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sábado, 13 de marzo de 2010
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martes, 9 de marzo de 2010
Ya tengo certificado
sábado, 6 de marzo de 2010
Patrimonio cultural 2
Por otro lado las grandes empresas suelen llenar las tardes con torerillos baratos, jóvenes aun sin cuajar, para no pagar puesto que la entrada rara vez es baja –especialmente Las Ventas del Espíritu Santo, con el peso que tienen-. Además de que los miembros de este mundo cada vez son más carne de Karmele que de Moncholi. Que esa es otra: los críticos y comentaristas que deberían mimar el arte-fiesta-espectáculo ofrecen otro espectáculo bochornoso con diálogos como este:-Pensamos de que el torero está fuera de cacho –a lo que le contesta el otro del duo
-Recuerdo cuando XXXX en 1954 en la plaza de Navalportillo le hizo una faena a un blanco de Miura, ha llegado un telegrama de D. Pepito Pepete recordándolo, un saludo don Pepito, gran aficionado
-Pensamos de que hay mucho amarillo en la plaza
-Es que hasta el rabo todo es toro.
-Así no, estamos hartos decirles a los toreros que así no.
La cosa dura tanto como la corrida. A lo que podemos sumar que los animales ya no son lo que debían ser, vamos que rara vez embisten, que lo que tenía que ser una estocada es una carnicería, y lo que tenía que ser respeto por lo que ocurre abajo se traduce arriba en alcohol, mozas y negocios.

Nada más hermoso que el lenguaje taurino, nada más emocionante que una gran faena, nada más espectacular que todo el aparejo de una buena corrida pero como con las paellas ¿a quien le sale una buena paella? A casi nadie, y eso que es a una sola mano así que si intervienen tantos elementos es casi imposible que, como dijo Manuel Vicent, una corrida no sea más hortera que un ataúd con pegatinas. Si añadimos el coto que se ha ido cerrando al aficionado medio y la franca hostilidad que se destila entre grupos dentro de la fiesta creo que no hace falta tomar medidas, ya se extinguirá sola.

Ahora hay que convertirla o en signo de identidad nacional o separatista, Madrid o Barcelona, otra vez. Toca maniobra de distracción, como aquello del boicot al cava catalán –pena que me siente tan mal, me hubiera bebido medio San Sadurní de Noya, sólo por contrariar a la tontería-, pues nada sigámosles el juego.

A mí personalmente me ha servido para aclarar mi dilema ético, amarrar y amordazar al bárbaro y posicionarme de ahora en adelante en contra de los toros. Radicalmente. Al igual que a tirar la cabra del campanario, a burrear a los novillos para que se tiren al puerto, por supuesto a los encierros de todo tipo, a las peleas de perros y de gallos. Claro que la Autonomía de las Siete Estrellas, gestora de la mayor feria del mundo, no creo que tenga en cuenta los aspectos éticos de la fiesta, ni tampoco lo que ha dado en llamar (que de donde viene suena a burla) patrimonio cultural.

Por cierto, dos palabras sobre la cultura taurina, que existe y es magnífica: de Goya, al Toro de Osborne, indudable icono de primer orden del s. XX, de Picasso a Garcia Lorca y sobre todo ese lenguaje propio que se ha ido metiendo en el coloquial aunque ahora, como toda forma de lenguaje que no pase por una tecla, amenaza perderse. Vale, nada en este mundo ha dado más arte y cultura que el desnudo y los martirios y, sin embargo, no se considera patrimonio cultural ni andar desnudo ni ir cargándose gente de maneras rebuscadas. Hablar de Patrimonio Cultural en Madrid con lo que se ha destruido, cuando no hace tantos años un concejal clausuró o lo intentó la carpa donde se representaba “El sueño de una noche de verano”, donde uno dijo que en el Español no se ponían cosas de maricones no hará más de diez años, es eso: una burla.

