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jueves, 28 de octubre de 2010

Tuke Henry Stoke

Están llegando a Madrid las primeras escarchas, los primeros fríos. El verano queda lejos, como queda lejos la libertad de la adolescencia, la plenitud de los cuerpos y el aire cálido del mar, las vacaciones con los amigos, algunos ya muertos, algunos ya han corrido peor suerte, algunos casados, algunos ¡horror! concejales. Todo aquello queda atrás y el camino se borra al pasar, de nada valen las miguitas de Pulgarcito, ni aferrarse a los recuerdos, ni las fotografías, ni las reuniones con aquellos muchachos en plenitud ahora gordos, calvos, hipertensos, amargados, viejos verdes. La estela se ha borrado. Son otras las que ahora cruzan los mares que, a nosotros, ya no nos huelen igual. Ahora nos huelen a podrido o lo que es peor: a coco con melocotón del Caribe de la crema que la señora que tenemos al lado ha extendido por la inmensidad de su cuerpo. Otros son los muchachos desnudos que ríen, otros recuerdos se están forjando que serán tan amargos como los nuestros. De todo aquello, lo que vivimos y lo que no sólo se salva la estilización artística que revive más en nosotros que nuestra propia vida pasada. Tuke Henry Stoke con su galería interminable de bellos muchachos al sol evoca la juventud que no vivimos, evoca lo que deberíamos haber vivido y, de alguna manera, nos la hace revivir.
Belleza por que sí, por que es lo único que redime al bicho humano.

