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sábado, 25 de enero de 2020

¡FELIZ AÑO DE LA RATA!

 
 
¡Feliz año de la rata!
Hoy empieza para una gran parte de la humanidad (realmente una parte muuuy grande) un nuevo ciclo, un nuevo año. El calendario lunar chino abarca, evidentemente, no sólo a China sino a todos los países bajo el enorme poder de su cultura, por citar el más evidente: Japón. De hecho para estos países –hasta donde alcanza mi conocimiento- es con diferencia la celebración más importante del año con mil y un pequeños o grandes actos más o menos ritualizados, casi siempre con un valor social, me explico, visitas, reuniones familiares, etc. ¿Nos podemos imaginar a un país como China de “puente” para reunirse las familias? Traducido a la española: un atasco de dimensiones desde aquí apocalípticas. Afortunadamente para ellos su organización y su mente confuciana les ayuda a sobrevivir a lo que con otra mente sería un cataclismo. Aunque este año toca susto de coronavirus y, parece ser, se van a reducir un tanto las celebraciones.  En fin que es una fecha clave.
Tanto los años como las horas están marcados por un animal, sobre cuyo orden, al menos en los años no está claro. Tampoco importa mucho pues como buen zodiaco es circular y se empiece por donde se empiece se acaba en el mismo sitio. Los doce animales clave son:
  • La rata (o el ratón)
  • El conejo (o la liebre o el gato)
  • La cabra (o la oveja)
  • El cerdo (o el jabalí)
  • Si ante la cultura egipcia nos abruma su permanencia ante la cultura china ya no es posible más término que vértigo por muchas razones pero sobre todo por su antigüedad y por su inmensidad geográfica. Está claro que no voy a entrar en grande cuestiones sobre tan oceánica cultura solo quiero reseñar que durante tanto tiempo y en tanto espacio se han acumulado religiones, mitos, leyendas, personajes a caballo entre lo uno y lo otro de un modo que hace casi necesario entrar con machete y en plan explorador en ese universo. Evidentemente, y lamento decirlo, el inmenso peso de Confucio y sus discípulos marca y unifica relativamente todo este maremágnum. La combinación de Confucio y Marx han convertido a China en lo que es hoy, que cada quien la califique como quiera, pero para bien y para mal la combinación de ambos pensamientos forman un bloque invencible pues contradiciéndose se sostienen. Algo asombroso desde nuestro punto de vista pues nada hay menos revolucionario que las ideas confucianas ni nada hay más revolucionario que la obra de Marx (otra cosa son los seguidores de uno y otro que han venido haciendo sobre poco más o menos lo que les ha venido en gana). Sólo Oriente puede hacer estas cosas.
Todo este preámbulo es por qué quiero contar una vieja leyenda que, de nuevo, contradice lo dicho anteriormente. En ella no existe el año del gato y en lugar de comenzar el ciclo por la rata, ésta es quien cierra el ciclo.
Cuando el gran Dios (no le pongamos nombre por que así, a pelo, podemos liarla dada la superposición que mencioné antes) decidió establecer el ciclo del zodiaco proclamó que los doce primeros animales que llegaran a su presencia tendrían dedicado un año en el ciclo. Es de suponer que el primero en llegar sería el poderosísimo Dragón, pero más nos interesa quien llegó el último.
Para llegar a presencia del Dios había que pasar una masa de agua (mar, lago, río) y cuando ya habían llegado la mayoría de los animales se encontraron en la orilla la rata y el gato. La rata propuso al gato que puesto que el gato es mucho mejor nadador que ella, que no les guste el agua es otra cosa pero nadar, nadan bien, ella se subiría en el lomo del gato y ambos se presentarían juntos ante el Dios. Ingenuamente el gato aceptó y llevó en su reluciente lomo al roedor, sin embargo, éste en lugar de cumplir lo pactado saltó del gato apenas antes de llegar a la orilla y corrió dejando atrás al confiado felino para presentarse sola ante el Dios. Así consiguió ser uno de los doce animales del zodiaco y así el gato se quedó fuera. Enfurecido comenzó a perseguirla y, que sepamos, la persecución aun dura de ahí la mortal enemistad entre gatos y ratas y ratones. Ya puestos habrá que decir que tal persecución ha sido uno de los mayores beneficios de la humanidad pues nada hay mejor para extender plagas que las ratas y nada mejor para combatir a las ratas que los gatos.
De nuevo la casi eterna sabiduría china.

