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domingo, 20 de julio de 2014

Verano, vacaciones, recuerdos, ilusiones, decepciones.

Habréis observado que últimamente las entradas se vienen distanciando un poco más de lo habitual. No, no pienso dejar el blog, ni siquiera tomarme unas vacaciones estivales. Lo que si voy a hacer es durante un tiempo no presionarme para tener que poner una entrada cada cuatro días como venía haciendo o lo intentaba al menos. Espero que tan solo lo que dura el verano. Si todo va bien recuperaré el ritmo pasado este tiempo en otro tiempo tan estimulante para mí. Ahora veo a casi todo el mundo preparar sus vacaciones con ilusión y expectativas como un espectáculo ajeno que me esfuerzo en comprender pero que no logro hacerlo. Sé que yo viví todo eso: el equipaje, la perspectiva de reencontrar amigos, amores, de romper la monotonía, incluso eso de comprarte un bañador nuevo diferente aunque el del año anterior estuviera nuevo. Sé que todo aquello ocurrió, lo recuerdo, pero no consigo comprender esta pequeña voragine que fue la mía de preparativos y  alegrías. Debo haberme hecho viejo, infinitamente viejeo a mis cincuenta y cinco cabales. No salgo de vacaciones, no me veo con fuerzas, ni físicas ni mentales. Supongo que han sido demasiadas desilusiones, demasiadas perspectivas rotas, demasiado vacío para no agotar al más pintado. No, seguro que machotes que han tenido más pero aun les quedan ganas. A mí, no.
Hoy me he confirmado en lo que yo ya me imaginaba. Caminaba por Preciados cuando apareció otro especimen de enlutada: luto cerrado y media tupida, nada de frivolidades.
Mi experiencia con los lutos no es para contar aquí, ni siquiera para contarla salvo para quien haya vivido algo parecido, baste decir que sólo la tenue línea de no tener dinero para criadas y demás impedía que mi casa fuera algo peor que la de Bernarda a la hora de los lutos. Las odio. Las odio a muerte, mi instinto es la de inflarlas a sopapos para que tengan por que taparse la cara. El látigo de nueve colas se me queda corto. Ya lo sé, ¿a mí que me importa? Nada, nada absolutamente. Como si las parte un rayo. ¿Que son muy libres? Habría que verlo, ver lo que van sembrando con su soberbia de Mater Dolorosa, habría que ver qué exigen desde el pedestal en que se creen subidas con sus lutos. Diréis que en las ciudades ya no se ven salvo entre "minorías étnicas", pues no: se ven y no precisamente limitadas a las minorías étnicas. Si no exigen nada, sí, son muy libres, y, por tanto ¿a mí que coño me importa si van de luto o de verde pistacho? Tras el primer arrebato flagelante me paré a preguntar que narices me pasa. La respuesta está en la imagen que encabeza la entrada.
Como ya habréis reconocido es de "Up", una de las mejores películas de animación y de obligado cumplimiento para quien intenta salir de un pozo, manual debería ser de autoayuda salvo por lo que es la anécdota del aventurero. El protagonista se empeña en arrastrar su casa con todos sus recuerdos a un remoto lugar donde prometió llevar a su mujer y nunca pudo hacerlo. Cargando así con todo su pasado, cuando ya no vale para nada, cuando ya no le ayuda.
Buda decía que si te encuentras un río y haces una barca para cruzarlo, cuando lo has cruzado ¿sigues cargando con la barca?
Pues últimamente el peso de mi pasado está siendo demasiado para mis fuerzas, cosas que aparecen recuerdos indeseaddos, comentarios, películas. Soy historiador y entiendo mucho más el pasado que el presente, no sé de qué va el actual juego de relaciones, de poder, de lenguaje. ¿De qué va el ser humano hoy? No puedo entenderlo, por eso amo el pasado, pero el caso es que así, sin darme cuenta ha ido ocurriendo algo curioso. Cuando alguien quiere liberarse de un objeto o libro, o cualquier cosa, me lo da: "Toma, que yo sé que tú no lo vas a tirar como mis nietos", "Toma, aquí aprendí a leer", "Toma las fotos que guardaba tu tío solterón que nadie sabe de quien son, que a ti te gustan". Cierto, y todas esas cosas van componiendo puzzles tan sórdidos y crueles como los de los pasados de cualquier vida, sólo que soy yo quien carga con ellos. Pasados secretos que abren las puertas de los secretos presentes y que he de callar, añoranzas, amores. Ya no es la casa de mi pasado la que arrastro, son decenas de casas que hay que manejar con cuidado para no herir, que hay que cuidar por que me fueron encomendadas para que no se perdieran. Esto tan abstracto tiene una doble vertiente, por un lado la puramente verbal o incluso escrita, por otro la material. La caja donde alguien guardaba los botones, el alfiler de boda de no sé quien, las fotografías de comunión de desconocidos, felicitaciones fechadas en los años diez, unos guantes de boda. Poco a poco invaden la casa, el espacio y el que queda libre se impregna de las historias que acompañan a esos objetos, los guantes que se prestaron con el tocado y no devolvieron el tocado, la evocación de las calles de los remitentes de los años diez, la pregunta de si sobrevivieron a la guerra, de a quien iban dirigidos. Acaban ocupando tu, mí, espacio, mi, si queremos, alma y la sofocan incapaz de combatir el presente con tan pesada armadura -estoy deliberadamente evitando los más sangrantes-, un guerrero sofocado por su peto y sin espada.
Hace poco ha nacido una niña en mi edificio. Esto en una comunidad más de geriátrico que de otra cosa es más que un acontecimiento. Su madre es la nieta de una vecina que llegó a este edificio siendo ya vieja y vivió creo que hasta pasado el siglo, hace años que murió la mujer. Pues resulta que junto al lujo de la bebita dormida, de esa alegría de la llegada de un niño, de repente resulta que levanto la vista y a quien veo es a la bisabuela, por cierto, una bruja de las de escoba, pues debo ser el único que recuerda sus rasgos y los reconoce en la mamá encantadora de la pequeña.
Cargo con demasiados pasados, hago demasiadas referencias a lo que dijo la gente que conocí y ya no están, la música más moderna que oigo es "La televisión pronto llegará" y hoy a punto he estado de comprar "Arriba y abajo" en DVD.
Un cuento de Cortázar se titula creo recordar "Casa tomada", a Cortázar siempre me cuesta seguirle, en realidad, aunque me he leído todos sus cuentos no he conseguido que me interese en absoluto, demasiado moderno para mí, sin duda. Pero hoy me pregunto si en "Casa tomada" no está hablando precisamente de esto. De un pasado, de unos pasados propios y ajenos que no dejan sitio para un presente abierto.

martes, 15 de julio de 2014

Pedro Sánchez o La vida es puro teatro (La función debe continuar)

