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viernes, 26 de abril de 2013

Solita o el aterrador desarraigo anunciado

Si algo hay que no se te perdonará nunca es que tengas buena memoria. Cuanto más rigurosa y menos idealizada, cuanto más se ajuste a la realidad objetiva y cuanto más tiempo pase, peor. Sin embargo, es algo que no puedes evitar, la tienes o no la tienes, y si la tienes y no sabes como hacer para fingir que has olvidado tu vida puede ser muy triste y no sólo por que la gente tratará de evitarte sino por que tendrás que convivir con una realidad sin edulcorar, verás que polvos trajeron estos lodos y, por encima de todo, verás todos y cada uno de tus errores, tus meteduras de pata y todo lo que debiste hacer y no hiciste y lo que no debiste hacer pero hiciste. Leí el otro día que se ha demostrado que la gente puede olvidar a voluntad, dichosos ellos, yo a lo más que llegó es a hacerme el tonto o a callarme para que la gente esté más tranquila.

Por eso recuerdo, y callo, cuando y como nació Solita, hace ya más de cuarenta años. Lo malo es que de aquellos polvos…. El caso es que la niña llegó tarde y llegó mal. Tarde por que sus hermanos eran ya casi adolescentes y mal por que no fue deseada. Su Santa Madre no quería por nada del mundo tener más hijos. Le recuerdo berreando desaforada por la ventana llamando a sus hijos para que subieran a casa, nunca entendí como no le reventaba, no una vena, el cráneo entero entre la potencia y la violencia rabiosa de ese alarido. No hace mucho que murió, pero eso no quita que fuera una verdadera arpía. Aquí he de abrir un paréntesis, a mí, por aquel entonces, me caía muy bien. Yo era el típico niño gordo de película de terror, con los ojos (y los oídos) abiertos que siempre estaba donde no debía estar y escuchaba lo que no debía escuchar, si a eso añadimos la ya mencionada memoria, hubiera resultado aun más aterrador, pero no era así por que me limitaba a almacenar y a comportarme, sibilinamente, como se supone que se comportan los niños. Y si la Santa Madre de Solita era una arpía, no era la única. Si la una era habladora y escandalosa la otra Arpía, sí, con mayúsculas, era menos escandalosa pero a su lado era el equivalente a un corredor de maratón frente a un principiante de los cien metros lisos. La Arpía, respetaré su nombre, era un caudal de palabras de un castellano purísimo –o sea, que soltaba unas barbaridades que temblaba el firmamento-, que fluían sin fin ni principio, palabras de peso, como el Tajo, amplio caudal denso y sabroso (he de decir que los cotilleos siempre me han seducido muchísimo, por eso estudié historia), en el cual lo primero que se aprendía era castellano y lo segundo una cuasi infinita cantidad de santos, Vírgenes y advocaciones variadas de la hagiografía católica. En Semana Santa era un verdadero lujo oírla durante horas contar las procesiones de casi todo el país, con sus pasos, en qué orden y a qué hora entreverando tan ameno monólogo con un surtido variado de historias insultantes de cuñadas, hijos, vecinas, rojos. Te podías pasar la tarde de Viernes Santo con un par de torrijas y escuchándola. La verdad es que a veces la echo de menos, por lo menos sabía usar el idioma. El caso es que la Arpía, a quien me temo habré de dedicar más espacio en otro momento, era la vecina de debajo de la Santa Madre de Solita y lo más suave que decía de ella era “¿Esa?… Más mala que la carne cabra”; por ella y desde mi rincón de observador atento supe de las palizas que la arpía sacudía a su marido, hombre enclenque y bastante… bueno, dejémoslo en que cuando crecí a mí también me daban ganas de sacudirle, que “no me quiero ensañar con los muertos”. Bueno, miradme no como a un cotilla sino como a un historiador objetivo, más o menos. El caso es que fue muchos años después y por la incontinente y frondosa lengua de la Arpía, cuando supe de los feroces intentos por parte de la arpía para que ese bebé tan a trasmano y a destiempo no naciera: recuerdo concretamente que contaba que saltaba desde la mesa de no sé cuantos meses con alevosas intenciones hacia lo que venía. El caso es que lo que vino, vino, y no sé si sería el vino, producto altamente consumido por ambos progenitores, o los saltos de trampolín sin piscina de la madre, el caso es que Solita vino con algo que es y no es, no es pero tampoco deja de ser. Es una especie de, pero sin llegar a ser. No sé si me entienden, no sé si me explico.

