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domingo, 13 de marzo de 2016

El hombre que no quería tener historia (4)



Finalmente recaló en un lugar lleno de humos malolientes, en una pensión donde permaneció casi hasta el final. Trabajaba, bebía y volvía a trabajar. Sólo esa hermana, en realidad esa figura que es la que se esfuerza por mantener los vínculos de una familia que no quiere tenerlos, estaba más o menos al corriente de cómo le iba. Jamás llegó a ningún pariente una felicitación por Navidad, o por lo que fuera, tampoco una llamada. En cierta ocasión se presentó en casa de Gonzalo y Magdalena y al ver que Gonzalo no estaba ni pasó del umbral, dio un jamón a Magdalena y se fue a la estación. Huyendo de nuevo, sin dejar rastro de a qué se desplazó por medio país ni a donde se fue y mucho menos por qué. Así Tino, áspero, agrio, despegado,  acabó por recalar en un lugar como él: inhóspito y hostil. Sólo la hermana que acabó comprando su tumba se preocupaba de sus andanzas, los demás tenían mucho quehacer con sus familias como para andar siguiéndole la pista, ella ,casada y sin hijos, funcionaba –encantada de mangonear en todo lo que pudiera- como una conexión entre cada miembro de la familia con los demás. Siempre sabía donde estaba Tino y hasta que cuando por fin asentó en sus reales fue, como decía ella: “de patrona”, en una familia en la que cayó bien e incluso apadrinó al último de sus vástagos. Cosa a la que, seguramente, se habría negado de pedírselo alguno de sus hermanos, claro que nunca se lo pidió nadie.
El hombre que no quiso tener historia ha dejado estelas más que recuerdos, evocaciones más que imágenes. Cuentan que dibujaba maravillosamente pero no ha quedado ni un dibujo de su mano. Que tenía un cuerpo perfecto pero sus sobrinos mayores ya le recuerdan con barriguita un tanto excesiva, sólo una añeja y diminuta fotografía –la de la procesión- demuestra aquello. Que sabía de hierbas medicinales pero lo que sabía se lo llevó a la tumba pues ni siquiera hablaba de ello jamás. Lo dicho, evocaciones casi ensoñaciones y pronto, tan pronto como la generación de sus sobrinos vayamos cayendo, fantasmagorías. El hombre que no quería tener historia casi lo consigue, entre sus brumas de alcohólico, o mejor decir de bebedor pues nunca quedó claro que llegara a ser un alcohólico como su padre, entre su desapego, e incluso una cierta hostilidad y su forzada cerrazón mental casi estuvo a punto de desaparecer sin dejar huella pero la vida suele jugar malas pasadas y él, como no, no fue una excepción. Seguramente le hubiera gustado morir un día en medio de la calle indocumentado, o cayendo al mar sin que le encontraran pero no fue así. Para algunos como yo fue una suerte y un dolor añadido que no lo fuera, para la inmensa mayoría no tuvo importancia, no más que uno de esos comentarios de “¿sabes quien se ha muerto?”.
Una mañana, supongo, su hermana recibió una llamada de la patrona con noticias sobre él. Estaba en el hospital con un principio de infarto. Allá que se fue la buena mujer al lugar de humos y chimeneas encontrándosele vivo y fuera de peligro, inmediato conviene matizar pues era ya un condenado. Como era cabezón y borrico como pocos cuando quería había aguantado arrechuchos varios sin ir al médico –teniendo en cuenta su experiencia ¿Quién se lo podría reprochar?- y una vez ingresado comenzaron a hacerle todo tipo de pruebas y análisis y radiografías y más análisis y más pruebas y más de todo hasta ofrecer una conclusión que debería haber sido una evidencia sin prueba alguna: hipertensión, lesiones cardiacas, colesterol, azúcar, algo de artrosis especialmente en una rodilla y, lo más lógico teniendo en cuenta su forma de vivir, cirrosis hepática. Demasiado alcohol para cualquier cuerpo por sano y fuerte que fuera. Tenía casi cincuenta años. Imposible volver a trabajar, imposible que la patrona estuviera pendiente del estricto régimen que tanta enfermedad le imponía así que su hermana se lo trajo a su casa, un tercer piso sin ascensor y casi sin marido pues éste pasaba tres de cada cinco días de viaje en el reparto de correos ferroviario. El hombre que no quería tener historia ahora ni podía escapar como tantas veces ni tenía más remedio que encajar en una rutina que no era la suya, tenía que encajar pero que encajara era cantar de gesta bien distinto. De hecho lo que hizo fue incrustarse en ella con la firmeza del granito hasta lograr cambiar la rutina ajena, pues ya dije que cabezón como pocos era Tino, y tener a su hermana pendiente del reloj pues, por ejemplo, si la cena no estaba a las ocho en punto, ni un minuto más, no cenaba. Vil chantaje emocional teniendo en cuenta el peligro que estos caprichos tiene en un diabético, en el fondo era tan sólo aquello de genio y figura y no querer perder del todo su independencia y fama hostil. Claro que no le valía con toda la familia, su cuñada Magdalena, que seguía viéndole como aquel muchacho con la cabeza herida que se reía con las dos amigas un par de horas todas las tardes en Reina Victoria y cuando se ponía burro, es decir casi siempre, le metía un meneo en el hombro y un “tu cállate ya, melón” acompañado de una risa y un colocarle el rizo revuelto de pelo ya blanco obteniendo como respuesta una sonrisa y una pacificación inmediata.
El hombre que no quería tener historia no pudo evitar dejar eso, estelas, en algunos, que, cuando nos miraba, nos parecía que nos entendía más allá de toda palabra y que, con el paso de los años, vamos viendo que así era, abocados a dejar si acaso estelas, fantasmagorías, por más que deseemos y luchemos por enraizar en tiempos y almas, casi nos parecen premonitorias aquellas miradas y aquellas sonrisas de medio lado y las pocas palabras que cruzamos con él. Murió un día de San Lorenzo tras una larga agonía que mejor no recordar ni mencionar. Dejando sólo unas herramientas, un bastón y una caja de zapatos con cosas personales, demasiado personales como para entrar a describirlas. Lo cierto es que no había nada de lo que se supone que podría aparecer en el depósito de las cosas de una vida. Si se quisiera saber de él por lo que allí había se llegaría a conclusiones absurdas, justo lo que él quería, no una historia personal y única como la de todos. Sin embargo, los vacíos decían más que las presencias. Sólo que había que saber leerlos y para eso hacían falta años de experiencia, tener ya un año más que él cuando murió para rellenar esos huecos, esos silencios y, no pocas veces, esforzarse en no querer entenderlos para hacerlo a pesar de uno mismo.
Entre tanto Tino yace en una tumba ostentosa  que ya nadie visita con su apodo presidiendo la cruz, debajo, su nombre oficial. Su hermana, quería que todos acabáramos allí pero nadie irá a esa tumba soleada entres placas deslumbrantes de nichos de mármol, y Tino seguirá como siempre quiso estar, solo y olvidado, en una tierra ajena, lejos del mar y del orballo, del castaño que cubría la casa y de los prados. Como siempre quiso estar, desarraigado e irremediablemente sólo, llenando lo que fue su vida y su muerte de elocuentes vacíos, ensordecedores huecos de silencio que nadie intentó oír, que nadie quiso atender.

2 comentarios:

  1. Estupenda historia Joaquinito. Estupendo el personaje y elocuente su periplo. Enhorabuena.
    Un abrazo

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  2. Muchas gracias pero todavía no he acabado de encontrarle el punto a la historia y ya van dos veces aue lo intento.

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