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jueves, 29 de noviembre de 2012

La Mariblanca y la Dama del Paraguas o viceversa.

La Mariblanca, en su nueva situación en la Puerta del Sol.
La Dama del paraguas, en el parque de la Ciutadella.
La una de origen más antiguo y poco claro pero seguramente no peninsular, con un desplante erótico festivo que sin duda fue lo que la dio inmediata fama entre los madrileños,
La otra obra de Roig Soler para decorar el recinto de la Exposición Universal de 1888, perfectamente datada, más reciente, de hecho trescientos años más reciente, con ese puntito de deliciosa pequeña burguesía.
Casi dan ganas de hablar de La Mariblanca y La Mariona. Ahora que tanto se empeña todo el mundo en resaltar diferencias entre ambas ciudades, en marcar diferencias, en enfrentar bandos catalán/madrileño, madrileño/catalán (Madrid entendida no sólo como ciudad, me temo) nos encontramos una vez más con que si miramos en serio, poco nos llevamos. Como poco se llevan estas dos mujeres. Ambas esencia de dos maneras de entender la femineidad y la seducción. Dos formas bellas que, por lo menos a mí, me arrancan una sonrisa cómplice, no sé si con ellas o con sus respectivos escultores que se deleitaron en sus obras quizás tanto como hombres como en su faceta de artistas.
Imagino que cada uno tendrá su predilección aunque yo no sabría elegir, ambas, los ideales que representan ambas, son como el yin y el yang del ideal femenino: diferentes pero inseparables. Por favor, no hagamos lecturas políticas ¿eh?

