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sábado, 5 de noviembre de 2016

Trotaconventos 2



Permítaseme una digresión sobre los culos que pasaban por aquella casa en esos meses veraniegos, además del de Rosa, dignos son de mención y merecido recuerdo otros dos, a cual más, ¿cómo decirlo? generoso. Piedad, que fue pocos años, pequeña redonda hasta en el moño, que no sé si lucía con orgullo o cargaba con cristiana resignación, con un pizpireto par de calabazas respingonas que, embutidas en su bañador azul chillón, resaltaban como un semáforo playero al que se le podría aplicar parafraseando los versos del insigne poeta, gloria de nuestras hispanas letras: “Érase una mujer a un culo pegada, érase un culo superlativo, etc”. En cualquier caso un par de formidables nalgas que, de haber vivido en el XIX habrían hecho innecesario el polisón. El otro trasero a reseñar aquí era el de la Fernández con escudo de armas. Como el lustre de su apellido no le permitía dar un palo al agua movíase siempre con una languidez vivaracha de una butaca a otra, claro que eso le había puesto unos cuantos kilos encima, pero se los había colocado en culo, caderas y cartucheras en forma de grasaza amorfa que más que ocupar un espacio, lo rebosaba –como mi tripa de entonces-. Las otras huéspedas que encajaban sus traseros dentro de los parámetros normales no dejaban de hacérselo notar con mayor o menor sutileza.
En fin, dejémonos los culos y volvamos a nuestra protagonista. Dicen que el gran peligro de los biógrafos es, precisamente, enamorarse del biografiado. Me preocupa, pues cuando escribo sobre alguien o algo suele ir ocurriéndome lo contrario y, al final, hasta me cuesta encontrarle alguna virtud y he de invertir el proceso ¿seré sólo un mal biógrafo o, algo muchísimo peor, objetivo? Y ya puestos a reflexionar sobre tan espinoso como manido tema cabe preguntarse ¿Qué se hace o como se gestionan los datos que te llegan por terceros de personajes y episodios que has vivido tú y que nunca coinciden? Que eso ocurra con la conquista de América, vale pero ¿con una Fernández, por mucho escudo que tuviera?
Ante todos estos dilemas se encuentra el autor, yo, a la hora de hablar de Rosa a quien me unió un cariño especial ¿por qué? Simplemente por qué la escuchaba y por qué cazaba sus pequeñas, o no tanto, maldades y se lo decía.
Rosa, cuando la conocimos cosía en un taller de trajes regionales, rica indumentaria de su tierra, aunque no siempre, sólo cuando aumentaba la demanda, con eso y la pensión, que no debía ser muy holgada, sacó adelante casa e hija. Una vez logrados ambos objetivos podía permitirse algún viaje y estos veraneos en la despensa, compartida a menudo con Nina o alguna de las ocasionales, de las que no volvían al año siguiente. Rara vez, sin embargo, pasaba muchas horas en la casa pues si Nina era la Reina de la sociedad de dos o tres manzanas, Rosa era el perejil de todas las salsas que se cocinaran en un área mucho más amplia y no sólo en el sentido espacial del término. La “sociedad” de Nina era de ese tipo que considera a la maestra como fuerza viva, la de Rosa, por el contrario, abarcaba un espectro mucho más variado, en parte por su trabajo y en parte por tener la habilidad de engarzar amistades como cerezas. El caso es que a media tarde se arreglaba para ir a casa de tal o cual, a veces para hacer algo concreto como jugar una partida al julepe con garbanzos, meter el bajo de un vestido o visitar a la abuela centenaria de unos amigos; otras simplemente para tomar un café o sentarse a charlar un rato. El caso es que nunca le faltaba donde ir ni compañía para ir al cine, a una excursión o a las escasas funciones teatrales. Muchas veces venía al cine con  nosotros a alguno de los cines de verano o se sumaba al grupo familiar que veníamos a ser cuarenta y la madre, la madre de una de mis tías concretamente, y que siempre estaba abierto a que se añadiesen un par de docenas más. Eso sí, con el dinero de las entradas o de lo que fuera por delante o se quedaba en casa platicando con los huéspedes más sedentarios conocidos por mi familia como “el frente de juventudes”.

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