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viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz Año Nuevo.

Pues eso: Feliz Año Nuevo.
Cuidado con las orgías y los desenfrenos, que luego viene aquello del "Ay que yo llevaba el rolex y ahora tengo el Viceroy" o peor aún "Ay, que yo era virgen anoche y me parece que..." En fin esas cosas que a todos nos han pasado alguna vez.

jueves, 23 de diciembre de 2010

¿Cuento de Navidad?

El otro día protestaba de la genialidad de Dickens que se había cargado cualquier posibilidad de hacer un cuento medio digno de Navidad, tiré la toalla en lugar de arrojar el guante y prometí una entrada sobre cenas-comidas familiares. Pero soy capricornio y nosotros nunca renunciamos, fracasaremos y lo haremos mal pero no renunciamos así que al final salió algo que puede ser un cuento navideño. Vosotros diréis.

Ella aún duerme desnuda entre los edredones, apenas distingue sus cabellos con alguna cana. El mira por la ventana. Nieva. Nieva con violencia y lleva haciéndolo así toda la noche. Los pinares se ven apenas como un rastro verde entre los copos. Parece que no ha sido tan buena idea pasar el fin de semana en el hotelito rural “en un paisaje idílico”. Tendrá que conducir a través de la nevada para llegar a la cena de Nochebuena. Ha sido un fracaso, íntimo, solitario, pero no por ello menos frustrante. Venía a intentar recuperarla. Sólo queda el divorcio. Esperará a que pasen las fiestas, para ella, que tanto la gustan, está seguro, será un alivio. Acaba de salir de la ducha y de verse en el espejo. No se ha reconocido en ese hombre ligeramente tripudo, en esas bolsas bajo los párpados, con entradas, canas y arrugando los ojos para verse sin gafas. ¿Dónde está él? Desde luego no allí. No es a él a quien ve ella, sino a este otro. Veinte años juntos. Sí, ella tiene los pechos algo caídos pero preciosos, y un poco de culo de más que le sienta muy bien, las patas de gallo resaltan su sonrisa y las canas le dan un aire distinguido. ¿Cuánto hace que ella le pidió hacerlo a oscuras? Al principio gozaban de sus cuerpos a plena luz, pero cuando propuso apagar la luz, él se sintió aliviado, la había visto demasiadas veces fingir un placer que no sentía, que fue un consuelo. Jamás se le negó ni dejó de coquetear con él pero fingía, a pesar de todos sus esfuerzos por mejorar como amante. Ese fue el principio, luego se sintió aliviado por que así ella no podía ver el deterioro de su cuerpo, que empezó a escamotearla. No deja de nevar. Anoche apenas durmieron en una continua orgía en la que todo valía, pero sin verse, él quiso encontrar entre sus brazos, bajo sus labios y sus dedos sinceridad y… ella siguió fingiendo un orgasmo tras otro. Ya apenas hablaban, apenas pasaban horas juntos, ella parecía inventarse tareas para no estar a solas con él. Veinte años dan para conocer a fondo a una persona; ahora no está a gusto con él. Le evita, aunque de vez en cuando le sorprenda con un beso inesperado, o cogiéndole la mano a escondidas. Lo intenta, pero no es como él que necesita tenerla cerca, aunque no le de ese beso ni busque su mano bajo el mantel. Lo intenta con ganas y buena fe, cuando él propuso una escapada navideña, ella sólo puso la condición de cenar con su familia en Nochebuena y comer el día de Navidad con ellos, pero aceptó encantada y hasta eligió el sitio con verdadero entusiasmo. Nada que reprocharle, su abuela pronto cumplirá los cien, a sus sobrinos, ya zánganos, apenas los ve y es el único momento que tiene para disfrutarlos. Además para ella esos días son importantes, siempre lo han sido, y a él le gusta que así sea. Lo intenta tanto como él, pero hay un desapego, un colocarle detrás, del trabajo, de la familia, de los amigos, de todo en suma, que la delata. Se esfuerza incluso en la cama, como demostró anoche. Anoche. Tanto tiempo sintiendo la falsedad de su placer que no hubiera sabido reconocer el verdadero, tanto tiempo sintiendo su piel pegada a él que no hubiera distinguido si era real el deseo o no. Parece que la nevada arrecia. Deberían ponerse en marcha lo antes posible no sea que empeore. En silencio y con todo cuidado recoge las cosas, huele el pañuelo que ayer llevó al cuello, conserva el olor a su perfume, un perfume que él no le regaló. No hay más solución que desaparecer de su vida, quizás así sea menos infeliz, tendrá algo menos de qué preocuparse, podrá velar a la abuela cuando enferma sin tener que llamarle, darle cuentas. El podrá sentarse y contemplar como la promesa que fue se ha ido quedando en mediocridad, fracaso y soledad.
-Cariño. Es hora de que nos vayamos yendo. Hay que llegar a cenar –le susurra cuando ya está vestido y el equipaje hecho.
-Baja y pide el desayuno, enseguida voy –responde demasiado despejada como para no llevar un buen rato despierta. Se hacía la dormida para no verse obligada a hablarle. No la culpa. Nunca ha sido un buen conversador.
Baja las escaleras deprisa y se dirige a recepción para decir que vayan preparando la cuenta y demás, que se van apenas desayunen.
-No lo creo, señor, la nevada nos ha aislado y ya nos han avisado que por lo menos cinco días vamos a estar aislados. Casi siempre ocurre por estas fechas.
Intenta por todos los medios encontrar una manera de que ella llegue a estar con su familia, pero la nevada está siendo implacable y es imposible, a menos que venga un helicóptero etc. pero esas soluciones sólo son válidas para casos de vida o muerte, no para que una mujer madura pase Nochebuena con papá y mamá. Será el disgusto de su vida. La ve bajar la escalera, parsimoniosa y sonriente. Como si lo de anoche… no hubiera sido una farsa. ¿Y si… ?
-Cariño tengo que decirte que
-Que nos vamos a tener que quedar aquí por lo menos una semanita ¿no? A ver, ¿Por qué crees que elegí este sitio? Recuerda que soy meteoróloga, amor mío.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Cuento de Navidad

Seamos sinceros: yo me he propuesto escribir un cuento de Navidad dado lo siniestro de mis últimos relatos, y de los que vendrán me temo, pero, claro, un cuento de Navidad no se escribe solo. Ahí llega el problema. ¿Por donde se le entra a un cuento de Navidad sin caer en lo manido, ñoño o trágico? Es, empero, género agradecido que como sólo se lee en estas fechas en las que uno está algo tontorrón y sensiblero pues quizás se vuelva menos exigente, se ha escrito mucho y sin duda bueno pero desde Dickens y su “Canción de Navidad”, ya hay poco que hacer al respecto. Ah, se me olvidaba el más atroz, sádico, cruel y perverso texto jamás escrito como cuento navideño: “La fosforerita”, de Hans Christian Andersen, cabe pensar que en este relato destiló todo el odio hacia la infancia que fuera capaz de sentir condenándola a leer o a escuchar la más espeluznante historia de una niña que muere congelada en Nochebuena viendo a través de las ventanas como las demás familias están gozando la Navidad. No concibo la crueldad que hace falta para hacer ver que eso es un cuento para niños. A mi me lo leían de pequeñito y, claro, así salí. Como contrapeso, un relato que descubrí el año pasado: “Como el Niño llegó a sonreír” de Kart Heinrich Waggere, deliciosa visión del pesebre, y la complicidad del recién nacido con una pulga. (No, no se me olvida Wilde, pero “El gigante egoísta” no se ambienta en Navidad)

En cuanto al cine, se ha producido, de hecho, poco cine navideño, nada extraño dado que la industria en los momentos del Gran Cine era de otra creencia, y cabría decir que se han hecho mil o dos mil veces más telefilms navideños –la mayoría tan indigestos como la castiza lombarda- que películas propiamente dichas. De éstas, si descontamos las nosecuantas versiones de “Canción de Navidad” –la última del año pasado y mejor hacer la obra de caridad de no recordarla-, nos encontramos con poquísimas y encima vino Capra y dejó hecha “!Qué bello es vivir!” después de lo cual tampoco queda mucho que decir salvo que ninguna de las citadas trata realmente tema religioso lo que me lleva a pensar que una cosa viene a ser la Navidad y otra la religión, pero esa es otra historia.

 No pensemos que en España no tenemos nuestros cuentos de Navidad, La Nochebuena del Diablo de Clarín, o del propio autor otro en el que describe como se aprovecha la misa del gallo para meterse mano y otras cosas apretaditos por el frío, digo yo, son algunos ejemplos. Pemán dejó escritos que, ejem, mejor olvidar –al menos los que he leído yo-. En castellano, quede claro que no soy un experto, ya quisiera yo ser experto en algo, se me viene a la mente un tango, que, a su manera, es un cuento de Navidad: “Noche de reyes” en el cual el papá del niño apuñala a mamá por un asunto de cuernos aunque a mí de chiquitín me cantaban otra versión en que el padre dejaba sobre los zapatos del niño la navaja sin usar regalándole la vida de la madre. Si es que a nosotros donde no haya desgarro y duquita mortale es que no nos vemos. El cuento navideño por excelencia español es una película de Berlanga: “Plácido”. Ahí tenemos todos los elementos necesarios para serlo, esperpento, frío, indiferencia, crueldad, más frío, burla del necesitado, del enfermo, fanatismo religioso (curiosamente todo lo esencial en El Quijote, enciclopedia de la crueldad que dijo Nabokov) y ese hermoso villancico con que me acunaban de crío:

Madre en la puerta hay un niño,
más hermoso que el sol bello,
para mí que trae frío,
pues el pobre viene en cueros.
Pues dile que entre, se calentará,
porque en esta tierra
ya no hay caridad,
ni nunca la hubo
ni nunca la habrá.
Que convierte ese esperpento cruel en otra cosa. Por cierto que empiezo a preocuparme con las cosas que me leían y cantaban de pequeño. Pero eso daría para otra entrada.