lunes, 20 de enero de 2020

ENERO

Rockwell enero 1936

Enero deriva de Jano. El dios bifronte que mira al pasado y al futuro. Nada que no sepamos todos, pero para algunos tiene más sentido que para otros. Cada cambio de año, y más últimamente, viene siendo como asomarse a un pozo por el que no sabemos si bajaremos o caeremos pero en cualquier caso abismal e intimidante y en mi caso, como en todos los nacidos en este mes, mucho más pues no es la clásica evaluación global del año que acaba sino de tú año. Los años son infinitos, tus años, no.
Bueno, casi no hay que decir que hoy cumplo años. Sesenta y uno para ser exacto y es curioso, me siento más joven (y hasta sano) que a los veinte. No se debe a que lo esté, que no es precisamente la salud una de mis posesiones, sino que la falta de salud actual es mucho más tolerable que la de entonces incluso siendo más seria y grave llegado el caso. Sin embargo, números cantan, tienen esa jodía costumbre, y los que tienes, tienes y menos mal que los tienes que peor es no llegar. El caso es que resulta casi imposible no hacer balance del último año, y, peor aún, de los otros. Por que los años al igual que las oscuras golondrinas vuelan y no volverán (afortunadamente en muchas ocasiones). De repente el crío que te pedía protección de la furibunda ira materna por ponerse un pendiente está pensando en poner un chip a su hijo no nacido aun. ¿K’apasao? Se dice uno que no termina nunca de aterrizar en estas cosas. Tus amigos sanos que siempre envidiaste están hechos una pena, penita, pena mientras –en mi caso disfruto de mejor salud que nunca pese a las diversas patologías-, hundidos hasta ahogarse en agobios tontos o no tanto mientras la terapia me ha sacado en un setenta por ciento de una depresión trabajada durante treinta y tantos años y tengo mucho mejor estado de ánimo que ellos. ¿K’apasao? Vuelves a preguntarte y te ves como un marciano en un mundo vuelto del revés. A ver: el enfermo deprimido y apocado ¿no era yo? Y vosotros los que hacían cobrar el sentido a la vida aunque no fuera a la mía ¿Andestáis? Vamos que uno anda como vaca sin cencerro entre la gente de “toda la vida” sin reconocer a nadie. Los progres se han vuelto carcas, los carcas, difuntos, los difuntos, más y los otros ya ni saben ni sabes qué o como son.
Por cierto ¿alguien sabe donde narices he estado yo estos últimos treinta y siete años? Por que, aquí, el abajo firmante, no tiene ni idea. Sólo sé seguro que no fue ni Jauja ni cosa parecida, más bien una especie de País de las Maravillas de Alicia: un absurdo en el que no me reconozco y a ese que sé que he sido yo ni le comprendo ni le tengo el menor cariño pese a tener sus mismas ideas. Sí, una especie de Pais de las Maravillas pero diseñado por Poe y Lovecraff, en la el pozo y el péndulo eran casi más habituales que el “Que le corten la cabeza” . Desde hace años llevo la lista de lecturas que voy haciendo, pues cuando la repaso y veo títulos con calificaciones altas (las califico para mi uso personal) que ni recuerdo haber visto ni por la tapa. Los cojo y veo que están anotados, subrayados y hasta con hojas con comentarios de mi puño y letra. “¿Andehestao?” me pregunto. Luego decido que si no los recuerdo será por algo y me prometo –en falso- volver a leerlos.
Sin embargo, este año es especialmente desconcertante. Hace un año tenía una serie de expectativas y esperanzas. Lo de siempre, te propones una serie de cosas y no consigues ninguna, ya. ¿Qué pasa cuando las cuatro o cinco cosas por las que has peleado durante ese año y otros anteriores se cumplen? Los deberes están hechos. He cerrado capítulos pendientes, he cumplido compromisos postergados, he logrado un gato, bueno, una gata, y hasta he dejado que dejen de decirme lo que tengo que hacer. En una palabra: me he quedado sin objetivos claros y otra vez como vaca sin cencerro, pero bueno, habrá que buscarse uno, digo yo.


