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domingo, 13 de abril de 2014

Dos emes en realce (novena entrega)


Muy seguro se sentía Manuel con su tupida red de amistades bien situadas, muy dueño de su vida sabiendo pulsar la tecla necesaria en cada momento, sin pretensiones ni grandes ambiciones. Quizás todas las había cumplido y tan sólo aspiraba a eso: a controlar su vida y, por supuesto, la de Mariola. Entre ellos todo era una balsa de aceite, ella sabe estar en cualquier circunstancia, ordenada y metódica, es consciente de su lugar en el mundo, quizás el lugar en que hoy se ve no sea el mismo en que se veía entonces y esté un poco menos satisfecha, él desde el respeto al cuerpo, que a más de una se le antojaría excesivo, y a las formas igualmente aferrado al orden y al método pero, a diferencia de Mariola, no de un modo natural. El orden y el método lo más fijos posible era y sigue siendo para él la única manera que se le ocurre de evitar el caos, ese caos que supone hubo en la cabeza de sus parientes suicidas. Se aferra a ellos como un naufrago, todavía hoy el fantasma del suicidio le persigue y apenas siente desasosiego de cualquier tipo siente su proximidad. Ese es uno de sus grandes fantasmas, el menor sin duda alguna.
Era los buenos tiempos en que nadie hablaba de nada serio, y si surgía, con expresar las doctrinas oficiales al respecto se solucionaba y se podía volver al dolce far niente del no pensar por cuenta propia. Las minifaldas eran un escándalo, el sexo fuera del matrimonio inadmisible, los derechos de la mujer, un cómico delirio, la homosexualidad, un pecado contra natura, la República era el demonio y el Infierno estaba “científicamente comprobado, debajo de Rusia” como salió publicado poco tiempo antes de esos primeros setenta. El hábitat perfecto para la pareja sin duda alguna. Más nunca dura cosa buena y un día amaneció 20 de noviembre de un cierto año llamado 75. Ya sabemos que ocurrió.
En principio Manuel pensó que, en el fondo, nada cambiaría, y salvo por lo que debía fingir como cristiano un dolor por los frecuentes crímenes, que, a fuer de ser sinceros, no sentía, continuó con su vida normal. Sin embargo, no sé exactamente qué le hizo darse cuenta de que el color azul de las camisas se iba aclarando muchísimo. Que algunos de sus jefes eran destituidos, que otros eran obligados a jubilarse con cualquier pretexto. Su red se rompía, y lo peor es que él estaba atrapado en ella, se había significado demasiado en esas compañías. He de reconocer que supo reaccionar a tiempo acudiendo, precisamente, a la única red que había trenzado sólo para hacerse la vida cómoda durante los ingresos de Mariola. Monjas de hospital, médicos, enfermeras, y capellanes. Si tardó en darse cuenta de lo que estaba pasando, al hacerlo maniobró con rapidez, habilidad y astucia de labriego ladino en feria y antes de votar la Constitución ya había encontrado un espacio administrativo en un hospital, bien escondido, bien protegido por Madres Superioras, Padres Provinciales y diversos directores de Hospitales. Naturalmente aquello no salió gratis y ese refugio le costó caro, muy caro. Nada material, por supuesto, faltaría más, ni era su estilo ni tuvo nunca capacidad económica para esas cosas. El precio que pagó fue perder esa capacidad de huir cuando las relaciones se estrechaban, a cambio de refugiarse de sus viejas relaciones tuvo que asumir convivir más con el género humano. Aun así era curioso como no había acontecimiento peculiar, como unas elecciones, que no le pillara de viaje a casa de una u otra familia. Años duros, muy duros, surgieron amistades que se consolidaron entre médicos, enfermeras, algún vecino, con Mariola era inevitable llevarse bien y las huidas sólo podían ser en fin de semana y vacaciones, así que por muy cercanas que sintiese a las personas, por muy a gusto que estuviera en su compañía no podía escapar. Imagino su angustia pero sé que mantuvo el tipo e incluso conservó alguna de sus viejas amistades por si fuere necesario recurrir a ellas. Lo malo seguían siendo las huidas pues sí bien la familia se había desperdigado lo que le permitía diversificar destinos, no dejaban de ser familia. Manuel nunca ha entendido lo que es ir a ver algo, ponerle ante un monumento, un cuadro, una escultura o incluso un paisaje no le produce absolutamente nada, igual que una película, una obra de teatro o un libro. Su cerebro no concibe que eso pueda interesar a alguien. Otra cosa es ir con alguien que lo disfrute, él sigue sin apreciarlo pero actuará para agradar a esa persona, buscará los mejores restaurantes, los mejores hoteles, etc. Eso sí, sólo una vez, más sería establecer unos vínculos que no desea. He de decir en su descargo que tampoco le conmociona una buena comida, la aprecia, sí, pero sin esa avidez animal que caracteriza este país. Estaba pues atrapado en las redes familiares y locales sin posibilidad de escape. Algo tenía que hacer.

