con Mariola. Desde muy joven las presencias femeninas eran apenas perceptibles para él, curioso siendo el único hijo varón, el mito de Edipo fracasa estrepitosamente en su persona salvo en el tópico enfrentamiento adolescente con el padre, un tanto prematuro a decir verdad pues se produjo prácticamente desde la infancia.
Hoy en el cuartito de estar de su casa, recoleto y coquetón, sobre la estantería que sólo contiene álbumes de fotos está el retrato de un señor de enormes mostachos, ovalado, y de color sepia, el abuelo materno de Manolo, al menos eso dice Manolo. Nosotros, que le apreciamos, no vamos a cuestionarlo, Dios nos libre de poner en duda su palabra pero quizás si alguien que entendiera le echara un ojo diría que ese caballero en cuestión viste a la moda del reinado de Isabel II y hasta es posible encontrar caballeros “parecidos” a la venta en mercadillos y ferias de papel antiguo. Más, como no gustamos de ser maledicentes, dejaremos aquí el tema. Es más, ni siquiera nos importa si el señor sepia de gruesos mostachos es o no el ancestro de nuestro Manolo, sino la importancia que tuvo para él aquel abuelo materno que le llevaba de la mano en sus paseos, al colegio o a la iglesia. Pequeña y musgosa capilla donde recibía catequesis y único lugar donde el pequeño encontraba la serenidad que no hallaba en ningún otro lugar, tanto que no era infrecuente que se le encontraran dormido en sus bancos apenas el abuelo se liaba un pitillo con el señor cura párroco que, lejos de ofenderse, entendía aquello como sí el pequeño se encontrara acunado en brazos de Dios.
De algún extraño modo el viejo curita rural tenía razón, y es que el pequeño vivía acosado por cosas que no entendía en la casa. No eran las habituales discusiones inevitables donde viven los restos, escasos pero excesivos para una sola casa, de dos familias, ni siquiera los enfrentamientos con sordina que presentía más que oía de noche en su cama. La guerra no había hecho mella ni física ni económica en la familia, no había habido bajas, ni enfrentamientos, ni siquiera el lugar pareció enterarse mucho de lo que pasaba más allá de sus lindes, sin embargo, a pesar ello un oscuro miedo parecía rezumar de techos y pareces apenas entraba en casa. Sólo en la ermita se encontraba el niño cómodo pues en el colegio tampoco lo estaba y no por ser mal estudiante –del montón, aplicadito y poco más- ni por llevarse mal con los compañeros. Le faltaba, eso sí, él o los amigos cercanos. Aprendió pronto a evitarlos pues cuando encontraba esa intimidad amistosa de compartir pensamientos y divagar a lo tonto no tardaba en aparecer un oscuro y creciente sentimiento ambiguo de culpa y de amenaza, difuso pero suficiente como para alejarse del otro. Quizás, sólo quizás, por eso pasara tantas horas bajo la bóveda de la iglesia, protegido por el reverencial silencio de trabar relaciones y del miedo familiar, como si la lucecita del sagrario gritara un contundente “Vade Retro” al fantasma del bisabuelo paterno suicidado, del abuelo suicidado y de los tres tíos que encontraron en la cuerda, la escopeta y el acantilado un fin que creyeron adecuado. Nadie sabía como había muerto el padre del bisabuelo, lo que daba lugar a rumores familiares y pueblerinos. Quizás por eso su padre parecía una bestia acosada, enemigo personal del varón engendrado, quizás por eso quienes vivían en la casa temblaban al abrir una puerta con el miedo de encontrar sus piernas colgando de una viga.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Dos emes en realce (primera entrega)


Las dos emes se entrelazan airosas sobre la almohada bordadas en realce por las monjitas del convento de Santa Leocadia del Monte para el ajuar de la novia burguesita de capital de provincia eternamente agonizante y aburrida. Mariola y Manuel. Letra inglesa, elegantemente inclinada, que centra un manojo de primores entre bordados y encajes.

Comenzaba a sonar por entonces Karina en las radios de los incipientes y ahora ya míticos guateques. Guateques a los que Mariola y su hermana acudían endomingadas como si el siglo no se hubiera decidido del todo a pasar la página de la década de su ecuador. Iban siempre los mismos chicos, las mismas chicas y con la misma supervisión discreta pero efectiva de los padres del anfitrión o anfitriona. Ocasionalmente aparecía el amigo recién llegado, la prima del pueblo o el forastero a quien acoger con la proverbial hospitalidad de la provecta ciudad, sobre todo si era funcionario allí destinado y soltero, claro. Casi holgaba decirlo.