Dejando la literatura: la niña nació con una especie de desorden neurológico, no es retrasada, pero tampoco tuvo nunca una capacidad intelectual dentro de los parámetros que han dado en llamarse “normales”. Contaba la Arpía como en más de una ocasión habían tenido que salir corriendo de noche de este barrio, por entonces un fin del mundo rodeado de barro y… nada, con la niña en brazos camino de un médico y de cómo la arpía se la encasquetaba en la mantilla “para que se me muriera a mí”, decía la Arpía. Afortunadamente la niña, Solita, salió adelante, de aquella manera, pero salió adelante. Aprendió de su madre a fumar y el mal carácter, el armar mucho ruido, el hablar a voces y poco más. De su padre, que yo sepa y gracias a Dios, no aprendió nada. Nunca pudo desarrollar un trabajo merced, parece ser, que a esas alturas la Arpía ya no estaba y por tanto no tengo fuente de información bien informada, a unos ataques que le dan ocasionalmente, si pudo, en cambio, desarrollar un gusto por la ropa de colorines, los escotes muy profundos y bien lucidos y los pantalones muy bien ceñidos. Por aquel tiempo se hicieron célebres en el barrio los cinco paquetes de tabaco que consumía su Santa Madre y las gloriosas eses que trazaba su padre por la calle, ah, y las gloriosas heces que dejaba en el portal una noche sí y otra también. El mayor de los hermanos se buscó un trabajo lo más lejos posible de su familia y rompió radicalmente con ellos. El pequeño, en cambio, se quedó cerca y mantuvo la relación. Así Solita dejó de ser una jovencita para ser una joven, luego una mujer y más tarde una mujer que empieza a ser madura. Murió el padre, no recuerdo de qué, y a la madre dejó de vérsela por la calle, no por luto, no. Es que estaba sometida a una tienda de oxígeno de la que solo asomaba la cabeza para fumarse sus cinco paquetes y darle al whisky. Así se fue deteriorando hasta que pasó lo que tenía que pasar. Solita se quedó sola en la casa con el apoyo de su hermano que ya tenía familia propia. Bueno, sola, sola, no me atrevería a asegurarlo pues, dado que damos al mismo patio y las cuerdas de tender son muy delatoras, comenzaron a verse en ellas prendas íntimas de un alto nivel erótico-bordado y unos pantalones más largos que ella, que es más bien menuda. Sobre la lencería de Solita no hay más que decir (de hecho, sí habría mucho más que decir pero más bien en un manual de erotismo y sensualidad, no aquí) pero sí sobre los propietarios de esos pantalones. Ella es una mujer apetitosa carnalmente, pero sobre todo alguien fácil de engañar para meterse en su casa, vivir sin pagar una temporada y largarse sin más. A falta de la Arpía que me tendría al tanto, creo sinceramente que esto es lo que ha ocurrido y no una sola vez. Por otro lado, dado el funcionamiento de su cabeza y que la sexualidad no la rige la cabeza sé a ciencia cierta por quienes vivieron esas situaciones cerca de ella que la sexualidad explosiva de los veintitantos no estaba en absoluto controlada sino que se desparramaba a la menor ocasión creando problemas a quienes iban con ella y se sentían en la obligación de protegerla. En fin, no hace falta explicar más. He comentado que Solita había aprendido de su madre el mal carácter. Cierto. Muy cierto. Demasiado cierto. Tanto que no tardó demasiado en romper las relaciones con el segundo hermano, un buen hombre que se preocupaba de ella y hacía lo que buenamente podía pues tenía familia propia y quizás le impidiera hacer tanto como hubiera querido, nadie es siervo de dos amos. Una cosa trajo a la otra y hoy son las administraciones públicas quienes administran su vida y hacienda. Es un personaje entrañable, desagradable y escandaloso por las cuatro calles que conforman el barrio; todos la queremos pues hemos visto desde su nacimiento hasta ahora pero nadie la quiere cerca, a menudo hostil aunque su hostilidad se reduce a pegar cuatro voces, a menudo pegajosa y empalagosa empeñada en contarte cosas que no le interesan ni a ella y siempre, siempre ruidosa en extremo.

De un tiempo a esta parte cada vez que me he ido encontrando con ella tenía hoy un brazo en cabestrillo, se había caído del sofá, otro día una muñeca rota, se había caído en la calle por un coche, llevando muletas pues se había descuajaringado una pierna. Parecía un rosario de lesiones que a algunos, mal pensados con retranca, nos llevó a pensar si no seguiría la tradición familiar de darle al vino como le da al tabaco que ella sola podría mantener Tabacalera. Repito: somos muy mal pensados, es más somos muy mal intencionados y, en suma, un poco cabrones quienes esto pensábamos. Confío en que fuéramos minoría. Digo tal cosa por que hará un mes o mes y algo me encuentro a la ambulancia del SAMUR en la puerta de casa y a sus vecinos de al lado esperando en la calle. Lógicamente pregunté que qué pasaba, más que nada para dejar libre el ascensor, pues soy de quienes piensan que en casos como éste si no puedes ayudar lo mejor es no estorbar. Habían oído ruidos extraños y habían llamado al 112 o eso me pareció entender. Ahí quedó la historia. Pensamos que habría sido una de sus caídas, la pobre lleva ya tantísimas que no extrañaba en absoluto. Sin embargo, hoy he preguntado a un vecino más cercano a ella que los demás. Está ingresada en una residencia. Como consecuencia de su problema neurológico o intelectual o lo que sea la muchacha sufre unos mareos terribles que acaban en caídas y huesos rotos o desvencijados. Las administraciones públicas han decidido internarla, pues a todos los efectos Solita está sola y no la consideran capacitada ahora mismo para cuidar de sí misma. Así que, llorando, tuvo que irse de su casa, de su entorno, de la gente que la apreciamos aunque no hayamos sabido ver el modo de ayudarla y de cuanto conoce. De momento es provisional hasta ver si estabilizan el problema pero ¿nos podemos imaginar el horror si no lo es? Las residencias son un poco jaulas de oro, o de plomo, pero jaulas. Beneficiosas, quizás, deseables, nunca. Solita está viviendo un ritmo que no es el suyo, en un entorno hostil que no conoce, que no sé hasta que punto tiene capacidad para acabar haciendo suyo, sin visitas de caras amigas, de familia, tirada bajo el anónimo, aunque aceptemos que bienintencionado, gobierno de las instituciones públicas. Ajena y, en realidad, traicionada por todo cuanto pudiera haber considerado amigo, amable, querido. Sola en medio de un sistema que, como todos, es ciego y sordo, sin lo que llaman “habilidades sociales” algo que aquí, en su habitat natural, todos teníamos asumido, pero que fuera no le va favorecer el entablar aun las más superficiales relaciones. Tendrá unos cuarenta y pocos años, aun lozana y con muchos años por delante. Si su cabeza se da cuenta de todo esto, no quiero ni pensarlo….

