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martes, 31 de diciembre de 2013

Feliz Año Nuevo

Bueno, casi huelga decirlo, pero desde este humildísimo blog el abajo firmante os desea todo lo mejor en este fin de año y en el que comienza. Recordemos que nunca llovió que no parara y que no hay mal que cien años dure, que ser feliz en cierta medida -solo en cierta medida- es una actitud y que no debemos olvidarlo. En mi mesilla tengo un adoquín, literalmente, robado de las obras de Madrid Río donde hice un graffiti diciéndome algo cada vez que abro el ojo y que a menudo olvidamos: "Hoy estoy vivo", lo hice en rojo vivo, sencillamente por que por obvio que parezca esas pocas palabras son un enunciado básico para empezar el día. Pues lo mismo para este año pasado, lo que en otras palabras cabría expresar como "uf, hemos conseguido sobrevivir a pesar de todo, cabrones". 

FELIZ AÑO NUEVO

sábado, 28 de diciembre de 2013

El ministro que mató la Navidad



Sólo tengo que añadir que las mujeres que le defendían a capa y espada con muchas de las cuales tuve agrios enfrentamientos en sus tiempos malditos de alcalde se están encontrando lo que buscaban con sus votos incondicionales. Ojalá que no tengan que sentirlo en sus carnes, deseo que no recojan el fruto de lo que sembraron con sus votos, de todo corazón, pero no por ellas.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Seguimos en Navidad

Seguimos en Navidad, es más, aun no hemos empezado las celebraciones, quedan las deliciosas reuniones familiares, la compra de regalos de última hora, los agobios en los comercios, el rebuscar el adecuado que sea bueno, bonito y barato a ser posible. Ya hemos dejado atrás el día de los tópicos que es tan hispano, tan nuestro, me refiero al día de la lotería de Navidad. Es el sonsonete con el que se declaran inauguradas oficialmente las fiestas, para mí resulta entrañable y adorable, como una mantita suave en una sobremesa somnolienta, una sensación ya vivida y agradable, quizás sea la sensación de continuidad, quizás sea un vago poso de ilusión de que toque algo, quizás sea un volver a la infancia, no lo sé. El caso es que luego vienen los tópicos, que si la salud, que si el tapar agujeros etc., por un día los informativos nos machacan hasta la saciedad con imágenes mil veces repetidas de gente feliz, dando saltos de alegría aunque –especialmente cuando- la suma no les vaya a solucionar más que un par de problemas más o menos importantes, una hipoteca o simplemente sobrevivir al naufragio unos meses más, en lugar de bombardearnos con corruptos, burlas y leyes hechas a medida de algunos. Un paréntesis que dura poco pero por lo menos da un respiro.
Mi casa ya está decorada con esa especie de convulsión navideña que me da cada año. He de reconocer que éste no me ha sido fácil. Me ha costado encontrar el entusiasmo para montar el circo habitual. Un circo por cierto sin espectadores, un circo para nosotros solos. Me han ayudado a hacerlo las cosas, las pequeñas cosas que he ido acumulando y el deseo de volver a verlas y a acariciarlas, aun así mis fuerzas no han dado para más y he dejado un Nacimiento sin poner, a veces parece que la energía, la fuerza o como queramos llamarlo me va abandonando lenta pero irremediablemente, tampoco sé si es físico o mental pero a veces me ocurre. Será la vejez prematura o no tanto. El caso es que cuando acaba la película de la tele por la noche, apago la mitad de las luces del salón, enciendo las decorativas, pongo en marcha una de las cajas de música navideña y me siento a disfrutar de mi parafernalia navideña, dándome cuenta de que en la suma de sus elementos está una vida entera. Este ángel lo compró mi madre cuando yo tenía cinco años, esta bola pintada la compré hace veinticinco años en la Plaza Mayor, esta figurita me salió en un roscón de reyes cuando tenía veinte años. Luego está el Nacimiento de la casa. El oficial por así decirlo. Mañana, Nochebuena, hará treinta y un años que llegó a casa, casi como un milagro, pero de él hablaremos en otra entrada. Hoy quería traer a colación el silencio apacible que llena la casa cuando la última nota de la caja de música y que me trae a la cabeza este poema publicado por primera vez tal día como hoy de 1823, por un autor un tanto incierto que bien pudo ser el profesor americano Clement Clarke Moore o bien un primo de su mujer, el Major Henry Livingston Jr. Resultó ser un poema clave para la configuración iconográfica de la Navidad actual, sobre todo por las ilustraciones de Nast, pero también a esto volveré en otra entrada, si me lo permitís. Hoy sólo quiero recoger el poema. 

Era la noche antes de Navidad
Era la noche antes de Navidad, cuando en toda la casa
Ninguna criatura movía, ni siquiera un ratón.                     
Los calcetines se colgaban por la chimenea con cuidado,    
En la esperanza que San Nicolás pronto estaría allí.
Los niños estaban cómodos y calentitos en las camas,
Mientras visiones de ciruelas azucaradas bailaban en sus cabezas
Y mamá con su pañuelo y yo con gorra de dormir, Habíamos
preparado nuestros mentes para un largo sueño invernal
Cuando fuera en el césped había mucho ruido,
Salté de la cama para ver lo que pasó.
A la ventana volé como un rayo,
 Abrí las contraventanas de golpe y subí la ventana
La luna en la nieve recen caído
Dio la lustre de mediodía  a los objetos abajo.
Cuando delante de mis ojos curiosos apareció
Uno trineo en miniatura y ochos reinos muy pequeños
Con un conductor pequeño y viejo, tan vivo y rápido,
Yo supe en seguida debe de ser San Nicolás.
Mas rápidos que águilas su tiro vino,
Y el silbó y gritó y les llamó por nombre.
“Ahora Dasher! Ahora Dancer! Ahora Prancer y Vixen!  Ya
Comet! Ya Cupid! ya ya Donner y Blitzen!
 Arriba del porche! Arriba del muro!
Ahora corre, corre, corre todos!
Como las hojas secas vuelan ante un huracán salvaje,
Cuando enfrentan un obstáculo suben al cielo.                      
 Así el tiro volaba arriba de los tejados de casas  
 Con el trineo lleno de juguetes y San Nicolás también
Y luego, en un instante, oye en el tejado
El brincar y toquetear de cada pequeña pezuña
Mientras retiré la cabeza y giraba,
Por la chimenea vino San Nicolás con un gran salto.
Vestido todo de piel, de cabeza a pie,
Y su ropa estaba ensuciado de cenizas y hollín,
Un fardo de juguetes lo cargó a su espalda,
Pare ció a un ambulante, abriendo su saco.
Sus ojos, tan brillantes, sus hoyotes de felicidad.
 Sus mejillas como rosas, su nariz como una cereza.
Su pequeña boca graciosa dibujada un arco,
Y la barba de su barbilla tan blanca como la nieve
La base de la pipa la sujetó fuerte entre los dientes
Y el humo rodeaba su cabeza como una corona
Tenía la cara ancha y la barriguita redonda
Que movía cuando se reía como un fuente lleno de gelatina
Era redondito y gordito, un verdadero viejo elfo alegre
Y rió cuando le vi, a pesar mío
Me guiño un ojo y giro la cabeza,
Lo que me hizo pronto a conocer que no tenía nada que temer.
 No dijo ni una palabra, y fue directo a su trabajo,
Y lleno todos los calcetines, luego giro con rapidez
Y poniendo su dedo junto a su nariz (indica un secreto)
Y asintiendo con la cabeza, subió por la chimenea
El saltó sobre su trineo, y dio a su equipo un silbido,
Y volaron como el vilano de un cardo
Pero se escucha su voz mientras se perdida de vista
“¡Feliz Navidad para todos, y para todos buenas noches!

lunes, 16 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad 2013

Ya sabéis que la Navidad es un tiempo muy amado por mí, pese a todo; también sabéis que considero labor casi imposible la de escribir con un poco de dignidad un cuento de Navidad después de los grandes ejemplos que ya venimos viendo estos años, vamos que Dickens y poco más. Sin embargo, cada año afronto con valentía y desvergüenza torera la empresa, desmedida para mis fuerzas. Este año ha sido un tanto peculiar, no cogí la pluma para escribir un cuento de Navidad como tal sino, como tantas veces para desafiar la provocación de un papel en blanco, poco a poco surgió el relato, era primavera, la época menos navideña del año, pero surgió. No lo hizo por que sí, también es cierto, sino evocando recuerdos de otra persona muy querida, que, entre risas y lágrimas, los comparte conmigo.

Era aun tiempo normal, como llamaban al tiempo antes de Guerra. “Normal” y “antes de la Guerra”, términos que ya casi no se oyen pero que en mi infancia eran corrientes, como si algún tiempo hubiera sido normal y como si no hubiera habido otra guerra, precisamente en este territorio, que da cosa llamar país, de comarcas centrífugas y cainitas. Aquí no ha habido “una guerra” sencillamente por que nunca ha habido “una paz”, como mucho una pausa entre batallas desde la romanización –que se sepa-. Sólo las pausas necesarias para que las hembras parieran y criaran, pausas puramente demográficas para que hubiera a quien matar en la siguiente batalla y no llegar a la extinción, aunque ese sea el íntimo deseo de de todos los bandos: la extinción del contrario, perdón, de los contrarios.

