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viernes, 21 de septiembre de 2018

POLI(TICOS) DE GUARDERÍA

He aquí la única guardería pública para la que nunca faltan fondos

-Seño, seño, que la Cristinita ha copiado su redacción.
-Seño, seño, pues, pues, pues el la Carmencita no vino a clase el viernes
-Seño, seño, es que, es que, es que Pedrito ha cogido unas cuartillas que no son suyas.
-Seño, seño, que el Pablito dice que no le enseña la redacción sino se lo manda el director.
-Seño, seño,  (y así sucesivamente)
La dura vida del maestroescuela de toda la vida (el de las Primeras Letras, que sufren las desidias paternas más horas que nadie, y que hasta hace bien poco hasta pasaban hambre, esos de quienes decía el refrán “Al maestro, puñalada”) es un paraíso si se compara con la de la hipotética Seño de la Guardería de La Carrera de San Jerónimo. Lo único que podría hacer para arreglarlo (está prohibido, y no me refiero a correrlos a guantazos), sería la expulsión generalizada, con estancia en correccional y escuela de modales y, eso lo primero, con la prohibición expresa de pisar un centro docente y menos aún los decentes. Preventivamente se aplicaría a todos los alumnos de la guardería la misma sanción para controlar el contagio.
Y a todo esto, los directores se ocupan de todo esto menos de dirigir el centro. Por cierto que a los que pagan la matricula lo que quieren es que les eduquen a sus hijos, no si uno u otro tiene tal o cual caligrafía delictiva.
Si es que el sistema educativo desde los treinta va de mal en peor.

