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jueves, 7 de julio de 2011

Veinticinco años

Hoy está haciendo veinticinco años de la muerte de mi madre de un infarto, a las doce y cuarto de la noche, estrenando el día de San Fermín, para que nunca se pase por alto, el infarto se la llevó por delante, ese corazón tan familiar y entrañable que se está llevando por delante a toda mi familia, hasta ahora, que parece que los primos nos vamos escapando. Tenía cincuenta y cuatro años y aquella noche hacía frío. Sí, una noche fresca de un verano tórrido. Salimos corriendo a urgencias, con una de las hijas de mi vecina de al lado sujetando su cuerpo en el asiento de atrás, yo iba en el coche del vecino. Cuando llegué ya estaban allí la el vecino de enfrente y la vecina de al lado suyo, Pili. Una de las chicas que había ido con ella, lloraba en un ataque de histeria. Alguien me acercó un vaso de agua. Salió un médico y no pude moverme, Pili se volvió a mí y yo afirmé “Se ha muerto”, ella asintió y pasó su mano por mis hombros. El vecino de enfrente me miraba fijamente, dije que no podía sostener el vaso. Me lo cogieron. Momentos más tarde atravesé el vestíbulo oscuro del hospital sin más luz que la de la cabina de los de seguridad que me miraron extrañados. Era el único teléfono activo, eran más de las dos, la única luz. Llamé a parte de la familia. Sólo había oscuridad y los seguratas que jugaban a las cartas. Fueron llegando los vecinos, luego la familia. Y más tarde la espiral de horror se precipitó hasta hoy. Durante muchos años tal noche como anoche mi vecina de al lado sobre las once menos cuarto llamaba a la puerta, como por casualidad, y se sentaba a charlar hasta que pasaba la medianoche, sin mencionar nada, sin sacar el tema, eso quedaba para el día siguiente, para hoy, para mañanas como esta cuando nos oía salir camino del cementerio y nos daba unos billetes para que le pusiéramos un ramo de su parte. Su cabeza se fue y después ella también. Anoche viendo una película en la tele recordé la delicadeza de aquella mujer de pueblo, que apenas sabía hablar; hoy añoro a ambas.

6 comentarios:

  1. Las bellas personas siempre dejan un vacío imposible de cubrir, pero, si es verdad que se pasa a mejor vida, y que en la otra se compensan los sacrificios de ésta, seguro que tu madre será ahora completamente feliz en su palacio de luz. Yo perdí a mi padre justamente un 21 de junio, justo el primer día del verano, y todo lo que significaba esa fecha hasta entonces pasó también a mejor vida. Es mentira que esas cosas se superan, lo que pasa es que, de alguna u otra manera, se aprende a convivir con ellas. Y, al fin y al cabo, todos estamos de paso camino al Paraíso... Un beso y un abrazo.

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  2. La mía también me dejó entre enormes sufrimientos siendo yo muy jovencito. Eso cambió mi vida y me cambió a mi radicalmente. Ella ha sido y sigue siendo alguien muy presente en mi vida.
    En todo esto pensaba leyendo tu emocionante entrada. También me has hecho notar que no recuerdo la fecha de su muerte.

    Un abrazo.

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  3. La pérdida de alguien tan próximo siempre deja un vacío difícil de cubrir, también nos deja tantas preguntas sin respuestas.

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  4. que lamentable leer esto, un abrazo, no se que hubiera hcho si me pasaba a mi

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  5. :_( Lo siento; pero me alegra que lo recuerdes, y haberlo pillado

    Besoss

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  6. Te entiendo perfectamente amigo, yo perdí a mi madre hace poco tiempo de manera parecida, tenía cincuenta y un años... perder una madre debe ser una de las experiencias más traumáticas de la vida... quizás porque en el inicio de nuestras vidas fuimos con ellas un solo ser, respirando, latiendo sincronizadamente.

    Pero el amor no muere, y es necesario sentirlo con todo y fortalecerlo para superar la muerte física... ellas viven en nosotros.

    Un abrazo amigo.

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