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lunes, 22 de septiembre de 2014

Imagenes de actualidad (cuento de los 90)

Revisando y haciendo limpieza me he encontrado este viejo relato, ni siquiera lo he corregido por que me da la impresión de que, a pesar de los veintitantos años que tiene, sigue lamentablemente vigente. De hecho, de vuestra opinión depende que lo corrija, ponga al día e incluya en "mi antología" o no. Ahì os dejo con él.
           El viajero regresa a casa cansado y sudoroso. Sube las maletas, un par de bolsas casi destrozadas con ropa sucia y poco más, y se sienta en su cama un momento. Enciende un cigarrillo por primera vez desde hace mucho tiempo sin tener que preocuparse por disparos ni bombardeos. En el espejo del armario abierto ve sin querer las huellas de esos meses en la ciudad sitiada, está más delgado, más enjuto y anguloso, como cuando tuvo aquella temporada de dejarse el alma en el gimnasio. También está más moreno; la verdad es que tiene un aspecto bastante desastrado, por utilizar un término suave. Pelo largo, no demasiado limpio, manos pegajosas, barbas de una semana, ropa que ya no merece tal nombre y el olor impregnándolo todo.
            Ya casi no cree posible que el olor se vaya alguna vez, no tanto de sus ropas como de su nariz. Es el resultado de las especias almacenadas en los sótanos junto al hangar, o lo que demonios fuera aquello, donde tuvieron que refugiarse de aquel último ataque, mezclado con los olores de la sangre, los muertos y los excrementos de los enfermos. El calor era agobiante y el sudor también se combinaba con otro olor, el del miedo. ¿O era solo la mezcla lo que él creía el del miedo?
            Por alguna razón le preocupa su aspecto, como cada vez que vuelve de sus corresponsalías especiales. Una ducha, unas bolsas con ropa vieja en la basura y listo para empezar otra vez. Sin embargo, hoy no le parece que sea como las otras veces, aunque todo es igual, su vieja casa, los muebles impersonales, los sonidos del patio y hasta la sensación de angustia al recuperar las comodidades habituales y las habituales obligaciones. Todo parece inmutable, incluso la agenda con los teléfonos de los amigos y las amantes más o menos fugaces, más o menos leales, más o menos importantes. Ahí están todos, los unos y las otras, como siempre.
            Tiene que llamar a su familia, por lo menos que sepan que ha vuelto, pero no se sentiría a gusto haciéndolo con este aspecto. Apaga el cigarrillo y se mete en la ducha. Bajo el chorro de agua caliente, muy caliente, se enajabona con meticlusidad casi obsesiva sin conseguir arrancarse el olor que, por el contrario, parece taladrarle el cerebro pacientemente. Quizás con el tiempo se vaya quitando poco a poco, pero lo duda mucho.
            Envuelto en un mullido albornoz llama un par de veces deseando colgar y meterse en la cama aunque sabe que, seguramente, no podrá dormir.
            Sin embargo, duerme un sueño pesado y pantanoso en una cama por primera vez en mucho tiempo. Despierta en lo profundo de la noche con el olor sofocándole y empapado en sudor. No, este regreso no es como los otros, quizá por la jovencita ametrallada en la última carrera hacia el avión, el último avión, con su melena negra ondeando y cubriéndole la cara en el instante del espasmo final como los tiros cubrieron el grito. Lo más probable es que no, que sólo sea el cambio de hora, o hambre, ahora recuerda que hace demasiado tiempo que no come, o frío.
            Se levanta de un salto, como un gato asustado, y se viste. Conoce un bar de carretera a menos de media hora, justo en la salida de la autopista, que está abierto toda la noche y donde no hay que aguantar a los señoritingos trasnochadores, pijos gastando el dinero de papá, o aprendizas de furcias amateurs. Allí paran los que trabajan, gente real aunque ni ellos mismos se lo crean.
            A las cuatro de la mañana la ciudad está casi desierta y apenas se cruza con cuatro o cinco coches que la atraviesan como él, a toda marcha y sin mirar los semáforos. En una acera vacía una mujer con tacones altos pasea. ¿Es una profesional, una amante abandonada, una noctámbula solitaria o un travesti?. Más adelante dos hombres pelean mientras otros miran y ríen. De un coche sale una música a todo volumen y una botella de cerveza que se estrella contra el asfalto. Unos muchachos ensayan patadas de karate arrancando papeleras y, por alguna parte, suena la sirena de una ambulancia.