domingo, 25 de noviembre de 2012

Más adioses

El título del blog ya es bastante siniestro en  sí mismo y hay personas y personajes que exigen un recuerdo en él cuando nos dejan. Lo espantoso es que son tantos y han calado tan profundamente en nosotros, no sólo en mí, que prácticamente el blog se convertiría en una sección necrológica. Opté hace tiempo por no hablar de estas marchas y de los vacíos que van dejándonos sino de cinco en cinco. Número arbitrario y opción que puede resultar fría pero mis ánimos no me permiten desangrarme evocándoles sobre la marcha y menos aún en el calor de una pérdida reciente. 
Aurora Bautista en "La tía Tula"
Aurora Bautista o el desparrame emocional cabría titular cualquier artículo que se le dedicara pero eso demostraría conocer poco nuestro cine. Reinó en las pantallas en un tiempo en el que las emociones, las pasiones debian ser recluidas en ellas, en las coplas y en las radionovelas. Sin contar con que encarnó la pasíón patria en Agustina de Aragón, tan racial y adecuada al régimen a pesar de lo cual logró sacarla adelante con extrema dignidad, a Doña Juana I de Castilla, La Loca en una inenarrable "Locura de amor" (reina Juana por que lloras si es tu pena la mejor, que no fue pena de amores, que fue locura de amor) en una actuación casi impecable dada idelogía, guión y medios. Una notable Curra Albornoz en "Pequeñeces", personaje que, como los otros mencionados, siempre parece estar al "borde de un ataque de nervios". Se esperaba de ella que sobreactuara, que fuera desmelene perpetuo y, a mi modesto entender, eso limitó su carrera. Desmintió que ese fuera su único registro con una estremecedora Tula, el terrible personaje de Unamuno que inspiró la película (aunque con un guión que se tomó demasiadas libertades con el texto original, aun más espeluznante). El volcán contenido de esa mujer, lo aparentemente corriente de su personaje, sus ojos delatándola a pesar suyo, hacen de esta obra una interpretación magistral, no sin su momento desmelene (que fue aprovechado para el cartel, como si fuera mucho más importante de lo que realmente es, eso vendía). Bordó a una mujer cualquiera de una capital de provincia de la época, y representar lo cotidiano es lo más difícil de hacer en cualquier arte. Creo que su última interpretación fue con José Luis Garci en "Tiovivo" donde representaba a una mísera anciana que se gana la vida -de un modo más que sobrado- llevando y trayendo vírgenes y sacando donativos (inolvidable escena con Alfredo Landa y Tina Sainz) y que acaba siendo asesinada por ello. Es una película muy coral y por tanto es papel corto pero simplemente perfecto.
Carlos Larrañaga
Enraizado por ascendentes y por descendentes en algunas de las dinastías más importantes de nuestro teatro-cine, Carlos Larrañaga comenzó extremadamente joven en el cine, creo recordar que, precisamente, con "Pequeñeces" como hijo de Curra Albornoz, Aurora Bautista. Caprichito de Ava Gardner en su tiempo español y hombre de un aspecto que resultaba sumamente atractivo tuvo una vida extraña, por lo poquito que sé de ella, como lo fue también su carrera pasando de papeles infumables a trabajos magníficos, como en "El extraño viaje". Como a casi todos los "guapos", la madurez le quito belleza y le trajo oficio y calidad interpretativa. Envidiado concretamente por mí, secreto enamorado de Ana Diosdado, y presa permanente de polémica cotilleril quizás el barullo en torno a su vida y amores haya eclipsado su carrera.
Lina Canalejas
Deliciosa presencia y no solo por su incontestable belleza sino por un buen hacer y una simpatía personal que trascendía aun dentro del más antipático de los personajes. Vedette nata aunque no lo supiéramos lo descubririamos en su modo de despojarse del medieval vestuario en "La venganza de D. Mendo", hizo una relativamente corta carrera cinematográfica con papeles inolvidables con, además de la ya citada "La venganza de D. Mendo", "Mi calle", de Edgar Neville (joya del cine hispano, como su autor lo fue de la literatura y me temo que ambos escasamente valorados y recordados hoy día) y, entre otras, también "El extraño viaje", de Fernando Fernán Gómez. Más reciente y además mostrando su capacidad de adaptación a los tiempos es su Sor Vïbora en "Entre tinieblas", de Pedro Almodóvar, la monja empeñada en diseñar nuevos vestuarios para las imágenes religiosas enamorando sin pretenderlo al capellán, el siempre soberbio Manolo Zarzo.
Sylvia Kristel
Quizás no fuera ni la mujer más bella del cine de los setenta ni la mejor intérprete, pero sí que fue, indudablemente la mujer que supuso una cierta forma de revelación sensual para toda mi generación con su celebérrima "Emanuelle", película que, por otra parte, tampoco es que fuera una cumbre en el arte cinematográfico pero era la mujer perfecta para la película perfecta para unos años concretos. Hoy resultará sino inocente, casi, pero entonces, y más en España, resultaba incomodamente perturbadora con el amagar y no dar de unas imágenes que siempre prometían más de lo que eran. Todavía hoy, desde el 74, los sillones de mimbre con esa forma determinada nos sugieren las curvas entre inocentes y perversas de Emanuelle. Personalmente me gustó más tanto ella como la película en "El amante de Lady Chatterley", de 1981, claro que los tiempos eran otros y la posmodernidad ya había hecho del desnudo algo bastante más habitual, y quizás pasara demasiado desapercibida la adaptación de esta novela por demás dificil de adaptar. Su vida casi truculenta y sus adicciones nos privaron de lo que podía haber sido un inmenso mito erótico más allá de una década.
Tony Leblanc
Como en todo la sobredosis causa estragos. Mi generación tuvo una sobredosis de Tony Leblanc, sus apariciones diría que constantes en las noches de la única televisión, su Cristobalito Gazmóño (Mi padre tiene un barco mecachis en la mar), la repetición incansable de sus películas en la televisión y de papeles en el cine lograron crear, al menos en mí, un cierto hastío de su trabajo y de su personaje. Cuando logré desintoxicarme pude ver una carrera coherente con su tiempo y con más matices de lo que sabía apreciar en mi juventud. Su papel en Cuéntame, lejos del chuletilla graciosete que le había valido la fama y que fue columna vertebral de su carrera que empezó con Celia Gámez en el 44 y acabó, lamentablemente, con Santiago Segura en el 2011, demostró que ni la edad había acabado con un actor, uno más, desaprovechado. "El día de los enamorados", "Las chicas de la cruz roja", "Los ángeles del volante", "Manolo, guardia urbano", son hitos en nuestra cultura popular en los que él con mayor o menor protagonismo estuvo presente. Si tuviéramos que colocar en una pared las imágenes que fueron telón de fondo de nuestra vida sin duda él estaría en ella.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Letania de Madrid 5 (homenaje a Ramón)


Madrid es: el frío eterno de la calle Maudes.

