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lunes, 8 de julio de 2013

La Bella Principessa

Llegar a los cincuenta y… trae, entre otras cosas, la rutina de la revisión anual del urólogo con lo que ello lleva de manipulaciones un tanto “íntimas”, que por un lado te recuerdan la de cosas que inventamos para amargarnos la vida y por otro que vas cumpliendo años. Por bien que vaya todo no es agradable y eso lo sabemos todos así que nuestro hombre que tenía ya los cincuenta y… se encaminó un año más a pasar el mal ratito armado como siempre con un libro que, oh casualidad, traía un esqueleto en la portada, cuando quiso darse cuenta pensó que no parecía de buen agüero ir a saber resultados y a que le… en fin, con un esqueleto en el bolsillo. Ya no era hora de darse la vuelta para cambiar de libro. Buena mañana de junio para pasear aunque fuera rumbo a que le… en fin. Enfrentó así la procelosa pendiente que le aleja del río dejando a la izquierda no un cementerio, no, sino tres. Seguimos bien, pensó, pero ese camino era el de siempre, así que no había que hacer lecturas extrañas –más extrañas-. La cuestecita se las trae pero la brisa viene fresca y el sol aun no aprieta, en el fondo es casi pasear por un jardín pues está rodeado de verde cruzado por una calle. De siempre disfruta del perfil de los cipreses asomando sobre la muralla recortados sobre el azul con ese toque especial, que para algunos es contaminación y para él no es sino “personalidad” del aire de su tierra. Baja la vista y al pie de la tapia aparece el cadáver de un gato negro, hinchado y con las patitas rígidas. “Pues sí que… y al final para que a uno le… en fin”. Un ciclista en caída libre pendiente abajo casi se lo lleva por delante, pero él con un recorte taurino le esquiva. No dice “olé” por pura modestia. Sonríe y tropieza con un lorito verde chillón de esos que han invadido hace unos años la ciudad, también cadáver. “Joder”. Se da cuenta de que, contra lo habitual, no se ha cruzado con nadie paseando perros, o siendo paseados por sus perros que nunca se sabe, tampoco ha visto ni una urraca y eso que está rodeado de miles de pinos, lo que sí ve es el cuerpecillo muerto de un gorrión tirado bajo un banco. Llega a la consulta con el ánimo un tanto siniestro pues tampoco durante el resto del camino ha visto un solo animal vivo, eso sí, ha pasado por delante de varias carnicerías que lucen sus vísceras.


Claro que casi era mejor el desfile de cadáveres animales que lo que se encuentra en el pasillo acodado que hace de sala de espera para que le… en fin. Está claro que no va a encontrar jóvenes alegres y dicharacheros pero tampoco espera la gama de decrepitudes enloquecidas que se encuentra: ancianos en sillas de ruedas con la bolsa de la sonda colgando, olvidados de su propia dignidad, otros vapuleados con “ven aquí, siéntate ahí, cállate” de hijas revenidas por tener que estar ahí, algunos comentando apaciblemente como su mujer se hunde en el alzheimer. Unos cuantos, como él dentro de los cincuenta y… intentan mantener el tipo vistiendo de punta en blanco o con indumentarias que son más propias de chavales de veinte –pantalones pirata incluidos- pero también hablando unos con otros de las universidades de sus hijos, de lo listos que son por haberles aconsejado tal o cual carrera. Un vecino sale de la consulta con la cara demudada. No pregunta, ambos fingen no haberse visto. Ojalá haya habido suerte, le cae bien el hombre, y sea una percepción suya que, dada la mañanita que lleva, es bastante siniestra. Siempre hay una hija que berrea como cerdo en matanza proclamando a los cuatro vientos pero dirigiéndose a la enfermera que “yo trabajo y no puedo perder el tiempo aquí”. Es como el cuadrito con el odioso Angelus de Millet, siempre está ahí y siempre estorba. Resulta curioso como cada persona afronta el terror, por que es terror lo que se mastica en esos espacios, o eso le parece a él. Por remotas que sean las posibilidades, siempre están ahí y cuando uno lo piensa que le… en fin, carece de importancia. Su manera de escapar de ese miedo impalpable e innombrable es leer, se aferra al libro como un naufrago del Titanic, a sabiendas de que el resultado va a ser el mismo que para el naufrago del Titanic, que le van a… en fin. Menos mal que se ha llevado un libro adecuado con fantasmas, asesinos y muertes misteriosas, justo para leerlo en un pasillo angosto y sin ventilación. Tras un rato sumido en la lectura y después del quinto descuartizamiento levanta la cabeza de la lectura.