martes, 7 de enero de 2020

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Sí, ya sé que es un poco tarde pero, seamos sinceros, ¿no es a partir de hoy cuando la vida va recuperando su rutina? al menos en las zonas donde la Epifanía sigue siendo fiesta. Pues entonces aun estamos a tiempo de desearnos lo mejor. Además "De la Inmaculada a San Antón, Pascuas son", decía el viejo dicho.
He estado un tanto ausente del blog y no por que me haya ido de orgiásticas vacaciones o celebrando bacanales llenas de vicio y perdición, ni siquiera por que me haya enredado en reyertas a navajazos con la familia, que siempre hace tan navideño. No, simplemente no estaba yo para compartir o contar nada.
Estas han sido las Navidades de La Gata. Se va adaptando pero la está costando muchísimo y a mí con ella, de manera que gran parte de la energía navideña se me ha ido atento a ella. Se llama, oficialmente, Nubia, pero viendo la especial (especialísima relación entre ella y yo: yo pendiente de ella y ella ni puto caso) he decidido cambiarla el nombre. Cleopatra, Jezabel, Gilda, Circe, o incluso Bette Davis han estado en la lista, todas brujas de alto nivel como veis pero, la jodía, con perdón, es tan repajoleramente bonita y tiene una carita tan de Meg Ryan pre-quirófano (o sean, angelical) que al final se está imponiendo "Chiquitita", como la canción de Abba. Soy un tierno-ñoño, lo sé. Y eso que no me ha dejado todavía acariciarla, si llega a ser mimosa no sé yo.
Bueno, problemas gatunos aparte he conseguido desorganizar lo desorganizado, perder lo que ya no se podía perder más y liar más los nudos gordianos. Vamos que vivo en un puto, con perdón, caos de tres pares de narices donde no encuentro nada, así que paso de buscarlo. Floto en el caos y a veces encuentro algo que coincide con algo parecido a lo que busco. Mi loquera dice que tal como tengo mi entorno tengo mi cabeza, espero que se equivoque o estoy como un cencerro.
Y luego han estado las averías: el DVD, dos pares de gafas, desperfectos navideños varios, la silla de ruedas y, de remate, la pluma. Si, soy de los que escriben a pluma y la que vengo usando me dura dos años pero me vale noventa euros de vellón y no está la Magdalena para tafetanes gastadores. O sí. Vaya usted a saber. Vamos, que no me ha dado la cabeza para meterme por aquí y dejar alguna cosilla así que, de momento: Feliz Año Nuevo

domingo, 22 de diciembre de 2019

EVOCACIÓN NAVIDEÑA.