Sin embargo, no pensemos que la iconografía navideña cinematográfica navideña nacional se queda ahí, un país tan “religioso” como nosotros además de poner a Carmen Sevilla como una más que dudosa Magdalena en una de las versiones de “Rey de Reyes” y espantos semejantes, ha dejado una referencia imborrable para tres o cuatro generaciones y para las que vayan viniendo aficionadas al cine, y no precisamente en una película de tema navideño, sino más bien en un cántico panfletario y burdo, tan vacuo y grandilocuente como el régimen que lo mantenía, a la familia numerosa o a la paternidad irresponsable, curiosamente contraria a la doctrina del Vaticano II ya en marcha. Me refiero a “La gran familia” (1962) con un Alberto Closas en una de sus interpretaciones más sobreactuadas y falsas –hay papeles que nadie puede sacar adelante con dignidad por mucho que lo intente-. Inolvidables las secuencias en mi amada Plaza Mayor entre los puestos navideños, los de verdad, no esa imitación a la aldea de Hansel y Gretel en que los han convertido ahora, con José Isbert y su recua de nietos buscando a Chencho, el pequeño, que todavía no sabe hablar: “Chencho, Chencho” (a veces por estas fechas cuando voy me dan ganas de ponerme a gritarlo yo). Un drama que nos puso a todos el corazón en un puño y que, a la que te descuidas, aun lo hace a pesar de su torpeza y vulgaridad pero que salva ese actor que con su voz tan característica te estremecía y estremece.
Volviendo un tanto al esperpento pero esta vez pasado de rosca hemos de mencionar “Noche de Reyes” 2001, por lo que sé bastante más desquiciado y cercano a “El día de la bestia” que a cualquier relato navideño y, ojo, que “El día de la bestia” también es de tema navideño.
No quiero pasar por alto lo único que en nuestro cine puede semejar a un cuento de Navidad que no sea un esperpento o un canto a la crueldad humana o una majadería. “Un millón en la basura” de José María Forqué, 1967. Un reparto de los clásicos españoles: López Vázquez, Julia Gutiérrez Caba, Aurora Redondo, Juanjo Menéndez, nos cuenta como un barrendero ahogado de deudas se encuentra un millón en la basura y el debate moral entre devolverlo a una empresa, no a un nombre, o no, la decisión de devolverlo, el trabajo que le cuesta que se lo admitan y un final moderadamente optimista. Sí, tendrá todos los defectos del cine español de aquellos años pero por lo menos no destila ese veneno ibérico de los títulos anteriores. Bueno, sólo un poco, al enfrentarse con la burocracia empresarial.
Total que a pesar de mi pretensión de no ser tachado de costumbrista he decidido que en lugar de Cuento de Navidad voy a optar por tratar algo mucho más entrañable: las cenas familiares. Pero será otra entrada que esta ya peca de exceso.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Continuación aclaratoria

Vamos a ver si puntualizamos algunos aspectos: me voy a citar: "con la entrada que hiciste sobre el otro puente que te jorobaron, el de todos los Santos, me descentré un tanto, no por lo que tu dijeras, por cierto, con bastante humor –negro- dadas las circunstancias, sino por comentarios que leí de algunos compañeros". En ningún momento cuestioné tu opinión sino las actitudes más virulentas de quienes comentaron en aquella entrada. De hecho me pareció que la expresaste con ese respeto lleno de ironía humor y cierta retranca que hay que saber entender. Vamos que no fue tu opinión sino los modos menos elegantes con que se respaldó la misma. En ciertos aspectos, como lo de la horterada y la ceniza en el ojo incluso estoy de acuerdo contigo. Naturalemente que capto y leo tus escritos teniendo muy presente tu "galleguidad" (sólo un galleguiño puede tener una abuela fantasma que se va de farra)
Sobre los enfermos una pregunta ¿a donde has visto que vaya un grupo de gente de esta tierra que no acabe tomando unas cañitas? Hay hasta un refrán "Quien va a un entierro y no bebe vino, el suyo tiene en camino". Garcia Lorca en Doña Rosita le hace decir a la criada hablando de cuando enterró a sus hijos que sentía alegria "Alegría no, golpetazos por no ser yo la muerta" o algo muy parecido, cito de memoria, que viene  a ser lo que tu parece ser que querías decir. Por otro lado tanto forma parte de la realidad lo uno como lo otro y no es excluyente, sobre todo por que, en los casos que yo he vivido se suele pasar bastante rato charlando sobre como se ha visto al doliente o como va evolucionando la enfermedad. Lo malo, lo peor es que se trate de evitar esa realidad y de hecho ya se trata de ir dejando atrás a esos enfermos y, lo que es peor, a los ancianos de quienes están llenos los hospitales.
Con respecto al tema generacional: es evidente lo que dices de pe a pa. Mi generación no ha sabido hacerlo mejor -ahora me pondrán verde mis coetáneos-. Ni hubo movimientos solidarios cuando nos correspondía, la transición nos bastó como posicionamiento político y, siendo tan modernos, han tenido que venir las generaciones siguientes para que se fuera corrigiendo la discriminación a discapacitados, se iniciara la lucha contra el maltrato y tantas otras cosas. Y no me vale que lo pasamos muy mal: mi generación no es la de la posguerra, no se pasó hambre -generalizo, casos habría-, y en general es la de la España del Seiscientos. La sobreprotección de nuestros hijos es lo que está causando esa deshumanización -que tampoco es tal pues por reacción se meten en ONG que más o menos funcionan, luchan por desenterrar a sus bisabuelos, y demás- y ese aislamiento individual del joven que se ha contagiado a los menos jóvenes para parecerlo quizás, que es de lo que estamos hablando en realidad.
Lamento que en algún momento sonara a bronca, nada más lejos, aparte de que me temo que estoy algo sensible al tema, mea culpa, y tampoco te considero lider ni representante de nada ni nadie, pero sí un futuro formador de opinión. In illo tempore, en la primera promoción de Ciencias de la Información a punto estuve de serlo, pero las malas compañías me alejaron de ello. Por eso me preocupaba el planteamiento que hacías en lugar de algo más crítico, no supe ver la ironía. Y por cierto, creo que las generaciones anteriores también salian bien despachadas en mi entrada. La vena gallego-valleinclanesca-iconoclasta que tanto te admiro se quedó aquí corta si me permites la crítica literaria. En cualquier caso nunca fue con ánimo de abroncarte, ni de decir "estos jóvenes" aunque creo que sí lo dije (perdón) sino, esta gente. Era más bien con la intención de resaltar como ciertas actitudes van dejando al hombre cada vez más solo. Tu frase fue el detonante de algo más serio y profundo.
Dos cosas más: pon para poder copiarlo el Nacimiento de Afrodito que encabezó un día tu blog
Tu madre es la mejor profesora de periodismo, esa frase encierra casi todo. Entre ella y tu abuela fantasma tienes media carrera hecha y un libro por escribir.
Un abrazo.

martes, 14 de diciembre de 2010

Reflexiones sobre miradas ajenas al mundo de todos.