He aquí una muestra del respeto al patrimonio cultural que se demuestra en Madrid: el teatro Albéniz, que estaba protegido se desprotegió sin más. Eso también es patrimonio cultural. La imagen está tomada de El País el 4 de enero del año pasado 2009
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Y que encima cobren por esto
Patrimonio cultural
Uno se considera un aprendiz de ilustrado, como tal se estremece ante la barbarie de un animal torturado hasta la muerte por otro animal de dos patas disfrazado y ante miles de personas. Tortura, muerte, sangre, riesgo, con música de fondo y la gente jaleando. Oh, cielos, como la Roma de la decadencia grita el ilustrado haciendo melindres; por otra parte hay en mi una veta brava que disfruta sobremanera con las diversas suertes, esas largas cambiadas, esas banderillas que estremecen de puro pasmo, el arte de situar al animal, el combate con el caballo, el hombre frente a la fuerza bruta y el momento cumbre del encuentro final. Ah, puro placer estético. Con dos cojones, grita el bárbaro que llevo dentro babeando en éxtasis. Así me debato entre la estricta ética del respeto a la vida y la pura estética de un Arte con mayúsculas. 
Debate aún más duro pues siempre he pensado que el ser humano carga con demasiado dolor y sufrimiento moral y físico como para buscarlo sin necesidad. Un hombre exponiéndose innecesariamente al dolor, a la mutilación (Julio Robles fue un trágico ejemplo) y a la muerte es absurdo se mire por donde se mire y convertirlo en espectáculo es ya un paso hacia lo demencial. La actitud ante el animal es cruel, salvaje, la actitud ante ese hombre –que cobrará mucho, el maestro que no los demás, pero sigue exponiéndose a lo mismo- es estúpida que es lo peor que se puede ser.
Ahora, por que a alguien que no tenía nada mejor que hacer o como hábil maniobra de distracción, se ha puesto de moda el debate toros sí, toros no. Y como en todo somos dos Españas (La Pantoja o La Jurado, Gallito o Belmonte, Real Madrid o Barça, etc o etc) ya la volvemos a tener liada. El caso es que es un debate inútil pues la mal llamada fiesta brava se está autodestruyendo y además no resistiría la más mínima investigación ética (no puedo decir criminal por que sería excesivo pero no han sido infrecuentes los casos de gentes relacionadas con este mundo metidas en asuntos directamente ilegales, uno hace bien pocos días, un grano no hace granero ni para muestra vale un botón): casos de evidente explotación infantil, de explotación laboral no precisamente a las grandes figuras sino, como siempre, al de abajo, corridas que no se cobran sólo para cotizar en la seguridad social –a pesar de lo cual la cornada se la pueden llevar- y demás. Junto a ello ocurren cosas como que el público va a las plazas sólo cuando hay fiestas locales, nunca si el festejo se pone fuera de ellas, como que en las gradas se ven varios tipos perfectamente establecidos: el extranjero que viene por la agencia incluye la corrida, el extranjero al que la empresa española que quiere venderle la burra que sea le invita, los del mundillo, los críticos –curiosamente la mayor parte de ellos cuando son entrevistados en las retrasmisiones televisivas, aparecían con un vaso de ginebra en la mano y con una peculiar cuando menos forma de hablar- los famosos y famosuelos si hay cámaras, claro, las peñas –por definición cargaditas de alcohol y de merendolas a las que prestan más atención que a lo que ocurre en el ruedo (donde unos hombres se están jugando la vida por malo que sea er bisho)-.
Algún aficionado irá, claro, pero la mayoría no pueden permitirse ese dispendio y hay que buscarlos arriba, muy arriba, en la plaza. Los esfuerzos de Belmonte, creo, con la idea de las Monumentales para que estuviera el espectáculo al alcance de mayor número de personas han fracasado. Las corridas sólo las ven quienes deciden las empresas con sus invitados, la empresa de la plaza con el número de entradas que saca a la venta y lo que podía ser el medio de difusión por excelencia para este tipo de cosas, le televisión, las ha acotado a las privadas de pago o pago doble. Para colmo, el más grande torero vivo, José Tomás Román Martín, se niega a que se retransmitan sus actuaciones. Que es muy libre, nadie lo duda, pero que en nada favorece a la fiesta. 

