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sábado, 11 de octubre de 2014

Una historia que no valía la pena (Cuento)

 En mi "excavación" casi arqueológica entre viejos textos me he encontrado esta nadería de 1991 que pensaba deshechar sin más pero que en una segunda lectura después de tanto tiempo me ha parecido que vale la pena rescatar. No sé, me ha hecho gracia. Ya me contaréis.

“A
 veces la página en blanco es un campo seco y pedregoso". Como lamento de escritor sin ideas quizás no esté mal, como inicio de una narración es, sin duda, nefasto. Sin embargo la realidad es poco más o menos así, claro que el acto de contar no tiene por qué ser necesariamente un calco de lo que estamos acostumbrados a vivir, ni tan siquiera tiene que seguir los cauces habituales o el desarrollo lógico del espacio y/o el tiempo.
            Claro que teorizar sobre una actividad no la sustituye y que si yo hubiera encontrado en mi mente calenturienta por demás una historia de mayor o menor envergadura no estaría escribiendo estas líneas sino otras en las que las palabras dieran forma, medida y movimiento a personajes que harían, dirían o pensarían algo. La primera línea de este texto, cuyo desarrollo no veo muy claro todavía, estaba pensada para iniciar un cuento de diez o doce Din A 4 con márgenes de 10-70 en el ordenador, por supuesto a dos espacios; sería absurdo presentarlo a la posteridad manuscrito en papel cuadriculado y a pluma como estoy haciéndolo, por cierto que la pluma es nueva y conserva aun el trazo fino y hasta diría que elegante a pesar de mi letra, que he de confesar bastante fea, en cualquier caso alguien debería escribir algo bonito y sabio sobre el simple y puro gozo de deslizar el plumín por el papel, es un placer casi tan perfecto como sostener en nuestras manos el peso de una edición bien encuadernada de un buen libro.
            Iba diciendo que la primera línea, esa de "a veces la página en blanco es un campo seco y pedregoso", tenía que haber sido el principio de un cuento en el que un hombre intentara escribir algo, a lo mejor una carta, que siempre dio mucho juego el género epistolar, pegado un escritorio de los antiguos, aquellos muebles con persianas, escribanías, cartapacios, tinteros de claro cristal, minúsculos cajoncitos, sobres con membrete, abrecartas, y, sobre todo, compartimentos secretos donde ocultar a miradas ajenas e indiscretos chafardeos un revolver, un pagaré, o una carta de amor. Obviamente una carta escrita en una mesa de despacho rectilínea con un calendario enfrente que nos recuerde, que le recuerde al protagonista, que todavía le faltan quince días para cobrar tiene un valor literario cualitativamente distinto que, desde luego, no era el que yo buscaba cuando abrí el cuaderno y me puse a escribir.
            El hombre ante el escritorio era la primera idea, la única si he de ser franco, por eso se me ocurrió la pedantesca frase ya entrecomillada dos veces en las escasas páginas que llevo escritas y que, por tanto, me abstendré de transcribir de nuevo; como a mí no se me ocurría nada, pensé que no estaría mal que a mi personaje tampoco se le ocurriera, concepto que expresé, como se ha visto, de una forma radicalmente equivocada, además de impregnada de una ampulosidad más de acuerdo con los postulados literarios del siglo XIX que con el uso cotidiano del idioma.  Sírvame de disculpa para el anacronismo la influencia que las imágenes de aquellos muebles ejercen sobre quienes entendemos el ejercicio de escribir como un placer estético, y en la estética no cabe excluir el confort, un cierto grado de confort, que tampoco pedimos lujos de sátrapas persas, así como no se debe olvidar tampoco un mínimo reducto de intimidad absoluta.