Era aun tiempo normal, todo lo normal que puede ser un tiempo aquí, quizás incluso no tanto, una corona se balanceaba, o quizás ya no, quizás Bubuy, como llamaban al monarca castizas infantas y germánicas regentes, ya no habitaba en Palacio, no lo recuerda. Era “ese tiempo”, aunque ella no lo supiera, y vivía casi feliz aquella tarde de enero, ya noche temprana, fría, muy fría, sobre los hombres de su padre, alto, escueto, ágil, fuerte, sobre quien no parecía pesar y que trotaba juguetón, Calle Mayor arriba, alrededor de su madre que llevaba de la mano a su hermanita menor y reía con las tonterías de su marido, una risa grande apenas controlada que, quizás no volvió a oírla igual. Pero a ella nada de todo aquello le importaba, era Noche de Reyes los iba a ver en la Plaza Mayor. Buscaba la Estrella en el cielo despejado, comenzaba a caer una capa de hielo que escarcharía los cristales de su ventana esa noche, la misma ventana por la que el año pasado había visto pasar un camello entre las nubes; pero el cielo sólo mostraba la infinidad de pequeñas lucecitas de siempre. Quería preguntar a su papá cual de todas era, pero se distraía con los puestecillos que cubrían calles y aceras vendiendo juguetitos, caramelos, churros quizás, o pensando qué se encontrarían por la mañana junto a sus zapatitos de charol que ya habían dejado preparados al salir de casa por si Sus Majestades se adelantaban, junto al balcón con tres copitas y la botella de anís para los camellos. Envuelta en abrigos y bufandas no sentía el frío pero, de vez en cuando, a mano de su madre le tocaba las flacas piernas descubiertas por las falditas que llevaban las niñas por entonces y se le borraba por un momento la sonrisa.

Ya veía el arco y mucha gente, muchos niños, igual de nerviosos que ella. Los recuerdos se confunden, hace tantos años y han pasado tantas cosas sobre ellos; no logra recordar que arco era aquel, ni qué año, sólo la gente como un mar de cabezas bajo ella y el alborozo tenso de la espera. Los puestos, las tiendas abiertas, algún villancico al son de la zambomba de barro, un peculiar olor no identificado pero que todavía hoy podría reconocer, ochenta años después.

Se colocaron, cree recordar, junto a uno de los arcos por donde pasarían Sus Majestades, cerca de un pilar donde se pudiera apoyar si la pierna casi esquelética se le cansaba. Estaba cada vez más nerviosita, y, cuando quiso darse cuenta, había perdido de vista a su padre, algo realmente difícil pues era hombre que sobresalía entre la gente. Su madre la tenía de la mano, y en brazos a su hermanita, mucho más pequeña que ella, más bien rolliza. Si su padre no aparecía ella no vería más que piernas y, como mucho, la pata de algún camello. Tuvo miedo, no sabía por que, pero tuvo mucho miedo de que papá no volviera. Demasiado miedo como para llorar, un miedo que reconoce de adulto ahora pero entonces era un oscuro sentimiento paralizante que volvería a ella poco tiempo después y no desaparecería hasta el año cuarenta y dos, cuando soltaron a su padre. En realidad, no, nunca desapareció un rescoldo oculto de aquel miedo, tan escondido que ni ella misma puede reconocerlo.

-Pili, mira –le medio gritó su padre agitando un paquete según se acercaba apareciendo entre la multitud con su paso largo y elástico que no perdió nunca-. He estado ayudando a los Reyes a descargar un camello y me han dado esto para ti.

Era una caja con un juego de seis tazas de barro con sus platos y todo, a la que estuvo aferrada sobre los hombros de su padre. No recuerda la cabalgata, ni los camellos, ni los regalos que amanecieron junto al balcón, sólo recuerda el calor de las manos de su padre en su pierna enferma, el color rubio de su pelo alborotado, su risa que tampoco volvió a ser igual, las tazas de barro que tuvo que dejar atrás bajo algún bombardeo; ah, y cómo, incluso de vuelta a casa ella siguió buscando la estrella en un cielo cada vez más negro, más amenazante.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Queda inaugurada esta Navidad

Ya sabéis quienes tenéis el detalle de leerme habitualmente la pasión navideña que me embarga en cuanto llega agosto y que a estas alturas ya es irresistible. Así que con esta entrada declaro inaugurada la Navidad del 2013, o lo que es lo mismo: me levanto la veda para hablar de temas navideños que tanto me gustan. Ahora bien, este bendito año que está a punto de acabar me ha traído a estas fechas un poco más bajo de tono de lo que es habitual en mí. Además, cuando miro mi entorno y en general a la gente y sus actitudes en Navidad, indiferentes, hostiles, quejicas, etc., que son mayoría me pregunto si no será que, en el fondo yo soy el bicho raro, el inmaduro, el Peter Pan de toda esta historia. Podría argumentar en contra pero la mayoría es tan abrumadora que me está llenando de dudas. Además ciertas historias me están llevando a preguntarme si hay algo que yo haga o diga que no sea una perfecta gilipollez. Parlanchín por naturaleza, últimamente intento callarme –en vano casi siempre- por que, muy en el fondo de mí algo me dice que lo que voy a decir es una gilipollez. Es grave asunto pues, inseguro por naturaleza, nunca lo he sido con respecto a mi capacidad mental y lo acertado de mis argumentos, sin negar la posibilidad de equivocarme pero sin que el error fuera una simple estupidez. Que a estas alturas haya aparecido esa sospecha me preocupa seriamente aunque explicaría unas cuantas cosas. Así que ante la avalancha de “sentimiento Scrooge” que parece imperar he de admitir que mi pasión navideña no debe ser más que una más de lo que parece ser mi arsenal personal de estupideces. Bueno, pues cuando uno es bajito, gordo, feo, enfermo y hasta un poco deforme no debería costarme mucho asumir que, además soy gilipollas. Si he podido vivir con lo demás acabaré acostumbrándome a vivir con esto, es más puede ser hasta divertido pues me da “licencia para soltar lo que me salga de ahí mismo sin pasar por el tamiz de mi cerebro”. Una forma de libertad en cierto modo suprema.

Hay algo que debió darme la pista de esta gilipollez mía tan arraigada y es que siempre he encontrado las grandes reflexiones, las grandes verdades vitales no en los profundos libros de sesudos filósofos que no eran gilipollas evidentemente pero a menudo cabría preguntarse si vivían en el mundo de verdad o en un maravilloso mundo de bibliotecas y coleguillas que nada tenía que ver con el precio del pan o el dolor de muelas (un detalle: ¡que poco se ha escrito sobre el dolor físico!). Esas reflexiones, esas verdades, las he encontrado en libros de (me da hasta cierto pudor decirlo) humor. Será que mi capacidad mental no da para más, será que estos grandes pensadores no se expresan con claridad, será que no he leído lo suficiente, pero así ha sido. Rara vez he encontrado análisis de la vida y la realidad tan serios y exactos como los que hacen los humoristas, quizás por que, a diferencia de los filósofos y pensadores, no se toman tan en serio a sí mismos y miran en derredor. Por eso al releer por no sé cuanta vez una de las novelas de Terry Pratchett, precisamente la que dedica a la Navidad de Mundodisco, “Papá Puerco”, he encontrado una larga cita que expresa mejor que nada de lo que yo haya leído lo que es o debería ser la actitud ante la Navidad. Para quienes no estén familiarizados con el universo Pratchett les pongo en antecedentes: en “Papá Puerco”, alguien está intentando asesinar a Papá Puerco (equivalente a Papá Noel, como habréis supuesto) y la Muerte ocupa su lugar. Casi al final de la novela la Muerte (que siempre habla en mayúsculas) mantiene este diálogo con su nieta Susan, institutriz y racionalista a pesar de que sabe que los aspectos y las facetas mágicos de la realidad son verdaderos.

[ ]Susan: Me está diciendo que los humanos necesitan… fantasías para hacer la vida soportable ¿no?

-¿DE VERÁS? ¿COMO SI FUERA UNA ESPECIE DE PILDORA ROSA? NO. LOS HUMANOS NECESITAN LA FANTASÍA PARA SER HUMANOS. PARA SER EL PUNTO DONDE EL ANGEL QUE CAE SE ENCUENTRA CON EL SIMIO QUE SE ALZA

-¿Hadas de los dientes?¿Papá Puerco?¿Pequeñas…

-SÍ. A MODO DE PRÁCTICA. HAY QUE EMPEZAR APRENDIENDO A CREER EN LAS MENTIRAS PEQUEÑAS.

-¿Para que podamos creer en las grandes?

-SI. LA JUSTICIA. LA COMPASIÓN. EL DEBER. ESAS COSAS.

-¡No son lo mismo en absoluto!

