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miércoles, 31 de julio de 2013

Detalle de un retrato de Isabel de Borbón

Es un retrato de Rodrigo de Villandrando, de hacia 1619-1620. Decir que era un pintor secundario en el panorama español de la época sería injusto, fue el antecesor directo de Velázquez en algunos de los cargos palaciegos, luego no era tan secundario. Lo que ocurre es que en el siglo XVII español, en pintura, la primera línea de autores es de tal calibre que coloca como secundarios a casi todos los pintores del mundo de todos los tiempos. Prescindamos de la pasión que la pintura del XVII española despierte o no despierte, y de que este autor –desde luego muy poco conocido- tenga encima un enorme peso del retrato cortesano del siglo anterior en sus pinceles, incluso que la futura reina de España no fuera, como buena Borbón, una belleza deslumbradora. Prescindamos de cuanto sabemos o ignoramos, perdamos la mirada en esa mano, rodeada de encajes y adornos, cargada de joyas. Perdamos la mirada en la belleza del detalle, tratado con dureza pictórica, y en la belleza de la mano, donde el dibujo y el pincel se suaviza, casi como besando, respetuoso y tierno, la piel sonrosada, juvenil.


Descansemos un momento de lo que nos rodea por fuera y de lo que nos ataca por dentro en la contemplación de un detalle, un simple detalle de un retrato de hace casi cuatrocientos años.

Me topé con esta imagen de casualidad y me fijé por que tengo una buena amiga interesada en encajes varios, luego quedé atrapado sin ganas de salir del laberinto de líneas, bordados, encajes y en la ruptura que supone la mano, centro de la imagen y con un papel también cercano al centro en el retrato de cuerpo entero de la dama. En realidad, debería bastar este detalle para que el pintor fuera mucho más conocido pero la avalancha de prodigios de este siglo se lo llevó por delante como a tantos otros.

Unos minutos de paz, simplemente mirándolo.

viernes, 26 de julio de 2013

Dolor y dignidad. Santiago de Compostela

Siguiendo el sabio ejemplo de muchos compañeros últimamente he procurado desvincular este espacio de la actualidad y no sólo por que la actualidad sea la que es sino por que yo no soy capaz de soportar tanta mendacidad e incompetencia y que, encima me tomen por tonto. En este momento, no.

Sin embargo, y a pesar de haberme prometido no poner más lutos en este blog hay cosas que saltan las barreras de la torre de marfil, cada vez más fortificada y ruinosa, y te llegan.

El brutal accidente que parece de otros tiempos que ha tenido lugar en Santiago, precisamente la víspera de su día grande, hasta no hace tanto, día grande de España como su patrón, es de esos acontecimientos que no te permiten quedarte al margen en la penumbra fresca del gabinetito de la torre de marfil.

No quiero repetir todo lo que se dice, todos sentimos el dolor de tal desastre. Indiscriminado, inesperado en medio de un mundo puramente tecnológico, en un momento clave para la ciudad produce desasosiego, pena, tristeza, devastación interna y asombrada.

Sin embargo, hay algo que, sin ser el único que lo ha dicho (tampoco lo pretendo) quiero destacar: la reacción de los vecinos. Es curioso que este pedazo de tierra peninsular lo llamemos como lo llamemos, siendo como es capaz de coserse a navajazos por un equipo de fútbol, cuando se le coloca en una situación límite siempre reacciona dejándose el alma ayudando en la medida de lo posible. Luego llegarán los politicastros capitalizándolo todo, los buitres de la incompetencia de plumilla barata y servil, los otros que empeñarán los restos de los vagones o los venderán como recuerdo si se tercia. Pero eso será luego, hoy mismo seguramente, pero en ese instante clave la gente, la gente de la calle, nuestros vecinos –ese borde que llena el ascensor de humo, la gorda que no saluda nunca, el imbécil que te encierra el coche todos los días, esos también- salen a la calle con mantas, agua, voluntad y manos desnudas a dejarse el alma por desconocidos. A veces salvan, a veces tan sólo acompañan en el tránsito inevitable, a veces ni eso y la manta en lugar de abrigar sólo cubre un cadáver. Lo vimos en Atocha y ahora otra vez y en menor escala lo vemos a menudo, pero los casos menudos se pierden en el estiércol noticiable. Hace falta esto para que se nos aparezca de frente lo que es nuestra esencia, como dijo alguien ayer “la verdadera marca España”: pasión ciega, generosidad y, aunque sea obsceno, cojones.

No soy patriotero, ni siquiera patriota, pero eso es lo que somos: una cultura acostumbrada a sobrevivir entre desastres y robos. Que no nos pidan una cotidianeidad cívica, que no nos pidan que no pisemos el césped o que no robemos hasta las bombillas de un quirófano, pero donamos más órganos que nadie, incluso inter-vivos, y nos echamos a la calle cuando el desastre estalla. Pasión, necesitamos emociones fuertes para reaccionar, por eso el poder administra sus desastres, pero reaccionamos cuando lo hacemos, aunque la palabra está demasiado usada, heroicamente.

Hoy yo, desde este espacio humilde y recatado, quiero dar las gracias a esos vecinos, ya sabéis que soy medio gallego, pero en mi caso la ensalada racial ibérica es completa, o sea que soy medio de todas partes. Quiero, decía, darles las gracias por hacer que podamos de nuevo levantar la cabeza, recuperar la dignidad aunque mañana nos la quiten. Nos han recordado que no sólo somos los protagonistas de esa sórdida historia que se vive.

