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miércoles, 16 de febrero de 2011

Maria Antonia Eme Punto. (Sexta entrega)

A partir de aquí la historia se fragmenta y ya la voy conociendo a retazos sueltos pues las fuentes –las hermanas, por ejemplo- habían roto con ella y por tanto, como tantas veces, los buenos historiadores han de trabajar con materiales secundarios o terciarios al mismo tiempo que con la única fuente directa de que disponen, en este caso Maria Antonia M. que, como cualquier enamorada, no era de fiar y menos aún cuando no pensaba en admitir errores, fallos o simples imperfecciones. Era mucha Mari, La Mari.

Por terceras personas supimos de una anécdota que dice mucho de nuestra Mari. En cierta ocasión escuchó a dos vecinas de las de toda la vida, sí, justo esas vecinas con las que siempre conviene estar a bien por que si hoy te apuñalan mañana pueden ser quienes llamen a los bomberos o eviten que te desangres. Aquel día tocaba puñalada. “Mira tú, la patizamba, casarse a sus años (serían treinta y pocos)”, “Y anda que pa casarse con un cojo”. Entonces mi Maria Antonia M. dejó salir a su Pacorra y saliendo al rellano soltó: “Será cojo, pero de la polla no cojea, como otros”. Francisquita ya tenía poco que hacer con ella, estaba claro.

Un día despidieron a Juanjo, según ella por que los jefes eran unos golfos, los demás decían le pillaron borracho varias veces haciendo el reparto. El caso es que ahora dependían de la pensión de Don Luis. No sé como consiguieron colocar a Juanjo en una portería mientras sus dolores de pierna empeoraban, en estas estaban cuando Maria Antonia M. decidió dar su penúltimo salto mortal: tener un hijo.

Decisión poco aconsejable que hizo que todos se llevaran las manos a la cabeza. Aquellas caderas no podrían sostener el feto, ni abrirse para el parto, aquella espalda no soportaría su peso, aquellos megadeformes tarsos y metatarsos se debilitarían aun más sin contar con la edad de la madre. Pero, como ya hemos visto pocas cosas, si alguna había, eran capaces de detener a Maria Antonia M. Su médico de siempre comprendiendo el dengue ese del reloj biológico y, desde luego, muchas más cosas que los demás, le admitió la barbarie con las premisas de parto por cesárea –entonces no se hacían tan frívolamente como ahora- y de que le sería imposible amamantar a la criatura. En estas estábamos cuando Don Luis dejó de leer el Espasa, vamos que el hombre pasó a mejor vida y con él se llevó la pensión lo que permitió a las hermanas y demás decir y pensar “¿ves?”, sobre todo cuando a Juanjo le volvieron a despedir también por la misma causa, en el mejor de los casos. Malas lenguas hablaban de cosas más serias pero lo hacían bajito por que no pude enterarme del todo, pero “juego” y “robo” fueron palabras que se susurraron demasiado. La niña nació preciosa y según lo previsto, la familia la llenó de juguetitos y gilipolleces variadas pero escamoteando cuidadosamente nada con que comprar, por ejemplo, la leche o los pañales. La maternidad no apagó el brillo de Maria Antonia M., todo lo contrario, todos sus porqués estaban resueltos, pero tampoco su rabia creciente que se expresaba en un lenguaje digno de mejor pluma que esta pero que resumiré como mortal de necesidad.

Pronto la familia, según lo prometido, fue desapareciendo, y Juanjo, trampeando con empleos que le duraban más bien poco, y Mari pintando vaqueros de plástico a diez céntimos la pieza iban sacando a la niña adelante. Aumentaron los dolores del pie de Maria Antonia M. Hubo que operar y ya no hubo para ella clínica privada sino macrohospital de la seguridad social. Al médico, perdón, traumatólogo, que la atendió tuve el disgusto de conocerle, era de esa calidad humana que considera que para él entrar en un quirófano debería haber un practicable en el techo y bajar envuelto en una capa de lentejuelas rojas al ritmo de la Marcha de Pompa y Circunstancia o de La Cabalgata de las Valkirias, según la prisa que tuviera en rajar, desgraciar el hueso y coser, obviamente acabó en un cargo político.

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