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sábado, 3 de noviembre de 2018

EN EXTINCIÓN: LO QUE DE HUMANO TIENE EL HUMANO

Últimamente estoy oyendo mucho, demasiado, a personas de todas las edades "yo paso de esto, de aquello o de lo otro". No tendría importancia si se hablara de comer lechugas o bocatas de calamares, pero no. Normalmente se "pasa" de digamos "cosas" a falta de mejor nombre relativas a las relaciones humanas. Detesto acudir a ejemplos constantemente pero en muchos casos para muestra vale un botón, recogeré algunos "paso de". "Paso de ir a los cementerios" (y de cualquier forma de recuerdo de éstos en fechas clave), "paso de hacer regalos, les doy el dinero y que se apañen" (traducción: me importan tan poco que con tirarles el dinero a la cara, vale) "Paso de felicitar" (vamos que me da igual que cumplas años o que te mueras) (lo de "paso de la Navidad" lo he tratado en otros momentos) "paso de ir a ver a alguien al hospital" (voy a perder el tiempo y encima puedo salir contagiado con ébola) "paso de él/ella" (me da igual que exista, y si tiene un problema, mayor motivo). De acuerdo, pasan, comprendido pero ¿con que llenan esos huecos?
A ver si soy capaz de explicarme. El hombre es un animal político (más bien animal) es decir animal que vive en la "polis", la comunidad. A lo largo de milenios se han establecido rituales especialmente para recordárnoslo de las Panateneas al Carnaval, de las Lupercales a Semana Santa, todas y cada una de esas celebraciones buscan unir al grupo. Para unir al clan surgen otras celebraciones menores, cumpleaños por ejemplo, felicitar son dos palabras por teléfono "Feliz Cumpleaños" que significan que te tienen o les tienes presentes en sus/nuestros afectos aunque se esté al otro lado del mundo. Muy bien, pasan, y ¿con que pieza de su vida se unen al grupo? por que, se me olvidaba, también se "pasa" de la puntualidad y hasta de cumplir la palabra dada, acudir a una cita por ejemplo, (a menos que haya un beneficio material inmediato del tipo "están noche cae") ¿Dónde está los sustitutos de esos vínculos (el alcohol y los abusos no cuentan)?
Los días para ellos son todos iguales, nada destaca, en términos marinos no tienen noray para echar el cabo, los que trabajan por que ya da igual siempre estás al servicio del Amo/empresa, cuestión de móviles, y los que no por eso mismo. Lo que sustituye a aquello de lo que ahora se "pasa" ¿es simplemente el vacío de la rutina anodina sin rupturas salvo la de huir enloquecidos a las playas en cuanto hay dos días festivos, para seguir haciendo lo mismo?
En el fondo, en ese canto a la libertad o al cansancio no es más que indiferencia hacia el otro o, lo que viene siendo peor, depreciación de la propia vida negándose a celebrar (y con esto no me refiero a montar grades cosas sino esas pequeñeces de poner una vela, coger un teléfono) que se sigue vivo, quizás ellos ya no lo estén

miércoles, 10 de octubre de 2018

OCTUBRE 2

Esta es una de las portadas más conocidas de la revista no he localizado ni autor ni fecha pero nos da un poco igual ¿no?
 