Querido y plateadísimo Thiago: no has metido la pata como preguntas en tu comentario pero me preocupas tú y algo que estoy viendo en muchos de los compañeros que dejan sus comentarios en tu blog, que sabes que sigo asiduamente. Cítote textualmente: “Es curioso como vamos los sanos a ver a los enfermos, como entramos con aprensión y como salimos de allí con alivio”. Quédeme desconcertado al leer esto. Llevo leyéndote hace tiempo como bien sabes y ya con la entrada que hiciste sobre el otro puente que te jorobaron, el de todos los Santos, me descentré un tanto, no por lo que tu dijeras, por cierto, con bastante humor –negro- dadas las circunstancias, sino por comentarios que leí de algunos compañeros. Que cada quien es libre de pensar como quiera es obvio y no seré yo quien lo cuestione, no va por ahí la cosa, no lo confundáis, que es fácil hacerlo. Incluyo el anuncio televisivo de “¿estas navidades vienen todos? Si, ¿Qué tal si nos vamos al caribe?”, como ejemplo y muestra de que nada hay de personal.
Esas opiniones libérrimas, me han hecho reflexionar sobre qué visión del mundo parece estar imponiéndose. La visión del mundo es la forma de estar en él y no sé si somos conscientes de la forma de hacerlo que creamos desde esa perspectiva. Será que me estoy haciendo muy viejo y muy de golpe, será que soy la reencarnación del abuelo Cebolleta, pero: “vamos a ver a los enfermos” (normalmente yo cuando lo estoy no suelo decirlo para evitar esa situación, conste) visto así, ya han dejado de ser amigos, parientes y han pasado a ser “enfermos”. Poco más o menos es lo que se venía a decir en los comentarios de todos los Santos, ya son muertos, casi ni recuerdos de personas amadas. “Con aprensión”, conozco gente que se desinfecta hasta las gafas después de ir a un cementerio con lo que tu frase vale para ambas situaciones. ¿Aprensión de qué? Hombre, no estamos hablando de un enfermo infecto-contagioso, sino de un enfermo, de un accidentado, de un anciano, pues, queridos amigos, de esa no nos escapamos nadie: vamos a enfermar y, con mucha suerte, envejeceremos. Aprensión ¿de qué? ¿de que se peguen los años? ¿de que no nos dejen salir?. “Y salimos con alivio” ¿de haber visto mejor al paciente o de no tener que asistir al espectáculo de la enfermedad, la vejez y el sufrimiento y poder actuar como si no existieran?
Los del cementerio afirman barbaridades de quienes sí van –vamos- simplemente, generalizo por lo que me equivoco en parte, para darse argumentos para no ir ellos. En realidad o no tienen a nadie –dichosos ellos- o nunca han sentido nada por quienes allí están, exagero por lo que me equivoco en parte. Es una justificación como cualquier otra pero que permite eludir la responsabilidad de decir “No voy por que no quiero, no me gusta o no me sale de ahí mismo”. Básicamente es como si yo me dedicara a insultar a los que van a misa de doce por que yo no voy a misa y descalificándoles explico mi conducta.
La reflexión me lleva a pensar que si el bicho humano actual, quiere evitar y evita la visión del dolor, la asunción de la extinción, y –en el caso del anuncio- la relación con otros bichos humanos quizás esté dando un paso hacia la involución. Se considera que el ser humano comenzó a serlo cuando se ocupó de ayudar a otro a sobrevivir, (hace poco se encontraron restos de varios centenares de miles de años de un antepasado a quien alguien había masticado la comida para alimentarle) y cuando la tribu, nómada aún, se detiene y entierra de una u otra manera a quien ha caído. El humano es humano sólo en tanto su relación con otro animal humano, solo no deja de ser un gusano débil ante el depredador. Un simple lince, poco más grande que un lindo gatito, si atacara a la cara de ese animal desnudo que es el humano acabaría con él, ya ni digo algo así como un singulares porcus, lease jabalí en latín, según Asterix.
Se exalta la huida del grupo, casi se fomenta el alejamiento del enfermo y de la realidad de la muerte. Por que, lamento decirlo, pero la gente se muere, miréis o no miréis, y los hospitales son templos de dolor, sagrados, por que el dolor es lo único que tenemos en común los humanos. Todos.
Reflexiono y me pregunto que clase de hombre o mujer, que tanto monta monta tanto Isabel sobre Fernando, es el que estamos creando con estas actitudes tan modernas y tecnológicas. Soy viejo, debo serlo, para tener esta visión en medio de esta vorágine que, tristemente, se ha extendido a mi generación y se dedican a proteger a los hijos y nietos: que no vea a la abuela que se esta muriendo, que no vaya al entierro que es muy joven, que no se haga amigo de ese chico/a que es discapacitado, que no se relacione con aquel otro que tuvo un cáncer el año pasado. Y esos seres a proteger van cumpliendo años y llegan casi a los treinta, y mi generación, cuando se va a operar, por ejemplo, y no sabe si es bueno o malo lo que hay ahí debajo lo ocultan celosamente a sus hijos, y hasta la fecha de la operación para evitarles sufrimientos. Debo ser muy viejo por que yo creía que nuestra misión como especie era crear y criar adultos capaces de enfrentar la realidad y vivirla en su plenitud, no adolescentes eternos educados para no ver nada más que el lado menos desagradable. Y me pregunto: ¿no existía un proceso biológico por el cual el polluelo salta del nido e inicia su vida entera, sin volver la cara al halcón que viene por el? (Sí, la enfermedad, la vejez, el dolor, la decrepitud y la muerte vienen por ti, muchacho, muchacha, por ti y no sólo por el otro, por el de al lado, por el viejo, por ti, y es sólo cuestión de tiempo que te alcance) Cuando llegue ¿estás entrenado para hacerle frente con dignidad o vas a buscar otra generación como la mía (léase, secta, estado controlador, Gran Hermano o cualquier cosa semejante que te mantenga engañado ante tu propio dolor, enfermedad y muerte , que tome tus decisiones y te haga incapaz de controlar tu propia existencia)?
Todo esto sé que no soy el primero que lo dice pero es que estoy sorprendido por que personas que me están demostrando todos los días su inteligencia y valía personal no reaccionen, no quieran hacerse adultos o lo que es lo mismo: no quieran ser libres para tomar sus propias decisiones personales íntimas y asumir las responsabilidades que eso lleva. ¿Miedo a la libertad? ¿Miedo a la vida? ¿Hedonismo suicida? (no veo yo a la gente suicidándose por los rincones la verdad, al contrario)
Thiago, me preocupas por que eres o vas a ser periodista: reflejo de una sociedad, de una generación, quien la debe mirar y contar. Como ya dije una vez me temo que soy un ilustrado y pienso que todos tenemos la misión de mejorar la sociedad especialmente quienes más voz tienen.
No sé si es políticamente correcto, no sé si he ofendido a alguien, no era esa mi intención pero no voy a disculparme si lo he hecho. Buscaba una compartir y provocar una reflexión.

Esta imagen está sacada de la red pero venía con el nombre de su autora en una pagina de fotografía, copie el nombre y los datos para ponerlos aquí, pero no los encuentro. Mis disculpas y con tan solo decirme que la quite se soluciona. Es una de las mejores fotos que pueden ilustrar el tema del que se trata. Seguiré buscando por que no puede estar muy lejos. Lo prometido es deuda: la foto se titula "Soledad" la autora es María Alicia Aranda Zamundio y se hizo el 17 de Diciembre en México, habría que darle las gracias por decir tanto con tan pocos elementos.

domingo, 5 de diciembre de 2010

De cunetas y timbres

Sentado a la mesa del rincón, ante un periódico que hace mucho dejó de interesarle, pierde la vista en la tarde que cae temprana. Pronto no verá más que las luces anaranjadas de la ciudad, abajo. Del pasillo llega una luz brillante y un cierto bullicio, las limpiadoras, las enfermeras, un médico apresurado, un paciente que pasea su oxígeno y su sonda apoyado en su mujer, una señora desgreñada que se cruza con él envuelta en una raída bata de abrigo. Van llegando las visitas, un matrimonio maduro llega a la habitación de enfrente ocupada por una señora muy mayor, un hombre llega con ojos asustados llevando a tres niños a la habitación de su esposa que carga un cacharro de esos de estar midiendo constantes todo el tiempo, parecen muy jóvenes; un señor mayor apoyado en un bastón que blande violentamente pidiendo explicaciones se dirige a la tercera habitación de la izquierda, un grupo de jóvenes entran en la quinta a la derecha gritando “hola abuela”. Casi no hay luz en la habitación ya. Escucha las conversaciones cercanas, “el cateterismo salió bien pero con esos años…”, “Sí, nos han dicho que mañana nos vamos”, “No quiere beber”, “El médico dice que claro que podrá ir al bautizo de la bisnieta”, “Nosotros no podemos hacernos cargo, hay que hablar entre los hermanos por que así ya no podemos seguir”, “Llamó tía Engracia, con esa edad ¿Cómo va a venir? Noventa y siete cumple el mes que viene”. “Está mal, muy mal”, dice alguien a un teléfono móvil a punto de llorar, “Hoy no ha comido mal. Sí, ochenta y tres”, “La 1245 es por el otro pasillo”. “Sí, mamá cumplirá ciento tres en febrero”. El pijama azul no abriga demasiado y le da algo de frío, no espera a nadie, no hay nadie a quien esperar. En horas de oficina anteayer delegaron en Anita para que se enterase de si había sobrevivido al infarto y de cuanto tiempo va a estar ingresado. Demasiado joven a sus cuarenta y tres años, dicen los médicos, debe ser cierto escuchando las cifras que escucha en ese pasillo, pero parece que su miocardio no lo debe saber.Las tardes de hospital son largas y en el otoño tardío más. Tampoco esperó a nadie ayer, ni lo hará mañana. Conoce las excusas, las disculpas, el trabajo, los horarios, los niños, pero también la realidad. No es nada para nadie, salvo un jefe, un compañero, un subordinado, un amigo de cervezas, nada que le incluya en la vida de nadie al cerrar la puerta de su casa. Nada que le incluya en una cena de Nochebuena, por ejemplo. Seguramente se lo ha ganado, siempre ha estado dedicado al trabajo, era un buen refugio, cómodo, excusa perfecta para no compartir tiempo, campar por sus respetos sin contar con nadie, evitar a esa chica que no le gustaba o que le gustaba demasiado. En realidad, nunca le ha importado un comino su trabajo ni ha dejado de sí en él más de lo imprescindible y él lo sabe. Esa labor rutinaria y remunerada ha sido tan sólo una más de las cosas de las que no ha formado parte. Como no forma parte de la corriente de visitas y enfermeros que vienen y van por el pasillo, nunca ha sido parte de nada, caminando por una cuneta de la vida pero asistiendo a ella como espectador a menudo desinteresado. No sabe en qué momento se salió de la corriente pero sí que no supo reincorporarse a ella. “La vida sigue”, dice alguien en el pasillo cuando ve llegar a una pariente joven luciendo un hermoso vientre embarazado. Sí, la vida sigue, para todos y también para él en su cuneta. No, no espera nadie esta tarde, ni mañana. Quizás si el domingo siguiera ingresado y su primo lo supiera se pasara un momento antes del vermouth. Pero para eso tendría que decírselo, y para hacerlo tendría que saber que le importa. Ni una cosa ni otra son realidades, tampoco ficciones, sencillamente la cuneta nunca se cruza con la calzada ¿Cuándo dejó de intentarlo? “Si todo sigue así, en un par de días a casa”, dijo un galeno. Sí. Y con suerte en un par de meses al trabajo, a lo que le permitan hacer, a las putas los sábados de madrugada ¿Cuándo dejó de pretender ligar?, ¿Cuándo renunció a buscar una mujer?, ¿antes de salirse de la carretera o fue después? No lo recuerda. En la habitación sólo entra la luz del pasillo y los ruidos del pasillo, las voces. Desde su silla les ve, a pocos metros pero lejos, muy lejos. Un pinchazo le paraliza el brazo izquierdo, reconoce el síntoma y se levanta hacia el timbre junto a la cama, el pecho se aplasta violentamente, es como la otra vez, quizá peor, coge el timbre y se ve envejeciendo en la cuneta, de puta en puta, de oficina en oficina, sin esperar hoy ni mañana a nadie y decide no apretar, dejar que las cosas sigan su curso en la oscuridad de su habitación, sólo y al lado del ir y venir de la vida. Le descubrirán en un par de horas, cuando traigan la cena.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Invierno

Por cierto, también ha llegado el maldito invierno, aunque reconozcamos que en la obra que pongo de Boucher parece hasta acogedor, claro que con él todo da la sensación de que está a punto de empezar a hacer el amor como enloquecido ¿o será que se me va la olla, también?

