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jueves, 29 de septiembre de 2016

¿Por que guardamos los libros?

Ahora mismo estoy en lo que podríamos llamar mi estudio, despacho o más exactamente "cuarto del ordenador", en la vieja Inglaterra quizas se le llamara biblioteca: "Sir Alfred, le ruego me espere en la bibloteca" "Yes Mylady". El caso es que estoy rodeado de unos cerca de dos mil libros. Ordenar este cuarto es jugar al tetris, os lo aseguro. Ya he comentado que estoy en terapia por depresión y la terapeuta me recomendó en su momento eliminar lo superfluo tanto dentro como fuera, y lo hice. Me deshice de muchos libtos de un modo fácil, los dejaba en un banco de mi barrio y a los diez minutos habían desaparecido, ojo, las revistas tipo Goya, Histria y vida y demás, no. Así pensaba yo que alguien que quizás no pudiera comprarlos seguía disfrutándolos. Sin embargo, en verano tengo la costumbre de bajarme a leer "a la sombra de los pinos" que diría María del Monte, el caso es que vi que pasaba un señor con un carrito de supermercado e iba recogiendo de los cubos de basura y contenedores todo tipo de cartones y papeles y a los diez minutos otro , y luego otro más y ya no quise seguir mirando.
Ahora me encuentro de nuevo en la necesidad de hacer espacio (como es dentro es fuera y viceversa). El caso es que voy encontrando libros que leí,, cumplieron su misión, pero que no voy a volver a leer. Incluso profesionales pues desde que se escribieron a hoy han pasado muchos años, y, por ejemplo, nada de lo que dicen de la Sixtina vale después de la limpieza que se le ha hecho. Otros, novelas, tuvieron su momento, algunas que a mis quince años me parecían sumamente eróticas sin serlo (Caballos hacia la noche de Baltasar Porcel, por ejemplo) claro que cuando yo tenía quince años era el 74 y por entonces el erotismo era más facil de ver que ahora pero que ya no volveré a leer. Hace poco leí "La casa de las miniaturas", deliciosa novela que no habrá motivo para releer. Y así mil ejemplos más. Sin embargo, ahora no me es tan fácil. Ahora sé que es más probable que acaben en el carrito de supermercado que recogidos por interesados. Por otro lado, hace unos pocos años, una de mis alumnas tuvo que deshacer la casa y coméntó que nadie quería los libros, ni las bibliotecas. Ya sé que me vais a decir lo del libro electrónico y demás pero no es ese el problema que me planteo ahora. ¿Por que guardamos libros viejos, no hablo de antiguos, que ni necesitamos ni vamos a volver a leer?
¿Qué más da donde acaben si para nosotros ya han cumplido su función? Hoy catálogos de exposiciones de hace relativamente poco que atesoron como el Gollum, los encuentro en el Rastro por cuatro perras, en diez años lo último y más caro en el tema ha pasado a ser basura o poco menos. Comprendo que hay libros que son intocables, los grandes clásicos, los de mi especialidad profesiona y aquellos que nos marcaron de una u otra forma. Tengo una Iliada que nunca llegué a leer pero que me pasé horas mirando pues trae unos dibujos de desnudo masculino con la excusa de los héroes clásicos verdaderamente magníficos. Recuerdo que un librejo que encontré siendo casi un crío me dio otra perspectiva de la vida "Dinámica de la tontería". Vale. Esos no se tocan, pero ¿por que los demás los que sabemos que no leeremos y que carecen del "valor sentimental añadido" están tan agarrados a nuestra vida? En mi carrera había que ver cantidad de imágenes que sólo estraban en los libros y a veces en reproducciones nefastas, ahora con la red rara será la imagen que no encuentres en una buena reproducción ¿que pintan aquí esos libros?