domingo, 16 de septiembre de 2018

DE FOTOS Y TRAGEDIAS


Hace casi un año he sufrido una pérdida de esas que sabes que te van a cambiar la vida y no por sabidas y esperadas menos espantosas. “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio” dijo Serrat. Nada más cierto. Casi podría hacer esta entrada con frases de sus canciones, desde “A quien corresponda” a “Pequeñas cosas”, pero no voy a ser tan obvio, creo. La casa. Hay que organizar la casa para uno solo y arrancar de las paredes la pena acumulada, adherida como un liquen y venenosa como la hiedra. Sí, sé que en este tiempo tan racionalista decir que el dolor se incrusta en objetos materiales, una pared, un mueble, está mal visto. Hay que vivir desde la racionalidad más absoluta, como si cuanto nos rodea lo fuera, y no hay nada más desquiciado y falso que la supuesta realidad en que vivimos. Además, quien no lo haya sentido, ya lo sentirá o habrá logrado que su razón mate algo de sí mismo. Y no hablo de oídas.
Vaciar armarios y cajones, repasar una y mil veces los documentos para no deshacerse de algo importante, intentar, en vano en mi caso, ordenarlos.  Ya sé que quien haya pasado por algo semejante sabe de qué hablo y quien no, desgraciadamente, lo pasará. No es nada que no sea universal precisamente por ser radicalmente subjetivo. Se quiera o no se quiera no hay más que dos opciones o te quitas de en medio o se inicia una nueva etapa de tu vida. Un tiempo que necesita su espacio propio o ese liquen que comentaba seguirá ahí, aferrado y pegajoso, casi maloliente. Si decide uno quedarse hay que abrir ventanas, ventilar espacios, despejar huecos y hasta crear vacíos no tanto para que entre lo nuevo como para alejarnos de los viejos dolores, a menudo ajenos, que llevamos dentro como líquenes del alma. Los recuerdos se amontonan y te encuentras guardando una receta de un jarabe de hace veinte años o un billete de metro, y te van ahogando si no te defiendes como si fueras un desalmado, un Atila de los sentimientos, esto hace que algo que permanecía entreverado entre lo demás surja levemente: la culpa. ¿De qué? No importa, siempre hay algo de qué culparse, de no haber hecho esto o aquello, o de haberlo hecho, no importa. Y aun estamos en la fase de grosso modo, todavía no han entrado en juego las pequeñas cosas. Llega un momento en que entran en tromba, el de abrir cajas, joyeros y demás, te arrollan y casi sientes que te matan.
Siempre hay algo peor. In finitamente peor. Por Dios os lo advierto, si llegáis a vivir algo parecido no leáis jamás, jamás, los diarios, las anotaciones en las agendas ni siquiera los papeles sueltos que queden pegados al fondo de los cajones. No leáis nada, nunca pues es demasiado fácil que encontréis ahí lo que no se quisiera saber nunca sobre nosotros mismos, o lo que no creimos nunca que quien los escribió pensara de nosotros. O todavía peor, descubrir sus sufrimientos inútiles por un pasado como una losa que no viste. No los leáis nunca, por que al hacerlo, los dolores personales del ausente sus cargas van a caer sobre vuestras espaldas.
A veces hay notas, cartas o sobres expresamente dirigidos a uno, no queda más que echarle valor y leer pero no lo hagáis solos. Que haya alguien en casa, aunque no esté a vuestro lado en ese momento. Aunque sean para nosotros pueden esconder otros dolores que mejor es almohadillar en hombro ajeno.
Aun así: el coctel más peligroso ya está servido sin necesidad de leer nada: evocación y culpa a partes iguales con un aroma de hiel y un toque de sal de lágrimas, se sirve caliente y en vaso largo, tan largo que nunca se va a vaciar. Además es adictivo, muy adictivo. La corbata marrón que llevó en tu comunión –horrible moda la de los sesenta-, los zapatos de tacón que se puso para da igual qué boda, todo, cada cosa desde eso, una corbata a un botón, evocan algo. Hay que aguantar el tirón como que podemos hacerlo aunque sepamos que no, que no podemos.
Ayer, anteayer o el día anterior, no recuerdo, me llega un correo de la gestoría sobre el interminable tema de la testamentaría comunicándome que el notario pide, atémonos los machos, el original del DNI de mi madre muerta hace 32 años, que se dice pronto. Tuve que lanzarme a la busca y captura del famoso DNI. Supongo que como todo el mundo tengo un par de centros neurálgicos de los recuerdos y las nostalgias geográficamente localizados en las profundidades de los armarios. No conviene tenerlos demasiado a mano o no escaparemos nunca de sus telarañas y tampoco demasiado inaccesibles pues allí, y sólo allí, está lo que somos. Aunque no queramos.