 La rosa mustia del PSOE ha elegido a su nuevo líder. Que conmovedor, primarias o casi para elegir a un "Presidenciable", en esta foto le vemos ya retratado como tal. Los asesores de imagen cada vez se quiebran menos la cabeza o es que el elector traga con carros y carretas. Viéndo la foto no hay nada que la diferencie de las de un Kennedy en campaña. Lamenteibol.
Y no es que me importe, digo, no es que tenga yo nada en contra de este rapaz. Líbreme San Ciprián de tener prejuicios contra él. Cousiñas si que tengo, sí, pero nada importante. He usado estas frasese en tono galaico por que estoy como el clásico gallego -al fin y al cabo la mitad de mí lo es- que no sabe si subir o bajar la escalera. A ver, uno es de Madrid,  mire usted, y uno, que se traga informativos a peroladas no había oído ni una palabra salida de la boca de este presidenciable hasta hace unos meses. Que sí, que trabajaría mucho dentro del partido, dentro de la CAM aguirrista. Que vale, pero que no apareció -como el conejo de la chistera o de la pamela- hasta el momento justo dando un quiebro de recortardor y dejando con tres palmos de narices a Madina, uno de los pocos españoles a quien el PP no puede llamar proetarra, pero con un evidente apoyo del APARATO OFICIAL, lamentablemente la gestión de Rubalcaba estos años no es un buen respaldo para nadie. El APARATO que parece apoyar a Sánchez parece ser el andaluz, tradicional feudo del partido. Bien, lógico, coherente, mina de votos, etc. pero hay un algo que como a cualquier casi nacido en Ministriles me huele a "puchero enfermo", a nueva oligarquía caciquil en las autonomías incluso dentro de estos partidos que se supone "progresistas".
Repito que nada tengo contra el personaje y apenas le he oído hablar -eso sí que lo tengo, como madrileño me hubiera gustado oír a alguien de la oposición, él, por ejemplo, defenderme de los ataques y vejaciones a las que nos sometió y somete Aguirre y su delfín, no he de quejarme que aquí aquel refrán de "otro vendrá que bueno me hará" siempre se cumple y Dios sabe que plaga bíblica nos espera tras ellos-, pero en realidad esta entrada no va de Pedro Sánchez sino de teatro.
La vida es puro teatro, dijo alguien, la función debe continuar, dijo otro alguien y sobre todo alguien escribió una bella melodia (de Broadway, por supuesto) que "no hay negocio como el negocio del espectáculo"; y como uno ha visto muchas pelis, ha leído muchas novelas y mucho teatro, he leído tanto que me he leído a Maquiavelo -que tiene su mérito- e incluso algunas cosillas de Confucio -que tiene bastante más mérito-. Como uno tuvo la desgracia de haber vivido la era teatcher -profeta del neoliberalismo más asesino y destructivo incluso viniendo de un país como Inglaterra donde algunos de los héroes nacionales son un pirata y un destripador- pues se sabe la función y como estoy lleno de mala intención os voy a contar la pieza.
Tras el intento frustrado por el sueño de las Azores del Aznar, con la llegada del Registrador se puso en marcha a toda velocidad un proceseo destinado a desmontar el estado, que no quede piedra sobre piedra ni contrato firmado que se cobre. Las órdenes son taxativas y puede que lleguen del Reichstag o del club ese misterioso, o de los siete sabios de Alejandría, o de esas estructuras fantasmales sin ópera llamadas "Mercados" o lo que seríua aun más aterrador: de Confucio y sus principios. Pero vengan de donde vengan hay que cumplirlas, por eso la rosa mustia, en realidad, no lucha por lograr el poder, quiere que el trabajo sucio lo acabe quien está verdaderamente interesado en él o si no, tendría que hacerlo ella. Por eso no se presenta batalla seria y este presidenciable no es sino el comparsa del fracaso PSOE de las próximas elecciones, luego se abrirá un nuevo proceso que dará paso a un candidato que sí presentará batalla, eso si a esas alturas no ha habido un decretazo eliminando eso del voto tan del siglo pasado. Aventuro que será candidata, signo de igualdad y progresía, se presentará como redentora del Estado al que con sus silencios están ayudando a desmontar y nos concederán las migajas acordadas previamente. Nosotros, plebe cada vez con menos capacidad de reacción y de pensamiento, según los informes educativo-pedagógicos, diremos "Oh, gracias" y volveremos a comulgar con las ruedas de molino de un más que falso progresismo ya que el de verdad, el del pensamiento, el de la visión social del Estado y el de los derechos mínimos de un ser humano por un lado y del humano trabajador -cobrar un sueldo, tener un horario, frivolidades como estas-, no lo encarna hoy por hoy nadie. Y esa maravillosamente trabajada falta de formación entre las generaciones cuyos papás no los pueden sacar a estudiar a Yankilandia o Suiza o donde corresponda, garantiza que no se vaya a encarnar en nadie que no sea fácilmente descalificable, recalificable o comprable.
No sé si me entienden, no sé si me explico.

miércoles, 9 de julio de 2014

La última cita (cuento)

Como sabéis estoy dando un somero repaso por cajones, armarios y demás, de aqui que estén saliendo textos un tanto "añejos", este es de antes del noventa y cinco pero no sabría decir más sobre su fecha. Es algo más largo de lo que suelo pero no he querido corregirlo para no perder la fuerza de uno con veinte años menos. 



