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lunes, 18 de julio de 2016

Demasiadas cosas

Veamos. Un individuo convoca un referendum que nadie le pidió y lo pierde, abandona el gobierno y nos encaja a una señora que no ha sido elegida por las urnas y que es antieurpea. Gobernar sin ser elegido en votación es lo que se llama un golpe de estado. Hemos tenido varios en la Europa de la crisis, en los que aacaba gobernando quien alguien ajeno al país decide. 
Viene Obama como de limosna y pasa de largo dejando a los sevillanos más plantaos que un geranio del Patio Banderas o que al alcalde de Villar del Campo. Sin embargo, fuerza la situación para hablar con los cuatro líderes de los partidos dedicandoles tres minutos. Suena a alguien que suelta una orden o una consigna adiós muy buenas. 
El día de la Toma de la Bastilla 14 de julio, un terrorista arrasa el paseo en Niza. Incalificable.
Anteayer un intento ¿intento serio u otra cosa? de golpe de estado en Turquía 
En USA estallan de un día para otro los disturbios raciales, varios días después de los asesinatos que vimos todos filmados, no inmediatamente sino justo cuando su comandante en jefe no está y tiene que volver a toda prisa. 
Francotiradores disparando a policias también en USA.
¿Donde esta la mierda que se oculta y de qué calibre será cuando "coinciden" tantas cosas en tan pocos días?