No me quedó más remedio que vaciar prácticamente un armario y afrontar los desafíos de las cajas de madera con las postales antiguas, las de cartón con el libro de la comunión y una pitillera de piel que nunca llegué a usar y, por fin, las de lata. Las cajas de bombones de lata son, casi por destino, el receptáculo (cursi palabreja) de las temidas fotografías. Sí, temidas por que a las fotografías hay que temerlas pues, como el retrato de Dorian Gray, nos devuelven no lo que fuimos ni con quien lo fuimos sino todos aquellos sueños y proyectos que tuvimos, teníamos y que, nunca se sabe cómo se han ido diluyendo. Como buenos masoquistas que somos –lo reconozcamos o no- nos gusta conservarlas y volver a ver las caras de quienes se fueron, y hasta las nuestras cuando teníamos la tira de años menos. Generalmente el envejecimiento que se ve en ellas suele deprimir, afortunadamente no es mi caso: de joven era gordo, granujiento, de cabellos negros, ensortijados y grasos como un barril de aceite, las gafas de culo de vaso y una barbilla afilada saliendo de una muy desarrollada papada completaban el cuadro. Así que cuando las veo y me comparo me doy cuenta de lo mucho que he ganado con los años en aspecto. Dejemos la parte narcisista y volvamos a la caja de Freixenet edición especial que contiene los sobres donde está, más o menos ordenada, la mayoría de las fotografías.
Uno, el primero resulta especialmente ofensivo por motivos que no vienen a qué pero lo bastante intensos como para tener que alejarlo o romper a llorar a moco y baba, que, por lo visto es saníiiiisimo pero que yo nunca he visto que solucione nada. Luego vienen los demás; uno a uno te van echando encima las tragedias de todos. Cada una de ellas contiene al menos una tragedia, muy a menudo, varias. Si se ven con alguien siempre se acaba uno riendo de las modas; yo no, pues no me he sino con lo que me ha cabido, y eran los tiempos de la camisas ceñidas, recuerdo una de color verdemar (o verde nilo que dice Adamo) hombreras anchas y cintura de avispón, ya que hablamos de hombres, con unas solapas cuyos picos daban en las hombreras que me frustraba enormemente pues ni el más egregio de los modistos me podía colocar algo así con mis pintas. También eran los tiempos, y esto ofende aun, de los pantalones que se encajaban en la cadera y se pegaban ciñendo los muslos (y lo demás, claro) para abrirse con más o menos vuelo, según lo fashion`s victime que fueras,  ni mis dos muslos juntos daban para rellenar el más fino de los pantalones de ese tipo, así que llevaba pantalones de abuelo. Eso te acaba haciendo reír si estás con alguien pero yo estaba solo e iba viendo las caras más o menos amadas que evocaban sus historias (abandonos, palizas, cuernos, cirrosis, cáncer, infartos, matrimonios desgraciados, horfandades, hambres) me iban cayendo encima, como losas. En los más cercanos a mí, podía, puedo ver en los ojos –blanco y negro, papel de rebordes irregularmente ondulados- como esa tragedia del abandono del primer amor, del primer muerto, del primer luto, del primer fracaso iba creciendo y no sólo en sus miradas. Casi imperceptiblemente la expresión, el rictus va cambiando. De pronto oyes la risa de tu madre, que inundaba la casa como una cascada de alegría bidestilada y miras las últimas fotos, cuando ya hacía mucho tiempo que no reía y le preguntas ¿dónde te fuiste sin irte? Oyes los gruñidos de tu tío, cincuenta años y ya acabado, y le preguntas ¿Por qué nunca la olvidaste y dejaste que te envenenara con alcohol hasta la cirrosis? Miras la cara agria del abuelo el menos borracho y le preguntas ¿cómo pudiste ser tan … para pegar a tu mujer delante de tus hijos?
Casi desesperado bscas sonrisas, algo que no traiga más sordidez a tu mente y, aunque pocas, las encuentras. Un padre con su bebé en brazos, una pareja en la verbena, y poco más. No puedes llorar, no está en tu naturaleza, pero hay lágrimas hacia dentro por tanto dolor acumulado en los tuyos y que, inevitablemente, ha caído en tus hombros a poco sensible que seas. Sólo entonces descubres hasta qué punto has querido o no a esa persona. Cuando cerré la caja de Freixenet edición especial, llevaba todo el agobio del mundo y el DNI de mi madre en la mano. Han pasado tres días y aun me dura la resaca emotiva. Eso sí, tengo localizado el documento. Algo es algo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