Para ser sinceros pensaba seguir hablando de  "La vie parisienne" pero no podría aportar nada que no se encuentre en la Red, salvo decir que es interesantísimo seguir la trayectorias de diferentes revistas y correlacionarlas con le historia. Sorprendente. En cuanto al autor, Leo Fontan, digo lo mismo y como comentario personal añado que me parece de una picardía casi inocente, casi perversa absolutamente deliciosa.
Pero volvamos a octubre. Llega ya el otoño etc. Hay algo más, sutil quizás, quizás subjetivo pero que está ahí. En este mes es cuando todos vamos encajando en la normalidad tras el desparrame veraniego donde nada ni nadie está disponible ni en su sitio. En septiembre, todavía hay vacaciones de abuelos, de gente sin niños, buen tiempo, inundaciones que no pueden faltar en un septiembre que se precie y la convulsión telúrica de la vuelta al cole con sus niños cabreados, sus madres histéricas de acá para allá comprando el material necesario, los padres indignados por el precio de todo y los abuelos empezando a resignarse a dejar de vivir sino en función de los horarios de los niños. En octubre todo se ha asentado y cobra fuerza la normalidad rutinaria. Es la balada de otoño de Serrat hecha realidad. Aunque sin desdecirme he de matizar que las mamás siguen histéricas pero por que hay que preparar los disfraces para Halloween, pues el colegio organiza una fiesta. Primero Halloween, fiesta con disfraces etc, Luego Navidad, otra de lo mismo,  Carnavales, y dale con el ritornello de fiestecitas, si añadimos eso que apareció de repente como semana blanca que parece que se ha diluido, la Semana Santa y los trabajitos para el Dia del Padre y para el Dia de la Madre, y sin contar las fiestas de graduación que se hacen hasta en las guarderías uno se pregunta ¿Cuántas horas lectivas se pierden en todos estos tinglados? ¿A qué grado de histeria materna se quiere llegar? ¿Qué grado de resistencia tienen los abuelos para atender al delirio días libres y días que tienen que tener a sus nietos? Ah, se me habían quedado en el tintero los puentes y las fiestas locales, más disfraces al canto. Así pues es el horario de los niños lo que rige la vida de medio país.
Así que la normalidad rutinaria que empieza en octubre es algo relativa pero compensa ver el estallido de amarillos, dorados, rojizos de los árboles, el florecer de las últimas rosas y, todo sea dicho, la cercanía de los huesos de santo.

viernes, 5 de octubre de 2018

OCTUBRE

 
Se acabó el almanaque de portadas de Vogue. Con el curso empiezo otro, ya sé que los almanaques se empiezan en enero pero ya sabemos que yo soy muy mío para mis cosas.
Me gustaría comentar algunas cosillas sobre estos almanaques, o más bien sobre sus autores. ¿Cuantos nombres de ilustradores podemos recordar? (Ibáñez no vale), pues aseguraría que, a menos de estar metido en ese mundo, pocos o ninguno. Sin embargo, ellos han sido quienes educaron la vista y el gusto de tres o cuatro generaciones. Cada semana, cada mes, en tapas, libros etc. entraban regularmente en casa. ¿Quién no recuerda las portadas de La Codorniz de Mingote o Serafín? Como alguien casi de la familia. Lo que vengo a querer decir que esas ilustraciones que ni siquiera se mencionan en los libros de arte, no sólo han formado visualmente al lector corriente sino también a los artistas, pintores, aunque luego hayan evolucionado hasta las antípodas estéticas de estas ilustraciones, y, me atrevería a decir, que escritores. El más claro ejemplo es Rockwell pero quizás por su cercanía temporal y por las circunstancias históricas que vivió. Todos, todos, hemos crecido con ilustraciones cerca (calendarios, tebeos, periódicos, incluso colecciones de cromos) y eso es lo que ha educado nuestro ojo para bien o para mal y creo que merecen una mucho mayor atención de la que tienen. Por ejemplo: ¿Qué historiador del arte de las diez o doce últimas hornadas conoce aun de oídas a Rafael de Penagos? y los de las hornadas anteriores sólo quienes se hayan interesado por su cuenta. Por educar, hasta han educado (y algo más que educado) el erotismo de generaciones enteras, las Pin-up de Vargas llegaron regularmente al público hasta los setenta. En cierto sentido fue en este campo erótico festivo donde se les ha conocido y dado más importancia pero este "género" pertenece a lo que podríamos llamar "arte subterráneo" que ha existido siempre y que nadie ha reconocido oficialmente como tal, seguramente alcanzó sus momentos de mayor gloria y difusión durante el periodo psicaliptico que encaja, casi al milímetro, con la primera mitad del XX. Pero el género erótico no es el único en que brilla el ilustrador, ni mucho menos.  Personalmente me fascinan las infantiles y las de las cubiertas de los libros. Yo descubrí a Wilde por que en la edición que encontré Dorian Gray era, en un dibujo precioso, el Caballero que hubiera querido ser.
El autor de las cabeceras de los próximos doce meses es Leo Fontan y casi todas las imágenes son de una revista, "La Vie Parisieen" fundada en 1863 y comenzó como una revista semanal dedicada al, digamos "gran mundo", pero poco a poco se fue decantando hacia algo más subidito de tono, así se la consideró ¡En la Francia de la Belle Epoque! y perdió su prestigio -al menos entre los lectores anteriores- considerándose perniciosa. Seguiremos hablando de esta curiosa revista y de sus intenciones.

