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martes, 24 de marzo de 2015

Andalucia



Aunque viví poco tiempo yo soy nacido en Andalucia, concretamente en la Isla de San Fernando. Donde se iniciaron las Cortes de Cádiz, cuando el resto del país estaba ocupado. Ahora que lo escribo la historia me suena. Una pequeña aldea, de aldea nada, que resistió al invasor con aquellos que esteros donde cayeron los gabachos como chinches, y hasta aprendieron a hacerse tirabuzones con las bombas que les caían encima en el sitio. La cuestión es que aunque la conozco poco –un poco Almería, Adra, la zona del hotel de Algarrobico, y un día en Sevilla- no es conocer nada, bueno pues siempre me he sentido de algún modo relacionado. Quizás por que la panda de madrileños bravomurillescos de mi familia  no dejan de recordarme y tomarme el pelo con eso de haber nacido Despeñaperros abajo; y quizás por qué algo queda de aquel tiempo corto e infantil. Hemos tenido amigos allí hasta que el tiempo se los ha ido llevando y conozco mil historias de cómo se vivía allá por los 40-50 no sólo en la ciudad sino también en los campos. Para lo bueno y para lo malo algún elemento andaluz se me ha quedado dentro.
Para seguir con lo que quería decir he de dejar claro que no creo en el Estado de las Autonomías ni he creído nunca, menos aún en el de las competencias transferidas, estoy seguro que tiene que haber mejores sistemas que añadir más chupasangres de alta cuna a un país como este cuyas cunas y cuyas camas son siempre muy bajas, es más, muy tiradas. La gestión que han venido haciendo del tema los gobiernos centrales no ha podido ser peor, ni queriendo. Ahora mismo imagino que los pocos amigos que me leen se están indignando por qué estas afirmaciones. Conste que no voy contra ninguna (hijo de gallego y madrileña, de ascendencia manchega, nacido en San Fernando y con un posible origen navarro me queréis decir contra quien voy a ir) Si voy contra los tópicos, los orgullos estúpidos (del tipo mi virgen es más milagrosa que la tuya), y las fronteras personales. Recuerdo un día que en la playa llegó una familia diciendo que era de Burgos, pero con todos los rasgos físicos y de acentos vascos, en general se les hizo el vacío, claro que llegar diciendo que el Mediterráneo no es un mar sino una charca tampoco fue una buena tarjeta de visita. Como descargo, diré que eran los peores tiempos de los atentados y pocos días antes habíamos tenido uno en el pueblo. A ese tipo de fronteras es a lo que me opongo.
Ahora resulta que de nuevo a los andaluces les toca ser el reducto de resistencia, y campo de pruebas, y yo que me alegro. En realidad lo único que quería era responder a quienes andan diciendo que no entienden como con la situación que tienen, la corrupción, etc siguen votando inamovibles a los mismos. ¡Que bonita es la ignorancia! Por favor, echen un ojo a la historia y vean como se ha vivido allí. Hay una imagen  de los años 10-20 de un campo andaluz con sus jornaleros doblados trabajando, y un “capataz” a caballo supervisando con una escopeta. Imagino que no será el único lugar en que se han vivido escenas semejantes, pero quizás sí el único en que el lujo se derramaba en desparrames elitistas, frente a esa misma realidad latifundista. Seguro que no es el único motivo, seguro que hay algunos menos limpios y menos claros, que hay chanchullos, faltaría más, pero esa base antropológica sigue ahí. La figura del señorito, del cacique –que en todas partes hubo- de esa turbiedad de la falsa alegría que, a veces se destila sigue ahí. Una pequeña historia ilustra lo que quiero decir, una querida amiga nos contaba como su hermana era buena costurera usando como acreditación que hasta la Señorita lo había comentado, el ciclo se cierra con la señorita pagando la dote o como se llame para el ingreso de la hermana y del hermano la Santa Madre Iglesia, el círculo se cerraba y no por qué fuera mejor o peor costurera sino por la sumisión que la familia demostrara cuando, por ejemplo, la hija costurera estuvo viviendo meses en la casa solariega bordando un ajuar. El orgullo de nuestra amiga no era pensar en el mérito del trabajo de su hermana sino en el hecho de que lo había dicho la Señorita. Ahí tienen, mezclado en la sangre, el suelo que tardará generaciones en desaparecer y que impedirá que los herederos de aquellos señoritos lleguen al poder, legalmente, claro.
Estoy seguro de que estos puntos deberían desarrollarse más, y poner nombres que nadie quiere leer, pero reconozco que no tengo la suficiente formación como para profundizar más, lo mío es Japón, ya sabéis.