domingo, 24 de octubre de 2010

Encajes rusos

Hace muchos años empecé este cuento y se me atragantó, apenas hace tres o cuatro semanas me acordé de él y me vi capaz de llevarlo a buen puerto, eso sí tomándolo desde el principio y desde otro punto de vista. Espero que haya valido la pena la espera.
Angeles está ocupadísima con los últimos preparativos del viaje, siempre hay cosas que se van dejando para última hora, como recoger las plantas que no se queden en los balcones con estas heladas, planchar las blusas antes de meterlas en la maleta que, digan lo que digan, se arrugan menos y al ser telas más ligeras por el calor todavía se nota más. Si no fuera por su vecina Marisa ni se habría acordado de desayunar, menos mal que le ha preparado un café con leche y unas magdalenas. Siempre ha sido una buena vecina y le está muy agradecida pero hoy le ha entretenido demasiado, parecía no darse cuenta de que está atareadísima terminando de disponerlo todo. Por que parece que falta mucho tiempo para las siete de la tarde pero luego…el tiempo vuela. Además que no es un viaje cualquiera, tiene que dejar preparado todo lo que quiere llevarse para cuando vengan a buscarlo, no sólo el equipaje normal que, además, allí con el calor no hay que cargar con abrigos y demás historias, una rebequita para lo más crudo del invierno y ya. Lo peor es que ha dejado para última hora demasiadas cosas. Siempre le pasa, desde niña, peor estudiante no la hubo nunca. Todo a última hora. Lo mismito que su hermana, siempre tan cumplidora y repulida y las hijas que le han salido iguales: dos ingenieras de caminos y otra de telecomunicaciones, más majas que las pesetas que se decía antes. Una de ellas, la teleco, ya le ha dicho que no se preocupe que ella se encarga de buscar un buen inquilino, pues no quiere dejar el piso vacío, más adelante lo venderá, con las obras ha quedado en un barrio privilegiado y eso lo ha revalorizado. Eso dice su sobrina la teleco, Isabelita, la pobre, con lo que trabaja y se ha empeñado en llevarla ella a la estación, a las siete la recoge junto al bar de Maxi, tiene que despedirse de él, tantos años tomando el café de la tarde, le va a echar de menos. Ay, las fotos, que no se le queden los diez, Dios mío, diez, álbumes ¡con lo que pesan! Pero ¿Cómo va a dejarlos aquí? Si se perdieran se llevaría el disgusto de su vida. Allí están las fotos viejas de sus cuatro abuelos, iluminadas a mano, ellas con mantilla en la boda, de negro, ellos de cuello duro. Nunca les conoció, bueno, su madre decía que sí pero ella no les recuerda. Juraría que estaban en éste las fotos de boda de su hermana, nada que no aparecen, esa manía de su hermana de no querer salir en fotos. Ella iba preciosa, un vestido celeste de organdí con falda evasé y manguita farol y una pamela de paja con una flor de tela roja como los zapatitos y el bolso a juego, fue una boda inolvidable, en los Jerónimos. Mira, las primeras muestras de los encajes que hizo, sí, por que su hermana y sus sobrinas serán listísimas pero no saben pegar un botón, cosa más manazas para las labores, no vio en su vida. Sí, todos los pañitos están bien guardados en las cajas que tienen que venir a buscar para llevarlos a su nueva casa. Allí no tendrá tiempo de hacer encajes, piensa pasarse las tardes en el paseo marítimo, siempre le ha gustado el aire del mar y el rumor de las olas, no va a volver a dejarse la vista en ellos, si acaso a la hora de la siesta un ratito, al sol. Allí hace sol incluso ahora cuando aquí hiela y el viento corta como navajas. El tiempo vuela y no quiere hacer esperar a su sobrina Elenita, mira que le ha insistido en que no hace falta que la lleve a la estación, que coge un taxi pero tuvo que dejar de hacerlo por que la muchacha se disgustaba seriamente, siempre ha sido muy sentida, ella creía que acabaría estudiando arte o algo así pero decidió hacer telecomunicaciones y está muy bien colocada como sus hermanos, los ingenieros de caminos, uno es un alto cargo en una empresa de Bostón y el otro nada menos que en China, no en China no, en Japón, que siempre se lía. Eso sí, todas son unas negadas para las labores, en cambio ella sacó el talento de su abuela que la enseñó todo: bordar, ganchillo, punto de media, encajes, incluso a hacer mantillas le enseñó, sentadas a… ¿Dónde se sentaban? No lo recuerda, aunque tiene delante una fotografía de cuando aprendió con la anciana enlutada al lado dirigiéndola, no lo recuerda, sólo recuerda el calor del sol bañándola y el olor del mercado que no sabe qué día se montaba en… ¿Dónde? Ay, Dios, la hora que es, menos mal que su vecina Cati ha tenido el detalle de traerle un plato de potaje y fruta, y también una fiambrera para el viaje, es más maja. Echará de menos este vecindario, no lo cree, allí siempre hace sol y la gente está en la calle y habla, y se hacen amistades. Espera que a Doña Ernestina no se le olvide que tiene que pagar la colcha de encaje ruso que le encargó con toda prisa y ahí está, muerta de risa, comprende que es cara pero ni un céntimo más de lo que vale. Cuenta con ese dinero hasta instalarse y domiciliar allí todo. El timbre, ay Señor, seguro que es su sobrina Leocadia que viene a recogerla, habrá tenido que dejar el coche en doble fila, pobrecilla, encima de que se toma el trabajo. Ah, menos mal. No es ella sino Atoñito, el sobrino tullido de Doña Ernestina que llega arrastrando su pierna y con el sobre del dinero, parece que le diera pena que se fuera por la mirada triste que fija en esos ojos que ella sabe que, en otro tiempo, fueron alegres y que ahora aun chispean de vez en cuando. Le da un beso de despedida y le desea feliz viaje. ¿Será despistado?, Además de cojo, tonto. Mira que olvidarse de llevarse la colcha. Pues ya ni le alcanza ni le da tiempo a llevársela a casa. Le dirá a su vecina Paqui que se acuerde de dársela mañana mismo. Como se ha ido el día y quedan miles de cosas que quería hacer pero no va a poder ser. Es la hora y no quiere que su sobrina Melania tenga que esperarla. Se pone tres jerseys, sus foulards de seda que le trajo no recuerda quien de París, sus botas de abrigo y su abrigo de pieles. Sale al rellano donde se despide de las vecinas y sus chicos que son tan majos le bajan las cinco maletas y se las dejan junto al portal, al lado de la puerta del bar de Maxi. Empieza a hacer frío pero falta un cuarto de hora para que llegue su sobrina Leonor a recogerla y Maxi le saca un café con leche y un croissant de despedida. Allí no tendrá que calentarse con cafés hirvientes sentada en el paseo marítimo. ¡Que ganas tenía que llegara este día bendito!