Gracias por devolvernos la dignidad de ser quienes somos, a pesar de quienes quieren olvidarlo.

lunes, 22 de julio de 2013

En un apacible rincón de Madrid

Simbólico ¿eh?
En fin, paquepaquepaqué. El Apocalipsis nos pillará haciendo chistes.

  
Sin pretender ofender a nadie me pregunto si en alguna esquina de Pamplona hay un San Isidro o una Virgen de la Paloma. Sobre todo teniendo en cuenta que en Chamberí existe una iglesia llamada San Fermin de los Navarros ( http://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Ferm%C3%ADn_de_los_Navarros) Esta pequeña imagen ha aparecido este último siete de julio. Por lo menos yo no la he visto hasta ese día, y paso muy a menudo por esa esquina.

jueves, 18 de julio de 2013

La corbata verde

-Ya sabía yo que me la ibais a jugar, que, al final os saldríais con la vuestra y me haríais hablar –risas de hijos y esposa, claro que lo sabía él y ellos, que jamás renuncian a algo por la opinión de su padre-. Además después de comer, a la hora de mi siestecita. Bueno, como ya lo sabía me lo he preparado. Queréis unas palabras sobre los treinta años de casado, treinta años de feliz matrimonio, unas hijas maravillosas y un hijo perfecto, tan perfecto que hasta saca oposiciones. Queréis que diga lo que siento, anda que no os habéis puesto pesados con eso de “tú di lo que sientas”, pues bueno. Ahí va: siento lo mismo que desde antes de casarme. Un profundo arrepentimiento –se alzan algunas voces pero, en general es más el silencio sorprendido, como esperando que se convierta en broma-. Me arrepentí por primera vez unos pocos días antes de la boda. Yo tenía una hermosa barba negra, rizada y poblada pero mamá no creyó que era mejor que saliera en las fotos sin barba, así que hice caso y fui a cortarme el pelo y a afeitarme a la barbería de toda la vida. Cuando me miré en el espejo supe que, por muchos años que viviera, nunca me arrepentiría lo suficiente de haberme casado. Claro que podía huir pero me habían enseñado que un hombre tiene palabra, además yo hasta ese momento quería, amaba a vuestra madre, y seguía queriendo amarla. Siempre he querido amarla como lo hice hasta ese día, pero nunca he podido. ¡Por una vez os vais a callar todos y vais a oírme! Por una única vez. Luego haréis lo que os dé la realísima gana. Como siempre. Para ser más exactos, haréis lo que le dé la realísima gana a vuestra madre que desplegará todo su arsenal de llantos, chantajes emocionales, insultos y silencios. Diréis que he perdido la cabeza, o más cómodo aun, que estoy borracho. Me da igual lo que hagáis, digáis o penséis. Hubo un tiempo en que me hubiera importado, un tiempo que ha durado hasta hace unas pocas horas. Os dije a todos que lo de renovar los votos me parecía una tontería, os lo dije, a ti, oh amada esposa, incluso te pedí por favor que no siguieras con esto. Claro, no me escuchasteis. Ni se os pasó por la cabeza tener en cuenta mi opinión. Renovación de votos, iglesia con flores, vestido, traje que eligió vuestra madre sin pedirme opinión, corbata que eligió vuestra madre sabiendo que el verde no me gusta, que odio el verde. Ella lo sabe. Por que habréis observado que la corbata es verde ¿verdad? Toda la vida lo he odiado pero ninguno lo sabéis ni os importa, a ella tampoco. Hace juego con el tocado.

La barba fue lo primero que perdí con el puto matrimonio. Luego perdí mi nombre. Diréis, lo diréis, que eso es una tontería. Lo diréis por que ninguno sabe como me llamo, ni os importa. Me llamo José Eduardo, y hasta que me casé todo el mundo me conocía como Pepe el de la tienda. En pocos meses pasé de que me llamara mi esposa Pepe a que se refiriese a mí como “éste”, luego “papá” y cuando ella creyó que lo mejor era que trabajase en la empresa de vuestro tío, hice caso y malvendí la tienda de mi familia donde había sido feliz a cambio de una oficina sin ventanas donde llevo pudriéndome veinte años, oficina que vuestra madre no conoce, claro, ni vosotros tampoco. No os importa. Cuando entre en ese antro me perdí también mi casa, la de mis abuelos y nos cambiamos de barrio, ella pensó que era mejor para todos, sobre todo para vosotros el nuevo barrio. Desde entonces me llama todo el mundo Eduardo, menos vuestra madre que me sigue llamando “este”, a menudo, “tú” y entre sus conocidas “éste que es idiota”. Se lo cree, idiota y sordo, que ni veo ni oigo ni huelo ni entiendo. Como se creyó que me tragué lo de tu parto a los seis meses de casada, o que los precios ridículos que me decía haber pagado por vestidos o regalos, como si yo no saliera a la calle. En eso tiene razón, casi no veo la luz del sol, encerrado en la oficina de donde no podré escapar ya, y ella siempre supo que no podría hacerlo. Por que todos y cada uno de vosotros fue una trampa. Nunca quise hijos. Jamás y menos desde aquel día en la barbería. Fuisteis, y sois, un puto cepo. Tú, mi amada primogénita, eres fruto de una borrachera que vino después del primer intento de escapar de mi mazmorra. Tú, el príncipe, naciste de un oportuno descuido con la píldora cuando me ofrecieron volver a lo mío, una frutería en un barrio, barrio. Y tú, mi princesita, ¡que casualidad! Cuando por el éxito de esa frutería iban a abrir otra. Ahora tengo cincuenta y cuatro años, trabajo doce horas y no llegamos a fin de mes por mucho que mendigue a vuestro tío aumentos y adelantos. Pero tú, mi querida primogénita, haces la compra en nuestro frigorífico, tú, mi querida princesita, dejas que mantengamos al supuesto seismesino mientras compráis un BMV de narices. En cuanto a ti, príncipe, crees que no sé de donde salió el sofá de cuero caprichito de tu mujer, o el rolex. Y cuando llego el viernes a las nueve de la noche a casa tengo que seguir suplicando sexo, ocasional, racionado, manipulado, como si me quedaran muchos años para disfrutarlo. Sabiendo que el sábado me toca madrugar para recoger al niño y aguantarle todo el fin de semana, pobrecito, ni siquiera su madre le soporta. Y aguantar que vengáis a comer y cenar los dos días y que dejéis la despensa vacía. Con el matrimonio perdí hasta la dignidad de poder decir “eh, que sepáis que tonto no soy, me estáis despojando por que me dejo”. Por cierto, hijo, esa corbata es mía, me la compré hace un par de años y a tu madre no le gustó, así que un día desapareció y apareció en tu cuello poco después.