jueves, 19 de marzo de 2015

Picasso en El Prado

 "La primera comunión", de Picasso, evidentemente de su primerísima época y decimonónico total.
 "Ciencia y caridad", algo más tardío, presentado a exposiciones donde le tomaron el pelo a modo sobre todo por que "le toma el pulso a un guante". No se puede ser más decimonónico, ni proponiéndoselo.


Actualmente andamos sorprendidos por la importancia que dos personajes fundamentales andan en boca de los “medios”: Cervantes y Picasso. De Cervantes, si me lo permitís, hablamos otro día hoy prefiero centrarme en la figura de Picasso.
De lo importante de la vida de Don Pablo más o menos todos tenemos una idea clara, longevidad, fecundidad y una inusitada capacidad de cambiar de manera creando el mismo, no un ”ismo” si quisiéramos llamarlo así, sino cincuenta, de su serie de mujeres y la influencia de éstas en su obra –quieran los listos o no- y de sus extrañas militancias.  La mayoría y ahora más sabemos que en el follón de la guerra, creo que en sus primeros momentos, fue nombrado Director del Museo del Prado por el gobierno de la República, evidentemente. También es sabido que dijo mil veces que quería que sus obras se conservaran en el Prado. ¿Y qué pintor no?
Estos días la cesión temporal de un museo cuyo nombre encontraréis en cualquier parte de una buena cantidad de obras ha colocado en la galería central del Prado diez picassos, diez maravillosos picassos.  A priori se trata de una exposición temporal y como tal debería haber sido tratada por las élites que saben de esto y por los medios que no parecen saber hacer la o con un canuto. A raíz de esta exposición se ha sacado a relucir el viejo y apolillado dilema de que si Picasso quería estar en el Prado, debería estar en el Prado y no en el Reina Sofía. Repito ¿Qué pintor no querría ver sus obras colgadas en el Prado? Claro que algunos lo merecerían como el propio Picasso pero hay unos cuantos aspectos que hacen que sacar del baúl este tema sea ridículo.
En primer lugar y afortunadamente las colecciones pictóricas españolas son inmensas, todos nuestros monarcas fueron aficionados y mecenas de pintores, la desamortización también convirtió patrimonio religioso en parte de esas colecciones, más las colecciones y donaciones privadas que se han ido sumando, sin contar las piezas que los Amigos Del Museo del Prado han ido añadiendo buscando cubrir los escasos huecos que han ido quedando, pues a partir de XIX no estaba la Magdalena para Tafetanes ni España para comprar Renoirs o evitar que se escaparan piezas nacionales,  en conjunto tenemos un inmenso patrimonio pictórico del que es difícil darse cuenta sin haberse enfrentado al almacenamiento de “lo que no se ve” de, por ejemplo, El Prado ya que nos centramos en él sin contar con otros museos como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y Dios sabe cuantos más que ni habré oído nombrar.
Es más que evidente que el patrimonio total del Prado es imposible que quepa en el Edificio Villanueva, ampliación incluida. Teniendo en cuenta esta innegable realidad hace años se planteó que el abandonado  hospital con sus inmensas salas  se convirtiera en Museo independiente de Arte del XX, a pesar de que nuestras colecciones del XX sean evidentemente más pobres que las de tiempos anteriores e incluso estén más dispersas entre coleccionistas y museos extranjeros. Había además un asunto serio que tenía mal arreglo: El Guernika. Mantenerlo en el Casón lo inutilizaba y además le colocaba fuera de lugar bajo unos frescos de Luca Jordan, por si fuera poco, aislado de cualquier otra colección, en un edificio del XVII. Desplazar el Guernika a lo que hoy es el Museo Reina Sofía y convertir éste en la sede de las colecciones de arte moderno pareció la solución perfecta, y creo que lo es.
Cuando un conjunto de lo que sea tienes que poner el corte en algún punto, a veces injusto, pero hay que hacerlo y se decidió que ese corte se pusiera precisamente en Picasso. ¿Por qué Picasso precisamente? La respuesta se podría reducir a una obra “Las Señoritas de Avignon” 1906 con la que hace saltar todos los presupuestos pictóricos (sé que estoy simplificando en exceso al hablar de esta obra pero tampoco es el lugar para entrar en erudiciones) habidos y por haber. Por otro lado el Prado “se quitaba de encima” los siete metros de Guernika que no encontraban lugar adecuado, en el Reina Sofía si no lo ha encontrado no ha sido por falta de espacio desde luego, que quizás no sea –no es- el mejor espacio para colocarlo no tiene nada que ver con el espacio ni el contexto sino con la gestión del Museo.
Ahora se está proponiendo que Picasso entre de nuevo en el edificio Villanueva. Podría argumentar de mil maneras pero me voy a limitar a explicarlo con tres imágenes si me lo permitís. 