-¿ESO CREES? ENTONCES COGE EL UNIVERSO Y MUÉLELO HASTA QUE NO SEA MÁS QUE UN POLVILLO FINO Y PÁSALO POR EL MÁS FINO DE LOS TAMICES Y ENTONCES ENSÉÑAME UN SOLO ÁTOMO DE JUSTICIA, UNA MOLÉCULA DE COMPASIÓN. Y, SIN EMBARGO, … SIN EMBARGO ACTUÁIS COMO SI EXISTIERA UN ORDEN IDEAL DEL MUNDO. COMO SI HUBIERA UNA CORRECCIÓN EN EL UNIVERSO POR LA CUAL ÉSTE PUEDE SER JUZGADO.

-Sí, pero la gente tiene que creer en eso, de otra manera que sentido tiene…

-EXACTAMENTE LO QUE YO DECÍA. HAY UN LUGAR DONDE LAS GALAXIAS LLEVAN COLISIONANDO UN MILLÓN DE AÑOS. NO INTENTES DECIRME A MÍ QUE ESO ESTÁ BIEN.

-Sí pero la gente no piensa en esas cosas.

-CORRECTO. LAS ESTRELLAS EXPLOTAN, LOS MUNDOS CHOCAN, APENAS HAY SITIOS EN EL UNIVERSO DONDE LOS HUMANOS PUEDAN VIVIR SIN CONGELARSE O FREIRSE, Y, SIN EMBARGO, TÚ PIENSAS QUE UNA… CAMA ES UNA COSA NORMAL. EL MÁS ASOMBROSOS DE LOS TALENTOS.

-¿Un talento?

-OH, SI. UN TIPO ESPECIAL DE ESTUPIDEZ. CREÉIS QUE EL UNIVERSO ENTERO ESTÁ DENTRO DE VUESTRAS CABEZAS.

-Haces que parezcamos locos.

-NO. NECESITÁIS CREER EN COSAS QUE NO SON CIERTAS. SI NO ¿CÓMO PODRÍAN LLEGAR A SERLO?

“Papá Puerco”, p. 347-348

lunes, 2 de diciembre de 2013

Diciembre

Poco más hay que añadir a lo dicho sobre el calendario de Gaspar Camps, quizás destacar el escaso protagonismo que se da a las fiestas navideñas que aun no habían alcanzado la importancia económico-festiva a la que han llegado en estos últimos setenta y ochenta años.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Malas noticias o el inicio del final, el Apocalipsis en suma.

Quienes vean la imagen con que inicio la entrada se imaginarán que nada bueno voy a decir.
Mariola y Manolo tendrán que esperar turno, lo de hoy es tan triste, tan triste que no deja espacio para relatos.
Antes que nada ayer al entrar en el escritorio de blogguer me llevé el gran disgusto. L'armari obert, http://leopoldest.blogspot.com.es/2013/11/larmari-obert-punto-y-final.html , un blog con una talla excepcional que aportaba tanto conocimiento, tanta historia y tanto dato sobre la historia de las minorías sexuales. Ese armario lleno de rigor se cierra. Una pérdida irreparable pues pocos podrán alcanzarle en su tema. Lo peor no es su pérdida que ya sería suficiente para hablar de él, lo peor, y se me abren las carnes al decirlo, son los argumentos que emplea: autocensura, bronca, censura. Asi se cierran las puertas, primero, luego las ventanas y, finalmente, se apagan las luces. Poco a poco lo van consiguiendo. ¡Cuanto costó abrir armarios y con cuanta facilidad los van cerrando! si se me permite el juego de palabras con el título del blog. No he dejado nada en los comentarios pues es demasiado lo que habría que decir para decirlo ni siquiera dedicándole en exclusiva la entrada al tema.
Las luces han empezado a apagarse. Signo inequívoco del fin de los tiempos, por lo menos de los tiempos en que un ser humano cabal pueda considerar dignos de ser vividos. Y se apagan deprisa, muy deprisa. El sábado pasado me fui de compras a la Puerta del Sol. La librería de El Corte Inglés que, querámoslo o no, es una institución de referencia en esta ciudad tenía un escaparate exclusivamente dedicado a un libro. El que da a Sol, precisamente, vamos el que más se ve, el que más llama. Me sorprendió que en estas fechas en que el libro es regalo y cuanta más variedad se ofrezca más posibilidades de enganchar al viandante así que me acerqué a ver qué obra maestra era la que ocupaba el lugar de privilegio. ¿Acaso un premio Nobel, acaso un premio Cervantes, acaso un escritor de fuste, un Felix Grande por ejemplo? Pues no. Es un libro de, o firmado por, una moza de muelle fácil que alcanzó notoriedad por otro tipo de facilidad y que la mantiene a base de alardear de ... me callo por que todos sabemos a qué se dedica esta buena mujer. Para mayor escarnio el prólogo es de Boris Izaguirre, de cuya talla también sabemos todos. Me acordé de Jovellanos encerrado, de los ilustrados exilados o fusilados, de los intelectuales represaliados, de cuantos lucharon por una educación para el país, de cuantos se dejaron la vida intentando que sus niños, en el sentido de alumnos, tuvieran la capacidad de pensar y discernir, de cuantos trabajaron hasta dejarse la vida en el afán de mejorar el país. Las danaides fueron condenadas en el averno griego a estar eternamente acarreando agua para llenar un cántaro sin fondo. Como ellas fueron todos aquellos mártires con Jovellanos al frente, por poner a alguien, que pretendieron educar al cántaro sin fondo de los españoles, la consecuencia es que este país es el Averno, pues sí, parece que sí. El libro se está vendiendo como churros calientes, o eso dicen, y supongo que como yo somos muchos los que lamentamos haber dedicado nuestra vida a la cultura y su divulgación, mal pagados -cuando lo estamos- y peor considerados cuando podíamos habernos hecho famosuelo enseñando el culo, abogados de estafadores, o concejales de urbanismo si se conoce al estafador adecuado. También funciona el ser novio de famosa/o  y el tradicional empleo de gigoló, cuando no lo de hacerse descuidero de guante blanco, pongo por caso. Juventudes perdidas entre libros cuando podíamos haber estado de juerga intentando que nos metiera mano alguien de renombre para correr a vender la exclusiva. Cierto que la mayoría son glorias de un día pero en ese día han ganado más dinero -y el dinero es supervivencia, no otra cosa- que lo que ganamos uno de nosotros en una vida. A ellos se les admira, se corre a comprar sus libros a ver sus programas televisivos forrando a las cadenas con audiencias inauditas y hasta a que les firmen los libros. A nosotros no deja de recordársenos que no ganamos dinero.
Permitidme un comentario añadido. Hace poco, donde voy a aprender a pintar, o a intentarlo al menos, pensé que podría interesarles unas charlas sobre la exposición de Velázquez que tiene lugar en Museo del Prado. Acerté de pleno, todo el mundo se mostró de lo más interesado en ello, hasta que se dieron cuenta de que había que pagar. Todo interés desapareció por 25€ seis horas en tres jornadas. Seguro que están corriendo a comprar el libro de la dama de muelle fácil. No me sorprendió, estoy acostumbrado, sólo lamento primero no haber sabido antes en país vivo y su actitud ante la cultura (hubiera estudiado Rita la Cantaora), y que su victoria sea tan absoluta como para acabar cosas como L'armari obert. 
En realidad, no merecen más que lo que tienen (y tenemos los demás, gracias a ellos, claro) corrupción, despotismo, chulería, desprecio y que el dinero acabe en las cuentas en Suiza de las familias que controlan el caciquismo desde el XVIII. 

Danaides de Waterhouse 1906, para que haya algo bello en esta entrada. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Dos emes en realce, (segunda entrega)