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Y que encima cobren por esto
miércoles, 3 de marzo de 2010
Mis vecinas 2
Mi vecina del portal de enfrente se levanta todos los días a las tres de la madrugada a fregar el alfeizar y ya no deja de limpiar durante todo el día, no sale a la calle por que está limpiando y cada dos días viene una asistenta a limpiar. Mi vecina del portal de enfrente despierta al marido a las tres de la madrugada para que la ayude a limpiar durante todo el día. Mi vecina del portal de enfrente se retuerce de dolores de huesos que su mente somatiza, de una mente perdida en la obsesión por la ropa buena que durante años no se pudo pagar, por la perla buena que su novio le regaló allá por el cincuenta y cuatro, por las vecinas de su pueblo que dejaron de hablarla por que no iba tan bien vestida como ellas, por unos padres que decidieron que la criarían mejor unos tíos y unos tíos que creían y decían hacer una obra de caridad para ganarse el cielo, por el hijo superdotado que se hizo hippie, por el hijo ingeniero que se casó con una china y luego ella le dejó tirado. Mi vecina del portal de enfrente cuando está mejor sale a la calle envuelta en tules, cargada de oros, peinada de peluquería y sólo va a comprar mejor ropa. Es para lo único que deja de limpiar. Mi vecina del portal de enfrente se deslizaba por la vida sin una sonrisa, sin una frase alegre, sin un respiro a su drama inexistente que poco a poco se fue transformando en limpieza, incansable, inacabable, como el suplicio de Sísifo. Ahora se desliza por la vida como se movía Lilí Monster, entre tules y gasas, sobre suelos encerados, muebles repulidos y paredes inmaculadas. Tras ella, gamuza y limpiazulejos en mano, arrastra a su marido.
Mi vecina del cuarto exterior no paraba de refunfuñar todo el santo día, empecinada en que sus órganos se habían cambiado de sitio de izquierda a derecha por su cuenta y ensimismada en encontrar culpas para su marido que le vomitaba encima cada noche a voz en grito. Mi vecina del cuarto exterior no comía con la familia, cuando todos estaban sentados a la mesa ella empezaba a dar vueltas a la misma reprochando el precio de cada cosa, el trabajo que le había costado hacer tal o cual guiso, amenazando con no volver a cocinar jamás, amenazando con irse y “a ver como os las apañáis sin mí”, vuelta tras vuelta sacaba a relucir las malas notas, los accidentes, los bombardeos, la poca ayuda que recibía, como su madre en guerra se mató al caer por un terraplén, como la niña, moza ya, había perdido una pulsera de oro macizo por la que se habían empeñado; no dejaba de decir vuelta tras vuelta que ni tiempo tenía de ir a la peluquería y así estaba ella, “con estos pelos”, las enfermedades viejas, nuevas, suyas, de sus hijos, de sus abuelos, de sus suegros, eran descritas con todo lujo de detalles en cada comida sin dejar de echar en cara, como una bofetada, el precio de cada bocado a cada uno de los comensales. Mi vecina del cuarto exterior no dejaba de contar como sacó adelante a sus hermanos, incluso a esa medio retrasada que guisaba, lavaba, limpiaba, ponía y quitaba la mesa, hacía las camas mientras ella continuaba describiendo el infinito trabajo que esa familia le daba. Tampoco dejaba de contar lo difícil que fue salir adelante con tres niños en guerra siendo ella poco más que una niña pero ni por casualidad, jamás, mencionaba a su marido salvo para echarle en cara como un insulto el poco dinero que ganaba. Su hermano, ese sí que había salido adelante, con lo que ella había sufrido por él. Era el principio de un crescendo que alcanzaba la apoteosis cuando su marido llegaba a casa por la noche, un gran fin de fiesta que el hombre capeaba con una sonrisa. Un día preguntó a su tercera hermana: “¿Te causaría mucho trastorno si me matara?”. La mujer, incapaz de darse cuenta le dijo algo así como que no dijera tonterías. Mi vecina del cuarto exterior subió a la azotea y se tiró de un séptimo piso. Su tercera hermana cayó fulminada meses más tarde.