Han vueltoooooooo

Ayer me llegó la primera felicitación (publicitaria, eso sí) así que considero abierta la veda para felicitar, abrazar, dar achuchones y demás desde ya a todo bicho viviente. Así que quedáis advertidos, ojo conmigo.
Recuerdo que el año pasado escribí aquí un alegato muy pronavideño. Me encantan estas fiestas a pesar de que no han sido nunca especialmente felices para mí. Pocos, muy pocos buenos recuerdos guardo de ellas y todos de los juguetes que aparecían el día de Reyes. A pesar de lo cual me encantan. Sin embargo, este año me veo menos entusiasta, quizás estoy viejo, quizás estoy asustado, quizás estoy cansado. Otros años estaba con ciertas expectativas de esto o aquello, este año lo único que quiero es llegar al día 11 de enero sin que me den patatuses raros. A tanto se puede rebajar las aspiraciones de un hombre que se limiten a quedarse en casa. Sin pedir más. Digamos que la felicidad que espero de estas navidades es pasarlas delante del televisor y su ventilador de mierda habitual.
Eso sí:  os deseo todo lo mejor para estos días y que cada uno encuentre un motivo para celebrarlos dentro de sí.
Feliz Navidad

martes, 30 de noviembre de 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

Pasion por Renoir

 Hoy he ido a ver la exposición que tiene lugar en el Museo del Prado sobre el gran Renoir. No voy a hacer una reseña ni de su vida ni de su obra simplemente por que no tengo ganas, además, otros habrá que lo harán mejor (Pe-jota, por ejemplo) pero si charlar un rato sobre lo que he visto. Para empezar, mucha gente, mucho grupo de gente mayor. Y es que los impresionistas tienen un prestigio que para mí lo quisiera yo, y desgraciadamente no siempre merecido. En  realidad luego se vio bien, tampoco dejaban que se entrara en masa. Id temprano los que queráis ir u os podéis encontrar colas.
 Autorretrato de joven
La exposición decepciona y no debería, decepciona por que no está ninguna de sus grandes obras, ni el Almuerzo de los remeros (la de Amelié) ni El Moulin de la Gallete ni nada. No debería sorprendernos pues bien claro se nos dice que es una colección privada y esas grandes obras están en los grandes museos. Cuadros de formato pequeño en los que vamos viendo sus fases, más o menos y según el tema. Lo cierto es que  no hay pintores impresionistas, sino pintores que durante un tiempo más bien breve coinciden con unos presupuestos estéticos que han dado en llamarse impresionismo a falta de mejor nombre. Sólo el pesadito de Monet permanece incólume en esos presupuestos.
Muchacha con abanico
 Se le da en la exposición una gran importancia a las imágenes femeninas a las que dedico muchas de sus obras no siempre con éxito, todo hay que decirlo. Heredero del rococó carece de su gracia, heredero de Rubens carece de su alegría, heredero de Delacroix carece de su energía. Quizás sean esas carencias lo que haya hecho que "las chicas Renoir" tengan una personalidad propia que las hace inconfundibles y que les da a veces una línea (algo torpe) y en la mayoría una mantecosidad que uno no sabe si admirarlas o untarlas en una tostada. A menudo los ojos nos dicen más de la dama en cuestión que el resto de la obra, incluso contando con lo poco literario que es el moviemiento impresionista. La muchacha del abanico es un ejemplo de la dulzura y suavidad que da a sus mujeres de las que, no cabe duda, acabas un pelín enamorado.
 Bañista
No es el caso de esta bañista de lineas forzadas contrarias a él, contrarias a su manera suelta y casi sin dibujo que le es propia como a otros muchos impresionistas. Realmente impresionistas que fueran grandes dibujantes. Aquí se le ve forzado y mucho, naturalmente las bañistas le vienen de la tradición rococó pero le falta carnalidad y resultan duras.
Cebollas
Evidentemente es una exposición que hay que ver por que no suele verse obra de ninguno de estos grandes maestros especialmente de Renoir asi que si teneis interés en él no dejéis de aprovechar estos dias que le tenemos aquí.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La venganza de la iguana

Hace dos entradas hablé del único encuentro que tuve con uno de esos cuerpos perfectos. Como diría Asterix ¿El unico? No exactamente. A la semana siguiente llegué a dar otra conferencia sobre el romanticismo, el nacionalismo y Napoleón, tojunto. Mientras hacía tiempo para entrar me acerqué a una cristalera. Desde allí se veía a los bailarines ensayar, una verdadera delicia como siempre lo es el ballet aunque fueran un grupo de alumnos, y se oía la voz del divo dando órdenes. No le veía así que realmente fue la unica vez que le vi. Bueno, tenía que ir a clase y antes suelo vaciar la vejiga por que no suele ser correcto que a mitad de contar las matanzas napoleónicas el conferenciante empiece a dar saltitos. El caso es que al ir al baño pasé ante otro, curiosamente de discapacitados, que tenía el rótulo recién clavado "Vestuario exclusivo de XXX" estaba abierto y lo único que se veía en medio de aquel espacio destinado a sillas de ruedas y que se les había arrebatado para mayor exclusividad del divo era un par de zapatos. Nunca he visto zapatos mas deformados, y he visto pies deformes, muchos. Digamos que lo más parecido a lo que vi es la imagen que inicia la entrada. Sé que cada deformación, lo sé, de un cuerpo, es siempre a base de dolor, de mucho dolor. Además ¿hay dolor mayor que asistir como tu cuerpo perfecto, ese pie modelo de libros de anatomía se va deteriorando entre dolores sin que puedas hacer nada? Aquel día, la iguana habló de Napoleón con una aparentemente injustificada sonrisa en sus estrechos y crueles labios.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Uno más

No sabe cuanto tiempo lleva ahí, tirado en un sillón. Era de día, ahora es noche cerrada pero ¿de ese día o de otro tres o cuatro dígitos del calendario posterior? Ni lo sabe ni, en este preciso instante, le importa lo más mínimo. Tampoco tiene sensaciones físicas, apenas una vaga consciencia de sí mismo como algo diferenciado de la butaca o de la oscuridad que le rodea. La luz del teléfono avisándole de las llamadas recibidas no parpadea. Silencio óptico. Puede llevar ahí cuatro, seis días, pero el punto rojo de luz no ha aparecido. La boca seca, los pantalones mojados y malolientes, la certeza inexplicable de un vaso cerca de su mano, el ajeno sonido del ascensor que sube y baja son levísimas percepciones que ensucian la oscuridad que le difumina. Un átomo de energía que se extingue le hace preguntarse si tiene los ojos abiertos. La interrogante queda suspendida en el aire, sin respuesta posible. Fuera, está seguro de que hay una ventana cerca, hay, quizás un lejano sonsonete de ciudad. No siente necesidad alguna de comer, beber, lavarse o moverse, no debería ser así, claro que nunca es nada como debería ser, ni siquiera el dolor o la oscuridad que le envuelve.

Meses después le encontraron los bomberos y en el teléfono la luz roja no parpadeaba, si no hubiera sido por los gatos del vecino..

domingo, 14 de noviembre de 2010

Noviembre gris en Madrid


Hay días en el otoño madrileño, hay tardes por mejor decir, en que la luz es gris, hasta hacer desaparecer las sombras, pero no llega a ser la luz preñada de lluvia. Hay tardes en el otoño madrileño en que el frío aún no ha llegado pero ya la buena temperatura es un recuerdo. Tardes grises, agradables, para un largo y despacioso paseo, en las que el tiempo parece detenerse y sólo te das cuenta de que no es así cuando notas el primer frío de la noche. Es el momento de un té o un chocolate muy calentito junto a un amigo, una compañera de vida, un o una amante o simplemente un conocido viendo morir la tarde, quizás la última en que el viento serrano no parezca querer arrancarte la carne. El gris de la luz tiñe todos los colores hasta que dejan de serlo y pasan a ser un estado de ánimo. Sin luz, sin sombras, sin frío, sin calor, sin pasión y sin tristeza. Gris, puro gris, como era, y quizás siga siendo aunque rondará los noventa, Don Enrique.

Esas tardes otoñales Don Enrique que casi se difuminaba en el gris tras salir del colegio privado que apenas le pagaba, al fin y al cabo de eso vive la enseñanza privada, subía mi calle. Por la acera de los impares. Siempre. Tenía el cabello casi blanco a pesar de tener aun lejos los cincuenta. La palabra perfecta, los modales perfectos, la dicción perfecta, la cortesía más exquisita. Un caballero de los de antes de la guerra que se decía entonces. Todos sabemos cual fue la guerra que acabó con aquellos caballeros. Lo era, y era, además, el maestro perfecto, que acababa por hacerte amar aquello que te enseñaba, aunque he de reconocer que con él y a pesar de sus encomiables esfuerzos no logró que sintiera entonces y ahora por el Latín sino el odio más profundo que imaginar quepa. “Galia es divisa in partis tres” poz mire que bien Sr. César, D. Julio. A pesar de lo cual sacó examinándome por libre en uno de los temibles institutos de la época dos notables Notables e incluso en la tan inútil como bella carrera un tercero. Sí, Don Enrique fue su maestro de primero a C.O.U. En otras palabras: fue su obra. O debío serlo.