Las dos emes entrelazadas bordadas en realce en el almohadón no dejan de hacerle sonreír, tantos años después. Manuel y Mariola. Verlas cuando su novia mostraba el ajuar había sido un logro. Si pudiera ser sincero consigo mismo –algo que nunca le ha sido posible- tendría que reconocer que había sido algo más, mucho más, que “un logro” y en más de un sentido.
Mariola fue un hallazgo valiosísimo con quien se tropezó con poco menos de treinta año, comenzaba a temer acabar deslizándose por la pendiente de perdición y condenación que le auguraba su confesor. ¿Es Manuel creyente? Cuestión peliaguda, su respuesta inmediata sería un “sí” rotundo y convencido, pero ya hemos comentado que le nunca ha sabido ser sincero ante sí mismo. Por cierto, a Manuel, nadie jamás le llamó Manuel. Incluso si hubiera de pasar a la historia lo haría como Manolo –a pesar de tener una cara de Pepe que tira de espaldas-. Pero no estábamos hablando de nombres sino de creencias. Frente a la fe superficial y social, cómoda pero sencilla, inocente y hasta un tanto desconfiada de Mariola que hubiera podido afirmar aquello de Doña Inés “Aquí está Dios. Aquí le adoro” y muy poco más, la fe de Manolo es torturada, tortuosa y mortificante pero carente tanto de la simplicidad feliz del ignorante como de quien se apoya en la mente para luchar por esa fe. Ya sé que a estas alturas del siglo y de la historia hablar de estas cosas queda decimonónico, se diría que nadie da importancia hoy a la religión, lo que viene a ser como mirar hacia otro lado cuando nos encontramos con un animal destripado o un suicida en el Viaducto, pero, para bien o para mal, quienes rigen sus vidas –y al final gran parte de las de los demás- por su manera de vivir su religión son legión. Es el caso de nuestro hombre.
Nacido en feraces tierras en una familia y una casa que había conocido tiempos mejores de los que nadie se acordaría sino fuera por el pazo medio ruinoso que no había manera de vender y donde nunca se sintió en casa por más que no conoció otra hasta bastante después de casarse con Mariola. Desde muy joven las presencias femeninas eran apenas perceptibles para él, curioso siendo el único hijo varón, el mito de Edipo fracasa estrepitosamente en su persona salvo en el tópico enfrentamiento adolescente con el padre, un tanto prematuro a decir verdad pues se produjo prácticamente desde la infancia.
Hoy en el cuartito de estar de su casa, recoleto y coquetón, sobre la estantería que sólo contiene álbumes de fotos está el retrato de un señor de enormes mostachos, ovalado, y de color sepia, el abuelo materno de Manolo, al menos eso dice Manolo. Nosotros, que le apreciamos, no vamos a cuestionarlo, Dios nos libre de poner en duda su palabra pero quizás si alguien que entendiera le echara un ojo diría que ese caballero en cuestión viste a la moda del reinado de Isabel II y hasta es posible encontrar caballeros “parecidos” a la venta en mercadillos y ferias de papel antiguo. Más, como no gustamos de ser maledicentes, dejaremos aquí el tema. Es más, ni siquiera nos importa si el señor sepia de gruesos mostachos es o no el ancestro de nuestro Manolo, sino la importancia que tuvo para él aquel abuelo materno que le llevaba de la mano en sus paseos, al colegio o a la iglesia. Pequeña y musgosa capilla donde recibía catequesis y único lugar donde el pequeño encontraba la serenidad que no hallaba en ningún otro lugar, tanto que no era infrecuente que se le encontraran dormido en sus bancos apenas el abuelo se liaba un pitillo con el señor cura párroco que, lejos de ofenderse, entendía aquello como sí el pequeño se encontrara acunado en brazos de Dios.
De algún extraño modo el viejo curita rural tenía razón, y es que el pequeño vivía acosado por cosas que no entendía en la casa. No eran las habituales discusiones inevitables donde viven los restos, escasos pero excesivos para una sola casa, de dos familias, ni siquiera los enfrentamientos con sordina que presentía más que oía de noche en su cama. La guerra no había hecho mella ni física ni económica en la familia, no había habido bajas, ni enfrentamientos, ni siquiera el lugar pareció enterarse mucho de lo que pasaba más allá de sus lindes, sin embargo, a pesar ello un oscuro miedo parecía rezumar de techos y pareces apenas entraba en casa. Sólo en la ermita se encontraba el niño cómodo pues en el colegio tampoco lo estaba y no por ser mal estudiante –del montón, aplicadito y poco más- ni por llevarse mal con los compañeros. Le faltaba, eso sí, él o los amigos cercanos. Aprendió pronto a evitarlos pues cuando encontraba esa intimidad amistosa de compartir pensamientos y divagar a lo tonto no tardaba en aparecer un oscuro y creciente sentimiento ambiguo de culpa y de amenaza, difuso pero suficiente como para alejarse del otro. Quizás, sólo quizás, por eso pasara tantas horas bajo la bóveda de la iglesia, protegido por el reverencial silencio de trabar relaciones y del miedo familiar, como si la lucecita del sagrario gritara un contundente “Vade Retro” al fantasma del bisabuelo paterno suicidado, del abuelo suicidado y de los tres tíos que encontraron en la cuerda, la escopeta y el acantilado un fin que creyeron adecuado. Nadie sabía como había muerto el padre del bisabuelo, lo que daba lugar a rumores familiares y pueblerinos. Quizás por eso su padre parecía una bestia acosada, enemigo personal del varón engendrado, quizás por eso quienes vivían en la casa temblaban al abrir una puerta con el miedo de encontrar sus piernas colgando de una viga.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Dos emes en realce (primera entrega)


Las dos emes se entrelazan airosas sobre la almohada bordadas en realce por las monjitas del convento de Santa Leocadia del Monte para el ajuar de la novia burguesita de capital de provincia eternamente agonizante y aburrida. Mariola y Manuel. Letra inglesa, elegantemente inclinada, que centra un manojo de primores entre bordados y encajes.

Comenzaba a sonar por entonces Karina en las radios de los incipientes y ahora ya míticos guateques. Guateques a los que Mariola y su hermana acudían endomingadas como si el siglo no se hubiera decidido del todo a pasar la página de la década de su ecuador. Iban siempre los mismos chicos, las mismas chicas y con la misma supervisión discreta pero efectiva de los padres del anfitrión o anfitriona. Ocasionalmente aparecía el amigo recién llegado, la prima del pueblo o el forastero a quien acoger con la proverbial hospitalidad de la provecta ciudad, sobre todo si era funcionario allí destinado y soltero, claro. Casi holgaba decirlo.

Mariola era una chica encantadora pero irremediablemente poco agraciada, ni uno solo de sus rasgos podría definirse como hermoso, aunque tampoco como declaradamente feo. A sus veinte años parecía haber cumplido los treinta y…, claro a los sesenta parecía acabar de cumplir los cuarenta, pero eso no era ningún consuelo a los veinte. Muy ligeramente entrada en carnes, era nuestra muchacha alta, de tobillos gruesos, caderas altas y busto, si no escaso, sí algo informe. La cintura era para ella algo que tenían las demás y hasta el cuello era corto y ancho. Sin embargo, era de ahí para arriba donde su físico fracasaba… estrepitosamente. Ojos pequeños, óvalo ancho, boca indiferente y nariz escasa, tan escasa que parecía un animalillo asustado que nunca se hubiera decidido del todo a salir de su madriguera, lo que siempre ha dificultado su respiración nasal. Un cabello estropajoso de color indefinido e indefinible, castigado por las lacas y crepados que la moda imponía remataba aquella cabeza. Si algún encanto tenía hubieran podido ser sus manos, cuidadas, gordezuelas y diestras en labores de costura pero era tal la sosería con que las movía o, por mejor decir, no las movía, que pasaban desapercibidas. En resumidas cuentas, Mariola era invisible para los chicos; era lo que las amigas definían (y hasta donde yo sé siguen haciéndolo) como “muy buena chica”. De nada valía su delicadeza innata, la suavidad amable de su trato, su afán de agradar sin intentar seducir y el don de saber estar complementado con la gracia de hacerlo donde y para quien pudiera necesitarla. Su invisibilidad era perfecta pues tampoco ella hacía nada por romperla, no cotilleaba, ni contaba chistes, jamás la más inocente picardía salió de sus labios ni alteró su discreción vistiendo o exhibiendo ostentosamente sus joyas a las que es aficionada no tanto por su valor como por su belleza. Mariola tenía, y conserva, el supremo encanto de ser sencillamente como era, como Dios le había hecho, un Dios en que creía firme pero prudentemente, en cuyo culto personal pesaban tanto o más las convenciones sociales como las convicciones personales; un Dios que tampoco había sido precisamente prodigo con ella pues, por no conceder, ni buena salud le había dado.

De niña era enfermiza y débil agarrando, diríase que con ansía, cuanta enfermedad pasaba cerca o no tan cerca de ella. Aunque cuando las emes entrelazadas en la almohada nupcial comenzaron a bordarse en el convento, prueba de los posibles de las familias de la ciudad, su salud parecía ser perfecta, por fin, no resultaba fácil ante ese ajuar pasar por alto que apenas llegada la edad adulta una violenta infección acabó con ella en el quirófano “dejándola hueca” como decían las buenas gentes amigas de la familia, las mismas que cruzaban miradas burlonas y comentarios mudos cuando, siguiendo rituales atávicos (e indescifrables desde nuestro s. XXI) se les conducía al saloncito donde se exponía el ajuar convenientemente dispuesto con el mejor gusto y criterio museístico. Ante las emes entrelazadas en los juegos de cama que dejaban bien claro quienes eran sus padres la única que no daba importancia a lo que no se decía pero sí que pesaba en el aire, algo así como “si ese supiera lo que se lleva”, era Mariola.