lunes, 11 de julio de 2016

De segundas y 8



Él, a quien nunca ni se le había pasado por la cabeza que una mujer le dijera que no –en ningún aspecto, a decir verdad- había jugado todas sus cartas en el dichoso traspaso: se había despedido, hbaía hipotecado su casa nueva y metido todo lo ahorrado sin llegar, tan seguro estaba del dinero de su mujer. Así que su primera reacción fue buscar calor humano donde siempre lo había encontrado, en las carnes macilentas de profesionales baratas y luego intentar encontrar un trabajo. No le fue fácil pues, por muy buena planta que tuviera –o creyera tener que ese sería punto a debatir- no dejaba de tener una edad. Cuando lo encontró fue en un “Salón de té” donde las maduras acudían a media tarde a merendar tortitas con nata y demás. Su labia linsojeadora le valía buenas propinas y hasta atraía a cierta clientela que todavía conservaba esperanzas. Tan ocupado estuvo solucionando este asunto que tardó bastante en darse cuenta de que Antonia había cambiado el dormitorio colocando dos coquetas camitas bien separadas y tan estrechas que cuando, tras mucho insistir ella cedía, apenas podía moverse . Le resultaba más fácil meterse el burdel a la salida de trabajo que andar suplicando para algo tan incómodo.
Demasiado ocupado incluso para volver a acordarse de las fotografías que sin preocuparse en exceso dejó en uno de los cajones del despacho de “su Pepe” que se suponía era para sus papeles y demás. Ni siquiera las había visto, acostumbrado a que Luisa nunca husmeaba en sus cosas, él creía que por respeto, en realidad por la más absoluta indiferencia que sentía hacia él, se enfureció por la intromisión que supuso encontrarse con que Antonia había estado trasteando en ese cajón. Lo peor, sin embargo, era que esas imágenes no era sólo las imágenes gamberras de una excursión de adolescentes. Las había de todas las épocas y en todas Jesús era usado sexualmente por sus primos y tío: el era la oveja y seguía siéndolo  según las fechas. Las recogió en un cajón bajo llave e intentó olvidarlas de nuevo entre las piernas de las putas mientas Antonia le esperaba en el salón enjugándose las lágrimas por el espectáculo que había visto. La viva imagen de Rogelio violado y vejado, quería a Jesús sólo por ser el hijo de aquel Rogelio veinteañero que sedujo a todas las mozas del pueblo menos a ella, a quien siempre ignoró.
Antonia por su parte estaba muy lejos de necesitar ni el dinero de su Pepe ni cosa parecida, Entre las cartas, la bola de cristal y demás mancias que ejercía en el cuartito a estas alturas ya forrado de diminutas imágenes de todos –o casi todos- los santos conocidos y por conocer –incluida la Santa Muerte- se sacaba un más que buen piquillo en dinero negro. Además conservaba muy buenas relaciones con la parroquia y las amistades de su cuñada Regina, que en paz descanse, siendo uno de los miembros más activos –y menos próximos a cumplir el siglo- de la comunidad religiosa y pseudo religiosa del barrio de los tres cementerios. Recordaba a menudo lo que decía su abuela que cabalgaba entre el ateísmo militante del adoquín y la fe del carbonero con envidiable soltura: “lo importante de que traguen la primera, las demás entran solas”¿Tenía Antonia y dinastía algún tipo de poder más o menos paranormales? Ni ella ha logrado saberlo pero lo que fuera lo vendía bien, pero que muy bien.
Gracias a ello resultaba casi siempre la encargada de organizar las excursiones parroquiales a diversos santuarios de Vírgenes, Cruces y Santos en General. Aquel año Santo se organizó la consabida expedidición de decrépitas damas con su cargamento de pastillas anti todo dispuestas a pasarlo en grande. Antonia había engolosinado a las susodichas con diversas visitas a lugares no  tan ortodoxos como la tumba del apóstol: San Andrés de Teixido,  para ir de vivas y no en forma de cucarachas, por ejemplo, después de muertas; O Cebreiro, con su Santo Cáliz, San Marcos en León con su otro Santo Cáliz; sin olvidar el museo del chocolate de Astorga, para acabar en Avila visitando los lugares donde Santa Teresa vivió y, de paso, hacer acopio de las yemas de la Santa. Total: casi tres semanas de trote para ella y de ausencia para Rogelio, que entre el trabajo casi sin sueldo, las visitas al burdel se le iban los días y casi se le fueron del todo pues saliendo del lupanar rodó escaleras abajo.
