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domingo, 27 de noviembre de 2016

Trotaconventos 4



Otra de su características, acompañada además por su eterna sonrisa, era ser en extremo servicial, que no servil, siempre dispuesta a hacer un favor a quien lo necesitara por comprometido que pudiera resultar, un ejemplo: la patrona murió los últimos días de agosto y fue ella quien se puso al frente de la casa llena de huéspedes y quien se ocupó de las cosas que la familia no estaban para hacer. Ponía inyecciones, había tenido que aprender por su madre que estuvo largo tiempo encamada, eran tiempos en que todo se solucionaba a base de inyecciones, de un resfriado a una tisis (queda decimonónico pero no por eso es menos cierto) Huelga decir que todo aquel que necesitara ponerse un tratamiento, por largo o incómodo que fuera, acudía a ella, y allá que se iba con su falda plisada y su andar sandunguero, aunque fuera al otro extremo del pueblo. Eso sí, informándose bien del medicamento y asegurándose de que era recetado pues, contaba ella, en alguna ocasión le habían pedido que les inyectara abortivos. Menos mal que estaba un mes como máximo o hubiera arruinado al Paquico, practicante oficial de todo el barrio, pues Rosa no cobraba, lo que siempre es un atractivo.
En suma que, cuando no era para echar una mano en un vestido urgente, era para poner una inyección, el caso es que Rosa entraba y salía de la mitad de los hogares del pueblo siempre como amiga y siempre bien recibida “si se callase un ratito”. Vamos que si hubiésemos querido nos podía haber tenido al tanto de todos los cotilleos del pero no era cotilla. Si de algo nos enterábamos era por qué, en su torrencial elocuencia, se escapaba algo como “precisamente ahora que está la cosa así” y si preguntabas te enterabas de que el negocio de Pepe –a quien no conocíamos- iba mal, que la de tres portales más abajo –la hermana mayor de la pianista del Para Elisa estaba embarazada y el novio en el triángulo de las Bermudas, o sea, desaparecido, que el hijo del camarero cuatro calles más arriba, “donde los pollos, pues tres puertas más” de cinco años se había matado al caerse del balcón o que la hija de Loli la Rubia tenía cáncer, o, incluso podías llegar a enterarte de que la Fernández del escudo de armas no sabía hacer un moño de picaporte –mejor no preguntarle-. Todo en una misma jerarquía si atendiéramos sólo a su voz, no si mirábamos a sus ojillos que, repentinamente, se cuajaban de lágrimas que no llegaban ni a caer ni a conseguir que interrumpiese su discurso. A menudo me pregunto si esas cosas que se le escapaban en la charla eran tan inocentes e inocuas como parecían y, aun sin llegar conclusión seria en este campo los indicios me llevan a pensar que inocentes, lo que se dice inocentes, pues no; deliberadamente malintencionadas para hacer daño, pues tampoco. Este es una de las pinceladas de su carácter que más me ha dado que pensar: la ambigüedad de su comportamiento y parloteo.

Se me viene a la cabeza un día en especial en el que me di cuenta de esto. Don José, el patrón, diabético y artrósico perdido había caído en cama con uno de sus ataques de artrosis de cadera que durante días le impedían moverse y, obviamente, usaba nuestro hispano orinal precisamente para la función para que la que se concibió. De buenas a primeras le oímos llorar a gritos que se moría. La Señora Carmen, su mujer, acudió como si le importara –no creo que hubiera algo que le importase menos que su marido salvo, quizás, la idea de que el universo se expande-. Como se hablaban, cuando lo hacían, a grito pelado, nos enteramos que había orinado sangre y le había entrado el pánico. Rosa con sus pasos de gato se acercó y preguntó a la Señora Carmen si había fregado la bacinilla con lejía y si no habría quedado un resto pues, según qué lejías enrojecían mucho la orina. Así se lo explicó la patrona al aterrado enfermo aunque con palabras menos delicadas y el hombre se tranquilizó. Más tarde Rosa me estuvo explicando como sabía lo de la lejía con su habitual archiactividad verbal que omitiré aquí sintetizando al máximo las dos horas y pico que estuvo hablando del tema. Resumiendo pues, y mucho, todo se reducía a qué tuvo que cuidar un tiempo a su madre y vivieron una situación parecida; después siguió contándome prolijamente los cuidados que le prodigaba y su muerte, incluso cómo se sentó sobre las rodillas flexionadas y agarrotadas para que entrara en el ataúd sintiendo como se “quebraban los huesos”. Ahí casi me mareo imaginando, la escena y los crujidos óseos junto a la caja y los cirios. Para ella todo aquello resultaba de una naturalidad, quizás sana, no digo que no, pero también un tanto macabra por lo menos para soltarlo así, en cualquier momento y haciendo que lo que empezó como una cuestión de lejías acabara no dejándome dormir escuchando los “cracs” de los huesos de las rodillas bajo su orondo trasero.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Trotaconventos 3