Es aventurado, sin duda, hablar de cuanto pasaba por su mente pero he de deja claro que, por mucho que Mariola bajo su don apacible pudiera parecer tonta, estaba muy lejos de serlo.

martes, 12 de noviembre de 2013

HUelga de limpieza en Madrid

Al margen de lo del aroma a neoliberalismo que es repugnantemente real quisiera decir algunas cosillas sobre la limpieza en Madrid.
A ver por donde empiezo. Yo vivo junto a Madrid Río y hay que ver como reluce, ni un papel, ni una hoja, nada. Hoy por hoy es la joya de la corona de los que mandan, no sé si será por eso o por que esos trabajos los haga otra empresa que no esté en huelga el caso es que da gloria de verlo. Si se baja uno del paseo en cuestión no se nota demasiado la huelga, nunca está muy limpio y ahora mismo mi calle parece más bien que los que estén de huelga sean quienes recogen cartones que los basureros.
Curiosamente si uno coge calle Segovia arriba, hacia el centro de la ciudad la suciedad aumenta, evidentemente se han volcado contenedores etc. Pero lo cierto es que tampoco a pie de calle se nota tanto. La verdad es que la zona centro nunca se limpia mucho, digan lo que digan los próceres del consistorio. Claro es que falta gente y sé que es así por que tengo la costumbre de saludar a los barrenderos y demás trabajadores de la ciudad que habitualmente suelen ser invisibles para el ciudadano y a veces se charla un rato. Ninguno me ha dicho que falta gente pero sí las zonas que les tocan. Son, o eran cuando me lo contaron, directamente inabarcables para una sola persona. Ahora quieren reducir personal, y bastante, pero es que estamos en el paraíso de las subcontratas y del lavado de manos. Además de que cada ciudadano cree que él es el único con derecho a hacer huelga, con lo cual todas pierden fuerza. Si el barrendero no apoya las de sanidad, las de sanidad no apoyan las de educación, y éstas no apoyan las de limpieza resulta que: ninguna tiene fuerza en la calle cuando curiosamente las tres afectan a toda la población madrileña o no.
En la Manifestación por la Diversidad (Discapacitados varios) sólo vamos los discapacitados, por no ir no van ni las familias -padres con hijos pequeños sí, desde luego-. Tanto que ya nos han desviado por calles que no son visibles. No se trata de "solidaridad", se trata de que mañana serás viejo y discapacitado y necesitarás eliminación de barreras, se trata de mañana tendrás un accidente y tendrás que pelear para que te mantengan tu trabajo, se trata de que tu hijo, tu sobrino (Dios o quien corresponda no permita que nazca ni uno más) nacerá con algún problema y querrás que lleve la vida digna que nos quitaron y que están volviendo a quitarnos, que tenga tratamientos adecuados aunque no vivas en la Moraleja o en el Barrio Salamanca. Ni siquiera nos miran y este año, por primera vez en televisión se han emitido imágenes de la manifestación.  
Esos ciuadadanos que protestan por que la ciudad está un poquito más sucia de lo habitual quieren que todo el mundo se levante en armas para que a ellos en su trabajo les suban el sueldo -seguro que tienen razón al pedirlo- pero no moverán un dedo por apoyar la sanidad salvo para montar grescas en los ambulatorios y hospitales a quienes defienden sin medios la sanidad que ellos quieren disfrutar pero no defender. Quieren tener colegios donde mandar a sus hijos (o aparcar, según se mire) pero no harán nada para evitar que esos colegios se deterioren en todos los sentidos.
Así, con este panorama, ¿quien puede tomarse en serio a la ciudadanía cuando brama como cochino en matanza por unos cuantos contenedores volcados, por muy reprobable que sea?

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Noviembre

Volvemos al calendario con las alegorías de Gaspar Camps, en realidad sé muy poco de su figura y en el poco tiempo que he podido dedicar a buscar en la red lo más completo sobre él está aquí: http://www.odisea2008.com/2013/02/gaspar-camps-ilustrador.html
Donde además hace comentarios interesantes sobre el tamaño de las imágenes y demás. Donde no puedo añadir nada, mejor remito a las fuentes, por muy mal que quede uno.
En realidad es más interesante el conjunto del calendario de alegorías que el mes concreto. En noviembre vemos que el decorativismo se excede en, por ejemplo, las volutas de humo que parecen más bien tentáculos o serpientes de la cabellera de Medusa, así como en el joyerío que luce la mozuela que encarna el mes. El marco con corazoncitos y estrellitas es todo un hallazgo y, por más que me esfuerzo, no logro encontrar algo que sin el rótulo nos indicara siquiera la estación. A menos que las flores que aparecen repetidamente en muestrario de alhajas que lleva sean estilizaciones de alguna flor otoñal o que las hojas verdes de sus sienes sean propias de algún árbol simbólico. Confieso mi ignorancia botánica.
Sigue siendo innegable la influencia de Alphonse Mucha, pero, al menos en este caso, un tanto excesivamente forzada en su aspecto más decorativo. Podría seguir poniéndole pegas y defectillos, pero lo cierto es que este tipo de imágenes me fascina, unas más que otras, obviamente. Además me lleva a una reflexión: ¿Que calendarios tenemos hoy día?
En mi casa cuelgo el Calendario Zaragozano, moderno que es uno. En mi cartera, los que me dan de publicidad en la floristería del cementerio y poco más. Los que veo a la venta no son mucho más sofisticados, fotogramas de El señor de los anillos, Justin Bieber, la película de turno, gatitos adorables,  las imágenes más tópicas de Van Gogh o Klimt (para parecer que saben lo que ven) y alguno que otro de pin-up de los cincuenta.
¿Que ocurre? Que el tema central de lo humano, el transcurrir del tiempo, ya no tiene suficiente tirón para creadores y editores. A lo mejor es que el público prefiere no tener a la vista más que lo conocido y la alegoría queda un poquito por encima del uso que el hombre medio da a su cerebro. Si al menos pusiéramos los de Union de Explosivos Riotinto.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Nuestros vivos

Mañana es dos de Noviembre, Dia de los fieles difuntos. Tradiciones precristianas, flores, huesos de santo, castañas, cementerios y crisantemos. Si hay suerte, el Tenorio por la noche. Lamparillas en los hogares y recuerdos. Toda la parafernalia que conocemos quizás más por haberla vivido en nuestra infancia que, la continuemos o no, por sentirla.

Ahora bien, si tenemos una bien nutrida serie de prácticas y rituales para tener presentes a quienes amamos y ya no están –aunque los recuerdos que conservemos de nuestros abuelos, por ejemplo, sean difusos o aunque, en realidad, amemos en ellos lo que otras personas más cercanas recordaban y amaban-, surge una pregunta: ¿Qué rito, práctica o catarsis tenemos para llorar y tener presentes a nuestros vivos? No, no es ni una boutade ni una paradoja aunque pueda parecerlo.

Me estoy refiriendo a quienes amamos –familia, amigos- que están compartiendo espacio y tiempo en este mundo con nosotros. Me estoy refiriendo a esas personas que no sólo amamos sino que han demostrado amarnos, llegado el caso. A quienes, lo sabemos, no les dolerían prendas en ofrecernos lo mejor de sí mismos, llegado el caso. Obviamente hay grados, hay temperamentos pero cada quien conoce a sus allegados y sabe hasta donde puede llegar cada uno, incluso cuando ese “hasta donde” no pasa de echar unas risas y tomar unas cañas, llegado el caso.

¿Qué ancestral ceremonia se hace para llorar y hacer presentes a los presentes? A esos presentes que no encuentran momento para quedar –y no me refiero a los que nos dan largas por que no quieren, sino a esos presentes que disfrutan de tu compañía como tú de la suya, que lo han demostrado, llegado el caso-, los que están demasiado ocupados para recordar una fecha, para –ahora que se acercan las fiestas- escribir una tarjeta o para coger un teléfono y dedicarte cinco minutos. Tan ocupados que llegan a coartarte a la hora de ser tú quien felicite un cumpleaños o llame para saber de ellos. Incluso para acudir a ellos llegado el caso.

Así nuestros vivos, casi insensiblemente se van desdibujando en nuestras vidas, hasta ser poco más que unas imágenes nebulosas que sabes que están ahí, llegado el caso. Poco a poco, sin que nadie quiera pero también sin que nadie haga nada por evitarlo, los ausentes, aquellos cuyos recuerdos se van volviendo borrosos con el tiempo, cuyos aniversarios recordamos, quienes nos han dejado, sobre todo, el lacerante dolor de su pérdida están más cotidianamente presentes en nuestra vida, más cercanos y hasta la determinan y condicionan más que nuestros vivos.

Una de mis tías encendía lamparillas tal día como hoy, murió un siete de agosto. Una mariposa por todos los difuntos que hemos amado, una llamita pequeña para tantas vidas y tantas lágrimas. Hoy soy yo quien ha tomado el relevo y esta mañana he buscado mi mejor cuenco, he vertido agua y aceite en él y he encendido la llamita trémula; pero ¿Qué se hace para llorar y recordar a nuestros vivos? Esos que, amándonos, nos rodean de intangibles nubes de soledad y desconcierto, a la manera de una atareada Santa Compaña dispuesta a todo por nosotros, llegado el caso.

sábado, 26 de octubre de 2013

Madrid: de peras, manzanas y ranas.


Hay veces que una serie de cosas me llegan juntas o cercanas unas de otras. Una película, un libro, un encuentro. Son elementos que, inesperadamente, se relacionan y aparecen en mi vida –supongo que a todos nos pasa- haciendo que la atención se centre casi exclusivamente en ellos. Éste, por ejemplo, ha sido el verano de los impresionistas, varias cosas me devolvieron al mundo del grupo y, repentinamente, he encontrado puertas que cuando les estudié –y lo hice a fondo-, ni siquiera vi. Pero el verano pasó y han llegado otros elementos. Sigo aprovechando los caminos abiertos pero algo más se ha conjuntado para centrarme en otra cosa.

Creo que ya he mencionado que soy un amante de la Grecia clásica, no todo lo formado que debería en ella pero amante profundo, a pesar de lo cual desde los trece años he estado intentando leerme la Iliada en vano. En uno de mis ratos “optimistas” hará un año me dio por pensar en qué libros no podía morirme sin leer y, claro, salió la Iliada. Así que con mucha paciencia pues hasta que se le coge el ritmo a Homero (a mi edad) hay que tenerla logré sumergirme en el relato y comprender su grandeza.