¡Callaos por una vez, estúpidos! Sí, a voces sí atendéis. Lo cierto es que todo eso no me hubiera importado, bueno, lo hubiera soportado. ¿Habéis visto las fotos de mi abuelo? No, ¿verdad? Naturalmente, se “perdieron”. Las de la familia de mamá no, ¿verdad? Se perdieron como las figuras del nacimiento que tanto me gustaba a mí poner como cabreaba a ella por tener que mover sus Lladró. Como desapareció la carpeta de dibujos de mi hermano. Todo se fue por el desagüe con mi nombre, mi dignidad y la luz de la calle tras el escaparate de la frutería de mi abuelo.

Aun así, como ya no queda nada que pueda hacer, ni se me había pasado por la cabeza decir nada. ¿Por qué? Pues por que quiero seguir amando a vuestra madre, por que pensaba que ella también a mí y por que creía que ella siempre había hecho lo que creía que era lo mejor para nosotros. No, no hubiera seguido callado por ser un calzonazos con perspectiva de cornudo como tú, hijo. Hubiera callado por ella, por que la sigo amando y queriendo amarla como el primer día. ¿Por qué no lo he hecho? Por la corbata.

Sí, la corbata verde. Verde botella era ¿no? Dije bien alto y bien claro que no quería renovar votos ni montar circos. Nadie me hizo caso. Le pedí en la intimidad sagrada del dormitorio a vuestra madre que no montáramos este numerito, se lo pedí por favor ¿verdad… “tú”? Sienta mal, ¿eh?, Perdona, no volverá a ocurrir. Ninguno de vosotros, y sois siete personas adultas, le dio importancia a mi opinión. Ninguno de vosotros, hijos, se preocupó de donde iba a salir el dinero para pagar esta estupidez. Por cierto, de mi sueldo por si os cabía alguna duda. Ni creo que pensarais ni en la una ni en lo otro. Alegría, renovación de votos, invitados, vestiditos, iglesia, flores, despiporre, alegría. Mirad a vuestra madre. Está preciosa, como siempre, con su vestido verde. “Quien con verde se atreve, por guapa se tiene”. Lo ha sido siempre, y lista, y simpática, y buena persona. Lo será siempre. Por ella, por que la conozco mejor que nadie hubiera callado. Tan lista que ni siquiera me había enseñado la corbata hasta esta mañana. Una corbata verde. Ni en eso ha, habéis, sido capaces de tener en cuenta mi opinión. La gota que desborda el vaso. Si algo siento es arrepentimiento profundo de haberme casado, de haber engendrado y de haber pensado alguna vez en hacerlo. Por mi parte esto se acabó. Ahí os quedáis todos. Con el piso el coche etc. Ah, y con el antro sin ventanas, y os lo dice “éste, que es idiota”.

Salió del salón entre el vocerío y llantos, ataques de histeria e insultos; se quitó la corbata verde y se la puso a un David que había en la entrada de los salones y cogió el primer autobús que pasó por allí. No volvieron a saber de él.

viernes, 12 de julio de 2013

El Galatea, una vieja historia familiar

“Seguro que la mitología familiar ha engrandecido el asunto y los años primero lo hicieron mito y luego olvido pues es una de esas pequeñas historias que no tienen importancia, que no quedan en los anales a menos que alguien tomara nota y aparezca cualquier día en un baúl o en un puesto de viejo en una de esas limpiezas de viuda que arrasan como decía Cela. Un instante fugaz y quizás glorioso que no deja nada salvo la impresión en unos cuantos testigos, aunque sean miles, sólo son unos cuantos. Hoy nadie salvo unos pocos miembros de la familia, normalmente ya nadie escucha estas historias y a muchos de quienes la vivieron les hemos tenido que ir despidiendo tempranamente. Quizás en veinte años ya nadie recuerde aquello y se pierda en la historia como tantos otros momentos mágicos. Como si nunca hubiera ocurrido, pero ocurrió. A mí ha llegado despojado de detalles, mitificado, por resonancias no únicamente familiares. Ya nunca volverá a ocurrir nada parecido.


Nuestro apellido huele a mar y a madera. Carpinteros y marinos desde tiempo inmemorial.

