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jueves, 15 de mayo de 2014

Reflexiones irreflexivas sobre San Isidro, patrón de Madrid


Uno siempre espera que se le haya echado de menos cuando lleva más dias sin subir nada pero no sé hasta que punto esa esperanza tiene sentido. Cierto que tras la última entrada quise darme un periodo de reflexión y replantearme un poco que era esto del blog y qué quería hacer yo con él. Como sigo sin saberlo pues tiro para adelante y si sale con barbas San Antón y si no la Purísima Concepción, perdonadme si hoy se me escapa algún casticismo que otro pero es que hoy es San Isidro Labrador, Santo Patrón de la Ciudad, perdón, Villa, que no tenemos rango de ciudad, de Madrid. 
Dice la tradición que milagrosamente brotó una fuente en lo alto de una colina junto al Manzanares, nuestro modesto río (que lleva sin ser colegio vacaciones en verano y solo curso en invierno) y que esa fuente resultó ser curativa por demás, constrúyose una modesta capilla, rozando lo miserable, a decir verdad, y se convirtió en centro de peregrinación y romería. Finalmente se rodeó de tres cementerios, San Isidro, San Justo y Santa Maria, y hace no tanto un tanatorio todo lujo y tronío en medio de lo que de siempre se ha llamado la Pradera de San Isidro, hoy Parque de San Isidro. Ahí, se celebra la romería madrileña por excelencia. Yo vivo abajo, al final del despeñadero que lleva a la ermita. 
Acabo de llegar de mi visita anual a la romería y vengo con una especie de batiburrillo mental no alcohólico que me invita a estas reflexiones irreflexivas.
Según avanzaba a las diez de la mañana poco a poco se iba perfilando la ermita entre la humareda de las frituras de gallinejas, entresijos, chorizos en no sé cuantas variedades, churros, morcillas, porras, calamares, creo y otra gama casi infinita de cosas que seguramente ni siquiera sé que se puedan freir. Claro, lloro, y es que no lo puedo evitar, cuando veo esa silueta me sube un no sé qué que sé yo que me abre el grifo, en el Prado ante el cuadrito que encabeza esta entrada es que soy un torrente en cuanto esté más de dos minutos. 
Cuando era niño lo clásico era un amplio surtido de puestos de cerámica, cacharrería más bien, de ahí el otro tapiz de Goya, hoy hay uno casi escondido. Ah, bueno, también había puestos de juguetitos, barquillos, manzanas de caramelo -lo cual era una trampa pues creías que era un caramelo gordo y de repente, zás, una fruta-, abundaban los pequeños puestos que vendían sombreros, aparte de la típica parpusa (gorrilla a lo chulesco) que por cierto no está concebida para cabezas un poco hermosas pues no he logrado nunca una de mi talla, se vendían sombreros cordobeses, militares y demás, hechos de cartón. No había San Isidro que no volviera yo con mi sombrerito de legionario y Don Nicanor Tocando el Tambor.
Este es Don Nicanor Tocando el Tambor, para quienes no lo recuerden o no lo hayan conocido nunca, un artefacto diabólico por el se sopla y tirando de un cordoncito tamborilea, hay artistas que hasta interpretan El pequeño tamborilero pero en manos infantiles es un arma con alto poder destructivo. A veces era peor pues me combran un cornetín de plástico que ni menciono como sonaba. No sé por que enseguida se perdía el pito y tenía que tocar en silencio. 
Hoy Don Nicanor ni aparece y los únicos sombreros que hay son las parpusas y unos convencionales de los que hay en cualquier tienda, en cambio hay miles de fundas para móviles, ipad y cosas raras de esas. 
Supongo que habría puestos de cervezas y comidas, pero como por entonces carecía de hambre y cuando lo tuve me pusieron a régimen, el asunto no me incumbía. Lo clásico era llevar la tortilla a que se llenara de hormigas y comersela sentados en la Pradera, con las consiguientes broncas sobre el la elección de lugar y tal. 
Hoy cabría decir que la Romeria de San Isidro se ha convertido en un foro gastronómico cutre de todas las comidas explosivas de esto que antes se podía llamar país sin ser políticamente incorrecto ni con uno mismo. Empachado vengo de sólo mirar tanta empanada, bollo preñao, pan de peregrino, tartas de Santiago y de no sé donde más, quesos de León y demás alimentos ibéricos de los que pondrían a prueba cualquier estómago no acostumbrado.
Soprendentemente hoy he visto mucha más chulapona que otros años, iba en declive pero este año ha vuelto a resurgir, en todo su esplendor, es decir en su infinita modestia pues debe ser el traje "regional" más barato de todo el reino. Mantones aparte, claro, que ahí ya.... ca uno lo que puede. Para compensar, sólo música en inglés o sudamericana de esa que parece pensada para calentar antes de... Nada que pudiera sonar a madrileño o simplemente sonar a algo. Lo mismo pasa con los menús, que junto a los tradicionales entresijos leemos cosas que ni sé que son pero por la hermosa sonoridad de sus nombres parecen importaciones de hispanoamérica, una riqueza añadida que preferiría ver aumentar a cambio de que descendiera la musical, porfa. 
