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domingo, 23 de diciembre de 2018

CUENTO DE NAVIDAD 2018: EL CALDO

 Creo que uno de los pocos días en que en este país estamos todos pendientes de lo mismo es el 22 de diciembre y su sorteo de lotería. La mayoría jugamos sólo en este sorteo, pero por que hay más tradición que esperanza de salir de pobre. Es un bello acto socio familiar, tan absurdo como todos pero tan entrañable como muchos. Hay algo más: los niños de San Ildefonso con su campanilleo cantarín vienen a equivaler al chupinazo o al banderazo de salida: Llegó navidad y como tal queda inaugurada. Quienes miramos las calorías nos sentimos ya con bula y nos lanzamos ávidos como zombis sobre los frutos prohibidos. Los demás contamos los días de que disponemos para lo que sea: comprar regalos, ir a ver a la tía Liboriana a la residencia o llevar a los niños a ver tal o cual Nacimiento célebre. Vamos que queda inaugurada esta Navidad del 18
 "Y tampoco me ha tocado nadaaaaaaaaaa"
 
 Normalmente el Cuento de Navidad anual suele llevar entrada aparte pero, como a tanta gente me ha pillado el toro y no tengo días para que llegue antes de Nochebuena así que aquí va.
Ante todo una dedicatoria: a las Lolas, Carmenes, Maripepas, Engracias y demás que tanto se esfuerzan por "entonarnos el estómago" en estos días resacosos.

COMIDA DE NAVIDAD: (EL CALDO)

 

Paréntesis localista: he vivido siempre en Madrid así que aunque me figuro que, sobre poco más o menos en todas partes habrá platos con las mismas historias este relato va sobre ese caldito al que los madrileños parecen venerar.

            Doña Maria de los Dolores, Lalola para los amigos, se ha levantado temprano el día de Navidad para hacer su famoso caldo que, dicen, resucita a un muerto, pero que es mucho más útil en su otra cualidad de asentar estómagos resacosos. Las malas lenguas decimos que una vez que ha entrado El Caldo en el cuerpo éste tiene que dedicarse por completo a digerirlo no pudiendo perder energías en  resacas y otras frivolidades, pero eso sólo lo decimos las lenguas maledicentes que hemos probado El Caldo (permítaseme el nombre propio) o alguna rebanada de él al menos. Hace quince años y aun se me viene a la boca su densidad. Conste, sin embargo, que sólo lo decimos las lenguas viperinas, bueno, para ser sinceros no nos atrevemos a decirlo, lo pensamos o, como mucho, lo susurramos asegurándonos bien de que nadie nos oiga. Que seamos venenosas no implica necesariamente un suicidio socio-familiar. El Caldo de la mañana de Navidad es tan sagrado como el Niño Dios, de hecho, más pues siempre acaba estorbando para colocar la bandeja de langostinos y se le arrincona de cualquier manera. Da igual que vendieras tu alma al mismísimo Belcebú por café, un humilde cafelito con su tacita, aunque fuera sin azúcar y aunque la taza no tenga asa y te abrasases los dedos, da igual, por más que intentes llegar a él colándote por los más secretos resquicios de la cocina Lalola acaba plantándote un tazón de medio litro de El Caldo con el que no te abrasas los dedos sino la mano entera. Y es que Lalola tiene un peculiar concepto de la temperatura, para ella “un caldito calentito” está dos grados por debajo de provocar un incendio; y también es peculiar su idea del aparato digestivo pues la frase termina con “entona el estómago”. Según ella nada mejor para “bajar” el cordero, los langostinos, el jamón y demás entrantes de la cena que aun andan bailando la conga en tu aparato digestivo que un “caldito” hirviente y con tres o cuatro de grasa visible. Mas como Lalola es de buen corazón te echa una mano con el mantra de “y con esto ya te quedas nuevo” y añade un buen chorro de vino que, si bien no a evitar el bombazo de El Caldo en tu estómago, al menos evita que el esófago sufra quemaduras de tercer grado y, además, si no te quita la resaca inicia (retoma más bien) la cogorza navideña. Y tú sólo querías una dosis de cafeína.

            Si eres un poco hábil es posible que entre los parientes dispuestos a seguir alimentando la melopea de la Nochebuena con tres o cuatro cervezas, te escapes y logres hacerte con tu añorada dosis que, al llegar a las capas de grasas en guerra a muerte con los jugos gástricos, rebota con muy variadas consecuencias, sobre todo cuando te meten poco menos que a punta de pistola dos cañas y una tapa de chorizo picante de dudosa procedencia o de pimientos de Padrón que “unos pican e outros…” también. Se vuelve a casa medio arrastrando a la abuela centenaria que clama por un quinto vermut y lo que uno se encuentra apenas ha puesto el pie en el piso es con una tacita de El Caldo “para entrar en calor”. La voz de Lalola se alza: “ a ver, hoy se come de sobras, que anoche no me comisteis ná. Hala, a la mesa. Un par de horas después por fin estamos todos sentados delante de “las sobras” de anoche, con las que podría alimentarse a un escuadrón de infantería, a las que hay que añadir el cocido con sus tres vuelcos causante, culpable más bien, de El Caldo. Lalola, siempre cargada de buenas intenciones anuncia que para “entonar el estómago” ha preparado una sopita de fideos con lo que quedaba de El Caldo.
 
En fin que como siempre y de todo corazón os deseo a todos una muy feliz Navidad


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