Nuestro apellido aun aparece en obras de artesanía en ciudades patrimonio. Ante obras que salieron de la mano de mi abuelo, por ejemplo, hoy se arrodillan las gentes venerando al Santísimo y admirando la talla.

Nuestro apellido es el de desaparecidos en el Reina Regente, el de condecorados en las inundaciones de Valencia del 57, el del borracho gaitero que tocaba el violín y tallaba muebles de castaño, el de hombres a quienes se les podía confiar el mando de un barco y el de hombres a quienes no se les podría confiar ni siquiera un paquete de tabaco, famoso pues en la armada por ambas cosas.

Hoy sólo los mayores, de los ochenta para arriba reconocen la resonancia de nuestro apellido. Ya no habrá más. Los que hemos ido llegando ni nos hemos acercado al uniforme. Ni a la gubia si eso vamos. Estamos los listos parados, con expedientes brillantes y vidas perdidas, y los vagos vividores que nunca hicieron nada que sobreviven, mejor que los otros, por supuesto. De hecho, se esperaba de nosotros, los listos, que alguno siguiera la tradición y, como no fue así, nosotros, mi generación ya cincuentona, esperaba de nuestros hijos, pero tampoco, como hacen notar a menudo ciertas madres de mi familia no sin cierta carga de reproche o decepción. Al fin y al cabo somos oriundos de departamento naval y hasta la comunión la hemos hecho de marinerito. Criado tierra adentro, a mí el mar no me produce nada especial, más bien cierto pavor por que conozco casi de primera mano la tragedia de su poder y nada de las ideas románticas que le rodean.

Yo, de haber vivido en otro siglo, creo que habría sido de los otros, de los que acariciaban la madera y estudiaban su veta para cortar y tallar, de los que hacían las ruedas de carros de bueyes y las cajas de los relojes de péndulo. El olor de la madera, los barnices, las muñequillas, me produce una tremenda fascinación, en mi mente, cuando veo un trozo de madera se despierta la evocación de su olor al ser trabajada, del tacto y del olor del serrín, de la textura al ser lijada poco a poco, casi con paciencia de erosión. En cambio, al nacer en éste soy un ratón de biblioteca, lejanamente emparentado con quien fue un director del Museo del Prado en tiempos remotos (muy remotos)”.

A pesar de los tan sólo cincuenta y cuatro años, le oyen como si fuera un abuelo senil que relata historias de tiempos de Maricastaña. A nadie le importa lo que lograron sus antepasado, y menos ahora “con la que está cayendo”, pero tienen la suficiente educación como para fingir cierto interés y atención. Ni siquiera se dan cuenta de la carga de reproche que lleva pues ellos son quienes tenían que haber tomado el relevo de la gorra y la gubia y no lo han hecho.

“Fue en una revista naval en tiempos de la dictadura, faltaban años para que yo naciera. Me lo contaron muchas veces pero no logró recordar con que motivo se celebró aquella revista naval. Da igual.

Hablamos del Galatea, velero de tres palos y buque escuela que no recuerdo que tipo de barco era. Sé, por que lo sabía ya antes de ver sus fotos, que era un navío precioso, con un, por lo visto, característico color blanco en el casco. Como todo en este país, no se hizo aquí y casi cabría decir que fue un deshecho inglés, en principio. Luego fue uno de los mitos de la Marina Española. Ahora hay algunos blogs dedicados exclusivamente a él. Y como todo en este país tuvo un lamentable final.

Pero volvamos a aquella revista naval en Cádiz, creo que sí que era en Cádiz, tal vez San Fernando o Rota. Lo malo que tiene que te cuenten las cosas con tan pocos años es que crees que siempre van a estar ahí para contártelas y no prestas suficiente atención, por eso al final se te acaban escapando detalles –según habla sabe que quienes le oyen no trasmitirán esa historia y que, quizás, les llegue por otra vía, o hagan una película, y no sepan nunca que aquella secuencia que tanto gustó en el celuloide fue protagonizada por su sangre-. Sé que había un levante poderoso y que pasaban los navíos por el punto fijado con toda la parafernalia ante los mandos, cañonazos etc, supongo. Todos menos el Galatea.

El contramaestre del Galatea era un tío tatarabuelo vuestro. D. Antonio. Durante más de cuarenta años era D. Antonio, no hacía falta más apellido. Si se daba sólo el apellido la pregunta era ¿pariente de D. Antonio?

La última travesía del Galatea fue en el 59, la primera bajo bandera española en el 22. Creo que D. Antonio estuvo todos esos años o pocos le faltaron por el final en ese barco, en ese cargo. Ahora cuesta creer lo que me contaron, pero así pasó a la historia de vuestra familia, que es la mía, si hasta los historiadores dudan y meten la pata –es como echar margaritas a los cerdos, nada está quedando en sus cabezas-, digamos que puede haber un margen de error.

¿Qué pasa con el Galatea? Era la pregunta en puerto cuando estaban todos los barcos ya a motor pasando y el velero aun no se veía en el horizonte mediterráneo. Pasaba que a golpe de silbato, D. Antonio, disponía los hombres para las maniobras lejos, muy lejos.

¿Qué pasa con el Galatea? Imagino la inquietud de los megamandos y mandamases ante la ausencia del emblema naval hispano. Murmullos, comentarios, inquietud. Entretanto los barcos seguían pasando ante la tribuna correspondiente.