Las consecuencias no fueron especialmente peligrosas, un tobillo contu y unas costillas contusionadas. Lo peligroso eran las causas : ictus leve, hipertensión, diabetes, el hígado tocado, el riñón también y, por supuesto, el corazón algo más que tocado. Los primeros días estuvo en estado crítico, pero no inconsciente, en ningún momento. Se siguieron los protocolos habituales: se avisó a todos los números de teléfono de la cartera, cada vez con mayor apremio pues la situación empeoraba pero, aunque todos cogieron la llamada, nadie apareció por el hospital, al menos hasta el regreso de la excursión cuando Antonia se presentó un domingo por la mañana, después de misa, claro. Las secuelas acabaron no siendo tan graves como cabía esperar, la más llamativa resultó ser la lesión del tobillo que le hizo ya usar bastón –una garrota de las antiguas-, una leve dificultad al hablar casi imperceptible y, eso sí, un estado general lamentable que le obligó a jubilarse y pasarse los días paseando por ese barrio lleno de desconocidos, y mrodeando por calles de putas pues ya no le quedaba sino meroderar y recordar a sus sesenta y cuatro años. Nada de esto alter´´o la vida de Antonia que siguió con sus beaterías y brujerías; ni se dio por enterada cuando el embargo de la casa del marido, garantía del negocio que nunca llegó a abrir. Eso sí, cumplía acompañándole a misa los domingos. Durante un tiempo nada varió, ni siquiera el silencio que se palpaba cuando se quedaban solos sin que ninguno pareciera darse cuenta.
Rogelio en sus paseos solía pegar la hebra con cualquiera sin escuchar a nadie y sin saber parar. En suma que pronto le huía casi todo el barrio en cuanto le veían aparecer por una esquina. Seguramente fue por eso, o por que perdiera parte de su razón –o la recuperara-, pero el caso es que se pasaba las horas de paseo, muchas, hablando solo. No era un delirio absurdo sino una serie de historias argumentadas, lógicas y coherentes. Incluso cuando comenzó a acudir a la iglesia por propia voluntad, donde acabó pasando mucho tiempo se le oía hablar pidiendo morirse pronto para reunirse con la Luisa y si uno prestaba suficiente atención percibía que no decía otra cosa aunque se pasase allí todo el día.
Antonia siguiendo con su vida, sin embargo, se veía atrapada en una celda invisible, vamos lo que viene a ser un matrimonio. No es que las enfermedades de él le obligaran a prestarle una mayor atención, al contrario, la agonía de sus insistencias en la cama había desaparecido, pero verle llegar renqueante con la garrota y saberse ligada a él de por vida acabó por agriarle el carácter, el rictus y hasta por pasar pequeñas facturas a su férrea salud. Si en lo más secreto de sí Rogelio se sentía ante todo castrado y echaba de menos las indiferentes carnes de vaca muerta de Luisa; Antonia, en lo más íntimo, se sentía estafada en insultada por la mera existencia de Rogelio ¿Era ese ser el que había estado amando desde niña? ¿Quién le había hecho pasar noches de llanto al ignorarla en un baile?, ¿Él?, ¿Eso? Sin casi darse cuenta empezó a sentir envidia, feroz, sangrienta, cuando acudía al funeral del marido de alguna amiga, vecina, o simple conocida, perdida en la ilusión de ser ella la doliente viuda. Lo peor es que ni siquiera podía odiarle o despreciarle, ni siquiera desmontar la imagen que se forjó de adolescente en el pueblo, aislada, como la hija de la bruja que era. Pues si había sido la hija de la bruja, seguiría siéndolo para él y comenzó ciertos ritos poco conocidos para lograr la pronta muerte de Rogelio que no otra cosa deseaba él para unirse a aquella bestia de carga de Luisa. Casi eran compasivos rituales para librarle de una vida que no deseaba.
Si alguna vez tuvieron poderes la oración y la magia negra no fue en estos casos pues los años pasaron, muchos más de los previsibles con la salud de Rogelio, y los años pocas veces traen algo bueno, es más, en el caso de este matrimonio tienen resonancias de condena o de justicia poética. Quizás aquello del mal fario de los tres cementerios para ellos resultara no ser tan absurdo.
Hoy, un cuarto de siglo después del viaje al Santo Apóstol se les ve por el barrio –fondo de cipreses recortados en cielos azules- paseando en las tardes tibias. Él apoyando la mano en el hombro de su esposa pero con la cara vuelta para no verla, su razón se está escurriendo como arena entre los dedos y ya apenas da para las salutaciones sociales básicas (los saludos, el tiempo, la salud) y para llamar a Luisa para que venga a buscarle. Antonia, siempre elegante y espigada, rezuma, sin embargo, una especie de paz a la que ha llegado entre tarot, santería, beatería etc. al tropezarse con la idea de Rogelio es su cilicio para ganarse el cielo y lo afronta con la alegría de los mártires en el circo Máximo. Le sigue deseando la muerte pero ya sin prisa y, entretanto parecen, alejándose camino de la farmacia una pareja de abuelos felices en la tarde sonrosada.

