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miércoles, 18 de julio de 2012

Bañistas

"Bañistas" de Edward Much.
Tema veraniego por excelencia, excusa excelente para representar cuerpos masculinos desnudos sin tener que recurrir a la mitología o a la religión, el tema de los hombres retozando en el mar o, más frecuentemente, junto a un río es un tópico, o poco le falta, de la pintura figurativa de los s. XIX y XX. Suelen ser hombres jóvenes jugando, salpícándose, nadando, en suma gozando del "reino del verano", de ese Camelot que se supone es el la adolescencia y la juventud. Verano aun más exultante y retador cuanto que suele ser la fría Europa quien pinta estos cuadros. El tema, cuando no son carnosas mancebas como en Cezzanne, evoca alegría, gozo de vivir, el cuerpo en plenitud no necesariamente sexual. En cierto sentido es la integración tan lejana por entonces del cuerpo humano en la realidad vital y cotidiana con la excusa natural y válida del calor, el verano y la frescura del rio, del mar.
Sin embargo, Munch, con su trágica vida privada, con su sexualidad potente y bárbaramente reprimida por el miedo, cargado de pavores con y sin nombre, a caballo entre la figuración, el expresionismo y el simbolismo, ese movimiento que no lo fue pero que, a pesar de no serlo, es la clave del arte moderno, nos deja aquí una obra espeluznante.
El agua, la vida, deforma y "monstruiza" a quienes en ella se sumergen, unos sugieren formas de calamar,  otros ya tienen cabezas no humanas. Los que van entrando sufren extrañas dislocaciones en los miembros sumergidoes mientas el resto de su cuerpo avanza, ciego al proceso.
En tierra los cuerpos conservan su forma pero, a pesar de estar en grupos, tres hombres en primer término, dos en el segundo, no se establece ni la complicidad ni el juego que sugiere el tema. En cada grupo hay un hombre que nos mira directamente con una frontalidad casi forzada, el rostro sin rasgos. Profunda e irremediablemente aislados.
En ellos nos vemos, a través suyo nos involucramos en la obra y, con ellos percibimos la primera soledad del hombre moderno, que luego Hooper llevaría a su obra de un modo más asequible al gran público. Es la soledad de quien descubre que no es sino rama desgajada destinada a la destrucción en ese mar inconcreto, hostil, devorador y deformante que vemos al fondo y que es la vida.
Desgajada ¿de qué? De los otros hombres con los que jugueteaba en XIX. Desgajada, en fin, de las raíces de su humana condición.

4 comentarios:

  1. Qué horror. Nunca lo vi así. Me quedo con Sorolla entonces.

    Un abrazo

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  2. Bueno, es que el Mediterráneo no es Noruega, evidentemente.
    Un abrazo

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  3. Lo que pasa es que la obra de Much da para todo un tratado en psicología, fue un hombre un poco complicado.

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  4. Cierto, un enfermo y, encima, maltratadísimo por la vida, las enfermedades familiares, el miedo al sexo y sus enfermedades -constantemente presente en aquellos tiempos- y por la propia familia según afirman algunos investigadores. Sin embargo, tenía un poso de grandeza que plasmó en sus benditas obras.
    Un abrazo

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