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miércoles, 31 de agosto de 2011

Zapatitos

He de confesarlo, no puedo callarlo más tiempo sin que se me corroa el alma por la ansiedad y el silencio: me gustan los zapatos. No sustituyo el objeto amado por el zapato –vamos, todavía- pero me enloquecen los zapatos me da igual que sean de hombre o de mujer. Para mí el zapato es la culminación del arte del buen o mal vestir de alguien. De hecho considero que en la libre elección del zapato está quizás la mayor desnudez del ser humano. Sé, por supuesto, que es quizás la prenda más condicionada a la funcionalidad pero ese zapato que se escoge simplemente por que para cierta ocasión puedes ir como realmente quieres, ese zapato que está en el “fondo del armario” que apenas usas pero que te diste el gustazo de comprar y llevar, ese precisamente es al que me refiero. En él el bicho humano se manifiesta en su plena desnudez esencial, ya puede llevar un hábito encima y catorce capas, es ahí donde se le descubre. Cada zapato, es una forma de querer proyectarse, de ver y de verse en el mundo. Cada zapato es un universo, incluso cuando no es ese al que me refiero. Ah, los zapatos, que poco se ha escrito de ellos para lo que merecen. Enciclopedias enteras habría que dedicarles. Reúne en él los cinco sentidos de un modo más incitante y claro que el resto de la vestimenta: el color y el diseño incitan la vista, las texturas, las presiones que pueden o no ser caricias, exacerban el tacto, el sonido del paso, el taconeo femenino especialmente, excitan –literalmente- el sentido del oído, el olfato con el olor a cuero nuevo y el menos afectado es el del gusto pero si damos por sentado que la mayor parte del gusto se la debemos al olfato, dejaremos las parafilias para otras ocasiones.
El mundo del zapato, ah, el zapato. Tacones altos, un universo aparte en el que nos perdemos. El tacón de aguja, con algo maligno como una orquídea; el tacón salón, elegancia de grandes damas; el tacón de quilla, horterada de equilibrista circense, el tacón carrete, sustento seguro de la altura; tacón “de coja”, se decía antes y antes aún “topolino”, domesticidad del tacón alto. ¡Y el sonido de esos tacones! Lentos, eróticos; rápidos, pizpiretos; cantarines, coquetos; especialmente sonoros, provocadores; desiguales, eficientes. Una mujer que sepa manejar ese sonido se expresa mediante él. Toda ella se define por el zapato, mucho más que un hombre, y no sólo por la altura del tacón; los tacones bajos también suenan, y a veces muy, pero que muy bien. Las hay que desgastan las tapas desigualmente y otras que pisan no con el clásico garbo cupletero sino con en tronío de hembra en sazón que donde pisa, machaca. Las hay desgastan los talones, problemas de vista al bajar las escaleras. Las hay que caminan con las piernas dobladas, no se han puesto tacones hasta que era demasiado tarde.

Pero ¿Qué decir de esas manoletinas de Sabrina-Audrey, con ese bamboleo inocente de Lolita, ¿Qué decir de esos zapatos sobrios, cerrados, casi ortopédicos? Pues decir que sugieren mujer volcánica reprimida, suelen ir asociados a peinados muy recogidos y tensos. ¿Qué decir de esas zapatillas deportivas que pululan hoy por los parques y paseos? Pues que sobre ellas escucharemos las charlas más sabrosas y divertidas que nos quepa imaginar. El zapato de pulsera, que bien puede resultar de puta bien de bailarina, tanguista ¿imaginamos el icono del tango con otro tipo de zapatos? Quedan, como no, toda una galería de zapatos, chanclas, zapatillas y zuecos sobre los que se bambolean sin gracia ni arte las Marujas Ibéricas de Pata Negra que avanzan ladeándose peligrosamente y en zigzag, seres amenazantes habitualmente armados de carrito de la compra y de una interminable chachara en la que se mezclan quejas, lamentos, reproches y cálculos, claro que eso no es problema de los zapatos sino que simplemente soportan ese peso con paciencia franciscana.
Ah, los zapatos:


Zapatos rojos: alguien que no quiere pasar desapercibido.

Zapatos de ante: ególatra masoquista.

Zuecos: alguien que no se respeta.


Zapato italiano: exquisitez snob

Manolos: snob, sencillamente.

Zapatos de gamuza azul: rockero.