jueves, 7 de julio de 2016

Julio

No es mes de mi especial devoción este de julio. Demasiado veraniego y poco estimulante. Afortunadamente están viniendo tormentas y eso, quieras que no, ameniza la cosa. De todas formas hoy me vais a perdonar pero es que vengo traumado. Esta mañana he ido con mi padre al especialista, una doctora nueva. Mi padre tiene 84 años y yo 57 y siempre nos hemos parecido mucho. Lo espantoso es que nos ha preguntado ¡si somos hermanos! Reconoced que es como para que a uno le de un algo. Aún no me he recuperado. Ahora en serio en la entrada anterior me preguntaba cuando se da uno cuenta de la edad que tiene y lo cierto es que en los últimos dos o tres años he envejecido precipitadamente. Sin embargo, no es lo malo envejecer, joden los achaques, obviamente, pero no es lo malo tener el pelo blanco o que de repente te  quedes sin pelo en las pantorrillas, o pensar "cuando yo era joven eso no pasaba", no. Lo espantoso es lo que ha pasado a tu lado a lo largo de tu vida que no has sabido o podido atrapar. Por decirlo vulgarmente: los trenes a los que no te has subido. Ya hemos hablado de mis limitaciones físicas pero hay algo quc va más allá y en mi caso se expresa en una imagen, un verano, un verano de los setenta para ser más exactos. Por la calle bajaba. Era simplemente un veinteañero (como yo) muy bronceado y rubio, anudado a la cintura un pareo, descalzo y nada mas. A pesar de no ser transparente el pareo dejaba ver que iba desnudo, iba solo calle abajo, no sé donde pero aquel muchacho encarnó y aun lo hace todo lo me he perdido, lo que no he podido o sabido vivir, las personas a quienes no conocí lo suficiente o las que conocí demasiado, la perdida de tiempo de odiar profundamente, con infinita rabia, lo que desprecié y lo que aprecié sin merecerlo. Siempre con la esperanza de un verano, un verano en que ser como aquel joven, de sentir alas, de tener a alguien al lado mirando lo que se mira en verano, las olas, las estrellas. Siempre con la esperanza del siguiente, o de cuando pase esto o aquello y siempre la esperanza decepcionada. La libertad que percibí en aquel hombre tan a medio hacer como yo, vuelve cada día. Hasta que pasa lo que ha pasado hoy, haces recuento de dolores varios y quizás es hoy cuando haya empezado a darme cuenta de la edad que tengo. Es curioso que hoy sea San Fermin, y que hoy haga treinta años de la muerte de mi madre. Sí quizás sea ya el tiempo de dejarse envejecer "sin llanto, sin dolor, sin desconsuelo"

