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sábado, 1 de octubre de 2011

La taberna de mi barrio. Segunda y última parte.

La taberna de mi barrio, por lo que yo sé de ella, tiene más aspectos sociales; uno de ellos es la Dama Fantasmal. La conozco de vista desde niño, cuando nada había de especial en ella, una presencia cotidiana en la que, por serlo, no se ven los pequeños cambios, los pasos que un día tras otro se han ido sucediendo. Hoy se la ve sobre la una de la tarde vestida de pardos y verdes, perfectamente conjuntados aunque ya no se sepa si esos pardos y verdes son de esos tonos o producto de la pátina del uso y el abandono como su pelo: una hermosa cabellera suelta, fuerte, e impecablemente peinada pero de un color indefinible entre el gris opaco y el blanco marfil. No podría decir todo ello es debido a la suciedad o simple e inevitable deterioro. Camina despacio, casi arrastrando los pies, sus canillas escuálidas dejan las medias verdes holgadas, también arrastra un elegante bastón en el que no se apoya sino que la sigue como la cola de un antiguo vestido. La espalda recta, la cabeza alta, la boca fruncida, el color de barro a medio cocer, los ojos grandes y oscuros rehundidos y perdidos que no parecen ver. Nunca saluda ni habla con nadie y nadie parece verla, recorre la soleada acera hasta la taberna donde ya le tienen preparada media tortilla envuelta en papel de aluminio y media barra de pan. Luego se va arrastrando su bastón, la espalda recta, la cabeza alta y esos ojos que no te sorprendería ver al final de una escalera en una noche de tormenta con un candelabro chorreando cera reflejado en ellos.
Cuando llega la regordeta del diez apoyada, ella sí, en su bastón, con sus canas relumbrantes, con su aspecto de brutalidad suma concentrada en envase pequeño y casi esférico, con su sonrisa perpetua y su puntualidad irritante, ya tiene su mesa preparada y casi, casi, el plato puesto, a veces aparece uno de sus hijos, quizás el único, solterón devastado aún buscando pareja, con una mujer, cada vez una distinta, otro día hablaré de él. La regordeta del diez apenas altera su ritmo de comida cruzando frases hechas con el hijo, ignorando a la mujer.
Creo que no hay taberna de barrio o pueblo que se precie de tal que no tenga sus “pegajosos”. De hecho, son tan propios a cada una como la foto del torero o las tragaperras que nunca son iguales pero tampoco terminan de ser diferentes. Son el escalón siguiente a los populares y bestialmente llamados “tontos del pueblo”. Dado que mi conocimiento de la taberna de mi barrio dista mucho de ser exhaustivo he de limitarme a los “pegajosos” de la mañana y mediodía. El pegajoso es ese personaje, a menudo cercano al gorrón pero no necesariamente, que va de grupo en grupo intentando entrar en alguno, de parroquiano en parroquiano intentando trabar conversación sin darse cuenta de que ni los unos ni los otros le quieren en su compañía. El pegajoso mañanero es Jaime, pasa de los ochenta pero con su par de horas de gimnasio por las tardes como ha venido haciendo toda su vida. Tan sólo una levísima cojera –que él niega incluso cuando en los cambios de tiempo es más evidente- delata cierta edad. Desde bien temprano pulula de grupo en grupo por el bar, los domingos, de traje y corbata, sin encontrar quien le reciba de buen grado, el caso es que es de buen conformar y cuando alguien cruza con él dos frases tres días seguidos ya se le oye decir que Fulanito es “íntimo amigo” suyo. Servicial, amable y algo corto de luces –lo que no le ha impedido sacar una familia adelante no siempre en las más favorables condiciones- resulta patético en su deambular de un lado a otro del local. El único momento de dignidad que ofrece, o sea, el único que no parece estar mendigando atención, es cuando se acoda en el mostrador a leer el Marca y el As, atento –cuando estaban- a lo que pudieran necesitar los ocupantes de las sillas de ruedas. Jaime es el pegajoso por excelencia o “como una buena persona puede hacerse insoportable a todo el mundo” que se burla, nos burlamos, en realidad, de él en cuando se da la vuelta, con esa crueldad del rey ante el enano, del capitalino ante el campesino o del bailarín ante el inválido, aunque no dudamos en usar su disponibilidad cuando nos conviene.
A eso de la una Jaime se va a casa para comer y, entonces, casi sincronizada con él, llega la pegajosa del mediodía, Tere. Más cerca de los cuarenta que de los treinta todos seguimos llamádola Tere por que, sin entrar en profundidades que darían –y seguramente lo harán- para otra historia, no es lo que podría llamarse “normal”, y es que, a veces, uno tiene la impresión de que caminar por las calles es hacerlo simultáneamente por un manicomio de los antiguos –siniestros como de película de terror-, cárcel –opresoras como de película de Alcatraz- y hospital –aterradores como la sección de urgencias-, así que a uno le resulta cada vez más difícil aplicar el término “normal” entre trastornados, delincuentes y enfermos crónicos, todo a la vez. Retomando a nuestra Tere hay que dejar claro que no es ni subnormal ni discapacitada –término políticamente correcto- simplemente es disfuncional, algo en su cabeza no termina de encajar del todo, hasta el punto de que su pensión es administrada institucionalmente aunque no precisa ayuda en su cotidiano. A veces tiene un tono agresivo que no pasa de ahí, de un matiz en la voz, otras veces parlotea contándote, quieras o no, mil menudencias propias y ajenas, y otras veces sencillamente no te habla. Cuando Tere aparece por la taberna de mi barrio va directa a la máquina del tabaco con un no sé qué en sus andares, en su hablar muy alto, en sus ropas ceñidas, en su escote destacado y aun lozano, de putón. Ese es el término exacto que acude a la cabeza como si ese granito de arena que entorpece sus engranajes no fuera asunto mental sino, más bien, vaginal; algo de lo que, me consta, se han aprovechado más de cuatro.
¿Y yo? Yo, desde esta eterna campana de cristal que me mantiene aislado del mundo y de sus pompas y esplendores, miro, me tomo un café –permitido por mis galenos varios-, observo sin demasiado interés y anoto mentalmente cuando, quien, donde, si callar, si hablar, si escribirlo o dejarlo discretamente en la recamara. Tras el cristal de mi pecera y mientras doy vueltas a la sacarina de mi café me pregunto si esa mirada analítica mía, si estas palabras no son sino una ofensa a vecinos y parroquianos convertidos en personajes de un guiñol grotesco y sin sentido o si realmente con ella me limito a comprobar que parroquianos y vecinos formamos un zoo, cada uno en su jaula, cada uno con su juguete, cada uno con su alimento y todos con la ilusión de estar viviendo, aunque los churros ya estén correosos y otras ilusiones hayan sido barridas con palillos y servilletas, o rotas como vasos y tazas. Entretanto, tomo el café y sigo mirando.

