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jueves, 18 de julio de 2013

La corbata verde

-Ya sabía yo que me la ibais a jugar, que, al final os saldríais con la vuestra y me haríais hablar –risas de hijos y esposa, claro que lo sabía él y ellos, que jamás renuncian a algo por la opinión de su padre-. Además después de comer, a la hora de mi siestecita. Bueno, como ya lo sabía me lo he preparado. Queréis unas palabras sobre los treinta años de casado, treinta años de feliz matrimonio, unas hijas maravillosas y un hijo perfecto, tan perfecto que hasta saca oposiciones. Queréis que diga lo que siento, anda que no os habéis puesto pesados con eso de “tú di lo que sientas”, pues bueno. Ahí va: siento lo mismo que desde antes de casarme. Un profundo arrepentimiento –se alzan algunas voces pero, en general es más el silencio sorprendido, como esperando que se convierta en broma-. Me arrepentí por primera vez unos pocos días antes de la boda. Yo tenía una hermosa barba negra, rizada y poblada pero mamá no creyó que era mejor que saliera en las fotos sin barba, así que hice caso y fui a cortarme el pelo y a afeitarme a la barbería de toda la vida. Cuando me miré en el espejo supe que, por muchos años que viviera, nunca me arrepentiría lo suficiente de haberme casado. Claro que podía huir pero me habían enseñado que un hombre tiene palabra, además yo hasta ese momento quería, amaba a vuestra madre, y seguía queriendo amarla. Siempre he querido amarla como lo hice hasta ese día, pero nunca he podido. ¡Por una vez os vais a callar todos y vais a oírme! Por una única vez. Luego haréis lo que os dé la realísima gana. Como siempre. Para ser más exactos, haréis lo que le dé la realísima gana a vuestra madre que desplegará todo su arsenal de llantos, chantajes emocionales, insultos y silencios. Diréis que he perdido la cabeza, o más cómodo aun, que estoy borracho. Me da igual lo que hagáis, digáis o penséis. Hubo un tiempo en que me hubiera importado, un tiempo que ha durado hasta hace unas pocas horas. Os dije a todos que lo de renovar los votos me parecía una tontería, os lo dije, a ti, oh amada esposa, incluso te pedí por favor que no siguieras con esto. Claro, no me escuchasteis. Ni se os pasó por la cabeza tener en cuenta mi opinión. Renovación de votos, iglesia con flores, vestido, traje que eligió vuestra madre sin pedirme opinión, corbata que eligió vuestra madre sabiendo que el verde no me gusta, que odio el verde. Ella lo sabe. Por que habréis observado que la corbata es verde ¿verdad? Toda la vida lo he odiado pero ninguno lo sabéis ni os importa, a ella tampoco. Hace juego con el tocado.

La barba fue lo primero que perdí con el puto matrimonio. Luego perdí mi nombre. Diréis, lo diréis, que eso es una tontería. Lo diréis por que ninguno sabe como me llamo, ni os importa. Me llamo José Eduardo, y hasta que me casé todo el mundo me conocía como Pepe el de la tienda. En pocos meses pasé de que me llamara mi esposa Pepe a que se refiriese a mí como “éste”, luego “papá” y cuando ella creyó que lo mejor era que trabajase en la empresa de vuestro tío, hice caso y malvendí la tienda de mi familia donde había sido feliz a cambio de una oficina sin ventanas donde llevo pudriéndome veinte años, oficina que vuestra madre no conoce, claro, ni vosotros tampoco. No os importa. Cuando entre en ese antro me perdí también mi casa, la de mis abuelos y nos cambiamos de barrio, ella pensó que era mejor para todos, sobre todo para vosotros el nuevo barrio. Desde entonces me llama todo el mundo Eduardo, menos vuestra madre que me sigue llamando “este”, a menudo, “tú” y entre sus conocidas “éste que es idiota”. Se lo cree, idiota y sordo, que ni veo ni oigo ni huelo ni entiendo. Como se creyó que me tragué lo de tu parto a los seis meses de casada, o que los precios ridículos que me decía haber pagado por vestidos o regalos, como si yo no saliera a la calle. En eso tiene razón, casi no veo la luz del sol, encerrado en la oficina de donde no podré escapar ya, y ella siempre supo que no podría hacerlo. Por que todos y cada uno de vosotros fue una trampa. Nunca quise hijos. Jamás y menos desde aquel día en la barbería. Fuisteis, y sois, un puto cepo. Tú, mi amada primogénita, eres fruto de una borrachera que vino después del primer intento de escapar de mi mazmorra. Tú, el príncipe, naciste de un oportuno descuido con la píldora cuando me ofrecieron volver a lo mío, una frutería en un barrio, barrio. Y tú, mi princesita, ¡que casualidad! Cuando por el éxito de esa frutería iban a abrir otra. Ahora tengo cincuenta y cuatro años, trabajo doce horas y no llegamos a fin de mes por mucho que mendigue a vuestro tío aumentos y adelantos. Pero tú, mi querida primogénita, haces la compra en nuestro frigorífico, tú, mi querida princesita, dejas que mantengamos al supuesto seismesino mientras compráis un BMV de narices. En cuanto a ti, príncipe, crees que no sé de donde salió el sofá de cuero caprichito de tu mujer, o el rolex. Y cuando llego el viernes a las nueve de la noche a casa tengo que seguir suplicando sexo, ocasional, racionado, manipulado, como si me quedaran muchos años para disfrutarlo. Sabiendo que el sábado me toca madrugar para recoger al niño y aguantarle todo el fin de semana, pobrecito, ni siquiera su madre le soporta. Y aguantar que vengáis a comer y cenar los dos días y que dejéis la despensa vacía. Con el matrimonio perdí hasta la dignidad de poder decir “eh, que sepáis que tonto no soy, me estáis despojando por que me dejo”. Por cierto, hijo, esa corbata es mía, me la compré hace un par de años y a tu madre no le gustó, así que un día desapareció y apareció en tu cuello poco después.