jueves, 27 de septiembre de 2018

LA SACRALIZACION DEL TRABAJO O ALGO QUE NADIE QUIERE SABER

Y ya no es sólo el dinero.
 

Hubo un tiempo en que el ser humano existía como tal.
Hubo un tiempo en que el ser humano era.
Hubo un tiempo en que el ser humano formaba parte de algo.
Hubo un tiempo en que había tiempo.
Sí, aunque cueste creerlo, lo hubo. Era el tiempo en que existían las jornadas laborales. Los horarios. Un mundo, en suma, más allá de los muros del washap y/o de la oficina. Algo grave, pero que muy grave, ha tenido que ocurrir para que todo aquello se esfumara, como el sueño de un bebé ingenuo. Bien mirado, no ha sido una sola cosa sino un cúmulo de ellas que han supuesto quitarle los tornillos al mecano de la sociedad, de la humanidad tal y como la entendíamos y algunos todavía la entendemos.
En el principio fue el paro. El paro endémico, con sus altibajos desde que yo acabé la carrera (1983), luego el falso esplendor que no era sino ratonera, esa edad de oro en la que se vareaba la plata pero que nunca llegaba a ancianos, guarderías etc. Finalmente una crisis, una recuperación y ahí es donde yo creo que nos pusieron la soga al cuello. Recuerdo perfectamente una conversación de madres (el marujerío ibérico Pata Negra es mucho más que representativo, es la serie de botones de todas las muestras) hará unos veintipocos años: “pues sí, mi hijo entra a trabajar a las ocho y no sale hasta las diez u once de la noche. No, pagar no le pagan pero le cuenta mucho para el curriculum”. Desde entonces e intentando simplificar mucho el trabajo ha pasado de ser un castigo divino a ser divino en sí mismo. Había gente que trabajaba para vivir y otra que vivía para trabajar, ahora ya no. Ahora el individuo se inmola, con o sin necesidad económica, ante el becerro de oro del trabajo, nada hay prioritario a él. Ni siquiera la propia existencia del individuo. En castellano hay un refrán muy claro que lo dice: “cuanto más te agachas, más se te ve el culo”. Ante esa sacralización del trabajo la Empresa (motor en principio del proceso pero no única responsable) rebaja y rebaja y rebaja la condición humana del trabajador, ya no hablo de salarios que también sino de cosas como que el cliente de un comercio tenga que dar una calificación al dependiente o no hay tikect, léase un trabajador está siendo juzgado por ni se sabe quien y de ese no se sabe quien depende su futuro. Cosas como “sí tienes derecho, pero si lo pides te despido” y mil más ante las que se adopta la actitud de la maruja del principio: le vale para el curriculum, en este caso para la consideración en la empresa, para la jubilación. Así uno a uno individuo a individuo se ha ido sacralizando el trabajo, límite y frontera, horizonte y elevación. No sé si me estoy explicando. El problema no es lo que haga el poder neoliberal (se llame Podemos o PP), eso es lo de menos, es la actitud vital. Hay que tragar pues se traga, así ha sido siempre, el problema repito es que no existe la conciencia de estar tragando. Pero, como las leyes de Murphy afirman, puede empeorar y empeora pues cuando alguien comenta algo es el raro, el vago, el que no sabe lo que dice, el etc. etc. etc.
Pues, muy señores míos, aquellos que no quieren darse cuenta por qué eso les obligaría a pensar (yyuyuuyu), aquellos que se creen mejores por su inmolación al volcán empresarial yo les aseguro que ese volcán les va a coser a puñaladas en cuanto pueda, que no van a encontrar ni un apoyo y que por mucho fondo de pensiones (¡que se hace con bancos y aseguradoras! ¿hay alguna manera más segura de saber que se está tratando con estafadores?) que tengan no acaben debajo de un puente. No concebir la vida sin esta forma de entender el trabajo como Dios Óptimo Máximo es como no concebirla sin móvil. Ah, perdón no me daba cuenta de que es redundante.