 "Condesa de Vilches" de Federico Madrazi y Kuntz 1853. Portento de técnica y sensibilidad, de habilidad pictórica en un siglo en que la pintura casi alcanza la perfección técnica.
 "Retratro de Gertrude Stein" de Picasso, 1906, en plena búsqueda, con aquella anécdota del "no me parezco", y su respuesta "ya se parecerá" como efectivamente acabó ocurriendo.
"Boceto de mujer llorando"creo que para el Guernika pero a lo largo de su carrera hizo tantos que quizás no lo sea. Años treinta.

La ruptura es tan brutal que la colección se escinde por sí misma, desarticulando la estructura del Prado clásico y eclipsando por completo el resto de la colección del Reina Sofía, demasiado poco conocida, por cierto, y mucho peor promocionada con las actividades paralelas a las de lo que podriamos llamar el cuerpo del museo. Sinceramente creo que estas tres mujeres hablan por si mismas del salto en el arte de la pintura que supuso la obra de Picasso y de por qué debe actuar de frontera en este caso concreto. La otra pregunta es ¿A que viene sacar a colación el temita ahora? ¿No se estarán trayendo algo entre manos? No digo nada pero se calcula que el traslado de un museo supone la "perdida" del diez por ciento de sus fondos.

jueves, 12 de marzo de 2015

11-M, once años.

Con retraso, como voy este año, pero no quiero dejar pasar este horrendo aniversario.
Como sabeis, dibujo. Lo hago en bloc. Mientras el dibujo permanece en el bloc todo va bien, está perfectamente localizado y puedo ir corrigiendo. Claro, cuando el bloc se acaba suelo arrancar las hojas y clasificarlas (la mitad a la basura, otras para intentar sacar de ahí una pintura y otras cerradas en si mismas) cada grupo en una carpeta. Es entonces cuando las pierdo, cuando se descontextualiza de la realidad cotidiana el dibujo suelto o en bloc, acaba mal colocado, o peor, estropeado. Algo parecido me pasó a mí ayer con este aniversario. Sumido en una pesadilla informativa peor por todas partes pasé por alto una fecha que partió el país en dos, de hecho formalmente hasta las celebraciones se hacen por separado, pero no es es a eso a lo que me refiero. La vida de ningún madrileño que viviera aunque fuera desde la televisión ha podido ser igual desde entonces. Hasta la ciudad parece respirar de otra manera, como si a todos nos hubieran puesto un crespón negro en el alma. Lo que me ocurrió ayer es que nadamos en la inmundicia más abyecta y eso nos distrae de lo importante. Decidme si las noticias que da Andrea Caracortada en "Kika" hace ya más de veinte años 1993 y que eran un verdadero delirio entonces no las habéis oído en el último año. A ver si soy capaz de subirla .https://www.youtube.com/watch?v=lP8LMg3SDUQ Como no soy capaz de subirla os remito a ella. A este plan es dificil sacar la cabeza de la mugre y recordar, por lo menos a tiempo.