Mi vecina del tercero E, un día hizo obras en casa, tabiques fuera, armarios, suelos, baño, en fin, una reforma en toda regla. Lo malo de mi vecina del tercero E fue que tuvo que pagar la obra y al hacerlo comenzó a darle vueltas hasta el punto que del disgusto de ver la cartilla de ahorros vacía perdió la voz y no la volvió a recuperar nunca.
Mi vecina del primero deambula sonriente y apacible, te responde cuando saludas, se deja llevar, pero mi vecina del primero era, el año pasado, una mujer pizpireta, alegre y chispeante, hoy no puede construir una respuesta cuando le preguntas ¿Qué tal?, Mi vecina del primero sonríe, siempre ha sonreído, y todavía le queda algo de vida en sus ojos, un resto del destello divertido que tenía, residuo que, sabemos, se irá apagando. Los brazos ya han caído a lo largo del cuerpo pero aún no ha descuidado su aspecto, alguien lo hará por ella, imagino, pasea con las vecinas, va a por el pan, recorre el barrio sonriente y apacible mientras la vemos irse de él, irse de todo, irse de sí misma.
Mi vecina del cuarto exterior no paraba de refunfuñar todo el santo día, empecinada en que sus órganos se habían cambiado de sitio de izquierda a derecha por su cuenta y ensimismada en encontrar culpas para su marido que le vomitaba encima cada noche a voz en grito. Mi vecina del cuarto exterior no comía con la familia, cuando todos estaban sentados a la mesa ella empezaba a dar vueltas a la misma reprochando el precio de cada cosa, el trabajo que le había costado hacer tal o cual guiso, amenazando con no volver a cocinar jamás, amenazando con irse y “a ver como os las apañáis sin mí”, vuelta tras vuelta sacaba a relucir las malas notas, los accidentes, los bombardeos, la poca ayuda que recibía, como su madre en guerra se mató al caer por un terraplén, como la niña, moza ya, había perdido una pulsera de oro macizo por la que se habían empeñado; no dejaba de decir vuelta tras vuelta que ni tiempo tenía de ir a la peluquería y así estaba ella, “con estos pelos”, las enfermedades viejas, nuevas, suyas, de sus hijos, de sus abuelos, de sus suegros, eran descritas con todo lujo de detalles en cada comida sin dejar de echar en cara, como una bofetada, el precio de cada bocado a cada uno de los comensales. Mi vecina del cuarto exterior no dejaba de contar como sacó adelante a sus hermanos, incluso a esa medio retrasada que guisaba, lavaba, limpiaba, ponía y quitaba la mesa, hacía las camas mientras ella continuaba describiendo el infinito trabajo que esa familia le daba. Tampoco dejaba de contar lo difícil que fue salir adelante con tres niños en guerra siendo ella poco más que una niña pero ni por casualidad, jamás, mencionaba a su marido salvo para echarle en cara como un insulto el poco dinero que ganaba. Su hermano, ese sí que había salido adelante, con lo que ella había sufrido por él. Era el principio de un crescendo que alcanzaba la apoteosis cuando su marido llegaba a casa por la noche, un gran fin de fiesta que el hombre capeaba con una sonrisa. Un día preguntó a su tercera hermana: “¿Te causaría mucho trastorno si me matara?”. La mujer, incapaz de darse cuenta le dijo algo así como que no dijera tonterías. Mi vecina del cuarto exterior subió a la azotea y se tiró de un séptimo piso. Su tercera hermana cayó fulminada meses más tarde.
