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miércoles, 23 de abril de 2014

Pequeñeces de una Santa Semana


Me vais a perdonar pero hoy no estoy para equilibrismos mentales y menos de los otros. Así que como quien dice voy a escribir esta entrada a vuela pluma o a vuela tecla cabría decir sin pretender nada más que dejar flashazos de estos últimos días.
Viernes de Dolores, era lógico que con ese nombre empezara mal la cosa, pero es que aquí entre Dolores, Soledades, Martirios, y penas varias se nos va el santoral femenino. El caso es que estaba yo a mis cosas cuando suena el teléfono. ¡Alegría es una antigua amiga de mis padres a quien apreciamos mucho! Llama para preguntar por otro común amigo a quien ha perdido la pista, no sabemos nada de él. Preguntamos por los amigos de allá de la tierra donde nací y que no conozco; veamos, tres muertos, entre ellos la hija de esta amiga de mi edad, uno de sus yernos con unos siete infartos y la que queda de las dos hermanas amigas de siempre ya no sólo está sorda cual siete tapias sino que la pobre está perdiendo la vista. Sí, claro, estamos hablando de gente que bordea los noventa pero no por eso menos querida, coño, además si están vivos, por lo menos que tengan un mínimo, más coño. Salimos y encontramos a un antiguo compañero de por entonces le preguntamos por el amigo por quien preguntaba la llamada. Bien: primero perdió la cabeza, luego le ingresaron en una residencia y finalmente se murió con el añadido de que su mujer ahora está ingresada en una residencia por que ha perdido la cabeza. Joder, todo en menos de media hora. Hay cosas que acaban haciendo mella en el alma de uno, por muy lógico que quiera uno ser.
Como todo el mundo tengo una amiga que se llama Dolores, voy a comprarle el regalo, un centro con plantitas y tal a una tienda nueva que se abrió con ayuda solidaria y tal, precisamente para ayudar y me dicen que la van a cerrar, curiosamente una de los pocos comercios de mi barrio que no parecen salidos de una peli de Tim Burton, llena de flores y vida animal. Es que en mi barrio lo más animado son los cementerios y vivimos entre tres, a falta de uno, ah, y un tanatorio.
A un juez le van a juzgar por juzgar a un delincuente, un capitán de barco se escapa del naufrago el primero dejando a no sé ya cuantos cientos de adolescentes hundirse, por cierto uno de los profesores también pero por lo menos éste ha tenido la decencia de suicidarse que viene a ser lo mínimo.
Me voy a una exposición de artesanos textiles japoneses contemporáneos. No sé si es que no sé qué son textiles o que no sé qué quiere decir contemporáneo. Me entero de poco o nada, voy a coger un folleto para indagar de qué va todo aquello y no hay. La tienda del museo está cerrada. Me preocupa la salud de mis neuronas. Voy con una amiga a quien, como no, quieren despedir siendo funcionaria por oposición y demás.
Paso por alto, de momento, mi estado de salud general.
El martes se suspende la clase de pintura, lógicamente. La tarde se queda vacía. Hago como que dibujo.
Enciendo la tele y veo terremotos, incendios, naufragios y encima legionarios haciendo de legionarios, pobre Cristo de Mena.
Item más, el sábado previo a traición programan “Un rayo de luz”, se vea o no se vea la cosa tiene sus bemoles ¡¡¡¡¡”Un rayo de luz”!!!!! Yo soy partidario de que este tiempo es buena excusa para péplums y demás romanadas e incluso para el buen cine religioso, que lo hay aunque no lo creamos, pues no: “Un rayo de luz”
El jueves hacemos en casa las torrijas. Nos salen mal, incluso después de haber perdido la mañana del martes para ir específicamente por el pan a la panadería que se supone tiene el mejor pan de torrijas. No es eso lo peor. Ni siquiera lo peor que es que se muera García Márquez, lo peor son los recuerdos que el olor de freír las torrijas le traen a uno a la cabeza. En otros tiempos, me encerraba con mi madre a hacerlas, pasábamos toda la tarde, mi madre murió cuando tenía un año menos de los que yo tengo ahora. Esa era la tarde del Miércoles Santo, el Jueves Santo unos tíos míos venían de lejanas tierras exóticas (Alcorcón, para ser exactos) y nos recorríamos una ciudad vacía aprovechando el puente. A veces comíamos juntos. El Viernes Santo, de los cuatro puntos cardinales de mi ciudad se ponían en marcha unos cuantos coches para confluir en la Sierra, la Única Sierra, en casa de una de mis tías que preparaba potaje para treinta y tortilla de patatas para dos. Ahora la mitad de todos aquellos personajes han muerto y los otros han decidido dejar a los demás en la cuneta, en todas las cunetas.