domingo, 8 de marzo de 2015

Esañamiento

Aguirre nombrada candidata a la alcaldía de Madrid: ensañamiento inexplicabe contra la ciudad.

lunes, 2 de marzo de 2015

Marzo

Nuestra bella jardinera prepara el terreno para el próximo despertar de la tierra y hace bien pues de un día para otro la primavera desembarca de golpe.
Marzo viene de Marte, así que este puede venir satisfecho, ¿será por guerras?
En fin en algunos jardines ya hay pequeñas margaritas que no sé como se llaman, al lado de casa hay brotes de rosal aun con diminutas hojas rojas que no sé como no se han helado pero ahí están, han florecido y casi pasado las mimosas, los almendros también en algunas zonas. Ah, y las alergías, que son también parte de la primavera, que siempre se nos olvida. 
Está rara la climatología de este año, pero bueno, este año está raro todo, incluso parece que vamos a perder de vista a la Botella. Claro que "otro vendra ....
Si, está todo como desencajado, navidades blancas en febrero, rebajas de enero en febrero, Semana Santa a caballo, como siempre, pero viniendo como vienen los climas puede que tengamos que ir en tanga a las procesiones o construir un iglú para verlas.
Además es el Año Nacional de "Vamos a contar mentiras, tralará" con el montón de elecciones que tenemos a la vista. Eso sí que va a ser ciencia ficción y no lo que hacía Verne, don Julio.
También es el Año Nacional del "¿Estamos locos o qué?" cuando por un vaso de agua medio lleno se vendía por veintemil euros, eso sí, no cuando se pagan cifras estratosféricas por masas de músculos dopados y encima se estafa al fisco.
En otros tiempos se consideraba que Año Nuevo era el 25 de Marzo, día de la Anunciación. En cierto sentido es asi, no por cuestiones religiosas sino por que parece que cambiamos de mundo, cambiamos de hora, lo que nos lleva a disfrutar o sufrir más del día. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan, no sentamos en las terrazas, nos resfriamos por que aun no es tiempo de tomarse un helado sentado en una terraza a las cinco, ni de salir en manga corta a las seis de la mañana camino del trabajo. 
En el fondo no es más que la primigenia alegría de sentir que el atroz tunel del invierno empieza a acabarse y un año más le hemos sobrevivido. Bueno, en ello andamos que todavía le quedan días al muy cabrón.

jueves, 26 de febrero de 2015

La nieve ya no es lo que era

"Señorita bajo la nieve" Herman N Hyneman (1849-1907), autor sorprendentemente norteamericano, si mis casi nulos conocimientos del idioma del pirata Drake no me traicionan.

Vale, ahora será más cómodo todo, pero ya no se ven estas delicadezas bajo las nevadas, ese recoger de vuelos de faldas provocones para lucir botín y tobillo, esos taconcitos inestables, esos paraguas que no sabes sin las cubren, o las descubren o van a echar a volar en plan Mary Poppins, instrumento como la sombrilla o el abanico de coqueteo quizás inconsciente. Esas manitas enguantadas. En general esa delicadeza que te impulsa a entrar en el cuadro y decirle "¿Me haría el honor de permitirme ayudarla, mademoiselle?"
Vale, ahora es todo mejor para ellas y, por tanto, para nosotros: pantalones, botas de carabinero, feroces chaquetones, abrigos, plumas, de diseño funcional, capucha, y los guantes son, desde luego efectivos, pero dentro podría haber una mano delicada o la de una luchadora profesional. Años hubo en aquel tiempo en que el veinticinco por ciento de las muertes totales en, por ejemplo, París, se debían a las pulmonías que imponían las modas harto delicadas. No me consta cuantas jovencitas fenecieron quemadas vivas al acercarse demasiado a la chimenea para intentar calentarse después de paseitos como este, entre ellas las hermanas de Oscar Wilde y una pariente del Emperador Francisco José. Desde luego resulta del todo imposible cuantas se cargaron los médicos con sus remedios para catarros y resfriados comunes y cuantos de estos no hubieran tenido consecuencias si la capacidad pulmonar de las damitas no se viera reducida a un treinta por ciento o menos por obra y gracia del corsé que les daba ese aire de fragilidad exquisita y que no creo que ayudara a la hora de parir. Así que no seré yo quien defienda aquellos tiempos.
Y, sin embargo, ¿no echais de menos cierta delicadeza en alguna parte?