Don Enrique era soltero y vivía con su hermana, su cuñado y su sobrina. La sobrina era una niña gorda, marisabidilla y empollona. El cuñado era camionero y sensible tan sólo a los posters habituales de cabinas de camiones y talleres mecánicos. La hermana, abundante delantera, peinado tipo chichonera y con el don divino de estar siempre en posesión de la verdad incontestable y el otro don más humano de no encontrar en su vida quien la hiciera frente. Seguramente por instinto de conservación. Leía el Hola, el Lecturas, el Pronto, el Garbo, el Ama. Don Enrique leía a Chejov, Maupassant, Poe, Galdós, Clarín, Shakespeare, Mann apiñados en la breve estantería de su alcoba de donde tenían que ir saliendo para dejar paso a otros por falta de espacio. Quizás hubiera podido encajar un mueble más grande o hablar con su hermana para que los de mejor pinta ocuparan un rinconcito en el mueble del comedor pero Don Enrique tenía miedo.

No, no tenía miedo de una maruja de los setenta, no, Don Enrique tenía miedo. Vivía de su propio miedo, se alimentaba de él y lo alimentaba con mimo, con delectación diría yo. Recuerda sus clases, como si las estuviera oyendo. Sus clases de ciencias especialmente las guarda en su memoria, explicara lo que explicara siempre acababa hablando de una enfermedad terrible: disentería amebiana, beri-beri, quistes hidatídicos, siempre mortales, tisis, tenias. Aprendío ciencias, desde luego, pero no veáis la de enfermedades que conocía como si fueran de la familia, además de las suyas por las que no iba al colegio y le daba él las clases. Ah, enfermedades. Las necesitaba Don Enrique, le obligaban a hacer y a no hacer cosas, comer o no comer otras cosas.

Don Enrique era culto, era sabio, era bueno pero, o precisamente por, había aprendido algo que pocos hombres logran. Cierto que nadie sabe cuantos años le costó ni si tuvo muchos o pocos suspensos, tampoco tuvo nunca diploma que lo acreditara, por lo menos de papel. Por que el gran aprendizaje de Don Enrique era haber aprendido a no amar.

Tuvo que aprender a no amar por que Don Enrique vivía de su propio miedo, por eso cada clase de ciencias era la explicación de una enfermedad y cada clase de historia el recuerdo de un desastre que no pronunciaba. El miedo le enseñó a no establecer vínculos, a no permitirse deseos, a diluirse en el gris de las tardes de noviembre sin alegría, sin más que el miedo a ser sorprendido por una tenia o por tener que tomar una decisión. Elegir era vivir y vivir podía ser aspirar a algo, soñar con algo, querer a alguien, a algo. Por eso sus ídolos eran hombres como Franco, Hassan II o Idi Amin Dada, gentes que decidían por ellos mismos y por los demás. Acababan con el miedo a equivocarse de una vez por todas. Por eso nunca cruzó la calle tras seis años formando a un jovencito, por eso nunca marcó su número de teléfono para saber de él ni se puso al teléfono cuando le llamaba o respondió a una felicitación navideña. Lo peor es que hubiera sido su orgullo, su obra. Hizo la carrera que él no se atrevió a hacer, escribió y opinó lo que él nunca se hubiera atrevido a escribir y opinar; Licenciatura, Tesina, Tesis, aplausos, conferencias, pequeños premios literarios. Nada importante, tan sólo fugaces orgullos personales que hubieran sido suyos pues fue siempre muy consciente de que sin él no estaría haciendo nada de eso, ni nada de cuanto ha publicado. Pero no hubo ningún de Gaulle que decidiera por él y prefirió difuminarse con su chaqueta ajada y gris, con su cartera cuarteada, con su pelo blanco en las tardes grises de cualquier noviembre subiendo mi calle, pasando frente a su puerta, evitándole cuando desde la esquina le veía al volver de la facultad.

sábado, 13 de noviembre de 2010

De pasos de cebra e iguanas.

 Esta mañana paseaba mi infarto junto al río, es decir esquivando obras, y de repente me encontré con algo, mejor dicho con alguien. Un hombre alto, de treinta y pocos o veintimuchos. Elegante, demasiado elegante, con su impecable abrigo negro largo, su corbata sobre la camisa blanca, pelo negro brillante y abundante con un corte convencional pero perfecto, piel morena que dejaba ver una barba recién afeitada pero cerrada, cejas espesas y ojos profundos de un color que incluso a distancia resaltaban por lo claros aunque no dejaban ver si eran verdes o azules. Paso digno, bien calzado, manos grandes de dedos largos y nudosos que agarraban el asa de un maletín de cuero. Sólo le faltaba para ser el arquetipo del gentleman unos guantes con tres costuras en el dorso y botón con ojal en la muñeca. Cruzaba la calle en sentido contrario al mío. Ya dije que soy bajito y rellenito, aunque me callé la mayor parte de mis “desperfectos” físicos. Él miraba de frente lo que venía a ser medio metro por encima de mi cabeza y no me vio. Al cabo de un rato volvimos a cruzar en sentidos opuestos en el mismo sitio y tampoco lo hizo. Tenía expresión preocupada, casi angustiada, como de quien esta en una encrucijada y no tiene referencias que le ayuden a decidir. Me estoy alargando. Este muchacho, que no tiene culpa de nada, salvo quizás de llevar ese abrigo, me trajo a la cabeza una pregunta que a menudo aparece: los hombres con esos cuerpos, atletas, gimnastas, simplemente gente que nace con ellos ¿pertenecen a la misma especie que yo?, ¿en qué momento se produjo la invasión alienígena y desembarcaron en este planeta?, ¿fueron la causa de la extinción de los dinosaurios?

Observareis que hablo de hombres y el motivo no es otro que no hay mujer fea, o por lo menos, no la hay que, si quiere, no tenga un encanto tan arrebatador como la más perfecta de las bellezas físicas.

Pero ese tampoco era el tema que quería abordar: era el encuentro. Pocas son las ocasiones en que los barriletes bajitos y la gente normal que no es arquetipo de belleza masculina, cosa con la que se nace, aunque lo vendan los gimnasios como quien vende pipas, nos encontramos. En general nos movemos en esferas distintas, ellos en las salas Vips de discotecas donde a los demás ni nos dejan entrar, por ejemplo, y nosotros donde nos dejan entrar o en la tasca de la esquina. Sólo en contadas ocasiones, muy contadas, un alguien como yo, taponcete, gordito y lo que me callo, entra tangencialmente en una de sus esferas, o al revés, uno de ellos entra en una de las nuestras –la diferencia es que ellos huyen despavoridos y nosotros quedamos atrapados como Frodo ante los elfos, o sea, como gilipollas-. Una única vez se produjo en mi vida esta conjunción cósmica y no fue con alguien anónimo, no. Fue con un bailarín de renombre cuyo cuerpo perfecto y su talento nadie ha puesto ni pondrá en duda, yo he sido siempre uno de sus admiradores. Yo iba a dar una clase sobre la maldad femenina en las artes plásticas en la segunda mitad del XIX. No sé a qué iba él, el caso es que el jefazo de la institución donde ocurrió tal encuentro, hombre de mente casi sana –sana no la tenemos nadie- nos presentó. “Aquí Joaquinitopez, nuestro conferenciante de esta noche, aquí XXXXXX con quien esperamos colaborar”. El hombre de cuerpo perfecto, maduro pero aun exquisitamente proporcionado, el hombre sensible a las artes, el hombre que por su talento y su experiencia debe, sí, debe elevarse por encima de las pequeñeces como una barriguita cervecera, dejó de serlo. Sus ojos miraron de otro modo y se convirtió en Divo. En un Dios-juez que dejó caer sobre mi persona la mirada más despectiva del universo. Como la que nosotros hubiéramos echado al ver una iguana destripada. El Divo ofreció su mano con asco que se veía en la comisura de sus labios y en la textura de sus palabras, la tendió con aire sacerdotal, más para ser besada que apretada. Y en el fondo de aquellos ojos, muy en el fondo, no había sino desprecio, un desprecio que se podría formular con palabras “has sido incapaz de tener mi cuerpo, eres culpable de estar gordo, seguro que comes como un cerdo, has sido incapaz de trabajar para dar los saltos que yo doy, para mantener las formas de mis músculos, no sé como te atreves a mirarme”. La mano tenía prisa por retirarse y yo fingí tenerla para llegar a la clase. El Divo se sintió aliviado al evitar mi visión y yo me sentí, eso, como una iguana destripada.


sábado, 6 de noviembre de 2010

Novedades

Acabo de abrir mi segundo blog, como diría Thiago: un blog visivo que he llamado Mis Recortes. Tiene como misión recoger los enigmáticos recortes e imágenes que van brotando como las setas de mis armarios, y demás.
Os espero por ahí.

jueves, 4 de noviembre de 2010

¡Que cosas se ven Don Pero!, ¡Que cosas se ven Don Nuño!