Sin embargo, el principal rasgo de su personalidad y presencia, era su locuacidad extrema. Vamos que, como decían mis tíos “No se callaba ni debajo lagua” (contracción castiza y seguro que antiacadémica). Casi literalmente, y eso que en mi familia estamos acostumbrados a mujeres capaces de pasarse seis horas y, al despedirse, decir aquello de “ya hablaremos con más tiempo”. (He de reconocer que yo he salido a esa rama femenina y empiezo a pensar que escribo para seguir hablando cuando estoy callado).  Pues sumándolas todas no llegaba ni a la mitad del parloteo de Rosa. Era un cuasi monólogo sin contenido, la mayoría de las veces y sin límite ni pudor, torrencial y, a menudo, irreflexivo en apariencia al menos. Entre aquel despeñamiento de palabras, si uno estaba atento y lograba no desconectarse o no convertirlo en un fondo neutro se iba descubriendo que su eterna actividad y sonrisa tenían otro sentido y casi se comprendía incontinencia verbal. Sólo casi, pues resultaba difícil saltar como ella sin cambiar ni el tono ni el gesto del tema más inconsistente como los progresos (ejem, ejem) de la vecinita de al lado que tocaba –o más bien lo intentaba sin demasiado ahinco, gracias a Dios- el “Para Elisa”, a puntos que estremecía pensarlos siquiera. La cosa podía ir más o menos así, eso sí sintetizo y mucho: nombre de la pianista y genealogías materna y paterna, biológica y política hasta al menos la tercera generación. “El primo del padre se casó luego con la Asun que es prima del Loli la Rubia –que también vacacionaba en el pueblo- y cosía para la consuegra de la abuela de, (nombre de la pianista en ciernes) y siempre tenía perros. Y tú, o sea, yo “la abuela”. “No hombre la consuegra que había casado al hermano del padre con la hija del tio Paquico, que tenía cabras”.”La hija”.”No,  él padre y por eso tenía perros siempre por el taller de costura. A mí me querían mucho y cuando se me murieron los mellizos, amamanté a dos cachorros, que sería por entonces cuando se casó Loli la Rubia que nos dio un trabajo con el vestido enorme pues –pormenorizada descripción de la tela, bodoques, vainicas y realces, metros de velo y demás- Nos quedó bien bonico”. Hasta ese momento ni siquiera sabía que había tenido mellizos que habían muerto. Si conseguías meter baza en el monólogo y lograbas que rebobinara hasta ese punto, repito, si lo conseguías, que no era empresa fácil, te enterabas de que había tenido unos mellizos sorpresivos, esperaba uno y en el parto se encontraron dos que nacieron muertos. Ella parecía no emocionarse, como si fuera algo que le hubiera ocurrido a otra persona y retomaba la historia banal desde donde la había empezado.
Vista la verborrea incontenible se permitirá al cronista no reproducir literalmente sus conversaciones con Rosa, más que por cualquier otra condicionante por qué, de hacerlo, esto acabaría siendo la Enciclopedia Británica y no me parece serio, la verdad.
Una vez sentado que su principal rasgo era su excesiva locuacidad, que queda de momento ahí, como ruido de fondo. Otra, no sé si cualidad, era su coquetería. No recuerdo haberla visto nunca sin pintar, no como una puerta, desde luego, pero sí con su toque azul en los párpados, el rímel bien marcado, el carmín discreto, algo de maquillaje y su buen par de pendientes de oro, con ese gusto levantino por el preciado metal que hacía de la playa un escaparate de joyerío y uno, ya al borde de un golpe de calor, no acertaba a distinguir si estabas en la playa con Rosa o en Tiffany´s con Audrey. Cierto que no era ella de mucho joyerío pero sus varios pares de gruesos pendientes y algunas cosillas más, eran buenos. Don Florentino aseguraba que le había visto meter la mano en cajas que los moros (ahora subsaharianos) paseaban por la playa esperando vender alguna de las baratijas que cargaban y no sacarla vacía precisamente. ¿Era cierto lo que decía el caballero? No tengo la menor idea, así que me abstendré de opinar.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Resulta que se escribe Trump

¡No lo supero, no lo supero!