Mi vecina del tercero E, un día hizo obras en casa, tabiques fuera, armarios, suelos, baño, en fin, una reforma en toda regla. Lo malo de mi vecina del tercero E fue que tuvo que pagar la obra y al hacerlo comenzó a darle vueltas hasta el punto que del disgusto de ver la cartilla de ahorros vacía perdió la voz y no la volvió a recuperar nunca.
Mi vecina del primero deambula sonriente y apacible, te responde cuando saludas, se deja llevar, pero mi vecina del primero era, el año pasado, una mujer pizpireta, alegre y chispeante, hoy no puede construir una respuesta cuando le preguntas ¿Qué tal?, Mi vecina del primero sonríe, siempre ha sonreído, y todavía le queda algo de vida en sus ojos, un resto del destello divertido que tenía, residuo que, sabemos, se irá apagando. Los brazos ya han caído a lo largo del cuerpo pero aún no ha descuidado su aspecto, alguien lo hará por ella, imagino, pasea con las vecinas, va a por el pan, recorre el barrio sonriente y apacible mientras la vemos irse de él, irse de todo, irse de sí misma.
Lo malo de esta entrada es que parece literaria y... no lo es.
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Perdón por la tristeza
martes, 2 de marzo de 2010
MIs vecinas 1
Cuando yo era pequeño, entonces los niños no empezábamos a ir al cole hasta los cuatro o cinco años, mi madre iba con una vecina del portal contiguo al mercado y me llevaba con ellas. No estaba lejos, un edificio de ladrillo de finales del XIX, atravesábamos un pinar y un par de calles. Era, en realidad, un paseo agradable. Cuando hacía bueno nuestra vecina y amiga se traía a su tía, una anciana que llevaba siempre zapatillas de casa, chaqueta de lana verde y los brazos caídos a lo largo de su cuerpo, en realidad se parecía a Maruchi Fresno, pero creo que salvo los muy cinéfilos o los muy mayores pocos recordarán a esta gran actriz. Tenia el pelo blanco, de un blanco grisáceo, y mi vecina se lo peinaba medio recogido. Se lo peinaba por que esta señora, de quien si me matan no recordaría el nombre, tenía la cabeza ida y vivía en casa de su sobrina en una habitación con cerrojo por fuera, dos por dos y un cerrojo. Una vez se olvidaron de echar el cerrojo y la dama empezó a caminar sin rumbo, sin detenerse, con ese paso en que los pies nunca se separaban del suelo, con sus zapatillas de casa. La encontraron caminando por medio de los campos en la provincia de Toledo, silenciosa. Era mujer, no sé si en otro tiempo fue de otra manera pero cuando yo la conocí era así, de pocas palabras en un dulce y apagado acento gallego, quizás añorara sus campos y sus corredoiras pero nunca decía nada, ni se quejaba, ni protestaba, ni comentaba nada. Sólo cuando me veía, se me quedaba mirando muy fijamente, y me decía: “Yo una vez tuve un hijo y me nació muerto”. Echaba a andar y, al rato, cuando me volvía a ver repetía “Yo una vez tuve un hijo y me nació muerto”, con una media sonrisa que nunca llegaba a serlo y que jamás se borraba de su cara. Una vez tuvo un hijo… y le nació muerto.