Hace unos días pusieron en televisión una de esas películas en las que el cine español franquista demostró como con grandes talentos se pueden conseguir mamarrachadas memorables y que, incluso siéndolo, pueden emocionar. Me refiero a “Agustina de Aragón”, por Dios que perra más tonta, mi amada jota a sangre y fuego contra mi amada Marsellesa, un desgarro emocional que siempre acaba en llorera estúpida. No me escapo nunca. Me pasa igual cuando veo Los Desastres de la Guerra de don Paco (perdón: Francisco de Goya y Lucientes, esto de dormir con su retrato en la cabecera de mi cama es lo que tiene, se crea una excesiva confianza) y conste que no soy nada llorón (Goya aparte)

Lo curioso es que ese mismo día o el anterior o el siguiente, no lo tengo claro había leído esto: http://politica.elpais.com/politica/2013/10/04/actualidad/1380911735_707943.html

No dice nada que quienes amemos y miremos nuestra ciudad no supiéramos. Sólo pueden ignorarlo quienes se esfuercen mucho en ello. Las orejeras o forzar la mirada a cinco hipotéticos anillos de oropel, corrupción, drogas y sexo suelen ayudar mucho.

¡Quien, oh musa, habrá de cantar el sitio y toma de este Madrid!

¡Quien, oh musa, será el Homero de esta Troya!

¡Quien, oh musa, será el Galdós de esta Zaragoza!

¡Que voz popular, oh musa, se alzará en este nuevo sitio cuando no hay defensa como la hubo en el último!

Por la Casa de Campo

Por la Casa de Campo

Y el Manzanares

Y el Manzanares

Quieren pasar los moros

Quieren pasar los moros

Quieren pasar los moros

No pasa nadie

No pasa nadie.

Pero pasaron, vive Dios que pasaron, y luego con otros dos golpes de mano en ayuntamiento y autonomía volvieron a pasar. Así hemos pasado del inaugurador al perforador y a la del café con leche, que mandan destos, claro que a un comité olímpico tampoco se le puede ofrecer nada como el Prado o la inmensa riqueza cultural de Madrid, no dan pa tanto. Lo único legal que se le puede ofrecer es eso, un café con leche; de lo otro no se habla. Como tampoco voy a hablar de convertir nuestra tierra en un lupanar barato, de legionario arruinado ofreciéndonos como puta por rastrojos a un millonetis medio delincuente que viene a ser un Mr Marshall a nivel más gordo. Creo que menos sacrificios humanos se le ha ofrecido de todo para que instale aquí su garito. Como si no hubiera suficientes trileros, descuideros, chulos y mamporreros con los autóctonos, y he de decir que con más gracia, que hay cosas que ni al desbarrante Merimeé se le hubieran ocurrido en sus momentos más enajenados. Vamos que Carmen y cia. se quedan como mojigatas marionetas al lado de lo que pulula por este Madrid, prácticamente dedicado a la venta de camisetas del Real Madrid y del Barça.

En lugar, oh musa, de bombardearnos o sitiarnos, han optado por el modo más indigno de acabar con la ciudad. La prueba de la rana.

Si a una rana se la echa a una cazuela de agua hirviendo el animalico salta, pero si se la mete en agua fría y se pone a hervir el bicho acaba cocido pero no se da cuenta. Muere apaciblemente. Eso es lo que han hecho con nosotros.

Poco a poco han ido mutilando, dejando que se deteriore o directamente cerrando (caso Albéniz) nuestros puntos emblemáticos. Han ido eliminando encuentros culturales, neones. Han ido desarticulando el tejido social y cultural de esta ciudad (que no puede presentar como todas las demás autonomías reivindicaciones de independencia, por tanto está indefensa) lentamente hasta que hoy arrastramos nuestra indigencia ciudadana de mostrador en mostrador asistiendo al despojo y desmantelamiento urbano entre impotentes e indiferentes. Por que el ciudadano madrileño según Sabina es el único que puede mantener una amistad de años sin que le preocupe a que familia ni de quien es hijo el amigo, Sabina dixit, pero también está habitado por gentes que, como un añorado bloguero dijo, se sienten en el exilio después de llevar aquí cincuenta años y les preocupa más el color del único banco del parque de su pueblo –donde no se volverían a vivir ni jartos vino- que la ciudad en que fueron acogidos con demasiada facilidad, todo lo que es fácil parece carecer de valor, en la que han vivido, trabajado, criado a sus hijos y desarrollado una vida.

Dice el periodista, un pelín despistado por otra parte, en Madrid Río se desarrollan carreras y eventos deportivos. Permitidme el casticismo: Nanay que se ha muerto Pichi. En Madrid Río no hay tales eventos, seguramente los habrá pero hoy no los hay confío en que por que los jardines aun no estén lo bastante asentados como para soportar mareas humanas. Lo que si es cierto es que los ciudadanos madrileños vivimos secuestrados por aquellos a quienes mantenemos a cuerpo de rey (no me hagáis hablar del despacho del nuevo ayuntamiento ni de sus exposiciones, por favor) cortándonos domingo sí y domingo también las calles para carreritas sin aviso previo. Ojo, no sólo al tráfico privado sino también al transporte público. Obviamente ni se toman la molestia de hacer público el recorrido. Total sólo les pagamos su sueldos.

Así vemos quienes miramos como la ciudad que amamos está dejándose arruinar y no nos cuesta mucho imaginar dentro de unos años algo parecido a Detroit o a Nueva Orleáns después del Katrina. La venganza de la resistencia de hace setenta y tantos años es profunda y fatal. ¿Qué buscan aparte de esa venganza infame? No lo sé ¿trasladar la capitalidad? Con su pan se la coman. Que la lleven a Benidorm o mejor aún a Gibraltar o Ginebra (¿no es ahí donde acaba todo el dinero?) ¿Demolerlo todo y construir rascacielos? En un país donde se hacen aeropuertos donde ni aterrizan ni despegan aviones tendría un sentido llenar un solar de rascacielos vacíos como lo están las últimas hazañas en este sentido. ¿Convertirnos en una capital de provincia? Por favor, háganlo, pero dejénnos en paz y vayan a reírse de otra víctima. Sí, por que, señores, aquí la risa de los que pasaron va por barrios y lo que hoy nos ensucia, insulta, embrutece y ofende a los madrileños mañana lo hará con sus ciudades hasta acabar con todo tipo de tejido social y lo que para ellos es más importante, cultural, de este viejo país (entended lo de “país” como mejor os plazca, llegarán igual). Una gigantesca Detroit maloliente con joyas que poco a poco irán desvalijando como ya lo hicieron antes. No doy nombres por que son los mismos de hace casi ochenta años que, a su vez, eran los mismos que cien años antes. Siempre pasan, sobre todo cuando nadie tiene las narices de gritar un “No pasarán” y defender lo que es suyo.

jueves, 10 de octubre de 2013

Octubre

Alegoría de Octubre, Gaspar Camps enero 1901.
El mes de octubre que atravesamos es, al menos en mi tierra un mes de declinar lento, apacible, sin grandes sobresaltos, el mes triunfal del otoño, que como todos sabemos es la mejor estación de Madrid pues aqui la primavera es traidora y el verano parece dispuesto a vengarse del interminable invierno por otra parte loco que puede desaparecer en febrero o perpetuarse hasta junio.
Me gustan los calendarios antiguos con regusto simbolista, sabor a Alfonso Mucha y un no sé qué de decadentes.
Me gusta observar el ciclo del año incluso sobre papel viejo.
Me gusta ver qué recursos emplea cada autor para expresarse.
Es evidente que aquí el ilustrador ni se quebró demasiado la cabeza y obtuvo uno de sus mejores trabajos. Iremos viendo como en otros meses del mismo calendario de 1901 su mano y su idea estuvieron mucho más acertadas pero, a pesar de todo no deja de ser una hermosa imagen. Por cierto, también hablaremos del autor con más calma.

viernes, 4 de octubre de 2013

La dama del verano

Va por la vida como un buque de observación oceanográfica, observa, no deja que nada le aborde y tampoco interviene, no quiere alterar el equilibrio de un ecosistema que le es –y le ha sido siempre- ajeno. Asistir al espectáculo que es el mundo desde patio viene a ser como ir al cine todos los días sin mirar la cartelera: se ve de todo, desde el espagueti-western a la nouvelle vague, de Torrente a Colin Firth.

Normalmente se vuelve a casa como al regresar de los toros, aburrido, asqueado y arrepentido de haber gastado dinero y tiempo. Normalmente el paseo le parece un espectáculo patético pero, a veces, se encuentra algún pequeño entreacto que arranca una sonrisa o regala una caricia al alma e incluso, en muy contadas ocasiones, vuelve con la sensación de haber atisbado un mundo deslumbrante y esquivo.