            Junto a la carretera, que apenas deja atrás las manzanas del barrio y las chabolas, aparecen las luces llamativas pegadas a una gasolinera. Ante ellas están los camiones de frutas y pescados, furgonetas y utilitarios de quienes entran a tomar un café, un bocadillo o una copa de orujo para calentar el estómago.
            El hombre de cara triste y sonriente de detrás del mostrador habla con los habituales y le saluda al reconocer al tipo raro que, de vez en cuando, se deja caer por ahí.
            Pide un café y un bocadillo de jamón. Mientras espera intenta recuperar el olor de aquel local, agrio de humo enfriado a esas horas y espeso de conversaciones y alcohol barato. El pan está duro y el jamón es salmuera, no hace dos días no lo habría notado aunque se lo hubieran dicho. Al menos el café está caliente y los clientes sigue charlando, como siempre, de las mismas cosas, sólo que ahora no suenan igual.
            Dos cuarentones fornidos discuten sobre la buena o mala gestión del presidente de un club de fútbol; otros, algo más jóvenes, tratan el tema de un jugador que no ha sido llamado por el seleccionador y, más allá, un joven que todavía lleva el sello de quinto habla, poniendo el alma en ello, de las motos que, posiblemente, no sabría conducir.
            Resulta, a pesar de todo, confortable oírles perdidos es su propio marasmo, cómodamente satisfechos y felices -o desgraciados- por asuntos de dioses, ídolos de pies de algo peor que el barro, con sus fuertes muslos y sus bien repletas cuentas corrientes en Dios sabe donde. Claro que eso mismo estaba ocurriendo no hace todavía un año en aquel país del que salió tomando casi al asalto un avión que podía ser el último.
            Seguramente el jamón le ha sentado mal. Su estómago es incapaz de soportarlo dentro y exige expulsarlo rápidamente. Era un bocadillo espantoso, nada que ver con el fogonazo que se le ha venido a la mente del soldado con las piernas arrancadas dando gritos tirado en una calle que nadie cruzó por el tiroteo. Tampoco él.
            Vomita en el lavabo no demasiado pulcro y, por un momento, de allí brota el olor que sigue metido en la nariz. Pide otro bocadillo y otro café que se toma sin prisa, procurando charlar con sus vecinos de barra, aunque están demasiado interesados en las marcas de un atleta yanqui como para hacer caso al melenudo con vaqueros que necesita hablar en su propio idioma y que está sentado a su lado.
            Pide una copa de coñac barato, que es el único que se pueden permitir los clientes, y, aunque le parece increíble, el alcohol va entonando su organismo estragado. Mirando la copa como un adicto reflexiona sobre su ciudad, nació, creció, estudió, amó y espera, llegado el momento, morir en ella. Ha sido siempre el centro donde volver, pero ahora es diferente. No encuentra en ella sus referencias y hasta se ha desorientado en su barrio. Por momentos le parece haber entrado en un laberinto desconocido ideado por un escritor de ciencia-ficción, son pequeños fogonazos ante una calle tranquila, una tienda o un jardín.
            Al entrar en la noche se han difuminado, como absorbidos por ella, la mayoría de los recuerdos anteriores al viaje, la familia, tan presente al llegar a casa, apenas es ahora un grupo de desconocidos unidos a él por una extraña red de vínculos ante cuya comprensuón se confiesa impotente. Los amigos, aun los pocos íntimos, son simples nombres que no puede relacionar ni con caras ni con lugares. Todas las mujeres se han fundido en un solo ser sin forma ni nombre, las que poseyó y las que amó, incluso la que amaba al partir, todas en una presencia ambigua y excitante y, al mismo tiempo, sórdida y cenagosa.
            Ha pasado la noche casi del todo, el nuevo día se anuncia, antes que por la luz, por los coches y los trabajadores. Los primeros bostezos de la ciudad que apenas lo parecen. Allá no había bostezos ni camiones camino de los mercados, habían volado los mercados y el sonido de los amaneceres era, y sigue siendo aunque él ya no lo oye, los disparos de artillería o los bombardeos.
