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sábado, 30 de junio de 2012

30.6.2012, reflexiones.

Normalmente escribo las entradas en un documento y luego de corregidas las copio aquí, hoy, me vais a perdonar, escribo directamente. A veces es necesaria la espontanéidad para quedarse a gusto o, simplemente, decir lo que se quiere. La verdad es que de no hacerlo así no sabría por donde empezar.
El nuevo director de informativos  de RTVE es un tal Somoano, del círculo cercano de los Aznar-Botella.
Uno de los nuevos cargos nombrados para el tribunal de cuentas es hermano de Jose María Aznar.
Abuchean a Zapatero en una Universidad católica, lo que viene a ser algo así como "unos gatos se comen un ratón a quien invitaron a cenar".
Rouco, el cristianísimo, Varela, arzobíspisimo de Madrid, llama a la pasma para expulsar de esa cosa que es llamada Catedral de la Almudena a unos encerrados que se han quedado sin casa por los desahucios.
Eurovegas no tiene dinero para su megaproyecto y pedirá créditos a la banca española.
La Lideresa afirma que se cambiará la ley del tabaco para Eurovegas, interesante teniendo en cuenta que no tiene la comunidad autónoma esa capacidad.
Rajoy se va a la final de la Eurocopa por que "es su obligación". No sé si carcajearme o hacer caja con lo que no debe estar costando la Eurocopa en desplazamientos de paniaguados y parásitos deportivos varios.
En un pueblo gallego de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, es que no me acuerdo, se quiere levantar al insigne demócrata Manuel Fraga.
La iglesia cuestiona la desaparición-robo de niños y mantiene la infalibilidad pontificia. Yo me desternillo.
En la comunidad gallega se retrasarán las pruebas de detección de cáncer y se defiende diciendo que está previsto que se haga en todas. En otras palabras: vuelve la pena de muerte a la manera que gusta al poder: sin juicio y a los pobres.
Soledad Becerril, ex-ministra de UCD y no sé que cargo más, nombrada ¡Defensora del Pueblo! Lo primero que se me ocurre es preguntarme si esa señora sabe que existe el pueblo o sólo los contribuyentes que la mantenemos y la segunda si alguien ha inventado el tunel del tiempo o sólo abrir el baúl de los recuerdos.
Elche quiere el legado de Miguel Hernández gratis, por la cara bonita de la Dama, supongo; y acusa a la familia de intereses económicos por dejarlo en Jaén. La pera.
Debate dentro del movimiento gay sobre las jornadas del Orgullo. Yo no digo nada pero lo único que garantiza la supervivencia del colectivo y del Orgullo es gastar mucho dinero. Por lo demás estando bajo las botas y los tacones de quienes estamos todos, bajar la guardia puede suponer volver en cuestión de días a la "peligrosidad social". Así que queridísimos míos el dilema no es ningun otro que el consumo salvaje o la cárcel a medio plazo y la impunidad (aun mayor) cuando se produzcan más ataques homófobos.
En fin, que mejor no reflexionemos o nos veremos obligados a hacer algo: huir o tirarnos al metro.

domingo, 24 de junio de 2012

La verdad sobre perros y gatos (Balcones 2)


Es que a los dos les gustan los balcones.

lunes, 18 de junio de 2012

Ahora resulta que...


Francamente, perdón, sinceramente estoy asustado. Sí, sí, asustaico del tó.
Empavorecido por que “ahora resulta que…”
No, no puedo ni siquiera pensarlo. Me estremezco hasta los tuétanos, los centros y los pulsos.
Vamos allá, como dijo María von Trapp: “no perdamos la calma ni los pantalones”.
Claro que como dijo Jack el Destripador: “vayamos por partes”.
Ya sé que es chiste fácil pero es que viene a cuento por que lo que me tiene acoquinaito der tó tiene varias partes y/o episodios.
El caso es que lo primero que se me viene a la cabeza es una vieja copla, sí, hasta ahora lo he mantenido oculto al mundo, pero ya no puedo más: ¡Me gusta la Copla! Sé que no es de buen tono, que quedas casposo y anticuado cuando no se te tacha de facha cosa que, francamente, perdón, sinceramente me trae sin cuidado. Pero de la Copla ya hablaremos más despacio. El caso es que en este trance que vivo no hago si no recordar el estribillo de una de ellas, por desgracia, como dijo Wilde, no de las mejores:
Solo te quiso en la vida
Solo te quiso en la vida
Quien te dio el escapulario.