Madrid es: colas a partir de mayo para comprar alpargatas en la calle Toledo.

Madrid es: el Guernika y Los fusilamientos de Paracuellos en la misma calle.

Madrid es: colas para comprar turrón en Casa Mira en diciembre.

Madrid es: colas en Doña Manolita, La Pajarita y La Hermana de Doña Manolita a partir de octubre.

Madrid es: un teatro que va a ser demolido. Siempre hay uno.
Teatro Albéniz, agosto de 2012, no se hace nada en él desde hace por lo menos dos años.
Madrid es: el oso de La Casa de Fieras.

Madrid es: que la calle Caballero de Gracia contenga un tesoro y se la conozca por una zarzuela.

Madrid es: un ciprés recortado contra el cielo de los Carabancheles.

Madrid es: canarios en el balcón.

Madrid es: la Calle del Arco del Triunfo.

Madrid es: La Antigua Farmacia de la Reina Madre.

Madrid es: un enigma.

Madrid es: un bocadillo de tortilla con pimientos, otro de calamares a la romana y vermouth de barril.

Madrid es: la momia de una joven sacada a pasear en silla de ruedas por el Prado.

Madrid es: mugre.

Madrid es: un cadáver descuartizado en un contenedor.

Madrid es: parir en la calle.

Madrid es: ancianas rebuscando de madrugada en los contenedores.

Madrid es: el duende de la Calle Fuencarral.

Madrid es: manchas de orines en cada rincón.

Madrid es: cinismo oficial.

Madrid es: vivir cada segundo como si te fueran a demoler las calles al día siguiente simplemente por que es posible.

Madrid es: querer olvidar las rosas rojas y no poder.

Madrid es: un eterno grito de “NO PASARÁN” y un no menos eterno susurro de “han vuelto a pasar”.

Madrid es: un gargajo en plena cara.

Madrid es: un “que bien va a quedar cuando acaben las obras”.

Madrid es: un puñal de hielo en abril y una ola de calor en noviembre.

Madrid es: miedo.

Madrid es: la demolición sistemática de cada recuerdo.

Madrid es: un mendigo en el suelo sentado junto a su silla de ruedas en Gran Via.

Madrid es: un jorobado que cobra por dejarse pasar el décimo de lotería por la chepa en Doña Manolita.

Madrid es: no escuchar villancicos salvo en un sex-shop.

Madrid es: camisas azules en noviembre.

Madrid es: putas gordas, putas viejas, putas ajadas, putas baratas, putas agresivas, putas apaleadas, putas vocacionales, putas enfermas, putas caras, putas finas, putas negras, putas eslavas, putas nacionales, putas ocasionales, putas de carro de compra, putas ludópatas, putas frustradas

Madrid es: un mantón de manila.

Madrid es: la impunidad.

Madrid es: el observatorio de Moncloa, el Pirulí, Torre Picasso, Torres Kyo, Torre de Madrid, el Platillo volante del parque de atracciones: falos sin atributos.

Madrid es: desolación posnuclear en Azca.

Madrid es: un gato en una tapia a medio derruir.

Madrid es: putas altas, putas flacas, putas rubias, putas de bote, putas en zapatillas, putas ansiosas, putas hambrientas, putas melancólicas, putas bajas, putas desdentadas, putas ebúrneas, putas ocultas.

Madrid es: la mirada de un niño en la Cabalgata de Reyes.

Madrid es: dos Rolls Royce en la Plaza Mayor para recoger a unos gays recién casados y toda la plaza mirando los coches.

Madrid es: el primer viernes de marzo en Medinaceli, el día trece de cada mes en el Niño del Remedio.

Madrid es: que la madrileña fetén ame el campo pero vaya a él con un bote de insecticida.