Zapatos de cristal: cenicientas de barrio y porcelana.

Botos: alguien que se cree Búfalo Hill

Sandalias de tacón: alguien con vocación de Mesalina mal informada

Sandalias de cuero de varón: alguien que no sabe si descalzarse o no.


Sandalias con calcetines: alemán de vacaciones.

Zapatos de claqué: alguien especialmente ruidoso.

Naúticos: pijos nuevos ricos.

Deportivas: según el color pueden ir de la vulgaridad extrema, a la falta de personalidad del culo veo culo quiero y a la vulgaridad hortera (que son las que me gustan a mí: verdes fosforito, naranjas o, como no, plateadas)

Deportivas de marca: pijos adolescentes hijos de papá o bien divorciados carrozones que quieren parecer más jóvenes.

Chanclas: depende del pie, por favor, un respeto a la estética ajena.


Zapatos de seda, tisú o raso: alguien con mucho tiempo que perder.

Zapato bueno de cordón: alguien muy meticuloso.

En fin: todo un mundo zapateril al que me aficioné oliendo el pegamento con que mis tíos pegaban el cuero a los tacones y escuchando el taconeo imperial de mi vecina al salir del ascensor, viendo las costuras de las medias alineadas con el tacón y sintiendo la caricia de mi primer zapato digno de tal nombre envolviendo mi pie. Zapatos, zapatos, zapatos, y las Zapatillas Rojas, danzando eternamente. Y los chapines de Dorothy en tierras de Oz luchando por volver a casa. Y las botas de siete leguas, siempre con prisas. Y las del Gato, con Botas, por supuesto. Y los blancos de Ginger teñidos de rosa por el rojo de su sangre en los ensayos de Sombrero de Copa. Y la galería de zapatos que rodea a Sophia Loren en Arabesco. Y los zapatos que cantaban bajo la lluvia. Y los zapatos abandonados de Ava y su Condesa descalza. Y las sandalias aladas de Hermes. Y las de Aquiles que no protegían el talón. Y las de los soldados romanos tras el guantazo de Obelix. Y los zapatos de plataforma de Carmen Miranda que eran despensas de coca, dicen las lenguas de doble filo.

¿Cómo dejar de hablar de zapatos? Difícil cuestión, quizás sólo se pueda evocando un sueño: los zapatos de cristal de la Cenicienta personal que todos llevamos dentro, unas y unos sintiéndose como tales, y otros y otras buscando ese pie que encaje en nuestro zapatito de cristal sobre cojín de terciopelo rojo que cada quien lleva dentro. ¿Cómo dejar de hablar de zapatos?

5 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo !!!, son incontables las veces que observando a la gente por la calle te acaba resultando incomprensible la elección de zapatos, cuantas imágenes casi perfectas se han venido abajo. Una prenda que acaba de redondear el aspecto, la justa medida entre lo vulgar, lo pasable y la elegancia. Por supuesto que en las mujeres habría que redondearlo con el bolso. Últimamente se ven cosas que producen infarto.

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  2. Hola, parece que como Anónimo si permite mis comentarios-respuesta. Soy Joaquinitopez.
    Para mí el zapato es más que algo que redondea la imagen, es la personalidad oculta que brota. En cuanto a los bolsos como objetos no me atraen nada pero como cajas misteriosas de las que puede salir cualquier cosa son fascinantes. En cierta ocasión me ocurrió algo con un bolso femenino que ya contaré con detalle.
    Un abrazo y gracias por leerme

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  3. Me gustan mucho los zapatos deportivos, cuando me compro unos me emociono tanto como cuando me compraba juguetes de niño :)

    Saludos acompañados de zapateos.

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  4. ¡Bravo! Estupendo paseo por el mundo del zapato y sus circunstancias. ¿Quién iba a imaginar que te había poseido Imelda Marcos?

    Un abrazo

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  5. Cari que buen post, mi noviete es fabricante de calzado y chama brujo místico según él, ambas cosas me parecen interesantes.

    Yo amo los tacones, los zapato de mujer, si pudiera andaría sobre ellos, me encantan tengo fijación, yo y Carrie Bradshaw una misma pues jujujujuju, adoro ello en sex in the city, grato post.

    Extrañamente yo soy muy warrior con mis zapatos, los compro eso si estrechos no me gustan flojos y soy muy practico, evito el mantenimiento, se acaban y se acabo.

    Besos

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