Chesterton ya se lamentaba de que parecía casi pecado disfrutar y amar la Navidad. Un respaldo histórico para un amante de estas fiestas siempre viene bien, desde luego. Sin embargo, la presión social contra nosotros (todos la celebran pero nadie parece amarla ni desearla ni disfrutarla) acaba por hacernos, hacerme para ser más concreto un poco imbécil. Quizás para encontrar la causa de tal imbecilidad o para todo lo contrario por primera vez me pregunté en serio por que a pesar de no tener buen recuerdo de ninguna Navidad, salvo los juguetes de Reyes y aun esos venían con la visita mi insoportable primo que se cargaba la mitad y con los deberes de las vacaciones que, como corresponde a cualquier estudiante que se precie, había dejado para última hora, y de encontrarme celebrándolas solo sigo sintiendo una pasión incontrolable por la Navidad.
No suele ser bueno hurgar en los más antiguos recuerdos, sobre todo en mi caso dado que mi infancia fue, con mucha diferencia la peor época de mi vida por la enfermedad (los que me han seguido saben que hablo de polio) pero si se quiere conocer una realidad hay que empezar por los orígenes y no me quedó más remedio que entrar en la caverna de aquel universo de pesadilla y creo que encontré algo que quizás tenga en parte la "culpa" de mi pasión navideña.
           De niño, cada Navidad, llevaban a ver el Nacimiento del Asilo de San Rafael, en el edificio viejo, Paseo de la Habana nosecuántos. De aquellos años no recuerdo veranos, ni días soleados, siempre es invierno en mi memoria de entonces. Siempre oscuridad y frío. Paredes gris naval o gris cemento. Espacios vacíos. Espacios vacíos y miedos, muchos miedos. El pavor absoluto a la oscuridad que aun apenas he superado, quizás fuera uno de los peores. Desde luego el más visible aunque sea absurda la frase. El cine, por ejemplo, era un espacio vetado, por eso la primera película que recuerdo fue en un cine de verano, con las luces del bar bien visibles desde de mi punto de vista, por cierto era “La verbena de la Paloma” de Concha Velasco. Castizo que es uno.
            En illo tempore, el Nacimiento del asilo de San Rafael era casi una referencia para la ciudad, así al menos lo vivía yo, y me atrevería a decir que para mí era especial de un modo muy diferente.
            Solía ir frecuentemente al Asilo de San Rafael, recalco lo de “asilo” por que la perspectiva de beneficencia planeaba sombría al mencionarlo. En general ir era sólo aburrido hasta decir basta. La hora de rehabilitación, el rato de piscina, si aquello se podía llamar piscina pues nunca he visto nada menos parecido a una piscina, pero cumplía su misión y poco más. Eso la mayoría de los días pero había otros era un viaje al infierno de dolores, gritos y acusaciones. Salas blancas, viejas, con tamaño de nave industrial, bancos largos para esperar, blancos, blanco, blanco, siempre blanco. Odiosamente blanco. Un blanco viejo, limpio pero ajado, sólo se rompía el ofensivo blanco en los espacios de transición, pasillos, etc, no por que no fuera igual de blanco sino por que apenas estaban iluminados. Había uno en especial, inolvidable, algo más oscuro, que me llevaba a la sala de yesos, donde viví algunas de las experiencias más espantosas de mi vida sobre una mesa larga de mármol y bajo una lámina de Moisés y la Serpìente de oro que luego supe que era de Doré, para mí era un montón de gente muriéndose sin más. Era pues aquel pasillo no sólo siniestro sino el equivalente para una mente de tres o cuatro años lo más parecido al carro hacia la guillotina o si nos ponemos en plan americanofilo a la milla verde. La sala de yesos, deslumbrante, me esperaba con sus horrores tras una enorme puerta blanca, aquella sí que era la puerta del infierno y no había redención posible. Pero antes, en el pasillo siniestro se abrían cuatro manchas rojas. Eran unas vitrinas empotradas en la pared forradas de terciopelo, supongo, rojo y delante blancas recibiendo de pleno unos focos para que se pudieran apreciar bien. Eran moldes de escayola de cuerpos retorcidos por la polio, pies al lado de los cuales los de las chinas eran un prodigio de corrección anatómica, espantosos  monstruos sin cabeza, sin brazos, troncos sueltos con columnas en ángulos imposibles, jorobas inmensas, pies sin piernas en los que costaba distinguir los dedos del talón. Entonces aparecía la voz. No siempre era la misma, a veces era la de algún fraile, Fray Pedro siempre llevaba caramelos en los bolsillos, cuadrados, de colores, pequeños, duros, y una gran sonrisa, pero nunca estaba en ese pasillo, era otro cualquiera, generalmente desconocido; otras veces era la de mis padres, aleccionados como si fuera una consigna, un santo y seña, la que llegaba a mis oídos: “así es como acabarás si no haces lo que se te dice”. Hubiera sido suficiente para helarme la sangre en las venas si no supiera que lo que me esperaba detrás de las gran puerta blanca era infinitamente peor que esa mera amenaza en principio lejana, el dolor era inmediato, inevitable y abismal. Creo que llegué a inmunizarme a la visión de aquellos Quasimodos de escayola por contraste. Frente a lo que me esperaba dentro aquello era un chiste o poco menos.
            Sin embargo, al llegar Navidad todo aquello cambiaba. Ir a ver el Belén de San Rafael, que ha sido tradición madrileña desde hace muchísimo tiempo, cambiaba el tono hasta de los grises y de los fríos del camino habitual y ya en el edificio se llegaba a él por un ancho pasillo de suelos relucientes negros y marrones, flanqueado por macetones de pilistras con una galería de enormes ventanales semicirculares al jardín, entraba ese sol de invierno tan madrileño, tan imposible de brillante y frío, a raudales, a la izquierda de vez en vez entre macetón y macetón se veían altos ventanales estrechos a los gimnasios y las piscinas (de nuevo el blanco, el aterrador blanco) pero yo no miraba sino al frente. Aquel corredor anchísimo era a mis ojos el colmo del lujo y cerca del final había una puerta a la izquierda y allí una hornacina de boca semicircular y luego, para mi absoluto espanto, se apagaban las luces. Ante nosotros se desplegaba un mundo ajeno al habitual, lleno de colores, los Reyes al fondo creo recordar en primer término un ángel anunciando a los pastores, alto, vestido de rosa sobre una nube, el brazo en alto y las alas verticales. Inesperadamente aparecía la magia pues empezaba a anochecer en la bóveda del Nacimiento, los tonos sonrosados dejaban paso a los azules donde brillaban las estrellas, La Estrella y se iban encendiendo las casas, las hogueras y la luz más fuerte sobre la Sagrada Familia, me sobrecogía esa parte por que era demasiado oscura para mi gusto pero era tan bonito aquel cielo estrellado y el ángel iluminado no sé si desde abajo por la hoguera de los pastores o bien por otro foco como el del Niño. Tenuemente por la izquierda el azul se hacía más claro y luego rosa hasta amanecer y llegar al mediodía. No sé si había música, no lo recuerdo, yo estaba fascinado por toda aquella magia de los personajes, las casitas, las luces, el ángel. En aquel semicírculo se abría una ventana a otra realidad de colores, de luces, sin miedos, de permanente renacer pues a una noche sucedía un día y luego otra noche, una ventana que me decía que había algo más que aquel averno de dolor y miedo, de gris y frío que yo vivía como niño enfermo y solitario entre gentes angustiadas unas y amargadas otras. Aquella visita anual fue durante mucho tiempo una especie de faro entre grises que al final fueron ocupando su puesto dejando espacio a días cálidos y a colores vivos.
            Quizás sea es la causa de mi pasión por la Navidad, quizás un simple recuerdo de un niño de tres o cuatro años o nada. La construcción del nuevo y espantoso hospital con los mismos horrores dentro pero sin el menor gusto estético dejó aquel espacio durante un tiempo prácticamente colgando con escaleras etc. donde yo no podía llegar, hablamos de hace más de cuarenta años, y nunca he vuelto a ver ese Nacimiento que, parece ser, sigue siendo una referencia madrileña.
            Acabo de ver el nacimiento de 2015 y, no censuro, pero ya no son las mismas figuras, supongo que mejores, preciosas, sí, pero ya no son las que me abrieron la ventana en el frío gris de mí sobrecogida infancia.