viernes, 21 de septiembre de 2018

POLI(TICOS) DE GUARDERÍA

He aquí la única guardería pública para la que nunca faltan fondos

-Seño, seño, que la Cristinita ha copiado su redacción.
-Seño, seño, pues, pues, pues el la Carmencita no vino a clase el viernes
-Seño, seño, es que, es que, es que Pedrito ha cogido unas cuartillas que no son suyas.
-Seño, seño, que el Pablito dice que no le enseña la redacción sino se lo manda el director.
-Seño, seño,  (y así sucesivamente)
La dura vida del maestroescuela de toda la vida (el de las Primeras Letras, que sufren las desidias paternas más horas que nadie, y que hasta hace bien poco hasta pasaban hambre, esos de quienes decía el refrán “Al maestro, puñalada”) es un paraíso si se compara con la de la hipotética Seño de la Guardería de La Carrera de San Jerónimo. Lo único que podría hacer para arreglarlo (está prohibido, y no me refiero a correrlos a guantazos), sería la expulsión generalizada, con estancia en correccional y escuela de modales y, eso lo primero, con la prohibición expresa de pisar un centro docente y menos aún los decentes. Preventivamente se aplicaría a todos los alumnos de la guardería la misma sanción para controlar el contagio.
Y a todo esto, los directores se ocupan de todo esto menos de dirigir el centro. Por cierto que a los que pagan la matricula lo que quieren es que les eduquen a sus hijos, no si uno u otro tiene tal o cual caligrafía delictiva.
Si es que el sistema educativo desde los treinta va de mal en peor.

