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domingo, 1 de julio de 2012

Amigos con perro

Odio a los perros.

Vamos a ver, no odio a los chuchitos, no, pobres bichos que bastante tienen con aguantar a los humanos. Pero ¿hay cosa más irritante, enervante y cabreante que un dueño/a de perro con perro? Y si encima ese dueño/a es tu amigo/a, vamos que estás obligado a atender, la cosa ya es de crimen. Se supone que por que al propietario/a del perro le apasionen las gracietas del animalejo tales como olerte la entrepierna, morderte la espinilla o quitarte la comida del plato, a ti no sólo tienen que interesarte sino que han de hacerlo hasta el punto de olvidar que el mundo existe pues, para ellos, no existe otro tema de conversación.

“Ven con mamá”, “tengo a los niños esperándome” o “No hace nada” son frases habituales cuando te está mascando la espinilla y, encima, tienes que sonreír, en lugar de decirle al Amo/a “Es usted un psicópata asocial y descerebrado” por no decir “un malnacido que no sabe lo que se trae entre manos, inútil, más que inútil” y otras lindezas que se me ocurren cuando un perro monta uno de esos números a los que son tan dados y que con tanta indulgencia miran sus amos.

Una de las cosas que definen a un perro es que “es como un niño” –dicen sus amos poniendo ojitos de carnero a medio morir con una ternura que nunca han ofrecido a sus hijos- y, sí, estoy de acuerdo con esta afirmación, es como un niño: hay que educarle para que aprenda a convivir en sociedad. Vamos que ni a niño ni a perro se le puede consentir que te esté pidiendo comida constantemente, ni que berree/ladre como un poseso cuando alguien pasa por la escalera. Ni consentir que se tire al cuello de, como dice una amiga mía, “un morito” y añade, asombrada de la valía de su perro (que debe pesar unos sesenta kilos y, en pie, medir uno setenta) “fíjate, desde cachorrito, ve uno, y se le tira”. Entretanto, su marido, se ríe con la profunda satisfacción de ver que su animalito reconoce la supremacía de la raza blanca (no se atreve a decir aria por que, claro, en España, lo de ario es más que cuestionable) ¡Que profundas satisfacciones le da el perro a este hombre cuando le ve lanzarse tras un “morito” o tras un buen amigo por que él, el amo, le dice “a por él”!, ¡Que dulces e inocentes placeres le regala el animal! ¡Que argumentos sublimes para sus teorías raciales-etnológicas! (lo bueno de esta palabreja es que se la puedo tirar a la cara sin que se ofenda pues, evidentemente, no tiene ni p…, la más remota idea de qué hablo)

Pues ¿y ese machito de media capa, tapón de cuba, paticorto, cuentilargo, cariduro y chulapito, gallo entre capones, capón entre gallinas, pisto racial, como español, de fenicios, árabes, judíos, visigodos, celtas aunque por su naturaleza deduzcamos que domina la sangre de los vándalos? Ese, precisamente ese, es quien más exige y, sobre todo, presume del pedigree y de la pureza de raza de su animal. Ese retaco, mixtura ibérica más de pata negra que un gorrino soriano, exige que su animal sea, no sólo de pura raza, sino, además, grande y a ser posible del tipo pastor alemán o cosa semejante, razas fuertes, poderosas y, si no se educan, violentas. El retaco, trasmite toda su mala leche al cachorro y acaba convirtiéndolo en una fiera casi descontrolada que, con mucha frecuencia, acaba teniendo que ser sacrificado por desordenes mentales mientras el retaco de media capa queda impune.

Pues ¿y esa ama de casa, pendiente de los escasos céntimos que entran en el hogar familiar, hipotecada por una tercera residencia que no hace más que lamentarse a quien no tiene más remedio que oírla –el que puede, huye- de que no llega a fin de mes, de que no sabe como va a pagar la luz, de que el vestido de fallera mayor, huertana o el que corresponda le va a salir por un pico este año, esa plañidera eterna de las cuitas económicas? Esa, precisamente esa, se parte de risa contándote como su chucho se comió de una sentada un jamón entero que se dejó encima de la mesa. Luego suele sacar del bolso las piedras que extrajeron de la vesícula al pobre animal, que siempre lleva en un frasquito de cristal, por si se presenta la ocasión de enseñarlas.

Pero hay algo más triste: esa persona, hombre o mujer, encantadora, sensible, buena conversadora, interesante, puede que incluso atractiva, seductora quizás que conoces y aprecias, esa criatura excelente, joya por lo escasa, de repente decide comprarse un perro y, aunque no lo parezca es posible, lo educa bien y el animalito es delicioso. Una maravilla de mimos, travesuras, juegos y ternuras. ¡Que bien que este antibichos vea tantas virtudes! Se dirá de mí. Pues no. No, por la simple razón de que esa persona antes tan interesante y buena conversadora pasa, de repente, a tener un único tema de conversación: el perrito. Que si me mea siempre fuera de casa, que si no me ha roto nada, que si pitos, que si flautas, lo adorna de tales dones y sabidurías que es difícil que humano alguno supere su coeficiente intelectual. Vamos que o te compras otro perro para tener tema de conversación o directamente te llevas un libro para pasar el rato.

Ya sé que me diréis “pues mi (….. rellenar con pariente cercano o amigo al que queráis referiros) tiene un perro y no es así. Naturalmente, gracias a quien corresponda siempre hay gente normal, pero reconoceréis conmigo que hay muuuuchos especimenes que reúnen estas características que tan “agradable” hacen su compañía y cuanto más la de sus animalitos.

Sissi, creo que fue quien dijo que cuanto más conocía a los humanos, más apreciaba a los caballos. Imagino que todos a quienes conocía tenían perro.

4 comentarios:

  1. Vamos, oye que yo tengo una perrita que es la mar de mona y muy buena, desobediente como ella sola, pero simpática y sí he de decir que cuando veo ciertas actitudes, por mucho que me gusten los perros me cabreo, la culpa no es del pobre can, sino del estúpido descerebrado del dueño.

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  2. Eso es exactamente lo que he dicho. La culpa de todos estos desaguisados no es del animal, sino de sus amos y, como tienes perro, lo sabes mejor que yo.

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  3. Yo fuí un loco de los animales. Tuve grillos, tarántulas, pájaros, pollos y naturalmente perros. Todo ello esquivando la oposición paterna. Hoy no me gustan. Yo comprendo a los que los adoran. ¿No podrían ellos tratar de comprender a los que no disfrutamos de su compañía? Tengo una amiga ejemplar en eso que no pretende que adore a su perrita. No me importa en ese caso compartir vacaciones y apartamento con las dos e incluso, de corazón, me he ofrecido para quedarmela algunos días si lo necesita. El problema como dices no son los perros son sus insoportables dueños.

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    1. Lo mismo diría yo del perrillo de una amiga mía. A mí sí me gustan los animales y entiendo el cariño que se les tiene. El problema son sus dueños.

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