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miércoles, 26 de junio de 2013

La Dama del Puente Celestial. Cuento oriental. 1

Inspirado en el viejo Japón, en el de la damas y los fantasmas, de los caballeros y de los seductores, el de las delicadezas y los aromas. Antes del imperio de la katana y el suicidio.

En la corte del príncipe Genji se referían a ella como “La Dama del Puente Celestial” pues al acercarse a su mansión todos los hombres gemían como si atravesando el airoso puente que les acercaba entraran en las mansiones celestiales. Tal era su belleza. Si la blancura de su piel sólo se podía comparar a la luna llena de agosto, su ingenio era aun superior; si jamás los pétalos de rosa dibujaron labios tan perfectos y rojos como los suyos, las abejas jamás libaron miel semejante a la dulzura de su voz; si sus movimientos superaban en elegancia a los sauces junto al arroyo movidos por el viento sur, su entendimiento superaba el de muchos sabios, más su discreción era aun mayor, tanto como para que ellos no se dieran cuenta. Si sus cabellos caían sobre las capas de sus vestidos al igual que la noche inunda los montes en lo más crudo del invierno su elegancia y buen gusto iluminaban, como un aura, persona al igual que una fresca mañana de primavera. Tal era La Dama del Puente Celestial. Sin embargo, cuanto encanto pudiera apreciarse a simple vista eran prontamente eclipsados por aquellos que no podían serlo. Era la más virtuosa de las cortesanas, la más compasiva de las damas, la de más elevados pensamientos, conocía y dominaba el chino y la nueva escritura que se gestaba en los gineceos, había profundizado tanto en los Sutras como en los antiguos poetas chinos y japoneses. Era capaz de competir con el mejor de los poetas vivos repentizando wakas y la primera en reconocer cuando era vencida con elegancia, gracia y una sonrisa amable y, digamoslo, coqueta. Se dijo, no sé si será verdad, que el propio príncipe Genji, de tan alta memoria que los siglos aun conservan, en sus mejores años no se atrevió a cortejar a La Dama del Puente Celestial, tan alta era la estima en que se la tenía. El más leve rechazo por su parte habría humillado en exceso al ilustre seductor. Otros, con menos que perder, sí lo habían hecho y hay que decir en honor a la verdad que no pocos lo habían conseguido, según era el uso por entonces entre las cortesanas. Hubiérase dicho que La Dama del Puente Celestial era el ideal femenino, la perfección de la esencia de la mujer pero, ah, lamentablemente eso no era cierto.

En medio del brillo de la luna llena de agosto que era su persona, una casi insignificante mácula la engrandecía en lugar de depreciarla. Era esa mácula tan inevitable como el reflejo del propio rostro en un estanque apacible, pues no era otra que la conciencia de sus perfecciones. Ese defecto era como la gota de tinta que cae en un sumi-e desprendida de un pincel experto, que demuestra la humanidad de la mano del pintor y que, por tanto, agrada más que estorba. Sin embargo, según sus perfecciones aumentaban con el tiempo también lo hacía su arrogancia alimentada por los continuos triunfos en la corte, no sólo con los abundantes y apuestos galanes que rondaban su lecho, sino en absolutamente todos los espacios donde una gran cortesana podía brillar. Hasta la sangre imperial quería tenerla cerca en las ceremonias de altísimo protocolo, sin embargo, ella disfrutaba mucho más con los más frívolos y menos peligrosos triunfos en los juegos con que entretenían tardes de verano y noches de invierno. Era una maestra no sólo en los juegos poéticos, por así llamarlos, sino que brillaba en el juego de los perfumes, detectando hasta el más levísimo toque de cualquier aroma, incluso en el origami era ella quien más y mejor improvisaba con las pequeñas hojas de papel saliendo de sus manos pequeñas maravillas que parecían a punto de cobrar vida. Todo se doblegaba a su paso y ella era consciente de merecerlo aunque entre sus virtudes figuraba la de carecer de ambición y por tanto no buscaba nada simplemente por que consideraba que todo le era debido.