Madrid es: que las devotas de la Paloma estén más pendientes de los culos de los bomberos que de la Virgen.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El hombre que cruza

Desde su ventana, mientras prepara sus clases, le ve. Cada día. Cada mañana, para ser más exactos. Baja por su calle, paso largo, pantalón corto, deportivo, camiseta blanca, zapatillas también deportivas, todo ello ajado, viejo. Cruza la avenida, es su nombre aunque no sea más que una calle estrecha de un solo carril paralela a los setos de un parque, sin mirar. Pelo más bien largo que se agita con su zancada decidida. Cruza los setos sin seguir los caminos, siguiendo los destrozos que otros han hecho, y se pierde cruzando el parque. Camina con prisa, o lo parece, no es desde luego el paso de alguien que quiere hacer deporte ni el de quien ha de hacer caminatas a paso ligero por su salud, es el de quien tiene que llegar a algún sitio con hora fija. Cuando se dio cuenta de su existencia, allá con el final de una fría primavera, pensó que se trataría de esa carpeta que lleva bajo el brazo. Cosa de media hora más tarde le ve aparecer entre los setos, cruzar la avenida y subir la calle arbolada. Con la misma prisa y con una carpeta bajo el brazo que no logra adivinar si es la misma u otra. Nada extraño, cabría suponer, si no fuera por que al rato de nuevo le ve hacer el mismo recorrido, ida y vuelta. Durante toda la mañana. Cuando sale de casa sobre las dos y media suele acabar de bajar con la misma urgencia. Con el paso de los días se fue fijando en él. Es un hombre que rondará por lo bajo la cuarentena, hombros anchos, fibroso, diríase que no tiene un átomo de grasa en su cuerpo, como alguien muy hecho al ejercicio duro; en la cara no tiene expresión pero resulta dura, desagradable, quizás hostil.

Es curioso como alguien que pasaría inadvertido puede convertirse con único rasgo en el centro y el eje de la atención de cualquiera. Nada hace a ese hombre especial, uno más entre quienes viven en una gran ciudad, se supone que convencionalmente apresurados, incluso su desaliño le esconde. Calzado deportivo ajado, calcetín verde militar, pantalón corto del mismo color y camiseta de manga corta blanca. No varía salvo las contadas ocasiones en que el frío extremo le impone un jersey azul oscuro y un pantalón de chándal gris. Nada que no sea corriente, indiscernible del entorno. Sin embargo, chirría. Por lo menos a él, espectador anónimo y distraído desde su mesa de trabajo junto a la ventana, le chirría y le inquieta. Siempre ha tenido que frenar su mente para no montar historias pero los años le han ido ayudando en esa tarea, sin embargo, no puede evitar ver cierto peligro en el hombre que cruza. ¿Alguien que vigila los movimientos de alguien? ¿un correo ilegal dentro de esa carpeta? ¿terrorismo?

Sin darse cuenta va estableciendo las horas en que el hombre cruza, siempre apresurado, siempre sin mirar nada, siempre con la misma ropa y con la carpeta bajo el brazo. No hay norma, no hay horario, no hay nada fijo salvo su figura a paso rápido.

Primero estas apariciones inquietan, excitan la curiosidad, luego se elucubra con ellas, se inventan historias, se hace uno preguntas, más tarde, inevitablemente aunque esas visiones sean de unicornios montados por hadas y guiados por ángeles guardianes, acaba uno acostumbrándose. Así, el hombre que cruza va desapareciendo de su vida y sólo ocasionalmente se tropieza con su visión al levantar la vista de los libros.

Hasta que se encuentra con él, cara a cara, fuera del barrio. En pleno centro de la ciudad, el mismo paso, la misma actitud, la misma mirada que parece no ver nada, la misma indiferencia ante los coches y los semáforos. El baja hacia casa, el hombre que cruza sube tan presuroso como siempre. Ve como casi le arrolla un deportivo demasiado lanzado sin que ni siquiera pestañee ni vacile un segundo en seguir su camino. Quizás no haya camino, no haya punto final de la subida ni lugar donde girar, quizás no vaya a ninguna parte sino que fluya, desorientado y asustado, perdido en un mar de cieno y niebla del que quiere huir, por eso camina a paso de carga, una mente fuera de lo que se considera “normal y sana”, por eso mira sin ver, lanzada a la destrucción de su laberinto bajo las ruedas misericordiosas de un camión.