¡Callaos por una vez, estúpidos! Sí, a voces sí atendéis. Lo cierto es que todo eso no me hubiera importado, bueno, lo hubiera soportado. ¿Habéis visto las fotos de mi abuelo? No, ¿verdad? Naturalmente, se “perdieron”. Las de la familia de mamá no, ¿verdad? Se perdieron como las figuras del nacimiento que tanto me gustaba a mí poner como cabreaba a ella por tener que mover sus Lladró. Como desapareció la carpeta de dibujos de mi hermano. Todo se fue por el desagüe con mi nombre, mi dignidad y la luz de la calle tras el escaparate de la frutería de mi abuelo.

Aun así, como ya no queda nada que pueda hacer, ni se me había pasado por la cabeza decir nada. ¿Por qué? Pues por que quiero seguir amando a vuestra madre, por que pensaba que ella también a mí y por que creía que ella siempre había hecho lo que creía que era lo mejor para nosotros. No, no hubiera seguido callado por ser un calzonazos con perspectiva de cornudo como tú, hijo. Hubiera callado por ella, por que la sigo amando y queriendo amarla como el primer día. ¿Por qué no lo he hecho? Por la corbata.

Sí, la corbata verde. Verde botella era ¿no? Dije bien alto y bien claro que no quería renovar votos ni montar circos. Nadie me hizo caso. Le pedí en la intimidad sagrada del dormitorio a vuestra madre que no montáramos este numerito, se lo pedí por favor ¿verdad… “tú”? Sienta mal, ¿eh?, Perdona, no volverá a ocurrir. Ninguno de vosotros, y sois siete personas adultas, le dio importancia a mi opinión. Ninguno de vosotros, hijos, se preocupó de donde iba a salir el dinero para pagar esta estupidez. Por cierto, de mi sueldo por si os cabía alguna duda. Ni creo que pensarais ni en la una ni en lo otro. Alegría, renovación de votos, invitados, vestiditos, iglesia, flores, despiporre, alegría. Mirad a vuestra madre. Está preciosa, como siempre, con su vestido verde. “Quien con verde se atreve, por guapa se tiene”. Lo ha sido siempre, y lista, y simpática, y buena persona. Lo será siempre. Por ella, por que la conozco mejor que nadie hubiera callado. Tan lista que ni siquiera me había enseñado la corbata hasta esta mañana. Una corbata verde. Ni en eso ha, habéis, sido capaces de tener en cuenta mi opinión. La gota que desborda el vaso. Si algo siento es arrepentimiento profundo de haberme casado, de haber engendrado y de haber pensado alguna vez en hacerlo. Por mi parte esto se acabó. Ahí os quedáis todos. Con el piso el coche etc. Ah, y con el antro sin ventanas, y os lo dice “éste, que es idiota”.

Salió del salón entre el vocerío y llantos, ataques de histeria e insultos; se quitó la corbata verde y se la puso a un David que había en la entrada de los salones y cogió el primer autobús que pasó por allí. No volvieron a saber de él.

6 comentarios:

  1. Te acabas de cargar LA GRAN FAMILIA. Closas no se hartó como ESTE porque vivían en blanco y negro pero la corbata era verde, seguro.

    Un abrazo

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    1. Bueno, Closas no se hartó por que no llegó a los treinta años de casado y por que según el régimen ganaba un pastón. Además, cuando se pasa a la historia gritando CHENCHO uno tiene ciertas obligaciones.
      Gracias, en realidad no estoy nada contento con el relato o lo que sea pero gracias.

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  2. Bravo !!!!!, me recuerda a una obra de teatro que ha sido un gran éxito esta temporada "Carinyo ets perfecta, ja et canviaré" (Cariño eres perfecto, ya te cambiaré). lo que pasa es que la gente no cambia y sí acumula resentimientos.

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    1. Gracias de nuevo. Comentaba a Uno que no estoy conforme como me quedó el relato así que vuestras palabras me halagan.
      Quizás la gente no cambie pero por lo menos debería ser consciente de en qué fallamos. Lo malo es que se trata de cambiarles anulándoles.
      Un abrazo

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  3. No estaras orgulloso de tu relato y no entiendo por que. A mi me ha hecho meditar, asentir, extrapolar. A mi me ha dolido y eso es algo. Cuantas veces no habremos querido hacer algo asi. Un abrazo, Joaquin. A mi me parece un buen relato.

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    1. Pues seguramente no estoy satisfecho por que me salió de un tirón y por norma desconfío de la facilidad. Además creo que el tema requeriría un desarrollo más profundo. Claro que siempre que salía de un examen en el que creía que me había estrellado sacaba más nota. No siempre uno sabe juzgar su trabajo. Lamento que te haya dolido aunque me temo que es labor de la literatura exorcizar cosas y a veces duele.
      Un abrazo y muchas gracias.

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