Estaba en la flor de la edad, sin la impetuosidad juvenil y sin el cansancio de los años, con la plenitud de su cuerpo y la sabiduría de una cierta experiencia, cuando llegó a su mansión un muchacho, casi un niño, buscando trabajo. Naturalmente ella no le vio pero su jardinero sí, vio el trazo aun sin rematar de un cuerpo fuerte y resistente y en él el ayudante y aprendiz que necesitaba para cuidar los jardines de La Dama del Puente Celestial pues era hombre a quien la edad comenzaba a doblegar. Su esposa la primera noche que llegó el muchacho despertó gritando espantada, afirmando haber visto sombras de los demonios budistas huir de la casa aterrados por lo que iba a ocurrir, algo tan innombrable que ni ellos mismos se atrevían a mencionar. Pidió a su esposo que no aceptara al muchacho, que le diera unas monedas y le devolviera a los caminos. Sin embargo, y a pesar de estimar en mucho la opinión de su esposa el hombre no lo hizo. Desde el primer día Isao, que tal era el nombre del muchacho aunque pronto todos comenzaron a llamarle cariñosamente Tejón, pues era pequeño de tamaño y edad y juguetón sin desatender sus deberes para con todos. Cierto, y eso lo sabían todos y les había causado cierta desazón, que el muchacho había llegado en una dirección infausta en un día nefasto en el que nadie debería haber viajado en aquella dirección. De hecho, el propio príncipe Genji había cambiado sus planes de viaje para visitar a Pabellón De Glicinas ante lo infausto de la dirección que debía tomar aquel día, pero las prendas personales del chico, su simpatía y su afán por el trabajo hicieron pronto olvidar cualquier desconfianza hacia él. Incluso la esposa del jardinero muy pronto le llegó a querer como al hijo que no pudo dar a su esposo y se esmeraba en muestras de cariño para con él que correspondía siempre tratándola como hubiera tratado a su madre que no conoció.

Tejón era un chico listo y sensible de modo que sin darse cuenta siquiera conocía las necesidades de las plantas, los cambios de tiempo y hasta cuando iba a llegar una tormenta que nadie esperara. Casi se diría que se había hecho uno con aquel jardín, aquellos montes y con el bosque cercano. Antes de que nadie le dijera nada ya estaba él podando, limpiando o regando exactamente donde y como había que hacerlo. Siempre con la sonrisa en la boca y siempre con la actitud que se espera de un criado de una gran mansión. Así creció y se convirtió en un mozalbete fornido siempre en su lugar por quien las jovencitas del pueblo y algunas madres de las que acudían a traer provisiones o a felicitar el año nuevo a La Dama del Puente Celestial comenzaron a incluirle en sus planes casamenteros en un futuro que aun no era inmediato, pero lo sería pronto.

La mansión era grande y, según la calidad de los caballeros que la visitaban, su categoría iba subiendo y el servicio creciendo, así que cuando él llegó La Dama del Puente Celestial ni siquiera supo que tenía un nuevo ayudante de jardinero a su servicio y él ni siquiera sabía a quien pertenecía el jardín al que se dedicaba en cuerpo y alma. Sin embargo, una tarde en que se fraguaba una tormenta algo se quebró en el aire. Todo el mundo pudo sentirlo aunque nadie hubiera podido decir qué había pasado, tan sólo la Señora de la casa dejó de sentir el estremecimiento de cuanto le rodeaba, embelesada en la lectura de una carta escrita con delicada caligrafía viril sobre papel vincapervinca que acababa de recibir. No así nuestro Tejón, que al levantar la vista de la tierra que preparaba para sembrar oteando la tormenta vio a su Dueña y Señora por primera vez y sintió que la muerte había entrado en él. Continuó su trabajo, regando los terrones con lágrimas incontenibles.

5 comentarios:

  1. Es precioso. ¿De quién es? Me ha cambiado el humor. Floto.

    Un abrazo

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    1. Si te refieres a la imagen no lo sé puede ser antigua o moderna pues es una representación que se ha tornado tópica a fuerza de copiar modelos del periodo Heian. Si te refieres al texto es mío.

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  2. Toda la sensibilidad oriental recogida en este maravilloso cuento. Gracias.

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    1. Muchas gracias, de eso se trataba, por cierto, que hay segunda parte.

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