Ahora algunos ya tienen ese delicioso aroma de libro antiguo, otros son primeras ediciones de los 70 y la mayoría simplemente están. ¿Por que guardamos esos libros? ¿Por que cargamos con ellos durante años y años sin dejar espacio a lo nuevo realmente valioso y que no se va a encontrar en la redo? No lo sé y me preocupa bastante. ¿Acaso es que sentimos que se nos va parte de nuestra vida con ellos y teniéndolos cerca nos hacemos la ilusión de retener parte de nuestra juventud? ¿Acaso es que estamos acostumbrados a verlos ahí, en sus estanterìas y no imaginamos la decoración sin ellos? ¿O sólo es la indolencia de no afrontar algo doloroso para que acabe en el carrito de supermercado? Entretanto me pregunto donde coño voy a meter La comedia humana de Balzac, cuatro volúmenes.
Entrando en intimidades hay otro grupo de textos que son especiales. Los eróticos o pornográficos que tanta compañía nos han hecho y siguen ahí, colocaditos, añorantes (no sé si ellos o nosotros por el tipo de compañia que nos hicieron? Pero no son los únicos Doña Rosita la Soltera lo tengo en la vieja edición de Austral que se deshace y en otra perfetamente encuadernada en piel y demás pero ¿como deshacerse de ese libro que te regaló, en este caso mi profesor de bachillerato? ¿O de aquel que viste y saliste corriendo al banco para sacar el dinero para comprarlo lleno de ilusión? ¿Qué es lo que nos atrapa en una especie de Diogenes bibliófilo, atrapa y abriga? A menudo cuando me pesan demasiado las cosas me vengo aquí y los repaso, los saco, quito el polvo si mis hombros me lo permiten y estoy en un ámbito acogedor, sereno. Aun así, ¿por que guardamos libros viejos que no volveremos a abrir? Borges, ya ciego del todo, decía sentir su presencia aunque no los fuera a leer. Quizás sea eso pero... son ataduras demasiado fuertes.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Julieta o el desierto.


Al final de la entra anterior mencioné la última de Almodóvar sin haberla visto. Normalmente me apasiona este directori y por eso me atreví a hacerlo. El sábado la vi.
Joder.
Digamos que no es que me gustara, me fascinó. Nada que ver con el Pedro conocido y menos aún con Los amantes pasajeros. Contenida, seca, dura, sin concesiones, sin piedad ni para los personajes ni para el espectador. Muy lejos de su habitual mezcla de géneros la película es un doloroso análisis de las repercusiones de las ausencias. La pelìcula es ausencia y como la viven unas soberbias Adriana Ugarte y Enma Suárez hacen como eabría esperar de Enma, de quien ya conocìamos su talento y sorprende en Adriana, unas interpretaciones magistrales desarrollando el mismo personaje en dos etapas de su vida. Son realmente los pilares de esta obra que no tuvo promociòn y ni siquiera se vio el habitual fragmento que nos suele dar Almodóvar antes del estreno. Intenté y logré no leer nada sobre ella, no fue difícil cosa que con las demàs paliculas del autor hubiera sido imposible. Hasta en eso, en la promoción me refiero Pedro ha querido despojar al film. A cuerpo limpio, sin sus toques de humor -aunque uno no puede envitar sonreir en la primera aparición del Rosi de Palma con una caracterización sorprendente- sin sus autoreferencias, con algunos de sus actores fetiche como Dario Grandinetti y Rosi de Palma, sí, pero en papeles menores. Incluso ha renunciado casi por completo al amor que siente por los objetos de diseño y las canciones de fondo musical salvo en los créditos finales en que suena Chavela Vargas. Por mucho que me guste el cine, no soy un experto y bien que lo siento pero diría que ha despojado la historia hasta reducirla al guión del propio Pedro basado en unos relatos de una reciente premio Nobel Alice Munro y en las actrices. Ni sexo,  ni palabras escabrosas ni situaciones absurdas ni frases cargadas de humor. Una historia terrible pero no infrecuente y unas interpretaciones, nada más, eso sí, manejado todo con un increible pulso tenso, incluso la música ambiental no destaca tanto como en otras, historia sin luces ni dramáticas ni reales pues la ha planteado en una gama cromatica gris azulada, que no deja espacio a la escapada. Incluso las escenas exteriores en pleno día y a pleno sol -justo en las que aparece Michelle Jenner- están cerrasdas visualmente por muros o rejas (las escenas en la cancha de baloncesto por ejemplo) 
Ausencia sin concesiones.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Septiembre, imágenes de un verano vacío.