BURT REYNOLDS: INTIMIDADES DESNUDOS

 
Hace tiempo que dejé de hacer entradas de despedida pues con cada una se iba, se va, una parte de nuestras vidas, y ya la vida nos hace sentirnos en un tiro al blanco sin necesidad de necrológicas. Sin embargo, ayer, cuando supe de la muerte de Burt supe también que tenía que hablar de él.
Seamos sinceros, en su momento de gloria simplemente le odiaba a muerte. Es lo que me pasa siempre con cualquiera que sea más alto, más delgado y más guapo que yo, lo que viene a ser todo el mundo. Además tenía un aire de arrogante megamacho muy western que me ponía de los nervios. Reconozco que, sin ser un espejo de actores, sus interpretaciones eran correctas y hasta creíbles, por lo menos durante aquellos primeros años. He de decir que loa trabajos de su madurez que le valieron el oscar no los he visto pero por los resultados, como a tantos otros guapos del cine, los años le trajeron sabiduría o quizás la oportunidad de no “ir de guapos” en sus películas, o dicho de otra manera que sus imponentes físicos no limitaran los papeles que se les ofrecían.  Son los casos evidentes de Burt Lancaster, Sean Connery, Rock Hudson o ya más reciente, Richard Gere, quizás el más sabio al hacer la transición de joven sexualmente irresistible a galán maduro con bastantes más registros de los que le suponíamos.
Sin embargo, no esta en esta entrada Burt Reynolds por sus trabajos, sino por algo más íntimo y personal que imagino compartiremos más de uno. Ocurrió cuando yo apenas era un adolescente y en los primeros setenta, en el 72 concretamente. Ya sabéis por experiencia propia lo liado que está uno atendiendo a sus hormonas un tanto confusas a esas edades. Por si fuera poco estábamos en este país con la célebre “ola de erotismo que nos invade” (frase repetida hasta la nausea) que no era sino una cierta y moderada alegría carnal que, eso sí, llegaba por todas partes. Faltaban años para L’orgia con Juanjo Puigcorbé 1978 luciendo todo lo que Dios le dio, o para El libro del Buen Amor con Patxi Andión 1975 pero solo trasero. Menos faltaba, creo, para Juan Ribó en Equus en teatro 1975.  Desde luego estábamos a años luz del despelote generalizado de los últimos setenta y primeros ochenta cuando se desnudó hasta el gato (incluso gente que hubiera ganado mucho no haciéndolo) Era justo el momento menos oportuno para el desbarajuste  hormonal que toca. Pues ahí me tocó a mí. Pertenezco a esa generación extraña y absurda que vivió todas las transiciones, no solo La Transición sino muchas transiciones menores. Un par de ejemplos: fui del último curso de bachillerato antes de que la enseñanza entrara en picado con la EGB que entonces parecía un fiasco y hoy parece un Parnaso; fui del primer curso de doctorados por créditos cuando ni siquiera los responsables sabían cómo manejarlos y en la carrera (Historia) los profesores hacían filigranas para evitar por todos los medios evitar el s. XX pues no se sabía por dónde iba a respirar la movida política. Digamos que soy hijo de las transiciones con minúsculas, lo que equivale a decir hijo del “no sé por dónde me ando”.