En mi barrio el Domingo de Ramos hay una procesión modestísima pero precisamente por eso encantadora. Normalmente no voy pero el último Domingo de Ramos llegué a tiempo de la salida de misa donde se supone que va la otra parte de mi familia con hijos y nietos, vivimos cerca, así que pensé, me voy les veo a la salida, sobre todo a los niños y me vuelvo con ellos. Esperé hasta que acabó la misa, por cierto, el SAMUR apareció a la una preguntando que cuando empezaba la procesión que había empezado a las doce, claro, se fueron; de la iglesia salió todo el mundo menos mi gente. El martes supe por casualidad que se habían ido no sé a donde, literalmente no lo sé.
El Viernes deambulo sin rumbo, me atiborro de torrijas y veo la tele. Me gusta ver algunas procesiones. Me aburro existencialmente. Siguen los terremotos, los naufragios y demás desastres. Se cae una Virgen, se cae un Cristo, como este año no se licue la Sangre de S. Pantaleón lo llevamos claro. Como hace bueno la gente se mata más en carreteras. Me vuelvo a atiborrar de torrijas para cenar. Sábado repito de todo, incluso de torrijas. Domingo: me revientan las torrijas y los potajes en todos, pero todos, los intestinos, el lunes parece que la cosa ya ha entrado en vías de recuperación pero el martes queda claro que no era más que una tregua. No puedo ir a clase, hoy por hoy, el único sitio donde me encuentro a gusto.
Monas de Pascua con botas de fútbol y mensajes que ahora dicen “soberanistas”, lo que son independentistas de toda la vida. Y yo creyendo que eran para niños. Podían hacerlas con las forma de la Pataky por ejemplo.
Escucho un anuncio: “Papa, si os casastéis en abril y yo nací en junio ¿Mi embarazo duró tres meses?” y una voz medio grita: “Cuanto menos tienen que hacer más tiempo tienen para PENSAR. Tráelos a ….. a que jueguen con sus amigos no sé cuantos (creo que era Bob Esponja pero no estoy seguro)”. Me estremezco de pavor. Casi tanto como cuando veo los paisajes levantinos decorados con los vacacionantes, es imagen que me espeluzna especialmente. El frutero del barrio, conocido y apreciado de toda la vida amanece muerto el Viernes Santo. Nos enteramos ayer.
El Sábado de Gloria aprovecho la ocasión para acercarme a comprar a Palomeque, para quienes no estén familiarizados con el viejo comercio madrileño, es uno de los pocos que van quedando de artículos religiosos a todo nivel, de postales a imágenes de culto. Un viejo y delicioso local repleto de imágenes de santos y Vírgenes, algo que se entiende, no como esos otros comercios que bien están repletos de aparatos que no sabes ni para qué narices sirven o bien están repletos de flamencas a la Gaudí, camisetas del Real Madrid y el Barcelona y tazas con la I y el corazoncito. Compro un álbum de fotos para la comunión de la hija de un amigo. De nuevo los recuerdos se agolpan y nunca son buenos. Casi siempre aparecen para hacer resaltar los vacíos que han aparecido sin motivo. Allí me compré mi cordón de marinerito y el rosario etc. Allí compré gastando mi último céntimo otro cordón para un pariente que no parece recordar que existimos, como todos, por otra parte así que nada que reprocharle, si acaso a mí por gastarme aquel pastón.
En resumen unos días corrientes con la salvedad de la explosión intestinal que aun anda jodiéndome hoy, día del libro, y que me ha dejado recluido en casa. Gallardón dice que es un disparate expropiar a la Iglesia la Mezquita, sobre todo teniendo en cuenta que no es suya. La aguirre, sí, con minúsculas como hiena, alimaña o carroñera, monta un espectáculo para que la iluminen los focos y, dóciles, los focos la iluminan. Ella es la vedette la vedette de un teatro de revista y como es chica lista pasará de corista a alcaldesa si Dios no lo remedia. Por cierto, Tio Pepe vuelve a Sol.
En realidad es en tiempos como este cuando uno comprende que Oé nos dé las gracias por no suicidarnos.