lunes, 4 de julio de 2016

De segundas 8



Casi da pudor, por tópica, contar esta parte de la historia, así que sintetizaremos pasando por alto citas, tonteos y demás, incluso vamos a dar por hecho que todos sabemos que la cosa acabó en una de esas bodas que dícense “de segundas” con convite y todo, aunque aquí tenemos que detenernos pues algo pasó que llegó preñado de ciertas cargas de profundidad que, a la larga, surtieron su efecto. Para empezar Antonia tenía una lista de invitados moderadamente amplia, casi todos de la familia de su difunto, Rogelio no tenía a nadie, así que para no quedar en ridículo ante su nueva familia política se tragó su orgullo e invitó a Isa, Elías y sus hijos. Por supuesto también envió invitación a Jesús que respondió por escrito asegurando que le iba a ser imposible acudir pues iba a estar ocupado “desatascando cagadas”. Naturalmente guardó la respuesta sin enseñársela a la novia. No quería mostrar sus puntos flacos antes de tiempo. ¡Si sabría él como tratar a las mujeres!
Fue al final de la velada, cuando ya sólo quedaban los íntimos, charlando en la última mesa. Elías, asegurándose de que no le pudiera oír más que el recién casado soltó con aire satisfecho.
-Encontraste la foto ¿No?
Le hubiera gustado hacerse el tonto pero no pudo o no supo o, simplemente, le superó la curiosidad que ya se sabe que mató al gato.
-¿Qué hacía una cosa como esa en casa de Rosa?
-Decía que le recordaba a ti cuando la pretendiste y te la tiraste, aunque eso no me lo dijo, así que se la di. Quizás se “consolase” de su soledad con ella ¿no? –en otro tiempo le habría borrado la sonrisita con cuatro guantazos, o al menos eso quería creer, pero ahora se sentía avergonzado recordando sus largas relaciones con la Rosa, demasiado señorita para trabajar, y hasta echando de menos su ternura y la pasión con que se le entregó durante años-. Pero no te preocupes, las demás fotos las tengo yo, se me ocurrió que podían ser un regalo de bodas muy personal, al fin y al cabo es la vida de tu hijo, por cierto, que lástima que haya podido venir –se sacó del bolsillo un abultado sobre que le pasó clandestinamente-. Ya las verás en casa con calma.
-¿Qué sabes de él?
-Ah, está bien, trabajando en el mantenimiento del edificio donde mis hijos tienen el estudio; pero la pregunta no es esa, Rogelio, la pregunta es: si yo pasé de oveja a cabrón ¿Quién es ahora la oveja? Isa que ya va siendo hora de irse y dejar solos a los tortolitos.
No pudo reaccionar y se dejó llevar por las bromitas y despedidas tópicas un tanto fuera de lugar dada la edad de los contrayentes pero ¿Cuándo se da cuenta uno de la edad que tiene? Durante los siguientes días, en el tópico viaje a Canarias, Rogelio aparcó el asunto de las fotografías que dejó en su nueva casa, la de Antonia, en un cajón cualquiera, le preocupaban otras cosas como hacer inventario de las cuentas corrientes y propiedades de su esposa y trazar un proyecto para poner en marcha otro bar, entre los dos podrían amortizar la inversión en un par de años. Desde luego no era tan buena guisandera como la Luisa pero tampoco lo hacía mal del todo y aprendería rápido. Sin embargo, antes de acabar lo que sin duda por puro recochineo llaman “luna de miel”, se topó con un inesperado problema de índole íntima. Antonia no tenía la indiferente disponibilidad de Luisa sino una feroz resistencia muy, pero que muy, activa. Tan sólo ocasionalmente concedía con ciertos aires de reina, el acceso a su cuerpo con mal disimulada repugnancia. Tiempo después descubrió, bastante tiempo, supo que no sentía asco ni al sexo ni a los hombres sino a él, por mejor decir, a su cuerpo, pero en esos días faltaba mucho para llegar a tales confidencias y, lo supieran o no, ambos se estaban tomando las medidas como dos boxeadores.
Nada más complejo que los entresijos y engranajes de un matrimonio, seguramente harían falta varios gruesos tomos para expresa, o simplemente relatar todos los matices, trampas, juegos de poder, verdades a medias, odios, desconfianzas, venganzas y desprecios que hay un par de horas de relación de una pareja que se ame. Con esta premisa se entenderá que vuelva a recurrir a una síntesis feroz de lo que fue sucediendo en los primeros tiempos de esta unión.
Antonia estaba acostumbrada a su Pepe que, como marido, era fácil de complacer, poco exigente y lo bastante lúcido como para valorar su manera de ser, delicado, atento, detallista pero firme y autoritario llegado el caso y, desde luego, un tanto chapado a la antigua. Naturalmente no le amó, conocía demasiado bien las consecuencias del amor como no escarmentar en cabeza ajena, pero fue un matrimonio razonablemente feliz. No es que Antonia llegara pura y virginal al tálamo de “su Pepe” pero ninguna de esas experiencias previas le dejaron huella alguna ni lograron, que por un segundo, se las tomara en serio. Sin embargo, sí que había un regusto de despecho en ella desde su juventud en el pueblo.
Aunque conocía a Rogelio desde siempre la convivencia resultó de lo más reveladora, lástima que ya no hubiera marcha atrás. Ese hombre cayó en su casa como una plaga. Ni sólo era desordenado sino que actuaba como un conquistador en el doble sentido del término: de tierra tomada y de mujeres, sin serlo ni de una ni de otras, y mucho menos de ella. Desde luego tampoco había sido un matrimonio por amor –ya era tarde para eso pensaba Antonia o dicho de otro modo “a buenas horas, mangas verdes”- pero por alguna razón le importaba lo que hiciera más de lo que le había preocupado lo que hiciera Pepe, quizás por qué se sentía en peligro, por qué le conocía demasiado o por cierto viejo resquemor. Ahora fue cuando descubrió el valor tanto de las devociones –reales o fingidas- y de uno de los consejos que le dio Pepe cuando supo de la gravedad de su enfermedad. Iba a dejara con cuarenta y pocos, de buen ver, con un par de casas y una saneada cuenta corriente, tarde o temprano encontraría otro hombre, ante esto sólo le dijo dos palabras pero muy repetidas: separación de bienes. Rogelio ni siquiera pensó que aquello tuviera ningún valor legal una vez casados, al fin y al cabo, era sólo una mujer.
Cuando Rogelio le quiso imponer la idea del bar comprendió ella lo acertado del consejo de su difunto y no pudo evitar reírse a carcajadas en la cara de su marido. Eso sin contar con que la idea de que ella se metiese en la cocina como la Luisa le resultaba tan ridícula que del ataque de risa cayó en un sillón y tardó un buen rato en recuperar la compostura ante al incomprensión pasmada de su cónyuge.
-NI hablar –contestó todavía secándose las lágrimas de la risa-, no cuentes ni con meterme en un antro a guisotear ni con mi dinero.
Hubo una discusión, claro, pero ahí fue donde descubrió que la mente más brutal del campesino afloraba en él con un temor supersticioso, vio la misma mirada que debieron ver sus antepasadas hechiceras, un ancestral miedo a sus poderes, absurdo pero invencible, Salió de casa dando un portazo y ella pudo dar rienda suelta a sus carcajadas: a estas alturas Rogelio aun no había salido del pueblo de su infancia. No pudo encontrar nada más ridículo que eso; el buen humor se esfumó unas horas más tarde cuando volvió apestando a hembra barata y se dejó caer en la cama a su lado. Tuvo que levantarse a vomitar, no sólo de asco, sino por que se había dado cuenta de que ella tampoco había salido del pueblo.