miércoles, 9 de abril de 2014

Morbo

 Ingres

Uno que está acostumbrado a moverse por las intrincadas y sinuosas carpetas ocultas y a menudo olvidadas e incluso despreciadas repletas de eso que en argot llamamos “academias”, o sea: dibujos o pinturas sin más pretensiones que eso, ejercicios académicos, casi siempre desnudos masculinos con actitudes neutras o, como mucho, heroicas en plan Aquiles, Anibal o Patroclo y muerto. Sin embargo, deambulaba por la red una de esas tardes en has acabado las web que lees y los blogs que sigues cuando de repente ¡Hale hop! Me aparece esta aparentemente simple academia. A priori igual a cualquier otra como la de Ingres que encabeza la entrada pero no. Aquí había un componente extraño, inquietante y que cabría calificar como morboso, lujurioso, libidinoso y oscuro.




La obra en cuestión es de “Christoffer Wilhelm Eckersberg (Blåkrog 2 de enero de 1783- Copenhague22 de julio de 1853) Pintor clasicista danés y por esto llamado "El padre de la pintura danesa". Nació en la pequeña localidad de Blakrog perteneciente entonces al Ducado de Slesvig y actualmente a la Sønderjylland ( = Jutlandia Meridional), siendo su padre Henrik Vilhelm Eckersberg pintor y carpintero, y su madre Ingeborg Nielsdatter, en 1786 la familia se mudó a Blans un villorio cerca del pintoresco Allesund, luego de los trece años se dedicó a la pintura como profesión sus primeros maestros en el arte de la pintura fueron Jes Jessen en Aabenraa (o Apenrade) y Johann Jacob Jessen en Flensborg. Entre 1800 y 1803 estudió y trabajó en la Academia Real de Bellas Artes de Dinamarca (Det Kongelinge Danskekunstakademi) en donde tuvo entre sus principales maestros a Abildgaard luego, por una beca, fue alumno de Jacques-Louis David en París. Desde 1818 fue profesor en la Academia de Arte de Copenhague y desde 1827 a 1829 el director de la misma. Al clasicismo supo aunar el romanticismo destacándose por sus paisajes y vistas arquitectónicas, asimismo descolló como retratista caracterizando a su pintura la gran limpieza de líneas, el detallado dibujo de las formas y el gran dominio del claroscuro para las carnaduras tal como se hace notar en su célebre Desnudo del espejo. Por esto Eckersberg fue el precursor de la Edad de oro de la pintura danesa.” Palabra de Wiki, que dado el conocimiento que la mayoría tenemos de la pintura danesa no vamos a cuestionar, por una vez.
Deténgamonos un momento ante esta obra. Un primer término de una mesa que corta la figura a medio muslo, recurso muy empleado habitualmente para cortar la “zona comprometida” que aquí en cambio queda explicita y casi resaltada. Tras esa tabla vemos a un hombre joven pero en absoluto adolescente, es un hombre hecho y derecho, como el que veíamos de Ingres, rubicundo y completamente desnudo. Hasta ahí nada que objetar pero sigamos mirando con un poquito de atención, para empezar nada de actitud heroica en absoluto, aunque sí se percibe cierta tensión, más en su cara que en su postura. Otro elemento a tener en cuenta es la fuerte diagonal que cruza la composición del codo al hombro, lo obvio en este tipo de obra es que fuera una espada o una lanza pero no aquí. Vemos como esa diagonal tan marcada sobre la sonrosada rubicundez de su piel es una regla o palmeta que sujeta con ambas manos. Ya sabemos que era instrumento normalmente usado para castigar a los alumnos díscolos o torpes hasta no hace más allá de tres generaciones.
Volvamos a la mesa. A la derecha, no sé si por necesidades compositivas, si es así yo no las encuentro, vemos dos prendas de ropa, una blanca, camisa sin duda, y otra azul. Deducimos que dada la desnudez del protagonista son sus ropas y volvamos a nuestro hombre y a la actitud amenazante con que sostiene la palmeta. La mano derecha la sujeta y parece hacerla baila sobre la mano izquierda como mostrando su capacidad de movimiento.  Bajemos la mirada y centrémonos en ciertas marcas que vemos en algunos puntos de su rotunda anatomía: el estómago, su muslo derecho, demasiado cerca de los testículos, y justo en el pubis, poco velludo como corresponde al género.  Son marcas amarillentas de más o menos la misma anchura de la palmeta, pero ¿son obra del pintor o deterioro del tiempo? La configuración y la poca lógica de su situación me hacen dudar que sean de mano del autor.
Ahora vienen las preguntas, si son de mano del autor está recogiendo azotes viejos, pues todos sabemos que ese color de piel aparece cuando el cardenal va desapareciendo. La mano derecha aprieta con firmeza la palmeta. La mirada recoge miedo y rencor. ¿Nos encontramos ante un hombre que ha sido recientemente azotado y ofrece la palmeta para volver a serlo, por muy absurdos que sean los lugares de los azotes que aparecen? ¿O bien nos encontramos a un hombre que disfruta de antemano del uso que va a hacer de ese instrumento bajo la apariencia de una serenidad nórdica? El espectador  ha de posicionarse, no siempre inocentemente, lo que le da a esta academia una ambigüedad básicamente perversa. Desde Fanny y Alexander y otras lindezas del mundo anglosajon-nordico conocemos el uso del castigo físico que ni siquiera acababa necesariamente con la infancia y las etapas más básicas de la educación, recuperemos por un momento el recuerdo de Ian Gibson y su “El vicio inglés” y nos encontramos ante una imagen que nos descoloca y perturba en más de un sentido. ¿Es alumno, es maestro y si lo es por que está desnudo, es parte de un juego sexual, si lo es qué papel juega?
En fin que una vez más el arte nos demuestra que si se mira bien nunca se sabe a donde nos puede llevar.