Cada noche, Sergio, llega a casa, un piso amplio en un barrio frío, moderno, repleto de gentes que, como él, entran en lo que se considera triunfadores jóvenes. Carne de bancos y negocios, gimnasios y viajes de fin de semana a lugares gratos y, sobre todo, caros.
En el portal, la luz indiferente de los plafones baña el matorral verde de plástico torpe. El ascensor es pequeño pero se pretende disimular con un espejo ante el que, cada noche, coloca la corbata y el pelo con el mismo esmero que si fuera a salir en vez de entrar. Sonríe siempre en ese momento al notar, poco a poco, acelerarse las pulsaciones en las muñecas y las ingles. El sudor frío comienza a recorrerle la espalda y las manos hasta empapar la camisa de seda que se deja sentir ahora especialmente suave y sensual en los puños y los pezones, exacerbada la piel, como cuando los dedos de Isabel se deslizan entre los botones, buscándola.
La puerta del ascensor se abre con un tenue chasquido, ahora es cuando las rodillas empiezan a temblar, respira profundamente hasta sentirse abrir las costillas por el aire que huele a ambientador, aromas del bosque de pinos canadienses en sobrecitos de plástico. La moqueta es de un verde sucio, jugando con el tono opaco de la tela de las paredes y el blanco del rodapié y los interruptores.
La puerta de su casa, una más de la planta, es sólida, como todas, y de un color indefiniblemente oscuro a la eterna luz indirecta y demasiado débil de la escalera. El sonido de la llave al entrar en la cerradura es el punto sin retorno, ha de entrar en su casa, un piso amplio y caro, con todo aquello que se supone debe contener un habitáculo moderno. El pavor total, casi paralizante, se apodera de él, como cada noche, antes de cruzar el umbral. Un paso más y el golpe de la puerta al cerrarse tras él. Da ese paso.
Pone en marcha el compact casi inconscientemente; ni siquiera escucha la música, una distante composición japonesa que alguien le regaló, seguramente Isabel. Quizás algún día acabe por cogerle el gusto, de momento va acostumbrándose.
Sobre la mesilla de noche deja con el cotidiano cuidado el reloj, la billetera, el anillo y el sobre que saca cada noche de un cajón. Era un sobre corriente y blanco el día que empezó todo. Ahora está amarillento y un poco arrugado por el ir y venir diario del escritorio a la mesilla.
Estará ahí, junto al despertador electrónico que sonará a las siete de la mañana suceda lo que suceda, hasta que todo haya pasado una vez más. De la lámpara triste cuelga una medalla de esmalte blanca y azul, con una inicial curvilínea. Una ele, de Laura. Casi roza el ajado papel del sobre, ennobleciendo con su regusto empalagoso de bisutería de tenderete la anodina luz verde de los inestables dígitos del reloj. Llevó esa medallita en el bolsillo de sus vaqueros los ocho días del dieciséis al veinticuatro y después hasta el veintisiete de un mes de julio. Hace ya años, tenía dieciocho recién cumplidos. Laura, dieciséis.
En el cuarto de baño, el espejo, grande, ante el que se desnuda relajando poco a poco los músculos, asumiendo como liberación el pavor que, ahora, es ya tan suyo como el pelo o las uñas, le devuelve la imagen de un hombre adulto; tiene ahora la misma edad que el otro tenía entonces. Piensa un instante, breve, o quizás esta noche no podría soportarlo, en la mirada de aquellos ojos cuyo color no recuerda sobre aquel cuerpo.
El agua caliente salpica los baldosines rojizos formando con las gotas caprichosas figuras, un paisaje, un dragón o irregulares mariposas que se funden en el deslizarse de una lágrima pared abajo. Con Isabel juega a veces a interpretar imágenes en las nubes pero él siempre finge no ver más que algodón. Le resulta tan extraño compartir ese juego infantil con ella que prefiere escapar así y tomarla el pelo. Ahora estará llegando a casa del trabajo y dentro de un rato charlarán por teléfono, seguramente, como cada noche, saldrán a tomar una copa, quizás acabe esta noche también entre sus brazos. Para entonces ya habrá pasado todo. En el vaho de los azulejos el dedo traza una curvilínea y barroca ele.
Está cansado, aunque no se ha cuenta hasta ahora, al ver la ele de la pared. También la escalera de la casa de Laura estaba llena de la inicial pintada a tiza, rotulador o grabada en el muro a golpe de navaja. Ya es casi un acto reflejo dibujar la ele cuando se encuentra ante una superficie virgen. Otros hacen pajaritas de papel o cuadraditos, Isabel, por ejemplo, firma y Laura hacía patos partiendo de unos donosos doses con los que llenaba las hojas de sus cuadernos en el instituto; otras veces eran margaritas diminutas las que poblaban sus apuntes. Por eso aquella tarde de entierro añoró algún modesto ramo avasallado por las grandilocuentes coronas de ayuntamientos, colegios etc., etc. Unas cuantas margaritas perdidas en aquella interminable pesadilla, aunque nadie las viera. Como a él tampoco le habían visto, uno más de los jóvenes que acudieron o no acudieron al cementerio. Como cada día se subleva, también entonces lo hizo, por el escaso valor de palabras y promesas. Uno más.
Sale de la ducha y se seca, desodorante, unas gotas de colonia y afeitado, preparándose para la cita diaria. Seguramente cenarán fuera, le han hablado muy bien de un restaurante coreano muy cerca de casa de Isabel. A Laura le habría gustado la comida oriental pero no le dieron tiempo a probarla, en el pueblo no había por entonces ni un chino. El verano pasado vio varios y también hamburgueserías y hasta un par de karaokes. Tenía dieciséis años aquel dieciséis de julio en el que quedaron a las once, después de la procesión de la Virgen del Carmen, donde siempre; una plazuela con cinco palmeras y tres bancos que ocupaban el grupo de amigos cada noche de verano.
Ya no se hace la colonia que usaba entonces, sólo hace diez años –ya hace diez años-, y apenas queda algo de lo que fue suyo, ni la colonia, ni las modas, ni la música, ni Laura; ni siquiera la casa de sus padres en el pueblo es la misma. Llama al restaurante y reserva mesa para dentro de dos horas, hay tiempo de sobra, lo que tiene que hacer, como cada noche, es cuestión de segundos.
Se sirve despacio una diminuta copa de moscatel. Compartieron, Laura y él, otra en lo más parecido a un beso que recuerda y siempre sonríe evocándolo al paladear el vino espeso y dulzón. La llave es el complemento cotidiano de ese sabor, la guarda en la caja de clips del escritorio.
Abre la puerta de la habitación y enciende la luz, un fogonazo sobre la pared despejada  donde cuelga la ampliación de la fotografía de carné que le dio laura. La original estaba, desde el primer día, en la billetera que le robaron hace seis años, incluso los ocho días en que el pueblo se lanzó a buscarla por los campos y los montes, estaba en el bolsillo de sus vaqueros, junto al colgante de esmalte azul y blanco que iba a regalarle esa noche del dieciséis de julio. No pudo hacerse con otra fotografía, no se atrevió a pedirla. Tuvo que hacer la ampliación y el resultado no es muy alentador, contornos nebulosos y la vivacidad de su mirada perdida para siempre.
Ante ella, una mesa con una ruleta de madera, que él mismo lijó hasta sangrar y barnizó mil veces, sobre la que descansan dos revólveres idénticos en la penumbrosa que sólo alumbra, cegadora, la imagen desleída, como la propia memoria, de su rostro. Se sienta y mira las armas, una de ellas es falsa, pero ya no sabe cual. En la otra hay una bala, una contra once. Versión libre de la vieja ruleta rusa a la que, cada noche, se enfrenta desde hace años, desde que quiso encontrar algo fijo donde asirse.
Suena el timbre de la puerta, nunca suena por que rara vez está en casa. No debe ocurrir eso ahora, hoy. No debería sonar el timbre y romper ese silencio en el que invoca y concentra cada día el recuerdo obsesivo y escurridizo de aquella mirada hoy deshilachada en un trabajo de laboratorio no demasiado bueno.
Cierra la puerta para aislar el timbre, siempre le ha parecido un error la persistencia del sonido. A la luz, en el peor de los casos, se la controla cerrando los ojos, pero para dejar fuera el ruido hay que cerrar puertas, ventanas, poner sistemas de insonorización o cerrar el cerebro al taladro persistente del sonido.
Cuando vuelve a sonar es el teléfono y ya apenas es para Sergio un eco lejano a pesar de su insistencia casi desesperada. Como cada noche se ha entregado al ejercicio exasperado de reconstruir aquellos días y acompañar, de una oscura manera, un instante a la  jovencita que desapareció un día del Carmen.
Al principio era fácil, estaba todo reciente, en carne viva, pero una tarde de agosto cuatro años después, paseando delante de la casa pintada de amarillo donde había vivido Laura se dio cuenta de que ya no recordaba el color de sus ojos, de que sus padres ya no vivían en el pueblo y de que la casa, antes, era azul. Hasta entonces la muchacha había sido una presencia constante a pesar de todo, viajes, estudios, nuevos amigos a quienes nunca comentó que conocía a la chica de La Malcañada –todo el mundo sabía del caso, por lo trágico y por haberse convertido en serpiente de verano de aquel año, haciendo célebre el lugar donde la encontraron-. Pero a partir de aquella tarde Sergio comenzó a asistir a la huida de la memoria como a una procesión. Hoy comprobaba que la colonia que usaba entonces ya no se fabrica, mañana que las margaritas del jardín ya no están, que ya no queda ni el jardín. En su lugar, el aparcamiento de un hipermercado donde los turistas veraniegos compran ofertas de lleve tres y pague dos y de todo a ciento noventa y cinco, ciento setenta y cinco, doscientas cincuenta.
