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jueves, 18 de noviembre de 2010

Uno más

No sabe cuanto tiempo lleva ahí, tirado en un sillón. Era de día, ahora es noche cerrada pero ¿de ese día o de otro tres o cuatro dígitos del calendario posterior? Ni lo sabe ni, en este preciso instante, le importa lo más mínimo. Tampoco tiene sensaciones físicas, apenas una vaga consciencia de sí mismo como algo diferenciado de la butaca o de la oscuridad que le rodea. La luz del teléfono avisándole de las llamadas recibidas no parpadea. Silencio óptico. Puede llevar ahí cuatro, seis días, pero el punto rojo de luz no ha aparecido. La boca seca, los pantalones mojados y malolientes, la certeza inexplicable de un vaso cerca de su mano, el ajeno sonido del ascensor que sube y baja son levísimas percepciones que ensucian la oscuridad que le difumina. Un átomo de energía que se extingue le hace preguntarse si tiene los ojos abiertos. La interrogante queda suspendida en el aire, sin respuesta posible. Fuera, está seguro de que hay una ventana cerca, hay, quizás un lejano sonsonete de ciudad. No siente necesidad alguna de comer, beber, lavarse o moverse, no debería ser así, claro que nunca es nada como debería ser, ni siquiera el dolor o la oscuridad que le envuelve.

Meses después le encontraron los bomberos y en el teléfono la luz roja no parpadeaba, si no hubiera sido por los gatos del vecino..

3 comentarios:

  1. Qué triste, cari... siempre me ha impresionado esas noticias de "los vecinos alarmados por el olor que desprendía la vivienda..." y no sigo que ya sabes lo que se encuentran siempre, "era un señor muy educado que siempre saludaba en la escalera".

    Bezos.

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  2. Sí, a la gente los asesinatos y demás cosas no les cuadra si quien fuera saludaba cuando iba a comprar el pan... y quien fuera que esperaba que llamara, nunca llamó :(. Si está claro que lo peor que se puede hacer es esperar, o dejar de vivir mientras se espera.

    Besos

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  3. Hoy me han explicado un caso similar, da miedo pensar la soledad en la que vivimos.

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