miércoles, 2 de abril de 2014

Abril

Seguimos con el calendario de Gaspar Camps, esta vez, como buen burgués y con el seny correspondiente al noucentisme tan propio y bello dedica el mes a la Feria de Abril en Sevilla que no hay que olvidar que la crearon burgueses vasco y entre burgueses anda el juego. Sobre lo habitualmente recargado del autor, reconozcamos que los faralaes no son lo suyo.
El mes de abril suele ser un mes puñetero, ni frío ni calor sino todo lo contrario, alergias a todo pasto, lluvias mil -e incluso nieve hoy en la Sierra Madrileña-, cerezos en flor y tempestades de agarrarse a las farolas, encima este viene movidito, sin candidatos pero con sombras chinescas y sotaniles de guerracivilismo. Con manifestaciones pero, parece ser que es la última moda, sin imágenes de ellas a menos que haya palos. Vamos que las cámaras de todos los signos están sólo, casualmente, donde hay bronca. Las copleras rosas de abril se congelan, las lluvias de abril que caben en un barril joroban al ciudadano y al alérgico. Seguro que en Semana Santa caen chuzos de punta. Y la feria de abril... en Sevilla.

domingo, 30 de marzo de 2014

Dos emes en realce (octava entrega)



Si ella vivía todo aquel trajín con aceptación serena, él, por el contrario, vivía en un estado de continua agitación interna que no se manifestaba nunca salvo en algún exabrupto desmedido con algún “inferior”. La educación en el pazo arruinado le había dejado bien claras las escalas sociales y, si fuera sincero y dejara de escudarse en su cristianismo de sacristía, sería capaz de establecer de una mirada a cada uno en su lugar sin plantearse dudas. Para empezar esas relaciones que buscaba entre los del escalón inmediatamente superior le obligaban a cosas que no le gustaban como ir a salas de fiesta, bailar o incluso ir a algún cine. Lo de leerse el mismo periódico que el jefe lo consideraba parte de su trabajo, la mayoría de las veces era el “Ya”, pero otras era “El Alcázar” o, excepcionalmente entre sus superiores más cultos, el ABC. Era obligación tan asumida que ni siquiera se daba cuenta de en qué momento cambiaba de diario. Como un trabajo se lo tomaba pues no le gustaba leer, ni bailar, ni… bueno, ya hemos dejado dicho que no se le conoce nada que le guste. No es cierto, de lo único que hay certeza que le gusta es “La flor de la canela” que él, no sin esfuerzo, ampliaba a la música sudamericana. Por supuesto no tenía ni tiene equipo predilecto, faltaría más, y en la cruel tesitura de elegir tendría la sabiduría para decantarse por el del jefe o, llegando un paso más lejos, por el del próximo jefe. Sin embargo, dos o tres noches por semana se veía obligado a salir más o menos de buen grado, hoy una cena, mañana una sala de fiestas, pasado un coctail, al otro la presentación de un libro del hijo del gobernador civil, al de más allá una puesta de largo o una boda o un bautizo e incluso algún funeral que otro.
Tras la primera enfermedad de casados y el primer ingreso de Mariola hubo un tiempo en que pareció que aquel podía ser el destino definitivo de la pareja, incluso Manuel comenzó a moverse en ese sentido. Sin embargo, y ahora lo vemos desde los ojos del abnegado marido, como siempre cuando tenía la sensación de encontrarse cómodo en el lugar, de ir hallando amistades algo más profundas que las del más superficial trato social, de ir encontrando los resortes, los rincones, los encantos de cada lugar, comenzaba a sentirse incómodo. Algunos antiguos lo definirían como “culo de mal asiento”, pero no era eso. Manuel deseaba, o eso creía, establecerse definitivamente, pero esa desazón que le acometía repentina, furibunda y silenciosa, tanto que ni sus confesores tenían noticia de ella, le hacía casi inconscientemente buscar que le trasladaran, casi siempre ganando en el cambio pero tan poco era el beneficio que ni compensaba los gastos de mudanza. Por supuesto, Mariola ni se enteraba hasta que comenzaba a verle aun más respetuoso en la cama, con la mirada perdida y como distraído; llegó un momento en que al notar los síntomas, incluso antes de que él hiciera nada ya comenzaba a empaquetar pequeñas cosas para ir adelantando. Eso sí, en cada traslado confiaba la muchacha en que se acercarían a su familia y, siempre, se equivocaba.