Inesperadamente el Galatea, rompiendo el horizonte, apareció. Las velas a todo trapo, el Levante convertido en su esclavo, los extremos de las vergas rozando el agua a todo cuanto puede dar un velero. Las maniobras para no dejar escapar ni el más mínimo soplo de viento continuaban a golpe del silbato de D. Antonio. Aquella reliquia en tiempo de motores desplegaba cuanto fue la marina a vela.

Aquella reliquia a la que quedaban pocos años de navegación se acercó deslumbrante y deslumbrando a la Revista Naval, saludó y siguió dejando atrás, las vergas rozando las olas, las velas desplegadas como conscientes de su poder, a todos los buques allí presentes.

Un paso fugaz, un momento de gloria, un destello en una vida, así fue el paso del Galatea por aquella revista naval y en las bocas de cada oficial, de cada mando se pronunciaba el nombre de un tal D. Antonio. Ese, chicos, ese D. Antonio con su silbato y proverbial mal genio, era de nuestra familia y aquel instante que nadie de los presentes pudo olvidar fue su obra, en cierto sentido deberíamos sentirla como nuestra también pero…

Venga, a comer, que ya sé que tenéis que iros pronto por el atasco y nosotros hemos quedado para ir al cine.”

Eso: margaritas a los cerdos, pero aquello ocurrió y alguien lo habrá escrito y algún día, quizás uno de sus nietos no nacidos aun, lo redescubrirá y se preguntará si ese D. Antonio con su mismo apellido no tendrá nada que ver con él.

lunes, 8 de julio de 2013

La Bella Principessa

Llegar a los cincuenta y… trae, entre otras cosas, la rutina de la revisión anual del urólogo con lo que ello lleva de manipulaciones un tanto “íntimas”, que por un lado te recuerdan la de cosas que inventamos para amargarnos la vida y por otro que vas cumpliendo años. Por bien que vaya todo no es agradable y eso lo sabemos todos así que nuestro hombre que tenía ya los cincuenta y… se encaminó un año más a pasar el mal ratito armado como siempre con un libro que, oh casualidad, traía un esqueleto en la portada, cuando quiso darse cuenta pensó que no parecía de buen agüero ir a saber resultados y a que le… en fin, con un esqueleto en el bolsillo. Ya no era hora de darse la vuelta para cambiar de libro. Buena mañana de junio para pasear aunque fuera rumbo a que le… en fin. Enfrentó así la procelosa pendiente que le aleja del río dejando a la izquierda no un cementerio, no, sino tres. Seguimos bien, pensó, pero ese camino era el de siempre, así que no había que hacer lecturas extrañas –más extrañas-. La cuestecita se las trae pero la brisa viene fresca y el sol aun no aprieta, en el fondo es casi pasear por un jardín pues está rodeado de verde cruzado por una calle. De siempre disfruta del perfil de los cipreses asomando sobre la muralla recortados sobre el azul con ese toque especial, que para algunos es contaminación y para él no es sino “personalidad” del aire de su tierra. Baja la vista y al pie de la tapia aparece el cadáver de un gato negro, hinchado y con las patitas rígidas. “Pues sí que… y al final para que a uno le… en fin”. Un ciclista en caída libre pendiente abajo casi se lo lleva por delante, pero él con un recorte taurino le esquiva. No dice “olé” por pura modestia. Sonríe y tropieza con un lorito verde chillón de esos que han invadido hace unos años la ciudad, también cadáver. “Joder”. Se da cuenta de que, contra lo habitual, no se ha cruzado con nadie paseando perros, o siendo paseados por sus perros que nunca se sabe, tampoco ha visto ni una urraca y eso que está rodeado de miles de pinos, lo que sí ve es el cuerpecillo muerto de un gorrión tirado bajo un banco. Llega a la consulta con el ánimo un tanto siniestro pues tampoco durante el resto del camino ha visto un solo animal vivo, eso sí, ha pasado por delante de varias carnicerías que lucen sus vísceras.


Claro que casi era mejor el desfile de cadáveres animales que lo que se encuentra en el pasillo acodado que hace de sala de espera para que le… en fin. Está claro que no va a encontrar jóvenes alegres y dicharacheros pero tampoco espera la gama de decrepitudes enloquecidas que se encuentra: ancianos en sillas de ruedas con la bolsa de la sonda colgando, olvidados de su propia dignidad, otros vapuleados con “ven aquí, siéntate ahí, cállate” de hijas revenidas por tener que estar ahí, algunos comentando apaciblemente como su mujer se hunde en el alzheimer. Unos cuantos, como él dentro de los cincuenta y… intentan mantener el tipo vistiendo de punta en blanco o con indumentarias que son más propias de chavales de veinte –pantalones pirata incluidos- pero también hablando unos con otros de las universidades de sus hijos, de lo listos que son por haberles aconsejado tal o cual carrera. Un vecino sale de la consulta con la cara demudada. No pregunta, ambos fingen no haberse visto. Ojalá haya habido suerte, le cae bien el hombre, y sea una percepción suya que, dada la mañanita que lleva, es bastante siniestra. Siempre hay una hija que berrea como cerdo en matanza proclamando a los cuatro vientos pero dirigiéndose a la enfermera que “yo trabajo y no puedo perder el tiempo aquí”. Es como el cuadrito con el odioso Angelus de Millet, siempre está ahí y siempre estorba. Resulta curioso como cada persona afronta el terror, por que es terror lo que se mastica en esos espacios, o eso le parece a él. Por remotas que sean las posibilidades, siempre están ahí y cuando uno lo piensa que le… en fin, carece de importancia. Su manera de escapar de ese miedo impalpable e innombrable es leer, se aferra al libro como un naufrago del Titanic, a sabiendas de que el resultado va a ser el mismo que para el naufrago del Titanic, que le van a… en fin. Menos mal que se ha llevado un libro adecuado con fantasmas, asesinos y muertes misteriosas, justo para leerlo en un pasillo angosto y sin ventilación. Tras un rato sumido en la lectura y después del quinto descuartizamiento levanta la cabeza de la lectura.