Septiembre es, en realidad, año nuevo. Cambian los horarios, los niños cambian de curso, de material escolar, las parejas se casan como poseídas por el amor, las parejas igualmente se divorcian este mes como si se conocieran, los sueños de un curso que empezó en septiembre del año pasado para este verano se han esfumado y empezamos a pergeñar otros para el que viene, nos planteamos aprender inglés, adelgazar por que la paella se ha pegado a las lorzas, hacer ejercicio por aquello del colesterol.  En fin, que todo lo que decimos que vamos a hacer en diciembre es ahora cuando se pone en marcha.
Este septiembre ha empezado con mala leche, si se me permite la expresión, al menos en Madrid, con una ola de calor como pocas recuerdo y desde luego nunca tan tarde en el calendario. Los ventiladores funcionando de nuevo y uno quitándose ropa como si fuera un striper.
Otoñean algunos árboles, otros se secan directamente.
Las urgencias de los hospitales funcionan como siempre, sólo que ahora recuperando el ritmo perdido durante ese espacio vacío, vacuo, muerto, que suele ser el verano.
He empezado septiembre de hospitales, o lo que es lo mismo, he acabado el verano como lo empecé. En medio, nada, un libro sobre los samuráis y la exposición del Bosco.
El libro, que no viene a qué citar pues haré una entrada en Japonerías, me ha descubierto, mejor dicho me ha desmontado organizada y sistemáticamente cuando yo ya sospechaba sobre la realidad de los samuráis. Claro que hay quien echa pestes de ellos pero el autor aquí lo razona, explica, analiza y justifica. Lo malo es que llevo 37 años de estudios basándome en premisas que sabía falsas a las que me quería agarrar quizás por que necesitara que hubiera algo limpio aunque el hara-kiri lo ponga todo perdidito de sangre. Puede que parezca una tontería en alguien que nunca ha vivido de ello pero no lo ha sido. Es como si descubriéramos que el Capitán Trueno –cuyo creador también ha muerto este verano- en realidad estaba liado con Goliath y Sigrid negociaba con el cuerpecillo de Crispin.
La exposición, magnifica, sin peros. Ahora el Bosco es tan… Bosco. Carnes sobre carnes entrecruzadas, obscenidades entre lo sublime, la locura que no deja paso al orden, la orgía en realidad, orgía de carne y sexo pero también de sangre y dolor. ¿Cómo interpretar eso? Mi loquera, afirma que voy sembrando el desorden por que tengo un enorme caos en la cabeza. El jardín de las delicias es el caos en estado puro, sexo, sexualidad, erotismo, y si en lugar de cuerpos esquematizados como los que pinta el Bosco, fueran fotos, hablaríamos de pornografía.
Rodeando todo esto esos silencios repentinos de Madrid que parecen una ilusión. Un sueño.
Los leones y su circo, ahí siguen, dando por … nada cambia y cambia todo, para que nada cambie.
Una imagen de este verano, por que de este verano sólo guardaré una imagen, cinco de la tarde, césped, sol cayendo a mala leche, alcanzando los 44 a esa hora, un árbol da sombra a un trozo de hierba, en él una pareja. Parece un cuadro del XIX, una de esas cursiladas que a mí tanto me gustan. Ella está echada sobre la hierba y él con la espalda muy recta y en la posición del loto, tocaba la flauta. Yo lo veía desde la soleada acera dudando si llegaría a casa o me quedaría en el camino. Sí, claro que me monto novelas, pero esa pareja estaba ahí, serena, y , en ese momento, al margen de todo.
De este verano sólo guardaré una sensación: desconcierto. A un nivel muy profundo.
Menos mal que Julieta es la peli que representa a España en los oscar, alguna alegría tenía que llevarme ¿No?