Hubieran podido pasar así su vida entera pero eran los sesenta y hubo cosas y hechos que se fueron imponiendo, a pesar de Manolo. Además eran armas de doble filo, y más en sus manos. La primera fue la televisión generalizada, cosa grave pues no sólo tenía que hacerse con una, a plazos, para demostrar un cierto poder adquisitivo que pretendía dar por hecho ante sus amistades sin tenerlo pero por otro lado su presencia en el minisalón de la casa le inquietaba, no se consideraba un mojigato pero tanta violencia y tantas imágenes perturbadoras no le gustaban, es más le revolvían y procuraba evitarlas por todos los medios. El segundo hecho que le vino todavía más impuesto cuando de buenas a primeras se encontró siendo el único de toda la oficina que no tenía coche. Casi aprisa y corriendo se compró el primero que le ofrecieron, un R8 crema. También era arma de doble filo pues si bien como efecto negativo tenía poder viajar más a casa de la familia de Mariola y, por tanto, aceptar más compromisos del tipo: “hazme una batita de verano” y demás, por otro lado le permitía organizar constantes salidas “de compromiso” con las que evitaba que sus familias les visitaran demasiado a menudo. Además, al sentirse el Amo y Señor de tan poderosa máquina consideró que ya podía volver a casa sin tener que bajar la cabeza como le había dicho su abuelo. Cuando llegó se encontró con que todos los supervivientes tenían mejores coches que él aunque, eso tiene que reconocérselo todo el mundo, no conducen mejor que él. De hecho aun hoy sigue atravesando el país y manejándose con el coche con verdadera habilidad, y no solo conduciendo sino quitándose de en medio cuando alguien les anuncia que va a ir a cerca de donde viven, “casualmente” ese día estarán de viaje, y no miente, siempre tiene pendientes varios viajes para estas ocasiones. No es, contra lo que pueda parecer, que no aprecie a quienes llegan, no, ni mucho menos, esta actitud se debe a la misma causa por la que buscó desde siempre pisos pequeños: para que nadie pueda quedarse con ellos ni una sola noche. No es que le moleste su presencia, no, ni mucho menos, es más se siente halagado y extraordinariamente satisfecho de poder agasajar a amigos y parientes tanto fuera como dentro de su casa pero cuando él considera oportuno y nada logra forzar su voluntad en ese tema, ni siquiera sus compromisos sociales más intensos. En aquellos años eran muchos y adecuados para las pequeñas mejoras que siempre buscaba a través de aquellas “amistades” oportunas. Sin embargo, alguien que no se dejara enredar por el constante juego de comidas, cenas, salas de fiestas, bodas, bautizos, comuniones y funerales hubiera podido observar que mientras Mariola se acomodaba lenta pero confortablemente en el nuevo lugar, Manuel se integraba de inmediato forjando relaciones deprisa pero que cuando esas relaciones u otras que fueran apareciendo se iban asentando y adquiriendo mayor intimidad, él se iba encontrando más y más incómodo, iba rehuyendo precisamente a las personas con la que la pareja se encontraba más a gusto, a aquellas con las que le resultaba fácil sincerarse, casi como si le diera miedo de algún tipo de contagio. Entonces surgía la posibilidad de traslado.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Adolfo Suarez: reflexiones sin reflexionar.