Para agravar la cosa yo era un tanto pánfilo, inocente si queréis más elegancia, y, en algunas cosas mi cerebro tenia compartimentos estanco. Una de ellas era el cine. Las películas y sus actores eran un universo paralelo que nada tenía que ver con lo cotidiano, sórdido, frío y sucio, incluso cuando reflejaban otros mundos peores. Hubo un elemento que, como un eslabón perdido, me hizo relacionar uno con otro. De un modo tonto, sí, lo reconozco, muy tonto pero que me perturbó profundamente. Naturalmente fue en una película (Dios bendiga a los hermanos Lumiere), concretamente en Desayuno con diamantes que supuso un terremoto erótico en mi manera de mirar el mundo y las películas, o de integrar ambos. La escena es aquella en que la divina Audrey escapando del borracho de turno se refugia en el apartamiento (dice el doblaje en castellano) de George Peppard, recién usadito por la impar Patricia Neal y cubierto por una casta y densa sábana. Hasta ahí todo normal, pero hay un momento en que el gigoló sin vocación se gira para ir a servirle un whisky a Audrey, está enfocado justo desde el ángulo contrario a este de la imagen y con todo el puritanismo de la época se entrevé la cadera desnuda del hombre. Seguramente no rodara desnudo la escena pero sí con esa zona descubierta, casi milimétricamente medida para llegar al límite. En alguna parte de libido o de mi cerebro o de no sé donde apareció un eslabón nuevo, que no había echado de menos nunca, léase: los actores/trices no sólo eran humanos (tan tonto no era como para no saberlo) sino que tenían ese aspecto carnal no sólo fingiendo. Quizás George Peppard no estuviera desnudo bajo la sábana pero podría estarlo. Me gustaría decirlo de una forma más clara pero sólo puedo decir que el cuerpo de las estrellas se hizo tangible. Morbosamente tangible a mi edad. En medio de todo aquel pseudo destape después de la mojigatería previa que perduraba en las mentes asustadas de generaciones anteriores, cualquier cosa por inofensiva que fuera era algo morboso, insano, pecaminoso y por tanto escandalosamente atractivo. El mejor saborizante no es sino el sabor a pecado y a culpa, digan lo que digan.
Por eso fue importante Burt Reynolds. En el año 72 fue el primer hombre en posar desnudo para una publicación no pornográfica, Cosmopolitan concretamente. Es cierto que se habían publicado desnudos integrales masculinos pero en publicaciones de corte claramente homoerótico y sólo desde muy poco tiempo antes era integrales. Digamos pues que eran publicaciones dedicadas a un público minoritario. Burt no sólo se lanzó a ello sino que de un plumazo con su cara divertida y esa sonrisa tan característica es cargo el morbo enfermizo del desnudo masculino, dejando sólo el morbo que cada uno quiera poner. Digamos que, es una opinión, claro, nos descubrió la alegría del desnudo. Por eso fue importante para mí y, supongo, que para mi generación. Luego, enseguida vinieron imitaciones y más tarde manipulaciones fotográficas, pero la sana desvergüenza de Burt no fue eclipsada, aunque sí, ante la avalancha de desnudamientos varios que vino inmediatamente después, un tanto olvidada.
Hemos pasado la imagen y yo ratos de profunda intimidad pero no por donde todos pensamos (ejem, ejem), no, sino por que he intentado dibujarla mil veces sin lograrlo y nada, salvo meterse en cama con alguien, supone una relación más profunda que pintar a alguien en serio, en mi caso intentarlo. Ante el hecho de pasar de un modelo a un papel propio (no necesariamente los modelos han de ser de carne y hueso) se acaba todo erotismo, toda sexualidad y todo morbo y se entra en un grado de intimidad único y con algo de mágico, de eso habrá que hablar en otro momento, hoy recuerdo la alegría del desnudo de Burt y la intimidad con su imagen que siempre me fue inaprehensible lápiz en mano.
 
