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viernes, 4 de octubre de 2013

La dama del verano

Va por la vida como un buque de observación oceanográfica, observa, no deja que nada le aborde y tampoco interviene, no quiere alterar el equilibrio de un ecosistema que le es –y le ha sido siempre- ajeno. Asistir al espectáculo que es el mundo desde patio viene a ser como ir al cine todos los días sin mirar la cartelera: se ve de todo, desde el espagueti-western a la nouvelle vague, de Torrente a Colin Firth.

Normalmente se vuelve a casa como al regresar de los toros, aburrido, asqueado y arrepentido de haber gastado dinero y tiempo. Normalmente el paseo le parece un espectáculo patético pero, a veces, se encuentra algún pequeño entreacto que arranca una sonrisa o regala una caricia al alma e incluso, en muy contadas ocasiones, vuelve con la sensación de haber atisbado un mundo deslumbrante y esquivo.

Le gusta el verano, entre otras muchas cosas, por que le permite sentarse a la sombra parapetado tras un libro y asistir a desfile de derroche vital propio de la estación que ni siquiera le ve aunque, a veces, parece que se engalanara para él. Sólo para él. No es arrogancia, ni creerse el ombligo del mundo; es que, simplemente, no deja de comprobar que la gente ni mira ni ve cuanto le rodea. Las adelfas blancas que estallan en la esquina de su calle duran todo el verano, sin embargo, cuando alguna vez las ha mencionado en la panadería o en el estanco las respuestas han sido algo así como “¿Adelfas?”, Sí, las flores blancas de la esquina “¿Hay flores en la esquina?” Por eso no es infrecuente que se sienta como un espectador en medio de un teatro vacío, ante un escenario donde se despliega una función que ni siquiera sus intérpretes reconocen.

Este año se han perdido el nacimiento de una tomatera en el jardín del veintiséis y una rosa medio escondida y especialmente perfecta, pero también el anidar de las urracas y el dormitar de un gato vagabundo.

Sin embargo, este verano esa farsa grotesca a la que asiste le ha dejado algunos “rompimientos de gloria” a cual más reconciliador con la existencia, incluso con la suya. Sí, claro, son fugaces apariciones, destellos sin más permanencia que los instantes, minutos como mucho, en los que se cruza con ellos o los observa pasar. Han sido tres imágenes femeninas, tres mujeres que sólo puede regalar el verano. Las “damas del invierno” no es que sean criaturas misteriosas envueltas en pieles y demás, como se han empeñado en ver y decir los poetas, sencillamente van escondidas bajo todo eso para no alcanzar el punto de congelación. Las ninfas de primavera son Lolitas recalentadas, seguramente por la prematura sexualización de la infancia; seres a medio camino entre prostitutas y depredadoras, entre Lolita y Nana.

Solo los veranos pueden traer, junto con las marujas untadas de crema bronceadora con olor a coco y su sempiterno juego de tirantes, mujeres como éstas que explican por sí mismas la plenitud del eterno mito de la triple faz de la Diosa primigenia.

En la esquina, junto a las adelfas esplendorosas se encuentra con la primera de esas caras, la primera de las tres Mujeres de Verano que quizás le hayan reconciliado con un género con el que lleva en guerra hace demasiado tiempo. Puede que no sea un armisticio pero por lo menos es una tregua.

La mañana de verano ya ha perdido la frescura de la primera hora y sale a su deambular sin sentido cotidiano que suele acabar sentado en un banco, junto al río, con un buen -o más frecuentemente- mal libro. En la esquina el adelfo da una avalancha de flores blancas con centros sonrosados delante de tres cipreses con su verdor oscuro, profundo, un poco más allá unas rosas blancas imposibles en agosto (al menos él las creía imposibles) Ella aparece, casi se materializa, recortada contra ese juego de colores. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza algo parecido. Como el gato de Chesire lo primero que ve de ella es la amplia sonrisa que se refleja en adelfas, rosas y cipreses. Esa comparación con el célebre gato es lo único anglosajón que hay en ella. Afortunadamente. Piel morena, bronceada, y larga cabellera negra y suelta. El vestido es casi un toque pictórico, una ancha y ligera pincelada fucsia. Sin embargo, ni eso ni las sinuosas formas que se adivinan bajo las ondulaciones de gasa –o lo que sea- serían nada que se pueda considerar inolvidable. Es, como casi siempre, un pequeño detalle, especialmente fuera de tiempo, de lugar, casi de la realidad. Se ha prendido una flor en el pelo, como las heroínas de las viejas novelas, como las campesinas lozanas de viejos cuadros, como las naturales de inexistentes islas de los Mares del Sur, como las damas sin joyas del XIX. Hay en ella un algo de irrealidad, de ensoñación. Espera a alguien, es evidente, tranquila, imperturbable, con la certeza de hacerle venir. Él sigue su camino dejándola atrás pero sonriendo ante la aparición.

Como los espíritus de Dickens fueron tres apariciones, las tres caras de la Diosa, tres de las infinitas formas femeninas aunque, eso sí, arquetípicas.