6 comentarios:

  1. Relato sentido de tantas tabernas que pueblan España, que son el alma de sus barrios, de sus calles, por los que circula y a veces se arrastra la vida de esta nuestra tierra. Me ha resultado un relato tan emotivo como sincero, ese recordar las esencias de un pueblo, de una forma de ser y entender la vida y que ahora se ve desbordado por las circunstancias, ese mirar tras los cristales, tan nuestro y tan de otras épocas, ahora que todos vamos con prisas para no llegar a ninguna parte.

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  2. Mi padre siempre decía que no podía comprender como podía aburrirse la gente. Que es sentarte en un banco o en un bar y empiezar a ver personajes, historias. El no era capaz de describirlas tan bien como tu pero las disfrutaba igualmente.

    Un abrazo

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  3. Mi padre siempre decía que no podía comprender como podía aburrirse la gente. Que es sentarte en un banco o en un bar y empiezar a ver personajes, historias. El no era capaz de describirlas tan bien como tu pero las disfrutaba igualmente.

    Un abrazo

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  4. Con esto que has dicho de los "pegajosos" he sentido un poco de lástima. Me ha gustado mucho eso que has dicho al final del último párrafo, de que todos vivimos en nuestra propia jaula compartiendo el mismo zoo. Me recuerda a la canción esa de Serrat de "Cada loco con su tema", jeje. Te lo he dicho ya varias veces, pero me encanta esa agudeza que tienes para captar la esencia de las personas. Un saludo.

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  5. Hola: soy Joaquinitopez
    Pe-jota: el caso es que no es recordado, esta taberna tal y como la cuento, más o menos, está viva hoy, quizás por que el país por más que quiera pasarse la lija del 8 no cambia tanto aunque se esfuerce en parecerlo.
    Uno: poner en juntos en la misma frase a mí y a Rafael Azcona es algo extremadamente halagador, y excesivo, sin duda pero muchas gracias. Completamente de acuerdo con tu padre, de hecho así empecé a forjar historias, mirando.
    Roberto T: claro que casi todos los personajes son dignos de lástima, son humanos. Muchas gracias por tus palabras
    Y a todos gracias por leerme.

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  6. Eres muy detallista y observador, me gustaría relacionarme así con las gente de mi barrio, creo que no conozco a casi nadie... pero estoy de acuerdo en que somos un zoo, cada cual con su mundo interno, con sus rarezas, con sus similitudes.

    Estuvo genial.

    Saludos

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