lunes, 9 de diciembre de 2019

¡Llegó Navidad!

 Marramamiau remiau (o Feliz Navidad a todos en gatuno. Estoy siguiendo un curso acelerado de gatuno español/español gatuno, por si me hace algo de caso)

Decir a estas alturas que queda inaugurada en este blog la Navidad es casi innecesario. Pero esta es la fecha oficial. de inauguración. Aprovecho un momento de descanso, más bien por que si no paro me da un poncio y un soponcio, entre acabar de colocar los árboles (2) los adornos (ni se sabe) y empezar a organizar los Nacimientos (3 o 4 depende de en que estado llegue al último)
Este año me gustaría tratar todos los temas que tengo en la cabeza sobre estas fiestas, las ideas fluyen y a veces, las muy cabronas, se van para no volver. Hablemos hoy de publicidad, por ejemplo.
De entrada de cara a la campaña comercial de Navidad las televisiones se llenan de cuerpos desnudos y sexo más o más bien menos encubierto (el juego sado de la dama rompiendo el cristal con el tacón del frasco de perfume es bastante explicito, y cada año vemos un poco más de culo del cacho tío del anuncio del salto a la balsa donde una ninfa ninfómana en bikini blanco está ahí, esperándole para violarle). Bueno para no seguir en esta línea haré un poco de historia de los más memorables anuncios navideños que recuerda uno:
Coñac 501: "Es el momento oportuno de tomar 501 para tener en su mesa un coñac como ninguno" (a ritmo de Esta noche es Nochebuena"
Mueñecas famosa: Las muñecas de Famosa se dirigen al portal para para demostrar al niño su cariño y amistad", pobre crío, aquello era algo que parecía más una serie de Frankensteins que unas dulces muñecas, casi diría que a su lado Anabelle resulta inofensiva.
Burbujas de Freixenet: despiporre con pretensiones de Broodway y mucha pierna, pero mucha pierna.
La mayor infamia que se ha hecho en publicidad navideña es, sin embargo, algo muy aparentemente inofensivo: Nescafé, vuelve a casa por Navidad. Señores eso no se hace, joder -que dijo o debió decir la marquesa-, cada vez que vemos el regreso de alguien por Navidad cada uno recibe un montón de Fantasmas de las Navidades Pasadas de todos los que no van a volver. Eso, si no es delito, al menos es apología de la depresión y debería estar penado en el Código. Llorera fija si te pilla con la guardia baja. Sobre todo cuando los fantasmas que se presentan ya van pasando de veinte.
En general (salvo aquel de Monserrat Caballé con el maquillaje que parecía haber visto a Satanás, eso si, sin perder su "seny") los de Loteria Nacional suelen ser exquisitos, el de el tabernero que ha guardado el décimo a quien no lo había podido comprar de plena crisis (pregunto ¿Cuándo se ha salid por que yo no me he enterado?) era un ejemplo. Sin embargo, los de este año son absolutamente perfectos. "El sorteo que nos une" es un slogan que dice casi todo al menos de lo que venia siendo o quizás siga siendo a quien tenga alguien a quien importe, el ceremonial previo al sorteo. No puedo por menos que resaltar la humanidad de pequeñas historias cotidianas, reales por que no son nada en realidad, no cae en el sentimentalismo del Nescafé pero nos cuenta cosas que están ocurriendo -la recién divorciada a quien no se quiere perder de la familia, el noviete recién llegado, la enferma que recibe su participación de un auxiliar y con ella un ramalazo de vida -en un hospital eso es valiosísimo-. Pequeñas cosas, anécdotas diarias, sencillas, sin brillos, ni calvos, ni milagros, ni humor. Usando un título "bocados de realidad" simple, cotidiana que puede recordarnos que podemos seguir siendo humanos a pesar de lo que intenten. Creo que es una de las mejores campañas de hace muchos años (culo del cachas aparte, a ver si el año que viene se lo vemos entero)