Pili, la mercera de enfrente la ve sentada sobre sus maletas de cuero negro, cuarteadas, añejas, beber mecánicamente el café y mordisquear el bollo. Mirar el reloj. Sonreír y esperar. Poco a poco esos ojos que se pierden en la gordura mórbida de su cuerpo van disolviendo la mirada en la espera. Siete, siete y cuarto, siete y media, ocho. La sonrisa sigue pero los ojos ya no están allí. Ocho y cuarto, y media. Pili comienza a cerrar, despacio, sin prisa, nueve menos cuarto. Angelines espera y se despide de cuanto conocido pasa por allí, cada vez un poco menos hasta que no distingue a nadie. Nueve. Pili echa el cierre, como cada noche, hoy helará y pronto. Cruza al bar de Maxi a tomar un té bien caliente. Nueve y cuarto, y veinte, como cada noche. Pili enjuga una lágrima y Maxi se la traga, pone su sonrisa de fiesta, como cada noche, y sale.

-Pero Angelines, ¿Qué hace usted aquí? No sabe que hay huelga y está todo parado, sí, para trenes está hoy la cosa y su sobrina estará atrapada en algún atasco –como cada noche- Seguro que mañana se ha solucionado todo y nos pierde de vista que anda que no tiene ganas de hacerlo. Venga, que yo le ayudo con las maletas –como cada noche.

sábado, 23 de octubre de 2010

Esto...

Al ver la imagen ya habréis imaginado de qué va esto.

Me había retrasado en la entrada por que es la 150 y quería hacer una aparente y tal. Vamos, una cosa digna de tan fasto acontecimiento.

Hete aquí mi sorpresa, pasmo, y hasta espasmo, que me he reinfartado. Cuando escribo esto acabo, literalmente hace 8 horas, de salir del hospital. No sé si el pronóstico es bueno o malo, sé que es genético pero que la ciencia no ha llegado a poder distinguir ni trabajar con ello. Lo cierto es que no fue tan brutal como el anterior y que me encuentro incluso mejor. Espero que perdonéis la sobriedad y hasta la cierta tristeza de esta entrada. Es que me han cambiado el paisaje demasiado de pronto y necesito tiempo para explorar el terreno, buscar el agua y montar mi hogar en este nuevo y desconocido páramo, la comida no es problema. En el hospital he descubierto que se puede vivir sin comer, jejejeje. Eso y que el telón puede caer en cualquier momento para mí aunque no sea eso lo que me han dicho los galenos. ¡Y quedan tantas cosas por hacer, por cerrar, por decir, por escribir, por recibir! Caricias por dar, sonrisas por dedicar. Cierto que en esta situación puedo estar cuarenta y cinco días o veintidós años pero la sensación es esa. Y no es bueno. Aunque sea psicoanalizarme aquí, en público, no creo que pensar así ayude para nada a la víscera en cuestión.

No quiero que suene a despedida pero quiero que sepáis que disfruto mucho con vuestros textos y que os aprecio aunque no os haya dado nunca la mano ni comido juntos. Eh, que mientras esté por este jodido planeta estaré dejando aquí muestra de lo bueno o malo que haga y creo que no dejaré de opinar ni después de irme por que hay cosas que hacen saltar a un muerto, caramba, como las declaraciones de no sé qué ilustre procer de la patria sobre Leyre Pajin y la pornografía.

Como he descubierto, además, que una de las cosas que vale la pena hacer es escribir creo que me veréis por aquí más a menudo y espero que mejorando literariamente por que ya sabéis que mis textos no son precisamente la alegría de la huerta.

Perdonad que no me ponga al día con vuestras entradas pero es que quiero dedicar tiempo a organizar un texto largo y todo no puede ser. De momento, claro. Un abrazo

De todas formas no me hagáis mucho caso: es la depre post-reinfarto.  Algun día hablaré de depres y síndromes.