Le gusta el verano, entre otras muchas cosas, por que le permite sentarse a la sombra parapetado tras un libro y asistir a desfile de derroche vital propio de la estación que ni siquiera le ve aunque, a veces, parece que se engalanara para él. Sólo para él. No es arrogancia, ni creerse el ombligo del mundo; es que, simplemente, no deja de comprobar que la gente ni mira ni ve cuanto le rodea. Las adelfas blancas que estallan en la esquina de su calle duran todo el verano, sin embargo, cuando alguna vez las ha mencionado en la panadería o en el estanco las respuestas han sido algo así como “¿Adelfas?”, Sí, las flores blancas de la esquina “¿Hay flores en la esquina?” Por eso no es infrecuente que se sienta como un espectador en medio de un teatro vacío, ante un escenario donde se despliega una función que ni siquiera sus intérpretes reconocen.

Este año se han perdido el nacimiento de una tomatera en el jardín del veintiséis y una rosa medio escondida y especialmente perfecta, pero también el anidar de las urracas y el dormitar de un gato vagabundo.

Sin embargo, este verano esa farsa grotesca a la que asiste le ha dejado algunos “rompimientos de gloria” a cual más reconciliador con la existencia, incluso con la suya. Sí, claro, son fugaces apariciones, destellos sin más permanencia que los instantes, minutos como mucho, en los que se cruza con ellos o los observa pasar. Han sido tres imágenes femeninas, tres mujeres que sólo puede regalar el verano. Las “damas del invierno” no es que sean criaturas misteriosas envueltas en pieles y demás, como se han empeñado en ver y decir los poetas, sencillamente van escondidas bajo todo eso para no alcanzar el punto de congelación. Las ninfas de primavera son Lolitas recalentadas, seguramente por la prematura sexualización de la infancia; seres a medio camino entre prostitutas y depredadoras, entre Lolita y Nana.

Solo los veranos pueden traer, junto con las marujas untadas de crema bronceadora con olor a coco y su sempiterno juego de tirantes, mujeres como éstas que explican por sí mismas la plenitud del eterno mito de la triple faz de la Diosa primigenia.

En la esquina, junto a las adelfas esplendorosas se encuentra con la primera de esas caras, la primera de las tres Mujeres de Verano que quizás le hayan reconciliado con un género con el que lleva en guerra hace demasiado tiempo. Puede que no sea un armisticio pero por lo menos es una tregua.

La mañana de verano ya ha perdido la frescura de la primera hora y sale a su deambular sin sentido cotidiano que suele acabar sentado en un banco, junto al río, con un buen -o más frecuentemente- mal libro. En la esquina el adelfo da una avalancha de flores blancas con centros sonrosados delante de tres cipreses con su verdor oscuro, profundo, un poco más allá unas rosas blancas imposibles en agosto (al menos él las creía imposibles) Ella aparece, casi se materializa, recortada contra ese juego de colores. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza algo parecido. Como el gato de Chesire lo primero que ve de ella es la amplia sonrisa que se refleja en adelfas, rosas y cipreses. Esa comparación con el célebre gato es lo único anglosajón que hay en ella. Afortunadamente. Piel morena, bronceada, y larga cabellera negra y suelta. El vestido es casi un toque pictórico, una ancha y ligera pincelada fucsia. Sin embargo, ni eso ni las sinuosas formas que se adivinan bajo las ondulaciones de gasa –o lo que sea- serían nada que se pueda considerar inolvidable. Es, como casi siempre, un pequeño detalle, especialmente fuera de tiempo, de lugar, casi de la realidad. Se ha prendido una flor en el pelo, como las heroínas de las viejas novelas, como las campesinas lozanas de viejos cuadros, como las naturales de inexistentes islas de los Mares del Sur, como las damas sin joyas del XIX. Hay en ella un algo de irrealidad, de ensoñación. Espera a alguien, es evidente, tranquila, imperturbable, con la certeza de hacerle venir. Él sigue su camino dejándola atrás pero sonriendo ante la aparición.

Como los espíritus de Dickens fueron tres apariciones, las tres caras de la Diosa, tres de las infinitas formas femeninas aunque, eso sí, arquetípicas.

A los trece años conoció a una chiquilla con quien fue todas las vacaciones al cine de verano. Era una rolliza pelirroja de espesa cabellera y unos quince millones de pecas. Poseía un don que pocas mujeres poseen y quienes lo tienen suelen usarlo muy seductoramente sobre todo, como no, en verano. Ese don no es otro que el de dominar el arte de la caída del tirante. Estuvo tonto con ella todo el año y hasta se escribieron un par de cartas. Al verano siguiente ella, ladinamente, había crecido. Algo imperdonable. Se había cortado su hermoso cabello rojo y no se esforzaba en que el tirante cayera sino en que sus muslos se vieran lo más posible, vamos, que no hubiera manera de evitar ver muslo y contramuslo, e incluso… en fin, que sí, que había crecido.

La segunda faz de la Diosa la encuentra de regreso a casa, la tarde de verano se ha enmarañado de nubes y acabará amenazando una tormenta que no caerá. El puente es de piedra gris, como el cielo y como su reflejo en las aguas del río. En medio de ese delicado juego de grises, casi parisién, quietos bajo el bochorno, ella se mueve deprisa recorriendo el puente. Es ancha, de amplios hombros, amplias caderas, fuerte y dinámica; rasgos angulosos, poderosos, como el color negro brillante de su piel, como el blanco de su sonrisa, como rojo intenso de sus labios y sus uñas, como el amarillo violento de su flameante vestido. Pura fuerza. No llega a saber si espera a alguien o, más bien, juega al escondite con algún niño. Pura vida.

Era menuda como un soplo y tenía el pelo marrón, y, sí, un aire entre tierno y triste como un gorrión. Nada más verla se le vino a la cabeza la canción de Serrat, era su viva descripción. Tenían dieciséis años y fueron compañeros de curso. Era así, como un gorrión, cotidiana y sencilla, sin darse cuenta llegó a asumir que siempre estaría allí, como los gorriones, con sus conversaciones sin pretensiones, con sus ideas firmes y apacibles. Llegaron las vacaciones y nunca volvió a saber nada de ella. Desapareció sin ni siquiera hacerle daño, casi sin dejar huella. Lo cierto es que apenas tuvo tiempo pues a los dieciocho conoció a la que habría de ser la mujer de su vida que, por cierto, no es que no le hiciera caso, es que ni siquiera se dio cuenta de su existencia.

Levanta los ojos del libro un momento, no sabe por que, y con el sol casi de frente se topa con la tercera aparición. Quizás, no, sin duda alguna la más enigmática y seductora. Avanza con paso decidido y largo bajo una sombrilla verde chillón que filtra la luz sobre su cara angulosa que esboza una sonrisa casi griega. Cabellera negra, espesa y funcionalmente recogida. Camiseta igualmente práctica y verde. Al caminar la falda, larga y negra se hace airosa y dinámica tomando la forma de un abanico a medio abrir. Arrastra una maleta con ruedas y mira de frente. Sabe donde va o, al menos, donde quiere ir y lo hace con una sonrisa de koré. Cierra el libro y la contempla alejarse hacia el puente. No volverá a cruzarse con ella. Sin duda es una viajera, una misteriosa viajera que se va a algún paraje exótico, aunque lo más probable es que sea Gandía o Benidorm. No lo cree. Las sonrisas de las koré están hechas para otros mares llenos de … Tonterías.

Ojalá hubiera desaparecido la damita que conoció a los dieciocho que le ignoró desde el primer día hasta los veintitantos años. Literalmente, como si no existiera, hasta que, por fin, se fue a Santiago –al Finis Terrae tuvo que irse- detrás de su pollo para dejar de encontrársela por todas partes. Desde entonces se ha limitado a sobrevivir, o sea, a no vivir. La dama de la sombrilla, luminosa, la tercera dama del verano, se va alejando. Quizás no parta, quizás está llegando. La gente llega a millones a la ciudad cada año. Quizás no sea una turista convencional ¿Por qué no? Cierra el libro y lo deja en el banco, a dejado de interesarle cualquier cosa que pueda estar escrita en él, que pueda estar escrita en cualquier parte. Pronto llegará el otoño, el melancólico otoño, con sus damas medio ocultas por los paraguas y por su propia desorientación, indecisas entre el escote estival y la bufanda acogedora. La dama de la sombrilla está a punto de cruzar el puente y perderse en las sombras, en la distancia. Se levanta y, sin recoger su libro, eterno elemento de supervivencia, comienza a seguirla con paso rápido. Quizás las Damas del Verano resulten ser apariciones no tan fugaces. Antes de que acabe el puente se pondrá a su altura. Sin darse cuenta está sonriendo y en el fondo de su mirada, si alguien pudiera verlo, ha aparecido el Mediterráneo imposible con que soñara en su adolescencia. Quizás su sonrisa sea la de un efebo ateniense, de un kuroi, quizás la sonrisa teñida de verde por el sol filtrado no sea la de una koré sino, por fin, la de una de las tres caras de la Diosa. Al fin y al cabo, una Dama del Verano.  