Pronto, de lo que había rodeado a Laura no quedaba nada, hasta el nombre de la calle han cambiado, hasta las letras del nicho –bronce sobre mármol- se fueron cayendo y las flores de las amigas tan sólo aparecen de vez en cuando. Para él los recuerdos eran la inicial de esmalte azul, la torpe fotografía de carné y unos pasos involuntarios que le llevaban a la casa amarilla de la calle Santa Quiteria –antes la casa azul de la calle Unificación-; todo lo demás tenía que confiarlo a su memoria, depositaria huidiza por demás.
Quiso atrapar sus recuerdos escribiéndolos pero si una noche llenaba cinco o seis folios con anotaciones, a los pocos días le parecían esbozos de una novela en la que Laura era una intrusa. Y cada día, sin amarras, su presencia se borraba y Sergio lo percibía como una huida que le iba dejando solo. No quería caer en esa soledad que presentía, por eso se entregó con un desenfreno que, de no ser hombre de pocas palabras y menos gestos, capaz de esconder todo dentro de sí, habrían tachado de enfermizo, a desentrañar recuerdos.
Así recuperó aquellos retazos que no hacía tanto tiempo había querido borrar. Insensiblemente los recuerdos anteriores a aquel día del Carmen se habían concentrado en los sentimientos, sensaciones, la alegría de ambos confundidos en las pandillas, la turbación del descubrimiento, la placidez de los ratos que iban robando para estar solos, el deseo de besarla –ahora ya no recuerda si llegó a hacerlo-, el miedo que le confesó tener al sexo. De aquella conversación, que vivieron como casi delictiva, sí que se acuerda perfectamente, quizás todo lo que vino después se lo tatuó en la zona del cerebro donde, dicen, reside la memoria.
El timbre ha dejado de sonar y así el paso siguiente es más fácil. Los detalles, siempre esos malditos detalles en los que no se fijó entonces, reaparecen al adentrarse en el recuerdo de aquellos últimos días.
Casi como un acto reflejo, con el conocido primer golpe de rabia, hace girar el plato por primera vez. Lo hará ocho veces, una por cada día de búsqueda. La mancha de la camisa de Javier a veces parecía la cabeza de un indio y otras un extraño animal alado, la camisa era verde claro y le faltaba el segundo botón.
Recuerda también con extraña claridad la sombra de una lagartija escabulléndose entre los cantos del lecho del río seco cuando oyeron que alguien gritaba algo. Es, sin embargo, incapaz de recordar qué palabras pronunciaba, ni siquiera quien era. Corrió con los demás hacia el hombre que seguía gritando, al abrir la boca dejaba ver el hueco de una muela.
Entre la tierra vio Sergio, antes de lograr entender que estaban diciendo todos aquellos hombres y muchachos, la mano derecha de Laura. Hace girar la ruleta por segunda vez.
Nadie supo que Sergio se alejaba y se sentaba en una piedra medio oculto por la genista sin apartar los ojos de aquel guiñol en el que se iba convirtiendo todo. Estaba allí, mirando sin parpadear cuando llegaron a levantar el cuerpo y cuando llegaron unos parientes de Laura, y cuando Javier cayó redondo al verla, pero no quedó nada de todo esto en su memoria. Lo sabe ahora y aparece en estos momentos por que alguien se lo ha contado, ha de enfrentarse también a esa memoria ajena y depurar lo que es suyo. Cada noche se infiltran imágenes dibujadas con pinceladas otros, casi insensiblemente, y cada noche ha de buscar las que él vio. Sin verlo mira fijamente el retrato de Laura mientras vuelve a girar la madera y los dos revólveres.
Recuerda que desde donde estaba pudo ver como descubrían el cuerpo, las heridas y las ropas desgarradas. Se le confunden la sangre en la cara, el sonido de la respiración fatigosa de un policía, el vientre desnudo y lacerado, el color de la ambulancia y la agonía insoportable de una oruga que, a sus pies, era arrastrada por las hormigas, Una mano se cayó de la camilla y dio en el suelo con el chasquido seco del cascarón de un escarabajo al romperse, alguien de la cruz roja colocó la mano sobre el pecho de la muchacha pero Sergio se recuerda a sí mismo obsesionado por su propio olor.
Otra vez las armas giran y, como cada noche, le estremece. Como cada noche lo achaca al frío de la habitación y a su malcubierta desnudez.
Gritos, rostros, flores, lágrimas, cámaras de televisión y él vagabundeando alrededor de todo aquello; comentarios, calles, lutos, frases, periodistas inundándolo todo, tiendas cerradas, banderas a media asta. Y él recorriendo sin destino esas calles desiertas del pueblo casi enloquecido por Laura, casi borracho de fama, volcado en el cementerio. Y él a contramano, sentándose en el pedestal de un monumento que hoy tampoco está. Sabe que también esos recuerdos se han ido diluyendo y que acabarán por esfumarse como los otros, como Laura. Golpea el mecanismo para hacerlo girar y abstraerse en ese constante retorno cada vez más lento, más próximo al final.
Le han dicho después que nadie le vio durante los tres días que pasaron desde que encontraron a Laura hasta a su entierro. Le han preguntado mil veces que hizo, donde estuvo, por que no fue al entierro y, salvo decir que sí estuvo allí, encaramado a una tapia semiderruída, nunca supo contestar. Tampoco el sabe nada de esos tres días. Los amigos, la familia, creyeron siempre que había ido a las fiestas del pueblo vecino, ajeno a todo, quizás sea cierto pero cree que no lo sabrá nunca. Una vez más hace girar la ruleta.
Cuando la familia, concepto ahora tan extraño a él, volvió del entierro le encontraron en la ducha y su ropa demasiado impregnada de tierra, barro y sudor- en la basura. Pasó mucho tiempo enjabonándose una y otra vez bajo el chorro caliente y, entonces por primera vez, trazando eles mayúsculas en los azulejos. Tenía miedo, eso si aparece claro en su memoria, a mirarse al espejo; esperaba encontrar a un extraño meditabundo, canoso, vencido. Pero, salvo una barba de muchos días, nada había cambiado. El pelo seguía negro; los ojos, brillantes; hasta era capaz de sonreír y el hoyuelo de la barbilla se le marcaba al hacerlo, como antes. Incapaz ya entonces de saber si había o no besado a la muchacha, buscaba en sus labios secos alguna huella que, contra toda lógica, quedara en ellos, suficiente para decirle si se había atrevido o no.
Sentía hambre y cansancio, pero nada más, nada de cuanto había temido durante la búsqueda, nada. Cogió la navaja de afeitar del abuelo y, a propósito, se cortó en la mejilla, ni siquiera le temblaba el pulso, casi gritó al comprobarse capaz de sentir algo, que no todo en él era lo que creía frialdad, indiferencia de peña. Vuelve el círculo de los revólveres a ponerse en movimiento mientras Sergio lo mira sin ver.
A principios de agosto volvieron a la ciudad, a casa, tenía que recuperar un par de asignaturas, lo hizo brillantemente. Y hasta entró en la universidad cuando ya desesperaba. Las nuevas gentes, el cambio de vida, le alejaron del recuerdo hasta que ya fue casi irrecuperable.
La constante presencia de Laura ya se había difuminado para aparecer tan sólo en fugaces destellos arbitrarios cuando Sergio se dio cuenta e intentó invocarla. Al principio fue un combate vano, apenas esbozos acudían hasta que cierta noche salió solo de casa, buscando, se sentó en una acera solitaria y dejó que el miedo a no recuperarla le invadiera. La mano en un acto reflejo ha empujado la ruleta y su sonido tenue es casi insoportable en el silencio de la habitación.
Casi resignado a esa soledad abisal su pensamiento recorrió caminos distintos y, por primera vez, se preguntó qué debió sentir ella esas horas en las que fue violada, humillada, golpeada y asesinada por un hombre que, como él ahora, tenía veintiocho años, un aterrador cuerpo adulto, como él ahora. Un coche se subió a la acera entonces y, sin reducir la marcha, a toda velocidad, continuaba avanzando hacia él. Inmóvil con los ojos fijos en los faros recuperó un instante a Laura, en el miedo al ver venir a aquel hombre con el arma, el mismo terror que él estaba sintiendo atado a la calle. Un volantazo, un golpe en la farola, un hombre que sale del coche y Sergio, pasos lentos en la noche alejándose calle abajo, con el regusto a Laura recuperada.
Supo entonces que sólo en el pavor espantoso de la muerte inminente podía encontrarla y ese encuentro no tardó mucho en convertirse en una cita diaria con aquel juego que inventó, once posibilidades de vivir y una sola bala. La vida que ama y el miedo a perderla. En ese cruce, Laura, cada noche esperándole sin necesitar cosas, ni calles, ni gentes, sola ante el miedo, como él.
El movimiento se hace más lento hasta pararse, uno de los revólveres ha quedado frente a él, como cada noche. Apenas tiene ya control sobre su cuerpo y la mente se desboca, atenazados ambos por el terror. Es el momento de la voluntad y del olvido total. Para apretar ese gatillo apuntando al paladar tiene que olvidar el sobre amarillento con la carta del suicidio, el colgante de esmalte blanco con la ele azul, el trabajo, los amigos, el dolor de los músculos agarrotados, el miedo, Isabel.
Era ella quien llamaba al timbre, al teléfono, seguramente tratando de evitar lo que va a hacer ahora mismo. Ayer, en su cama, hablaron mucho sobre ellos, su relación, vivir juntos, matrimonio y Sergio le contó todo. No debió hacerlo. Era su última reserva, todo lo demás lo comparte con ella. ¿Le ama Isabel? Seguramente, viendo el horror de sus ojos al oírle describir el ritual, escuchando como le pedía que no lo volviera a hacer. ¿La ama él? Seguramente, oyéndose prometer que la noche siguiente, esta noche, sería la última.
Isabel no entenderá nunca que nada de cuanto pueda llegar a hacer a hacer Sergio tendrá tanto valor como renunciar a esa cita diaria con Laura, condenada ya al olvido irremediable. Suena otra vez el teléfono, es ella, lo sabe, quiere evitarlo, no puede respetar este último encuentro. Y eso le halaga. Sonríe al empuñar el arma, abre la boca y, como cada noche, se deleite en el acero frío. “Adiós, Laura”. Aprieta el gatillo.