Siguiendo con los armarios

Como ya sabeis ando hace tiempo dando un revolcón poco erótico por demás a los armarios y lo que es peor a cajas, cajones y carpetas, vamos si mis venas no estuvieran de mirame y no me toques era para abrírselas. Hoy voy algunos de los lugares de mis vacaciones. De algunos me acuerdo, de otros no, era yo muy crío pero para conservar el misterio del Joaquinitopez madurito interesante muy viajado no voy a poner de donde son las imágenes, como dice la jota: que ella lo diga si quiere.











lunes, 1 de noviembre de 2010

Tranquilizando a Uno.

Uno, en respuesta a un comentario mío sobre una de sus magníficas entradas me dijo “no me digas que te ponen las doncellas que van a misa los domingos por que entonces empiezo a preocuparme”. Bueno, ante todo mucha calma: ya no hay doncellas y menos que vayan los domingos a misa de doce (vivo enfrente de una iglesia y la doncellez más reciente se perdió en 1915). Pero vamos a mirarlo desde otro punto de vista. La jovencita media de los cincuenta, que todavía no se ha incorporado al mercado laboral, que trabaja toda la semana en casa y el sábado tradicionalmente limpieza general, que sólo sale los domingos por la mañana a misa y por la tarde a dar una vuelta o al cine.

Una jovencita que sabe que no tiene más salida que casarse además del natural instinto bárbaramente represaliado por el nacionalcatolicismo. Esa jovencita, el domingo por la mañana se arregla para ir a misa.

Prescindamos de la ropa interior que era alta de bragas y muy reforzada de sostén (entonces todo el mundo decía sostén, un sujetador puede ser cualquier cosa que sujeta cualquier cosa, un sostén no) Según poderío llevaría más o menos encajitos y tal. Insisto prescindamos de esto. El liguero, también más o menos emperifollado, ceñía aquellas cinturas, a la fuerza finas, recordemos como se lavaba la ropa entonces y que la fregona no se había inventado. Luego las medias de cristal, ¡Cuánto esfuerzo y ahorro, cuanta lágrima para conseguirlas! y ¡Cuanta alegría al volver de la mercería con su cajita aplastada y extenderlas entre los dedos!, ¡que disgustos tan atroces con las carreras inesperadas! Esa media se extendía envolvente y muy despacio por que arreglarlas costaba un ojo de la cara, por la pierna hasta enganchar con el liguero o la liga que apretaba un muslo más o menos rollizo pero sin duda de forma harto molesta. Ni que decir que si esa media era con costura que debía quedar perfectamente recta siguiendo la línea de la pierna, imaginad las posiciones de nuestra joven virgen ante el espejo para asegurarse de ello. El cancan que ampliaba las caderas y, además, convertía esa cintura ya estrecha en cinturita de avispa y que venía a ser como una flor cabeza abajo. No sé si la combinación iba encima o debajo del cancan pero era una prenda que más que vestir desnudaba a la mujer y que a menudo era más vestido que el que se ponían después. Iba a misa, luego vestidito recatado, azul oscuro, por ejemplo, cuello camisero con el primer botón suelto y la posibilidad de soltarse el segundo al salir de misa e ir con papá y mamá a tomarse una cerveza (en Madrid, por muy virginal que se fuera se bebía una caña de cerveza, virgen sí, tonta del todo, no), manga a medio antebrazo que permitiera los guantes de encaje si el tiempo lo permitía, cerrados con un botón redondo.

Entonces llegamos a la cumbre de todo este arreglo: los zapatos. Ah, los zapatos. Tacón alto, más bien fino, tipo salón, que enguantaban el pie y añadían a nuestra más bien retaco virgen unos buenos ocho o diez centímetros. La doncella seguía sin haber catado varón pero ese empeine decía muchas cosas, demasiadas quizás. Quedan detalles, el velo para cubrir su pelo cortado según la moda de la última película (la década anterior era el peinado Arriba España), el libro de oraciones, acaso el rosario y a la calle.

Imaginémosla camino de la iglesia, paso ligero que llega tarde, el taconeo rítmico de los tacones bien sonados, el vaivén inevitable de la falta y el cancan, la costura recta subiendo la pantorrilla, más no, faltaban diez años para pasar de ahí. Y ahora, una pregunta: ¿en que está pensando nuestra doncellita mientras realiza todas esas complicadas operaciones que alcanzan el culmen en ese taconeo de aquí estoy yo pero no quiero que se me vea demasiado pero tampoco que no se me vea? ¿En que piensa esa jovencita cuya sexualidad está siendo machacada y culpabilizada al tiempo que se le ofrece como única salida vital el matrimonio que, curiosamente, se basa en el sexo?

Pocas cosas hay más eróticas que eso junto con las cinturas de avispa, los tacones bien llevados y las costuras rectas. Pocas cosas encontrarás que contengan más sexo en menos elementos y menos evidente.

La imagen que ilustra el texto es de un autor americano cuyo nombre no recuerdo pero que fue el maestro del sexo de la guerra fría y que dejó imágenes tan memorables como esta.

jueves, 28 de octubre de 2010

Tuke Henry Stoke

Están llegando a Madrid las primeras escarchas, los primeros fríos. El verano queda lejos, como queda lejos la libertad de la adolescencia, la plenitud de los cuerpos y el aire cálido del mar, las vacaciones con los amigos, algunos ya muertos, algunos ya han corrido peor suerte, algunos casados, algunos ¡horror! concejales. Todo aquello queda atrás y el camino se borra al pasar, de nada valen las miguitas de Pulgarcito, ni aferrarse a los recuerdos, ni las fotografías, ni las reuniones con aquellos muchachos en plenitud ahora gordos, calvos, hipertensos, amargados, viejos verdes. La estela se ha borrado. Son otras las que ahora cruzan los mares que, a nosotros, ya no nos huelen igual. Ahora nos huelen a podrido o lo que es peor: a coco con melocotón del Caribe de la crema que la señora que tenemos al lado ha extendido por la inmensidad de su cuerpo. Otros son los muchachos desnudos que ríen, otros recuerdos se están forjando que serán tan amargos como los nuestros. De todo aquello, lo que vivimos y lo que no sólo se salva la estilización artística que revive más en nosotros que nuestra propia vida pasada. Tuke Henry Stoke con su galería interminable de bellos muchachos al sol evoca la juventud que no vivimos, evoca lo que deberíamos haber vivido y, de alguna manera, nos la hace revivir.
Belleza por que sí, por que es lo único que redime al bicho humano.