YO SOY LA VEDETTE - Gracita Morales


sábado, 19 de abril de 2014

Dos emes en realce (décima entrega)

Su salvación llegó de la mano de uno de esos espejismos que llaman “Milagro económico” y que suelen tener más de estafa con huida hacia adelante que de milagro propiamente dicho, uno de esos momentos en que todo el mundo compra de todo a la vez en el mismo sitio. Uno de esos momentos en que se pone de moda comprar un 4x4, una colección de Lladró, un abrigo verde que tiene apellido o…, como no, un pisito en una playa del Levante español.
Fue la salvación de nuestro Manolo y también a Mariola le dio cierta tranquilidad pues desde el último traslado vivían en casa del ministerio y no quedaba claro si al jubilarse o al enviudar permitirían seguir habitándolas. Al fin y al cabo tenía muchas posibilidades  de enviudar, dada la diferencia de años. Su marido disponía completamente de su tiempo, siempre había que ir a hacer algo justamente el fin de semana que alguien proponía algo que a Manuel no le viniera bien, que si poner la estantería, que si comprar las lámparas, que si… en fin, todas las pequeñas minucias que requiere entrar en una casa nueva por mínima que sea, que la del matrimonio lo es. Un salón exiguo, un balcón-terraza cuadrado quizás algo más grande que el salón y que se abre sobre la playa directamente, un dormitorio en que cabe la cama dos mesillas y las cortinas pues viene con armario empotrado que viene a ser del mismo tamaño que la cocina. Lo único de un tamaño decente es el baño, claro que en el retrete no se puede instalar nadie a dormir. Había encontrado Manuel el medio perfecto para controlar su tiempo y su vida. Mariola, por el contrario, no se encontraba cómoda con tanto ir y venir pero, claro, Manuel nunca se lo preguntó y ella, entendiendo que eran ciertas las labores para preparar aquel habitáculo a capricho –literalmente-, no comentó nada.
Entretanto el tiempo pasaba, normalmente no suele traer nada bueno y así fue para Mariola cuyas enfermedades reverdecieron a partir de los cincuenta y los sustos que se quedaron en nada como los bultos en los pechos abundaron afortunadamente como falsas alarmas. Sí, el tiempo pasaba, y con el tiempo la historia, la grande y la pequeña. La pequeña historia de nuestra pareja tuvo un hito importante aunque en absoluto visible. Naturalmente Manuel durante esos fines de semana, esos puentes y esa Semana Santa se había ocupado primero de encontrar confesor, y luego, por supuesto, de saber quien era alguien en aquel pueblo, vieja sede caciquil de la comarca con casino estilo Alhambra y centro del juego prohibido desde el XIX, alcaldes, alcadables y demás. No tardó mucho en entablar buenas relaciones con ciertos personajes que todavía vivían como antes del 75 y así llegó el primer verano. Orgulloso nuevo propietario Manuel arrastró a Mariola, que hubiera preferido ir a ver a sus padres ya mayores, a su apartamentito en primera línea de playa, ¿Qué digo primera? Primerísima. De hecho al salir del porta sólo había que bajar un escalón para estar en plena playa, obviamente es ilegal pero el alcalde de turno lo permitió y a ver quién es el gallito que tira ese bloque con doscientos apartamentitos –el más grande de los cuales es el de Manuel y Mariola-. Ni siquiera entonces Manuel se dio cuenta. Al abrir la ventana, al sentarse en la terraza, al salir a la calle, todo