 
 En estas imágenes se juega con un aspecto lúdico del cuerpo, poco corriente por entonces e incluso ahora. No sé donde ni cuando se publicarían pero sí que la icónica, la que todos tenemos en la cabeza es la primera, echado y sonriente.
Este desnudo de Burt lo pondría yo entrecomillado. Creo que es más bien una manipulación fotográfica, si no lo es, desde luego no se publicó. Si la puritana y primera productora de pornografía del mundo Yankylandia todavía hoy, cuarenta años después, tiene problemas con los frontales masculinos, léase genitales, entonces era impensable algo como esta imagen.


sábado, 8 de septiembre de 2018

LLUEVE


Hoy llueve en Madrid, hacía tiempo que no llovía tanto rato y tan apaciblemente, creo. Llevo una hora echado en la cama, había estado colocando interioridades en los cajones (siempre sobra lo que no necesitamos y falta lo que necesitamos, por ejemplo cajones con los laterales más finos) y la escuché. Como quien decide pararse a oír una sinfonía decidí dedicarme un rato a escuchar el sonido de la lluvia. Caricia, beso, evocación, manto de otoño en suma. Temprano madrugó este año nuestro otoño, el bello otoño madrileño, la mejor estación de la ciudad. Creo que han de volver los calores, moderados y decadentes de un verano que agoniza, quedan aun capullos en los rosales por florecer, demasiadas hojas verdes en los árboles. Lo habitual es que se prolongue en septiembre un verano imperceptiblemente difuminado y que octubre traiga el cordonazo de San Francisco y los primeros días de un todavía tolerable frío, y así entre apacibles lluvias, suaves fríos y días brillantes llegamos al Veranillo de San Martín, que a veces es veranillo y a veces es era glacial, pero nunca es indiferente. En realidad, lo habitual es que el frío de verdad no llegue hasta fin de año, más o menos. Las navidades blancas en Madrid son una postal anglosajona que ponemos pero pocas, poquísimas veces en mis taytantos años he visto caer más de dos copos en esas fechas. Noviembre es mes de lluvias, mes delicadamente gris que estalla de colores a primeros con los puestos de flores para Difuntos y termina con las precipitadas luces navideñas para que el comercio (el que vende camisetas del Barça) pueda aprovechar para su campaña navideña el puente de la Constitución. Así, entre compras, turrones, pelucas verdes y fucsia, los trecemiles y las añoranzas previas, el otoño avanza hacia su final, cercano ya otro estallido de feroz alegría un tanto absurda pero campanilleante de la lotería de Navidad, siempre decepcionante pero siempre con aquello de por un número ( en realidad son dosmil pero...) y lo de la salud parece casi festivo. Entonces ya el otoño, este largo otoño que parece este año tempranero, ya será historia. Sólo, quizás, alguna hoja dorada quede guardada entre las páginas del libro que estemos leyendo, puede que algún crisantemo que no se llevó o un recuerdo que preferiríamos no tener, pero ya será parte de la historia de cada quien y de cada cual.
Ahora un rayo de sol se cuela entre las nubes. Sin esperanzas, pero aun queda un atisbo de verano por pasar, los capullos de las rosas agradecerán esta lluvia y serán tan hermosas y melancólicas como todas las rosas de otoño han sido siempre, por que la rosa de otoño es el presagio de la decadencia, de la rendición al tiempo. Un último beso a la vida.