sábado, 5 de julio de 2014

El tunel del tiempo, El día de la marmota o La Reina de las lavanderas

Hace tiempo que no traigo por aquí algún libro pero hoy es un buen día para hacerlo. Carmen Gallardo publicó hace un año y pico "La reina de las lavanderas", pero a pesar de lo que me interesaba el tema decidí esperar a la edición de bolsillo por dos razones, pasta y espacio. Bien, tan pronto me topé con ella la cogí y no la solté hasta ayer que terminé su lectura. 
Virtudes del texto: que al final la autora aclara lo que hay de ficción en el relato y lo que no lo es, y la verdad es que pocas más. Vamos que como novela o como texto histórico no es ninguna maravilla, y es especialmente lamentable pues trata un periodo histórico que habitualmente se pasa de largo: el reinado de Amadeo de Saboya y su esposa, protagonista de la novela, Maria Victoria del Pozzo. Desde luego personaje que glamour, glamour no tiene, para que vamos a engañarnos. Claro que es lo que suele pasar con la gente válida. Su amiga Concepción Arenal tampoco tenía mucho glamour que digamos. Fue un ser humano de calidad, temple y, como no, machado por la tragedia. Incluso lo que debería ser su momento de gloria, la llegada como reina a España, llegó marcado por el, aun hoy oscuro asesinato de Prim, único valedor de la casa de los Saboya para ocupar un trono del que habían echado a escobazos a la rotunda, castiza y catastrófica aunque simpática Isabel II. 
Era Maria Victoria persona de extensísima cultura, algo que en España ni se tolera ni se perdona, y de pocas pretensiones, algo que en España ni se comprende ni se valora. De lo que era sólo se apreciaba en este reino su aspecto benefactor pero sólo por las clases humildes. El padre Coloma nos dejó en su "Pequeñeces" novela que quizás contra la voluntad del autor retrata lo peor de la aristocracia alfonsina, a la que, por supuesto, las clases humildes se la traía al pairo. 
Pero no he traido aquí esta novela por sus virtudes ni por las de la dama en cuestión, a pesar de algún que otro cotilleo sabroso, sino por que la autora usa como elemento de articulación a un aprendiz de periodista canario llamado Benito Pérez que no es Galdós... del todo, pero he de reconocer que es un acierto al reflejar a través suyo los ambientes políticos del momento. La sordidez, la corrupción, la intolerancia, el desprecio de los contrincantes, la impunidad, (por ejemplo del duelo de Montpensier), los chanchullos, el amor al esclavismo de determinadas capas sociales nos hace pensar que realmente no han pasado casi ciento cincuenta años. Hay pocas cosas que cambian: entonces había damas, y ahora hay como mucho, escuerzos. Ah, y cojones, entonces había cojones.

miércoles, 2 de julio de 2014

Julio

 El mes de Julio de Camps le ha quedado un pelín insulso, mayestático y con pocas referencias al mes, la verdad, sobre todo estando el Carmen con tanta costa y tradición marinera en un país como este, parece que hace una alusión al sol con ese medallón, quizás al signo Leo, pero lo cierto es que no es sus obras más explícitas. El caso es que aquí esta Julio con todas sus virtudes y defectos de un reinado recién empezado que es donde nos habíamos quedado el otro día. 
Había mencionado en el título de la entrada anterior la la ciudadanía, o sea yo, en relación a cómo se vivieron los acontecimientos de preproclamación y proclamación. La víspera de tan memorable día quise comprar un recuerdo de lo que no deja de ser una jornada histórica, queramos o no. Pues lo que me encontré en las tiendas de souvenirs fueron rótulos como "Dentro recuerdos de la Coronación", o lo que viene a ser aquel cartel que ya no se ve: "Los artículos dentro por el calor", o también me encontré algo curiosísimo "Proximamente recuerdos de la Coronación", o sea Próximamente en las mejores salas, visite nuestro ambigú. En mi vida he visto cosa más ridícula. 
Pero el ciudadanito que todavía recuerda cuando al actual rey le vimos rascarse la tripa en la proclamación del ReyPadre, de repente se le ha venido encima el pasado de mala manera, de la peor manera posible, pues a la evidente avalancha de recuerdos de casi cuarenta años, con sus once bajas familiares, sus incontables enfermedades y dolores, sus leyes que eran progresistas dejando al margen los cadáveres en las cunetas, los torturadores, y dejando que el miedo se perpetuase, su intento de golpe de estado, sus Oscars, sus Goya, las grandes ilusiones del ciudadanito, o sea, yo, que acabaron siendo grandes y definitivos fracasos. Sobre todo esto, decía, me he encontrado con que mi casa está colmatada de cosas acumuladas desde tiempos inmemoriales. A punto estoy de llamar a un retén de Atapuerca no me vaya a aparecer el cráneo de algún cromagnón -cosa harto difícil, cierto, suelen estar en los ayuntamientos como concejales y por tanto con el cráneo en su sitio-. Además yo, amante de la pátina del tiempo en objetos y detalles me he convertido en depositario de quienes sabían que, según que cosas, si no las conservaba yo a su muerte pasarían a engrosar el cubo de la basura.
De repente me encuentro sobrepasado por pasados que son y no son el mío. Que son y no son mi vida pero que físicamente no están dejando espacio al presente. Ya no digo nada de lo que no es fisico. Literalmente aplastado por esos objetos propios y ajenos no queda más que la solución heróica: arrasar con todo. Es la una y cuarto de la tarde y ya han salido dos bolsas enormes para la basura. Ahora, me he parado para escribir esta entrada. Me esperan un par de cajones con los últimos viejos juguetes que he conservado como oro en paño hasta hoy.
 En mi cumpleaños los saqué para que se entretuvieran las niñas de unos amigos, pero la verdad es que me quedé atrapado en ellos casi una semana, en sus desperfectos, en sus recuerdos, en todo. Atrapado sin salida en un universo doblemente muerto, esos juguetes ya no se hacen y yo ya no jugaría con ellos. Ni siquiera me cabe el recurso del socorrido coleccionismo pues no dispongo de espacio para ellos. Así que hoy, con todo el dolor de mi corazón y también, ¿por que no decirlo? con un cierto alivio, voy a deshacerme de ellos. 
Hay además otra cosa: necesito librarme de recuerdos y pasados propios y ajenos, de trastos más mentales que físicos, hacer espacio en mi vida, no sé por que, seguramente por que me he estado aferrando a través de cosas y actitudes a una juventud que no me dio nada, ni de lo que yo esperaba, ni de lo que cabría esperar careciendo de toda ambición.
Estos fueron los últimos en llegar, casi no me dio tiempo ni a desgastarlos, lo que no quita para que sean inolvidables. Es también cierto que traen un aroma de un tiempo desagradable en el que dejaba los juguetes para mirar los primeros destapes, en que jugaba con ellos por que aun no podía jugar con otras cosas más privadas que sin embargo, se prefiguraban en mi cuerpo. Y sin embargo, me quedó tanto por jugar con ellos....

jueves, 26 de junio de 2014

De Coronaciones, Proclamaciones, Republicanismo y Ciudadanía, o sea, yo.