domingo, 24 de octubre de 2010

Encajes rusos

Hace muchos años empecé este cuento y se me atragantó, apenas hace tres o cuatro semanas me acordé de él y me vi capaz de llevarlo a buen puerto, eso sí tomándolo desde el principio y desde otro punto de vista. Espero que haya valido la pena la espera.
Angeles está ocupadísima con los últimos preparativos del viaje, siempre hay cosas que se van dejando para última hora, como recoger las plantas que no se queden en los balcones con estas heladas, planchar las blusas antes de meterlas en la maleta que, digan lo que digan, se arrugan menos y al ser telas más ligeras por el calor todavía se nota más. Si no fuera por su vecina Marisa ni se habría acordado de desayunar, menos mal que le ha preparado un café con leche y unas magdalenas. Siempre ha sido una buena vecina y le está muy agradecida pero hoy le ha entretenido demasiado, parecía no darse cuenta de que está atareadísima terminando de disponerlo todo. Por que parece que falta mucho tiempo para las siete de la tarde pero luego…el tiempo vuela. Además que no es un viaje cualquiera, tiene que dejar preparado todo lo que quiere llevarse para cuando vengan a buscarlo, no sólo el equipaje normal que, además, allí con el calor no hay que cargar con abrigos y demás historias, una rebequita para lo más crudo del invierno y ya. Lo peor es que ha dejado para última hora demasiadas cosas. Siempre le pasa, desde niña, peor estudiante no la hubo nunca. Todo a última hora. Lo mismito que su hermana, siempre tan cumplidora y repulida y las hijas que le han salido iguales: dos ingenieras de caminos y otra de telecomunicaciones, más majas que las pesetas que se decía antes. Una de ellas, la teleco, ya le ha dicho que no se preocupe que ella se encarga de buscar un buen inquilino, pues no quiere dejar el piso vacío, más adelante lo venderá, con las obras ha quedado en un barrio privilegiado y eso lo ha revalorizado. Eso dice su sobrina la teleco, Isabelita, la pobre, con lo que trabaja y se ha empeñado en llevarla ella a la estación, a las siete la recoge junto al bar de Maxi, tiene que despedirse de él, tantos años tomando el café de la tarde, le va a echar de menos. Ay, las fotos, que no se le queden los diez, Dios mío, diez, álbumes ¡con lo que pesan! Pero ¿Cómo va a dejarlos aquí? Si se perdieran se llevaría el disgusto de su vida. Allí están las fotos viejas de sus cuatro abuelos, iluminadas a mano, ellas con mantilla en la boda, de negro, ellos de cuello duro. Nunca les conoció, bueno, su madre decía que sí pero ella no les recuerda. Juraría que estaban en éste las fotos de boda de su hermana, nada que no aparecen, esa manía de su hermana de no querer salir en fotos. Ella iba preciosa, un vestido celeste de organdí con falda evasé y manguita farol y una pamela de paja con una flor de tela roja como los zapatitos y el bolso a juego, fue una boda inolvidable, en los Jerónimos. Mira, las primeras muestras de los encajes que hizo, sí, por que su hermana y sus sobrinas serán listísimas pero no saben pegar un botón, cosa más manazas para las labores, no vio en su vida. Sí, todos los pañitos están bien guardados en las cajas que tienen que venir a buscar para llevarlos a su nueva casa. Allí no tendrá tiempo de hacer encajes, piensa pasarse las tardes en el paseo marítimo, siempre le ha gustado el aire del mar y el rumor de las olas, no va a volver a dejarse la vista en ellos, si acaso a la hora de la siesta un ratito, al sol. Allí hace sol incluso ahora cuando aquí hiela y el viento corta como navajas. El tiempo vuela y no quiere hacer esperar a su sobrina Elenita, mira que le ha insistido en que no hace falta que la lleve a la estación, que coge un taxi pero tuvo que dejar de hacerlo por que la muchacha se disgustaba seriamente, siempre ha sido muy sentida, ella creía que acabaría estudiando arte o algo así pero decidió hacer telecomunicaciones y está muy bien colocada como sus hermanos, los ingenieros de caminos, uno es un alto cargo en una empresa de Bostón y el otro nada menos que en China, no en China no, en Japón, que siempre se lía. Eso sí, todas son unas negadas para las labores, en cambio ella sacó el talento de su abuela que la enseñó todo: bordar, ganchillo, punto de media, encajes, incluso a hacer mantillas le enseñó, sentadas a… ¿Dónde se sentaban? No lo recuerda, aunque tiene delante una fotografía de cuando aprendió con la anciana enlutada al lado dirigiéndola, no lo recuerda, sólo recuerda el calor del sol bañándola y el olor del mercado que no sabe qué día se montaba en… ¿Dónde? Ay, Dios, la hora que es, menos mal que su vecina Cati ha tenido el detalle de traerle un plato de potaje y fruta, y también una fiambrera para el viaje, es más maja. Echará de menos este vecindario, no lo cree, allí siempre hace sol y la gente está en la calle y habla, y se hacen amistades. Espera que a Doña Ernestina no se le olvide que tiene que pagar la colcha de encaje ruso que le encargó con toda prisa y ahí está, muerta de risa, comprende que es cara pero ni un céntimo más de lo que vale. Cuenta con ese dinero hasta instalarse y domiciliar allí todo. El timbre, ay Señor, seguro que es su sobrina Leocadia que viene a recogerla, habrá tenido que dejar el coche en doble fila, pobrecilla, encima de que se toma el trabajo. Ah, menos mal. No es ella sino Atoñito, el sobrino tullido de Doña Ernestina que llega arrastrando su pierna y con el sobre del dinero, parece que le diera pena que se fuera por la mirada triste que fija en esos ojos que ella sabe que, en otro tiempo, fueron alegres y que ahora aun chispean de vez en cuando. Le da un beso de despedida y le desea feliz viaje. ¿Será despistado?, Además de cojo, tonto. Mira que olvidarse de llevarse la colcha. Pues ya ni le alcanza ni le da tiempo a llevársela a casa. Le dirá a su vecina Paqui que se acuerde de dársela mañana mismo. Como se ha ido el día y quedan miles de cosas que quería hacer pero no va a poder ser. Es la hora y no quiere que su sobrina Melania tenga que esperarla. Se pone tres jerseys, sus foulards de seda que le trajo no recuerda quien de París, sus botas de abrigo y su abrigo de pieles. Sale al rellano donde se despide de las vecinas y sus chicos que son tan majos le bajan las cinco maletas y se las dejan junto al portal, al lado de la puerta del bar de Maxi. Empieza a hacer frío pero falta un cuarto de hora para que llegue su sobrina Leonor a recogerla y Maxi le saca un café con leche y un croissant de despedida. Allí no tendrá que calentarse con cafés hirvientes sentada en el paseo marítimo. ¡Que ganas tenía que llegara este día bendito!

Pili, la mercera de enfrente la ve sentada sobre sus maletas de cuero negro, cuarteadas, añejas, beber mecánicamente el café y mordisquear el bollo. Mirar el reloj. Sonreír y esperar. Poco a poco esos ojos que se pierden en la gordura mórbida de su cuerpo van disolviendo la mirada en la espera. Siete, siete y cuarto, siete y media, ocho. La sonrisa sigue pero los ojos ya no están allí. Ocho y cuarto, y media. Pili comienza a cerrar, despacio, sin prisa, nueve menos cuarto. Angelines espera y se despide de cuanto conocido pasa por allí, cada vez un poco menos hasta que no distingue a nadie. Nueve. Pili echa el cierre, como cada noche, hoy helará y pronto. Cruza al bar de Maxi a tomar un té bien caliente. Nueve y cuarto, y veinte, como cada noche. Pili enjuga una lágrima y Maxi se la traga, pone su sonrisa de fiesta, como cada noche, y sale.

-Pero Angelines, ¿Qué hace usted aquí? No sabe que hay huelga y está todo parado, sí, para trenes está hoy la cosa y su sobrina estará atrapada en algún atasco –como cada noche- Seguro que mañana se ha solucionado todo y nos pierde de vista que anda que no tiene ganas de hacerlo. Venga, que yo le ayudo con las maletas –como cada noche.

sábado, 23 de octubre de 2010

Esto...

Al ver la imagen ya habréis imaginado de qué va esto.

Me había retrasado en la entrada por que es la 150 y quería hacer una aparente y tal. Vamos, una cosa digna de tan fasto acontecimiento.

Hete aquí mi sorpresa, pasmo, y hasta espasmo, que me he reinfartado. Cuando escribo esto acabo, literalmente hace 8 horas, de salir del hospital. No sé si el pronóstico es bueno o malo, sé que es genético pero que la ciencia no ha llegado a poder distinguir ni trabajar con ello. Lo cierto es que no fue tan brutal como el anterior y que me encuentro incluso mejor. Espero que perdonéis la sobriedad y hasta la cierta tristeza de esta entrada. Es que me han cambiado el paisaje demasiado de pronto y necesito tiempo para explorar el terreno, buscar el agua y montar mi hogar en este nuevo y desconocido páramo, la comida no es problema. En el hospital he descubierto que se puede vivir sin comer, jejejeje. Eso y que el telón puede caer en cualquier momento para mí aunque no sea eso lo que me han dicho los galenos. ¡Y quedan tantas cosas por hacer, por cerrar, por decir, por escribir, por recibir! Caricias por dar, sonrisas por dedicar. Cierto que en esta situación puedo estar cuarenta y cinco días o veintidós años pero la sensación es esa. Y no es bueno. Aunque sea psicoanalizarme aquí, en público, no creo que pensar así ayude para nada a la víscera en cuestión.

No quiero que suene a despedida pero quiero que sepáis que disfruto mucho con vuestros textos y que os aprecio aunque no os haya dado nunca la mano ni comido juntos. Eh, que mientras esté por este jodido planeta estaré dejando aquí muestra de lo bueno o malo que haga y creo que no dejaré de opinar ni después de irme por que hay cosas que hacen saltar a un muerto, caramba, como las declaraciones de no sé qué ilustre procer de la patria sobre Leyre Pajin y la pornografía.

Como he descubierto, además, que una de las cosas que vale la pena hacer es escribir creo que me veréis por aquí más a menudo y espero que mejorando literariamente por que ya sabéis que mis textos no son precisamente la alegría de la huerta.

Perdonad que no me ponga al día con vuestras entradas pero es que quiero dedicar tiempo a organizar un texto largo y todo no puede ser. De momento, claro. Un abrazo

De todas formas no me hagáis mucho caso: es la depre post-reinfarto.  Algun día hablaré de depres y síndromes.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Uno mismo en su misma mismidad

No soy muy partidario de mí, que vaya por delante tan poco grata opinión, de hecho, si me conociera siendo otro no me dirigiría la palabra, bueno quizás la palabra sí, pero procurando mirar a otro lado, lo que viene a significar que el desacuerdo entre mi imagen y yo mismo es radical y antiguo, tiempos hubo en mirarme a un espejo era llevarme un susto de consideración, así que dejé de hacerlo y durante bastantes años. Pero luego, uno se va resignando, piensa que algo bueno tiene que tener, aunque no consigues verlo por ninguna parte y, en fin, vas conviviendo intentando controlar y domeñar un físico rebelde, indómito y con muy mala leche.

Y esto ¿a qué viene? Veréis. A raíz de algunos comentarios y otras historias internéticas me he dado cuenta que la imagen que los amigos, amigos al fin y al cabo, tienen de mí es muy distinta de la realidad y no me parece justo mantener el engaño. Una vez que uno ha hablado de Saturio y su melón y otras confesiones inconfesables ya puede hablar de todo. Si es que cuando yo pierdo la vergüenza, no hay manera de encontrarla por ninguna parte, así que no lo intentéis. O sea, que voy a aprovechar que hoy me he levantado, que no es poco, y encima, ególatra para hablaros un ratico de mi mismo en mi misma mismidad.

Decía el marqués de Bradomín, creo recordar, que era feo, romántico y sentimental. Vale, pues yo no. No me da la realísima gana decirlo, ea. Para empezar, soy bajito, uno sesenta y tres en mis buenos tiempos. Gordo, sí, así sin paliativos, gordo, pero con quince kilos menos sería fornido, vamos estructura cuadrada, desconozco en carnes propias el concepto “cintura” y mentalmente hablo de “circunvalación”. In illo tempore era moreno de verde luna, la color cetrina presta a broncearse, ahora soy gris como Gandalf antes de ascender y la color es simplemente la que toca según la estación. Entre las cosas que tengo grandes (y no vayáis por ahí, mal pensaos) está la cabeza, talla sesenta con jardinera, las manos que me dicen de pianista y que no engordan nunca y la papada. Entre las cosas que tengo pequeñas están los pies, talla treinta y siete, la nariz, y la boca. Me dejé barba en cuanto pude para ocultar lo más posible la cara y como llevo gafas no se me ve nada pero no hay manera de que no se me note el estado de ánimo mirándome a donde debería verse la cara y se ve barba y gafas –y eso que son de culo de vaso-.