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Ganó Tramp (de trampa)

Hoy, nueve de Noviembre del Año del Señor de dosmil dieciseis, ha llegado el principio del fin.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Noviembre

"Noviembre, dichoso mes que empieza con los Santos y termina con S. Andrés" dice un refrán de los climáticos pero este año, este noviembre quizás tenga más sentido que otras veces. Han empezando toreandonos en las Cortes y puede que mañana en USA nos descabellen. Así que lo de "dichoso" habrá que leerlo en el otro sentido. 
De lo ocurrido en el Cogreso de DiPUTAdos es que da hasta vergüenza ni siquiera ajena. Los unos en un porcentaje bastante alto están imPUTAdos en delitos por los que sabemos que no van a ser condendados aunque con que devolvieran lo que robaron y repartieron saldríamos de la crisis bailando la conga, liderados por el protagonista del "milagro de las canas", que debe haber hecho Santiago, y Santiago me perdone, milagro que consiste en tener canas en la barba pero no en el pelo, han sido, otra vez reelegidos, (el término técnico es masoquismo) y el resultado final es un modo tan retorcido de sin tener mayoría tampoco tener oposición. Soy medio gallego, así que no se me enfade nadie, pero es la típica escena del gallego que no se sabe si sube o baja la escalera (hay una frase que viene a ser tan retorcida como el medio por el que se ha llegado a tal situación:"a lo mejor ni es vedad" Cela "Mazurca para dos muertos", es lo que yo llamo una frase sacacorchos, siempre hay una vuelta más) pero no le adjudiquemos mérito alguno. El protagonista del milagro del pelo no hacho más que lo que aconseja el viejo proverbio árabe: "sientate a la puerda de tu casa a espertar que pase el cadáver de tu enemigo". 
Pero quizás lo peor no sea eso sino la facilidad con que el enemigo le ha entregado su cadáver con armas y bagajes. Los conlictos internos de los del capullo han tenido más peso que su vocación progresista, venciendo los teóricos posibilistas que vienen enrabietados y con el machete entre los dientes, encabezados por la que tiene un ratón chiquitín y que están perdidos entre las teorías políticas los compromisos clientelista/feudales y los reglamentos internos del partido. Han conseguido, con poca habilidad, poca visión y sobre todo sin lider de repuesto, que los ciudadanitos de a pie que no están para milagros en el pelo de nadie se aleje de lo que se supone que son ellos: izquierda moderada para lanzarse en los brazos anhelantes del de la coleta. Aun así los del capullo no han terminado y ahora están como en las peleas de perros mordiéndose entre sí a ver quien saca mejor tajada.
El de la coleta ad lateres (él no es el único que ha ido a la Universidad, aunque se lo crea) está fuera de tiempo, con ochenta años de retraso, concretamente. Si las ideas principales son inamovibles en todas y cada una de las tendencias, no así la manera de aplicarlas por que los ciudadanos cambian y las circunstancias también. Además vienen del ámbito académico, lo que, al menos para mí, les hace sospechosos de todo,  item más: como son cuatro gatos en guerrilla se han apoyado en diferentes plataformas ciudadanas muy válidas, no lo discuto, pero que no ven más allá de las fronteras de su ciudad o autonomia. Genial para unas municipales pero para algo más, mal lo veo. Ya van apareciendo puñales preparados para destronar a estos reyes de la izquierda con olor a naftalina. Y ya veremos quien gana si los que están llegando ahora sedientos de poder con los cuchillos en alto o quienes creen que los españoles somos los mismos que en el 32. 
Una cosa buena tiene la situación. Como buen político y sin duda lector de Maquiavelo el del milagro ha colocado a sus dos posibles sucesoras enfrentadas en el mismo gobierno. Eso puede llegar a ser divertido, más que nada por la facilidad con que ambas han caído en el juego. 
Siguiendo con las novedades de noviembre he de decir que estoy literalmente acojonado con las elecciones de mañana en USA. Una caricatura del rey de los vaqueros contra la de la remilgada señorita de la costa este cuyos antepasados llegaron en el Mayflower (debía ser el barco más grande que vieron los siglos por que hay que ver la de antepasados que llegaron en él) El sólo hecho de que la caricatura del vaquero haya llegado a ser candidato es simplemente una aberración del sentido de la democracia. Que su contincanta sea quien es demuestra que los yanquis quieren tener una familia real, lo intentaron con los Kenedy, luego con los Bush y ahora con ellos. Que no es de fiar esta chica, ya los abemos, es política, pero es que el otro es una bomba con la mecha encendida. ¿Cual es más peligroso para la supervivencia de la especie? Sinceramente no lo sé. Lo que está claro es que el rey del cinturón de hierro de USA sea casi íntimo del nuevo y autoproclamado Zar de Todas las Rusiasm es de entrada antinatural.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Trotaconventos 2