Descubrir estas cosas a uno le incita la compasión, es cierto, nada nos hace compadecernos más del otro que aquel mal que sentimos cerca de nosotros mismos y cualquier hombre sensato debe sentir cerca la locura o ya no es que esté cerca. Ahora veía al hombre que cruza como quien ve a un suicida, a un iluminado o a un visionario. Le asusta, como a todo ser pretendidamente racional, la pendiente resbaladiza de la mente, le asusta tanto como para quedar paralizado y no asumir un papel protector, como por ejemplo enterarse de quien es y avisar a la familia o informar al menos a las autoridades y quitarse la responsabilidad de encima. Está demasiado asustado por la cercanía de la demencia y se paraliza. Lo peor es que él sabe que hay algo más, algo inconfesable pero que se podría verbalizar de un modo tan brutal como: “cuando alguien le atropelle ya no tendré que enfrentarme a su deslizarse enloquecido, perderé de vista esa amenaza y estaré más tranquilo”. Demasiado inhumano pensamiento para ser reconocido como propio, demasiado potente como para negarlo. Durante el invierno se esfuerza en convertir esa repugnancia intelectual en lástima, misericordia o algo que sea menos ofensivo para su autoestima pero apenas logra más que fingir una indiferencia forzada. Se tranquiliza cuando el frío se va alejando y esa indumentaria tan escueta va quedando menos fuera de lugar y, sin querer, a pesar suyo incluso, se siente bueno hasta lograr convivir en paz con el hombre que cruza y su idea de él. Primer paso para el olvido.

Aun viene el viento fresco pero el sol mañanero ya calienta incluso a primera hora de la mañana. Le gusta aprovechar esas mañanas para solucionar las gestiones que va abandonando a lo largo del invierno. Apenas son las ocho de la mañana pero ya inicia la subida de la cuesta que sale del barrio camino del ministerio, como le gusta hacer las cosas, con tiempo, sin apresuramientos ni agonías. La cuesta, según sube, se va incrustando en lo que debió ser torrentera del casco viejo de la ciudad; a un lado quedan casas viejas, un rombo recordando que allí nació no sé quien, un descampado, una antigua fuente, como todas sin agua, ropa tendida; al otro un aun más empinado parque, césped, pinos retorcidos y espaciados donde el sol refulge e irisa el riego de los aspersores. En pie, sobre el césped, lejos de la calle pero no lo suficiente, está el hombre que cruza, por primera vez le ve quieto y sin la carpeta debajo del brazo. La sorpresa le hace detenerse en la acera desierta. El hombre que cruza está sin su consabida camiseta blanca, con los pantalones en los tobillos y el calzoncillo, también verde militar, por debajo de las rodillas, la mano izquierda en la nuca, los ojos cerrados, expresión de deleite al sentir la brisa y el sol envolviendo su cuerpo desnudo y salpicado por los aspersores, la mano derecha en el inequívoco gesto de masturbarse. La viva imagen de la alegría de vivir, del gozo de simplemente estar. Se pregunta qué mente está deslizándose fuera de todo control, un autobús baja, como siempre, a toda marcha e incluso baja un pie de la acera para saltar bajo él pero no es lo bastante rápido. Sube de nuevo a la acera, saluda al hombre que cruza con la mano y sigue subiendo camino del ministerio.

jueves, 8 de noviembre de 2012

¡Lárgate Ana!


Por ilégitima al ocupar el puesto a dedazo limpio.
Por deslegitimada por la gestión del asunto del Madrid Arena.
Por elitista.
Por desalmada abandonando una ciudad de luto.
Por vender la ciudad,  todos sabemos a quien.
Por respaldar lo intolerable.
Por no reaccionar ante lo que tienes dentro de tu "equipo de gobierno".
Por trepa.
Por cínica con asuntos como las peras y las manzanas o los bomberos.
Por todo eso queremos que te vayas pero YA y bien lejos.
Atentamente.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Nuestros muertos

