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domingo, 28 de junio de 2015

La Insigne (relato casi negrro) 4



La del escudo de armas, vieja conocida de la casa –creída, presuntuosa, teatrera y grandilocuente “de toda la vida”- siempre se las había dado de amante de la poesía. A ver, entendámonos: Campoamor, Bécquer, Gabriel y Galán y punto; por no llegar no llegaba al verde que te quiero verde. Una noche, con su mucho más que abundoso culo rebosando y semicolgando de la butaca plegable decidió recitarnos “La carta” de “El tren expreso”, ya se sabe: “mi carta que es feliz pues va a buscaros”,  etc. que dejó ahí, casi como un guante, desafiando. Otra de las huespedas, la viuda que tan desasosegada andaba por la virginidad o no de La Insigne, insistió, con cierta dosis de venenillo travieso y no siempre inocente que la caracterizaba, en que ésta recitase algo. Consciente del lamentable espectáculo que éramos, María sentada, como cada noche, en el escalón –no sé si queriendo demostrar que era la única que podía hacerlo sin necesitar servicios públicos para levantarse, aguijonazo más sutil, si se quiere pero no menos venenoso que el de la viuda-, se resistió bastante pero, ¡oh vanidad de vanidades!, acabó cediendo. Se puso en pie y se colocó justo en el centro del vano de la puerta en contraluz con la luz del salón encendida. Algo cambió en su postura sin cambiarla y recitó a Rafael de León, “Romance de la viuda enamorada” que tiene un final potente, muy potente donde se notaba que la voz de la actriz no llegaba, pero eso no impidió que quien más quien menos nos emocionáramos y ella acabara a lágrima viva. Ahí había habido teatro, no sé si bueno o malo, pero desde luego Teatro.
-Esto quien lo bordaba era mi hermana –dijo cuando pudo.
            Hablaba mucho de su hermana “una mujer bellísima”, también actriz y que había muerto muy joven. Maruja, supersticiosa como dice la tradición son los faranduleros, achacaba la sucesión de desgracias que fueron precipitándose a la figura de un gato negro que le habían regalado precisamente a su hermana y a la que tenía tanto miedo que ni a tocarla para tirarla se atrevía. No es que hablara directamente de mal de ojo –demasiado plebeyo para ella- pero, queriendo o sin querer le ponía apellidos, los de su representante que no recuerdo qué tenía que ver con el gato. Aquí, al hablar de su hermana y de su muerte, era uno de los puntos que me hacía menos crédulo. Según ella, al saberlo fue cuando perdió completamente la voz, pero la escena que contaba era clavada a la de Judy Garland en “Ha nacido una estrella” cuando le arrancan el velo de viuda al salir del funeral de James Mason, tan clavada que era imposible de tragar. A veces ocurría eso con ella, que parecía haber seleccionado unas cuantas películas y se había montado una especie de autobiopic que se había llegado a creer. Entonces te sorprendía con un dato exacto, un detalle, un nombre, una opinión, que te hacía volver a dudar y de nuevo entrabas en su historia sin saber a qué atenerte.
            La supuesta biografía de María continuaba con unos años en los que poco a poco recupero una nueva voz que, sin ser la suya, valía, e incluso, tenía un espacio en escena, pequeño, pero con sueldo ¿Cómo sobrevivió esos años de silencio? Pues mal, recogida por una u otra compañera que tenían en ella criada gratis y que al final terminaban como el rosario de la aurora. Salvo con una, por cierto muy conocida por entonces aunque su mejor momento ya estaba terminando, a pesar de su juventud. Cuando ya pudo hablar volvió a trabajar, papeles pequeños, cine con un par de frases, radio como ya he mencionado. La tentación de poner aquí los títulos es casi irresistible pero sería una traición a quien siempre he apreciado. A pesar de todo María adornaba esta parte de su carrera de maneras sutiles que engañaban a otros pero no a mí, eran ya años demasiado cercanos como para escapárseme. Así en cierta obra de inmenso impacto y éxito, en la que trabajó, sostenía que había interpretado a la Madre Superiora del grupo de monjas del tercer acto, cuando yo sabía quién lo había hecho y que ella como mucho sería una de las monjas con un par de frases.
            Llegado el momento de la jubilación Maruja se encontró con su representante no había cotizado por ella –esa era su versión, yo no sé si esa es labor de los representantes, de manera que, de nuevo, se quedó en la calle con una mínima, muy mínima, pensión que no sé exactamente de donde salía pero que con la protección de la actriz que ya hemos mencionado y a la que llamaremos A. le permitían vivir realquilada en un par de habitaciones y esos veraneos de terapéuticos midiendo el céntimo. A esas alturas ya nadie se creía nada de lo que contaba la Insigne, casi ni yo, pero a mí me podía mi gusto por el glamour, los mitos y los cuentos, por muy chinos que resultaran. Ah, y un cierto cariño-complicidad, ese sentimiento de compartir algo hermético para los otros y el otro, el que sólo surge hacia quien nos ha enseñado algo y yo había aprendido mucho de la Insigne, por más que el motecito envenenado fuera en parte cosa mía.  Lo más curioso es que cuando yo todavía no me había ni acercado en serio a la cultura japonesa la Insigne me regaló un libro editado allá por el cuarenta y dos, viejo y un poco desvencijado pero bien cuidado para tener tantos años y lecturas como decía  Maruja haber hecho de él, ese libro era “El Japón” de Pierre Loti. He de decir, sin embargo, que me limité a almacenarlo sin prestarle demasiada atención hasta unos años después buscando bibliografía para un trabajo de facultad. Una extraña relación entre ese pequeño volumen y yo que no viene a qué ahora, pero que en algún momento contaré, a pesar de que nadie lo creerá.