martes, 17 de febrero de 2015

San Valentin 2 o todos los santos tienen su octava



A veces no le por más que ya estén medio vacíosqueda más remedio por más que ya estén medio vacíos que arreglar armarios, bien por pura necesidad, bien para buscar algo en concreto. En realidad no es, en sí mismo, nada que tenga mucho que decir, se colocan aquí las sábanas, allá los documentos a eso se reduce todo, o debería reducirse todo. Nunca es así, como dijo el gran bardo de nuestro siglo XX allí nos esperan las pequeñas cosas, las que nos hacen llorar cuando nadie nos ve; que ya bastante siniestro es el asunto, pero, piensa mientras no le queda más remedio que afrontarlo, no son nuestras pequeñas cosas, esas con las que al fin y al cabo podemos ir conviviendo de tarde en tarde. Lo peor es encontrarse las huellas de lo fueron historias de otros.
Es  la caja donde  guarda las bellas postales antiguas que ha aparecido inesperadamente, acechándole. Postales, cartas, recordatorios, estampas, de los ocho años de noviazgo de sus padres. Eran los cincuenta y los San Valentín todavía no estaban de moda, todavía lo importante eran bienes esenciales aunque ya empezaba a iniciarse el consumismo con insinuaciones como la película de la Velasco. Él siempre lejos, Santander, Cartagena, Canarias, Cadiz, enviaba las postales escritas casi hasta por los cantos. Casi suenan los boleros al abrir aquellas desplegables en dos o en cuatro, con pajaritos o florecitas cursis, pero encantadores. Bonet de San Pedro, Jorge Sepúlveda y, sobre todo, Machín con su voz de miel. A ella le gustaba Machín, le gustó hasta el día de su muerte hace ya tiempo. “Dos gardenias”, “Angelitos negros”, “El manisero”. No se entienden  aquellas imágenes sin aquella música, por eso siente especial veneración por aquellos años que tanto le costó entender siendo un jovencito de los setenta con pantalones pata de elefante y porrete escondido debajo del colchón. Tuvo que primero perderla, enfurecerse con ella y sus rarezas que tan mal camino habían traído y, finalmente, leer un libro, un ensayo cuyo título no le hacía especialmente atractivo “Usos amorosos de la posguerra española”.  Allí, entre sus páginas, entendió casi todo pero había más y nada bueno, por supuesto.
En aquellas postales hay vitalidad, no sólo una esperanza de vida y felicidad, una vitalidad, una alegría de vivir en sus remitentes que nunca les conoció. Claro que sus recuerdos más tempranos pasan, ya entonces, por discusiones eternas, rencores, arrepentimientos de matrimonio.  Ya en la radio no sonaban boleros sino porrompoperos, chicas yeyé, y yencas. Según creció pudo darse cuenta de que debajo de aquella eterna guerra continuaban vivos los textos interminables de las postales del 53, 54, 55, e incluso de los esfuerzos que ambos hacían en vano para sacarlos por encima de aquel marasmo de insultos enrabietados, palabras coléricas y gestos hostiles, incontrolables que lo mismo estallaban en la casa, que en mitad de la calle o en una reunión familiar, sin tregua, ni siquiera esas ridículas treguas navideñas, no, al contrario: la Navidad, un cumpleaños, cualquier día especial los combates se recrudecían sin concesiones, no importaba donde no importaba delante de quien. 