            El sueño parece acercarse a él, venciéndole. Paga la consumición y sale del bar, hace frío a esas horas y el coche aparece como un  reducto caliente y cómodo, sin los ruidos de las conversaciones ajenas y excluyentes ni los de las maquinitas tragaperras, como mucho puede oír un poco de buena música en la radio. Pequeños placeres que casi había olvidado, a pesar de que, mientras recorría las calles recién bombardeadas o veía correr a las gentes, le parecía estar oyendo compases de las grandes sinfonías. Las músicas que habría puesto si tuviera que montar las imágenes que mandaba; casi podía ver la escena como la veían en sus casas los espectadores: la cámara siguiendo a una camilla con alguien agonizando en ella, después las eternas imágenes de los niños heridos con ojos asustados y, para terminar, le ven a él ante un edificio derruido, la fachada de un hospital o un museo ardiendo, contando con frases cortas, que no hablan nunca del olor ni del miedo que se respira, las novedades en las que la mujer que cayó a su lado poco antes con un disparo en la sien no es más que una unidad que añadir a la cifra que siempre va delante del verbo "han muerto" y de su complemento "hoy".
            Pero también puede ver nítidamente las zapatillas, la bata, la lata de cerveza y la mueca de quien recibe esas imágenes; puede hasta oír el "quita eso que nos van a dar la cena" y el "clic" del mando a distancia buscando otro canal más confortable. "Como si no tuviéramos bastante con lo nuestro".
            Prefiere no pensar en ello, como siempre. Es un trabajo que hace lo mejor que sabe, dicen que es bueno, pero, en cualquier caso, él no puede hacerlo mejor. Lo que ocurra ante las pantallas luminosas de los televisores, millones de cajas multicolores emitiendo a la vez los mismos mensajes, es asunto de otros. También es asunto de otros evitar o acabar con los objetos de sus reportajes. El no puede hacer más. Así ha sido siempre, pero esta vez no vale. No consigue convencerse mientras mira a la luz indecisa del amanecer a unos y otros salir y entrar del bar hasta que le vence el cansancio y se queda dormido.
            Ha sido un breve sueño del que despierta sobresaltado, dolorido y confundiendo el tráfago de la cercana autopista con las carreras hacia los refugios y el frío de la mañana con la ambigua gelidez de los muertos y del miedo. Y el olor derramándose hasta alcanzar impregnándolos todos y cada uno de los objetos que pueden resultarle familiares, el encendedor, los guantes que quedaron olvidados en el coche antes del viaje, el paquete de pañuelos de papel que tanto echó de menos en la ciudad sitiada, los cassettes con la música pizpireta de Mozart, todos son ya parte de ese olor que sólo le incita a escapar como sólo querían escapar los hombres y mujeres de aquella ciudad. Ellos para sobrevivir, él, sin embargo, para encontrar aire fresco. Les ha visto recurrir a los medios más ingeniosos y también a los más ruines para salir de las calles desempedradas a fuerza de bombas que eran un tiro al blanco de verbena para los francotiradores cuando no se entrenaban sobre los patios de los colegios en los que cada mañana había menos niños. Sabe, y ha sabido siempre, todo eso, incluso ha creído comprender la angustia, el miedo y hasta el dolor de ser traicionados por los vecinos y los amigos, pero ahora ve que no. Ahora es él quien necesita escapar del olor, ya no es una jaula en la que le retiene su trabajo de donde quieren escapar los otros, es él quien quiere salir de no sabe donde pero que siente como realidad sin límites. Atrapado en un paisaje liso hasta los horizontes como en un cuadro surrealista que parece extenderse según se avanza, pero es un paisaje dibujado sólo con líneas y colores de olor.
            A pesar de empezar a resultarle difícil recordar o imaginar el mundo sin ese hedor envolvente, que se concentra en el habitáculo cerrado del coche hasta hacerlo irrespirable, consigue saltar hacia atrás, como si se remontase a un tiempo idílico perdido para siempre, y llegar a las impresiones de verdura y humedad, y hasta un regusto a hierbas aromáticas en el aire acogedor. Se pregunta  si seguirá siendo posible para él dejarse llenar los pulmones de aire sin partículas de miedo en suspensión aunque sea una sola vez. Rememora trabajosamente, como entre las nieblas de los recuerdos infantiles, el verdor de aquel parque junto al río donde hace poco más de dos meses pudo leer poesía por última vez, en una ciudad despaciosa de piedras y evocaciones.