A los trece años conoció a una chiquilla con quien fue todas las vacaciones al cine de verano. Era una rolliza pelirroja de espesa cabellera y unos quince millones de pecas. Poseía un don que pocas mujeres poseen y quienes lo tienen suelen usarlo muy seductoramente sobre todo, como no, en verano. Ese don no es otro que el de dominar el arte de la caída del tirante. Estuvo tonto con ella todo el año y hasta se escribieron un par de cartas. Al verano siguiente ella, ladinamente, había crecido. Algo imperdonable. Se había cortado su hermoso cabello rojo y no se esforzaba en que el tirante cayera sino en que sus muslos se vieran lo más posible, vamos, que no hubiera manera de evitar ver muslo y contramuslo, e incluso… en fin, que sí, que había crecido.

La segunda faz de la Diosa la encuentra de regreso a casa, la tarde de verano se ha enmarañado de nubes y acabará amenazando una tormenta que no caerá. El puente es de piedra gris, como el cielo y como su reflejo en las aguas del río. En medio de ese delicado juego de grises, casi parisién, quietos bajo el bochorno, ella se mueve deprisa recorriendo el puente. Es ancha, de amplios hombros, amplias caderas, fuerte y dinámica; rasgos angulosos, poderosos, como el color negro brillante de su piel, como el blanco de su sonrisa, como rojo intenso de sus labios y sus uñas, como el amarillo violento de su flameante vestido. Pura fuerza. No llega a saber si espera a alguien o, más bien, juega al escondite con algún niño. Pura vida.

Era menuda como un soplo y tenía el pelo marrón, y, sí, un aire entre tierno y triste como un gorrión. Nada más verla se le vino a la cabeza la canción de Serrat, era su viva descripción. Tenían dieciséis años y fueron compañeros de curso. Era así, como un gorrión, cotidiana y sencilla, sin darse cuenta llegó a asumir que siempre estaría allí, como los gorriones, con sus conversaciones sin pretensiones, con sus ideas firmes y apacibles. Llegaron las vacaciones y nunca volvió a saber nada de ella. Desapareció sin ni siquiera hacerle daño, casi sin dejar huella. Lo cierto es que apenas tuvo tiempo pues a los dieciocho conoció a la que habría de ser la mujer de su vida que, por cierto, no es que no le hiciera caso, es que ni siquiera se dio cuenta de su existencia.

Levanta los ojos del libro un momento, no sabe por que, y con el sol casi de frente se topa con la tercera aparición. Quizás, no, sin duda alguna la más enigmática y seductora. Avanza con paso decidido y largo bajo una sombrilla verde chillón que filtra la luz sobre su cara angulosa que esboza una sonrisa casi griega. Cabellera negra, espesa y funcionalmente recogida. Camiseta igualmente práctica y verde. Al caminar la falda, larga y negra se hace airosa y dinámica tomando la forma de un abanico a medio abrir. Arrastra una maleta con ruedas y mira de frente. Sabe donde va o, al menos, donde quiere ir y lo hace con una sonrisa de koré. Cierra el libro y la contempla alejarse hacia el puente. No volverá a cruzarse con ella. Sin duda es una viajera, una misteriosa viajera que se va a algún paraje exótico, aunque lo más probable es que sea Gandía o Benidorm. No lo cree. Las sonrisas de las koré están hechas para otros mares llenos de … Tonterías.

Ojalá hubiera desaparecido la damita que conoció a los dieciocho que le ignoró desde el primer día hasta los veintitantos años. Literalmente, como si no existiera, hasta que, por fin, se fue a Santiago –al Finis Terrae tuvo que irse- detrás de su pollo para dejar de encontrársela por todas partes. Desde entonces se ha limitado a sobrevivir, o sea, a no vivir. La dama de la sombrilla, luminosa, la tercera dama del verano, se va alejando. Quizás no parta, quizás está llegando. La gente llega a millones a la ciudad cada año. Quizás no sea una turista convencional ¿Por qué no? Cierra el libro y lo deja en el banco, a dejado de interesarle cualquier cosa que pueda estar escrita en él, que pueda estar escrita en cualquier parte. Pronto llegará el otoño, el melancólico otoño, con sus damas medio ocultas por los paraguas y por su propia desorientación, indecisas entre el escote estival y la bufanda acogedora. La dama de la sombrilla está a punto de cruzar el puente y perderse en las sombras, en la distancia. Se levanta y, sin recoger su libro, eterno elemento de supervivencia, comienza a seguirla con paso rápido. Quizás las Damas del Verano resulten ser apariciones no tan fugaces. Antes de que acabe el puente se pondrá a su altura. Sin darse cuenta está sonriendo y en el fondo de su mirada, si alguien pudiera verlo, ha aparecido el Mediterráneo imposible con que soñara en su adolescencia. Quizás su sonrisa sea la de un efebo ateniense, de un kuroi, quizás la sonrisa teñida de verde por el sol filtrado no sea la de una koré sino, por fin, la de una de las tres caras de la Diosa. Al fin y al cabo, una Dama del Verano.  

3 comentarios:

  1. Bonita narración, Joaquin. Algunas veces, pocas, me ha ocurrido que me he encontrado con una persona a la que me he visto en la obligación de seguir, que no sabes porque te engancha y arrastra hasta la siguiente esquina y que luego dejas marchar porque sabes que no esta a tu alcance y tal vez sea mejor asi, porque esos deslumbramientos no son eternos. Un abrazo, amigo.

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  2. Estupendo relato de ese hombre tan exigente al que tres apariciones en un verano le parecen pocas.
    Un abrazo

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