era una exhibición de cuerpos semidesnudos, carnes firmes, muslos prietos, hombros anchos, pieles bronceadas. Atrapado por una hipoteca que le mantendría bien sujeto hasta la jubilación y más allá nuestro hombre se encontró en un ámbito que como el cine, la televisión y hasta la literatura le desazonaba intensamente sin que pudiera expresarlo hasta agobiarle de un modo intolerable. Aquel primer verano, sugirió que la segunda quincena de agosto podrían ir a ver a la familia de Mariola. Lo hicieron pero básicamente para recibir la mala noticia de que los abuelos se trasladaban a Madrid, a un barrio cercano al suyo ya que Andrea y su marido se instalaban definitivamente en Madrid. Su movilidad laboral, por otra parte, al ir perdiendo los contactos de otros tiempos, había disminuido bastante y amigos y familiares comenzaron a tomar la mala costumbre de ir muriéndose o dejando morir las relaciones. El cepo se iba cerrando sobre Manuel mientras que Mariola se iba encontrando cada vez más a gusto tejiendo una nueva red de relaciones que pasaban por una cierta cotidianeidad. Hubo un punto, un tiempo para ser más exactos, en que se alcanzó un equilibrio tolerable para ambos pero duró poco pues el tiempo suele pasar y en aquella época hubo una generación funcionarial a quienes, sin tener nada en contra de ellos, convenía no tener pululando por pasillos y ventanillas. Surgió entonces algo terrible que dio en llamarse prejubilación que sorprendió como una puñalada trapera a Manolo precisamente en tal tesitura que no podía dejar de ir y venir pero bien para atender a la familia, los padres de Mariola eran mayores y su cuñado se estaba quedando ciego, o bien para solventar problemas del apartamentito. Cuando todo se estabilizó se encontró con que se veía obligado a pasar casi todo el año junto a la playa, en primerísima línea de playa, pues prácticamente no salían de allí sino era para alguna consulta médica de Mariola o por Navidades.
En otras y más crueles palabras: prácticamente todo el año entre cuerpos semidesnudos, carnes firmes pues en febrero los turistas ya se tuestan sobre la arena levantina. Incluso desnudos ocasionalmente, mostrando sus miembros, sus nalgas de atletas o de golosos, cuerpos, cuerpos, cuerpos rodeándole por todas partes, cuerpos de hombre de los que había estado huyendo desde no recordaba cuando. Cuerpos e intimidad forzosa con familias del pueblo, con otros matrimonios prejubilados, o, lo que venía a ser lo mismo, peligro de ser descubierto. Cierto día se le escapó una frase que para algunos fue representativa a pesar de la larga cambiada con que la tergiversó sobre la marcha.
-No me extraña que se suicidaran
-¿Y eso?
-Este dolor de pierna es constante y como mi padre se quejaba siempre de las piernas no me extraña.
-Pero pueden operarte ¿no?
-Sí, pero a mí no me meten mano en un quirófano.
Por si todo esto fueran pocas pistas siguiendo los años de la vida en el cepo Madrid-apartamentito se puede ir viendo como Manuel ha ido alejándose de unas amistades, acercándose a otras para volver a acercarse a otras manteniendo así un ten con ten que nunca acaba pues ni rompe ni es lo bastante tupida la relación como para crear situaciones de peligro, el hecho de que algunos de sus más cercanos amigos hayan muerto no deja de haber sido una ayudita, no por lógica más esperada. Sólo un personaje permanece.