En estas fechas, cuando los crisantemos florecen, son las que la tradición manda para recordar a nuestros difuntos. No es de extrañar. En todas las culturas existe la creencia, no tiene por que ser falsa, de que hay momentos en que el muro que separa el mundo de lo natural del sobrenatural se hace más fino, permeable, y así San Juan, Nochebuena y algunos momentos más del año, como éste, tienen ese poder, en realidad, en un nivel práctico no es estrictamente una fecha pues entre Halloween, Todos los Santos y Los Fieles Difuntos (que ya nadie parece recordar que es el dos de noviembre) se convierte más bien en un periodo que en un instante. Es tradición precristiana que los poderes eclesiásticos hicieron suya al no poder eliminarla. A mí me gusta, sé que no es políticamente correcto para mi edad, formación y pensamiento pero, como ya sabéis, lo políticamente correcto me trae al pairo. Me gusta por que, en cierto sentido, me convierte en eslabón de una cadena, aunque sea el último, y por los huesos de santo, y por que es tiempo de visiteo, aunque no se haga, y por que, por un tiempo, poco, me libero de los muertos.

Hace poco tuve una larga charla con un amigo. Apenas le llevo un año pero él aun no ha empezado. Me explico. Aun no ha perdido a nadie realmente cercano, sí, claro, a un par de tíos del pueblo a quienes trataba poco, a los abuelos en la infancia, esas pérdidas que cuanto más joven eres más naturales ves, por que el abuelo te parece viejísimo o por que realmente lo es. Sin embargo, otros, llevamos ya una carga de muertos en nuestra vida, cercanos, gentes que tratábamos todos los días y a los que, de un modo u otro, amábamos. Personas que, al marcharse, han cambiado nuestra vida, nuestra relación con el mundo y hasta nuestra cotidianeidad. Muchas de ellas con largas enfermedades que hemos vivido de cerca y que, en no pocas ocasiones, han hecho sino desear la muerte sí verla como un alivio para ellos. O eso hemos querido creer para hacérnosla más soportable. Cada una es hoy un silencio estruendoso, un rosario de recuerdos, de fechas, de gustos, de datos, de recuerdos que, sin que nos demos cuenta traen otros y éstos otros más. Unos se enredan con otros y con otros más. Hoy hace años del tío Jacinto, mañana de la abuela Juana, el viernes hará años de la boda de la tía Rosa, que en paz descanse. Así empieza la telaraña, de ahí a “¿te acuerdas cuánto le gustaba el turrón de guirlache?”, o “calla, que menudo disgusto el día que se nos olvidó comprarlo”, para seguir con “lástima que se fuera tan pronto” o peor aún, “si hubiéramos ido antes al médico”, “le pasó lo mismo al tío Pedro, debería haber ido antes al especialista”. Los recuerdos del tío pasan a enlazarse con los de la abuela, con los del amigo, con los del primo hermano, con los del suegro; las fechas se solapan, a veces se confunden, a veces se diluyen en “sé que fue en agosto pero no me preguntes que día”. Luego vienen las reflexiones, esas reflexiones inútiles que nos hacen tanto o más daño que el que nos hizo en vida quererles: “si hubiera bebido menos”, “con lo buena persona que era tenía un pronto que te cruzaba la cara si te descuidabas”. Lo peor no es eso sino que el turrón de guirlache no te sabe igual sino que tiene regusto a ausencias y casi, casi, llegas a echar de menos las bofetadas, sólo casi y aún así sueles acabar diciendo “pobrecillo”