Como era de esperar las cosas no mejoraron con los años, todo lo contrario, la palabra pronunciada se enquistaba, ya no se pasaba por alto sino que se sacaba a relucir cuando convenía. El espíritu de aquellas postales, que algunos llamarían amor, de aquellas cartas, sin embargo, continuaba y casi se diría que cobraba fuerza, no sus ganas de vivir, no su alegría. Fue quizás el peor tiempo, no tenía edad de saber ciertas cosas, de saber ciertas cosas, esas cosas familiares que nadie debería saber nunca por que ya son historias demasiado viejas para que le importe o por que son demasiado íntimas. El era demasiado joven, por ejemplo, para saber que, al menos en parte, el sexo era una de las causas de aquella situación, no la única. Era inevitable, a unas respuestas que no quería oír siguieron unas preguntas que no debía hacerse. Por ejemplo, ¿Qué había pasado en la superficie de sus vidas entre los textos de aquellas postales, que sabía vivos en el subsuelo, y lo que a él le había tocado vivir? Sus amigos de los que tanto hablaban y que habían tenido sus hijos prácticamente al mismo tiempo habían desaparecido, incluso los vecinos que solían pasar a charlar por las tardes de invierno dejaron de hacerlo. Fue en aquellas charlas en las que se hablaba de lo divino y de lo humano, más bien de lo humano, todo hay que decirlo, donde había empezado a oír desde muy pequeño las historias de diversos partos: mi Pepi, casi me nace en el taxi, mi Angelín, nació en el intermedio de Las Leandras, para sacar a Anita la comadrona se me tuvo que subir encima, yo creía que me había muerto y Dios me había condenado a las penas del infierno. En realidad a él siempre le han gustado las mujeres en todos los sentidos, por eso siempre se le encontraba de pequeño, silencioso y observador, escuchando con los ojos, y más aun los oídos, muy abiertos, entre las faldas. Lo que le enseñó cosas que no siempre jugaron a su favor. El caso es que escuchar el parto de su madre que entraba en el juego de la conversación con la misma naturalidad que las demás, Por cierto, que hace falta ser bestia para contar delante de los hijos, no era el único que estaba allí, semejantes atrocidades pero es o era al menos uso femenino tradicional. Entonces hablaba de las veinticuatro horas de parto en una noche de tormenta, con la comadrona sin apenas prestarle atención, hasta que casi fue tarde, con las mujeres de la casa donde tenían alquilada la habitación dándole canela para abrir los conductos, oyendo a los hombres, también a su marido reír y celebrar el nacimiento. De cómo las contracciones desaparecieron de golpe y ahí fue el correr. Tuvo que parirle sin contracciones con caderas casi de chico. El horror vino ahora: el niño no lloraba, ya podían sacudirle una somanta palos, el niño no lloraba. Otra vez a correr por una inyección esta vez para él y por fin rompió en llanto.  Según fue creciendo y conociendo la resistencia al dolor de su madre, se le metió en la cabeza que aquella experiencia había sido ese “algo” que ocurrió entre ambos momentos, luego pensó que a eso habría que añadir estar escuchando la celebración al otro lado del tabique. En suma, que lo que había pasado había sido él. Así fue anidando la culpa cuando les veía a sus cuarenta y pocos años como dos seres que parecían dedicados exclusivamente al arte de herirse.
Según crecía y se iba haciendo hombre, lo cierto es que se iba haciendo más retraído y, por supuesto, más tímido con las chicas. De hecho tomó fama de maricón en su entorno, no le importaba, en realidad, lo único que le importaba era conseguir hacer su carrera y salir de aquella casa. Sí, amigos tenía, en los grupos siempre hay que reírse de alguien ¿no?, ese era su papel pero tampoco era tan importante, eran lo bastante amigos para pasar la tarde, irse al cine o a dar unas patadas, ni ellos querían que se les viera demasiado con el maricón, ni él les hubiera permitido acercarse más. Ni mucho menos entrar en su casa, siempre al borde de la explosión. Por eso procuraba irse pronto los domingos,  si no lo hacía y le creían dormido la bronca era sorda, continua, pero “sotto vocce” que acababa por oprimirle el pecho o liarse el también a voces. Ya lo había hecho muchas veces pero no sólo no arreglaba nada sino que quien dijo que entre matrimonios no debe meterse nadie, y menos los hijos, tenía mucha