11 comentarios:

  1. Una historia tremenda como hay tantas en los barrios anonimos de las grandes ciudades. Muy bien narrada Joaquin, me ha enganchado. Un abrazo.

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    1. Como muy bien dices es una de tantas, sin añadidos literarios más que los obvios. Desgraciadamente no estamos en un barrio anónimo, somos como un pequeño pueblo incrustado entre dos cortes de una gran ciudad y lo peor es que estas historias ya ocurren también en los pueblitos. Gracias por tus palabras sobre mi narración.
      Un abrazo

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  2. Ando muy llorón... hay una peli viejita mexicana que te recomiendo veas... la Inocente con Meche Carreño y es algo similar con otros matices más de estos lares, es una peli genial y también pense en La Lola de cafe quijano.

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    1. Llorar no es nada malo, yo por naturaleza soy poco llorón pero cuando abro la espita, mal vamos.
      Tengo en cuenta tu recomendación para cuando tenga algo más de tiempo. Gracias por ella.
      Un abrazo

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  3. Esta en you tube por partes la inocente

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  4. Menuda historia más tremenda, desde luego se te queda el alma encogida.

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    1. Lamentablemete, sí. Y cuando te asomas y no ves su lencería de encaje, sus ventanas cerradas y no escuchas sus gritos al entrar en el bar a comprar tabaco aun más. Lo peor es que en pocos meses todos nos habremos olvidado de ella. Daremos por sentado que todo le va bien y ni nos tomaremos la molestia de dedicarle una tarde para comprobarlo. Se borrará de nuestra vida. Como si nunca hubiera nacido.
      Un abrazo y gracias.

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  5. Pobrecita. Una historia desgarradora, y no sólo el presente sino también toda su vida. Creo que, antaño, a estas personas se les solía conocer como "cándidas", en el lenguaje popular, y no sé si ese sería exactamente el caso de Solita. Aunque el capítulo de la lencería ya no resulta tan cándido, jeje. Sin duda una mujer que, a pesar de sus limitaciones, no se ha privado de buscar su propia felicidad. Son personas que necesitan mucho cariño y comprensión, y, aunque me consta que entre el personal sanitario hay personas que se entregan a ello de todo corazón, quizás ella no tenga la suerte de coincidir con ellas, y nunca será lo mismo que estar con los suyos. Quizás se reponga y pueda volver pronto a casa, y vivir dignamente toda esa vida que le queda aún por disfrutar. Ojalá. Un fuerte abrazo, Joaquín.

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    1. Biueno, creo que quizás me he expresado mal, ella no es retrasada mental, sino algo que no llega a serlo. Por lo que sé su cerebro es como un puzzle en el que están todas las piezas pero no acaban de encajar. No, cándida, precisamente no es, pero quizás a ese aspecto cabría llamarlo natural ante ese tema. Si, existe gente que dan cuanto pueden por los pacientes/residentes pero no dejan de ser eso: pacientes.
      Gracias por leerme
      Un abrazo

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  6. Yo también fuí niño cotilla pero con malísima memoria. Empiezo a pensar por lo que dices que el olvido no es tan malo.
    Me gustan estos personajes que nos traes.

    Un abrazo

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    1. Fui y soy cotilla, por eso soy historiador. Legitimación del cotilleo. En cuanto al olvido habría que matizar. Hay que saber olvidar, dominar el arte del olvido conveniente o el arte de fingir olvido. Ambas deberían tener musas propias. Yo desde luego no domino sus vericuetos.
      Sólo hay que mirar y aparecen, eso sí, hace falta un poco de mala uva para mirar, pero aparecen solos.
      Un abrazo y gracias

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