domingo, 2 de septiembre de 2018

SEPTIEMBRE o LA VUELTA AL COLE

Portada del número de Septiembre de 1920 de la revista Vogue
 
Septiembre suele ser un mes de reinicio. Poco a poco todo el mundo va ocupando el lugar habitual, los horarios se normalizan, sigue el buen tiempo (casi siempre) y nos hacemos la ilusión de verano, pero los días se van acortando, las noches quizás algo más frescas. Ah, y la vuelta al cole, y no me refiero a la de verdad sino a la propaganda comercial. Cuando me iba de vacaciones a la playa el día 16 de agosto todos los carteles publicitarios hablaban de la "vuelta al cole". Una magnífica manera de fastidiar, aun más, las vacaciones familiares, a los niños por obvias razones y a los adultos por ¿por que? Pues, en principio por el desembolso económico que supone la reentré escolar pero me temo que hay algo más.
Desde hace unos pocos años, como soy un cotilla o mejor dicho: me gusta estar bien informado, vengo oyendo comentarios y viendo comportamientos que me alarman. Por ejemplo: a varías madres con hijos sanos y sin problemas gordos tipo drogas o cosa así, les he oído decir que por nada del mundo si volvieran a nacer tendrían hijos, a otras/os que debía ser como en USA que se les larga a la primera ocasión y si te he visto no me acuerdo. Hay otros, minoritarios afortunadamente, que simplemente obvian la existencia de sus hijos, no es hablar del paleolítico inferior sino de hace dos semanas mencionar el tío que se fue de copas dejando al sol y encerrado a su hijo de quince años. No es lo más habitual, suelen ser bebés los que dejan tirados a que se cuezan pero este tenía, según la prensa (o sea que vaya usted a saber), quince años. Vamos que a esa minoría si sus hijos están, pues bueno, que no, pues bueno también. Por no tenerles cerca en general les largan a campamentos, "para mejorar el inglés" -la lengua de los malditos- que, hoy por hoy, se ha convertido en la gran excusa para sacudírselos de encima como a las moscas. Cualquier cosa vale para no estar con ellos. Sé que a veces es irremediable, cierto, pero otras muchas no. La cuestión, es que si no quieren tener hijos, mejor dicho, no quieren tener nada que les impida hacer lo que les salga de ahí mismo, ¿por que coño no dejan de montar números con las adopciones, fecundaciones in vitro etc?
Se me vienen a la cabeza dos asuntos diversos pero con la misma raíz. Uno de ellos es el de la chiquilla india que fue abandonada por sus padres adoptivos por que no era de la edad que querían. ¡Cojones! yo tampoco tengo la estatura que querría. Se la han metido doblada, sí, pero no más que la empresa se la mete todos los días, esos seres no quieren un hijo, quieren un adorno social, un bebé monísimo a quien soltar a la primera ocasión en una guardería, pero lo han lucido. No una muchachita desconcertada en plena adolescencia y abandonada por todo el mundo. Y suerte si no acaba como la chiquilla china adoptada en Galicia, no recuerdo los nombres,  y asesinada por sus padres adoptivos.
El segundo asunto es otra serie de comentarios que vengo oyendo que se bifurcan. Los abuelos. Están los que se inmolan en cubrir las obligaciones paterno maternales, y se enteran hasta los gatos de Tombuctú, y los que directamente dicen que no quieren saber nada de sus nietos. Al menos estos son sinceros.
Rematando que es gerundio: el individualismo salvaje (curiosamente unido al neoliberalismo) impide (o lo intenta con todos sus recursos y parece que con buenos resultados) que el "animal social" que es el animal (cada vez más animal) humano sea menos social. Al punto de desgajar lo mismo que dicen proteger y que les mantiene pues si el bicho humano tiene un átomo de inteligencia tendrá cada vez menos hijos, y entonces ¿Quién va a consumir las mierdas innecesarias que produce el sistema?
Claro que todo esto, ¿a quien le importa?


miércoles, 29 de agosto de 2018

EL VALLE DE LOS CAIDOS



Esta entrada se podía y debía haberse titulado "A buenas horas, mangas verdes" o "pá unas prisas".
Hoy he de contenerme y mucho para no desbarrar pues el asunto me subleva.
Calma, Joaquinito, calma.
He usar toda mi voluntad y autodisciplina para usar sólo la razón y argumentar con cierta coherencia pues si dejo salir todo lo que me revuelve el asunto, arde Troya, casi como los edificios que ardieron bajo las bombas en Madrid. Ya la he metido. No era mi intención lanzar puyitas de este tipo, todo lo contrario. Quiero ser frío, sensato, respetuoso y abordar el tema con la mayor ecuanimidad que me sea posible. En suma quiero ser hoy especialmente el caballero decimonónico que siempre he sido.
Me paro pues tengo que hacer ejercicios de respiración para mantenerme aséptico. Tranquilo, Joaquinito, inhala, exhala, inhala, exhala. Visualiza la mala hostia que te provoca esto como un vapor negro que sale al exhalar y se aleja, se aleja e inhala otra vez.
La verdad es que por Madrid está haciendo un verano bastante suave ¿no? Sí, convenía alguna tormenta, ayer mismo el aire estaba denso y no de humo.
No sé como quedará la macroreforma Gran Vía- Plaza España. Supongo que mal. Esa plaza tiene poco arreglo.
Vale, ya puedo volver al tema central de esta entrada...y... no sé que decir. Hay tantos argumentos, tantas verdades de Perogrullo negadas, tanto odio, tanto dolor, tantísimas razones para... Bajo esta avalancha emocional y en vista de mi notoria incapacidad para expresarla de un modo razonable sólo haré una pregunta. De los cien millones de argumentos y preguntas sólo una, quizás no sea la más elaborada, ni la más acertada pero, como mínimo, es un botón de muestra: ¿alguien preguntó a las familias de los allí enterrados si querían enterrar a sus muertos allí, precisamente allí?
Ahora hay que usar guante de seda con quien ... me calló y me la trago, no importa, tenemos costumbre, tanta que ni siquiera voy a preguntar por que se ha tardado más de cuarenta años, o treinta y siete según desde cuando contemos, en plantear esto. Sí, aquí se traga. Marca España

domingo, 19 de agosto de 2018

EN EXTINCION: LA COMPAÑIA

Ya sé que puede resultar ñoño pero no me resisto a un lindo gatito.