razón pues no logró sino darles más temas de confrontación. Era inútil, no había forma de escapar de aquello, al fin y al cabo vivían los tres en la misma casa y él estaba aun estudiando. A veces, todavía hoy cuando piensa en aquello, era como estar enredado en una telaraña sin fin, pues aquello que llaman amor todavía brotaba, casi por sorpresa en pequeños detalles, en palabras sueltas, en comentarios que el otro no oía. Una maldita telaraña tejida a seis manos, pues él no había dejado de tener mucho que ver con sus intentonas para mediar. El sexo, el parto, y luego él como único lazo.
-Si no fuera por el chico te juro que no me veías más el pelo –era una frase repetida por uno y por otro en plena refriega.
-Maldita la hora en que
Y ahí se quedaba la frase, colgando, o el “si no fuera por lo que es”, o sea él, “aquí iba a estar yo”. Sin embargo, aquello no era suficiente, había palabras peores, que si en la adolescencia ya había aprendido a torear, de niño le sumían en secretos terrores no siempre nocturnos. Por eso siempre tuvo prisa por crecer, para alejarse de todo aquello. Pensaba una vida tranquila, sus clases, su casa, sus lecturas, si acaso escribir algo, sí, claro, como no, con una familia pero curiosamente nunca se tomaba en serio a sí mismos al acercarse a una chica. Era, como decían “boda y mortaja del cielo bajan”. Nunca daba un primer paso, aunque más de una vez estuvo a punto, por qué sabía que de lo delicado del asunto y se veía demasiado tosco para hacerlo, nunca veía los primeros pasos por qué no pensaba que fueran hacía él. Entretanto la vida se iba espesando y la telaraña transcurriendo, sólo se animaba pensando en que ya quedaba menos para irse de casa.
Es curioso que recuerde el último San Valentín, coincidió con ellos en un gran almacén, él soñando ya como iba a elegir la cama y demás, pues el trabajo estaba asegurado y la casa no tardaría en llegar. Ellos, buscando no recuerda qué. Naturalmente le tocó elegir el regalo, unas flores metálicas de tradición artesana de algún sitio.
Últimos exámenes,  primeros días de trabajo y la muerte de la madre en un infarto fulminante. No estaba en casa y siempre se ha arrepentido de haber vuelto aquella noche, debería haber huido aunque no supiera de qué. Ahora, desde entonces, ya no hay posible huida, acompaña a su padre que, de algún modo, sólo ha salvado de casi treinta años de convivencia, esa pasión subterránea, eso que llaman amor, eso de lo que él –lo ha descubierto tarde pero lo ha descubierto- se ha pasado la vida huyendo para no volver a vivir lo vivido. Ha olvidado casi del todo el infierno cotidiano de los tres “amores” cruzados, como los fuegos, no lo ha olvidado, evidentemente, pero casi no tienen importancia para él. En cambio su hijo, recuerda todo lo contrario, lógico, no puede recordar lo que no se ha permitido sentir: esa lengua de lava subterránea que aparece en esas postales, en esas cartas. El no quiso vivir el infierno de la superficie y la telaraña aun más espesa y opresora, le ha arrebatado la posibilidad de vivir las tonterías de las postales con pajaritos, de los juramentos eternos, de los apodos tontos.  Y, precisamente hoy, un absurdo día de San Valentín, cuando ha vuelto a reencontrarse con esas postales, esas cartas, ese torrente siempre ajeno e incluso con algún bolero que ha sonado en la radio “si se queda el infinito sin estrellas, si perdiera el ancho mar su inmensidad”.  Pasará la tarde viendo comedias románticas con su padre y luego intentará seguir con la novela que tiene que entregar  en diez días: “Amor en campiña”, de la Colección “Tul ilusión”. La telaraña tejida a seis manos ya se ha cerrado definitivamente en torno a él. Con una sonrisa y, tal vez, un principio de lágrima, coloca las bellas postales antiguas y cierra la caja.