He de reconocer que hace demasiados dias que no apararezco por aquí pero todo tiene su porque. O no. Todavía no lo sé. Quizás sea todo cuestión genética. Por empezar por algún punto de mi carga genética hablemos de la Noticia Madre: la Coronación o Proclamación.
En mi interior anida un pájaro de dos cabezas, por un lado la testa coronada de mi abuelo amante de dinastías, títulos, grandezas de España y demás, apasionado de todo ello y de por que el duque de tal es además marqués de nosecuantos desde que caso el s. IX con alguien. Me pierdo. No puedo meterme en páginas de la red que traten estos temas por que no haría otra cosa ni puedo empezar a leer por que no leería otra cosa y además no se me olvida con lo que almacenar libros que no necesito volver a leer es absurdo. Por eso dígo que soy monárquico por tradición, cosa genética más que racional. Donde esté una buena Princesa de las antiguas que se quiten todas las Carlas Bruni o Jackelines Kennedy-Onassis.
El conflicto viene de que el pájaro tiene dos cabezas y la otra lleva gorro frigio, es la de mi abuela. Una más de los millones de derrotados, humillados y burlados de la guerra. Así que cuando gana el gorro frigio, y cuando no, comprendo y comparto las bases del republicanismo. El cargo por sangre y no por méritos realmente un argumento de mucho peso pero sólo de lejos. Si se pertenece a determinadas familias que no son necesariamente los borbones (poned las que conozcais) se tiene garantizado el cargo, la beca, y hasta la puta si fuere menester. Quizás fuera conveniente empezar antes por eliminar los caciquismos y oligarquías seculares de este país antes de cambiar el sistema político.
Pero, vamos, que lo importante es que las niñas estuvieron monísimas, que se portaron muy bien, que Letizia fue sobria y que Felipe Juan Froilán de todos los Santos se pasó el día haciendo fotos. Ah, y que esto vale para dar tema a los tertulianos descerebrados que pueblan nuestro país en un sentido o en otro durante muchos meses y más ahora que la Selección, La Roja (curioso que la llamen así cuando representa a un país "gobernado" por quien lo está), ha sucumbido ante las hordas bárbaras. 
Pan y toros, a nuestro nuevo monarca, Felipe VI, no le gustan los toros como tampoco es espectáculo de la que llamaré Reina Madre, Doña Sofía. Algo se va ganando. Sé, sabemos, que no gobierna, pero a lo mejor en la medida de lo posible comienza a centrarse en el otro platillo de la balanza, el pan. Si se lo toma en serio, difícil lo tiene, pues enfrente tiene al neoliberalismo de la tatcher (ya sabéis que no escribo ese nombre en mayúsculas) en todo su poderío. Casi tan omnipotente como Luis XVI antes del Juramento del Juego de Pelota. Si decide, ir sobreviviendo sin hacer ver que conoce el problema por lo menos, difícil lo tiene pues la plebe, la canalla, no va a mejorar la opinión que viene creciendo desde aquello de los elefantes. ¿Por que será que a todos los poderosos les gusta matar una cosa u otra? No le envidio la corona. No, gracias.
Patéticos en cambio resultan los republicanos con actuaciones, manifestaciones y proclamas que siendo sensatas y respetables se hacen a destiempo, fuera de lugar y con las peores palabras posibles. Ver Jorge Verstrynge que nació políticamente en neofascismo francés y que ha pasado por todos y digo todos los partidos del arco democrático español detenido con su camiseta republicana y haciendo declaraciones sin que nadie de los republicanos serios le desmarque de la política coherente del republicanismo sería un chiste si no fuera una tragedia nacional por lo que demuestra. Me van a perdonar una afirmación que parecen haber olvidado todos: la Republica es una forma de gobierno, no necesariamente progresista o de izquierdas. Hitler llegó al poder en una republica, y Lutero King nació en otra. No veo yo mucha diferencia, la verdad.
También me van a perdonar, si quieren y si no que les den, los dirigentes de la izquierda que les recuerde que lo que queda es la forma. No digo yo que haya que ir de Armani pero una americana y una corbata aunque sea floja nunca han matado a nadie y hace buen efecto en las viejas del país que son quienes deciden con su inmensa mayoría de votos. La forma, las formas y las actitudes, pueden en sí mismas envolver un mensaje vacío de contenido o colocar al oyente-contribuyente contra un mensaje magnífico. La historia está llena de ejemplos. Democráticamente sólo han ganado en las urnas viejos, chulos, o guapos. Lease Churchill, Berlusconi, Kennedy. Ah, y también aquellos que han sido votados por un país donde se han quedado sin políticos ni viejos, ni chulos, ni guapos, lease ... el que queráis leer.
De momento el estandarte de Felipe VI ha pasado de tener fondo azul a tenerlo carmesí, proceso inverso a los autobuses de Madrid. Algo es algo.