            Resultaba casi inevitable que el hombre que escribe, o intenta escribir, la carta, o cartas, estuviera rodeado de un ambiente decimonónico y algo decadente; si, la decadencia plástica era imprescindible a la narración pues el protagonista, aun sin bautizar, mientras mantuviera su pelea privada con la carta, buscando el modo de decir algo a alguien, tendría tendencia a perder la mirada sobre los objetos que le rodearan para recordar o evocar, recurso, sin duda fácil, que permite ejercitarse en descripciones con graduales y expresivas cargas dramáticas al mismo tiempo que recrearse en los objetos; !vaya por Dios¡, en pocos renglones he repetido "objetos", espero que al mecanografiar no se olvide sustituir "objetos" por "cosas" aunque detesto la palabreja.
            Hasta ahí todo era más o menos razonable, así que, irresponsablemente, me permití lanzarme a plasmar la primera frase sin meditar seriamente las consecuencias; ahora viene lo malo. El hecho de que un hombre, por muy prototípico que sea, escriba una carta no tiene interés literario sino como nexo y siempre en relación con dos elementos que no había tenido en cuenta en mi proyecto narrativo: contenido y destinatario. Ambos conceptos continúan siendo imprescindibles aunque, como en el caso de mi cuento, la carta no sea el lazo entre protagonista y deuteragonista (habrá que suprimir esto pues queda de un presuntuoso que tira de espaldas), entre dos personajes (queda mucho mejor), sino la protagonista principal, eje y espoleta, por así decirlo, de la historia que debería construir apoyándome en ella y en el esfuerzo que a mi hombre pegado al escritorio le costaba escribirla. Para que ese papel, que debería viajar en sobre con sellos de, por ejemplo, Don Amadeo, tuviera la fuerza suficiente para tan importante misión como yo le había asignado tendría que decir algo muy importante. Soy de esa clase de escritores que todavía no concibe que una misiva que se reduce a dar y pedir el parte médico familiar sea material para una narración por breve e intrascendente que esta sea y por modestas que sean sus pretensiones literarias. Ay  Señor, he vuelto a repetir, habrá que corregir también aquí.
            Pocas cosas a través de la vida del hombre (he de cambiar "a través" y poner "a lo largo"; esto me pasa por no pensar la frase completa antes de empezar a escribir, es que no aprendo). Decía que a lo largo de la vida de un hombre pocas cosas hay que le cueste tanto decir o explicar en una carta y de esas pocas hemos de descartar aquellas que implican situaciones económicas angustiosas pues requieren, a mi corto entender, un tratamiento más largo del que permite un simple cuento. Las que quedan tienen que ver con dos realidades, casi cabría decir "con las dos realidades": el amor y la muerte, eso sí, para el papel que deberían jugar en el cuento han de ser propias, costaría mucho entender las dudas del hombre ante el escritorio de otro modo. En otras palabras; tiene que tratarse de una carta de amor, en cuyo caso resulta mucho más cómodo que esté destinada a una mujer, o de una despedida, lo que permite una gama más amplia de receptores. Aunque, a priori, me incliné por el apasionado tratamiento que permite la primera opción en lo relativo a recursos como ropas, alabanzas a la belleza de la dama y protestas de un irresistible frenesí erótico, estoy seguro que, de haber continuado escribiendo, habría escogido la otra posibilidad. La despedida a causa de una muerte inminente resulta, al menos para mí, tema muy sugerente, pero ha sido tratado demasiadas veces y por mejores plumas que la mía; si añadimos a esto el hecho de que, dado el entorno en el que casi involuntariamente había enmarcado al hombre del escritorio, las opciones que se me ocurrieron en un primer momento (suicidio, tuberculosis o duelo) resultan tan sobadas como poco convincentes el resultado es que, sin dejar de lamentarlo, me vi obligado a abandonar la historia de un hombre ante un antiguo escritorio. Lo cierto es que era una historia que no valía la pena contar.

2 comentarios:

  1. Ya lo creo que valía la pena contar esta historia. Es muy ingeniosa y está muy bien escrita, creo yo.

    Un abrazo

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    1. Pues mira cuando la terminé me pareció una tontería pero ahora al revisarla me ha parecido que tiene su aquel e incluso su alquelotro. En cualquier caso algún título hay que poner
      Gracias.

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