Y las cosas, aquel jarrón espantoso que te regaló tía Enriqueta que conservabas para que no se ofendiera cuando iba a casa se convierte en algo sagrado, ¿cómo vas a tirar el jarrón con el cariño con que te lo compró?, ¿y las gafas del abuelo?, ¿y la pulsera rota en siete pedazos de la abuela?, ¿y la acuarela del primo Andrés?, ¿y el alfiler de boda de la bisabuela de la vecina que nos dio con todo cariño? Además, lo primero que hacemos todos (creo que todos, a lo mejor somos sólo los especimenes que compartimos genética) al faltar alguien querido es hacernos con una fotografía y ponerla en un marco. Así nuestros muebles empiezan a parecer altares de los antepasados pero no es eso lo peor sino ¿cómo vamos a deshacernos de la “galería de difuntos” de tía Eulalia? De ahí solemos quedarnos con quienes compartimos con tía Eulalia pero no tenemos corazón para romper las otras fotos de gentes que no conocemos. Las sacamos de sus marcos que aprovechamos para otros difuntos y las guardamos en las clásicas cajas de bombones que se nos van llenando de niñas de comunión perfectamente desconocidas, bodas anónimas y caras pueblerinas que no hemos tenido el gusto de conocer. A veces son cartas que tío Antonio guardaba con mimo en una caja de puros, de hace cincuenta, sesenta años. No las leemos por un profundo respeto a su intimidad y no las quemamos por la misma razón. Yo mismo conservo un tratado de Latín que escribió el padre de un medio pariente que me lo dio para que lo guardase por que sabía que sus sobrinos lo tirarían, y una colección de revistas que una compañera de hospital que por entonces tenía cerca de noventa años quiso que no se perdiera, y un duro que me regaló la madre de mi vecina el día de mi comunión, y un billete de cien pesetas con la efigie de Bécquer sólo por que fue el último regalo de una amiga de la familia, y un abanico hecho con palos de helado de plástico con lentejuelas (sí, ni os lo imagináis) por que alguien me pidió que no dejara que se perdiera ese regalo de su hermano, e incluso me hizo prometer que si tenía ocasión bautizaría a mi hijo o ahijado con el nombre de ese hermano llorando a lágrima viva.

 
Que esa es otra, las deudas con ellos. Las deudas con nuestros muertos, éste nos enseñó a apreciar la pintura, aquella hacía unas croquetas que le han debido ganar el paraíso, el de más allá nos enseñó la técnica para envejecer la madera. El tío Pepe venía a poner las luces al árbol de Navidad, el primo Olegario consiguió que nos entrara en la cabeza las bases del álgebra, con algún pescozón, eso sí, pero lo hizo. Así cuando ponemos las luces en nuestro árbol de Navidad o cuando probamos unas croquetas, envejecemos un marco o resolvemos una ecuación se nos hacen presentes a veces trayendo una sonrisa, a veces una congoja.

Fechas, actos, cosas, deudas, todo ello teje una telaraña personal que se trenza con la de tu seres queridos vivos y los recuerdos de las enfermedades, de los comportamientos en torno a ellos, de los hospitales, de cómo cayó fulminado sobre el regazo de alguno de nosotros, cumpleaños, aniversarios de boda, “tal día como hizo la comunión su niña, iba él más contento”, de muerte. Para que no se nos olvide tenemos los recordatorios, objetos fetiche a los que nos aferramos irracionalmente.

Así, nuestros muertos nos van envolviendo hasta casi materializarse como ectoplasmas. Sin embargo, no es esto lo peor, ni siquiera esas ausencias que nos van dejando el alma y la vida como un queso gruyere. Lo peor es el perpetuo, continuo, recuerdo de su muerte y de su enfermedad. Quienes hemos vivido de cerca esas enfermedades las tenemos presentes como yagas que no cierran nunca, si largas por la angustia inenarrable que suponen, si fulminantes por el bayonetazo que fue un cambio brutal de vida en quince minutos o, peor aun, treinta segundos. A algunos el sonido del teléfono les pone el corazón en un puño por que fue así como supo del accidente, a otros son los aviones por que fue un bombardeo lo que se llevó por delante a su pariente, la sirena de una ambulancia, una tos, el aria de la Reina de la Noche que yo escuchaba mientras a unos pocos kilómetros me estaba cambiando la vida para convertirla en un infierno.

Siempre presentes, incluso en los momentos felices en los que te esfuerzas por no pensar en los huecos, siempre hay alguien que cae vencido y “que pena que no esté aquí el abuelo” y su presencia desembarca en una larga conversación recordando sobre todo su agonía, su enfermedad, su muerte. Aunque haga ya treinta años y estemos en la comunión de un bisnieto que no llegó a conocer.

A veces su envoltura es acogedora, a veces divertida, a veces, la mayoría, una tortura refinada que nos aprieta el pecho. Por eso, en estas fechas, yendo a los cementerios, comiendo los huesos de santo, me parece que hago las paces con todos ellos, que me libero de intentar no pensar en ellos, que tengo bula para hacerlo, para enfadarme con ellos, para reírme con ellos o para llorarles. Para eso florecen los crisantemos, las hojas se tiñen de rojo y llueve.

Claro que siempre hay otra forma de verlo.