domingo, 26 de junio de 2016

De segundas 7



Resultaba que cuando se fue a la ciudad era cierto que entró a servir de interna en una casa pero no le gustaba ni la idea de quitar mierda ajena ni la pandilla de nuevos ricos meapilas que era aquella gente y no tardó en salir de allí a servir también de interna con “gente más normal” que acabaron tratándola “como si fuera de la familia”, o sea pagando poco y mal. Ahí conoció a un oficialote cincuentón que visitaba a la familia, Don José, pero aquello de “ser como de la familia” no resultaba conveniente para su economía y decidió probar suerte alquilando un pisito con una compañera y trabajando de asistenta por horas en varias casas. Aunque ya era moza vieja que decían en el pueblo todavía estaba de muy buen ver como para, harta de seguir quitando mierda ajena, encontrar trabajo en una cafetería del centro, donde hizo buenas amigas y por fin se sintió cómoda en la ciudad librándose, por otra parte,  de la maldición de limpiar mierdas ajenas. Una de esas amigas se encontró con un problema y un novio desaparecido. “Ya me entiendes” –ha lo creo que la entendía-. Ni dudó en solucionarle el problema con los métodos de sus antepasadas. Así fue como encontró una segunda y lucrativa fuente de ingresos. En aquellos años las jovencitas se habían aprendido demasiado bien lo del amor libre y lo de quemar sujetadores en la calle pero no tanto lo de evitar las consecuencias, sobre todo cuando aquella sociedad todavía se revolvía en el nacionalcatolicismo. Si lo sabría ella, con la de señoras que había visto llevar a su casa a sus niñas con problemas y salir de ella sin él problema, sin una cierta cantidad, y agradeciéndoselo mil y una vez. A nadie la gustaba, pero quien no podía permitirse viajar a Londres pasaba por uno u otro de esos pisitos discretos, a veces a tiempo, a veces no. Lo que ella sabía era suficiente como para no necesitar ni siquiera instrumental. Viejos cocimientos y poco más, si aun se podía, si no, pues que buscaran otra solución, pero que no contaran con ella. Jamás tuvo un problema con ninguna de las niñas lo que le aumentaban clientela e ingresos; pese a lo cual no dejaba el trabajo de la cafetería, le gustaba el ambiente, animado de los cafés de los oficinistas, los churros de las amas de casa a dieta al ir y venir de compras y hasta el olor del tabaco concentrado. Crecía su cuenta corriente, pero también pasaban los años e incluso empezaba a pesarle la soltería, que no la mocedad, que mocita hacia tiempo había dejado de serlo aunque no con quien hubiera querido. Sería la casualidad i el conjuro de amor que hizo a base de velas, canela y sal gorda, el caso es que una mañana entró en la cafetería un viejo conocido: Don José que en poco tiempo fue pasando a José, Jose, Pepe y “mi Pepe”. El eterno solterón con sus cincuenta bien pasados acabó casándose discretamente con nuestra treintañera de buen ver y absolutamente presentable en la sociedad de esa familia de uniformes y hábitos. Convertida ya en toda una señora de un oficial ya no resultaba adecuado seguir con su trabajo en la cafetería y menos aun con el otro, por otra parte cada vez menos rentable pues las chicas por fin habían aprendido a tomar medidas previas. Sin embargo, no era Antonia mujer hecha para estar mano sobre mano pues “mi Pepe” llevaba años con una asistenta que mantuvieron, pero sobre todo no era mujer de estar pidiendo dinero para comprarse cualquier cosa, además “su Pepe” era un tanto chapado a la antigua y no concebía que no fuera el marido quien administrara la economía familiar y Antonia siempre había gestionado la suya. Demasiado inteligentes ambos para un enfrentamiento directo, él dejó hacer sin intervenir y a ella le vino la solución como caída del cielo al abrir la ventana de una habitación que se usaba casi como trastero. La vista era una estupenda panorámica sobre los tres antiguos cementerios y sus perfiles de cipreses.
-¿Tres cementerios? En mi barrio de ahora también hay tres cementerios muy viejos.
- A ver si va a resultar que somos vecinos
-Yo vivo en la calle San ….
-No me lo puedo creer, yo en San …
Su ancestral mente de maga o bruja, según se mire, pensó que ese lugar era sin duda ideal para contactar con los difuntos o, por lo menos, para que la gente se lo creyera y pagara por ello. Sí, claro que el problema podía ser que a “su Pepe” no le iba a parecer bien que montara ese tipo de quiosco  pero era cuestión de tiempo y un poco de esfuerzo, mucho menor de lo que esperaba. Tanto su marido como su familia eran muy, pero que muy devotos y, según el razonamiento de la abuela de Antonia, “de rezar a Dios a rezar al Diablo sólo hay un paso”. Así que comenzó a acompañarle a su misa diaria con su cuñada Regina, señora absolutamente preconciliar –aunque no queda claro de qué concilio, podría ser el Trento-, con su velo de encaje, breviario, y rosario de azabache y plata, ojos en blanco al rezar, novena a diario y rosario a las siete. Ah, y pieles con joyerío a misa de doce los Domingos y fiestas de guardar. Mucha prosopopeya y puesta en escena pero poco más, conocía el tipo. En el fondo eran como los del pueblo pero con mejor guardarropa o como diría también su abuela “piojos puestos en limpio”.