domingo, 16 de septiembre de 2018

DE FOTOS Y TRAGEDIAS


Hace casi un año he sufrido una pérdida de esas que sabes que te van a cambiar la vida y no por sabidas y esperadas menos espantosas. “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio” dijo Serrat. Nada más cierto. Casi podría hacer esta entrada con frases de sus canciones, desde “A quien corresponda” a “Pequeñas cosas”, pero no voy a ser tan obvio, creo. La casa. Hay que organizar la casa para uno solo y arrancar de las paredes la pena acumulada, adherida como un liquen y venenosa como la hiedra. Sí, sé que en este tiempo tan racionalista decir que el dolor se incrusta en objetos materiales, una pared, un mueble, está mal visto. Hay que vivir desde la racionalidad más absoluta, como si cuanto nos rodea lo fuera, y no hay nada más desquiciado y falso que la supuesta realidad en que vivimos. Además, quien no lo haya sentido, ya lo sentirá o habrá logrado que su razón mate algo de sí mismo. Y no hablo de oídas.
Vaciar armarios y cajones, repasar una y mil veces los documentos para no deshacerse de algo importante, intentar, en vano en mi caso, ordenarlos.  Ya sé que quien haya pasado por algo semejante sabe de qué hablo y quien no, desgraciadamente, lo pasará. No es nada que no sea universal precisamente por ser radicalmente subjetivo. Se quiera o no se quiera no hay más que dos opciones o te quitas de en medio o se inicia una nueva etapa de tu vida. Un tiempo que necesita su espacio propio o ese liquen que comentaba seguirá ahí, aferrado y pegajoso, casi maloliente. Si decide uno quedarse hay que abrir ventanas, ventilar espacios, despejar huecos y hasta crear vacíos no tanto para que entre lo nuevo como para alejarnos de los viejos dolores, a menudo ajenos, que llevamos dentro como líquenes del alma. Los recuerdos se amontonan y te encuentras guardando una receta de un jarabe de hace veinte años o un billete de metro, y te van ahogando si no te defiendes como si fueras un desalmado, un Atila de los sentimientos, esto hace que algo que permanecía entreverado entre lo demás surja levemente: la culpa. ¿De qué? No importa, siempre hay algo de qué culparse, de no haber hecho esto o aquello, o de haberlo hecho, no importa. Y aun estamos en la fase de grosso modo, todavía no han entrado en juego las pequeñas cosas. Llega un momento en que entran en tromba, el de abrir cajas, joyeros y demás, te arrollan y casi sientes que te matan.
Siempre hay algo peor. In finitamente peor. Por Dios os lo advierto, si llegáis a vivir algo parecido no leáis jamás, jamás, los diarios, las anotaciones en las agendas ni siquiera los papeles sueltos que queden pegados al fondo de los cajones. No leáis nada, nunca pues es demasiado fácil que encontréis ahí lo que no se quisiera saber nunca sobre nosotros mismos, o lo que no creimos nunca que quien los escribió pensara de nosotros. O todavía peor, descubrir sus sufrimientos inútiles por un pasado como una losa que no viste. No los leáis nunca, por que al hacerlo, los dolores personales del ausente sus cargas van a caer sobre vuestras espaldas.
A veces hay notas, cartas o sobres expresamente dirigidos a uno, no queda más que echarle valor y leer pero no lo hagáis solos. Que haya alguien en casa, aunque no esté a vuestro lado en ese momento. Aunque sean para nosotros pueden esconder otros dolores que mejor es almohadillar en hombro ajeno.
Aun así: el coctel más peligroso ya está servido sin necesidad de leer nada: evocación y culpa a partes iguales con un aroma de hiel y un toque de sal de lágrimas, se sirve caliente y en vaso largo, tan largo que nunca se va a vaciar. Además es adictivo, muy adictivo. La corbata marrón que llevó en tu comunión –horrible moda la de los sesenta-, los zapatos de tacón que se puso para da igual qué boda, todo, cada cosa desde eso, una corbata a un botón, evocan algo. Hay que aguantar el tirón como que podemos hacerlo aunque sepamos que no, que no podemos.
Ayer, anteayer o el día anterior, no recuerdo, me llega un correo de la gestoría sobre el interminable tema de la testamentaría comunicándome que el notario pide, atémonos los machos, el original del DNI de mi madre muerta hace 32 años, que se dice pronto. Tuve que lanzarme a la busca y captura del famoso DNI. Supongo que como todo el mundo tengo un par de centros neurálgicos de los recuerdos y las nostalgias geográficamente localizados en las profundidades de los armarios. No conviene tenerlos demasiado a mano o no escaparemos nunca de sus telarañas y tampoco demasiado inaccesibles pues allí, y sólo allí, está lo que somos. Aunque no queramos.