            Inevitablemente se fue produciendo la diáspora de aquel grupito. La Fernández y su marido después de poco menos que prostituirse para mantener a su hijo dentro de la Facultad de Medicina –así lograron que ande por ahí un traumatólogo suelto- dejaron de mezclarse con quienes no teníamos escudo de armas y les perdimos de vista; la señora del pescador primero pilló un reumatismo de tanto invierno fluvial y, luego, fue perdiendo la cabeza, algo de lo que nos enteramos años después; la viuda a quien tanto preocupaba la virginidad de la actriz dejó de ir a esa casa y fue rodando de una en otra durante años, incluso después de que nosotros dejáramos de ir. La Insigne, por el contrario, se mantuvo fiel hasta la muerte de la patrona y comenzó un peregrinaje semejante al de la viuda. Finalmente perdimos de vista a todos, parece ser que es ley de vida, salvo, precisamente a la viuda, felicitaciones de Navidad, alguna llamada; así supimos que A. estaba pagando una residencia a Maruja, perdón, no “una residencia” sino la Residencia de aquel pueblo de nombre olvidable, que por entonces estaba considerada la mejor del país. Ahí se acabaron las noticias de la Insigne. No volvimos a saber nada de ella, quedándome siempre la duda de si había estado aprendiendo historia o tragándome una serie continuada de trolas varias.
            Así quedó el enigma hasta hace poco cuando una divísima del reino murió de repente y los medios –léase televisiones- se volcaron en emitir sus películas, una en particular fue pasando por todas las cadenas, tanto que uno acaba por percibir detalles que en una primera lectura de la peli no ve, concretamente un personaje secundario me llamó la atención. ¿Dónde demonios había visto yo esas caderas altas y angulosas y esos gestos amplios? Tardé en  darme cuenta de eran los de la Insigne pero no era ella. Me compré el DVD y estudié con lupa el reparto y, para mi sorpresa, apareció el nombre de la hasta entonces fantasmal hermana de Maruja. Al fin una pieza del puzle –además de dos películas con tres frases- de la Insigne que unía la fantasiosa biografía con la realidad “histórica”. Dándole vueltas al tema recordé una madrugada insomne en que escuché una entrevista en la radio con A. dejándome la impresión de ser persona capaz de hacer lo que había llegado a mis oídos y que, además, compartía con la Insigne ciertas creencias como la telepatía y cosas semejantes. Segunda pieza, más dudosa, sí, pero iba encajando.
            Estos hallazgos me animaron a retomar la búsqueda en la red y, mira por donde, había bastante más información. Por ejemplo, el asunto de la pérdida de su voz ¡era cierto!, eso sí, sin tanto glamour como ella lo contaba, pero cierto, y lo de sus giras por Sudamérica también. No lo eran, o por lo menos no he encontrado información sobre las nosecuantas películas en Italia, ni sobre ciertos gloriosos éxitos de alta comedia que ella contaba, más bien sus éxitos eran en un genero más lacrimoso, e incluso de fama más perdurable. ¿Quién recuerda hoy “La noche del sábado” de Benavente? donde Maruja haber hecho su entrada triunfal bajando una escalera con un ceñidísimo vestido de lamé dorado. Nadie, prácticamente. Pero ¿a quien no le suena  aunque sea de oídas, “La hija del penal”, “Lucecita” o incluso “Ama Rosa”? Claro que ¿Quién ha dicho que la red no cometa errores garrafales?
            Quedaba un aspecto que me inquietaba y llegué a convertirlo en la piedra de toque que me permitiera discernir entre la fantástica pseudobiografía que contaba la Insigne y la Biografía histórica. El tema del Borbón fusilado. En mi absoluta ignorancia imaginaba que con la proclamación de la Republica habían salido todos al exilio y que ahí siguieron durante el conflicto. Qué atrevida es la ignorancia. A poco que rasqué me encontré con doce Borbones caídos en guerra, seis de ellos fusilados y de ellos cuatro ante las tapias de un cementerio como contaba ella sin dar más datos. Hablaba, eso sí, de planes de boda que se troncharon  como tantos en aquellos años, pero podía decir lo que quisiera, nadie le iba a desmentir,  estaban todos muertos al fin y al cabo; curiosamente nunca supimos donde pasó ella la guerra ¿zona roja, zona nacional, en la gira americana o rodando aquellas películas italianas?
            Al final, después de más de treinta años de darle vueltas y de intentar recomponer el personaje sigo igual, con más datos pero con las mismas –o más- dudas. Cualquiera podría saber a quien se había fusilado y donde, sobre cuando ese era un lugar habitual para las matanzas de la época. Así que lo que iba a ser piedra de toque se quedó en un dato más. Eso sí, tengo que agradecer haber aprendido mucho: a apreciar los cambios que puede lograr el más nimio detalle, o un  simple, imperceptible, cambio de actitud, cotilleos varios y mil cosas más. Entre ellas a no olvidar, a no tomar a risa grandezas pasadas –ciertas o no- y, como poco, a dudar. Sí, por su culpa a veces peco de ingenuo y me dejo llevar por esa vertiente mágica del ¿y por qué no?

2 comentarios:

  1. Si la historia es buena hay que creersela. Y esta lo es. Esupenda Joaquinito.

    Un abrazo

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  2. Muchas gracias pero no me termina de convencer del todo. ¿demasiado larga?, ¿se han quedado demasiadas cosas en el tintero? ¿me he repetido demasiado? En fin siendo la Insigne siempre quedarán dudas y puntos oscuros.

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