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viernes, 16 de abril de 2010

Aniversario


Hoy hace años que murió Don Paco de Goya y Lucientes. Le llamo así por que tenemos confianza. Cada mañana, apenas abro el ojo, le veo sobre mi mesita de noche con su proverbial cara de mala uva y lucidez de ilustrado desengañado. Parece talmente que está entendiendo la radio y su ristra de estupideces llamada boletin informativo.
Tirando del hilo he llegado a la conclusión de que nadie en el mundo puede decir más cosas y de manera más directa que los artistas, pero no los artistas de las artes mayores necesariamente. Goya tenía mucho de recopilador de la actualidad de su época, de crítico social y ético, de denuncia de un tiempo que sólo su pincel ha hecho eterno, tanto que la mayoría de sus obras podrían ilustrar cualquier diario hoy mismo. Delincuentes de guante blanco, delincuentes en general, religiosos fanáticos, papanatas, crédulos, prostitutas de diverso nivel y demás fauna ibérica parecen haber salido de sus cuadros, haberse pasado por una tienda de ropa más moderna y seguir luciendo sus habilidades por nuestros paseos, teatros y, en el caso de Madrid, túneles. ¡Si la de Alba levantara la cabeza y viera lo que se ve ... estaría en su elemento!
Son en gran medida los artistas a pie de calle, como lo fue el propio Goya con sus obras como Los Desastres de la Guerra o sus tapices quienes mejor pueden expresar lo que es un país y una cultura en un momento determinado, quienes más fuerte pueden gritar lo que ven por que nadie les hace mucho caso y menos aún si ese grito queda enmarcado o enjaulado en el amplio y poco valorado campo del Humor. Goya quizás tuviera un puntito de humor que con el tiempo se haya diluido en la memoria colectiva pero lo dudo.
Hoy, entendiendo por hoy los últimos días, encuentro como tantas veces que quien mejor retrata nuestra sociedad, son los humoristas gráficos. El Duelo a Garrotazos de Goya sigue siendo tan válido ahora como entonces y su versión forgiana con el Duelo a Cubos de Mierda también. Más dolorosa por certera y cruel es la visión del Roto de ayer en El País. Sin embargo, ningún tratadista o pensador podrá decir más con menos ni describir la desolación interior del ciudadano que asiste, entre pasmado e irritado, al patético espectáculo de esta sociedad. No es una entrada de protesta o de queja o de denuncia. Es una entrada homenaje a estos grandes de nuestra cultura. Es un homenaje a quienes tan bien nos retratan aunque nos dejen un merecido regusto amargo en el paladar.

sábado, 10 de abril de 2010

¿Seré tonto?


He tardado en volver a escribir por que he asistido, con mis riñones al jerez todavía, asombrado, pasmado, anonadado, estupefacto, ojiplático, avergonzado y descuajaringado al espectáculo que se viene ofreciendo por la clase política como conjunto pero eso ya es difícil que asombre a nadie. Lo que me deja asombrado, etc., es un silencio. Silencio que me lleva a preguntarme seriamente si me habré perdido alguna clase de democracia, Constitución y demás. Aunque parezca ironía lo que estoy diciendo no lo es en absoluto. Me preocuparía seriamente si este pasmo se debiera a mi ignorancia, pero creo que me preocuparía más si no fuera así.
Veamos: la soberanía reside en el pueblo que elige a sus representantes mediante elecciones cada equis tiempo.
El pueblo elige entre una serie de candidaturas que le ofrecen los partidos legales a quienes le van a representar en Ayuntamientos (detente lengua, que otro día hablarás del los Ayuntamientos), Comunidades Autónomas, Senado y Congreso de los Diputados. Corregidme si me equivoco porfa. Estas candidaturas se presentan en LISTAS CERRADAS –Senado aparte- de las que yo no puedo quitar al quinto nombre por que me caiga mal ni poner al séptimo antes que el cuarto por que son LISTAS CERRADAS. En otras palabras: voto a un partido, el que me parezca bien, no al individuo.
El paso siguiente es que el INDIVIDUO recoge su acta de concejal, consejero, diputado o lo que fuere y comienza la tarea legislativa y a cobrar de un dinero público –mío y de cada ciudadanito aunque no le haya votado-, hasta ahí bien, al fin y al cabo todo trabajo hay que cobrarlo y pagarlo (los matices para otra ocasión). Ahora bien. El INDIVIDUO en cuestión se convierte en tránsfuga, delincuente, o simple traidor a su partido. ¿En que momento mi voto a un partido que me IMPONE listas CERRADAS se ha convertido en patrimonio de un señor a quien se me ha obligado a elegir y paso a pagar a corrupto o incluso a un traidor a las ideas por las que voté? ¿En qué momento ese sujeto es dueño de MI VOTO y SU ESCAÑO o lo que fuere cuando a mí se me ha obligado a votar una lista cerrada de un partido? ¿En que momento he contraído la obligación de seguir pagando a un sujeto en muchas ocasiones corrupto y/o delincuente que pertenece o pertenecía a un determinado partido por el que yo voté, por el Partido, no por el Sr. Perico de Los Palotes a quien nadie se ha tomado la molestia de presentarme sino como unas letras en la papeleta electoral? Mi voto fue a un partido y si el sujeto que ocupa el escaño deja el partido o es expulsado de él lo más suave que se puede llamar es TIMO. Es como aquel juego callejero de los vasos y la bolita ¿Dónde está la bolita? en el que el trilero nunca pierde y el ciudadano se pregunta ¿Dónde acabará mi voto? ¿A que clase de personaje salido de no se sabe donde, de esa cada vez más oscura CASTA, acabará colocando mi voto?
El asunto es que yo no soy un experto en nada, y que parece un proceso lógico ¿verdad? Si es así y no me equivoco, ojalá esté estrepitosamente equivocado, el asunto es peor, es muchísimo peor por que nadie, ni los habituales medios de comunicación, ni aquellos especializados en la agitación rastrera, que los hay, ni los fanatizados, ni los que se limitan a revolver las aguas para echar los anzuelos, ni los analistas, nadie menciona el hecho de que cientos de concejales que llegaron a la poltrona bajo una bandera, cobren bajo otra con el mismo voto que se les dio, y quien dice concejales dice consejeros de comunidades autónomas e incluso diputados. ¿Es acaso un silencio cómplice que espera que le llegue su turno para rentabilizarse o es un silencio cobarde de quien teme la represión de los poderes fácticos? En cualquier caso es preocupante.
De ahí viene mi pregunta: ¿seré tonto que no soy capaz de ver el momento que la confianza concedida a un partido y sus ideas pasa a ser capital de un individuo al servicio de sus intereses?