Mariola era una chica encantadora pero irremediablemente poco agraciada, ni uno solo de sus rasgos podría definirse como hermoso, aunque tampoco como declaradamente feo. A sus veinte años parecía haber cumplido los treinta y…, claro a los sesenta parecía acabar de cumplir los cuarenta, pero eso no era ningún consuelo a los veinte. Muy ligeramente entrada en carnes, era nuestra muchacha alta, de tobillos gruesos, caderas altas y busto, si no escaso, sí algo informe. La cintura era para ella algo que tenían las demás y hasta el cuello era corto y ancho. Sin embargo, era de ahí para arriba donde su físico fracasaba… estrepitosamente. Ojos pequeños, óvalo ancho, boca indiferente y nariz escasa, tan escasa que parecía un animalillo asustado que nunca se hubiera decidido del todo a salir de su madriguera, lo que siempre ha dificultado su respiración nasal. Un cabello estropajoso de color indefinido e indefinible, castigado por las lacas y crepados que la moda imponía remataba aquella cabeza. Si algún encanto tenía hubieran podido ser sus manos, cuidadas, gordezuelas y diestras en labores de costura pero era tal la sosería con que las movía o, por mejor decir, no las movía, que pasaban desapercibidas. En resumidas cuentas, Mariola era invisible para los chicos; era lo que las amigas definían (y hasta donde yo sé siguen haciéndolo) como “muy buena chica”. De nada valía su delicadeza innata, la suavidad amable de su trato, su afán de agradar sin intentar seducir y el don de saber estar complementado con la gracia de hacerlo donde y para quien pudiera necesitarla. Su invisibilidad era perfecta pues tampoco ella hacía nada por romperla, no cotilleaba, ni contaba chistes, jamás la más inocente picardía salió de sus labios ni alteró su discreción vistiendo o exhibiendo ostentosamente sus joyas a las que es aficionada no tanto por su valor como por su belleza. Mariola tenía, y conserva, el supremo encanto de ser sencillamente como era, como Dios le había hecho, un Dios en que creía firme pero prudentemente, en cuyo culto personal pesaban tanto o más las convenciones sociales como las convicciones personales; un Dios que tampoco había sido precisamente prodigo con ella pues, por no conceder, ni buena salud le había dado.

De niña era enfermiza y débil agarrando, diríase que con ansía, cuanta enfermedad pasaba cerca o no tan cerca de ella. Aunque cuando las emes entrelazadas en la almohada nupcial comenzaron a bordarse en el convento, prueba de los posibles de las familias de la ciudad, su salud parecía ser perfecta, por fin, no resultaba fácil ante ese ajuar pasar por alto que apenas llegada la edad adulta una violenta infección acabó con ella en el quirófano “dejándola hueca” como decían las buenas gentes amigas de la familia, las mismas que cruzaban miradas burlonas y comentarios mudos cuando, siguiendo rituales atávicos (e indescifrables desde nuestro s. XXI) se les conducía al saloncito donde se exponía el ajuar convenientemente dispuesto con el mejor gusto y criterio museístico. Ante las emes entrelazadas en los juegos de cama que dejaban bien claro quienes eran sus padres la única que no daba importancia a lo que no se decía pero sí que pesaba en el aire, algo así como “si ese supiera lo que se lleva”, era Mariola.

Es aventurado, sin duda, hablar de cuanto pasaba por su mente pero he de deja claro que, por mucho que Mariola bajo su don apacible pudiera parecer tonta, estaba muy lejos de serlo.