Es ella. Sin duda. Su perfil perfecto se dibuja contra el color neutro del empapelado del pasillo de espera. No puede ser, evidentemente no puede ser, pero es. El rostro sereno, la cabeza erguida, la mirada al frente, el pelo recogido, hasta la graciosa curva entre la barbilla y el sereno cuello. Se frota los ojos pero al abrirlos ahí sigue, sin mover un párpado. Es como si la mano de Leonardo hubiera recreado en el aire de aquel agobiante ambiente de miedo y decrepitud: es la Bella Principessa. Su piel es blanca, como eran los ideales del renacimiento y milímetro a milímetro la silueta encaja en esa muchacha. Como no puede dar crédito a sus sentidos se levanta a lavarse la cara. Al volver se sienta frente a ella. Está claro que sólo conocemos el perfil de La Bella Principessa, pero si tuviéramos un boceto de ella está seguro de que no diferiría gran cosa de la joven. Camiseta de generoso y perfecto escote, sin excesos y sin carencias, nada de huesos marcados, nada de grasas superfluas, simplemente perfecto. Está seria, preocupada como todos, supone, y su boca es pequeña de labios sonrosados. Sin embargo, lo que le corta el aliento, lo que le hace pensar que vive un sueño es el óvalo de la cara, no puede haber un Leonardo más Leonardo que ese rostro de mirada perdida. No ha alterado la serenidad de su postura desde que llegó, salvo para comprobar que lleva el papeleo necesario. El hecho de que sea una muchacha, no más de veintimuypocos años, bellísima carece de importancia. Sobre todo por que según los absurdos cánones actuales le sobran como unos quince kilos –hoy a todo el mundo le sobran quince kilos, si el David fuera al médico le pondría a dieta fijo-, maravillosamente distribuidos por otra parte, abundancias donde ha de haber abundancias, mesura donde ha de haber mesura y perfección donde sólo la mano de Leonardo podría ponerla. La barbilla se afina hasta recordar los bocetos de Leda, las manos, sin más aderezo que sus dedos finos, son algo gordezuelas, un punto menos que las de la Gioconda de fama tan sobrevalorada, manos como debían ser las de las princesas italianas del Renacimiento.

Le llaman y entra a la consulta sin dejar de contemplar de nuevo el magnífico perfil.

Cuando sale ya no está la Bella Principessa, entonces me miró y

-Usted también lo ha visto ¿Verdad?

-¿A la Bella Principessa? Por supuesto. A veces la belleza nos sobrepasa ¿no?

-Sí, y aparece donde menos se lo espera uno.

Al salir del hospital una bandada de loritos verde chillón estallan de un arbusto y un niño corre tras una pelota.

Yo no me di cuenta cuando desapareció la Bella Principessa, ni si entró en la consulta o se fue, me distraje un momento y ya no estaba. Explicaciones lógicas sobran y no pretendo convertir esto en un relato fantástico. Sólo que estoy convencido de que, sea quien sea esa Bella Principessa, fue ese lunes allí y nos mostró que la belleza de lo perfectamente imperfecto que es el humano junto con todo lo que lleva consigo puede y seguramente lo hace siempre aparecer en cualquier espacio, cualquier tiempo, cualquier dolor.

*Ni os hacéis idea del parecido extraordinario de la joven, pues la visión fue real: vaqueros, camiseta azul, bolso de tela, zapatones. Y yo tuve el privilegio de estar ahí.

8 comentarios:

  1. Entiendo entonces que las cosas siguen en su sitio. Enhorabuena, Joaquin.

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    1. Lo malo es que "su sitio" no es el ideal, pero nada grave aunque, eso sí, sin arreglo de momento. Vamos que no me va a matar pero tampoco me va a dejar en paz. Como cualquier cosita que cojo yo. Les tomo un cariño a las enfermedades que nunca me libro de ellas jejejeje
      Un abrazo

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  2. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, lo mejor ue tiene la existencia son los regalos inesperados...

    Querido Joaquinito, como ya soy un ente de hospital ya es parte de mi vivir, ahora entiendo todo lo que dices.

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    1. Ojalá no hubiera que pasar por según que sitios para comprenderlos, pero la naturaleza humana es así.
      Un abrazo

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  3. A veces la belleza nos rescata de la persistente idea de la muerte y todas sus hermanas.

    besos; mi chico tiene 42, y tampoco le hace mucha gracia eso del urólogo jajajaja, que se la toquen sí, ya ves, él encuentra belleza en todas partes

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  4. A veces es el único agarradero.
    Un abrazo

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  5. Momentos únicos, nos dejan trastocados sin saber tan siquiera si fue una ensoñación, acaban siendo momentos únicos ue iluminan el día que se producen.

    Por lo demás todo bien, no?

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    1. Sí, todo bien, si tenemos en cuenta que el asunto no es maligno y que no se puede solucionar a menos que decida jugarme la vida a cara o cruz en una operación. Si no me opero la cosa puede quedarse así muchos años, de hecho, toda una vida.
      un abrazo

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