martes, 3 de diciembre de 2019

DICIEMBRE

Diciembre 1922, Norman Rockwel en muchas de sus magníficas ilustraciones deja una gran dosis de humor. Es el caso de un Santa agotado de tanto hacer juguetes ante la cercanía de Navidad.

En algunos lugares este mes se llama Navidad a nivel popular, por lo menos era así, ahora con la agresión publicitario televisiva y las ñoñeces de películas navideñas vaya usted a saber. El caso es a estas alturas de mes (¡estamos a día 3!) muchos ya estamos como el Santa de la imagen.
Quienes habéis seguido este blog sabéis que vengo a ser como el Espíritu de la Navidad Presente, que, aun me pregunto por qué, me apasionan estas fiestas; pues bueno, el caso es que ayer saqué parte de los adornos navideños (sólo parte, los Nacimientos van en una segunda fase, de momento sólo adornos de la casa y parte de los del árbol) y me he agotado sólo de ver las cajas. ¡Gensata! que diría el inmenso Forges.
Sin embargo, veamos las causas. Llevo liado con manualidades navideñas y comprando más adornitos desde octubre de modo que cuando llegue el día siete de enero llevaré tres meses liado y ahora es el pulso final. Yo soy así y no culpo a nadie. Sin embargo, los aludes comerciales, Hallowen/ difuntos, Navidad interrumpido por el Black Friday (que se supone que es un día pero es casi un mes) crean una cargazón mental que uno ya no sabe que fiestas vienen si compras para el puente de Mayo, para Navidad o para Semana Santa. Se supone que el consumo mejora la economía, pero ¿la de quien? por que la inmensa mayoría estamos rebuscando en el fondo de los monederos a ver si podemos pagar el pan sin cambiar los últimos cincuenta euros que quedan hasta la extra. De todas formas hoy no tengo ganas de ponerme reivindicativo pues tengo a la vista una Navidad que, si no la estropeo y no tengo intención, será diferente. Tras años de pensármelo por fin ya lo tengo todo listo para la llegada de una gatita. El problema es que a la hora de dar la luz verde para que venga estoy dudando en hacerlo hoy para que llegue esta misma semana con todo el tinglado de por medio y todo manga por hombro o esperar a tener todo algo más colocado. Vamos, cuando sólo haya dos o tres cajas por medio lo que supondría ya como pronto el miércoles que viene. Lo mismo se asusta de ver tanto trasto que se pone encantada a trotar y meter los hocicos por todas ellas. ¿Quién ha comprendido nunca la mente de un gato doméstico? (que conste que lo de doméstico es mucho más que relativo)
Por otro lado el diciembre de todo se presenta un poco más vergonzoso que los otros meses. No sólo está el choteo generalizado de la política sino el otro aun más infame de la cumbre sobre el cambio climático. No tengo descendientes y la edad suficiente como para que con que aguante la cosa de un modo tolerable me importa un rábano, son sus hijos los que pagarán las consecuencias, no los míos, pero aun así me jode que me tomen el pelo descaradamente. Eso sí, Leo Messi Balón de Oro y un puente de cuatro días ¿Qué más puede pedir un españolito medio? Pues está claro: un derby y el éxtasis de esta sociedad sería digno de nuestros grandes místicos.
No pensaba tratar el tema pero me voy a limitar a hacer una pregunta: ¿os habéis fijado como en las decoraciones navideñas en general cada año hay menos alusiones a la Natividad? Se ve que no es políticamente correcto que un niño nazca en un pesebre y más aun que toda una élite se postre ante él.