Regina vivía en el mismo en otro portal del mismo bloque y no era precisamente un derroche de salud así que cuando ya Antonia se había apropiado de los usos religiosos como lo del velo y la letanía en latín la gripe que su cuñada agarró el primer invierno fue un regalo para la recién casada que, siguiendo la prescripción facultativa que no se expusiera la convaleciente a los fríos pero que le convenía dar pequeños paseos durante la convalecencia, propuso que viniera a su casa, más silenciosa y recogida, a rezar el rosario. Como a “su Pepe” le gustaba ver los documentales en salón, preparó el cuartito con dos butacas, una mesita y, al principio, una gran fotografía del rostro de Jesús de Medinaceli, nada más. Rosario, té con pastitas inglesas, claro, y tertulia hasta la cena. Ahí fue donde la Antonia comenzó a dejar caer, como quien no quiere la cosa los remedios caseros de su abuela –callando que también de su madre, la lejanía en el tiempo da prestigio a según qué cosas-, las imágenes milagrosas del pueblo y sus contornos, algunas reales, otras digamos que un tanto adornadas. Aquel invierno fue especialmente largo y duro; así que el párroco vio, no sin cierto alivio, como las amigas de Regina iban desapareciendo del rosario para acudir cada tarde al acogedor cuartito donde Antonia iba desplegando sus historias, sus remedios y sus rezos a medio camino entre el paganismo y el cristianismo mas cerril. La oración al aceite, por ejemplo, infalible para usarla contra enfermedades varias, o la larguísima oración de protección a Santa Catalina que decía, con general aprobación de tan caritativas damas, cosas como “que a quien me persiga se le caigan las piernas” y otras lindezas. Así entraron las dos pequeñas imágenes de Santa Catalina (la de Siena y la de Alejandría). Al poco las paredes estaban llenas de de diminutos altares, estampas de devoción y alguna que otra benditera. Su marido estaba tan contento de verse liberado de acompañar a su hermana mayor a sus devociones pasando a ser lo que se dice “creyente no practicante”. Sin embargo el objetivo de su mujer aun parecía estar lejos.
La oportunidad le llegó que ni puesta a propósito por el destino con las primeras tardes apacibles de primavera. Sobre los cementerios las urracas volaban y eso le recordó otra de las “cosas de su abuela”.
-Mi abuela decía que cuando volaban así es que alguien  iba a recibir noticias de un ser querido del que no sabía nada hacía mucho tiempo –dejó caer entre dos remilgados sorbos de té.
Sofía, una de las amigas de su cuñada palideció. “Ya está” pensó Antonia y tuvo razón.
-¿Buenas o malas? –preguntó con un hilo de voz.
-Para eso mi abuela usaba las cartas.
-¿Sabes leerlas?
-Uy ya se me habrá olvidado –y así se hizo de rogar un buen rato hasta ceder entre protestas.
Tras una elaborada interpretación auguró que las noticias serían prontas y buenas. Si fue por tener poderes o por pura casualidad nunca lo tuvo muy claro (y eso que le ocurría a menudo) pero el caso es que a las cuarenta y ocho horas un hijo de Sofía con el que había perdido el contacto quince años atrás llamó pidiendo perdón y diciéndole que acaba de nacerle una nietecita que se llamaría como ella. Acierto pleno aunque, eso sí, a Sofía le dio tal soponcio que casi la manda al otro barrio.
-Aquel otoño ya tenía el negocio montado.
-No jodas –respondió Rogelio acabando de cargar el coche.
-Pues sí, y con eso completo la pensión de mi Pepe que no es precisamente para tirar cohetes.
Algo iba a contestar Rogelio cuando unos estampidos rompieron la noche. Ramón el del Molino estaba matando sus animales. Así acababa el pueblo. Un punto final propio, casi un adelanto de su propia extinción y todo pareció confabularse para que aquella mañana que siguió pareciera el Apocalipsis. Llovió a mares durante el entierro y el viento levantaba tejas y volvía paraguas. Se organizaron los coches para el regreso y nadie volvió la mirada. Pronto ya no reconocerían las ruinas ni tendrían donde volver. Antonia se ofreció a llevarle y Rogelio aceptó encantado pero el hombre que se subió al coche ya no era el mismo que le ayudó a cargarlo.