Por supuesto, Daumier ¿quien si no?
 Bueno, el caso es que desde mi infancia hasta mi juventud teníamos un medio pariente a quien según fui creciendo fui considerando un semidelincuente, maltratador, estúpido, avaro y, sobre todo, altamente irritante. Muy altamente irritante. Por alguna razón parece ser que este señor me quería mucho, lo cierto es que yo era un niño encantador, sigo siéndolo aunque se empeñe todo el mundo en negarlo. Faltaría más. El caso es que cuando llegó el momento en que tuve que elegir este hombre, a quien nunca tuve más respeto que el socialmente correcto, pero nada más, se empeñó en que me metiera abogado. Podría decir que respeto mucho a los abogados, podría, y podría decir que respeto mucho las leyes, podría. Claro que podría. Cosa más fácil, pero algo me diferenciaba ya entonces de ese hombre: nunca he sido un hipócrita.

-Te haces abogado, luego te metes en el Movimiento y te haces concejal y así te dedicas a forrarte recalificando –me decía.
“Ahora resulta que…” casi cuarenta años después uno tiene que cantar aquella copla tan sentía que dice:
Solo me quiso en la vida
Solo me quiso en la vida
Quien quiso hacerme abogado.

 Así que, siguiendo con las coplas, ahora que ando naufragando por los cincuenta me acuerdo de aquel cantar. Sin embargo, no es eso lo que me asusta. Lo que de verdad me tiene más aterrado que un examen de Latín es otro cierto recuerdo.
Yo tenía trece años y “él quintuplicaba mi edad”, corría el año 72 y los Juegos Olímpicos de Munich de infaustísimo recuerdo. El secuestro y asesinato de los atletas israelitas marcó a los adolescentes de la época, ¿Qué voy a contaros de aquella catástrofe íntima en un acontecimiento que nos vendían como el compendio de lo mejor del hombre?

Acababa de leerme yo una novela que se titulaba “El sol de Olimpia” que trataba sobre un auriga de los juegos de la Antigüedad. Munich se presentaba como el culmen de la modernidad, Mark Spikc, un, ahora imposible, nadador con pelo largo y bigote, se imponía en la piscina como rey de los Juegos o poco menos. Entonces el mazazo de Septiembre Negro. Aquel hombre promovió un candente debate pues él acusaba directamente al nazismo alemán de colaborar con aquella barbarie y el resto de la familia sostenía que aquello era lo último que quería y le convenía a Alemania.

“Ahora resulta que…” ayer salió esta noticia en Público:
Neonazis alemanes colaboraron con Septiembre Negro en la masacre de los Juegos de Múnich
Proporcionaron armas y pasaportes falsos al grupo semanas antes de la matanza, según informa 'Der Spiegel'
http://www.publico.es/internacional/437297/neonazis-alemanes-colaboraron-con-septiembre-negro-en-la-masacre-de-los-juegos-de-munich
Aaaaaaayyyyyyyyyy “que razón tenía la pena traidora”que decía otra copla desgarrá.

 
Pues bien, he aquí lo que me aterra: si este hombre tenía razón en esto ¿en cuantas cosas más tendría razón y hemos de comprobarlo?

viernes, 15 de junio de 2012

sábado, 9 de junio de 2012

Peluquería de caballeros

Ayer tuve un día movidito. Nada más salir de casa, al banco donde, ¡que cosas! Había un notabilísimo error que, afortunadamente, no tuvo más consecuencias que un soberano disgusto durante la media hora que tardó en aclararse el asunto. Vamos, copia en menor del panorama nacional.