jueves, 21 de noviembre de 2019

UN MATRIMONIO FELIZ

Nunca he tenido pareja y lo cierto es que las que vengo conociendo no han sido nunca esas parejas felices como la de la ilustración pero no por eso he dejado de añorar tener una pareja, un matrimonio en general con todo lo que conlleva.
Ayer era el cumpleaños de una amiga de mi mismo piso, cierto es que con los años las celebraciones de cumpleaños se van minimizando y está bien que así sea, no seré yo quien pretenda que se organicen fiestorros a cada cumpleaños o santo o cualquier otro aniversario. Sin embargo, como conozco a esta chica desde literalmente la cuna sé algunas cosas de ella. Voy a explicar lo de "literalmente la cuna", tiene tres años menos que yo y ya he comentado que mis primeros recuerdos se remontan a los 20 meses -sé que habrá quien diga que es imposible, allá ellos-, en suma que cuando llegó su madre del hospital nos dijo que pasáramos a conocer a la recién nacida. Con tres años aquella cosa con mucho pelo y muy negro no es que me emocionara especialmente pero desde entonces nuestras vidas han corrido paralelas en los buenos y en los malos momentos (como todos los hemos tenido muy malos y siempre hemos estado cerca y apoyándonos) Seguramente tiene que ver la proximidad geográfica pues estoy seguro que de no ser vecinos tan inmediatos no seríamos amigos pues lo que tenemos en común es precisamente la vida ni los intereses, ni los gustos ni prácticamente nada. Decía que algunas cosas sé de esta chica y una de ellas es que le encanta recibir regalos, no hace falta que sean grandes regalos, ni de precio ni de marca ni nada de nada. Aprecia el detalle y muy especialmente el regalo de Reyes. Como ni ella ni yo podemos permitirnos grandes dispendios suelen ser pequeños detalles que encajan en el momento concreto de nuestra vida (ejemplo, un libro de cocina cuando me tuve que empezar a hacer la comida etc.)
Su pareja funciona bien, con los problemas habituales que son normales, nunca discuten entre ellos si no interviene un tercero como causa detonante y son lo que cabría definir como una pareja normalmente feliz, vamos que no viven en Jauja pero tampoco se están matando -como pareja, otra cosa son las situaciones en las que se van viendo envueltos-. Ayer pasé sobre las nueve de la noche a felicitarla y darle la tontería de regalo que me puedo permitir y "sorprendí" (no era tal sorpresa pues sabían que iba a pasar así que simplemente entré en su vida un momento y salí en cuanto pude) una escena que, a decir verdad, creo capaz de destruir cualquier visión mínimamente positiva del matrimonio.
Luces apagadas, sólo con la televisión encendida, los dos mirándola, y al mismo tiempo con el móvil en la mano, alternando la atención entre las dos pantallas, desarrapados (que no digo yo que haya que estar de gala en tu casa pero al menos en atención a tu pareja estar presentable, sin lamparones ni cosa semejante) y con el único signo de vida inteligente de una perrita cachorro ejerciendo de tal. Sé que no habían discutido por que aunque no quiera les oigo cuando lo hacen -el pito de voz de mi amiga taladraría muros de hormigón-, era simplemente una tarde más, una tarde lluviosa en casa de un matrimonio normal y ¡Dios bendito! aquello tenía más de funeral que de otra cosa. No, no es cierto, en un funeral hay mucha más animación. No quiero hacer chistes, en un funeral se conmemora o recuerda una vida que se acaba de ir. Ayer en esa casa lo que se percibía era la ausencia de vida sin la presencia de la muerte como en el caso del funeral, la nada, o incluso peor lo ajeno a todo que estaba viviendo cada uno de ellos.
Me volví a casa en cuanto pude y he de decir que, a casa vacía, había mucha más vida en la mía. Ahora casi me alegro de no tener un "matrimonio feliz"