domingo, 13 de abril de 2014

Dos emes en realce (novena entrega)


Muy seguro se sentía Manuel con su tupida red de amistades bien situadas, muy dueño de su vida sabiendo pulsar la tecla necesaria en cada momento, sin pretensiones ni grandes ambiciones. Quizás todas las había cumplido y tan sólo aspiraba a eso: a controlar su vida y, por supuesto, la de Mariola. Entre ellos todo era una balsa de aceite, ella sabe estar en cualquier circunstancia, ordenada y metódica, es consciente de su lugar en el mundo, quizás el lugar en que hoy se ve no sea el mismo en que se veía entonces y esté un poco menos satisfecha, él desde el respeto al cuerpo, que a más de una se le antojaría excesivo, y a las formas igualmente aferrado al orden y al método pero, a diferencia de Mariola, no de un modo natural. El orden y el método lo más fijos posible era y sigue siendo para él la única manera que se le ocurre de evitar el caos, ese caos que supone hubo en la cabeza de sus parientes suicidas. Se aferra a ellos como un naufrago, todavía hoy el fantasma del suicidio le persigue y apenas siente desasosiego de cualquier tipo siente su proximidad. Ese es uno de sus grandes fantasmas, el menor sin duda alguna.
Era los buenos tiempos en que nadie hablaba de nada serio, y si surgía, con expresar las doctrinas oficiales al respecto se solucionaba y se podía volver al dolce far niente del no pensar por cuenta propia. Las minifaldas eran un escándalo, el sexo fuera del matrimonio inadmisible, los derechos de la mujer, un cómico delirio, la homosexualidad, un pecado contra natura, la República era el demonio y el Infierno estaba “científicamente comprobado, debajo de Rusia” como salió publicado poco tiempo antes de esos primeros setenta. El hábitat perfecto para la pareja sin duda alguna. Más nunca dura cosa buena y un día amaneció 20 de noviembre de un cierto año llamado 75. Ya sabemos que ocurrió.
En principio Manuel pensó que, en el fondo, nada cambiaría, y salvo por lo que debía fingir como cristiano un dolor por los frecuentes crímenes, que, a fuer de ser sinceros, no sentía, continuó con su vida normal. Sin embargo, no sé exactamente qué le hizo darse cuenta de que el color azul de las camisas se iba aclarando muchísimo. Que algunos de sus jefes eran destituidos, que otros eran obligados a jubilarse con cualquier pretexto. Su red se rompía, y lo peor es que él estaba atrapado en ella, se había significado demasiado en esas compañías. He de reconocer que supo reaccionar a tiempo acudiendo, precisamente, a la única red que había trenzado sólo para hacerse la vida cómoda durante los ingresos de Mariola. Monjas de hospital, médicos, enfermeras, y capellanes. Si tardó en darse cuenta de lo que estaba pasando, al hacerlo maniobró con rapidez, habilidad y astucia de labriego ladino en feria y antes de votar la Constitución ya había encontrado un espacio administrativo en un hospital, bien escondido, bien protegido por Madres Superioras, Padres Provinciales y diversos directores de Hospitales. Naturalmente aquello no salió gratis y ese refugio le costó caro, muy caro. Nada material, por supuesto, faltaría más, ni era su estilo ni tuvo nunca capacidad económica para esas cosas. El precio que pagó fue perder esa capacidad de huir cuando las relaciones se estrechaban, a cambio de refugiarse de sus viejas relaciones tuvo que asumir convivir más con el género humano. Aun así era curioso como no había acontecimiento peculiar, como unas elecciones, que no le pillara de viaje a casa de una u otra familia. Años duros, muy duros, surgieron amistades que se consolidaron entre médicos, enfermeras, algún vecino, con Mariola era inevitable llevarse bien y las huidas sólo podían ser en fin de semana y vacaciones, así que por muy cercanas que sintiese a las personas, por muy a gusto que estuviera en su compañía no podía escapar. Imagino su angustia pero sé que mantuvo el tipo e incluso conservó alguna de sus viejas amistades por si fuere necesario recurrir a ellas. Lo malo seguían siendo las huidas pues sí bien la familia se había desperdigado lo que le permitía diversificar destinos, no dejaban de ser familia. Manuel nunca ha entendido lo que es ir a ver algo, ponerle ante un monumento, un cuadro, una escultura o incluso un paisaje no le produce absolutamente nada, igual que una película, una obra de teatro o un libro. Su cerebro no concibe que eso pueda interesar a alguien. Otra cosa es ir con alguien que lo disfrute, él sigue sin apreciarlo pero actuará para agradar a esa persona, buscará los mejores restaurantes, los mejores hoteles, etc. Eso sí, sólo una vez, más sería establecer unos vínculos que no desea. He de decir en su descargo que tampoco le conmociona una buena comida, la aprecia, sí, pero sin esa avidez animal que caracteriza este país. Estaba pues atrapado en las redes familiares y locales sin posibilidad de escape. Algo tenía que hacer.

miércoles, 9 de abril de 2014

Morbo

 Ingres

Uno que está acostumbrado a moverse por las intrincadas y sinuosas carpetas ocultas y a menudo olvidadas e incluso despreciadas repletas de eso que en argot llamamos “academias”, o sea: dibujos o pinturas sin más pretensiones que eso, ejercicios académicos, casi siempre desnudos masculinos con actitudes neutras o, como mucho, heroicas en plan Aquiles, Anibal o Patroclo y muerto. Sin embargo, deambulaba por la red una de esas tardes en has acabado las web que lees y los blogs que sigues cuando de repente ¡Hale hop! Me aparece esta aparentemente simple academia. A priori igual a cualquier otra como la de Ingres que encabeza la entrada pero no. Aquí había un componente extraño, inquietante y que cabría calificar como morboso, lujurioso, libidinoso y oscuro.