            La ciudad se remansa en pequeñas plazas y calles angostas donde nada ha cambiado en siglos y el pensamiento puede fluir despacio, entretenido en una reja, una ventana o la imagen de una virgen magullada por el tiempo. La ciudad sigue allí, asentada sobre su historia y su leyenda; aunque le cueste creerlo, siguen las piedras de la catedral enmoheciéndose entre los contrafuertes, las enrejadas puertas chirriando y los geranios creciendo, floreciendo y secándose a su tiempo. La ciudad sigue allí con sus aromas fluviales y en sus jardines, encerrados, los aromas de aquel aire.
            La huida ahora tiene un destino. Demasiado cansado para conducir hasta la ciudad, arranca el coche y avanza rumbo a la estación. A media mañana sale un tren, zarpa un galeón aventurero según lo siente, y necesita estar en él con la misma, o mayor, desesperada angustia que le poseía al subir entre golpes y codazos al último avión que despegó de la ciudad sitiada.
            Los embotellamientos habituales de las mañanas aún no han acabado y el trayecto hasta la estación resulta una interminable sucesión de gentes encerradas en los exiguos espacios de sus vehículos. Algunos leen, otros escuchan la radio acompañándola con el rítmico golpeteo de sus dedos sobre el volante; éste parece ensimismado, aquel vocifera a otro conductor que ha optado por ignorarle. A la derecha un señor habla por teléfono desde su cochazo tapizado en cuero, detrás una joven sonríe cargada de paciencia. Por un momento podría hacerse la ilusión de no haber salido del atasco, tan igual a sí mismo, en los últimos meses. Podría, con gran esfuerzo, si no fuera por el maldito olor que sigue entreverándose en humos y tabacos.
            La vieja estación aparece sobre el paisaje de techos de automóviles y erguidos semáforos. Una isla, quizás la de Robinson, de donde partir. También aquel último avión debió parecer una isla entre la tempestad a aquella muchacha de sueltos cabellos negros ondeando en el movimiento de la carrera brusca y definitivamente interrumpida. Un disparo, un grito ahogado, y él reuniendo toda su voluntad para no volver la vista. Una imagen menos que intentar borrar, bastantes cosas tiene que olvidar, demasiados cadáveres en la memoria y demasiado cerca el sonido de los cuatro jinetes. La vieja figura, tan vulgar para él en otro tiempo, ahora le resulta asombrosamente comprensible: el hombre, encadenado y desnudo ante cuatro caballeros armados sobre enloquecidas cabalgaduras, solo puede esperar, gritar y oler la descomposición encerrada en las armaduras.
            Alguien toca el claxon pidiendo paso imperiosamente y, por la acera, las madres tiran de sus hijos camino del colegio. Un grupo de adolescentes, vaqueros y bolsas multicolores, cruzan la calle con el semáforo en rojo.
            Por fin alcanza la entrada del aparcamiento de la estación, está despejada y se puede permitir relajar el freno. Las cubiertas abovedadas le devuelven el eco de sus pasos multiplicado y se da cuenta de cuanto ha añorado el silencio durante este tiempo. Dura poco. Las puertas de cristal se abren al acercarse y el torbellino de conversaciones y de la información de la megafonía llega a él casi como un empujón. También en la ciudad hay silencios esperándole agazapados entre esquinas de piedra gastada y sombras de árboles húmedos. Silencios limpios y aire profundo. No necesita más; un baño para su oído y su nariz.
            Compra el billete sin esperar cola, le atiende una taquillera desangelada que duda si es el de la tele o no. Ante la duda opta por no dejar de comportarse con la habitual sequedad que regala al público todos los días.