domingo, 15 de junio de 2014

Luxaciones 2

Coincidimos con ella muchos años en el típico pueblo levantino de vacaciones. El sol y el agua, decían, eran buenos para huesos y dolores varios, era evidente que aunque su operación había sido un éxito siempre quedan flecos que, decían, se aliviaban con baños de mar y demás.  Era Nina pues mujer de desplazamientos cortos y con poca carga, creo que nunca llegó a conocer el tan inevitable como insoportable paseo marítimo. Vivíamos a unos cinco minutos de la playa y raro el día que era ella quien cargaba con su silleta y su bolsa de paja con el bronceador de zanahoria, una pequeña toalla y, si acaso, una revista. Unas gafas de sol grandes y un sombrero de turista inglés borracho era todo su equipaje; poca cosa realmente y estudiada para su capacidad de, pues aun así nunca le faltaba quien le llevara tan leve carga. Nina en el mes anual que pasaba allí y en el espacio de apenas un par de manzanas de casas de un par de pisos como mucho logró establecer una sociedad bien trabada compuesta tanto por veraneantes de los del “quiero y no puedo” como por autóctonos de los de “tengo poco pero que se vea” que poco o nada tenía que envidiar a la de cualquier pequeña ciudad en la que era el perejil de todas las salsas así que ni siquiera tenía que pedir el favor de que le echasen una mano –innecesaria como demostraba cuando se presentaba la ocasión-, siempre alguien al pasar por la puerta de la casa donde alquilaba una habitación se paraba “¿Está Nina?, ¿Te vienes? Daba igual que fuera un par de solteronas decrépitas, una proba madre de familia o un adolescente enviado por ésta.
            El caso es que cuando Nina se volvía a su casa, durante unos días esa diminuta sociedad quedaba descabezada, sin referencias; menos mal que no tardaba en aparecer a primeros de agosto Antonia que, en otro estilo, ocupaba ese espacio.
            Pero volvamos a nuestra Nina que apenas se sentaba en casa, la playa o a tomar el fresco por la tarde sacaba un minineceser y procedía a un repulido con pinzas, rimmel y poca cosa más ya que podía durar horas si estaba sola, pero si estaba charlando era otra. Sonora que no escandalosa, salvo su carcajada un tanto cazallera, gesticulante, se podría decir de ella que hablaba con la palabra justa y contundente del castellano viejísimo como sus manos que no solo se deslizaban ampliamente en el aire sino que tocaban. Sí, tocaban, en general se tocaba un pecho, acariciaba un antebrazo, te tocaba un hombro, una mano, volvía a uno de sus muslos o a tu cogote, todo con una carnalidad carente de sexualidad pero que denotaba su cualidad casi esencial, la de mujer volcánica en el sexo y apasionada en lo demás hasta extremos difíciles de imaginar. A veces mientras desarrollaba un ardiente discurso comunista con una mano alzada remarcando tan altos ideales, con la otra se acariciaba un pecho, lo sopesaba o resaltaba marcándolo bajo la ropa, recreándose táctilmente con su firmeza. Era complicado para algunos hombres seguir la arenga, otros en cambio nos quedábamos bastante indiferentes pues no lo entendíamos como una provocación sino más bien como acto reflejo de carne insatisfecha, o no tanto. Veamos y maticemos. La virginidad predicada –“Yo soy Señorita, no como otras”- no queda puesta en duda por alto tan público y, sobre todo, notorio, de las masturbaciones de Nina. No es que fuera parloteándolo –cosa que seguramente hoy sí haría- sino por qué de vez en cuando un grito aterrador cruzaba la noche atravesando patios y zaguanes. Ella decía que era a causa de las pesadillas con su operación pero las casadas mal pensadas y los experimentados que gustaban de sentirse objeto de deseo, reconocían las agonías del orgasmo, sin más comentario que una sonrisa cómplice e indulgente pues, “pobre Nina, con lo que vale y soltera”.
Hay que reconocer que la soltería de Nina ha sido y es una de las peor llevadas de la historia. Ciertísimo es que no había motivo algo para que a sus treinta y pocos –edad provecta para estos menesteres en los primeros setenta- no hubiera encontrado al menos un novio aunque hubiera salido mal, más no era el caso. Su único fallo era la cojera pero ni era tan excesiva ni la inhabilitaba para nada, es más, cuando se lo proponía casi desaparecía. Sensual, buena conversadora, bastante más culta que la media del maestro, con unas habilidades sociales que muchos quisieran para sí y en absoluto mal parecida; casa propia con perspectiva de herencia de tierras, independencia económica, en fin, que reunía bastantes más atractivos que defectos. En cuanto a su proverbial mala leche que la tenía y mucha, se quedaba tamañita junto a la de su Santa Madre que añadía una refinada crueldad con más de bestia de carga que de humano, o la de su hermana con cuyas voces temblaban las tejas y tenía brazo para desnucar a un gañán de medio revés. Vamos, que no había un porque para esa soltería que tenía tan poco de Doña Rosita como de cualquier otra de las “delicadas” heroínas de nuestra literatura, incluidas las hijas de Bernarda Alba. Por decirlo de un modo suavizado, muy suavizado, no hubo soltería peor llevada que la de Nina, en su descargo hay que decir que no se tomaba la molestia de disimularlo, era una rabia tan pregonada como su “señoritez” y con tal naturalidad que acababa haciendo reír a ella la primera. A veces, sólo a veces, se dejaba ver una cierta hiel de soledad más profunda ante la que la audiencia callaba o cambiaba de tema e incluso algunos extrajimos enseñanzas vitales. Recuerdo, ya en lo personal, dos comentarios que nunca he perdido de vista en mi gobernanza íntima. El primero se deslizó, como quien no quiere la cosa, en una conversación banal de tertulia de vecindones tomando el fresco sobre celebraciones y regalos. Sostenía Nina que ella nunca regalaba nada “por cumplir” y, en cuanto a lo de asistir a las ceremonias:
-No voy a bodas por que no he ido a la mía y a los bautizos y comuniones por que si no he ido a los de mis hijos ¿A santo de qué voy a ir a los de los demás?
            Cuantas veces he desoído tan sabio consejo y he acudido endomingadito y formando parte del pequeño rebaño multicolor de invitados he tenido motivos más que sobrados de arrepentirme y de recordar las palabras de Nina.
            El otro comentario era y es incluso hoy de una dureza brutal por ser de un no menos bestial realismo.
-Verás –decía-, ahora todos dicen cosas como “pobre Nina, con lo maja que es y que lo le salga novio”, “no sé por qué pues no puede ser más salada. Imagina que, por un milagro, me sale un novio de esos en condiciones ¿Sabes que dirían? “¡Coño con la coja, que maña se ha da pa trincarlo!”
            El caso es que un verano Nina llegó florecida. El milagro había ocurrido y tenía un novio desde hacía unos pocos meses. No había podido ir con ella todo el mes pero iría a verla el puente de la Virgen, lo que dio pábulo a sonrisitas e incredulidades soterradas. Era un inspector del ministerio que se había fijado en ella durante una de las visitas al colegio, y ella se había enamorado. Nunca se la vio más preocupada por su aspecto, ni más ocupada en su arreglo ni había manera de que dejara de hablar del noviazgo. Incluso de cosas que para la inmensa mayoría resultarían como mínimo inapropiadas, yo era caso aparte: veinteañero, universitario, progre, gordo, granujiento y extremadamente difícil de escandalizar, si algún don tuve a esa edad era el de verlo y oírlo todo con un grado de normalidad que desgraciadamente los años me quitaron. Quiero decir con esto que Nina me soltaba cosas, literalmente:
-Mira, metérmela, no me la mete pero nos echamos juntos en la cama, desnudos y charlamos pero es más bien cafetero pues no le interesan demasiado mis tetas, ya te digo, nada tetero –si el comentario era de gusto algo más que dudoso no dejaba de tener gracia en aquel contexto de felicidad que en realidad no era tanta como podía esperarse de un primer amor y, desde luego, como ella hubiera esperado.
Dudo mucho que Nina soñara con Príncipes azules e historias tipo la Sissí cinematográfica pero, desde luego lo que nunca esperó es que junto a ese “enamoramiento” –quizás con algo de última tabla de un naufragio, pero enamoramiento al fin y al cabo- se le despertarían, a ella, mujer fuerte y segura, curtida y acostumbrada a lidiar con la zona menos fácil de la vida todas las inseguridades, los miedos, la conciencia de sus deficiencia que, de repente se le había agigantado desmesuradamente. Nuestra arrolladora reina de sociedad –de esa sociedad estival de cuatro manzanas- se había deshecho en una trémula doncella temblorosa cual vulnerable y hasta cursi con los preparativos de una boda que daba por hecha y que, todavía, nadie le había pedido.