No me quedó más remedio que vaciar prácticamente un armario y afrontar los desafíos de las cajas de madera con las postales antiguas, las de cartón con el libro de la comunión y una pitillera de piel que nunca llegué a usar y, por fin, las de lata. Las cajas de bombones de lata son, casi por destino, el receptáculo (cursi palabreja) de las temidas fotografías. Sí, temidas por que a las fotografías hay que temerlas pues, como el retrato de Dorian Gray, nos devuelven no lo que fuimos ni con quien lo fuimos sino todos aquellos sueños y proyectos que tuvimos, teníamos y que, nunca se sabe cómo se han ido diluyendo. Como buenos masoquistas que somos –lo reconozcamos o no- nos gusta conservarlas y volver a ver las caras de quienes se fueron, y hasta las nuestras cuando teníamos la tira de años menos. Generalmente el envejecimiento que se ve en ellas suele deprimir, afortunadamente no es mi caso: de joven era gordo, granujiento, de cabellos negros, ensortijados y grasos como un barril de aceite, las gafas de culo de vaso y una barbilla afilada saliendo de una muy desarrollada papada completaban el cuadro. Así que cuando las veo y me comparo me doy cuenta de lo mucho que he ganado con los años en aspecto. Dejemos la parte narcisista y volvamos a la caja de Freixenet edición especial que contiene los sobres donde está, más o menos ordenada, la mayoría de las fotografías.
Uno, el primero resulta especialmente ofensivo por motivos que no vienen a qué pero lo bastante intensos como para tener que alejarlo o romper a llorar a moco y baba, que, por lo visto es saníiiiisimo pero que yo nunca he visto que solucione nada. Luego vienen los demás; uno a uno te van echando encima las tragedias de todos. Cada una de ellas contiene al menos una tragedia, muy a menudo, varias. Si se ven con alguien siempre se acaba uno riendo de las modas; yo no, pues no me he sino con lo que me ha cabido, y eran los tiempos de la camisas ceñidas, recuerdo una de color verdemar (o verde nilo que dice Adamo) hombreras anchas y cintura de avispón, ya que hablamos de hombres, con unas solapas cuyos picos daban en las hombreras que me frustraba enormemente pues ni el más egregio de los modistos me podía colocar algo así con mis pintas. También eran los tiempos, y esto ofende aun, de los pantalones que se encajaban en la cadera y se pegaban ciñendo los muslos (y lo demás, claro) para abrirse con más o menos vuelo, según lo fashion`s victime que fueras,  ni mis dos muslos juntos daban para rellenar el más fino de los pantalones de ese tipo, así que llevaba pantalones de abuelo. Eso te acaba haciendo reír si estás con alguien pero yo estaba solo e iba viendo las caras más o menos amadas que evocaban sus historias (abandonos, palizas, cuernos, cirrosis, cáncer, infartos, matrimonios desgraciados, horfandades, hambres) me iban cayendo encima, como losas. En los más cercanos a mí, podía, puedo ver en los ojos –blanco y negro, papel de rebordes irregularmente ondulados- como esa tragedia del abandono del primer amor, del primer muerto, del primer luto, del primer fracaso iba creciendo y no sólo en sus miradas. Casi imperceptiblemente la expresión, el rictus va cambiando. De pronto oyes la risa de tu madre, que inundaba la casa como una cascada de alegría bidestilada y miras las últimas fotos, cuando ya hacía mucho tiempo que no reía y le preguntas ¿dónde te fuiste sin irte? Oyes los gruñidos de tu tío, cincuenta años y ya acabado, y le preguntas ¿Por qué nunca la olvidaste y dejaste que te envenenara con alcohol hasta la cirrosis? Miras la cara agria del abuelo el menos borracho y le preguntas ¿cómo pudiste ser tan … para pegar a tu mujer delante de tus hijos?
Casi desesperado bscas sonrisas, algo que no traiga más sordidez a tu mente y, aunque pocas, las encuentras. Un padre con su bebé en brazos, una pareja en la verbena, y poco más. No puedes llorar, no está en tu naturaleza, pero hay lágrimas hacia dentro por tanto dolor acumulado en los tuyos y que, inevitablemente, ha caído en tus hombros a poco sensible que seas. Sólo entonces descubres hasta qué punto has querido o no a esa persona. Cuando cerré la caja de Freixenet edición especial, llevaba todo el agobio del mundo y el DNI de mi madre en la mano. Han pasado tres días y aun me dura la resaca emotiva. Eso sí, tengo localizado el documento. Algo es algo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