            Se sorprende al comprobar que apenas queda un cuarto de hora para que salga el tren. El ir y venir de la estación le acoge y le hace suyo, recuperando los viejos viajes soñados en los andenes de antaño. No son recuerdos, apenas ecos; ahora sólo puede recordar los acontecimientos de su vida desde que llegó a la ciudad sitiada. Allí no cabían añoranzas ni evocaciones, sólo había sitio para el olor y lo inmediato. Las únicas realidades a las que se podía recurrir para comprobar que se seguía vivo y despierto y que aquello no era una pesadilla febril ni la boca del infierno. "Estoy vivo porque huelo y tengo hambre". El mundo acababa en los límites de la piel, lo demás no podía existir.
            La cotidiana necesidad de vaciar los intestinos es ahora un mensaje más del cuerpo que confirma su permanencia en el mundo de los vivos. Sonríe como sonreía en la ciudad sitiada cuando su vientre le devolvía la consciencia de sí en aquel universo desarticulado.
            Como siempre, los servicios están añejamente sucios; como siempre, huelen a sordidez. Llega ese olor a él mezclándose con el otro y trayéndole visiones aisladas de su facultad que no reconoce sino como postales de una colección ajena. Al final del viaje el olor cederá ante las acometidas de lo que queda y con el aire fresco volverán los recuerdos que debe tener y cuya ausencia le desasosiega al entrar en los lavabos.
            Se cruza con alguien de quien percibe pasos largos y rápidos. De dos sonoras zancadas un hombre le cierra el paso; contra el negro de una cazadora y el metal sucio de hebillas y tachuelas se destaca el brillo límpido de la hoja de una navaja. Oye que le dice algo pero no entiende las palabras, la hoja tiembla, todo el hombre tiembla. No tiene tiempo de pensar en el peligro que hay en esos ojos de pupilas dilatadas que ha detectado su instinto. A la luz opaca de los lavabos la hoja dibuja con su estela un amplio arco seccionando su garganta a medio camino.
            Su espalda se desliza contra los azulejos de la pared mientras siente el calor de su sangre empapar la camisa y el silencio de su voz. Frente a él una puerta abierta le insulta con el papel higiénico desparramado por el suelo, piensa que en poco tiempo será rojo. Por megafonía anuncian la inminente partida de su tren. Crece el frío y el olor, ya sin límites, revienta. Con un último acto reflejo sonríe al imaginar su cadáver en la pantalla de un televisor y oír el comentario: "por Dios, que asco, quita eso, como si no tuviéramos ya bastante".

viernes, 19 de septiembre de 2014

Nuevo blog

Hace un tiempo que comencé un blog sobre Japón que parece tener problemas técnicos, vamos que no aparecía en las búsquedas, así que he abierto otro a ver si con este tengo más suerte. http://joaquinitopez-japonerias.blogspot.com.es/
Me da que tampoco va a estar bien hecho

jueves, 18 de septiembre de 2014

El verano se despide


Hoy en Madrid el verano ya ha dejado clara su intención de irse, medio llueve, está oscuro. Hace unos días que viene avisando, “que me voy a tener que ir” con calles tapizadas de hojas doradas, con vientos con un punto de humedad que uno no quiere ver, por que se alberga la esperanza de que dure un par de semanas más así, a medio gas, como quien no quiere la cosa, como el invitado que remolonea por qué no tiene ganas de irse y, al final, resulta que hace que esa sea la mejor parte de la reunión. Sin embargo, este verano se nos va ya, un verano fallido más, como todos. Un verano en el que tampoco hemos encontrado una carne hermana, una cabellera en la que hundir nuestros dedos, una sonrisa cómplice y profunda. Un verano en el que, como siempre, la mejor compañía han sido los libros y, como siempre, el mayor fracaso, mi incapacidad de escribir en condiciones, de hacer que broten las historias y que fluyan.