En fin que si queréis haceros una idea de cómo vengo a ser físicamente mirad esta imagen: Un sátiro de Rubens y ponedle canas en la barba (sí, un sátiro, no me he equivocado, se equivocaría Rubens) somos clavaitos sobre todo cuando me río si alguien pretende colarme una trola.

domingo, 26 de septiembre de 2010

V

V de Victoria e incluso de ¡¡¡¡¡VICTORIA!!!!!
Algo así como la de este zagalon pero en rellenito:
Primero por que ¿recordáis aquellas entradas trágicas de mis homéricas subidas de peso? Pues una vez renunciada a la lucha he llegado a bajar 9 hermosos kilos 9 que con permiso de la autoridad competente los va a recuperar la santa madre del señor presidente del festejo o este mismo zagalón. Ahora peso:
Item más ¡¡¡¡¡¡VICTORIA!!!!!! por que el otro día estuve en el cardiólogo y después de mirarme de tó lo decente que se le puede mirar a un hombre (de lo indecente se ocupará pronto el urólogo, jejejejeje) me ha dicho que se alegra de verme bueno, que me quite pastillas, y que todo lo recuperable está recuperado. Es más: no me ha prohibido nada excepto coger kilos. A esa batalla estoy acostumbrado -a perderla también-, o sea que se puede decir que el infarto me ha dejado exactamente en la misma situación que estaba, teniendo en cuenta el calibre del infarto en sí es muy sorprendente esta recuperación tan rápida y total. Así que aquí os lo presento, con su pupita y siendo cuidado que el chaval se lo merece, coño.
                                           

jueves, 23 de septiembre de 2010

Fauna veraniega (y costera) y V El elfo doméstico y II

A algunos el universo se nos queda pequeño, Dobby había tenido el talento de ajustar el universo tan solo a lo que podía controlar y dominar con su lengua, sin duda el órgano más móvil de su organismo (no va por ahí, picarones) pues era lenguaraz, charlatán, indiscreto, parlachin y bocazas lo que le hacía el hijo predilecto de cuanto cotilla y chismoso o chismosa que le conocía. Hacía deporte, uno muy peculiar, eso sí. Salía cada tarde a la calle con su carga de plata, su reluciente cabeza, sus chanclas, su bañador con el paquete de tabaco dentro de la cinturilla y su bolso de mano cogido exactamente igual que Margaret Thatcher y se le veía recorrer las calles parándose en cada ventana y puerta donde hubiera alguien conocido, cortando la acera cuando se encontraba con alguien, parando el tráfico si el encuentro lo requería. Si una chica estaba embarazada era muy fácil que Dobby lo supiera antes que ella y si lo sabía el… Era su deporte por que en lo referente al resto del universo no había ni un solo tema que le interesase lo más mínimo ni la música, a menos que fuera un bailable del tipo Amigos para siempre que le permitiera ligar, ejem, intentarlo quiero decir, ni el fútbol, ni siquiera los culebrones que tanto suelen gustar a la Maruja Ibérica Pata Negra. Empleaba todo el tiempo que no estaba tostándose al sol a calva limpia –luego dicen de los golpes de calor- en tan noble actividad con lo que conocía a todo bicho viviente, y si no, tardaba menos de tres días en saber vida y milagros del forastero. Tan útil resultaba ese vasto conocimiento, cuya técnica estoy seguro que la CIA y demás pagarían por conocer, que sabía en que tienda estaban los cordones más baratos y de que se había muerto y cuando la abuela de la dueña, en que estanco tenían determinada marca de tabaco y si el dueño tenía amante o no información que suministraba conjuntamente y a ti correspondía discernir si querías cuarto y mitad de amante o tener una noche loca con un paquete de Marlboro. Juntad en la playa a este ejemplar con la viuda a quien nadie conoció nunca callada y ponedlos a hablar de comida delante de alguien a dieta y comprenderéis mi padecer. Mas volvamos a nuestro elfo, digo maruja, digo hombre y centrémonos en la anécdota que dio lugar a esta entrada que pica ya en demasiado larga.

Entre aquel vastísimo conocimiento, más el que suponía él inherente a ser él en sí mismo hablaba con una autoridad incontestable, a la que todo el mundo contestaba, especialmente quienes no sabían tener la boquita cerrada, o lo que es lo mismo: la viuda y yo. Claro que el muy canalla sabía hacer que me callara simplemente llevando el tema a la compra diaria. Ah, felón. Ahí yo no podía decir nada pues las acelgas y los filetes de pollo a la plancha, la lechuga y la manzana dan para muy poco tema. Sobre todo teniendo en cuenta que no estaba dispuesto a recorrerme todo el p… pueblo para ahorrarme cinco céntimos. Es más no me importaba, herejía suprema, que el tío Manuel de la Josefa tuviera las sardinas tres céntimos más caras que el tío José de la Manuela. Ni se me ocurría decirlo y hasta me unía al coro de voces escandalizadas por la diferencia de precio. Creo que si hubiera dicho aquello de “francamente mi querida Escarlata, eso no me importa” se hubiera creado un silencio sepulcral, primero por que no habrían visto la película –ni la viuda ni Dobby podían permanecer tanto tiempo callados, el Imperator se caracterizaba por dormirse ante cualquier pantalla siempre que no apareciera… José María Carrascal o Jesús Vázquez y los maestros eran incapaces de dejar de rumiar su odio al director, al compañero del aoristo, a sus alumnos y a sus santas madres –no siempre sin razón, he de decir-; pero lo que realmente les hubiera callado incluso a la viuda, aunque sólo por unos segundos en su caso, era la barbarie que suponía que no me importase el precio de las sardinas en una pescadería a dos horas caminando. Un día, una aciaga mañana, Dobby llegó con una bomba de mayor potencia que mi desinterés por los céntimos de las sardinas.

-En Ramiro el de San Euterio he encontrado melones a céntimo el kilo –dijo sacando de su bolso colgante a la manera de la dama de hierro de su codo doblado un papelito que lo acreditaba.

No quiero contar el revuelo por puro sonrojo el revuelo que afirmación tal provocó en la tribu sombrillera prometiéndose unos a otros que si salía bueno y no pepino irían a comprar en plan masivo. Quienes no tenían coche encargaban seis o siete melones y quienes lo tenían calculaban si podrían aparcar por allí o no. El tema dio para tooooooda la santa mañana lo que si fue en sí mismo un coñazo insufrible fue menor que escuchar los condimentos que le echaban a las comidas, donde habían comido un cordero insuperable o si las morcillas deben ser de arroz o de cebolla. Escondido bajo mi sombrero de paja tapándome la cara, me limitaba a observar los cuentos de la lechera y la logística que se estaban montando entre unos y otros entre asombrado, incrédulo y divertido. Pero lo peor estaba por llegar.

Como ya he comentado solía ser tempranero, llegaba siempre antes que los viejos con las cintas de los Chunguitos y la Pantoja, lo que, creedme, es mucho madrugar. Montaba mi sombrilla y me disponía pasar una sanísima jornada playera. Pues bien, al día siguiente del anuncio de Dobby de su portentoso hallazgo acudí siguiendo mi costumbre a la playa, eso sí, había cambiado de gorra por que el verano acababa y el sombrero había presentado su irrevocable dimisión que fue de inmediato aceptada y llevaba sobre mi hermoso cráneo –uso la talla más grande del mercado en prendas de cabezón- con una gorra aún más hortera de lo habitual en mí que lucía entre otras lindezas el oso y el madroño (en atención a quienes me leen desde el otro lado del charco, que alguno hay que me haga ese honor explico que el oso (alusión a la Osa Menor, creo), y el Madroño (arbusto de frutos redondos y rojos) forman el escudo de mi Madrid, mi ciudad). Extendí mi esterilla sobre la arena todavía húmeda del relente, clavé mi sombrilla verde chillón para verla desde el agua sin gafas, y me puse a tomar el requetesano sol mañanero. A lo largo de la mañana iban llegando con cuentagotas los variopintos especimenes de la horda, se iban acoplando en torno a la sombrilla, casi siempre de uno en uno. Aquel aciago día la primera en llegar fue una de las maestras revenías, para mi asombro en lugar del tradicional “buenos días” lo que dijo apenas llegó fue:

-¿Qué tal le salió a Saturio el melón?

Mis nervios muy suave dijeron: “huye mientras puedas”, pero haciéndome el héroe desoí sus consejos.

Minutos más tarde llegó la Nitromujer y saludó diciendo:

-¿Qué tal le salió a Saturio el melón?

Así fueron llegando, el Imperator, la viuda incallable, el primer maestro revenío… todos con la misma pregunta. Yo ya no podía esconder la cara bajo la gorra pues me la estaba comiendo a mordisco limpio y ya de las patas del oso quedaba una sin desteñir. Además nuestro elfo doméstico gustaba de ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y por poco ese día no fue el muerto en el entierro, el muy … llegó más tarde que nunca. El penúltimo en llegar fue el maestro menos revenío, de quien tenía yo una muy buena opinión y lo que menos me esperaba de él es que llegara y dijera:

-¿Qué tal le salió a Saturio el melón?

Mis huellas dentales se pueden sacar del mordisco a la visera de mi gorra y estaba a punto de echar espuma por la boca o tirarme al cuello de alguien cuando algo dentro de mí me dijo: se acabó.

No sé como le salió el melón al elfo, pero sí que tres días después volví a casa y que desde entonces no he vuelto a la playa y vivo mis vacaciones con el inmenso placer de no tener que escuchar el precio de los melones, de las sardinas o del pollo asado del tío Liberiano.