La obra en cuestión es de “Christoffer Wilhelm Eckersberg (Blåkrog 2 de enero de 1783- Copenhague22 de julio de 1853) Pintor clasicista danés y por esto llamado "El padre de la pintura danesa". Nació en la pequeña localidad de Blakrog perteneciente entonces al Ducado de Slesvig y actualmente a la Sønderjylland ( = Jutlandia Meridional), siendo su padre Henrik Vilhelm Eckersberg pintor y carpintero, y su madre Ingeborg Nielsdatter, en 1786 la familia se mudó a Blans un villorio cerca del pintoresco Allesund, luego de los trece años se dedicó a la pintura como profesión sus primeros maestros en el arte de la pintura fueron Jes Jessen en Aabenraa (o Apenrade) y Johann Jacob Jessen en Flensborg. Entre 1800 y 1803 estudió y trabajó en la Academia Real de Bellas Artes de Dinamarca (Det Kongelinge Danskekunstakademi) en donde tuvo entre sus principales maestros a Abildgaard luego, por una beca, fue alumno de Jacques-Louis David en París. Desde 1818 fue profesor en la Academia de Arte de Copenhague y desde 1827 a 1829 el director de la misma. Al clasicismo supo aunar el romanticismo destacándose por sus paisajes y vistas arquitectónicas, asimismo descolló como retratista caracterizando a su pintura la gran limpieza de líneas, el detallado dibujo de las formas y el gran dominio del claroscuro para las carnaduras tal como se hace notar en su célebre Desnudo del espejo. Por esto Eckersberg fue el precursor de la Edad de oro de la pintura danesa.” Palabra de Wiki, que dado el conocimiento que la mayoría tenemos de la pintura danesa no vamos a cuestionar, por una vez.
Deténgamonos un momento ante esta obra. Un primer término de una mesa que corta la figura a medio muslo, recurso muy empleado habitualmente para cortar la “zona comprometida” que aquí en cambio queda explicita y casi resaltada. Tras esa tabla vemos a un hombre joven pero en absoluto adolescente, es un hombre hecho y derecho, como el que veíamos de Ingres, rubicundo y completamente desnudo. Hasta ahí nada que objetar pero sigamos mirando con un poquito de atención, para empezar nada de actitud heroica en absoluto, aunque sí se percibe cierta tensión, más en su cara que en su postura. Otro elemento a tener en cuenta es la fuerte diagonal que cruza la composición del codo al hombro, lo obvio en este tipo de obra es que fuera una espada o una lanza pero no aquí. Vemos como esa diagonal tan marcada sobre la sonrosada rubicundez de su piel es una regla o palmeta que sujeta con ambas manos. Ya sabemos que era instrumento normalmente usado para castigar a los alumnos díscolos o torpes hasta no hace más allá de tres generaciones.
Volvamos a la mesa. A la derecha, no sé si por necesidades compositivas, si es así yo no las encuentro, vemos dos prendas de ropa, una blanca, camisa sin duda, y otra azul. Deducimos que dada la desnudez del protagonista son sus ropas y volvamos a nuestro hombre y a la actitud amenazante con que sostiene la palmeta. La mano derecha la sujeta y parece hacerla baila sobre la mano izquierda como mostrando su capacidad de movimiento.  Bajemos la mirada y centrémonos en ciertas marcas que vemos en algunos puntos de su rotunda anatomía: el estómago, su muslo derecho, demasiado cerca de los testículos, y justo en el pubis, poco velludo como corresponde al género.  Son marcas amarillentas de más o menos la misma anchura de la palmeta, pero ¿son obra del pintor o deterioro del tiempo? La configuración y la poca lógica de su situación me hacen dudar que sean de mano del autor.
Ahora vienen las preguntas, si son de mano del autor está recogiendo azotes viejos, pues todos sabemos que ese color de piel aparece cuando el cardenal va desapareciendo. La mano derecha aprieta con firmeza la palmeta. La mirada recoge miedo y rencor. ¿Nos encontramos ante un hombre que ha sido recientemente azotado y ofrece la palmeta para volver a serlo, por muy absurdos que sean los lugares de los azotes que aparecen? ¿O bien nos encontramos a un hombre que disfruta de antemano del uso que va a hacer de ese instrumento bajo la apariencia de una serenidad nórdica? El espectador  ha de posicionarse, no siempre inocentemente, lo que le da a esta academia una ambigüedad básicamente perversa. Desde Fanny y Alexander y otras lindezas del mundo anglosajon-nordico conocemos el uso del castigo físico que ni siquiera acababa necesariamente con la infancia y las etapas más básicas de la educación, recuperemos por un momento el recuerdo de Ian Gibson y su “El vicio inglés” y nos encontramos ante una imagen que nos descoloca y perturba en más de un sentido. ¿Es alumno, es maestro y si lo es por que está desnudo, es parte de un juego sexual, si lo es qué papel juega?
En fin que una vez más el arte nos demuestra que si se mira bien nunca se sabe a donde nos puede llevar.