Un verano en que ya no cabe más indignación, ni más desastres, un verano en el que, realmente, nos han puesto a todos al  borde del abismo. No soy muy eclesial, ya lo sabéis aunque aquí, el Papa porteño, me tiene completamente fascinado, tampoco sé muy bien en que sentido a decir verdad. El caso es que anteayer dijo algo que me pareció muy expresivo del conjunto de la realidad. Vino a decir que estamos viviendo una III Guerra Mundial fragmentada, y en todos los niveles, bélico, social, ideológico, sociológico y humanístico en general. Al menos eso es lo que yo le entendí. Para mí resulta evidente. Incluso la gripe del 18 se corresponde con el ébora actual. Los puntos geográficos son los mismos, los de siempre, los bandos, casi también, las instituciones tiemblan por falta de consistencia pero también de miedo ante los monstruos que han creado y el pueblo –esos variadísimos grupos humanos que hemos dado en llamar “pueblo”- comienza a no tener nada que perder, como la clase media, pero también a encontrar nuevos medios para movilizarse no siempre en la calle, aun queda para que esto cuaje, pero lo hará, ya lo creo que lo hará. En conjunto es una guerra global del todos contra todos para que, al final, la eterna oligarquía vuelva a ocupar el poder omnímodo pero más, por que ahora tienen más fácil controlar las mentes.  Se me ocurre que de este tipo de actitudes siempre ha habido un personaje que ha sabido darle la vuelta a esa manipulación y trabajar contra la oligarquía, Eva Perón es un ejemplo (con todas las pegas que queramos ponerle), también ahora, alguien o algo antes o después lo hará pero de momento estamos condenados a un abismo en el que se juegan malabares con bombas atómicas, decapitaciones, pandemias descontroladas y saqueo sistemático, ante un hambre creciente y más grave que los que ha habido nunca en la historia por que ahora el pueblo sabe que es posible comer, tener un sueldo y un tiempo libre. Hemos conocido otra cosa, una Edad de Oro, a la que volver. Sí, vivimos una III Guerra Mundial y que se quede en estos niveles  -que lo dudo-.
La marcha del verano me pilla personalmente en un momento de desolación, la tira de libros, del modo que sea –dados, donados, regalados etc- es para mí extraordinariamente dolorosa.  Al fin y al cabo han sido siempre mis únicos compañeros y amigos. Cuando mis hombros me lo permitían de vez en cuando vaciaba una estantería por el mero placer sentir su tacto, el placer del tacto de un libro es comparable a pocas cosas y me pasaba tardes enteras en esta labor.  Pero no es solo eso. Un detalle, el otro día esperaba con mi panamá barato, mi polera más elegante, las otras estaban a lavar, con mi bolso  en el que cargo libros, pastillas, etc; estaba justo enfrente a la salida a Carmen del Corte Inglés de Callao, para quienes no sois de Madrid, uno de los puntos más céntricos, comerciales y vivos de la ciudad. Estaba esperando pegado a la pared del FNAC para estorbar lo menos posible el paso.  Barba recién arreglada y hasta una bolsa por la que asomaban unas películas. ¿Cuál no sería mi aspecto que un señor de mi edad, más o menos, buena ropa, discretamente… me dio limosna? Naturalmente respondí con una sequedad que no me es propia y que, seguramente, el bienintencionado ciudadano (¿no habrá mendigos en el centro de Madrid?) no se merecía. Es cierto que me miro en los espejos y veo que he perdido la sonrisa, que tengo cara avinagrada , pero de ahí a darme limosna creo yo que hay un abismo.
En realidad no, es sólo la resistencia a asumir que, hoy por hoy, la profunda insatisfacción que siento ante mí mismo me convierte en una ruina humana. Eso, seguramente es lo que vio el buen ciudadano que alargó la mano con mucha discreción y la mejor intención. Así entro en el otoño. Quizás su suavidad, su declinar hacia el invierno me ayude a remontar, a hacer fluir las palabras en lo que escribo, a encontrar a qué o a quien dar las caricias que se me mueren en las manos. Antes cogía a los bebés y jugaba con ellos ahora cuando voy a hacerlo veo en los ojos de los padres, aquellos bebés precisamente, miedo a que se me caigan y, obviamente, me abstengo, pero queda el hueco y una distancia.  En otoño es todo más fácil, menos hiriente, a ver si este me trae el fluir libre de las palabras en un papel con las historias que hierven en la olla a presión de mi cabeza sin salir.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Deshacerse de libros

Hemos de reconocer que mi quinta y por lo que deduzco la de muchos de los compañeros que me leen hemos ha recibido una educación completamente decimonónica al menos en algunos aspectos.  Por ejemplo: el culto al libro, no diré a la letra impresa por que la prensa en España hace ya bastantes años que dejó de merecer respeto alguno por parte de nadie. El libro para mi generación y me temo que muy especialmente para mí, no es sólo una herramienta con la que aprender o entretenerse. No sé muy bien qué palabras emplear para expresar lo que son, o en lo que se convierten para nosotros.  Pedazos de vida; cuando te encuentras con un libro que has leído hace, quince, veinte, treinta años atrás, es como traer a hoy muchas de las experiencias que estabas viviendo entonces, si lo leías en el autobús y fuera llovía, si tenías a un pariente enfermo, si fue un verano maravilloso de esos que dicen que existen; pero el libro  ni entonces era un sujeto pasivo, recuerdas las ganas que tenías de cogerlo o lo que te costó acabarlo, si lo disfrutaste o fue después cuando te diste cuenta del valor del texto.