Por entonces en cuestión de comunicaciones sólo teníamos el hoy casi olvidado teléfono fijo de baquelita y no todo el mundo. La casa donde se alojaba Nina sí lo tenía, en el salón, en una esquina en un estante que era un cuarto de círculo encajado un poco por encima de los ojos para que cupiera con holgura la mecedora bajo ella. Cierto que era espacio más indicado para colocar una Virgen del Carmen, de tanta devoción en el lugar que para un teléfono pero no lo es menos que ocupaba el centro geográfico de la casa y, por tanto, el más cercano a todos los huéspedes. Por lo visto, como inspector que ni siquiera tenía su base en el lugar de regio apellido, tenía que viajar mucho y ni siquiera podían verse todas las semanas. Estaban pues acostumbrados a que él llamara desde donde estuviera, una especie de cita que acababa con un “te llamo el martes a tal hora”. Así que sus relaciones no iban a alterarse demasiado. Eso sí, ver a Nina el día que tocaba llamada era todo un espectáculo que comenzaba en horario de matineé. Esa maña no iba a la playa, se lavaba y teñía el pelo –no lo tenía tan largo como para ponerse rulos-, elegía el modelo que ponerse, se pulía y pintaba las uñas aun más meticulosamente, cambiaba de idea sobre el modelito, o incluso se acercaba a la mercería a comprar otro al que tenía que meter el bajo y repasar la sisa a toda prisa, labores para las que siempre aparecía alguna amiga dispuesta. Eran vestidos alegres, floreados –frente a los “sufridos” de antes del novio- que combinaba con los pendientes cambiándolos una y otra vez, con algún que otro viajecito al estanco donde, por supuesto, no sólo vendían pendientes y demás bisutería sino chales, sencillos vestiditos y, cómo no, huevos frescos. Si se acordaba de comer, en la sobremesa en el patio y con un pequeño espejo de mano comenzaba su proceso de maquillado –estucado lo llamábamos ella y yo en broma- con gamas y matices de colores en su cara que, como mucho, necesitaba agua fresca y un toque de carmín, creo que menos pestañas postizas y añadidos en el pelo no podía hacerse más. A las cuatro en punto Nina recogía todo su arsenal y se asentaba ya en la mecedora y ponía el teléfono en su regazo a esperar una llamada que nunca era antes de las siete, como él le había dicho. Sonriente, nerviosa, como una quinceañera de las de antes a quien todo el mundo miraba con una alegre ternura, un “por fin, la chica lo vale” y hasta nos quedábamos un rato haciéndole compañía aunque ella tuviera la cabeza en otro sitio. Había un poco de aire festivo en torno a ella esas horas de espera, casi todo el mundo que era alguien en esas cuatro manzanas pasaba un par de minutos a saludarla pues esa tarde ella no salía. Era, salvando no muchas distancias, como una novia que esperara que vinieran a buscarla para llevarla al altar. Claro que las tardes de verano son muy, muy largas y las siete de la tarde rara vez son las siete de la tarde. Si había suerte las siete se convertían para la llamada en y cuarto o y media; no solía haberla. A veces eran las ocho y media, otras, las diez o, sencillamente, no sonaba el teléfono en toda la tarde. La cosa solía acabar con lágrimas tras pasar por impaciencia, preocupación, ira rabiosa hasta llegar a eso de la medianoche a la autocompasión comprensiva que de haberse podido formular con palabras se articularía en algo como: ¿Cómo un hombre como él se va a interesar por mí, coja, poca cosa y moza vieja”. En Nina se leía casi todo con una sola mirada y a esas horas el rostro enrojecido, bañado en incontrolable llanto, hipando y casi sin poder articular palabra era algo más que un libro abierto.
Durante uno o dos días después Nina languidecía, triste, pero sin dramas. A quienes consideraba sus amigas “de peso”, es decir las pocas que poseían un cierto grado de sensatez confesaba durante esos días que no podía entender, ni en sus mejores momentos, como un hombre como él podía estar con ella, con su minusvalía y sin ser una belleza. Todas las inseguridades y dudas de una adolescente enamoradiza aparecían ahí, potenciadas por los años y el temperamento. En fin, que cuando la llamada no llegaba entrábamos –por que a todos arrastrana, algo que suele pasar cuando se quiere a alguien, o pasaba, que ahora ya lo pongo en duda- en una montaña desbarajuste anímico con tintes trágicos. Lo bueno era que todo cambiaba de golpe cuando, tres o cuatro días después se recibía la llamada y ya teníamos de nuevo a nuestra Nina en su plenitud de doncella ennoviada.
A  fuer de ser sincero a más de uno de sus amigos estivales aquel novio fantasma no dejaba de parecernos más fantasma que novio, más nos hubimos de comer nuestras aviesas sospechas con patatas asadas con aliloli pues llegado el Puente de la Virgen apareció como había prometido. Eso sí, había ciertos matices que, digamos, no terminaban de encajar. Cuando su novia decía “un hombre como él” parecía poner la E en mayúsculas ya que los ojos en blanco sí que los ponía en pleno éxtasis y expresiones semejantes lo que queriendo o sin querer quien más quien menos se había forjado la idea de un cuarentón de esos que las mujeres definen como “interesante” . “Un  hombre como él”, dicho así, al borde de la levitación, tiene la obligación de ser más bien alto, pelo entrecano, quizás con un par de kilos de más bien distribuidos, sonrisa luminosa y buena conversación. Vamos, en “un hombre como él” es lo mínimo para que alguien como ella hable así de “un hombre como él”. Nada más lejos, galán en cuestión sí que era cuarentón pero por arriba, casi calvo peinaba el escaso pelo que le quedaba con cortinilla para disimular, gordo sin paliativos aunque sin excesos, vamos que en lugar de dos kilos de más bien distribuidos tenía veinticinco concentrados en la tripa, más bajito que Nina –y que casi todo el mundo- y, para rematar, se esforzaba en ser simpático sin lograr otra cosa que resultar torpe y patoso. En suma que “un hombre como él” sólo podía ser distinguido de los cincuentones vulgaris por los enamorados ojos de cordera de Nina. En fin, pensamos los amigos, “si les va bien, por lo menos no estará sola”: Algunos torcían la nariz, otros ponían cara de póker y alguna de las amigas maduras de Nina dijeron sentenciosas “este no se casa”; contradiciendo así los planes de boda de nuestra amiga que tenía ya pensado entelar las paredes del dormitorio de seda rosa con frisos y espejos dorados,  como decía ella, “de un lujo asiático”.
Así acabó aquel verano y antes de darnos cuenta llegó el siguiente. Encuentros, tópicos, “un año más ¿eh?”, “¿Os quedáis todo el mes?”, “Mira que nieta más guapa tengo, se llama Lucrecia”, “Mi Sergio Manuel ha aprobado una asignatura de la carrera” En fin, todas esas cosas que conocemos quienes pasamos las vacaciones en el mismo sitio durante demasiados años. La escueta y directa patrona de la casa donde Nina alquilaba su habitación nos puso al tanto de cuando llegaba y todos estábamos pendientes pues, a decir verdad, aquel minúsculo reino estival de cuatro manzanas donde las niñas ensayaban “Para Elisa” a las cuatro de la tarde, no se hallaba sin ella, por mucho que durante el resto del año no mantuviéramos el contacto.
Apenas llegó repartiendo besos y saludos puso su característico bolso de paja sobe la mesa del salón y soltó en es castellano brutal que le era tan propio.
-Salió maricón, así que de casorio y folleteo, ná de ná.
            Fueraparte de que entonces lo de lo políticamente correcto no existía y el cojo era cojo, era cojo, el ciego, ciego y demás; no creo que Nina tenga hoy día manera más “correcta” que expresar tal concepto de la que usó entonces.
            Tras tan contundente y sorpresiva expresión con la que la sabiduría innata de nuestra maestra neutralizó comentarios, susurros, murmuraciones y cuchicheos quizás burlescos a sus espaldas de un modo magistral, retomó sus rutinas vacacionales habituales. Obviamente, después de tal planteamiento, nadie sacaba el tema a relucir pero como ella tampoco lo rehuía, poco a poco se fue desarrollando un boceto aproximado o más bien unas respuestas a algunos porqués que venían a ser piezas sueltas de un rompecabezas. El pollo era, ya se dijo, inspector del Ministerio y se retorcía cual comadreja buscando un ya más que tardío y menos que merecido ascenso y para lograrlo era más que conveniente aparecer dentro de los parámetros de la “normalidad” aquí o allá. Lo que venía a querer decir que le casi imprescindible aparecer en mayor o menor medida en los pequeños actos con la santa esposa o, en su defecto, una novia formal, que supiera estar, que no hiciera el ridículo y que no anduviera lejos de ese mundillo sórdido y funcionarial de los bajos niveles. Requisitos que de sobra cubría Nina, con el añadido o ventaja de que la discapacidad le servía perfectamente para justificar sus ausencias cuando fuera conveniente sin que ella siquiera se enterase. Una situación perfecta, sobre todo si lograba prolongar el noviazgo indefinidamente. Nunca llegué a enterarme como lo supo Nina, ni tampoco parecía haberla perturbado mucho el asunto, aparentemente, claro. Si uno se fijaba mucho, pero mucho, había momentos en que perdía la mirada unos segundos para volver enseguida a la conversación, y si contáramos los días que bajaba a la playa fueron bastantes menos. Esas mañanas las pasaba en el fresco rincón de la mecedora. Algunas voces decían “parece que cojea un poco más ¿no?” No, en realidad no, es que tenía menos ganas de caminar. Nadie pudo decir que se la viera triste o cosa parecida. No. Más bien convaleciente de una nueva luxación. Al año siguiente sólo vino quince días pues se había ido una semana a un hotel en Mallorca, creo recordar, donde le habían tratado “como a una princesa, oiga, como a una princesa”, contenta por ello pero igual de convaleciente. Al verano siguiente no vino, nos dijeron varias versiones de diversos porqués pero eran fuentes poco fiables.  Al otro nos contaron que la habían visto con una muleta tramitando algo en el ministerio, conociéndola esa muleta no demostraba que estuviera peor a sus cuarenta escasos de su cadera, sino que hay luxaciones que no se pueden operar.