Es ella. Sin duda. Su perfil perfecto se dibuja contra el color neutro del empapelado del pasillo de espera. No puede ser, evidentemente no puede ser, pero es. El rostro sereno, la cabeza erguida, la mirada al frente, el pelo recogido, hasta la graciosa curva entre la barbilla y el sereno cuello. Se frota los ojos pero al abrirlos ahí sigue, sin mover un párpado. Es como si la mano de Leonardo hubiera recreado en el aire de aquel agobiante ambiente de miedo y decrepitud: es la Bella Principessa. Su piel es blanca, como eran los ideales del renacimiento y milímetro a milímetro la silueta encaja en esa muchacha. Como no puede dar crédito a sus sentidos se levanta a lavarse la cara. Al volver se sienta frente a ella. Está claro que sólo conocemos el perfil de La Bella Principessa, pero si tuviéramos un boceto de ella está seguro de que no diferiría gran cosa de la joven. Camiseta de generoso y perfecto escote, sin excesos y sin carencias, nada de huesos marcados, nada de grasas superfluas, simplemente perfecto. Está seria, preocupada como todos, supone, y su boca es pequeña de labios sonrosados. Sin embargo, lo que le corta el aliento, lo que le hace pensar que vive un sueño es el óvalo de la cara, no puede haber un Leonardo más Leonardo que ese rostro de mirada perdida. No ha alterado la serenidad de su postura desde que llegó, salvo para comprobar que lleva el papeleo necesario. El hecho de que sea una muchacha, no más de veintimuypocos años, bellísima carece de importancia. Sobre todo por que según los absurdos cánones actuales le sobran como unos quince kilos –hoy a todo el mundo le sobran quince kilos, si el David fuera al médico le pondría a dieta fijo-, maravillosamente distribuidos por otra parte, abundancias donde ha de haber abundancias, mesura donde ha de haber mesura y perfección donde sólo la mano de Leonardo podría ponerla. La barbilla se afina hasta recordar los bocetos de Leda, las manos, sin más aderezo que sus dedos finos, son algo gordezuelas, un punto menos que las de la Gioconda de fama tan sobrevalorada, manos como debían ser las de las princesas italianas del Renacimiento.

Le llaman y entra a la consulta sin dejar de contemplar de nuevo el magnífico perfil.

Cuando sale ya no está la Bella Principessa, entonces me miró y

-Usted también lo ha visto ¿Verdad?

-¿A la Bella Principessa? Por supuesto. A veces la belleza nos sobrepasa ¿no?

-Sí, y aparece donde menos se lo espera uno.

Al salir del hospital una bandada de loritos verde chillón estallan de un arbusto y un niño corre tras una pelota.

Yo no me di cuenta cuando desapareció la Bella Principessa, ni si entró en la consulta o se fue, me distraje un momento y ya no estaba. Explicaciones lógicas sobran y no pretendo convertir esto en un relato fantástico. Sólo que estoy convencido de que, sea quien sea esa Bella Principessa, fue ese lunes allí y nos mostró que la belleza de lo perfectamente imperfecto que es el humano junto con todo lo que lleva consigo puede y seguramente lo hace siempre aparecer en cualquier espacio, cualquier tiempo, cualquier dolor.

*Ni os hacéis idea del parecido extraordinario de la joven, pues la visión fue real: vaqueros, camiseta azul, bolso de tela, zapatones. Y yo tuve el privilegio de estar ahí.

miércoles, 3 de julio de 2013

La Dama del Puente Celestial. Cuento oriental. 2

Imagen del Genji Monogatari e-maki.
Aun hoy, más de mil años después la ladera por la que se filtraron las lágrimas de Tejon al llegar el otoño estalla en crisantemos tan dolorosamente hermosos que los habitantes de la comarca los consideran de mala suerte y evitan los caminos que pasan cerca durante su, breve, floración. Entonces, por el contrario, la vida siguió aparentemente su curso, nada parecía haber cambiado pero en la casa, en el pueblo y en los bosques, incluso en el templo comenzaron a pasar pequeñas cosas, nada nuevo en sí mismo, nada importante, pero que nadie recordaba que se hubieran presentado tan a menudo. Unos viajeros que llegaron a La carbonera apagada, posada del lugar, a deshoras en medio de la noche aseguraron aterrorizados haberse encontrado con la terrible Yamabanba en el bosque y sólo con mucha suerte lograron escabullirse entre la maleza y alcanzar la posada.