Son también, no todos, pero sí muchos, puntos de inflexión, cuando uno lee El retrato de Dorian Gray a los quince años no puede ser el mismo que antes de leerlo, o cuando uno se sumerge en El Señor de los Anillos por primera vez, tampoco. Cito grandes obras pero hay otras, menores, pequeñas, olvidadas por la historia pero que si las has leído en el momento justo cambian una vida, en mi caso fue un libro encontrado en un puesto en la Plaza de Isabel II, corrían los últimos setenta y esas cosas ocurrían, no recuerdo ni el autor,  pero sí el título “Dinámica de la tontería”, basado en la demostración irrefutable de que lo que mueve el mundo es la convicción profunda de que los demás son tontos: el jefe que sus empleados son tontos, éstos que el tonto es el jefe, la mujer del marido, el marido de la mujer. Según esta visión medio humorística del mundo la tensión creada por ese firme convencimiento es lo que mantiene el mundo y le hace avanzar. Si nos lo pensamos un poco vemos que no está tan descaminadas como puede parecer en un primer momento.  Eso animó mucho mi juventud.
Son también oscuros objetos de deseo, bien por qué no te puedes permitir, bien por qué no se encuentran en el mercado, por qué están prohibidos –en mis años mozos existía esa categoría hoy un poco increíble-, o bien por qué  entran en el círculo de lo que no se debe leer, caso más flagrante: el Divino Marqués. ¿Quién se atreve a aparecer en público leyendo una obra suya? Nunca puedes olvidar cuando, de matute, te leíste el Decamerón –sí, lo confieso fue mi primera obra erótica, de absoluto empollón gafapasta (en mi descargo diré que venía ilustrado con dibujos muy sugerentes (sobre todo a los 14 años)- o, ya un poquito más adelante, tu cuerpo se removió con Historia de O, pongo por caso. Esa es una de las experiencias del libro convertido en objeto deseo casi fetichista pero luego está la otra, la más importante, la del libro que sabes que existe pero no encuentras, que te pasas años como la de Tatuaje “de mostrador en mostrador” mendigando ese texto, hasta que, en el Rastro, en Moyano o en un puesto de la calle de los que ponen el Día del Libro, aparece en una edición de 1905, desvencijado, ajado, con el delicado y embriagador perfume del libro viejo, a un precio exorbitante que pagas con la mayor de tus sonrisas. Podría contar mil casos pero uno en especial resulta curioso. Mi madre desde niño me había estado hablando de una novela de Concha Espina, Altar Mayor, pero que no había manera de encontrar, a los dos o tres años de morir mi madre pasé por un quiosco de prensa por el que no pasaba a menudo y allí estaba en una edición de 41. La satisfacción de coger ese libro en tus manos es algo que no se paga, literalmente con dinero, pues creo que me costó como 25 pesetas o algo así.
Así, sin darte cuenta, los libros para quienes los amamos se van convirtiendo en pilares de una vida, en venas y articulaciones de una vida por mejor decir, experiencias únicas a veces decepcionantes –al final Altar Mayor no era la novela de la que me habían hablado pues mi madre se confundió de título-, a veces determinantes pero siempre únicas. Ese libro que buscaste durante 25 años resultó ser un trullo fascista sobre un Japón mal digerido, o exactamente aquel que te dio el dato que necesitabas para tu tesis. Otras veces esos libros aparecen por qué a otros chiflados como tú les da por editar un texto que no se publicaba desde 1890, pongo por caso, da igual. La emoción de ese encuentro es la misma.