Otro clásico de mi infancia extinto era el bastón de caramelo, sí como los que se ponen en los árboles de Navidad pero más grande. Incluso los había de metro y medio. Blancos con lineas de colores que se enredaban en espiral a lo largo del bastón. Me gustaba verlos pero jamás los comía. Lo que si me gustaba es que había en los puestos de cerámica cacharritos pequeños, como de juguete y siempre me hacía con alguno.
No se puede cerrar el capítulo de ventas sin mencionar las rosquillas del Santo que debe ser uno de los dulces también más modestos que imaginarse pueda. Las clásicas son de viento, tontas, listas, de la Tía Javiera -que no sé ni como son- y a estas bases se han añadido de limón -las que parece que arraigan más-, de fresa y lo que se nos ocurra. Básicamente si se quiere comer una buena rosquilla del Santo, mejor no correr el riesgo de comprarla en la Pradera, a menos que se sea aficionado a la ruleta rusa. 
Hubo un tiempo que por circunstancias no subía en San Isidro a la Pradera, mi vecina, entonces como subia con toda su familia siempre tenía el detalle de bajarme una bolsita con un par de cada una de ellas. Cuando mis gorduras rebosaron y me pusieron a régimen aun más estricto y sabiendo que no podía comer esas delicias no había año que esa pobre mujer no bajara con un detalle, un botijito, un delfín de escayola, un lo que fuera que ese año estuviera a la venta fuera de lo comestible. Desde que perdió la cabeza y poco después murió y un poco por homenaje a ella soy yo quien se compra algo de San Isidro sin olvidar nunca la atención que ella prestaba a no volver nunca de La Pradera con las manos vacías sin un regalito para mí.
A veces cuando miras a un lado te parece estar las obras del Goya de los tapices sólo que con el traje cambiado, pero otras lo que se te viene es más bien lo contrario que, curiosamente, también lo pintó Goya.
Y es que hoy por ejemplo me he cruzado con el presidente de la autonmía y el año pasado con la Botella y hasta en cierta ocasión estuve en la pradera al mismo tiempo que la Aguirre y eso desborda con mucho las pinturas negras. 
Hubo un tiempo en que tenía cada año que comprarme un par de jarrones del cacharrerío barato. Era absolutamente necesario pues tenía un gato, mi gato, que acostumbraba a echar la siesta encima de la mesa y su inevitable tapetito de encaje o lo que fuera aquello, como siempre había alguien que le echaba, al saltar enganchaba el tapete, el florero rodaba y si no andabas muy vivo o tenías mucha suerte, acababa hecho pedazos, por eso había que comprar un par de ellos, uno al menos seguro que caía. El último que compré fue en San Isidro del 96 y no le dio tiempo a rompérmelo, ahí está, azul, con peces que parece la decoración de una piscina de los cincuenta, casi esperando que alguien lo rompa. Por cierto, el otro que compré aquel San Isidro anda rodando sin valer para nada. 
A veces cuando salgo con la cabeza un pelín menos entontecida de lo habitual y paseo por mi barrio, tan lleno de una historia casi marginal a la oficial, entre la Quinta del Sordo, San Isidro, Las Sacramentales, la Ermita de la Virgen del Puerto, el Puente Segovia, y un poco más allá San Antonio de la Florida, por un momento, sólo por un momento me parece sentirme parte de algo y no ser tan sólo un eslabón sin cadena.



2 comentarios:

  1. Yo impondría el traje goyesco y la representación de escenas dieciochescas a modo de belén viviente. Prohibiría la fritanga y exigiría, sobre el mantel en la hierba, tortilla de patata, ensalada y filetes rusos que son muy madrileños. Y mínimo una señora entrada en años y en carnes por grupo. Demostrar que no eres político para acceder a la pradera y por último obligar a las infantas a currárselo y pasear todo el día en calesa saludando al pueblo.
    Tu que eres del barrio, porfa, eleva mis plegarias.

    ¡Feliz san Isidro!

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  2. Las suscribo, añadiendo la supresión de toda música que no sea castiza, Olga Ramos como tope de modernidad, por lo menos la mañana de S. Isidro, las Infantas, con mantilla, por supuesto, y mucho cacharreo. Ya digo, aunque sólo fuera la mañana del Santo.
    Que el Santo nos escuche, y que no se haya aficionado al regatón, por favor.

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