Páginas vistas en total

viernes, 27 de enero de 2012

Razones para no reencarnarme 1: Odio el Latín (primera parte)

Yo tenía quince años y era un desastre con lo que más he odiado en el mundo: el Latín, que Dios confunda. Odio el Latín. Profunda, apasionada, visceralmente, odio el Latín. Con mis cinco sentidos, con mi consciente, mi subconsciente e incluso mi subconsciente; con la cal de mis huesos que diría la copla, con la hemoglobina de mi sangre y hasta con todo mi coeficiente intelectual. Odio el Latín. Por cierto, ¿os he comentado que odio el Latín? Y, sin embargo, le quiero. Bueno, no, en realidad le odio pero no puedo vivir sin él. Es decir, o sea, es como si… Bueno que odio el Latín pero ha sido la cosa con la que he pasado más tiempo en toda mi vida. Un montón de años en el bachillerato y luego en la carrera otro más, total para acabar sabiendo que “Galia est divisa in partis tres” o “ Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” e incluso “Alea jacta est” por que incluso el tan propio de Asterix “Timeo danaos et dona ferentes”, no me enteré de lo que quería decir hasta hace bien poco. Queda pues sentado que toda mi santa vida he odiado el Latín pero yo tenía un profesor de Latin y también de Griego que era el tipo de hombre que yo quería ser de mayor, barbudo, progre, risueño y que leía las cosas que a mí me parecían las cosas más raras como “La naranja mecánica” o la Elegía de Miguel Hernández, de hecho, la primera vez que la oí fue de su boca. Era la vacuna perfecta contra el mal que me ha aquejado desde mi más tierna infancia: el glamour. Ah, el glamour. ¡Cuánto daño han hecho, el glamour, los boleros, y los tacones de aguja! De algún modo nuestros profesores, cuando lo son de verdad, nos moldean de un modo indeleble, quizás conscientemente, quizás no, pero irremediablemente lo hacen. En mi vida he tenido la inmensa suerte de tener tres profesores de esa categoría aunque he de reconocer que sólo uno, el difunto D. José Manuel Pita Andrade, no me decepcionó hasta la médula. Soy obra de aquellos tres hombres, D. Florencio, a quien me estoy refiriendo, D. Enrique  y de D. José Manuel Pita Andrade. Sin sus influencias no sería nada. He tenido más, of course, pero nadie, ha influido en mí como ellos.

El caso es que a mis quince años era lo que se diría hoy un victim-glamour. A lo que cierta cita de un poeta francés, Baudelaire creo, que dijo que había que ser “sublime sin interrupción” no ayudó mucho, precisamente. Mis quince años, el mes de junio de mis quince años, supuso un clamoroso triunfo de mi persona por unos espectaculares resultados académicos, incluso en Latín, examinándome por libre en el Cárdenal Cisneros (lo que en la época suponía un logro al alcance de muy poquitos, no es por nada pero yo era asquerosamente listo por entonces, luego… llegué a la Universidad y… todo degenera) Así que aquel verano me disponía yo a pasármelo bomba leyendo a García Lorca, un par de biografías de Cleopatra (glamour, glamour), recortando fotos de las diosas del cine (más glamour) y tragándome doble sesión en cine de verano con películas como Chacal, El golpe (glamour, glamour), Luna de papel, Papillón (que, como imaginaréis me horrorizó, que falta de savoir faire), Secretos de un matrimonio, Un toque de distinción (glamour a la inglesa, of course).

El caso es que D. Florencio, que no tendría aun los treinta, ese verano se iba a ir a París. Aaaaahahahahah París, el colmo de todo glamour absoluto, Versalles, la Place de L’Etoile (creo que se escribe así), Montmartre, el Sena, Notre Dame, El Louvre. Vamos un empacho de glamour sólo de pensarlo. He de reconocerlo: yo era un cursi insoportable, tiernito cual florecilla del campo y ñoño hasta vomitar. Las cosas como son, como eran, por mejor decir. La culpa fue de Oscar Wilde y el cine pero eso es otra historia. Así que D. Florencio decidió darme una lección que me hundió en la más negra decepción. Una mañana me encuentro una postal enviada desde París, evidentemente sería un monumento lleno de glamour, oh, París siempre será París y nunca podemos olvidar que “siempre nos quedará París” (creo que no estoy curado como decía Julieta Serrano en Mujeres al borde de … ¡¡¡¡¡ Socorro estoy entrando en un bucle!!!!!)

3 comentarios:

  1. ¡Ah! ¡El latín!... El venerable Latín.
    Y con el Latín, Roma... la siempre insuperable ciudad. Para mi gusto... mejor Roma. Eterna y eternamente bella.
    Joaqui... verdaderamente eres glamuroso... jaja! Sería perfecto un paseo contigo por París!!!

    Besos, guapo!

    ResponderEliminar
  2. A mi me divertía el Latín, si hay que reconocer que el hecho de hablarlo daba un cierto tono intelectual y París, París tanto que ver tanto que recorrer.....

    ResponderEliminar
  3. Siempre he tenido simpatía por el latín, a pesar de que mi primer contacto con esta lengua fue a través de un profesor esquizofrénico que a veces le daba por no tomarse la medicación, e imagínate cómo eran las clases. Yo a veces pasaba auténtico miedo y se me hacía un nudo el estómago cuando lo veía entrar por la puerta del aula. La solución fue aprenderlo yo solo con el manual que teníamos para la asignatura, porque con el aquel pobre hombre fue imposible. Y el sino de mi relación solitaria con el latín me acompañó también hasta la facultad, pues a clase de latín iba yo solo. El profesor esta vez era un hombre encantador, pero se empeñó en hacerme traducir a mi, a su único alumno presencial, las constituciones de la Compañía de Jesús como ejercicio para aprender latín renacentista. El resultado fue que nunca he sido capaz de decir algo en latín que no sea una frase hecha, y sólo soy capaz de entender frases muy simples. A pesar de todo, hay que reconocer que cualquier cosa dicha en latín, hasta la mayor grosería, tiene un tono solemne y categórico, y hay que reconocerle su valor, jeje. Saludos.

    ResponderEliminar