martes, 12 de noviembre de 2013

HUelga de limpieza en Madrid

Al margen de lo del aroma a neoliberalismo que es repugnantemente real quisiera decir algunas cosillas sobre la limpieza en Madrid.
A ver por donde empiezo. Yo vivo junto a Madrid Río y hay que ver como reluce, ni un papel, ni una hoja, nada. Hoy por hoy es la joya de la corona de los que mandan, no sé si será por eso o por que esos trabajos los haga otra empresa que no esté en huelga el caso es que da gloria de verlo. Si se baja uno del paseo en cuestión no se nota demasiado la huelga, nunca está muy limpio y ahora mismo mi calle parece más bien que los que estén de huelga sean quienes recogen cartones que los basureros.
Curiosamente si uno coge calle Segovia arriba, hacia el centro de la ciudad la suciedad aumenta, evidentemente se han volcado contenedores etc. Pero lo cierto es que tampoco a pie de calle se nota tanto. La verdad es que la zona centro nunca se limpia mucho, digan lo que digan los próceres del consistorio. Claro es que falta gente y sé que es así por que tengo la costumbre de saludar a los barrenderos y demás trabajadores de la ciudad que habitualmente suelen ser invisibles para el ciudadano y a veces se charla un rato. Ninguno me ha dicho que falta gente pero sí las zonas que les tocan. Son, o eran cuando me lo contaron, directamente inabarcables para una sola persona. Ahora quieren reducir personal, y bastante, pero es que estamos en el paraíso de las subcontratas y del lavado de manos. Además de que cada ciudadano cree que él es el único con derecho a hacer huelga, con lo cual todas pierden fuerza. Si el barrendero no apoya las de sanidad, las de sanidad no apoyan las de educación, y éstas no apoyan las de limpieza resulta que: ninguna tiene fuerza en la calle cuando curiosamente las tres afectan a toda la población madrileña o no.
En la Manifestación por la Diversidad (Discapacitados varios) sólo vamos los discapacitados, por no ir no van ni las familias -padres con hijos pequeños sí, desde luego-. Tanto que ya nos han desviado por calles que no son visibles. No se trata de "solidaridad", se trata de que mañana serás viejo y discapacitado y necesitarás eliminación de barreras, se trata de mañana tendrás un accidente y tendrás que pelear para que te mantengan tu trabajo, se trata de que tu hijo, tu sobrino (Dios o quien corresponda no permita que nazca ni uno más) nacerá con algún problema y querrás que lleve la vida digna que nos quitaron y que están volviendo a quitarnos, que tenga tratamientos adecuados aunque no vivas en la Moraleja o en el Barrio Salamanca. Ni siquiera nos miran y este año, por primera vez en televisión se han emitido imágenes de la manifestación.  
Esos ciuadadanos que protestan por que la ciudad está un poquito más sucia de lo habitual quieren que todo el mundo se levante en armas para que a ellos en su trabajo les suban el sueldo -seguro que tienen razón al pedirlo- pero no moverán un dedo por apoyar la sanidad salvo para montar grescas en los ambulatorios y hospitales a quienes defienden sin medios la sanidad que ellos quieren disfrutar pero no defender. Quieren tener colegios donde mandar a sus hijos (o aparcar, según se mire) pero no harán nada para evitar que esos colegios se deterioren en todos los sentidos.
Así, con este panorama, ¿quien puede tomarse en serio a la ciudadanía cuando brama como cochino en matanza por unos cuantos contenedores volcados, por muy reprobable que sea?

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Noviembre

Volvemos al calendario con las alegorías de Gaspar Camps, en realidad sé muy poco de su figura y en el poco tiempo que he podido dedicar a buscar en la red lo más completo sobre él está aquí: http://www.odisea2008.com/2013/02/gaspar-camps-ilustrador.html
Donde además hace comentarios interesantes sobre el tamaño de las imágenes y demás. Donde no puedo añadir nada, mejor remito a las fuentes, por muy mal que quede uno.
En realidad es más interesante el conjunto del calendario de alegorías que el mes concreto. En noviembre vemos que el decorativismo se excede en, por ejemplo, las volutas de humo que parecen más bien tentáculos o serpientes de la cabellera de Medusa, así como en el joyerío que luce la mozuela que encarna el mes. El marco con corazoncitos y estrellitas es todo un hallazgo y, por más que me esfuerzo, no logro encontrar algo que sin el rótulo nos indicara siquiera la estación. A menos que las flores que aparecen repetidamente en muestrario de alhajas que lleva sean estilizaciones de alguna flor otoñal o que las hojas verdes de sus sienes sean propias de algún árbol simbólico. Confieso mi ignorancia botánica.
Sigue siendo innegable la influencia de Alphonse Mucha, pero, al menos en este caso, un tanto excesivamente forzada en su aspecto más decorativo. Podría seguir poniéndole pegas y defectillos, pero lo cierto es que este tipo de imágenes me fascina, unas más que otras, obviamente. Además me lleva a una reflexión: ¿Que calendarios tenemos hoy día?
En mi casa cuelgo el Calendario Zaragozano, moderno que es uno. En mi cartera, los que me dan de publicidad en la floristería del cementerio y poco más. Los que veo a la venta no son mucho más sofisticados, fotogramas de El señor de los anillos, Justin Bieber, la película de turno, gatitos adorables,  las imágenes más tópicas de Van Gogh o Klimt (para parecer que saben lo que ven) y alguno que otro de pin-up de los cincuenta.
¿Que ocurre? Que el tema central de lo humano, el transcurrir del tiempo, ya no tiene suficiente tirón para creadores y editores. A lo mejor es que el público prefiere no tener a la vista más que lo conocido y la alegoría queda un poquito por encima del uso que el hombre medio da a su cerebro. Si al menos pusiéramos los de Union de Explosivos Riotinto.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Nuestros vivos