Como la emoción de tropezarte en un texto con la frase justa que expresa lo que tú sientes, sin más ni menos, o la que casi insensiblemente te cambia la forma de ver el mundo (Los dos nacimientos de Dionisio de Robert Graves en mi caso) o esa otra lectura que te envuelve y arrastra por que no es el tiempo en que te corresponde leerla a un abismo de depresión y angustia del que no sales ya jamás (Bomarzo, de Múgica Laínez), o que te eleva como San Juan de la Cruz, o te hace reír a carcajadas (Ah, pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? De Jardiel Poncela) o la de empequeñecerte ante la grandiosidad (Fortunata y Jacinta, La Regenta, Cien años de soledad) o la que se te graba a fuego lento en la piel del alma (“Mi vida es un erial, flor que toco se deshoja, en mi camino fatal alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja), la que nos formó o deformó en los primerísimos años, Samaniego, por ejemplo.
Lo malo de que los libros sean venas, articulaciones y parte de tu vida es que, como el resto de tu vida, se va acumulando, algunos pierden funcionalidad (las Enciclopedias, habiendo internet no tienen sentido) otros se han quedado atrás (varios tengo yo basados en el color de Miguel Angel en la Capilla Sixtina antes de la restauración, naturalmente una vez hecha esta todo el tinglado teórico del libro se ha ido a hacer puñetas) a otros los has dejado atrás (Manual de Historia del Arte de D. Diego Angulo) pero todos, todos indefectiblemente ocupan un espacio, como todo en la vida, físico o emocional todo ocupa un espacio. Buda dijo, o así lo recogen las tradiciones, que si se hace una balsa para cruzar un río ¿hay que cargar con la balsa una vez cruzado? Ese es el espacio emocional. En mi caso, lector y fetichista de libros, éstos ocupan un espacio excesivo del que ya no dispongo, sobre todo si quiero seguir pudiendo amarlos y leerlos. Una biblioteca de unos cuatro mil volúmenes que llenan los armarios y poco menos que los muebles de cocina llega un momento en que alcanza su tope. Entonces surge la imperiosa necesidad de hacer espacio, o sea, deshacerte de libros de un modo u otro. Como ya he dicho y si no lo digo ahora, en mi entorno nadie aprecia todo cuanto llevo dicho, es decir que nadie apreciaría ninguno de los libros que tengo, prefieren una buena morcilla de Burgos –lo comprendo pero lo Facundo no quita lo Cabral-.  Heroicamente tú, una mañana, la de ayer concretamente abres un armario y te lanzas a desbrozar. A veces es fácil, este es un rollo, este resulta que viene en las obras completas, pero la mayor parte de las veces tienes que hacer un esfuerzo personal enorme para decidir si la biografía del Conde de Cagliostro se queda junto a la de Sade y Cristina de Suecia o sale del armario.
Hasta febrero yo daba unas clases pero se acabó por falta de alumnas, las que no se me murieron pillaron alzheimer y las otras tenían que cuidar a las familias que ya lo tenían. Evidentemente tal y como está el paño y más el cultural y la edad que tengo, no voy a encontrar más trabajos. Por tanto si antes podía pensar que tal o cual texto podría ser útil para las clases ahora ya no, ya no hay clases, ya no hay futuro; y la vida se me escapa por la punta de los dedos mientras aparto un libro que compré exclusivamente para explicar la lectura de un cuadro a mis alumnas y no me dio tiempo a usar.
Libros superados, abandonados por insoportables, útiles pero que no sabes si volverán a serlo en un futuro sin futuro profesional, otros comprados por las ilustraciones cuando ahora todas están en la red, de autoayuda que no sabes si ayudan o todo lo contrario, que te sirvieron ¿volverán a servir? Las arterias y las articulaciones enquilosadas necesitan despejarse de adherencias pero al intentarlo parece que la propia vida se desmorona, como si quitases el esqueleto. Y se te oprime el pecho y sientes ganas de llorar, y lo achacas al polvo, cuando coges una colección recién comprada para el curso que tenía que empezar este mes de octubre y que no va a empezar y lo pones en el montón de fuera. Y todo esto con sólo un par de estantes de un armario repleto.