sábado, 3 de abril de 2010

Torrijas (de vino)


Lo primero es que el pan esté revenío del día anterior, el pan de torrijas es algo más denso que el normal, lo aclaro para quienes no conozcan este manjar que convierte la penitencia pascual el orgía pecaminosa y apoteosis de la gula, luego se corta la barra de manera que la rebanada quede muy inclinada. Ahí entraba yo de crío, mi madre y yo haciendo las torrijas la tarde de Jueves Santo, la televisión en el salón y mi padre viéndola –los tres no cabíamos en la cocina-: mi primera misión era disolver el azúcar en la leche, pacientemente, dando vueltas a la cuchara primero en el sentido de las agujas del reloj, luego, como me aburría, en el sentido contrario. Mi madre calentaba el aceite y cascaba los huevos –acción que me revolvía las tripas-, luego me tocaba mezclar el azúcar con la canela para echar la mezcla por encima.
Mientras ella iba friendo las primeras torrijas que salían doradas, casi de oro, yo iba empapando la siguiente tanda, era toda una técnica: las empujaba y esperaba hasta que la leche salía por la superficie seca, si el pan estaba suficientemente revenío quedaban estupendas pero rara vez lo estaba. El olor al dulce de sartén se iba extendiendo por la casa y la bandeja se iba llenando con tres capas superpuestas, había que cambiar el aceite para que no salieran casi negras lo que daba pausas al oficio de empapar. La tarde caía, casi noche. Por fin la bandeja de torrijas de leche estaba completa, con la mezcla de azúcar y canela por encima, con unos buenos chorreones de almíbar empapándolas. La primera parte había concluido y se iniciaba mi favorita.
La torrija de vino tiene trampa: no es de vino, por lo menos tal y como las hacía con mi madre, es de agua con bastante vino, blanco por supuesto –una tía mía de la que volveré a hablar las hacía de vino tinto y es lo más parecido a un filete crudo que quepa imaginar, sobre todo teniendo en cuenta la vigilia-. La mezcla quedaba a mi cargo, agua, vino y azúcar. Me gustan cargaditas de vino pero sin que sea un vaso de vino en pan. De nuevo la mecánica de empapar, pasar por el huevo, la sartén, a la bandeja, la canela con el azúcar, el almíbar. Entre tanto yo empapaba los restos del pan en el vino aguado y me los comía con delectación delincuente. Finalmente salían las dos bandejas gloriosas como una muestra de colores dorados más o menos oscuros, como un canto a la caloría y como un manjar excepcional en un universo gastronómico compuesto de carnes a la plancha y berzas hervidas, todo muy sano y… adelgazante. Pero eran más. Eran signo de equilibrio, de calma de tarde vacía, de serenidad y de que el ciclo anual se había cerrado una vez más. Cuando esa tarde el olor no ha llenado mi casa ha significado que un desastre familiar ha ocurrido o estaba ocurriendo en ese instante. Fue un Jueves Santo sin torrijas cuando lo que había sido mi juventud, mi alegría y mis expectativas vitales, cuando los pilares de mi vida, cuando todo lo que yo había creído soporte de mi vida se resquebrajaron de golpe, sin sentido, sin fin y sin arreglo. Por eso el aroma a torrijas la tarde de Jueves Santo es para mí un puntal de serenidad. Eso sí, tienen que ser de vino.