La mansión de la Dama del Puente Celestial no quedaba libre de estas nimiedades y mientras los caballeros que frecuentaban las noches de la Dama eran de mayor alcurnia y elegancia, los elegidos que llegaban donde el príncipe Genji temía fracasar, y la prosperidad de todos aumentaba, las ropas de cama amanecían revueltas en todos los lechos de la casa incluida la cada vez mayor servidumbre, e indefectiblemente sus habitantes despertaban con la cabeza hacia el norte, signo de próxima desgracia. La esposa del jardinero, dándose cuenta de cada uno de los pequeños augurios, comenzó a deslizarse hacia la locura rompiendo en alaridos cada vez que algo resultaba inquietante invocando la protección de los dioses ante cada nuevo ser que creía les amenazaba, poco a poco se sumió en un silencio pasmado que aun aterraba más a la servidumbre, tanto que nadie se fijó en que Tejón había perdido su risa y ya no parecía un muchacho sino un hombre triste. En cierta ocasión un propio de la casa llegó a la casucha del jardinero para hacerle saber que la Dama del Puente Celestial precisaba una peonía especialmente hermosa para acompañar una carta. El jardinero prometió buscar la más hermosa y enviársela con Tejón. Fue el propio Tejón quien eligió la más delicada peonía de cuantas se cultivaban pues nadie como conocía hasta casi la personalidad de cada flor y al amanecer llegó la casa llevándola. Demasiado pronto sin duda pues llegó a tiempo de ver como de las habitaciones de su ídolo salía, a medio vestir, un mocetón robusto que no era uno de los delicados caballeros de boquita pintada y fino bigotito, que siempre había imaginado. Esos salían por la puerta, con la servidumbre haciéndoles reverencias. Este salía procurando no ser visto, lo mismo hizo Tejón que se retrepó bajo las sombras casi nocturnas de un pequeño pino que, dice la leyenda le acogió acercando más sus ramas entre sí. El hombre que apenas se malcubría con las ropas enrolladas en su brazo, se detuvo en un discreto rincón del jardín y apresurado se vistió. Era un caballerizo conocido de vista de Tejón, entregó la peonía como se le había encargado sin que nadie notara qué estaba pasando por la cabeza y el corazón del muchacho. Si el caballerizo podía acceder al amor de la Dama, si ella elegía también entre inferiores a sus compañeros, si no ser un aristócrata no era para la cortesana condición para compartir unas horas, una noche quizás, con ellos ¿qué había en él, en el humildísimo Tejón que le descartara como amante? Además, estaba seguro de que él sabría amarla tanto que ella no precisaría más amor, de que sería el único y el último amante de la Dama del Puente Celestial.


Aquella noche varias fantasmales ruedas gigantescas en llamas recorrieron el pueblo, varias casas se incendiaron en fuegos fatuos y tres bebés desaparecieron y en la Casa se sintieron ruidos y presencias extrañas, todos excepto la Dama del Puente Celestial que yacía en los fornidos brazos de un pariente imperial y Tejón que, sentado sobre sus talones en los confines del jardín, con la mirada perdida pensaba en los infinitos goces que su alma daría a su señora. Dicen las crónicas que hasta en la corte se percibió como un espasmo en el tiempo y en el espacio, los poemas que se estaban componiendo se quebraron en su ritmo, los inciensos, por un instante dejaron de oler, y hasta la concubina imperial que compartía su lecho con su señor percibió un frío extraño en el fogoso cuerpo del Hijo del Cielo, pero todo eso se dijo después, en susurros aterrados. Entonces nadie le dio demasiada importancia. Al día siguiente Tejón se lavó aun más cuidadosamente de lo habitual, se puso la ropa menos vieja que tenía y se presentó ante la Dama del Puente Celestial que se entretenía en la veranda con sus damas plegando papeles de colores vivos a los que con su maestría convertía en lo que su voluntad dictara. El mozo, a pesar de la timidez natural ante esa situación, logró hablar de amores a la Dama, quiso, y no pudo, expresar con palabras el torrente que se le desbordaba por el alma, la piel y las entrañas. La respuesta vino después de unas discretas risitas tras el abanico.


-¿Crees de veras que una dama como yo se entregaría a quien no pudiera ofrecerle algo? No, no creas que poner un saco de oro ante mí cambiaría nada. Algo que no posea, algo que me maraville. Hagamos un pacto, joven destripaterrones, yo me entregaré a ti como la más rendida de las mujeres –las risas de las doncellas eran ya excesivamente sonoras para la discreción que se espera de una dama medianamente educada-, ya que no eres exactamente repulsivo en tu aspecto, si el día de Año Nuevo eres capaz de ofrecerme un regalo que sea capaz de asombrarme. Como sé que no tienes dinero, toma esta moneda a ver que partido le sacas –remató la Dama arrojando una moneda de cobre al muchacho, mejor dicho, ante las rodillas del muchacho enrojecido de vergüenza y de esperanza.


Cuando se alejó del grupo de las damas semejante a un jardín florecido en mil colores, pudo escuchar al objeto de su veneración: “Nos divertiremos a su costa, no imagino que se le ocurrirá hacer”.


Lo primero que hizo fue subir al monasterio cercano y dejar allí la moneda. Nunca había podido ofrecer lo más mínimo a aquellos monjes a quienes respetaba y con aquel inesperado obsequio pudo permitirse esa satisfacción, pero no pidió nada a ninguna divinidad. Ni siquiera permaneció en el recinto más tiempo que el necesario para depositar discretamente su ofrenda. Sabía lo que iba a ofrecer a su amada el día de Año Nuevo.