BURT REYNOLDS: INTIMIDADES DESNUDOS

 
Hace tiempo que dejé de hacer entradas de despedida pues con cada una se iba, se va, una parte de nuestras vidas, y ya la vida nos hace sentirnos en un tiro al blanco sin necesidad de necrológicas. Sin embargo, ayer, cuando supe de la muerte de Burt supe también que tenía que hablar de él.
Seamos sinceros, en su momento de gloria simplemente le odiaba a muerte. Es lo que me pasa siempre con cualquiera que sea más alto, más delgado y más guapo que yo, lo que viene a ser todo el mundo. Además tenía un aire de arrogante megamacho muy western que me ponía de los nervios. Reconozco que, sin ser un espejo de actores, sus interpretaciones eran correctas y hasta creíbles, por lo menos durante aquellos primeros años. He de decir que loa trabajos de su madurez que le valieron el oscar no los he visto pero por los resultados, como a tantos otros guapos del cine, los años le trajeron sabiduría o quizás la oportunidad de no “ir de guapos” en sus películas, o dicho de otra manera que sus imponentes físicos no limitaran los papeles que se les ofrecían.  Son los casos evidentes de Burt Lancaster, Sean Connery, Rock Hudson o ya más reciente, Richard Gere, quizás el más sabio al hacer la transición de joven sexualmente irresistible a galán maduro con bastantes más registros de los que le suponíamos.
Sin embargo, no esta en esta entrada Burt Reynolds por sus trabajos, sino por algo más íntimo y personal que imagino compartiremos más de uno. Ocurrió cuando yo apenas era un adolescente y en los primeros setenta, en el 72 concretamente. Ya sabéis por experiencia propia lo liado que está uno atendiendo a sus hormonas un tanto confusas a esas edades. Por si fuera poco estábamos en este país con la célebre “ola de erotismo que nos invade” (frase repetida hasta la nausea) que no era sino una cierta y moderada alegría carnal que, eso sí, llegaba por todas partes. Faltaban años para L’orgia con Juanjo Puigcorbé 1978 luciendo todo lo que Dios le dio, o para El libro del Buen Amor con Patxi Andión 1975 pero solo trasero. Menos faltaba, creo, para Juan Ribó en Equus en teatro 1975.  Desde luego estábamos a años luz del despelote generalizado de los últimos setenta y primeros ochenta cuando se desnudó hasta el gato (incluso gente que hubiera ganado mucho no haciéndolo) Era justo el momento menos oportuno para el desbarajuste  hormonal que toca. Pues ahí me tocó a mí. Pertenezco a esa generación extraña y absurda que vivió todas las transiciones, no solo La Transición sino muchas transiciones menores. Un par de ejemplos: fui del último curso de bachillerato antes de que la enseñanza entrara en picado con la EGB que entonces parecía un fiasco y hoy parece un Parnaso; fui del primer curso de doctorados por créditos cuando ni siquiera los responsables sabían cómo manejarlos y en la carrera (Historia) los profesores hacían filigranas para evitar por todos los medios evitar el s. XX pues no se sabía por dónde iba a respirar la movida política. Digamos que soy hijo de las transiciones con minúsculas, lo que equivale a decir hijo del “no sé por dónde me ando”.
Para agravar la cosa yo era un tanto pánfilo, inocente si queréis más elegancia, y, en algunas cosas mi cerebro tenia compartimentos estanco. Una de ellas era el cine. Las películas y sus actores eran un universo paralelo que nada tenía que ver con lo cotidiano, sórdido, frío y sucio, incluso cuando reflejaban otros mundos peores. Hubo un elemento que, como un eslabón perdido, me hizo relacionar uno con otro. De un modo tonto, sí, lo reconozco, muy tonto pero que me perturbó profundamente. Naturalmente fue en una película (Dios bendiga a los hermanos Lumiere), concretamente en Desayuno con diamantes que supuso un terremoto erótico en mi manera de mirar