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domingo, 3 de junio de 2012

Subiendo la cuesta (Balcones 1)


Cada día desde que comenzó a trabajar, hace ya treinta años, sube la cuesta larga que bordea jardines y manzanas semiruinosas. De joven lo hacía corriendo, ahora lo hace a buen paso y, espera, acabará haciéndolo con un bastón o en autobús antes de jubilarse.

Cada día, desde hace treinta años, se fija en un par de balcones de una vivienda que hace esquina con un callejón siniestro, en el segundo piso para ser más exactos, y, cada día, los ve cerrados por puertas de hierro rojo sucio y avejentado. Siempre. En las rejas hay siempre dos palmas, largas y elegantes, perfectamente colocadas para resaltar la curva grácil de su forma.

Jamás ha visto esas puertas abiertas, ni una maceta, ni el menor atisbo de vida en esos dos balcones. Ni en el más crudo invierno ni en el más tórrido verano. A un observador temporal, sin duda, le parecería un piso abandonado, pero él, observador continuo, sabe que no, allí hay vida aunque sólo se puede llegar a esa conclusión si se pasa el Viernes de Dolores, entonces veremos que ese día no están las palmas, ni el día siguiente, mas el Domingo de Ramos ahí aparecen resplandecientes y llamativas en su sobriedad contrastando con el rojo sucio de las puertas de hierro y el ladrillo oscuro y viejo de la fachada. Luego, el año pasa sin que nada cambie. Cerradas a cal y canto las puertas de hierro le hacen reconstruir la vida tras ellas mientras acaba de subir la cuesta.

Treinta años dan para mucho imaginar y para novelar. Sin embargo, también en esas chapas de hierro convertidas en puerta con algo de fortificación o de caja fuerte ve algo firme, que no está sujeto a los vaivenes de la historia, de la vida. Tan sólo al cambio de año en el Domingo de Ramos. Gente religiosa, sin duda, algo que no tiene mucho que ver con él, más bien nada; y, sin embargo… ver las puertas cerradas a piedra y lodo desde que puede recordar viene a ser un agarradero y, al mismo tiempo, la presunción de una tragedia tras ellas. Vejez, soledad, tristeza, supervivencia apenas.

El último Viernes de Dolores las palmas habían desaparecido, como siempre, y el Domingo de Ramos aparecieron. Sin embargo, algo había cambiado, están puestas sin ese cuidado que resaltaba la elegancia de la curva de la palma, un poco de cualquier manera. Claro, pensó, los ancianos ya no deben estar para filigranas. Pocos días después se detuvo sorprendido al ver una de las puertas abiertas –visillo blanco bordado- y, al regresar, una bicicleta roja en el otro balcón. La vida ha vuelto a entrar en aquella casa, o tal vez no. Tal vez lo que ha entrado es la muerte de sus viejos inquilinos y realmente aquel mundo, el mundo, se está viniendo abajo.

6 comentarios:

  1. Sí, los cambios, dependiendo de cuales son, dan mucho para imaginar.

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  2. Vaya, veo que como a mi, tambien a ti, te gusta mirar hacia arriba cuando paseas por las calles.

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    1. Si no se hace se pierde uno el alma de la ciudad.

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  3. No te voy a decir lo inspiradores que a mi me parecen balcones y ventanas pero si que tu relato me ha gustado mucho.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias. ¿De donde crees que he tomado la idea de partir de los balcones sino de tu blog? jejeje
      Un abrazo

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