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lunes, 16 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad 2013

Ya sabéis que la Navidad es un tiempo muy amado por mí, pese a todo; también sabéis que considero labor casi imposible la de escribir con un poco de dignidad un cuento de Navidad después de los grandes ejemplos que ya venimos viendo estos años, vamos que Dickens y poco más. Sin embargo, cada año afronto con valentía y desvergüenza torera la empresa, desmedida para mis fuerzas. Este año ha sido un tanto peculiar, no cogí la pluma para escribir un cuento de Navidad como tal sino, como tantas veces para desafiar la provocación de un papel en blanco, poco a poco surgió el relato, era primavera, la época menos navideña del año, pero surgió. No lo hizo por que sí, también es cierto, sino evocando recuerdos de otra persona muy querida, que, entre risas y lágrimas, los comparte conmigo.

Era aun tiempo normal, como llamaban al tiempo antes de Guerra. “Normal” y “antes de la Guerra”, términos que ya casi no se oyen pero que en mi infancia eran corrientes, como si algún tiempo hubiera sido normal y como si no hubiera habido otra guerra, precisamente en este territorio, que da cosa llamar país, de comarcas centrífugas y cainitas. Aquí no ha habido “una guerra” sencillamente por que nunca ha habido “una paz”, como mucho una pausa entre batallas desde la romanización –que se sepa-. Sólo las pausas necesarias para que las hembras parieran y criaran, pausas puramente demográficas para que hubiera a quien matar en la siguiente batalla y no llegar a la extinción, aunque ese sea el íntimo deseo de de todos los bandos: la extinción del contrario, perdón, de los contrarios.

Era aun tiempo normal, todo lo normal que puede ser un tiempo aquí, quizás incluso no tanto, una corona se balanceaba, o quizás ya no, quizás Bubuy, como llamaban al monarca castizas infantas y germánicas regentes, ya no habitaba en Palacio, no lo recuerda. Era “ese tiempo”, aunque ella no lo supiera, y vivía casi feliz aquella tarde de enero, ya noche temprana, fría, muy fría, sobre los hombres de su padre, alto, escueto, ágil, fuerte, sobre quien no parecía pesar y que trotaba juguetón, Calle Mayor arriba, alrededor de su madre que llevaba de la mano a su hermanita menor y reía con las tonterías de su marido, una risa grande apenas controlada que, quizás no volvió a oírla igual. Pero a ella nada de todo aquello le importaba, era Noche de Reyes los iba a ver en la Plaza Mayor. Buscaba la Estrella en el cielo despejado, comenzaba a caer una capa de hielo que escarcharía los cristales de su ventana esa noche, la misma ventana por la que el año pasado había visto pasar un camello entre las nubes; pero el cielo sólo mostraba la infinidad de pequeñas lucecitas de siempre. Quería preguntar a su papá cual de todas era, pero se distraía con los puestecillos que cubrían calles y aceras vendiendo juguetitos, caramelos, churros quizás, o pensando qué se encontrarían por la mañana junto a sus zapatitos de charol que ya habían dejado preparados al salir de casa por si Sus Majestades se adelantaban, junto al balcón con tres copitas y la botella de anís para los camellos. Envuelta en abrigos y bufandas no sentía el frío pero, de vez en cuando, a mano de su madre le tocaba las flacas piernas descubiertas por las falditas que llevaban las niñas por entonces y se le borraba por un momento la sonrisa.

Ya veía el arco y mucha gente, muchos niños, igual de nerviosos que ella. Los recuerdos se confunden, hace tantos años y han pasado tantas cosas sobre ellos; no logra recordar que arco era aquel, ni qué año, sólo la gente como un mar de cabezas bajo ella y el alborozo tenso de la espera. Los puestos, las tiendas abiertas, algún villancico al son de la zambomba de barro, un peculiar olor no identificado pero que todavía hoy podría reconocer, ochenta años después.

Se colocaron, cree recordar, junto a uno de los arcos por donde pasarían Sus Majestades, cerca de un pilar donde se pudiera apoyar si la pierna casi esquelética se le cansaba. Estaba cada vez más nerviosita, y, cuando quiso darse cuenta, había perdido de vista a su padre, algo realmente difícil pues era hombre que sobresalía entre la gente. Su madre la tenía de la mano, y en brazos a su hermanita, mucho más pequeña que ella, más bien rolliza. Si su padre no aparecía ella no vería más que piernas y, como mucho, la pata de algún camello. Tuvo miedo, no sabía por que, pero tuvo mucho miedo de que papá no volviera. Demasiado miedo como para llorar, un miedo que reconoce de adulto ahora pero entonces era un oscuro sentimiento paralizante que volvería a ella poco tiempo después y no desaparecería hasta el año cuarenta y dos, cuando soltaron a su padre. En realidad, no, nunca desapareció un rescoldo oculto de aquel miedo, tan escondido que ni ella misma puede reconocerlo.

-Pili, mira –le medio gritó su padre agitando un paquete según se acercaba apareciendo entre la multitud con su paso largo y elástico que no perdió nunca-. He estado ayudando a los Reyes a descargar un camello y me han dado esto para ti.

Era una caja con un juego de seis tazas de barro con sus platos y todo, a la que estuvo aferrada sobre los hombros de su padre. No recuerda la cabalgata, ni los camellos, ni los regalos que amanecieron junto al balcón, sólo recuerda el calor de las manos de su padre en su pierna enferma, el color rubio de su pelo alborotado, su risa que tampoco volvió a ser igual, las tazas de barro que tuvo que dejar atrás bajo algún bombardeo; ah, y cómo, incluso de vuelta a casa ella siguió buscando la estrella en un cielo cada vez más negro, más amenazante.

6 comentarios:

  1. Precioso, Joaquín. Me cuesta creerlo pero por un momento me has hecho sentir la magia de la Navidad. Un abrazo muy fuerte, amigo. Y feliz Navidad.

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    1. Creo que es lo más bonito que me ha dicho nadie de mis textos, joder, que el que se ha emocionado he sido yo.
      Un abrazo y FELIZ NAVIDAD

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  2. Por un momento, al desaparecer el padre, he pensado que Pili se iba a perder como Chencho. Menos mal. Precioso cuento.
    Un abrazo

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    1. Hace tiempo que pienso que debería hacerse una "performance" de un grupo de gente desperdigada por la Plaza llamando a Chencho, seguro que al final acababan todos haciéndolo.
      Gracias.

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  3. Sólo alguien que siente la pasión que tú tienes por estas fechas es capaz de escribir este relato.

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