el mundo y las películas, o de integrar ambos. La escena es aquella en que la divina Audrey escapando del borracho de turno se refugia en el apartamiento (dice el doblaje en castellano) de George Peppard, recién usadito por la impar Patricia Neal y cubierto por una casta y densa sábana. Hasta ahí todo normal, pero hay un momento en que el gigoló sin vocación se gira para ir a servirle un whisky a Audrey, está enfocado justo desde el ángulo contrario a este de la imagen y con todo el puritanismo de la época se entrevé la cadera desnuda del hombre. Seguramente no rodara desnudo la escena pero sí con esa zona descubierta, casi milimétricamente medida para llegar al límite. En alguna parte de libido o de mi cerebro o de no sé donde apareció un eslabón nuevo, que no había echado de menos nunca, léase: los actores/trices no sólo eran humanos (tan tonto no era como para no saberlo) sino que tenían ese aspecto carnal no sólo fingiendo. Quizás George Peppard no estuviera desnudo bajo la sábana pero podría estarlo. Me gustaría decirlo de una forma más clara pero sólo puedo decir que el cuerpo de las estrellas se hizo tangible. Morbosamente tangible a mi edad. En medio de todo aquel pseudo destape después de la mojigatería previa que perduraba en las mentes asustadas de generaciones anteriores, cualquier cosa por inofensiva que fuera era algo morboso, insano, pecaminoso y por tanto escandalosamente atractivo. El mejor saborizante no es sino el sabor a pecado y a culpa, digan lo que digan.
Por eso fue importante Burt Reynolds. En el año 72 fue el primer hombre en posar desnudo para una publicación no pornográfica, Cosmopolitan concretamente. Es cierto que se habían publicado desnudos integrales masculinos pero en publicaciones de corte claramente homoerótico y sólo desde muy poco tiempo antes era integrales. Digamos pues que eran publicaciones dedicadas a un público minoritario. Burt no sólo se lanzó a ello sino que de un plumazo con su cara divertida y esa sonrisa tan característica es cargo el morbo enfermizo del desnudo masculino, dejando sólo el morbo que cada uno quiera poner. Digamos que, es una opinión, claro, nos descubrió la alegría del desnudo. Por eso fue importante para mí y, supongo, que para mi generación. Luego, enseguida vinieron imitaciones y más tarde manipulaciones fotográficas, pero la sana desvergüenza de Burt no fue eclipsada, aunque sí, ante la avalancha de desnudamientos varios que vino inmediatamente después, un tanto olvidada.
Hemos pasado la imagen y yo ratos de profunda intimidad pero no por donde todos pensamos (ejem, ejem), no, sino por que he intentado dibujarla mil veces sin lograrlo y nada, salvo meterse en cama con alguien, supone una relación más profunda que pintar a alguien en serio, en mi caso intentarlo. Ante el hecho de pasar de un modelo a un papel propio (no necesariamente los modelos han de ser de carne y hueso) se acaba todo erotismo, toda sexualidad y todo morbo y se entra en un grado de intimidad único y con algo de mágico, de eso habrá que hablar en otro momento, hoy recuerdo la alegría del desnudo de Burt y la intimidad con su imagen que siempre me fue inaprehensible lápiz en mano.
 
 
 En estas imágenes se juega con un aspecto lúdico del cuerpo, poco corriente por entonces e incluso ahora. No sé donde ni cuando se publicarían pero sí que la icónica, la que todos tenemos en la cabeza es la primera, echado y sonriente.
Este desnudo de Burt lo pondría yo entrecomillado. Creo que es más bien una manipulación fotográfica, si no lo es, desde luego no se publicó. Si la puritana y primera productora de pornografía del mundo Yankylandia todavía hoy, cuarenta años después, tiene problemas con los frontales masculinos, léase genitales, entonces era impensable algo como esta imagen.