Mañana es dos de Noviembre, Dia de los fieles difuntos. Tradiciones precristianas, flores, huesos de santo, castañas, cementerios y crisantemos. Si hay suerte, el Tenorio por la noche. Lamparillas en los hogares y recuerdos. Toda la parafernalia que conocemos quizás más por haberla vivido en nuestra infancia que, la continuemos o no, por sentirla.

Ahora bien, si tenemos una bien nutrida serie de prácticas y rituales para tener presentes a quienes amamos y ya no están –aunque los recuerdos que conservemos de nuestros abuelos, por ejemplo, sean difusos o aunque, en realidad, amemos en ellos lo que otras personas más cercanas recordaban y amaban-, surge una pregunta: ¿Qué rito, práctica o catarsis tenemos para llorar y tener presentes a nuestros vivos? No, no es ni una boutade ni una paradoja aunque pueda parecerlo.

Me estoy refiriendo a quienes amamos –familia, amigos- que están compartiendo espacio y tiempo en este mundo con nosotros. Me estoy refiriendo a esas personas que no sólo amamos sino que han demostrado amarnos, llegado el caso. A quienes, lo sabemos, no les dolerían prendas en ofrecernos lo mejor de sí mismos, llegado el caso. Obviamente hay grados, hay temperamentos pero cada quien conoce a sus allegados y sabe hasta donde puede llegar cada uno, incluso cuando ese “hasta donde” no pasa de echar unas risas y tomar unas cañas, llegado el caso.

¿Qué ancestral ceremonia se hace para llorar y hacer presentes a los presentes? A esos presentes que no encuentran momento para quedar –y no me refiero a los que nos dan largas por que no quieren, sino a esos presentes que disfrutan de tu compañía como tú de la suya, que lo han demostrado, llegado el caso-, los que están demasiado ocupados para recordar una fecha, para –ahora que se acercan las fiestas- escribir una tarjeta o para coger un teléfono y dedicarte cinco minutos. Tan ocupados que llegan a coartarte a la hora de ser tú quien felicite un cumpleaños o llame para saber de ellos. Incluso para acudir a ellos llegado el caso.

Así nuestros vivos, casi insensiblemente se van desdibujando en nuestras vidas, hasta ser poco más que unas imágenes nebulosas que sabes que están ahí, llegado el caso. Poco a poco, sin que nadie quiera pero también sin que nadie haga nada por evitarlo, los ausentes, aquellos cuyos recuerdos se van volviendo borrosos con el tiempo, cuyos aniversarios recordamos, quienes nos han dejado, sobre todo, el lacerante dolor de su pérdida están más cotidianamente presentes en nuestra vida, más cercanos y hasta la determinan y condicionan más que nuestros vivos.

Una de mis tías encendía lamparillas tal día como hoy, murió un siete de agosto. Una mariposa por todos los difuntos que hemos amado, una llamita pequeña para tantas vidas y tantas lágrimas. Hoy soy yo quien ha tomado el relevo y esta mañana he buscado mi mejor cuenco, he vertido agua y aceite en él y he encendido la llamita trémula; pero ¿Qué se hace para llorar y recordar a nuestros vivos? Esos que, amándonos, nos rodean de intangibles nubes de soledad y desconcierto, a la manera de una atareada Santa Compaña dispuesta a todo por nosotros, llegado el caso.