Permítaseme una digresión sobre los culos que pasaban por aquella casa en esos meses veraniegos, además del de Rosa, dignos son de mención y merecido recuerdo otros dos, a cual más, ¿cómo decirlo? generoso. Piedad, que fue pocos años, pequeña redonda hasta en el moño, que no sé si lucía con orgullo o cargaba con cristiana resignación, con un pizpireto par de calabazas respingonas que, embutidas en su bañador azul chillón, resaltaban como un semáforo playero al que se le podría aplicar parafraseando los versos del insigne poeta, gloria de nuestras hispanas letras: “Érase una mujer a un culo pegada, érase un culo superlativo, etc”. En cualquier caso un par de formidables nalgas que, de haber vivido en el XIX habrían hecho innecesario el polisón. El otro trasero a reseñar aquí era el de la Fernández con escudo de armas. Como el lustre de su apellido no le permitía dar un palo al agua movíase siempre con una languidez vivaracha de una butaca a otra, claro que eso le había puesto unos cuantos kilos encima, pero se los había colocado en culo, caderas y cartucheras en forma de grasaza amorfa que más que ocupar un espacio, lo rebosaba –como mi tripa de entonces-. Las otras huéspedas que encajaban sus traseros dentro de los parámetros normales no dejaban de hacérselo notar con mayor o menor sutileza.
En fin, dejémonos los culos y volvamos a nuestra protagonista. Dicen que el gran peligro de los biógrafos es, precisamente, enamorarse del biografiado. Me preocupa, pues cuando escribo sobre alguien o algo suele ir ocurriéndome lo contrario y, al final, hasta me cuesta encontrarle alguna virtud y he de invertir el proceso ¿seré sólo un mal biógrafo o, algo muchísimo peor, objetivo? Y ya puestos a reflexionar sobre tan espinoso como manido tema cabe preguntarse ¿Qué se hace o como se gestionan los datos que te llegan por terceros de personajes y episodios que has vivido tú y que nunca coinciden? Que eso ocurra con la conquista de América, vale pero ¿con una Fernández, por mucho escudo que tuviera?
Ante todos estos dilemas se encuentra el autor, yo, a la hora de hablar de Rosa a quien me unió un cariño especial ¿por qué? Simplemente por qué la escuchaba y por qué cazaba sus pequeñas, o no tanto, maldades y se lo decía.
Rosa, cuando la conocimos cosía en un taller de trajes regionales, rica indumentaria de su tierra, aunque no siempre, sólo cuando aumentaba la demanda, con eso y la pensión, que no debía ser muy holgada, sacó adelante casa e hija. Una vez logrados ambos objetivos podía permitirse algún viaje y estos veraneos en la despensa, compartida a menudo con Nina o alguna de las ocasionales, de las que no volvían al año siguiente. Rara vez, sin embargo, pasaba muchas horas en la casa pues si Nina era la Reina de la sociedad de dos o tres manzanas, Rosa era el perejil de todas las salsas que se cocinaran en un área mucho más amplia y no sólo en el sentido espacial del término. La “sociedad” de Nina era de ese tipo que considera a la maestra como fuerza viva, la de Rosa, por el contrario, abarcaba un espectro mucho más variado, en parte por su trabajo y en parte por tener la habilidad de engarzar amistades como cerezas. El caso es que a media tarde se arreglaba para ir a casa de tal o cual, a veces para hacer algo concreto como jugar una partida al julepe con garbanzos, meter el bajo de un vestido o visitar a la abuela centenaria de unos amigos; otras simplemente para tomar un café o sentarse a charlar un rato. El caso es que nunca le faltaba donde ir ni compañía para ir al cine, a una excursión o a las escasas funciones teatrales. Muchas veces venía al cine con  nosotros a alguno de los cines de verano o se sumaba al grupo familiar que veníamos a ser cuarenta y la madre, la madre de una de mis tías concretamente, y que siempre estaba abierto a que se añadiesen un par de docenas más. Eso sí, con el dinero de las entradas o de lo que fuera por delante o se quedaba en casa platicando con los huéspedes más sedentarios conocidos por mi familia como “el frente de juventudes”.