Salía yo intentando recuperar mi equilibrio neuronal, ya de por sí escaso y puteado, cuando decidí heroicamente cortarme el pelo, más que nada para que se me reconozca como miembro de la especie humana, no por que en realidad me hiciera falta. En fin que retorné a mi peluquería.

Es historia larga la de mi relación con este establecimiento. Para empezar diré que nunca me ha gustado cortarme el pelo, carezco por completo de esa obsesión tan extendida de cortarse el pelo apenas se comienza a desmandar. Sujetos conozco que se han de cortar el pelo al menos un par de veces al mes y lavarlo un par de veces… día. No me cuento entre ellos. Como diría un viejo refrán un corte de pelo es como un melón cerrao, hasta que se abre no se sabe si está bueno o está pasao. Vamos que hay cortes de pelo que precisarían intervención del tribunal de La Haya; item más, poseo –poseía por mejor decir- un pelo recio, ensortijado y rebelde lo que convertía cualquier intento de peinarme con un mínimo rasgo de modernidad en una misión imposible. Item más, dejarlo a su albedrío, algo en mi mocedad bastante común, era impensable pues en lugar de caer formando ondulada melena que el viento pudiera ondear, se elevaba con un estilo entre afro y coliflor y con una densidad semejante al moño de Marge Simpson. Para colmo de males empecé a fijarme en una mozuela, tenía 18 años y acababamos de ver Fiebre del Sábado noche. En esas circunstancias fue cuando pisé por primera vez la barbería a la que me estoy refiriendo. Salí de allí convertido al buen uso de pelarse más a menudo pues, confieso que no sé como narices lo hicieron, salí de allí con el peinado de Travolta total. Naturalmente eso no me ayudo con Anabel pero me convenció de que eran buenos profesionales.

Entonces la llevaba un señor mayor, propietario y fundador, junto a su hijo y cinco peluqueros más a cual mejor profesional. Durante muchos, muchos años, fui cliente fijo. Nadie me tocaba el pelo si no eran ellos. Claro que fueron cambiando, unos se independizaron, otros simplemente desaparecieron, en fin, el devenir de la existencia que notamos en todo. Entonces ocurrió la catástrofe, mejor dicho LA CATASTROFE que en mi barrio tiene nombre, dos apellidos y un cargo: Alberto Ruiz Gallardón, alcalde. O lo que vino a ser lo mismo: obras de destrucción masiva. Durante siete años era más fácil llegar al polo sur en pelotas que salir de mi barrio. Una vecina mía describió el panorama de éste con palabras que se me grabaron: hay más agujeros que en guerra. Pareciéndome excesivo le dije: “no sé, claro, yo no la viví y…” “pues yo sí –me dijo- y no había tanto desastre”. Me limito a transcribir. Opté pues por dejarme el pelo largo. Como ya había cumplido los cuarentaitantos la energía sansónica de mi pelo había desaparecido y ya caía, mal, pero caía. Además, parecía haberse resbalado al caer pues una generosa entrada frontal producía esa impresión, por si fuera poco mis rizos negros zainos habían adquirido una tonalidad que llamaremos de rata negra, vamos que negros eran pero ya no eran lo que habían sido –y nunca fueron gran cosa-. Cuando, por fin Gallardonofis I acabó con mi barrio, empezó con el de la barbería y tuve que cortarme la coleta –literalmente- en una de esas peluquerías unisex que parecen cualquier cosa menos una peluquería.

En resumidas cuentas que cuando he conseguido poder volver a mi barbería de toda la vida han pasado casi diez años y la impresión ha sido demoledora.