lunes, 30 de septiembre de 2013

Confesiones de un chico Almodóvar


-La verdad es que mirando este laberinto de pasiones que es la vida, enclaustrado, como todos, en la piel que habito no puedo dejar de preguntarme ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y por mucho que hable con ella, que no es una de esas mujeres al borde de un ataque de nervios, de Pepi, Lucy, Boom y otras chicas del montón, al fin y al cabo todos los amantes acaban siendo pasajeros, sigo entre tinieblas, sometido a la ley del deseo, rodeado de abrazos rotos y callando la flor de mi secreto que no es otro que poder decir “átame”. Seguro que esto me viene de la mala educación que recibí y de saber todo sobre mi madre, algo que siempre resulta matador para la psique de uno. Sea lo que sea echo de menos hacer volver a Kika y sus tacones lejanos.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Pañuelos planchados

La planchadora de Pablo Picasso 1904

Extiende la camisa cuidadosamente la tabla de planchar, blanca con rayitas rosa, le gusta dejarla perfecta para que él se la ponga por la mañana recién planchada. Si por ella fuera lo haría mientras el se arregla y desayuna para que se la pusiera aun caliente, como una caricia, pero a él no le gusta que madrugue tanto sin necesidad. Otra cosa era cuando trabajaba, antes, cuando el chico aun estaba en casa, esas primeras horas todo eran prisas y ajetreo. No estaba ella para filigranas y más de una vez tuvo que planchárselas él. ¿Cuándo cambió todo? Afanándose en las mangas intenta localizar en qué momento las cosas dejaron de ser como antes.
Quizás cuando el chico se independizó, lo que llaman el síndrome del nido vacío, pero no. Ni hablar. Eso fue hace apenas dos años y para entonces era ya asunto viejo, en cualquier caso, no había sido para ella ningún drama que su hijo fuera uno de los privilegiados que se pudiera emancipar a los veintidós años, aunque fuera en otra ciudad. No. Al fin y al cabo, a esa edad se casaron ellos.
Procura planchar a última hora de la noche, viendo las películas del trasnoche. Le gusta planchar y hacerlo se convierte en una labor primorosa en sus manos, se recrea dedicándole mucho tiempo, más que a cualquier otra tarea. Podría decirse que lo lleva en la sangre, que su bisabuela había sido planchadora y que era leyenda familiar que planchaba las camisas a Alfonso XIII, algo que nunca se ha creído, aunque le sería cómodo como argumento. Lo malo es que nunca ha sabido engañarse. Ojalá.
Se pregunta si sería cuando perdió el trabajo, ni mucho menos. Para ella a sus treinta y siete años y con una indemnización-tapabocas, gracias a una buena cartera de clientes, fue un verdadero alivio librarse de la oficina y de los pelmazos incompetentes que la habitaban. Lo único que lamentó fue que no hubiera sido antes, cuando hubiera podido disfrutar más de su hijo. Sin embargo, recuerda que entonces todavía no cambió nada y disfrutaron juntos de, quizás, la mejor época de su vida en común. Ni siquiera intentó buscar trabajo, ni lo necesitaban, ni fue nunca para ella algo más que una forma de ganar dinero, nada que la hiciera “sentirse realizada” como dicen sus amigas; otra cosa hubiera sido que no fuera económicamente independiente, pero lo era. Los buenos clientes y la garantía de silencio ponen muchos ceros.
Cuelga la percha con la camisa aun caliente del tirador de la alcoba del chico donde su marido se viste en silencio cada mañana para no despertarla. Con mimo, ha escogido la corbata esta tarde, da una leve pasada con la plancha y la coloca en torno al cuello de la camisa, acariciándolo.
¿Cuándo fue, Dios mío? Extiende sobre la tabla la camiseta gris con la que su marido corre, No es necesario plancharla pero le gusta hacerlo. Pasa tantas horas ante el ordenador en Cruz Roja como en el trabajo pasaba, a veces incluso más. Él, iba a buscarla al centro y la esperaba, como de adolescentes, y volvían juntos cogidos de la mano, riéndose cuando les sorprendía un chaparrón inesperado o metiéndose en cualquier bar a cenar unas tapas y unas cañas, para acabar fundidos en el mutuo deseo. No les importó renunciar a su sueño de la casa en la playa y a él se le ve orgulloso de su nuevo trabajo.
Enrolla los calcetines blancos deportivos tras pasarles la plancha, dobla y repasa los calzoncillos; se toma su tiempo con las camisetas interiores, ya empieza a hacer fresco y debería ponérselas, por muy fuerte que sea. Las tres y media de la mañana; él se levanta a las siete. Se ha dormido con la luz de la mesilla encendida, esperándola, aun sabiendo que no va a ir.
Le gusta planchar pañuelos, que estén tan perfectos como recién comprados, además le permiten prolongar su trabajo sobre ellos, por eso cada día le cambia el pañuelo y se lo lava a mano. Él no los usa, prefiere los funcionales de papel. Ella, en cambio, dedica a cada pañuelo no menos de veinte minutos. Cuando da por terminado cada uno pulveriza un soplo de la colonia que ha usado siempre. Luego escoge uno y los demás los apila cuidadosamente. Mete el elegido en el bolsillo de la americana y cepilla las solapas –otra vez- con el cepillo mojado en té hirviente. No ha cambiado de talla desde que se casaron, ella tampoco, y no será la primera vez que sorprende a alguna del grupo de parejas con quien salen ocasionalmente comentando que “se le podía hacer un favor” y la indefectible respuesta: “y dos, también”. Se ha enfriado el té y va a calentarlo a fuego lento, estos calentados de microondas no la convencen nada, ni siquiera sabe de donde sacó lo del té para cepillar los trajes, ella no nota diferencia alguna, pero hacerlo le permite perderse contemplando el agua borbotear un rato.
Todavía dura en el salón el ramo de rosas que le regaló sin motivo hace unos días. Sus bienintencionadas amigas le dirían que eso es que tiene algo que ocultar. No, no tiene nada que ocultar. Recoge la plancha despaciosamente. Empieza a ser inevitable irse a la cama pero antes las cremas, de noche, en las manos, en los pies. Recuerda aliviada que no ha lustrado los zapatos y se pone a ello a pesar de saber que él detesta que lo haga. Empieza a sospechar que hoy va a ser una de esas noches.
Sí, una de esas noches en que el asco va a resultar invencible.
No logra, por mucho que se esfuerza, localizar cuando o, al menos, como, empezó el asco. Ni siquiera si fue poco a poco o de un día para otro. Ha sido y es el mejor compañero de viaje posible; incluso físicamente sigue siendo atractivo. Por otra parte no le cabe ninguna duda de que él también la quiere como desde siempre. Sin embargo, cuanto entra en la alcoba y le ve dormir, ve su hombro desnudo sabiendo que todo su cuerpo está igualmente desnudo bajo las sábanas, idea que antes excitaba sus ganas de despertarle a besos y caricias, el estómago se le revuelve. Por eso entretiene las noches cuidando sus cosas, para compartir la cama el menor tiempo posible, cuando lo hace se arrincona en el borde opuesto y entra en un duermevela hasta que le oye levantarse, cada día un poco antes, ducharse, afeitarse, hacerse el café, vestirse y cerrar la puerta. Se levanta, muda apresurada las sábanas para quitar el olor de su marido, el olor a limpio del cuerpo de su marido. Sólo entonces se acurruca y duerme unas cuantas horas. Otras noches, como la de hoy, ni siquiera puede asomarse al dormitorio y, cuando ya no encuentra excusa para no acostarse apaga las luces y se sienta ante el televisor sin sonido hasta adormilarse.
A veces, cuando él entra en una habitación, ella tiene la imperiosa necesidad de salir de allí; por eso procura hacer reuniones de conocidos con mucha gente, así el trasiego es más fácil y su presencia, más diluida, un poco menos repulsiva.
Le repugna y él lo sabe. Como también sabe que le quiere y que haría cualquier cosa por él, incluso entregarle su cuerpo cuando él no puede más y se acerca despacio, como a una diosa, temiéndola y venerándola. Ella se deja hacer venciendo la nausea, sin mirarle, casi sin tocar esa carne de la que antes no se saciaba. Hace años que no le toca sino en estas situaciones en las que él avanza y ella cede sin resistencia, deseando y esperando que esa vez sea diferente, que sea como antes o, al menos, que aparezca algo que le ayude a entender, una enfermedad, un insulto imperdonable, lo que sea. Nunca aparece. Él lo sabe y agradece sus esfuerzos cuanto intenta vencerse a sí misma y se sienta a su lado mientras lee o no sale despavorida a vomitar cuando él entra. Se ha creado una rutina doméstica en la que está disponible, cercano, pero no presente, está leyendo en el estudio o en el ordenador navegando, en el parque de enfrente corriendo sin perder de vista sus ventanas, en sus largas duchas con la puerta entreabierta. Cuando la cierra suele ella escuchar gemidos entre los chorros. Ni le culpa ni la ofende esa autosatisfacción frustrante para ambos.
Ella le agradece esa actitud y últimamente más pues ya lo único que le pide es ese fugaz compartir la cama y el dormitorio. Sería fácil encontrar una excusa para trasladarse al del chico pero quiere estar cerca de ella, la necesita y ella lo sabe, pero ya hace meses que no se acerca despacio, venerándola, y no sabe como agradecerle que se haya buscado una amante para la que le cuida, le viste, le perfuma. No sabe como agradecerle que la deje en paz amándola, precisamente por amarla. Pero ¿Cuándo cambió todo, Dios mío, cuando?