Contra mi costumbre escribo directamente, sin borrador, así que algún falló habrá, disculpadmelos.
La muerte de Suarez ha despertado cosas, creo que en todo el mundo, especialmente entre quienes vivimos aquellos años en el paso adolescencia juventud, cuando aún no acabábamos de comprender el "funcionamieto" del "régimen anterior" y no teníamos ni idea de hacia donde íbamos.
Creo que él ha sido siempre el único político a quien no he puesto de vuelta y media en algún momento aunque desde luego la camisa azul de sus orígenes no le ponía en mi bando.
Era un gran hombre para momentos críticos. Me pregunto si hubiera destacado tanto en un periodo de normalidad. Afortunadamente le tuvimos ahí justo en el tiempo y el lugar adecuado.
Dejó cosas por hacer. Evidentemente, evidentemente, pero echando cuentas desde verano del 76 a invierno del 81 no llega a cinco años. No, no es a él a quien hay que echar en cara que los represaliados del franquismo sigan en las cunetas o que aun queden aspectos a desarrollar de la Constitución o que todavía estén vigentes leyes franquistas.
No creo que si hubiera logrado algo más después de su defenestración, algún cargo quiero decir, hubiera podido mantener el ritmo, no sólo él, el país tampoco. Tras esos años del 75 al 82 convulsos, sangrientos y apasionantes, el país necesitaba remansarse, que lo hiciéramos bien o mal es otro cantar.
Gratitud. Si, desde luego, pero por algo más que nadie ha mencionado estos días de lenguaraces a sueldo. Gracias por hacer que mi juventud, y la de varias generaciones, sintiense que avanzabamos hacia algo mejor, que podía hacerse, que la historia avanzaba. Fue una ilusión, desde luego, pero esa sensación de un futuro mejor posible y accesible, por el que se podia trabajar y no sólo laboralmente, es algo que las actuales generaciones de menos de treinta y pocos años no pueden ni imaginar. Fueron años de efervescencia absoluta en todos los campos. Para bien y para mal.
Historia. Sin duda es un hito en la lamentable y apasionante historia de España. No tuvo quizás la profundidad de un Jovellanos, no parece que le interesara mucho la teoría política, pero tampoco la radicalidad de los hombres de la República, era un hombre, por lo menos su obra así lo indica, que se enfrentaba a problemas concretos para llegar a un punto y aportaba soluciones concretas para avanzar, pasando de servidumbres a ideologías presas por letra impresa. Se le ha comparado con Cánovas, hasta cierto punto, sí, pero sólo hasta cierto punto. Cánovas trajo un monarca, Alfonso XII el Pacificador y una cierta estabilidad, pero él no tuvo que enfrentarse a un país infectado por el miedo de cuarenta años de represión. Un miedo profundo y una élite oligarquica de cuño autoritario que vivía y se arraigaba precisamente en ese miedo y en esa ignorancia. No, Cánovas sin duda lo tuvo más fácil.
Reacciones. No creo que nadie esperara la reacción que ha habido teniendo en cuenta que hace mucho tiempo que abandonó el primer plano de la vida pública y algunos años en que sabíamos de su enfermedad. Si se me permiten los terminos: esa reacción ha debido ser un zapateado en la entrepierna de toda la clase política por la inherente comparación con la panda trepas caciques y herederos de caciques que han tomado los diversos poderes y no me refiero a los de un único color, llevando al país a una situación más parecida a la España de Primo de Rivera y anterior que a cualquier otra. De nuevo gracias, don Adolfo.