¿Alguien se acuerda de lo que era "hacer compañía", "visitar".
Imagino que alguien habrá pero como algo muy lejano, de cuando se era niño o por ahí.
Ahora no se va a hacer compañía se "va a" (aquí rellenad con lo que queráis)
Hace poco he sufrido una pérdida familiar, pues bien, las pocas personas que vienen (2 exactamente) de vez en cuando lo primero que te dicen es "¿Que te hago?¿friego, plancho?" mi respuesta es siempre la misma "compañía", y yo creo que no saben de qué va lo que les digo. "In illo tempore", cuando alguien llegaba a tu casa podías ofrecer algo (según el tiempo y el gusto, café, té, cerveza) ahora ni se te ocurra pues como entren en la cocina se te ponen o fregar los tres cacharros del fregadero o a explicarte como hacer los higadillos de alondra al horno) Se podrían tirar todas las cristalerías y vajillas del país pues todo el mundo se bebe lo que sea en la botella o en un vaso (incluso de plástico) "así no hay que fregar copas".
Otras veces es diferente, es el caso de "vamos al cine". Me encanta el cine pero "ir al cine" con alguien con quien no hablas a diario o que pasas meses sin ver, es como si siguieras sin verle. La película y, como mucho, una cerveza en la barra. Hay que madrugar y es tarde. Me parece lógico pero entonces ¿por que ocupar las horas de compañía viendo una película cualquiera? Eso contando que no sea de ese grupo creciente de los que reciben más llamadas que Hacienda pongo por caso que eso ya no tiene nombre.
Me gusta la definición del gato pero se queda corta. La compañía es estar, repito ESTAR (igual que en Avatar "te veo"), con el otro por que sí, por que quieres hacerlo y para volcarte en él / ella por completo sea en momentos malos o buenos. La compañía es sentir al otro y dejar que el otro te sienta, ni dejarle la casa como los chorros del oro ni convertirte en un chef.
Hacer compañía es tanto dar, la gracia de darse, como recibir, la gracia mucho más difícil de recibir. Si ofrezco una taza de café y la presento en su tacita con su platito y demás por que me da la real gana no te revuelvas con cosas como, con un vaso valía, haber traído servilletas de papel. Aceptar el agasajo, la vieja hospitalidad de las culturas antiguas sin comentarios ni reproches del tipo "las tazas de porcelana ¿para qué? mira que si se rompen se te queda el juego cojo". Pues por que me sale de ... y si se rompen tal día hará un año, si me preocupara de no se rompieran no las sacaría, gilipollas (con perdón)
Hacer compañía ni siquiera requiere la presencia física, una llamada de más de dos minutos, la invitación a una celebración aunque sepan que no vas a ir. Una foto del niño. Hacer compañía en un sentido muy amplio es hacerte presente en la vida del otro.
En un sentido estricto es estar contigo, estando contigo, hablando cuando haya que hablar, dejando los silencios que nazcan y mueran, recordando para bien y para mal, compartiendo (personalmente me enteré del embarazo de una prima después de dar a luz), y dejando que se comparta contigo. En un sentido estricto hacer compañía es dedicar al otro parte de tu tiempo plenamente y, fundamental, nunca, jamás, por obligación o lástima.
Pues eso si no esta en proceso de extinción es sólo por que ya se ha extinguido.
Y no es que añore tiempos pasados, busco y no encuentro, calideces presentes. Pero...