Rebuscó durante algunos días entre los desperdicios de la mansión hasta que encontró una carta a medio escribir, con apenas un par de kanji en una esquina. El papel era del tono de las glicinas más claras. Guardándolo como un tesoro lo llevó a su chocita junto a la del jardinero y allí lo cortó hasta formar un cuadrado. Así es como había visto hacerlo a las damas de su señora para crear esas formas fantásticas que tanto parecían agradarla. Luego y durante muchos días buscó piedras planas para planchar las arrugas que se habían formado. Más tiempo aún fue necesario para que desaparecieran pero, por fin el papel quedó liso, casi como nuevo. Desde ese día Tejón dejó de dormir, pasaba las noches enteras plegando y desplegando el cuadrado de papel en vanos intentos de lograr una forma. Lo hacía con sumo cuidado para que el papel no se rompiera aunque no podía evitar que con tanto manoseo se fuera ajando poco a poco. Como él mismo. Las noches en vela fueron pasándole factura, adelgazó a ojos vistas y sus ojos se fueron hundiendo en sus cuencas. Sin embargo, también había en él algo de lo que antes carecía. Su mentón se hizo más firme, su cuerpo más fibrado, su mirada más cabal, su sonrisa más escasa y su amabilidad casi infinita. En estos meses que él no sintió pasar el pueblo vivía aterrorizado pues las ruedas en llamas volvieron a aparecer, con las primeras nieves apareció la temida Mujer de Nieve acabando con una pequeña expedición de mercaderes en una noche en la que ni siquiera heló y constantemente se veían llegar más y más onibis, almas en pena aferradas al mundo que en forma de luces llenaban los caminos de extraños efectos y de sombras crueles. La esposa del jardinero, enloquecida de pavor murió una noche de luna llena, los monjes oraban constantemente, y los comerciantes eran cada vez más reticentes a llegar a lo que empezaban a considerar un pueblo maldito, los que lo hacían subían los precios y el hambre, esta sí que nada fantasmal, comenzó a asomar su fiero hocico. Sólo dos personas permanecían ajenas a todo aquello: Tejón, demasiado embebido en los pliegues de su hoja de papel y la Dama del Puente celestial, enredada en demasiados romances, cartas y amantes para contemplar otra cosa que su propia gloria.


Así llegó la noche de Año Nuevo, en la casa la Dama del Puente Celestial se había reunido con un selecto grupo y, sin duda por burla o por que la reunión languidecía, mando llamar a Tejón. Se presentó como la otra vez, con sus mejores galas y cualquiera que no fuera la Dama del Puente Celestial se habría dado cuenta del cambio que había sufrido su cuerpo y su actitud. Respetuoso pero sin restos de aquella timidez adolescente se sentó ante ella, sosteniéndole la mirada. Firme, más con aire de guerrero que de “destripaterrones”.


-Bien, jovencito, el plazo se ha cumplido. Esta noche seré tuya –las risas tras los abanicos y los comentarios burlones crecieron hasta hacerse ensordecedores- siempre y cuando tu obsequio logre sorprenderme ¿Ese fue el pacto o no… jardinero?


-Si, mi señora.


-Bien, muéstranos pues tu presente.


Con mano firme sacó de los pliegues de su ropa un pequeño animalito de papel, de aquel papel color glicina que después de tanto manoseo se había quedado en un color blanquecino sucio y triste. Era una grulla. Portadora de fortuna y protección del hogar. Un juego de pliegues que para los expertos era viejo y vulgar pero para nuestro hombre era otra cosa.


-¿Pretendes sorprenderme con una torpe y malformada grulla de papel viejo? –la Dama del Puente Celestial comenzó a reírse casi histéricamente, la siguieron sus acompañantes en un crescendo de risas infames que rebotaba en los bosques y los lagos, interminablemente.


Un grito de una doncella interrumpió aquella burla. Miraba fijamente a Tejón que había caído aparentemente desmayado y sin color. No es que hubiera empalidecido sino que su piel se había vuelto blanca. El servicio se apresuró a atenderle pero estaba muerto. Un cierto silencio asqueado apareció unos segundos en la reunión mientras la Dama del Puente Celestial ordenaba sacar de allí el cuerpo. Sin embargo, otra gran Dama según proclamaban sus vestidos que estaba allí invitada profirió un terrible alarido señalando con su abanico la pequeña grulla sobre la mesa lacada. Ahora era roja y goteaba sangre que iba cayendo al suelo. Como si el grito fuera un conjuro mágico se desató en la estancia un viento tremendo e, increíblemente, la grulla, la minúscula grulla de papel a la que Tejón había dedicado las noches de sus últimos meses crecía y comenzaba a moverse sin dejar de chorrear cada vez más y más sangre que empapaba vestidos, tatamis, muebles y hasta trepaba antinatura por las paredes de papel. Un graznido espeluznante, un aleteo brutal y el animal echó a volar arrancando la techumbre. Dio una vuelta sobre la casa sin dejar de crecer y de verter sangre sobre ella y, finalmente, todo se incendió de golpe, a la vez. La grulla roja parecía reír desde su altura viendo como quienes estaban en aquella jaula de fuego luchaban por escapar, todos menos la Dama del Puente Celestial, inmóvil contemplando el cuerpo de Tejón. Nada ni nadie pudo moverla y tuvieron que dejarla dentro de su casa mientras ardía hasta los cimientos. Hasta que las brasas se apagaron todavía con la grulla chorreando sangre sobre ellas la dieron por muerta pero cuando nada quedaba en pie la Dama del Puente Celestial estaba en el mismo lugar, en la misma actitud y con sus vestidos respetados por las llamas y hasta por el humo. Levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con las ascuas de los ojos de la grulla. Enloquecida empezó a correr hacia el bosque a pesar de sus pesados vestidos y la grulla la siguió. Y aun la persigue y aun la Dama del Puente Celestial conserva en la mirada el cuerpo blanco y muerto de Tejón.

*He procurado evitar errores de época pero seguro que algún anacronismo se me ha escapado.