La madre de mi vecina del segundo derecha un día se sentó en una silla, la espalda pegada al respaldo, las rodillas rectas, las manos en las rodillas, la cabeza alta y la mirada fija en el suelo y no se levantó. Cuando la levantaban y la llevaban a la cama o al sillón, ella volvía a su posición faraónica una y otra vez. A diferencia de los faraones no era un efecto del viento entre las piedras el eterno susurro que se oía si se ponía mucha atención al pasar a su lado. Sin entonación, sin pausas, sin subir o bajar jamás la voz, susurro que sólo dejó de oírse cuando llegó su final. La madre de mi vecina del segundo derecha, repartió sus cosas al enviudar y se fue a vivir con su hija, la madre de mi vecina del segundo derecha había llevado muchos años una pistola en el delantal para matar rojos si se le acercaban demasiado, la madre de mi vecina del segundo derecha consumió sus últimos años, sus últimas energías y su último suspiro en un susurro apenas inteligible: “decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza”
La suegra de mi vecina del ático exterior solía escaparse a pedir limosna, en una esquina, en un parque, en una iglesia. Con su pelo lila, con su ropa buena, con sus buenos tacones, con su bolso de cuero, con su abrigo de pieles. Solía escaparse de noche y asaltar a los noctámbulos con su lastimera retahíla de mendiga. No pedía para ella, no, pedía para misas, pedía para la mayor gloria de alguien, para la exaltación a los altares de sus ídolos: “para misas por la canonización de Isabel la Católica”, “para la pronta beatificación del Caudillo”, “para la canonización de José Antonio”. Entre tanto, su hijo tiraba huevos a las terrazas de sus vecinos y su nuera perseguía a los nietos con herramientas de cocina calentadas al rojo. Con su pelo lila, su abrigo de pieles y sus labios pintados extendía la mano “para misas por la canonización de Fernando VII”.
Mi vecina del quinto izquierda del portal contiguo tenía la cabeza muy en su sitio cuando levantaba en vilo a su hijo adolescente agarrándole del pelo, era grande, gorda, poderosa, extremadamente cerrada de acento y hablaba siempre a gritos, por eso sé que las conversaciones más inteligentes del tipo “te voy a arrancar el pescuezo” las mantenía con un pato llamado Patum, obvia derivación del gran éxito de aquellos años Platoon.
La madre de mi vecina del segundo derecha un día se sentó en una silla, la espalda pegada al respaldo, las rodillas rectas, las manos en las rodillas, la cabeza alta y la mirada fija en el suelo y no se levantó. Cuando la levantaban y la llevaban a la cama o al sillón, ella volvía a su posición faraónica una y otra vez. A diferencia de los faraones no era un efecto del viento entre las piedras el eterno susurro que se oía si se ponía mucha atención al pasar a su lado. Sin entonación, sin pausas, sin subir o bajar jamás la voz, susurro que sólo dejó de oírse cuando llegó su final. La madre de mi vecina del segundo derecha, repartió sus cosas al enviudar y se fue a vivir con su hija, la madre de mi vecina del segundo derecha había llevado muchos años una pistola en el delantal para matar rojos si se le acercaban demasiado, la madre de mi vecina del segundo derecha consumió sus últimos años, sus últimas energías y su último suspiro en un susurro apenas inteligible: “decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza, decnudita y dezcarza”
La suegra de mi vecina del ático exterior solía escaparse a pedir limosna, en una esquina, en un parque, en una iglesia. Con su pelo lila, con su ropa buena, con sus buenos tacones, con su bolso de cuero, con su abrigo de pieles. Solía escaparse de noche y asaltar a los noctámbulos con su lastimera retahíla de mendiga. No pedía para ella, no, pedía para misas, pedía para la mayor gloria de alguien, para la exaltación a los altares de sus ídolos: “para misas por la canonización de Isabel la Católica”, “para la pronta beatificación del Caudillo”, “para la canonización de José Antonio”. Entre tanto, su hijo tiraba huevos a las terrazas de sus vecinos y su nuera perseguía a los nietos con herramientas de cocina calentadas al rojo. Con su pelo lila, su abrigo de pieles y sus labios pintados extendía la mano “para misas por la canonización de Fernando VII”.
Mi vecina del quinto izquierda del portal contiguo tenía la cabeza muy en su sitio cuando levantaba en vilo a su hijo adolescente agarrándole del pelo, era grande, gorda, poderosa, extremadamente cerrada de acento y hablaba siempre a gritos, por eso sé que las conversaciones más inteligentes del tipo “te voy a arrancar el pescuezo” las mantenía con un pato llamado Patum, obvia derivación del gran éxito de aquellos años Platoon.
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Repito que adoro estas viñetas.