sábado, 25 de junio de 2016

A enemigo que huye puente de plata

Por fin la pérfida Albión ha dado la cara del Caballo de Troya que siempre fue. Harto estoy de que los rótulos estén en el Levante en inglés sólo para que su racismo colonialista imperial no tenga que hacer el esfuerso de aprender español. Harto estoy de que se les trate en Europa como si fueran de otra pasta. De su racismo, de sui mirar por encima del hombro, de su despreciabla trato al extranjero, aunque tenga más dinero que ellos, de su ocasional condescendencia. En suma, estoy harto de ellos y su Imperio ficticio, que a base de ridículo llega a ser hasta entrañable, de negar la sanidad a los demás y que sus supervivientes de la guerra de Crimea vivan aquí por que de otro modo no podrian sufragarse su medicación. ASí que por mi parte zape, que cuanto menos bulto más claridad. .

miércoles, 22 de junio de 2016

De segundas 6



Una mañana la Rosa amaneció muerta en su cama bajo la Virgen del Carmen, con el rosario y la dentadura postiza en la mesilla. Como de costumbre en estos caso las líneas de comunicación se activaron y todo el pueblo se puso en marcha. Quiso el hado, el destino o el taxista que fuera Rogelio el primero en llegar. Ramón el del Molino, el otro habitante del pueblo, se había extrañado al no verla abriendo las ventanas al alba como siempre. Cuando él llegó estaban la Guardia Civil, el médico y el padre Alejandro, el joven párroco de cinco pueblos que ya no se separó de la difunta hasta que la enterró ocupándose de todo, desde el papeleo a la cocina.
Al llegar, sobre las diez, el pueblo estaba vacío, salvo los coches delante de la casa de la Rosa, de la que nunca había salido para vivir en otra. Había nevado unos días atrás y sobre la nieve y las piedras de las calles una capa de hielo se extendía dando al paisaje un aspecto aun más siniestro contra el cielo casi negro. La Rosa había muerto y parecía que con ella los últimos signos de vida del lugar
El ojo entrenado podía ver que quienes solían ir en verano, hacía por lo menos dos años que no lo hacían, incluso quienes no volverían. Buscó el único foco de calor y vida que era la cocina de la Rosa. Ni el médico ni los civiles tardaron mucho en marcharse, por lo visto era un acontecimiento esperado, aunque nadie de la familia tenía la menor idea. Poco después los vecinos comenzaron a llegar pero algunos estaban ya demasiado enfermos o viejos para viajar y eran sus hijos a quienes ya no se les reconocía quienes iban en representación de la familia recordando cuando trotaban por aquellas calles aquellos veranos. Otros demasiado ocupados con su nueva vida o cuidando a sus nietos que ni siquiera conocían el pueblo. Aun así fueron llegando y subiendo a verla. La muerte había borrado el gesto amargo y volvía a ser guapa, una anciana guapa y casi dulce; salvo por las arrugas, parecía la misma joven que le había vuelto loco y a quien había pretendido tantos años atrás.
Se ocupó de encender todas las fuentes de calor del comedor que tenía la misma decoración que cvuando vivía doña Petra. Las mujeres se acomodarían en la cocina combinando cocido y rosarios y los hombres allí, como se hacía siempre.
En el aparador seguía la virgen en su campana de cristal, los ramos de flores secas en las suyas, el paño de encaje ya amarillento por los años. Sobre todo ello, en la pared, la fotografía de los abuelos con bandas negras cruzadas en las esquinas. Todo limpio y reluciente. La Rosa lo mantuvo así toda su vida, como cuando él venía a cortejarla. Lo único que había cambiadoera que, aquí y allí, salpicando el espacio, brillaban marcos nuevos o no tanto, pero si en relación al aparador y a los recuerdos- con las fotos de la familia a lo largo de los años: bodas, nacimientos, comuniones, vacaciones, retratos. Le llamó la atención un marco casi escondido con una fotografía de Jesús. Recordaba aquella excursión, habían ido todos los hombres de la familia al río mientras ellas preparaban la comida, tendría su chico unos dieciséis o diecisiete años, como cabía esperar acabaron nadando y jugando todos desnudos, él el primero. Al salir Elías les hacía una foto cubriéndose con una mano y con el bañador en la otra, todos muertos de risa. La que tenía Rosa era un primer plano de su sobrino sonriente. Al coger el portarretratos casi se le desarma dejando ver otra foto detrás, era casi idéntica a las de los bañadores pero con la diferencia de que Jesús no se cubría y tampoco apretaba el bañador en la mano izquierda, más bien parecía exhibirse deliberadamente ante la cámara. Ante Elías. Sin duda era el mismo día pero no parecía el mismo chico travieso jugando sino un hombre que ya no jugaba, al menos al mismo juego. Guardó la foto en su cartera casi temiendo ser sorprendido, aunque al fin y al cabo tenía todo el derecho de llevarse las fotos de su chico.
Al mediodía ya había llegado toda la familia menos Jesús, claro, la Isa explicó que no iba a poder ir por algo a lo que Rogelio ni prestó atención. Los demás vecinos fueron llegando como un goteo a lo largo de la tarde. Las cuatro serían cuando llegaron los sobrinos de Ramón el del Molino –demasiado aficionado a las ovejas para tener hijos- con la firme decisión de llevárselo con ellos y poco después unas señora espigada de pelo lila, de pantalones, sí, pero de gala. Le costó reconocerla bajo aquella apariencia de dama aristocrática  con sus perlas y todo.
-Hola, Rogelio, te acompaño en el sentimiento.
Era la Antonia aunque se había refinado tanto que hab que mirarla varias veces para reconocerla. Siempre había sido muy señorita pero no para tanto, caramba. Decir se había dicho mucho desde que se fue del pueblo, pero saberse en serio, poco o nada. Tampoco creía que la gente tuviera mucho interés en mantener el contacto. Entre su madre y ella sabían los trapos más sucios de todo el mundo; quizás por eso apenas enterró a su madre se fue como alma que lleva el diablo. La noche se había echado encima con el hielo flotando en el aire. Alguien dio el pistoletazo de salida de los rosarios colectivos y las letanías en latín que el párroco extendió al duelo de los hombres. Rogelio ni creía ni dejaba de hacerlo, pero no le importaba tanto la difunta como para tragarse todo aquello, así que se escabulló a fumar a la calle. Sacó las gafas de cerca y la fotografía, nunca se había dado cuenta de lo mucho que se le parece su hijo, quizás no tanto en la cara como en las formas de su cuerpo, exactamente así es como se recordaba cuando se miraba en el armario de luna aproximadamente a esa edad ¿Por eso guardaba Rosa esa fotografía?, ¿Por qué le recordaba a él cuando se la estuvo cepillando? Sonrió imaginando a su cuñada con esa foto en las manos, evocándole y quizás…
-Veo que tampoco tú soportas más de lo imprescindible tanta beatería –Antonia, arrebujada en sus pieles se le acercaba despacio, encendiendo un cigarrillo y dándole tiempo deliberadamente a guardarse la foto sin que pareciera apresurarse.
-No, la verdad. Las cosas de la iglesia no me gustan nada.
-Yo ya tengo más que suficiente con el trabajo y eso que si hubo alguna vez ocasión adecuada para un velatorio y oraciones fúnebres es esta. Es el pueblo que se muere con Rosa. Ramón se va con sus sobrinos y luego ya… nadie. Bueno,, me voy a recoger las últimas cajas de mi casa que no creo que yo tampoco vuelva por aquí.
-Te acompaño, todavía puedo con una caja.
-Te lo agradezco mucho, esta noche la muerte pesa demasiado en estas calles ¿no no notas, no lo oyes?
-No. Sólo el silencio y el viento encajonado.
-Eso es el sonido de la vida yéndose del pueblo y el de los recuerdos comenzando a diluirse.
-Se me olvidaba que siempre dices cosas raras
-Bueno, vivo de eso.