Ya no quedan de mis conocidos más que el hijo del dueño, dueño ahora por que el padre ya no está. Pero no es eso sólo. De los siete barberos trabajando a pleno rendimiento con diez o doce clientes esperando mientras leían el periódico y charlaban con clicclic de las tijeras funcionando a toda mecha, quedan dos, un joven y una mujer. Pongo mi cuerpo en manos de una cirujana, o de cualquier otra profesional pero prefiero que me corte el pelo un hombre, no me preguntéis por que, no lo sé, pero igual que me muevo más cómodo entre mujeres en este tema me ocurre esto. Un solo cliente y los profesionales silenciosos. Cuando acabaron con él, cada uno sacó su móvil y se puso a mandar mensajitos como alma en pena. Una sola tijera sonando y poco rato pues el cortapelo eléctrico ha impuesto su ley y del clicclic se ha pasado a brrrrrrrrrrrrr. Mi pelo ya no es color rata negra sino rata gris-verdosa y aunque la entrada se ha frenado, mi coronilla muestra signos de tonsura frailesca, mi barba es como la de una cebra, a rayas blancas y negras, como en la copla, ni palante ni pa tras, ni lo uno ni lo otro; la melenita rubia del hijo del viejo dueño sigue igual sólo que de un gris sucio e indeciso. El local sólo lleno por los antiguos sillones de barbero, el silencio de los profesionales, la soledad de unas tijeras sonando sobre él y el absurdo ensimismamiento ante los móviles dibujaron un panorama no esperado de nostalgia por las horas de espera, el barullo que nunca soporté y el calor humano que allí hubo en otros tiempos. El sol de junio no logró, entrando toda la mañana por los ventanales, calentar aquel frío, ajeno e indiferente espacio.

domingo, 3 de junio de 2012

Subiendo la cuesta (Balcones 1)


Cada día desde que comenzó a trabajar, hace ya treinta años, sube la cuesta larga que bordea jardines y manzanas semiruinosas. De joven lo hacía corriendo, ahora lo hace a buen paso y, espera, acabará haciéndolo con un bastón o en autobús antes de jubilarse.

Cada día, desde hace treinta años, se fija en un par de balcones de una vivienda que hace esquina con un callejón siniestro, en el segundo piso para ser más exactos, y, cada día, los ve cerrados por puertas de hierro rojo sucio y avejentado. Siempre. En las rejas hay siempre dos palmas, largas y elegantes, perfectamente colocadas para resaltar la curva grácil de su forma.

Jamás ha visto esas puertas abiertas, ni una maceta, ni el menor atisbo de vida en esos dos balcones. Ni en el más crudo invierno ni en el más tórrido verano. A un observador temporal, sin duda, le parecería un piso abandonado, pero él, observador continuo, sabe que no, allí hay vida aunque sólo se puede llegar a esa conclusión si se pasa el Viernes de Dolores, entonces veremos que ese día no están las palmas, ni el día siguiente, mas el Domingo de Ramos ahí aparecen resplandecientes y llamativas en su sobriedad contrastando con el rojo sucio de las puertas de hierro y el ladrillo oscuro y viejo de la fachada. Luego, el año pasa sin que nada cambie. Cerradas a cal y canto las puertas de hierro le hacen reconstruir la vida tras ellas mientras acaba de subir la cuesta.

Treinta años dan para mucho imaginar y para novelar. Sin embargo, también en esas chapas de hierro convertidas en puerta con algo de fortificación o de caja fuerte ve algo firme, que no está sujeto a los vaivenes de la historia, de la vida. Tan sólo al cambio de año en el Domingo de Ramos. Gente religiosa, sin duda, algo que no tiene mucho que ver con él, más bien nada; y, sin embargo… ver las puertas cerradas a piedra y lodo desde que puede recordar viene a ser un agarradero y, al mismo tiempo, la presunción de una tragedia tras ellas. Vejez, soledad, tristeza, supervivencia apenas.

El último Viernes de Dolores las palmas habían desaparecido, como siempre, y el Domingo de Ramos aparecieron. Sin embargo, algo había cambiado, están puestas sin ese cuidado que resaltaba la elegancia de la curva de la palma, un poco de cualquier manera. Claro, pensó, los ancianos ya no deben estar para filigranas. Pocos días después se detuvo sorprendido al ver una de las puertas abiertas –visillo blanco bordado- y, al regresar, una bicicleta roja en el otro balcón. La vida ha vuelto a entrar en aquella casa, o tal vez no. Tal vez lo que ha entrado es la muerte de sus viejos inquilinos y realmente aquel mundo, el mundo, se está viniendo abajo.